XIII LA CURVA SUR



Luisa se reunió con el reportero en la capital, un día luego de que jugara contra uno de los equipos metropolitanos en la Liga Nacional Femenil. Ese día, domingo, Luisa había anotado otros tres goles, aunque el Achéron femenil había perdido por 7 a 3. A Luisa la acompañaba Rosa quién le había convencido de conceder la entrevista con el pretexto de hacer públicas algunas consignas feministas y a favor de la lucha por los desaparecidos. El decirle que quizás su madre vería la entrevista, si es que seguía viva en el extranjero, fue lo que realmente la convenció de ir hasta las oficinas del Diario Deportivo Nacional. Ahí se encontró con el reportero que la había tratado de entrevistar en la noche de gloria de la calificación a Juegos Olímpicos. Esa situación la hizo confiar más en lo que hacía.
―Anotaste hoy tres goles más ―dijo el reportero sentado en su escritorio ―, llegaste a quince goles en el campeonato, pero juegas en el equipo que va en último lugar. Y lo que yo vi en esos quince minutos en la cancha me tiene convencido que tú eres una gran jugadora, quizás una que cambie todo para siempre. Lo mejor que he visto en todos estos años.
―Gracias ―dijo Luisa.
―¿Leíste el reportaje que te hice la semana pasada?
Luisa dudó, realmente no lo había leído, solo tenía como referencia lo que Rosa le había dicho.

―Fue muy bueno ―se adelantó Rosa ―, muy bien escrito. Usted es muy buen escritor.
―El reportero esbozó una sonrisa ante el halago de Rosa y regresó a Luisa.
―Bueno, comencemos. ¿Cómo aprendiste a jugar fútbol, Luisa?
Luisa dejó de mirar al reportero, bajó la vista y regresó al pasado.
―Pateé millones de veces un balón contra la pared de la vecindad en donde vivía luego de que mi padre fue desaparecido por la Junta Militar. Luego pateé otro millón de veces ese mismo balón en la misma pared cuando mi madre no regresó a casa, también víctima de este gobierno asesino.
El reportero no esperaba algo así. Miró a Rosa y notó que ella sonreía. Rosa había sido cómplice de esa respuesta.
―Luego ― continuó Luisa ―, ingresé a la escuela de los Celestes y anoté más de cien goles en los equipos de alevines. De ahí me mandaron a Achéron en donde conocí a Drilo, el mago de Achéron. Él es como mi… padre.
―¿Conoces a Drilo? Yo le he entrevistado varias veces. Podría ser bueno tenerlos juntos. Bueno, vamos ahora al estudio fotográfico.
―¿Al estudio fotográfico? ―preguntó Rosa.
―Sí, ahí le tomaremos algunas fotos. No sé, mientras dominas el balón.
―Pero ¿no escuchó que ella es hija de gente que desapareció durante la dictadura militar?
―Bueno, no sé si eso fue una dictadura, solo duró cuatro años ―respondió el reportero.
―¿¡No es una dictadura!? ¡Claro que no es como las dictaduras del siglo pasado, aquí el paso al gobierno neoliberal y conservador fue exprés!, pero ¿eso borra los muertos, los abusos, la sangre? ¿El que haya durado poco le regresará a ella a sus padres? ¿Sabías que sus padres eran los líderes de “Tierra y Libertad”? ¡Por supuesto que no! ¡Porque no preguntas! ¡Porque no eres un reportero de verdad…!
―Oye, cálmate. Somos un diario deportivo ― dijo nervioso el reportero.

Rosa ya estaba dispuesta a insultar, pero Luisa la detuvo en su ímpetu, con una seña le pidió que se calmara y le dijo.
―Por favor, no arruines esto. Si esta entrevista no sale, mi mamá no la podrá mirar nunca.
Rosa se calló la boca y se sentó afuera en uno de los sofás del pasillo mientras se tragaba su coraje. Luisa acompañó al reportero hasta el estudio fotográfico en donde dos estilistas le aseguraron que rápidamente le darían “una manita de gato” mientras se acomodaban las luces. Luego le entregaron un vestido a Luisa y unas zapatillas.
―No voy a poder dominar una pelota así…
―Tranquila ―dijo el reportero ―. De casualidad ¿no te sabes tus medidas?
Luisa se quedó en silencio.
Aquello fue complicado. Primero intentaron darle un balón a Luisa para ver si así podía relajarse, pero eso de posar para fotografías de estudio destinadas a los caballeros no era parte de los talentos naturales de Luisa. Trató de recordar sus días en aquellos table dance de la zona roja de Achéron, pero eso solo le dificultó más el asunto. Al final, el fotógrafo dio por terminado el asunto y aseguró que en posproducción podrían hacerse los ajustes necesarios. Luisa se cambió nuevamente y salió al pasillo donde encontró a Rosa. Ella le miró el rostro maquillado como muñeca y le pidió perdón por haberla animado a dar ―…esta estúpida entrevista.
Esa tarde, Luisa y Arturo García se citaron en un centro comercial de los cientos que ya había por toda la capital. Bebieron café, hablaron de todo y por la noche fueron hasta las puertas del magnífico Merci Arena. Ahí, los chicos se besaron un rato más y Arturo despejó la sorpresa que había tenido preparada para esa cita de amor juvenil. Ingresaron al estadio, el de seguridad saludó a Arturo y por los pasillos hacia la cancha se cruzaron con otras personas que igualmente saludaron al chico.
―¿Cómo es qué…? ―preguntaba todo el tiempo Luisa sumida en su asombro.

―Recuerda que mi papá es socio de honor de los Celestes. Luego de diez años en la Academia Celeste, y de que al fin se dieran cuenta de que yo era un muy mal jugador, terminé por conocerlos a todos. Fui recogepelotas durante años en este estadio, Luisa. Y les pedí un favor muy especial, que nos dejaran estar en la cancha unas horas.
