En el desayuno Luisa tenía una amplia sonrisa que reflejaba el estado de
gracia en el que se encontraba. Durante la charla táctica, no escuchó nada,
sabía que Flora Tristán no iba a decirle nada trascendente y por ello prefirió
degustar el recuerdo de todo lo que había ocurrido la noche anterior. Su
juventud y salud le ayudaban a no externar los síntomas del desvelo, aunque
también, era posible decir que seguía ebria de emoción. La sonrisa y el gusto le
duraron hasta la comida y en el trayecto al autobús repetía canciones melosas
en su teléfono y sus audífonos eran sus cómplices en ese gusto. De vez en
cuando volteaba la vista hacia Micaela y esta le respondía con la misma
sonrisa.
Arribaron al mismo pequeño estadio de la última vez que ahora a Luisa le
parecía el estadio más bello del mundo. Se cambiaron y Luisa cantaba. Salieron
sus compañeras al campo de juego y ella se sentó plácidamente en la banca.
Tristán notó que la joven estaba muy extraña, muy lejos de la chica
nerviosa y ansiosa que conocía.
Ni siquiera el gol de las europeas hizo saltar a Luisa, ―¿Nos eliminan
de los Olímpicos? Y eso qué ¡Qué nos eliminen del mundo, ya me puedo ir! ―se
decía a sí misma embrutecida por la satisfacción.
El medio tiempo era un hervidero otra vez en el vestidor. Micaela ya
había perdido el efecto del placer de su desobediencia de la noche anterior y
ahora sufría el juego como todas, insultaba, arengaba y exigía respuestas.
A pesar de perder por uno a cero, la verdad es que la suerte había
estado de su lado, y además, la portera del equipo Beauvoir, de mayor estatura
que Luisa y que todas la demás, había tenido hasta ese momento una actuación
impresionante pues había salvado dos mano a mano y atajado tres pelotas que ya
eran goles cantados. Luisa estaba tan feliz que al salir se acercó a Beauvoir,
que era de las chicas que no la soportaban, y le dijo:
―No le hagas caso a Micaela, has estado increíble.
La guardameta quedó boquiabierta pues no esperaba aquello de Llora
Mucho.
El segundo tiempo fue igual. Las europeas con la pelota y el equipo de
Luisa sobrepasando el vendaval sin poder armar ni una sola jugada de gol.
Constantemente, Micaela se acercaba a la banca y a gritos le pedía a Tristán
que hiciera algo.
―¡Una delantera, por el amor de Dios! ―le gritaba desde dentro del
campo.
Flora Tristán se llevaba las manos a la cabeza, a las bolsas de sus
pantalones, a su rostro y no sabía qué hacer. Entonces, en el minuto quince del
segundo tiempo llamó a Luisa y le ordenó calentar. Tan solo dos minutos después
le indicó que entraría.
Se realizó la papeleta, salió la pelota del terreno de juego y se
anunció el cambio por el sonido del estadio.
―”Susbtitution.
Mirabal out. Nadiani into the field”
Luisa apenas reparó que estaba en su debut en unos Juegos Olímpicos, el
asunto era más simple en su mente pues estaba una cancha de fútbol y había que
jugar. Su estado de ánimo era tan distinto a las del resto de las veintiuna
jugadoras con las que compartía la cancha que aquello se notó de inmediato. La
primera pelota que tocó, la pisó con tal plasticidad que generó una avalancha
de alegría en quienes la observaron. Dos rivales quedaron atrás y mandó un pase
sin ver que recogió una de sus compañeras, esa jugadora, tan solo recibió la
pelota, regresó a las notas de intensidad y nerviosismo que habían sido tocadas
durante todo el partido, pues reventó la pelota a cualquier lado.
Luisa pidió calma amablemente a su compañera y a todas, incluso a la
árbitro, y la pelota comenzó a llegarle, ya fuera en rebotes o en pases
apurados de sus compañeras que vivían todo eso a mil por hora. Y Luisa pisaba
la pelota y tocaba con cadencia, como si tuviera todo el tiempo del mundo para
pensar.
―¡Ya no se las des, Llora Mucho! ¡Llévala tú! ―le ordenó Micaela.
Luisa hizo caso, pero no perdió la plasticidad y, a falta de doce
minutos para el final del encuentro, hizo lo que sabía hacer…
En su mente siempre pensaba en regatear y solo regatear. Se llevó a una,
a dos… metió segunda y una europea igual de nerviosa le bloqueó la entrada al
área, Luisa se hizo un autopase tan exacto que no debió correr mucho para
alcanzar la pelota. Con la portera en salida de emergencia y en actitud de
matar o morir, Luisa le cuchareó la pelota y anotó de esa forma su primer gol
en las Olimpiadas. No festejó, solo dio unos pasitos hacia atrás y alcanzó a
decirle a Micaela.
―Con calma. Lo ganamos, pero con calma.
Micaela fue la única que corrió a abrazarla. El empate era un buen
negocio. Las europeas habían igualado con las asiáticas a cero tantos, así que
llegaban a dos puntos por uno de las asiáticas y uno del equipo de Luisa. Las
campeonas olímpicas ya estaban en fuga para ese entonces pues llevaban dos
triunfos al hilo.
Quedaban dos minutos y Luisa ya había repartido dos caños y dos
sombreros a esas guerreras estresadas del norte.
Micaela recibió un balón cerca del área rival, se quitó a una y otra de
las rivales la empujó por detrás. Hizo tanto drama por la falta que ingresaron
las asistencias, pero la árbitro no concedió ninguna tarjeta de amonestación.
Al estar fuera del campo, Woolf, la cinco del equipo y capitana de las Rojas en
la liga femenil nacional, tomó la pelota. Pero Luisa se la pidió.
―¡Métete a la maldita área! ―le respondió Woolf.
Luisa con toda calma se la pidió de nuevo.
―No te preocupes. Es gol.
Woolf aceptó la apuesta. Pensaba que se burlaría de ella en el momento
en que el gol no cayera.
―Solo no llores cuando no entre.
Luisa no dijo nada. Colocó la pelota. Tomó su distancia, espero el silbatazo en una postura tan segura
y elegante que los reporteros gráficos guardaron aquella actitud para la
posteridad en cientos de fotografías, y le pegó con tal precisión y fuerza que
la pelota brincó la barrera y entró exactamente por la escuadra superior que,
en teoría, esa barrera debía cubrir. Todavía alcanzó a pegar en el poste y
entró. Esta vez, Luisa si corrió hacia el banderín de tiro de esquina y gritó
el gol de su vida. Se levantó la camiseta en su regreso a medio campo y el
desastre de un régimen comenzó a forjarse.
Desde fuera del campo, atendida por un golpe que nunca ocurrió, Micaela,
gritó el gol de su abdicación como reina del fútbol del país y dejó que la
princesa tomara el trono y la corona como la nueva reina. Estaba tan feliz por
tener razón que hasta se permitió abrazarse con Flora Tristán.
―¡Gracias, Flora, por dejarla jugar! ¡Ganaremos!
Y ganaron. Tan solo terminó el juego, Luisa se quitó la camiseta y la
intercambió con la número diez del otro equipo. Tenían tres puntos en dos
partidos y ella firmaba dos goles magníficos. Había poca gente en el estadio,
pero esas pocas personas se le entregaron a Luisa. Ninguna televisora, fuera de
la oficial de los Juegos, decidió pasar aquel partido de primera ronda que no
importaba mucho, sin embargo las imágenes de ese partido se pasaron una y otra
vez en los noticieros deportivos del mundo. Luisa salió del campo como había
entrado: caminando. En ese trayecto la prensa la abordó y en inglés, lo primero
que se le ocurrió preguntar a una reportera fue:
―Who are you?!
Alguien le tradujo la pregunta a Luisa y ella solo sonrió.
―Luisa, hoy has tenido una noche perfecta. No solo te firmaste dos
goles, nos enamoraste a todos en el estadio, nos recordaste tantas cosas que ya
no se ven muy seguido en el fútbol. Hoy tu equipo te debe su primera victoria
en Juegos Olímpicos.
―Gracias. Gracias a todos. Tuvimos mucha suerte, pero, el verdadero
héroe es Beauvoir, si ella no detiene todo lo que detuvo, mis dos goles no
hubieran servido de nada. Ella fue grandiosa.
Y se retiró, estaba completamente agotada, pero de ser tan feliz y estar
tan satisfecha que tenía miedo de irse a dormir y despertar en Achéron. Sabía
que no había dormido, pero estaba sedada por la emoción.
Ni Rosa ni nadie en el país pudieron ver en directo aquel partido. Todos
tuvieron que enterarse por la mañana que aquello había ocurrido. La “nueva
Zidane”, la “elegancia hecha mujer y fútbol”, la “nueva diosa del fútbol”, eran
tan solo algunos de los adjetivos que la prensa comenzó a utilizar para
referirse a ella. La Televisión Nacional comenzó a gestionar la forma en que se
pudiera ver en directo el tercer juego en contra de las asiáticas, era un
desacato directo contra el gobierno, pero era una acción medida, ellos sabían
que en gran parte, la televisión era el verdadero gobernante de aquel país.
Las chicas entraron al vestuario y aquel ambiente era lo más extraño del
mundo. ―Ganamos, sí, pero ganamos por ella ―, pensaban varias, eso no podía ser
un triunfo completo.
Fue Beauvoir la primera que se atrevió a romper aquella tremenda
estupidez. Caminó hasta donde estaba Luisa que se ya se secaba el cabello luego
de la ducha y no le dijo nada, solo le abrazo.
Woolf, que se acomodaba los zapatos, al observar aquel acto agregó.
―Tienes razón, Beauvoir. Gracias Llora Mucho.
Intempestivamente Micaela interrumpió.
―¡Mujer, mujer, alto ahí! A quien tienes que agradecer es a mua.
¿Quién les dijo que esta niña era increíble? ¿Quién le dio su número para que
jugara? ¿Quién le dijo a Flora que la metiera? Y además, esa niña solo ha hecho
todo lo que YO, le he dicho.
El resto del equipo respondió con risas y burlas a la jugadora del
Puerto. Hasta la entrenadora rió un poco. Y así, ese equipo volvió a ser un
equipo como había sido en tiempos en que Luisa era todavía una niña pedante que
jugaba en el equipo de niños de Drilo. Esas mujeres comenzaron esa noche a
cerrar las heridas abiertas por tantos y tantos partidos juntas. El regreso en
el autobús fue todavía más notable, las chicas no dejaron de cantar en todo el
trayecto y entraron a la Villa Olímpica felices.
―Te lo dije ―le decía ya en la habitación Micaela a Luisa ―, esas reinas
te iban a terminar queriendo.
Pero Luisa ya no respondió más. Se había quedado profundamente dormida
sin siquiera haberse puesto la pijama.
―Descansa, reina, descansa.
―No ha pasado más que un día luego del desfile de apertura de los Juegos
Olímpicos y estos ya tienen reina. Se llama Luisa Nadiani Ponzio y es
originaria de Achéron, región de Esforzinda. Sí, escuchó usted bien, la nueva
reina de los Juegos es nuestra connacional. Luego de sus magníficos goles, la
prensa la ha comenzado a llamar, la Messi del fútbol femenino. La chica no solo
presenta un juego impresionante y una belleza física notable, también unos
tatuajes en el cuerpo bastante particulares, ¿no es así Tapia?
―Así es, Cristina. En una afrenta directa al gobierno de nuestro país,
esta chica lleva tatuado en su espalda una petición que ha sido acallada
durante varios años: abran los archivos. Refiriéndose a los archivos de la
gente detenida y procesada durante la transición de la junta militar al
gobierno democrático de nuestros días. Su queja no ha pasado inadvertida y
varios políticos han externado ya su opinión, políticos de la oposición por
supuesto, pues nadie del gobierno ha salido a dar parte oficial sobre el
asunto.
Mientras Rosa escuchaba la noticia por la televisión en su casa, Ramos
revisaba archivos en la biblioteca. Rosa tomó nerviosamente su teléfono, llamó
a Ramos y le dijo emocionada:
―Es el momento.
A toda prisa, Rosa comenzó a redactar una convocatoria general para una
marcha pacífica a llevarse a cabo el próximo sábado. Envió la invitación a
todos los aliados y organizaciones de lucha social. La hora programada para la
marcha era tan solo unos minutos después de terminado el partido de la
Selección Nacional de futbol femenil.
Las autoridades de todo tipo también se movilizaron casi de forma
inmediata. A la mañana siguiente, Luisa fue apartada del entrenamiento del
equipo y en compañía de Flora Tristán, llevada hasta una sala de juntas de la
Villa Olímpica, en donde varios hombres de traje las esperaban. Uno de esos
hombres de traje era el presidente de la delegación del país de Luisa en los
Juegos Olímpicos, un hombre al que ella jamás había visto y que tenía toda la
pinta de político que no sabe nada de deportes. Había otros hombres, todos
ellos de avanzada edad que decían ser autoridades del Comité Organizador y del
Comité Olímpico Internacional. Además, había dos traductores, ellos sí,
jóvenes.
―Luisa ―comenzó a traducir uno de los jóvenes mientras uno de los viejos
elefantes del Comité Organizador hablaba ―, fue impresionante lo que hiciste
ayer. Una muestra de calidad deportiva que no muchas veces se ve, pero hay un
problema que queremos discutir contigo. No puedes mostrar los tatuajes que
tienes en el cuerpo. Entendemos la difícil situación política y económica que
puede haber en algunos de los países de los que provienen nuestros atletas, sin
embargo este no es el foro adecuado para manifestarse en ese sentido. Si lees
la Carta Olímpica, eso está prohibido. No te preocupes, no estamos aquí para
expulsarte, tienes apenas veinte años, te equivocaste y comprendemos eso. Te
comunicamos a ti y a tu entrenadora, aquí presente, que si no te levantas la
camiseta durante lo que resta de los Juegos no habrá problemas. Podrás seguir
en los Juegos y nadie más te molestara en ese sentido. Debo advertirte que, si
no acatas este acuerdo, no solo tú podrías ser sancionada sino tu federación y
tu equipo.