Aunque el alumbrado estaba apagado y el estadio vacío, el espectáculo de ese templo era un inmenso regalo.
En el centro del campo, Arturo tendió una cobija que había tomado prestada de la zona de vestidores. Invitó a Luisa a sentarse y sacó una botella de vino y dos copas de su mochila.
―¡Tenías todo preparado! ―dijo Luisa.
Y estuvieron tres horas tendidos, abrazados y besándose sobre la grama perfecta del Merci Arena. No se atrevieron a quitarse la ropa pero se las arreglaron para consumar lo que sentían, resguardados por la cobija que los protegía del frío de la media noche.
Luisa se sintió privilegiada. Disfrutaba enormemente y durante los segundos en que se extendió el placer  se olvidó hasta de las Olimpiadas.
―Estoy haciendo el amor en una cancha de fútbol ―se decía sin dejar de asombrarse y complacerse.
El siguiente martes, en la portada del diario apareció Luisa en una foto provocativa bastante retocada. Le habían aumentado el busto, borrado las pocas cicatrices de acné que tenía en su frente, le habían hecho más carnosos los labios y solo sus ojos se salvaron de aquel secuestro de la imagen. En el texto, que era muy poco, no se decía nada sobre la junta militar ni sobre los desaparecidos ni las mujeres en un mundo machista. No se decía ni una palabra sobre la pared de la vecindad donde vivía Luisa y las millones de veces que había golpeado una pelota contra esos muros. No se decía prácticamente nada sobre el fútbol, solo lo básico: algunas de sus estadísticas deportivas. Eso sí, en negritas estaban su estatura 1.71 y sus medidas (falsas) de 94-60-88.
―¡Hijos de puta! ― se escuchó gritar esa mañana a Rosa frente al puesto de revistas de la Universidad.

En Achéron, Succed primero recibió un mail de una marca de ropa, otra de desodorante y una de perfumes, dispuestas a patrocinar al Achéron femenil. En todos los correos se destacaba la belleza de Luisa Nadiani, además de su juego épico que había dado la calificación a Juegos Olímpicos, por vez primera, a una Selección Nacional Femenil perdedora por naturaleza. Por pura intuición, Succed, luego de leer esos jugosos ofrecimientos, googleó el nombre de Luisa en el buscador y ahí le aparecieron las fotos como primer resultado de la búsqueda.
―¡Luisa! ―gritó desesperada Succed desde su oficina, pero Luisa estaba en la casa de los García abrazada por Arturo.
Esa semana en la escuela, Luisa notó algo distinto: la miraban todos, hombres y mujeres. El profesorado la ignoraba como siempre, pero el resto de sus compañeros hablaban a sus espaldas. Entonces, durante uno de los descansos, un grupo de chicas populares, divas sin nombre pero mucha pose, la invitaron a sentarse con ellas. Luisa no les negó la invitación y ya ahí, en el medio de ese grupo, ellas comenzaron a hablar sobre la farándula internacional.
―Oigan ―interrumpió Luisa ―, ¿qué quieren de mí?
Ellas sonrieron con sus dentaduras perfectas.
―Nada. Solo quédate con nosotras.
―¿Por qué? ―preguntó Luisa.
―Porque tienes estilo.
La explicación no convenció a Luisa, pero pensó que aquello era mejor que estar sola. El colmo fue cuando uno de los chicos populares de la escuela le pidió que fuera su novia de manera pública, frente a otros estudiantes. Varios rieron y le advirtieron:
―¡Su novio es Ricky, el jugador del F.C. Achéron, estúpido!
Una de las nuevas “amigas” de Luisa secundó:
―Claro, ella no tiene tiempo para estar con un hijo de gerente de la mina. ¡Ella es una celebridad!
Por alguna razón todos festejaron esa humillación pública y Luisa continuó su camino sin decir nada. Estaba abrumada y solo quería huir de su popularidad intempestiva. Sin embargo, el adolescente ofendido contratacó con la información que tenía.
―¡Pues sí, una celebridad con la cabeza vacía, por eso lleva dos años repetidos! ¡Se merecen tú y el campesino de fresas!
Luisa regresó hasta donde el chico estaba, se le puso enfrente.
―Yo voy ir a las Olimpiadas este año. No con mis papás por las vacaciones como quizás van ustedes. Yo voy ir a competir. ¿Tú qué harás este verano?
―¿A las Olimpiadas? ―preguntó el chico incrédulo.
―¡Pues sí, ella es una atleta, idiotas! Joven, hermosa y atleta. Nos merecemos ―dijo una de las nuevas “amigas” de Luisa.
Y así, Luisa y su nuevo grupo de “amigas” se retiraron de la zona de guerra. Caminaron juntas por la calle hasta el centro del poblado y las otras chicas preguntaron a Luisa si no quería ir con ellas al centro comercial.
―Bueno, de hecho debo ir a entrenar.
―Es cierto, eres atleta. Bueno, nos vemos mañana ―le dijo una de las chicas.
―¡Oigan! quizás pueda tener una hora libre antes! ―dijo Luisa dispuesta a no quedarse esa hora en el Granma barriendo pasillos― .Podemos ir a comer algo. Por cierto ¿Cuáles son sus nombres?
Esa misma tarde, Drilo esperaba el autobús a las afueras del Granma. A pesar de que ahora tenía dinero de sobra para comprarse un automóvil, eso de manejar nunca le había gustado. En cambio, con el dinero había reconstruido la vieja casa donde habitaban él y su madre. En eso no reparó en gastos y cada fin de semana agregaba alguna cosa a la casa en la que ya no cabía nada y ningún nivel más podía ser agregado a los cuatro que ya tenía. Otra parte del dinero la gastaba en Succed, en llevarla a cenar a los mejores restaurantes de Achéron, donde pasaban gran parte de la noche en pláticas de todo menos de fútbol, de Luisa o de la mina.