Tanto Luisa como Flora Tristán acordaron que eso de mostrar los tatuajes
se terminaba. El presidente de la delegación nacional, aquel político que en su
vida había pateado un balón, le dijo a Flora Tristán.
―Para el de la pierna que use un parche.
Luisa comunicó la noticia a Rosa y está le respondió que hiciera caso
con lo de los parches. Ya se le ocurriría alguna cosa y la peor noticia sería
que la expulsaban a ella o a su equipo de los Juegos Olímpicos.
La respuesta a la convocatoria a la marcha de protesta masiva era
bastante nutrida. Las marchas no estaban prohibidas de manera literal en las
leyes del país que negaba a sus muertos; sin embargo, había una serie de otras
leyes que prácticamente hacían imposible realizar cualquier tipo de protesta en
la calle. El primer obstáculo era que se debía obtener un permiso para
manifestarse, el segundo era la ley del honor que básicamente argumentaba que
nadie podía decir absolutamente nada sobre nadie sin demostrar lo que se decía;
finalmente, estaba la cuestión de la censura en internet, nadie podía decir
abiertamente nada en contra de nadie en las redes sociales (y en los medios de
comunicación en general). Eso había hecho que en diez años no hubiese habido
jamás ninguna manifestación callejera en el país. El gobierno se jactaba de ese
logro, decían que habían convertido un país donde se ponían bombas en las
estaciones de trenes en un país de paz.
El día del tercer partido, Luisa y su equipo ya tenían puestas las miradas
de todo el mundo, pero no podían saberlo pues Flora Tristán les tenía prohibido
mirar portales deportivos o cualquier tipo de prensa de su país o
internacional. La entrenadora cuidaba celosamente esa prohibición y amenazaba
con que si encontraba a alguna rompiendo la regla, esa jugadora sería separada.
Esa mañana, antes del juego, Micaela se encontró antes del entrenamiento
a Flora Tristán en la sala de estar de su edificio en la Villa. La notó
preocupada.
―Oye, mujer. Tranquila, no van a expulsar a nadie de los Juegos
Olímpicos. Ni a ellos ni a nosotras nos conviene ―dijo Micaela.
―No me preocupa eso. Ya está hablado, también conseguimos el parche
adecuado para el tatuaje de la pierna ―respondió Flora Tristán.
―¿Entonces qué te preocupa?
―¡Pues el partido de hoy! ¡Qué más! ―respondió exaltada Flora Tristán.
―Tranquila, Flora. Ganaremos, mujer ―dijo Micaela con toda la confianza.
―¿¡Cómo?!
―Mira, si tú no sabes cómo yo conozco a alguien que si sabe.
―¿A quién?
―Dame cinco minutos, voy por ella.
Micaela fue hacia las habitaciones y regresó luego de cinco minutos con
Luisa tomada de la mano. También había pedido en la cocina de la villa, 22
vasos de cartón y los puso sobre la mesa.
―Adelante, Llora Mucho ―le dijo Micaela a Luisa.
―¿Es esto una broma? ―preguntó Flora Tristán.
―No ―trató de calmar las cosas Micaela ―. Luego me lo agradecerás.
Bueno, las dejo solas porque cuando está niña comienza a hablar con sus vasos a
mí me da un aburrimiento total.
Luisa se quedó de frente a Flora Tristán, con la mesa y los vasos en el
medio. No sabía si realmente aquella explicación era deseada, pero comenzó.
―Bueno, ellas son los vasos que no tienen tapa, nosotras los que sí
tienen. Siempre se paran con línea de tres porque saben que son rápidas,
disciplinadas e incansables. O al menos eso creen…
La explicación de Luisa duró cerca de dos horas. Para entonces, Flora
Tristán estaba exhausta y el pesimismo no la había abandonado.
―Faltan solo unas horas para el partido, es imposible ensayar todo eso
que dices ―le dijo Flora Tristán a Luisa.
―No necesitamos que lo aprendan o lo ensayen, ellas ya saben muchas de
estas cosas porque así juegan en sus equipos. Casi todas son jugadoras de las
Rojas y del Puerto, entonces no debemos más que practicar algunos movimientos
básicos. Especialmente el tiro de esquina, ellas siempre salen en corto, saben
que no son altas y por eso juegan siempre en corto para hacer el dos contra
uno. Si la defensa rival es tan rápida de cerrarles el dos contra uno, ellas
retrasan siempre por la banda a este vaso de aquí y de ahí arman su juego otra
vez. Si nosotras podemos hacer que hagan eso y les robamos la pelota justo en
ese pase… tendremos una gran posibilidad.
Esa tarde noche, nuevamente en el pequeño estadio alternativo utilizado
para el torneo femenil olímpico, las dos selecciones que se jugaban la vida
saltaron al campo. Luisa iba de inicio y esa tarde la arenga que Flora Tristán
les dio a sus jugadoras fue legendaria.
―Sé que ustedes saben que no hablo mucho, pero quiero darles las gracias
por lo que hasta hoy hemos hecho, ¡qué no son dos partidos, eh! Es casi una
vida junto a ustedes y antes junto a otras chicas con las que siempre nos
quedamos en el camino, nunca pudimos llegar hasta aquí. Hoy todas esas derrotas
nos respaldan, porque hoy no podemos volver a perder, ¡hemos perdido demasiado
y hemos aprendido también demasiado! ¡Y estoy cansada de solo aprender y no ser
nadie y no dejar nada! ¡Estoy cansada del machismo de mierda de nuestra patria,
de esa patria de la que hoy cantaremos el himno por enésima vez! Pero… de lo
que nunca me cansaré es de estar con ustedes, porque a pesar de todo, de
nuestras diferencias y peleas, aquí estamos, todas, las de siempre y las que
apenas llegan. ¡Por ustedes, por nosotras, por todas, salgamos a ganarnos el
destino! ¡Quiero estar una semana más en los Olímpicos! ¡Por una semana más!
―¡Por una semana más! ―gritaron todas al unísono.
La piel de gallina se les puso y la sangre les hervía a esas mujeres
cuando salieron al campo, tomadas de la mano. Aquel desorden, aquella burla de
equipo luego del seis cero ya no existía más. Todas entonaron el himno con
sentimiento, todas excepto Luisa, a quién se le miraba serena.
Mientras tanto, en el miserable país al que todas pertenecían, varias
personas madrugaban delante del televisor para mirar el juego. Era sábado a las
siete de la mañana en Achéron, la marcha estaba programada para el medio día en
todas las ciudades del país. No había ninguna paralización, nadie sabía todavía
bien que era ese equipo de mujeres y quienes eran los que se suponía iban a
marchar esa tarde sin permiso. Unos minutos antes del juego, la prensa notó el
enorme parche en la pierna con el que Luisa jugaría el partido. Era un triunfo
para todos ellos. Incluso uno de los comentaristas del juego destacó:
―¡Qué bueno que no tenía tatuada la cara! Porque es un ángel bajado del
cielo la muy hermosa.
El juego comenzó y las asiáticas parecían kamikazes en cada pelota.
Las de Luisa, en cambio, se mostraron serenas y seguras. Las asiáticas
corrían por toda la cancha y las seleccionadas no las perseguían, simplemente
se reacomodaban, se alternaban las coberturas y dejaban que las asiáticas se
estrellaran en su propia prisa.
Luisa lo había calculado muy bien, eran el rayo, eran soldados
obedientes, pero no eran tan buenas con la pelota.
A los veinte minutos de juego, las asiáticas tuvieron un corner a
favor. Una de las delanteras se acercó a su compañera que cobraría y jugaron en
corto, rápidamente dos compañeras de Luisa les salieron al paso, dos y no solo
una. Entonces, la asiática que tenía la pelota retrasó el balón, como un
ordenador cuando obedece a la orden del usuario, y fue ahí que Luisa apareció
por sorpresa y robó la pelota. Micaela se había botado para recibir y Luisa la
encontró sin marca. Micaela se apoyó en Castellanos y está abrió el juego hasta
Manuela que de primera intensión volvió a encontrar a Micaela que se había
corrido hacía el centro del campo, ella avanzó y retuvo la pelota hasta que
encontró el hueco por donde filtrar a Luisa, que era de las pocas de ese equipo
de mujeres latinas que podía competir en velocidad con aquellas kamikazes, y
Luisa ganó la carrera y, muy ajustada sobre la salida de la portera, alcanzó a
puntear el balón. No había sido un gol hermoso, pero todas las del equipo
festejaron juntas aquella obra colectiva.
Lo que siguió después fue un aguante de partido y dosificación de la
condición física. Las asiáticas siguieron en su vértigo y velocidad y parecían
no cansarse. Pero a diez minutos del final, se cansaron y fue evidente cuando,
ya fugadas al ataque, nuevamente Luisa le ganó las espaldas a las defensas
luego de un pase filtrado de Micaela, y se volvió a plantar delante de la
portera. Definió fuerte y raso, pegado al palo, la portera apenas si la rozó y
la pelota besó las redes de la portería de las asiáticas que caían de pie, con
honor, pero al fin y al cabo caían.
Luisa no festejó esa vez, estaba exhausta. Era el dos a cero y lo
imposible se consumó en el momento en que el árbitro silbó el final.
―¡Una semana más! ―se gritaban las compañeras de Luisa mientras se
felicitaban en el centro del campo.
Uno que otro automóvil en algunas de las ciudades del miserable país que
negaba a sus muertos tocó la bocina de pura alegría por el resultado de las
mujeres futbolistas.
Horas después, el infierno para el gobierno se desató. En todas las
ciudades, comenzaron a hacerse presentes los marchantes, uno a uno fueron
llenando los puntos donde se les había convocado. Las avenidas principales
fueron cerradas al tránsito.
El Jefe de Policía de la capital no tuvo el valor de cerrarles el paso y
pedirles su permiso. Recibió órdenes de dejarlos caminar.
Al frente de la marcha iban las mujeres de la Curva Sur, detrás todos
los demás contingentes, los de siempre y los nuevos, los que no tenían
contingente y los que aprovecharon el momento para venderles agua, comida,
cartulinas, marcadores, sombreros y máscaras de Guy Fawkes.
La prensa se encargó de documentarlo todo, pero pocos se atrevieron a
dar detalles sobre los hechos y mucho menos sobre los motivos. Por redes
sociales el aliento fue también notable, el gobierno tuvo que desempolvar sus
piratas digitales para anular, en la medida de lo posible, la popularidad de la
marcha. Para colmo, ese día solo Luisa y sus diez compañeras habían conseguido
algo notable en los Juegos, así que no había muchos temas con los cuales
distraer. El colmo fue una foto subida, nada y nada menos que, por el mejor
futbolista del país, campeón de clubes en Europa, mundialista y multicampeón:
Risto Tanque. La foto lo mostraba a él con su rostro cubierto por un parche
como el que cubría el Mefistófeles de la pierna de Luisa. La imagen fue viral y
todo el mundo la entendió.
Tres horas después, los cerca de cien mil marchantes en la capital,
llegaron hasta las puertas del Palacio de Gobierno. Los esperaban un numeroso
grupo de policías y en las azoteas de los edificios había más cuerpos
represivos. El gobierno temía ya lo peor, se preguntaban si disparaban o qué
demonios harían; pero la masa de gente se apostó en las calles y comenzaron a
bailar, a convivir y a realizar picnics en plena vía pública. Algunos abrieron
la tomas de agua de las calles y comenzaron a refrescarse entre juegos. Quien
tenía guitarra comenzó a cantar, quien era malabarista hizo su acto, quien era
mago hizo magia, la calle fue una fiesta, la calle, por primera vez en mucho
tiempo, fue de todos.
Rosa y el resto de las organizaciones manejaron el asunto de manera
inteligente. Sobre la plaza, se quedó una manta enorme que decía: “La próxima
vez no será tan lindo. ¡Abran los archivos, ya!”. El régimen estaba
oficialmente advertido y confrontado.
En Achéron, la marcha fue pequeña pues el sindicato viajó con los
trabajadores hasta la capital, como en los buenos tiempos; pero comenzó a
esparcirse la noticia de que las de Luisa ya estaban en cuartos de final.
―¿La hija de Miriam? ¿La dueña de la mina? ¿La que limpiaba los baños?
¿La que siempre se sentaba en esa mesa en el Bar de los Mineros? ¿La que me
compró la cocaína mala? ¿La que arrojó el descapotable al mar? ¿La repetidora
de año? ¿La que anotó “mil” goles en la pradera de la sal? ¿La que jugó
haciéndose pasar por hombre? ¿La novia de Ricky? ¿La que sale desnuda en las
revistas?
―Sí, ella.
A nivel internacional, Luisa ya era una de las máximas estrellas de los
Juegos. Comenzaron a buscarla para entrevistarla, pero ella evitaba declarar
cualquier cosa pues Flora Tristán se los tenía prohibido. Cuando le preguntaban
sobre sus tatuajes y sus parches siempre evadía la pregunta.
―No puedo hablar de eso y lo sabes ―le dijo a uno de los reporteros que
buscaban hablar con ella mientras estaban en la villa.
A la mañana siguiente del segundo
triunfo del equipo, se les anunció que el día era libre aunque con las mismas
restricciones hacia la prensa. Todas estaban alegres y planeaban tours por la
ciudad, explorando las listas de los mejores restaurantes o los lugares
turísticos. Todas estaban litas para salir y cayeron en cuenta de que faltaba
Llora Mucho. Micaela les dijo que ella no vendría, que la dejaran en paz. Pero
no la escucharon y dos de sus compañeras fueron hasta su habitación a buscarla,
no la encontraron, preguntaron a algunos miembros del cuerpo técnico y León les
indicó que estaba en la habitación de la entrenadora.