Entonces, Bartolomé se le acercó en las escaleras del Granma y le dio un ejemplar del Diario Nacional Deportivo y siguió su camino hacia dentro del estadio, consciente de que Drilo debía saber lo que ocurría con Luisa.
Drilo abrió el diario, esperaba alguna nota que hablara de él, pero en su lugar se encontró con la imagen de Luisa. Un escalofrío recorrió su cuerpo y pensó que nuevamente la muchacha perdía el paso. Notó la presencia de Vladímir detrás de él y le mostró la tapa.
―¡Seguramente esto es solo la punta del iceberg! ¡Quizás regresó a la zona de los bares, bebe todas noches, quizás se droga y se la pasa de fiesta en fiesta acostándose con cualquiera…! ¡En unos meses son las Olimpiadas! ¡Tengo que ayudarla!
El armenio no dijo nada, todo lo que Drilo había mencionado eran cosas que Drilo hacía, y más aún, multiplicadas por diez, eran las cosas qué el mismo Vladímir había realizado a lo largo de su carrera en una u otra forma.
En el estacionamiento del estadio, Drilo se encontró con Ricky, lo llamó y le mostró la nota. Ricky solo rió un poco.
―Se había tardado ¿no?
―¿Tardado? ¡No me vengas con eso! ¡Seguramente tú eres su cómplice en todo esto! Pero debes de ver que en unos meses serán las Olimpiadas.
―¿Y eso qué?
―Pues ella debe prepararse. Entrenar y dejar de hacer estas cosas ―dijo Drilo mientras golpeaba el periódico con uno de sus puños.
―Bueno ―dijo Ricky todavía con una sonrisa ―, yo creo que en cuanto su tía sepa le va a dar una buena tunda.
Drilo no había pensado en Succed y dejó a Ricky hablando solo, ingresó nuevamente al estadio y llegó apurado hasta la oficina de Succed. Ella lo vio entrar y lo recibió más tranquila de lo que él esperaba.
―Sí, ya sé ―afirmó ella.
―¿Y no estás molesta?
―Mucho. Pero quiero pensar bien qué hacer para que esto no se salga de control. Por otro lado, esto permitirá destinar más dinero al equipo femenil.
 Al día siguiente, Luisa llegó al entrenamiento como de costumbre, pero no sin estar preparada a las reacciones que Bartolomé y el resto del equipo tendrían. Para esa tarde, asumía que ya todas estarían enteradas de lo de las fotos en primera plana. Pero Bartolomé no le hizo ningún comentario. Luego, al reunirse con sus compañeras ellas tampoco dijeron nada ni actuaron diferente, todas excepto Alejandra. Mientras trotaban, Alejandra se le acercó a Luisa y con una sonrisa le dijo en broma:
―No tienes sesenta centímetros de cintura.
Las demás escucharon aquello, pero no dijeron nada.
Luisa no dijo nada tampoco, trotó más rápido y se le equiparó a Alejandra.
―¿Entonces lo viste? ―le preguntó.
―Todas lo vimos, pero Bartolomé dijo que no te dijéramos nada.
―¡Alejandra! Rompiste tu promesa ―la regaño Inés que la había escuchado.
Nadie detuvo el trote. Luisa se adelantó un poco al grupo y comenzó a correr de espaldas.
―Oigan, perdón. Les pido disculpas, no debí aceptar hacer aquello sin preguntar al equipo.
―Lo hecho, hecho está, Luisa ―dijo la capitana Inés.
―Nosotras ―comenzó a decir Carmen Serdán, la portero ―, no te vamos a juzgar. Ni siquiera nos tienes que dar explicaciones. Tú eres parte de esta manada ¿cierto?
Todas secundaron y Luisa volvió a correr de frente. Pasaron unos segundos y afirmó:
―Gracias, ustedes son mi familia.
La que se sentía fatal era Rosa. Intentó llamar nuevamente a Luisa toda la tarde, pero su llamada no entraba. Así, dispuesta a enmendar su error, decidió hacer algo radical. Fue hasta la plaza central de la ciudad donde un campamento improvisado en la misma le recordaba al país que las cosas no estaban bien aunque el nivel de consumo pareciera decir que sí. Era el campamento de Ni Uno Más. Ahí preguntó por Miguel Ramos y dio con él. El hombre, casi sexagenario, tomaba el almuerzo en un comedor popular dentro del campamento. Su comida era una pieza de pollo servida en un modesto plato de poliestireno. Tenía la barba sin rasurar, llena de canas como su cabello enredado y sin forma. Sus manos se asomaban apenas desde una chaqueta que era evidente que le quedaba muy grande. Por su aspecto cualquiera podía haberlo confundido con un mendigo o un parado.
―¿Miguel Ramos?
―Sí, pero ahora no, muchacha. Entrevistas solo los viernes.
―No quiero una entrevista. Más bien estoy en una investigación. Los padres de mi amiga son desaparecidos y…
―Muchacha, por favor, entrevistas e investigaciones los viernes. Ahora estoy comiendo.
―Sea usted responsable de sus actos, señor Miguel. Supongo que está usted aquí por alguna especie de arrepentimiento o culpa, y ahora quiere obtener una redención. Bueno, esto ayudará. Los padres de mi amiga…
―¿Quién es tu amiga? ―preguntó molesto Miguel Ramos.
―Es ella… ―Rosa buscó dentro de su mochila y sacó un ejemplar del Diario Deportivo Nacional de ese día.
―“Olímpica chica candente…” ¿Ella es tu amiga?
―Lea su nombre por favor.
―Luisa Nadiani… no me suena. Ni siquiera porque aparece en la portada de los periódicos me suena, yo no sigo a la farándula.
―Se dé buena fuente, señor Ramos que usted encarceló a su padre. Marcos Nadiani, quizás ese nombre tampoco le suene, pero ¿qué tal “Caballo Loco” de “Tierra y Libertad”? ¿Qué tal la bomba de la Estación Central? ¿Qué tal la noche trágica del Nacional? ¿El Partido de la Muerte?
Ramos quedó sin decir nada. Dio una mordida a su pieza de pollo y luego tomó un pan. Justo cuando Rosa pensó que la habían ignorado groseramente el comensal le preguntó.
―¿Se llamaba Marcos? ―Ramos hizo una pausa en la ingesta de sus sagrados alimentos y miró directamente a la chica veinteañera de aspecto nerd que lo increpaba ―Bueno, él está muerto. No tienes que buscarlo en ninguna fosa. Yo lo tuve en los separos durante cuatro meses.
―¿De ahí lo mandaron a prisión?

―No, al hospital. Ahí murió. Y ya no se cuenta entre los desaparecidos porque hace dos años se le incluyó en la lista como Jesús Bracamontes. Traté de contactar al padre, pero ya no vive, o eso me dijeron.
Ramos sacó un bolígrafo de una de las bolsas de su enorme chaqueta y escribió algo en una servilleta.
―Pabellón 217 del Panteón Central. Ahí está lo que quedó de él ―dijo el de aspecto de vagabundo mientras ofrecía aquella servilleta a Rosa.
La universitaria estaba vacía, aquello corroboraba algo de lo que ella había estado plenamente segura desde que había conocido la historia de Luisa.
―¿Murió por la bala de goma? ―preguntó Rosa.
―¿Goma? Quizás hubo balas de goma, pero eso no fue una bala de goma. Eso y la golpiza. Siempre llegaban golpeados.
―¿Lo torturaron?
―Eso solo se lo diré a algún familiar.
―¿Qué hay de la esposa, Miriam?
―No te lo diré a ti.
Rosa intentó marcar una última vez a Luisa desde su celular. Ramos no le dio importancia.
Luisa acababa de terminar el entrenamiento y se cambiaba en el vestidor junto a sus demás compañeras. Escuchó el tono de su teléfono, pensó que sería su tía con alguna oferta de patrocinio (otra más) o alguna de sus nuevas amigas de la escuela, pero se trataba de Rosa.
―Oye, ya no tienes que disculparte…
―Luisa, estoy ahora frente al hijo de puta que arrestó a tu padre y él iba a decirme algo sobre tu mamá ahora. Lo pondré en altavoz.
Rosa puso el modo altavoz en su teléfono, acto seguido colocó el aparato sobre la mesa de plástico blanco del comedor comunitario.
―Ahí está. Dígaselo a un familiar, dígaselo a la hija.
Ramos miró a Rosa de manera despectiva. Entonces escuchó a Luisa a través del altavoz.
―¿De qué hablas? ¿Él sabe dónde está mi mamá…?

Luisa ni siquiera terminó de decir la frase… se le cortó la voz y comenzó a tener una crisis emocional.
Ramos cambió su semblante.
―Yo no sé dónde está ahora tu madre. Estuvo en el Penal Norte, en la sección femenil, hace ocho años. Luego no aparece más en la cuenta del penal.
―¿Usted la buscó? ¿Cómo sabe eso?―preguntó Rosa.
―¿Te refieres a la mujer de Caballo Loco, no? Yo solo… Mira si quieren encontrarla les tomará mucho trabajo. Esos archivos siguen cerrados y nadie, ni nacional ni extranjero, tiene acceso a esa información clasificada. Las fosas de la prisión ni siquiera han sido abiertas. Creemos que hay ahí más de novecientas personas, pero nadie ha podido presionar lo suficiente para que se tenga acceso a ello. ¿Por qué crees que está este campamento y toda esta gente? ¡No estamos aquí para contar cuentos! Aquí la gente busca a sus familiares.
Ramos dio otra mordida al pan mientras escuchaba el llanto de Luisa a través del teléfono y las frases de consuelo de Inés y las otras miembro del equipo. Entonces, Ramos se acercó más al teléfono para asegurarse de que quién escuchaba del otro lado lo oyeran fuerte y claro:
―Si quieren encontrar a esa persona venga acá y sea voluntaria. Si tiene dinero haga una donación y si sale en el diario, como ya me mostraron, haga presión para que este gobierno asesino abra los archivos, las fosas, las cámaras y así, ustedes tengan una tumba que llorar y este país tenga justicia.
Dicho eso, Rosa cortó la llamada. Con un nudo en la garganta se dirigió hacia Ramos:
―Penal Norte, el infierno sobre la tierra. ¿Está usted seguro de eso? Si estaba ahí no había posibilidad. Si no murió en su estancia ahí, murió en el motín de hace ocho años…
Ramos apenas confirmó con un gesto y un movimiento de cabeza. Aquella cárcel, que funcionaba desde la segunda mitad del siglo XX, era un inmenso conjunto de celdas, crujías y torres de vigilancia que habían sido destinados a albergar a los presos por los peores crímenes. Sin embargo, además de asesinos seriales, parricidas, secuestradores y capos de la droga, el Penal Norte se llenó en ciertos momentos de la historia de presos políticos e inocentes, de estudiantes y de luchadores sociales. Las versiones sobre los horrores que se vivían en ese lugar eran múltiples y parecían sacados de películas de horror, por eso le llamaban el infierno en la tierra. Además, alrededor del penal se extendía una llanura inmensa de matorrales en la que los activistas sociales aseguraban había cientos de fosas comunes con los cuerpos de los numerosos desaparecidos en los distintos periodos de violencia de aquel miserable país. La sección femenil del inmueble no era menos brutal solo por ser femenina, no había nada diferente salvo que a las historias de asesinatos y torturas de las crujías de la sección varonil se incluían en la femenil las más espantosas historias de violaciones sexuales y muertes por los abortos salvajes de los productos de esas violaciones, pues era imposible estar embarazada dentro del penal, el embarazo era una condena de muerte. La historia del motín había sido igual de trágica que los antecedentes que precedían a ese hecho y los periodistas internacionales (los nacionales mejor no hablaban de ello), calculaban que habían sido asesinadas en ese suceso unas 400 personas entre reos, custodios y personal del penal.