―Sí, ella y la entrenadora ―les tuvo que volver a decir León.
Algunas pensaron que nuevamente había problemas con eso de los tatuajes.
Fueron hasta la habitación de la entrenadora y entre las burlas hacia Manuela,
entraron a la habitación y encontraron a Luisa y a Flora Tristán sentadas con
la mesa de la habitación llena de vasos, todos estaban numerados y algunos
hasta tenían caras pintadas.
―¿Qué hacen? ―preguntó Woolf.
―Estamos trabajando ―contestó Flora Tristán con buen humor ―. Ustedes
tienen el día libre. Mira Woolf, esta eres tú ―agregó mientras tomaba uno de
los vasos con caritas pintadas.
Luisa se sabía con la responsabilidad de ayudar a su equipo en la parte
táctica. Como Flora Tristán aceptó dicha ayuda sin mucha objeción, Luisa se
sintió útil. Aun así, le dolía no poder tener el día libre como todas las
demás. Lo peor era que había tenido que cancelar una cita con su clavadista
estrella. Él ya había terminado sus pruebas y era número 16 del mundo, muy lejos
de las medallas, pero muy cerca del sentir del deber cumplido. Y ese día
anterior al partido de cuartos de final, partiría de regreso a su país. Aunque
se habían conectado ya por redes sociales, no habían tenido tiempo de verse
luego de la noche mágica del desfile de apertura. Por eso, cuando Luisa
canceló, le dolió en el alma. Esa tarde almorzó sola y una lágrima de nostalgia
se le escapó. No sabía si estaba enamorada o si era solamente instinto sexual o
si eran las dos cosas al cuadrado, solo sabía que no vería más a su clavadista.
Las dos compañeras de Luisa salieron y explicaron a las demás el asunto,
y la incredulidad fue colectiva.
―¿La entrenadora y Llora Mucho ahora trabajan juntas? ¿Quién es esa
niña, la Einstein del fútbol? ―preguntó una.
―La Da Vinci del fútbol, reina, la Da Vinci.
Aclaró Micaela.
El día del juego de cuartos de final del torneo femenil de fútbol de los
Juegos Olímpicos, Drilo se despertó a las seis de la mañana para ir a entrenar.
Estaba desvelado, ligeramente alcoholizado y deprimido todavía por el penalti
fallado hacía ya semanas y su rompimiento con Succed. El sopor de vivir lo
sentía profundo en su alma; para colmo, Succed seguía sin perdonarlo y lo
evitaba, ya no le aceptaba sus invitaciones a cenar y ni siquiera, si le
proponía regresar a las pizzas en la oficina, le contestaba. Con esas
situaciones, se marchó rumbo al Granma en donde le indicaron que ya todos
estaban reunidos en la sala de juntas. Cuando escuchó esa instrucción sintió
morir un poco pues si el equipo estaba en la sala de juntas del estadio eso
significaba que había una aburrida charla técnica de Camacho. Recordaba que
Luisa era la única que aguantaba esas largas charlas con extraño entusiasmo en
donde Camacho les pedía a los del primer equipo un mar de cosas que luego ellos
no podían recordar durante los partidos, simplemente porque era demasiada
información. Por ello, sin muchas ganas, se tardó todo lo posible en caminar
hasta la sala de juntas. Entró y vio que todos estaban frente al televisor.
―Hola, buenos días ―saludó a todos los del primer equipo y reservas que
ya estaban frente al televisor ― ¿Qué vamos a ver?
Camacho no le respondió, otros le pidieron que bajara la voz. Solo uno
de los chicos de las últimas filas le respondió:
―Es el partido.
―¿Cuál partido? ―volvió a preguntar Drilo.
―El de las mujeres. El de Luisa. Ya están por comenzar, ahorita están
los himnos.
Solo hasta ese momento Drilo recordó que existía Luisa y que se había
ido a las Olimpiadas.
―¿Ya comenzaron las Olimpiadas?
―Hace una semana, Drilo ―respondió el chico.
La televisión enfocó la imagen de Luisa mientras hacía estiramientos
antes del comienzo del juego. Daba la impresión de estar extrañamente relajada.
Comenzó a dominar la pelota y aquello fue un show gratuito de free style,
cosa en la que Luisa era muy buena. Esa exhibición impresionante de la pelota
duró apenas dos minutos.
―Increíble mujer ¿no? Es el ángel que se le ha aparecido a este país, a
nuestro fútbol. ¡Qué le digo ángel, si juega como Dios! ―dijo el narrador de la
televisión.
El juego comenzó de la forma en que Luisa había calculado, abierto, sin
faltas y con mucho ritmo. En ese ambiente de buen fútbol, Luisa comenzó a
brillar muy rápido. Les había dado a sus compañeras, vía Flora Tristán, la
instrucción de retener y tocar la pelota el mayor tiempo posible pues esa tarde
noche en la ciudad olímpica, enfrentaban a un equipo que gustaba de monopolizar
la pelota y de tocar. Le había explicado a Flora Tristán que si bien las
jugadoras rivales eran mucho mejores futbolistas que cualquiera, técnicamente
superdotadas y atrevidas al ataque, tenían el mismo defecto que el equipo de
Flora Tristán:
―¿A qué te refieres?
―Son latinas como nosotras. Dependen mucho de sus emociones, tienen
problemas para reponerse a la adversidad.
Y así, desde el primer día que tuvieron para entrenar, lo táctico ocupó
la mayor parte del tiempo. Una de las jugadoras preguntó realmente curiosa.
―Estamos haciendo lo de los vasos ¿verdad?
Ya en el partido, lo que se había planeado con vasos comenzó a suceder
en la realidad. A pesar del buen juego y las buenas opciones de gol de ambos
bandos, el primer tiempo se fue cero a cero.
Apenas hubo entrado al vestidor, Luisa sintió la mirada de todas.
Incluso Flora Tristán la miraba, pero solo se atrevió a preguntar.
―¿Cómo estás, Nadiani?
―Bien, bien, creo que debemos ajustar ―dicho eso, Flora Tristán se
acercó hasta ella con la tabla táctica en mano y comenzaron a conversar.
Por extraño que pareciera, ese hecho daba una confianza infinita a
todas. Esa frase de “tenemos que ajustar” llenó de esperanza al equipo pues
sentían que con ellas estaba alguien que realmente sabía lo que hacía.
El segundo tiempo fue una repetición del primero y Luisa tuvo algunas
oportunidades claras que no pudo terminar en gol, alguna de esas oportunidades
fue realmente enorme, ya sin portera voló su disparo por encima del travesaño
en una falla garrafal que, sin embargo, no le angustió. Además, un disparo suyo
golpeó el poste y otro fue salvado por la portera rival in extremis.