Ramos se levantó de la silla y antes de alejarse le dijo a Rosa.
―No olvides la servilleta.
Rosa tomó la servilleta donde Ramos había apuntado el nombre y número de la sección del Panteón Central donde estaba enterrado el padre de Luisa.
―¡Oiga! Solo dígame… ¿¡delató a alguien!? ¿Caballo Loco, delató a alguien?
Ramos se detuvo.
―¿Por qué es eso importante? ―luego continuó ― Malherido le puse las esposas, pero días después lo llevamos al hospital con heridas tan graves que solo nos santiguamos. Espero que haya delatado a alguien para ya no sufrir. Tienes el nombre, puedes acceder al reporte médico del forense.

Ramos se fue. Rosa pensó durante algunos segundos lo que acababa de escuchar y parecía imposible. Miró la servilleta. El número estaba ahí, el nombre y debajo de eso estaba escrito “Curva sur”.
En Achéron, Luisa pasó deprimida toda esa tarde. Succed y Drilo la llevaron al médico.
Succed apenas podía creer lo que Luisa le contaba. Un psicólogo se acercó hasta ellos y les dijo que lo de Luisa era como una pérdida, un duelo. Les pidió que la dejarán llorar el tiempo que fuera necesario y a Drilo le recomendó que si ella lo pedía, y solo si ella lo pedía, no jugara el partido de ese fin de semana. Lo del tabloide sensacionalista deportivo quedó completamente en segundo plano, en el olvido para ellos, pero no para el público deportivo del fútbol de aquel país miope.
A la mañana siguiente, Rosa también llegó con una tristeza profunda a la universidad. A penas si pudo tomar clases. Así, decidió tomarse ese día  y el siguiente libres. Fue a la biblioteca, al registro federal, a la hemeroteca y a la morgue en donde leyó el acta de defunción de Jesús Bracamontes. En el informe había una foto del occiso que pudo comparar con la imagen donde su amiga Luisa, entonces de ocho años, lloraba desconsolada en la tribuna roja junto a su padre. Bracamontes y el padre de Luisa eran, en efecto, la misma persona. Con lágrimas en los ojos, leyó el detallado informe de la muerte de Bracamontes en los separos. Lo firmaba un tal…
―¡Dios Mío! ¡No es posible! Coronel Cansino Montoya, el actual jefe de las fuerzas armadas, el acosador de Luisa.
Finalmente, Rosa fue el sábado al panteón y ahí encontró la tumba de Bracamontes. Solo se trataba de una cruz. No había lápida. Sin embargo, la tumba era adornada con una pequeña corona de flores en cuya cinta se leía “La Curva Sur, siempre fiel”. Notó que dicha corona adornaba otras tumbas de esa sección del panteón y comenzó a apuntar los nombres de los que ahí descansaban. Le tomó poco tiempo en la hemeroteca saber que la Curva Sur había sido, durante veinte años, el grupo de animación más radical y nutrido de los Rojos. Su historia terminó abruptamente la noche trágica del Nacional, y a partir de ahí otros grupos de animación tomaron la estafeta. Lo que si le costó más trabajo fue relacionar los nombres en las tumbas con otros sucesos, pero poco a poco armó el rompecabezas entre esos nombres y la nota policiaca del país de hacía diez años, veinte años, treinta años…
Cerca de las siete de la noche de ese sábado, Rosa escribió en su libreta de apuntes.
“La Curva Sur era Tierra y Libertad”
Rosa recorrió el camino de la hemeroteca hasta la casa de una de sus amigas en donde se llevaría a cabo la reunión de su grupo de lectura feminista, sumida completamente en reflexiones y deducciones. Cuando llegó, las feministas la saludaron y de inmediato notaron que estaba sumamente extraña. Rosa comenzó a hablar sin mucho sentido.
―Por eso los mataron a todos ese día, los descubrieron. De alguna forma el ejército supo que sus enemigos se reunían cada quince días en un estadio. Los emboscaron y los masacraron. Claro, en todo eso se llevaron también a varios inocentes, incluida Luisa. Los muy hijos de puta nos hicieron creer que todo había sido causa de un accidente, de un gol fallado, de un estadio viejo, de un borracho, de una derrota o de un arma solitaria. Pero no, dispararon de todas partes… dispararon desde los edificios… ¡hijos de puta!
Las chicas estudiosas la miraron extrañadas.
―Perdónenme ―volvió en sí Rosa ―. Sé qué esta reunión era para ponernos de acuerdo en el nombre de nuestra organización.
―No te preocupes. Ya tenemos algunas propuestas.
―Yo también tengo una ―dijo Rosa con más autoridad ―: La Curva Sur.