Cada que la diez de la Selección tocaba la pelota, el público creía que
iba a ver algo maravilloso y pocas veces resultaban decepcionados. En ese
juego, Luisa volvió a lograr que los más viejos espectadores, en el estadio o
por televisión, regresaran a su infancia. La jugada más repetida del partido no
fue una acción de gol ni una gambeta, los analistas de televisión disfrutaron
una y otra vez un control de pelota de Luisa que había tenido su origen en un
despeje apurado y muy alto de Beauvoir, su portera; la pelota fue tan elevada
que casi roza las pantallas que colgaban del centro del estadio, y para
incrementar la dificultad, Luisa estaba marcada. Aun así, bajó la pelota, la
dejó muerta y en una ruleta se quitó la marca de la defensa que la presionaba.
A pesar de tanta belleza, el mejor partido, hasta ese momento del torneo
terminó cero a cero en su tiempo regular.
La tensión era enorme, pero en la tribuna quienes no tenían bandera
podían decir que aquel partido había sido grandioso. Sin embargo, el tiempo
extra fue una mala imitación del tiempo regular pues el cansancio y el miedo a
perder detonaron más errores que aciertos. A los cinco minutos del primer
tiempo extra, luego de varios toques cerca del área rival, Luisa puso un pase
sin ver a Micaela que de primera intensión definió a la derecha de la portero
rival. Micaela corrió hasta la banca y ahí se abrazó con todas las compañeras ¡era
su primer gol en los Juegos! Menos de la mitad de la gente del país miserable
que representaban esas once jugadoras gritó aquel gol pues estas todavía no
eran tan importantes; pero la parte que lo gritó, lo hizo como si hubiese sido
uno de la selección varonil. Drilo fue uno de esos incrédulos que poco a poco
se envolvieron en la tensión máxima del juego y cuando gritó el gol, una parte
de su depresión desapareció.
El segundo tiempo extra no mejoró mucho, las imprecisiones fueron más
frecuentes conforme avanzaba el reloj y en un tiro de esquina, con un cabezazo
justo a un minuto de comenzar el segundo tiempo extra, las otras latinas
empataron. Woolf, Micaela y Luisa animaban a sus compañeras a continuar y no
derrumbarse. Flora Tristán hizo un último cambio por fatiga y comenzaron otros
quince minutos dramáticos. Entonces, la mala suerte paralizó los ánimos de todas,
en un remate de muy lejos la pelota botó mal y pegó dramáticamente en el poste,
parecía que todo había pasado, pero la sorpresa para Beauvoir fue bastante y no
pudo quedarse con la pelota cuando la fue a buscar y terminó metiéndola ella
misma a su propio arco. La mejor portera del torneo hasta ese momento quería
morirse en ese instante.
Una de sus compañeras sacó la pelota de dentro de la portería y
rápidamente la pusieron nuevamente en juego, ahora tenían prisa. Luisa comenzó
a dudar por primera vez en todo y comenzó a fallar más y más pases. A falta de
dos minutos para terminar el partido, pidió un milagro al cielo. El milagro
llegó otra vez. Un despeje de Manuela cruzó todo el campo y las defensas
rivales dejaron botar la pelota en una zona muy peligrosa, Micaela fue a
presionar sin realmente tener esperanza alguna de poder ganar la pelota, pero
el error de las defensas la dejó sola frente a la portero, la sacó y cuando
estaba por definir, sintió la patada y se tiró al suelo. Era penalti, el
penalti más afortunado de la historia. La árbitro expulsó a la defensora
infractora y puso la pelota sobre el manchón penal. Micaela observó a Luisa,
autorizándola a tomar esa responsabilidad. Luisa se perfiló.
―Vamos, muchacha, coloca tú la pelota ―dijo emocionado Camacho desde su
lugar en la sala de juntas del Granma.
Luisa tenía prisa. No tenía mente para pensar. Cuando escuchó el
silbatazo actuó solo por instinto y pateó como pudo. La pelota salió a media
altura y la portero rival la atajó con sus puños… Luisa sintió horrible, pero
el rechace de la guardameta le cayó nuevamente a ella y, con la parte interna
de su pierna izquierda, golpeó la pelota de nuevo hacia portería. La portera,
que había salido a achicarle de manera desesperada, no pudo reaccionar a tiempo
al remate y la pelota le pasó por en medio de las piernas. Fue un alivio. Fue
el empate.
La lista de cinco cobradoras fue elaborada por una Luisa casi muerta y
una Flora Tristán completamente ansiosa y que parecía sufrir un ataque de
nervios. Luisa cobraría última, Micaela abriría la cuenta. La gran veterana
tomó la pelota y marcó muy ajustado al palo. Luego las otras latinas anotaron.
Woolf fue segunda y no falló, así, ninguna de ellas falló hasta el cuarto turno
de ellas. Beauvoir se lanzó a su derecha y alcanzó a sacar la pelota de la
dirección de gol. La portero estaba revindicada. Entonces, fue el turno de
Luisa. La gente se puso de pie. La diez ya había fallado un penal, pero esta
vez Luisa pensaba y estaba más tranquila. Respiraba profundamente. Tomó más
distancia. Parecía que la iba a romper. Llegó hasta la pelota y… la picó.
Uno de los comentaristas de televisión lanzó el micrófono al aire.
―¡Disculpen ustedes! ¡Es que esta niña no es de este planeta! ¡¿De dónde
sacaste tanto, Nadiani?!
Luisa no festejó, se complació en escuchar el estruendo del estadio.
Beauvoir fue la primera que la alcanzó y la levantó en hombros (tan fuerte era
Beauvoir). Luego del festejo, como era su costumbre, Luisa saludó una a una a
sus rivales e intercambió su camiseta con la diez del equipo contrario que
yacía devastada en el círculo central.
En Achéron y el resto del país, los que vieron aquello en un sábado por
la mañana, pensaban que habían visto uno de los mejores partidos de sus vidas…
estaban equivocados. Faltaba más.
En cuanto Luisa anotó el penalti, Drilo y los demás comenzaron a
abrazarse. No paraban en elogios a la chica que tenían el privilegio de
conocer. Drilo invitó a todos a beber una cerveza al Bar de los Mineros, pero
uno de sus compañeros le advirtió:
―¡Ni loco! Hoy hay marcha, y si vas al bar no vas a poder salir del
centro hasta bien tarde.
En efecto, ese día, día de victoria, estaba programada la segunda marcha
de la protesta nacional en contra del gobierno. Ese sábado el sindicato de la
Mina decidió marchar en Achéron. Aquella marcha fue otra fiesta y la gente del
gobierno y la policía a veces no sabían si la gente protestaba o festejaba. Si
bien el volumen de asistentes bajó, el de creatividad aumentó. Más
organizaciones se unieron a la causa, aunque fuese solo por medio de redes
sociales. La manta que quedó esa noche sobre la puerta del palacio nacional fue
una clara amenaza del pueblo descontento en contra de su gobierno: “Segunda
llamada”.