Faltaban seis fechas para el final del campeonato nacional de Primera División y el Achéron marchaba primer lugar con un solo punto de ventaja sobre los Celestes. Aquello no era importante solo en el presente inmediato de la escuadra Celeste sino que tenía repercusiones históricas que superaban las expectativas, o el consuelo, de su hinchada, su directiva o sus detractores. Sucedía que, de ganar los Celestes esa liga, rebasarían a los Rojos como el máximo ganador de ligas de toda la historia del fútbol nacional, además, los Celestes llevaban nueve campeonatos al hilo, y habían empatado un récord que ostentaban los Rojos desde comienzos del siglo XX, por lo tanto, conseguir diez campeonatos consecutivos sería arrebatar otro sitio en el museo al odiado rival. El único problema para todo ello era que, más allá de la ausencia de Tanque que se había marchado a jugar al extranjero, un insecto molesto se interponía entre aquel objetivo totalizante de la institución deportiva más dominante de la historia del deporte nacional. Ese insecto era la escuadra del miserable pueblo minero de la sal de Achéron.
Los jugadores y fanáticos de los Rojos, matemáticamente ya impedidos de evitar por sus propios medios el triunfo Celeste, rezaban porque el “Milagro Amarillo” se hiciera realidad. Por su parte, los aficionados celestes, sus jugadores, cuerpo técnico y directiva no podían conciliar el sueño debido a la posibilidad de materialización del milagro amarillo. Era una pesadilla pensar que un equipo salido de la nada, o de la segunda división que es lo mismo, comandado por Camacho y rematado por exjugadores Rojos de leyenda como Sandino, Toussaint y Drilo, arruinaran el destino ganador del cuadro oficialista. La orden desde la directiva suprema fue clara: el milagro no puede pasar. Pero faltaban solo seis partidos, incluyendo la visita de los Celestes al Granma de Achéron, para que un pueblo estallara en alegría y una ciudad (al menos la mitad más racista) estallara en cólera.
 La directiva Celeste aprovechó todas las herramientas a su alcance que su influencia en la liga le permitía. Legales o no, legítimas o no, no importaba. Pero para suerte de los de Achéron, que no tenían ni “vela en el entierro” de la Federación de Fútbol, ahí estaba la directiva de los Rojos, como contrapeso y contención contra los abusos. Aunque a veces fallaba, por ejemplo cuando los Celestes obligaron a los de Achéron a jugar a las dos del medio día el partido contra los del Puerto, bajo una temperatura de treinta y nueve grados centígrados y noventa por ciento de humedad. En ese infierno, los de la mina sacaron un cero a cero que les permitió soñar con su primera liga en más de cien años de historia. Otro ejemplo fue cuando en un solo partido, a los de Achéron les marcaron cuatro penaltis en contra… ¡cuatro! Aquel encuentro terminó empatado a cuatro tantos y los comentaristas de la televisión deportiva oficial no encontraron ni con lupa que alguno de esos cuatro penales hubiera existido realmente.
El árbitro que pitó aquel encuentro no volvió a figurar nunca más en un partido de primera división y se contaba que tampoco pudo cobrar su dinero pues el trato con el gobierno había sido que los rivales del Achéron debían ganar el partido. El colegiado les reclamó de manera privada a los directivos celestes que les había marcado cuatro penales, el jefe supremo de las fuerzas armadas le contestó que hubiera marcado un quinto sin problema, a lo que el árbitro estafador, ahora estafado, respondió:
―Pues para marcar un penal, primero se debe pisar el área.
Fue la frase que aseguró su cadena perpetua a dirigir juegos de aficionados y tercera categoría.
La noche que los Celestes visitaron el Granma coincidió con la tarde en que se cumplía una semana de la llamada de Ramos a Luisa en donde le indicaba que su madre había estado en la cárcel. Sin embargo, era imposible conocer si la madre de Luisa había estado ahí pues los archivos continuaban catalogados y protegidos como secreto de estado y faltaban veintidós largos años para que fueran desclasificados. Era una clara estrategia política del gobierno neoconservador del país para salir absuelto de cualquier responsabilidad en vida. Hasta ese momento, ningún organismo, ni Ni Uno Más, habían logrado siquiera llevar el asunto a discusión en instancias oficiales. El gobierno ignoraba olímpicamente (y con sobornos) cualquier intento internacional o recomendación para abrir los expedientes. No había ninguna manifestación pública ni privada que pudiera cambiar las cosas hasta que apareció en el mapa la organización subversiva llamada La Curva Sur. Al principio, los infiltrados del gobierno dentro de la Universidad Nacional, despreciaron el papel de un grupito de nenas de clase media feministas amateurs, que usaban el color negro como bandera para su actividad. Eso le permitió a la organización planear tranquilamente sus métodos bajo la tutela de su líder: Rosa.
La tarde en que el Achéron recibió la visita de los Celestes en el Granma, le llegó por mensaje de celular a Luisa, que seguía deprimida y sin idea alguna de qué hacer en relación al asunto de su madre desaparecida, una entrada para el encuentro de esa noche, acompañado del mensaje: “no faltes y ven de negro. Rosa.”
Luisa llamó a Rosa y esta no le respondió la llamada. Decidió, pese a su tristeza, asistir al entrenamiento de esa tarde con el equipo femenil y luego esperar seis horas entre las paredes de ladrillo rojo del estadio Granma hasta el comienzo del juego. Succed se la topó en uno de los pasillos y le dijo que la esperaba en el palco, pero Luisa le dijo que Rosa vendría y al parecer solo había podido encontrar entrada para la curva sur del estadio, que era la de localidades más baratas.
―Pues invítala con nosotras. Yo arreglo que la dejen pasar ―ofreció Succed y Luisa aceptó ir a buscarla.