Si Luisa y las seleccionadas vivían la experiencia de sus vidas, Rosa,
Ramos y muchos activistas tenían lo suyo. Ahora prácticamente trabajaban de
tiempo completo en la recopilación de más información sobre casos de
desaparecidos y crímenes de Estado. Rosa y todos sabían que la tercera marcha
la policía esperaba una confrontación y recopilaron varias imágenes de ese tipo
de acontecimientos que se habían suscitado en el mundo y difundieron un vídeo
en el internet titulado “Segunda llamada”. Incluso crearon un comité de defensa
y armamento que analizaba la posibilidad de llevar y usar petardos, bengalas y
hasta rocas. Se comenzaron a difundir infografías sobre cómo armar barricadas
en su calle y elaborar bombas caseras. La información se soltaba y circulaba
sin dejar una huella clara de su origen. La policía estaba en alerta máxima y
no sabían que aquello solo era una finta de los inconformes para el remate
final. El juego de la Selección Femenil por la semifinal sería el miércoles y
la gran final sería el domingo por la mañana. La tercera llamada se programó el
domingo a mediodía, porque decían los organizadores, “las chicas ganarán”.
Nuevamente, el presidente de la delegación olímpica se reunió con Flora
Tristán en privado, sin Luisa, y le ordenó que no alineara a Luisa en el juego
semifinal. Flora Tristán se defendió con el argumento de que eso, en sí mismo,
sería un mensaje y acto político dentro de los Juegos y eso estaba prohibido
por el COI. Flora Tristán condicionó el apartar a Luisa si y solo si, recibía
una orden directa del comité organizador de los Juegos. Tristán no tenía idea
de la gravedad de la situación en la que se involucraba. El político se marchó
muy molesto, pero nada pudo hacer pues el Comité Organizador no tomaba tan en
serio el asunto.
Tan solo salió de esa reunión, Flora Tristán se topó con Luisa y sus
vasos.
―Sí, ya sé ―le dijo Flora Tristán al verla ―, las suecas y nosotras.
Escucha, cambia el vaso de Beauvoir. Ella no juega. León me dijo que tenía una
lesión muscular en el hombro. Quizás pueda estar para la final.
Luisa se congeló en ese momento. Sabía que Beauvoir era la de mayor
estatura física en el equipo y era, hasta ese momento, la portero revelación
del campeonato. También sabía que su suplente era Apolonia Salavarrieta, la más
joven e inexperta del equipo y que en realidad era la tercer portero pues la
segunda no se terminaba de recuperar de una esguince de tobillo. Salavarrieta
no superaba el 1.64 de estatura, era buena en el achique y en reflejos, pero
adolecía mucho en las salidas y en otras cuestiones técnicas en las que
Beauvoir le llevaba años luz. Luisa sabía que incluso Serdán, la de Achéron,
era mejor guardameta que Salavarrieta. Sin embargo, Serdán estaba en casa,
preparando la pretemporada en Achéron. De todo el plantel sueco, ninguna media
menos de 1.70 m. Luisa apretó sus vasos y le respondió a Flora Tristán:
―En ese caso, tomará más tiempo.
Luisa pensó y pensó y supo que no había remedio. Era línea de tres, un
solo cinco y dos puntas. Un planteamiento completamente ofensivo pues el caso
era mantener a las suecas lo más lejos del área propia. Luego de tomada esa
decisión regresó con Flora Tristán y le planteó la estrategia.
―¿Estás loca? las suecas tienen treinta partidos invictas, son de las
mejores del mundo y acaban de sacar al campeón mundial.
―Es nuestra única posibilidad, si ellas nos hacen cinco goles nuestra
misión será hacerles seis.
Flora Tristán, tan presionada como estaba, aceptó jugársela nuevamente,
no importaba ya nada, ni lo político ni el fútbol. Al contrario de Luisa, ella
era más pesimista: si las suecas nos meten siete que al menos nosotras les
hagamos dos, ya nada importa.
La semifinal se llevaría a cabo en el máximo escenario destinado para el
fútbol en esos juegos, un coloso moderno y antipersonal, una mole a la que le
cabían 60,000 personas y esa noche estaba completamente lleno.
Los días previos al partido, Beauvoir, Flora Tristán y Luisa hablaron en
todos los tonos posibles con Salavarrieta, la chica respondía que si estaba
lista, que si sabía lo que tenía que hacer, que si se podía confiar en ella,
pero ninguna de sus respuestas convencía a nadie. El entrenador de porteros
solo se encogió de hombros cuando le preguntaron si él creía que Salavarrieta
estaba lista.
Ya en el túnel para entrar al estadio, Luisa estaba en su elemento, era
aquello todo lo que deseaba hacer en su vida, sus vasos, imaginar el partido,
jugarlo… sentir esa angustia antes de pisar el césped, hacer creer que estaba
de lo más tranquila del mundo. La diez era la más seguida por todas las cámaras
de televisión. Cada gesto de su rostro arrancaba suspiros, cada dominio de balón
también arrancaba suspiros. El juego comenzó y las suecas no supieron ni lo que
las golpeo hasta que vieron que ya estaban abajo por dos a cero a tan solo
veinte minutos de iniciado el primer tiempo. El equipo de Luisa estaba fugado
al frente, jugaba mano a mano con las delanteras suecas, pero en cada balón
filtrado estaba Salavarrieta que salía como una libero falsa a cortar los
avances. Los comentaristas de la televisión comenzaron a llamarla “la Higuita”
por su valentía para jugar tan afuera de su arco. Por su parte, Camacho, cuando
miró el parado y la estrategia de aquel equipo pensó:
―Esa Flora Tristán sí que es una entrenadora valiente. Ha soltado a sus
leonas a cazar elefantes.
El primer gol fue de Luisa, gracias a un disparo lejano que se incrustó
en el ángulo superior derecho de la portera sueca. El segundo fue un cabezazo
de Woolf en un tiro de esquina.
Cada que tenía la pelota, Luisa trataba de retenerla la mayor cantidad
de tiempo posible hasta que, desesperadas, las suecas le cometieran falta. Eso
ocurrió muchas veces a lo largo del partido y en una de esas veces recibió una
tremenda patada que en la caída hizo que se le doblara el tobillo de manera
fea; se levantó sin decir nada y la infractora recibió tarjeta amarilla.
―Treinta minutos de la primera parte, esto huele a medalla, es la
sorpresa más grande, la más agradable del campeonato, le vamos ganando a Suecia
por dos a cero ―decía el narrador de la televisión.
―Este equipo mis respetos ―le respondía su colega de transmisión ―. Han
salido con el cuchillo entre los dientes a matar o morir, a dejar huella, a
retar al destino; son las mujeres más fantásticas que hemos visto jamás… Y son
de nuestro país.
―Y cuidado que ahora las suecas tienen su primer tiro de esquina. A cobrar,
Schyman. El balón al área…¡gol! Gol sueco, ya acortaron distancia y como que
comienzan a decir, a ver, a ver, mucho ímpetu, pero aquí hay que poner orden.