Cuando Luisa ingresó a la curva sur del estadio se sorprendió igual que todos los que ya habían arribado al gran duelo por la liga: la curva sur estaba llena de mujeres jóvenes vestidas de negro. Los policías se reían de ellas, la gente de Achéron se burlaba y los Celestes cantaban a todo pulmón su mejor repertorio de cánticos sexistas. La prensa y la televisión disfrutaban el espectáculo. Ella buscó entre todo ese mar de chicas a su amiga, pero esta fue quién la encontró primero. La abrazó y Luisa no dudo en preguntar que era todo aquello.
―Es oficialmente nuestro primer acto político ―respondió Rosa.
Luisa, que conocía ese estadio como a su vulva, sabía que a la curva sur fácilmente le cabían cinco mil personas, ¡y todavía había chicas con blusa negra fuera del estadio!
―¿Cómo lograste que…?
―¡No lo sé! Lanzamos la convocatoria. En una semana teníamos mil vistas en Instagram. Una de las integrantes es hacker y pudo sabotear el sistema de entradas del Club y consiguió sin problema dos mil entradas de tu estadio.
―¿Hackearon mi estadio? ¿No es eso un delito…? ―comenzó a asustarse Luisa.
―Técnicamente no, porque cada una pagó su entrada, el truco solo consistió en que nadie más que nosotras pudieran adquirirlas. Y aquí estamos, la mayoría son de la Nacional, pero hay otras de la Universidad del Puerto y de Olivares y esas de allá traen una manta que dice que son la montaña.
―Bueno, pero ¿y qué van a hacer?
―Todo el juego solo guardaremos absoluto silencio.
―¿¡Silencio!? ¡Así nadie les hará caso!
―No subestimes el poder del silencio. Confiamos en el contraste.
Los equipos saltaron al campo. La gente de Achéron se desbordó en júbilo. La curva sur estaba callada. Se cantó el himno nacional y la curva sur continuó en silencio. Ninguno de los veintidós jugadores en el campo prestó atención al acto de aquellas jóvenes, estaban obsesionados en su propia lucha, incluido Drilo. El primer tiempo terminó cero a cero y la curva sur permaneció en silencio también durante los quince minutos que duró el descanso. Soportaban estoicamente las burlas de la gente que tenían como vecinos en las otras tribunas.
Succed fue advertida por su cuerpo de seguridad acerca del extraño hecho de la tribuna femenil en negro y en silencio. Sabía que Rosa y Luisa estaban ahí, participando de aquello, pero no podía imaginar que su sobrina y la mejor amiga de esta eran, de hecho, el centro de todo aquello, una víctima y otra libertadora.
El segundo tiempo comenzó y los de Camacho se pusieron al frente en el marcador con un gol de antología de Drilo. El grito de gol fue un trueno, y entre aquella vibración incontenible de alegría, el silencio de la curva sur se sintió como una tumba, era un silencio espeluznante.
El juego comenzó a espesarse. Una falta tras otra. El árbitro consentía cada agresión de los Celestes y en cambio, inventaba faltas de los de Achéron. No pasó mucho tiempo para poder inventarse una dentro del área. El grito de gol Celeste gracias al penal convertido, fue incluso mucho más severo que el de los pobladores de Achéron. Y la curva sur permaneció en silencio y a ese silencio se unieron todos los seguidores del local.
El jugador Celeste, anotador del gol, tuvo la osadía de ir a festejar su gol cerca de la curva sur y su rostro de satisfacción cambió a uno de espanto en menos de un segundo cuando miró hacia aquel mar de mujeres mudas. ―Era como si Eva lo juzgara por tramposo― dijo algún analista futbolero, de esos que se atrevían a leer libros y no solo partidos.
La televisión pronto comenzó a poner atención en aquel siniestro, pero curioso, silencio. Y justo en el minuto noventa, Ricky conectó un cabezazo dentro del área que se coló por el ángulo de la portería Celeste y convirtió al Granma en un manicomio, excepto la curva sur.
Luisa participó solemnemente de aquel extraño y único acto de protesta contra quien sabe qué. Incluso le dolió no festejar los goles de Drilo y Ricky. Entonces, por la curva sur corrieron hojas de papel que tenían escrita la letra de una canción. Una chica escaló el alambrado y elevó sus manos.
El árbitro dio el silbatazo final (había añadido cínicamente seis minutos en vano) y el Granma comenzó a celebrar la victoria. Solo entonces la barra Celeste quedó en silencio como acostumbraban cada rara vez que perdían un partido.  La gente de Achéron, que no contaba con una barra propiamente dicha, comenzó a abandonar el estadio en medio de su alegría y comenzó a escucharse el cántico de un millar de mujeres. Era la letra de una canción de un tiempo lejano, de un momento en la historia en que el mundo occidental había salido a ganarse la libertad y no el pan.
―“Nada cambiará mi mundo, nada cambiara mi mundo…”
Una silbatina le fue ofrecida a la curva sur debido a su canción. Pero ellas cantaron más fuerte y ya eran distribuidas en aquella tribuna cartulinas en diferentes colores para formar un mosaico.

Algún reportero interrumpió su entrevista en cancha a Drilo al escuchar el cántico. Drilo se volvió a mirar a aquellas cantoras y solo esbozó una sonrisa.
―¿Sabes a quién apoyan, Drilo?
―No, la verdad que no, espero que a nosotros. Aun así, cantan bonito.
Contestó Drilo, extrañado por aquel hecho tan raro que le quitaba cierto protagonismo a la gran victoria del Achéron.
Entonces, las féminas alzaron cartulinas que en su conjunto mostraron en  mosaico el símbolo de la extinta organización terrorista “Tierra y Libertad”, una imagen de un Mefistófeles. Nadie reconoció el emblema en primera instancia, solo algunos de la barra Celeste lo recordaron y comenzaron a entonar cánticos fascistas del pasado fundados en el odio. Algunos intentaron brincar la malla para ir a agredir a las mujeres, pero la policía los rodeó y los radicales prefirieron ir a la salida y esperarlas afuera.