―Miden como uno noventa, también ¿no? Nuestra Higuita sale y ni con las
manos puede quitarle ese balón a Ellen Key. Pero vamos a sacar el rosario y a
pedirles a todos los santos que las suecas ya, por favor, no tengan nunca más
un tiro de esquina…
El empate cayó antes de terminar el primer tiempo por un error de
cálculo en una salida fuera del área de Salavarrieta. La chica se comió el
segundo y en el vestidor decía sentirse bien, confiada y sin problemas. Luisa y
todas las demás le creyeron y la animaron, todas le comunicaron a su manera que
hacía un juego increíble.
Apenas doce minutos de comenzado el segundo tiempo, las suecas dieron la
vuelta. Fue otro maldito tiro de esquina. Con el tercer gol en la frente, las
suecas comenzaron a tener más la pelota y el huracán ofensivo del equipo de
Luisa comenzó a cansarse. Ella misma estaba exhausta de recibir patadas y Flora
Tristán le ordenó correrse más al centro, como media punta. A veinte minutos
del final, las suecas marcaron el cuarto con un tiro libre que no llevaba mucha
fuerza, pero si altura, la pelota se le coló a Salavarrieta entre sus manos y el
travesaño. El balde de agua fría que ese gol significó para el equipo de Luisa
fue casi definitivo, sus compañeras y ella estaban cansadas y desmoralizadas,
Salavarrieta daba la impresión de regalar en cualquier momento el quinto gol. Y
nuevamente, el destino le puso en bandeja de plata la solución a Luisa. Una de
las suecas metió la mano en un balón intrascendente a distancia media de su
portería. El tiro de castigo se antojaba lejos. Luisa colocó la pelota y miró a
sus espaldas a Salavarrieta y le gritó.
―¡Salavarrieta, voy a vengarte!
Luisa le pegó con fuerza y efecto al balón y este se fue al fondo del
arco sueco. Era otro tremendo gol de la futbolista de Achéron, su sexto del
campeonato. En el festejo notó que su tobillo le dolía. Angustiada, preguntó a
sus compañeras cuánto tiempo quedaba.
―Quince minutos ―le respondieron.
Y nuevamente, el huracán ofensivo apabulló a las suecas que tan
tranquilas se habían quedado. Y así, a tres minutos del final, en una serie de
rebotes dentro del área sueca, Manuela remató uno de esos rebotes y mandó la
pelota al fondo de las redes, lo que ocasionó nuevamente la locura total de
todos los que observaban.
Con las suecas alcanzadas y el increíble marcador de cuatro a cuatro,
Luisa les pidió a sus compañeras un último quebranto. La mente y el corazón
querían, pero el cuerpo ya no daba. Y en esa imposibilidad y agotamiento
apareció Salavarrieta como figura mágica.
Las suecas, durante el tiempo extra, tuvieron ocho tiros de esquina, y
en siete de esos ocho, Salavarrieta salió a quedarse con la pelota. En ninguno
lo logró, pero estorbaba lo suficiente a las jugadoras suecas que sus remates
salían desviados o tan débiles que, a la gato pardo de Salavarrieta, le daba
tiempo de recoger, en dos tiempos siempre, toda pelota que terminaba a la
deriva sobre su área. Además, realizó dos achiques portentosos en los dos mano
a mano que las delanteras suecas tuvieron frente a ella. Por su parte, Luisa no
podía correr más, su tobillo le dolía demasiado. Terminado el milagroso periodo
de los tiempos extras, le pidió al doctor que le quitara el vendaje y juntos
observaron aquel tobillo del tamaño de un melón. Al borde de las lágrimas,
Luisa le pidió a Flora Tristán ser la primera en cobrar en la tanda de
penaltis.
Luisa cojeaba y se acercó hasta el punto de penal con dificultad.
Nuevamente eran ellas las que cobraban primero. Tomó la pelota y dio sus dos
pasos de rigor. Golpeó la redonda lo mejor que el dolor le permitió y la puso
rasa y pegada al palo. Imposible para la portero.
La televisión y la afición la idolatraban y la querían para reina del
planeta tierra.
Hasta el cuarto turno, esa tanda de penales, todas las suecas anotaron
sin aparentes problemas en la ejecución de sus tiros. Pero la quinta cobradora,
la más hábil de las suecas, puso la pelota al centro y pegada al travesaño,
haciendo ver muy mal a Salavarrieta, ridiculizándola otra vez.
―¡Hija de puta! ―le gritó Luisa desde su agonía en el centro del campo.
Todo se iba a muerte súbita y Salavarrieta pidió la pelota al árbitro. Flora
Tristán trató de corregir, pero el resto del equipo la detuvo.
―¡Que lo tire! ¡Qué importa ya! ―gritó Luisa al punto del delirio.
Salavarrieta tomó la pelota y le pegó con tal fuerza que la portera
sueca ni la miró.
Todas gritaron ese gol, pero Luisa se sentía impotente, ya no podía ella
definir el partido, aun si el empate persistiera, tanto que ella tuviese que
volver a cobrar, ya no podría hacerlo, no podía ni pisar. Maldijo a la sueca
que le había dado tal patada y observó que era esa mediocampista la que ahora
enfrentaba a Salavarrieta.
La sueca cobró muy débil y Salavarrieta atajó.
Luisa se fue de espaldas. Terminó en llanto bocarriba en el centro del
campo, incapaz de ponerse de pie. No pudo ver que sus compañeras corrieron
hasta Salavarrieta y junto con ella armaron el círculo de festejo más feliz de
todos los tiempos del fútbol. Luisa solo miraba el cielo estrellado de la
ciudad olímpica y escuchaba los gritos de sus compañeras. Estaba, nuevamente,
en el momento más feliz de su existencia.
Las casas de apuestas se cayeron esa noche. Quien hubiese apostado a las
de Luisa se había hecho millonario, sin embargo nadie se había atrevido a
tanto.
Los comentaristas y analistas de todo el mundo no paraban en halagos
hacia aquel equipo valiente y ofensivo que estaba dando tantas alegrías al
mundo. No se sabe cuántas, pero al menos algunas niñas que miraban aquel juego
se convertirían en jugadoras motivadas por lo visto en aquella gesta olímpica.
Una placa quedó para la posteridad, la numero diez de las suecas, con
toda tranquilidad, fue hasta donde estaba Luisa, se quitó su camiseta y la
arrojó sobre la que todavía yacía bocarriba en el césped. No se preocupó por
pedir la de Luisa. Sin decir nada, en top, sin tatuajes subversivos en su
cuerpo, habitante de un país libre, siguió su camino hacia el vestidor y la
medalla de bronce.
El doctor ayudó a Luisa a salir del campo. La chica deliraba por el
cansancio y tuvieron que ayudarla a ducharse. Posteriormente, el doctor le puso
hielo y le hizo el mejor vendaje que su experiencia le dictó.
―¿Qué me pasó, doctor?
―Tienes una esguince; pero tranquila, te informo que, pase lo que pase,
te colgarás una medalla olímpica en el cuello.

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