En la curva sur se dio la orden de cambiarse la blusa por otra y así, medio torso de un millar de mujeres quedó expuesto por unos segundos mientras se cambiaban una prenda por otra. Ya cambiadas, comenzaron a salir de la tribuna y resultaron irreconocibles para los radicales que planeaban esperarlas afuera.
Para Luisa, ser testigo de aquel acto de organización casi militar de un grupo de mujeres que no se conocían entre sí, representó el punto de inflexión para creerle a Rosa en cada cosa que ella dijera sin cuestionarle. Si antes de eso Luisa reconocía que Rosa era lista, ahora la consideraba un genio, una líder, alguien a quien no se le podía negar nada. Y ese fue el comienzo del torbellino.
Rosa ordenó a Luisa no salir sola del Granma ni ir esa noche al Bar de los Mineros. Incluso le ordenó que buscara a su tía y se fuera junto con ella a casa. La número diez del Achéron obedeció y ya en el automóvil de su tía está le preguntó por su ausencia.
―Rosa me convenció de ver el partido desde donde ella estaba.
―¿Y tú sabes algo de lo que hicieron esas chicas hoy?
―No, Rosa y yo estábamos cerca, pero todavía en gradatina sur.
―Dijiste que sus boletos eran para la curva sur.
Luisa no respondió de inmediato. Pensó su respuesta para no caer en más contradicciones.
―Sí, eso pensé. Pero eran de gradatina sur. Están locas esas chicas ¿no?
La tía no respondió, en realidad no sabía todavía qué pensar acerca de que aquello hubiese ocurrido en su estadio y del porqué su sobrina, quien acababa de recibir apenas unos días atrás la noticia de que su madre había sido hecha presa, estaba involucrada de alguna forma en aquel extraño suceso.
―Oye ―aprovechó Luisa ―, en la casa ¿cuál era el cuarto que usaba mi papá?
Al llegar a la casa del Gran Cabo, Succed llevó a Luisa hasta el desván de la casa.
―Esta fue la última habitación que él utilizó.
Acto seguido, la tía encendió la luz y ambas fijaron la vista en ese cuarto semivacío en el cual solo había algunas cajas.
―¿Qué hay en esas cajas? ―preguntó Luisa.
―No lo sé. Escucha me voy a dormir. Hoy ha sido un día muy cansado con eso del partido, la prensa y todo eso.
―¿No verás a Drilo hoy?
Succed negó con la cabeza. Drilo estaba ya en casa de su madre dispuesto a dormir a pesar de que el resto de sus compañeros festejaban con alcohol en el Bar de los Mineros su histórico triunfo que los colocaba a cuatro puntos de distancia de los Celestes.
Luisa abrió una de las cajas y ahí estaba diversos discos viejos de una época remota en donde la música, aunque comercial, todavía podía ser un vehículo de emociones, amoríos y protestas. Se encontró con un disco de John Lennon y buscó en su teléfono el vídeo del partido que recién acababa de terminar. Había ya cientos de vídeos con el resumen de la gesta heroica del Achéron, pero esta vez no le interesaba el partido sino tener alguna mención de la curva sur. No tardó mucho y la encontró: “La curva sur canta Across the Universe”. Buscó otro vídeo donde estuviera la canción y la reconoció. Luego miró de nueva cuenta la tapa del disco y fue hacia la lista de canciones y ahí estaba, subrayada en rojo, esa canción junto con otras como “Imagine”. Continuó su exploración entre las cosas de su padre, las pocas que quedaban, y se encontró así con una imagen sugestiva de lo que ella identificó un escudo bordado de los Rojos. Era una imagen descolorida, pero que todavía mantenía el rojo original característico. Debajo del escudo de la escuadra estaba escrito, también en letras rojas, el lema “Siempre fiel”. Sabía que representaba esa frase, ella misma había sido parte numerosas veces, pues era en esa parte del estadio Nacional donde ella se “sentaba” junto con su padre a mirar los partidos de la Roja. Recordaba aquel grupo de apasionadas personas que cada quince días con cánticos y bengalas, pero principalmente con corazón y honestidad inconmensurables, animaban al equipo de los sindicatos y talleres, al cuadro obrero, a los Rojos. Cansada se fue a su cuarto y en su teléfono puso el vídeo de “La curva sur canta Across the Universe” y supo que esa canción le había encantado. Al final del vídeo, observó la imagen que se pudo ver en el mosaico de las femeninas de la curva sur, era la imagen que había aparecido en las pancartas, pero no entendió al Mefistófeles ni su relación con todo lo que habían hecho. Así, se quedó dormida.
Si para la barra Celeste el asunto de las mujeres silenciosas no paso de largo, para el gobierno menos. De inmediato se giraron órdenes para tener vigiladas a las mujeres que se lograran identificar. El reporte de la policía de paisano (forma amable de llamar a la policía secreta), fue nuevamente despreciativo hacia aquel grupo:
“Estás jóvenes, cuyas edades oscilan entre los diecisiete y treinta años, pertenecen a distintos grupos estudiantiles desarticulados que buscan la inclusión de las mujeres en la sociedad. La mayoría participan de manifestaciones pacíficas o están  limitados a las redes sociales; y el uso del emblema terrorista fue una estrategia para llamar nuestra atención y la de los medios de comunicación, para que escuchemos, por enésima vez que quieren salir de la cocina”.
Increíblemente los altos mandos quedaron satisfechos con eso y ordenaron a todos los medios de comunicación no mencionar en sus noticieros lo ocurrido en el estadio Granma de Achéron referente a la Curva Sur.

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