I. LA TRAGEDIA DEL NACIONAL




El cielo teñido del ocaso de las seis de la tarde hacía juego con el mosaico colorido de las tribunas llenas de aficionados del mítico, imponente y viejo estadio Nacional. Era día de fiesta y en el aire se sentía y se respira la esencia de una gran final. Casi todo el país estaba pendiente. Los que no, es porque sufrían de cierto mal que les obligaba a odiar el fútbol, su castigo es que quisieran o no, se enterarían del resultado antes del siguiente día. Menudo vía crucis.

Todo el que tenía boleto estaba ahí pues, en algunos casos, conseguir una entrada había significado un enorme sacrificio en un país en el que la gente cobraba salarios miserables que apenas si alcanzaban para mantener la dignidad. Sin embargo, no faltaba el perezoso que lo había comprado al doble o al triple en la reventa, hija del mercado negro perdonado por el gobierno y por la, todavía más oscura pero legal, empresa multinacional que se hacía cargo de la venta de los boletos por sistemas digitales. Mujeres, hombres y niños estaban en las gradas desde hacía cuatro horas, eso más cinco horas previas de fila frente a las puertas del estadio; toda la espera y la paciencia sostenida por la ilusión de mirar en vivo el juego del año, porque en televisión no sabe igual. También estaba el presidente del equipo local en su palco especial con servicio exclusivo equipado con grandes pantallas planas y aire acondicionado. De visita incómoda estaban los miembros presidentes de la cooperativa que era dueña del equipo visitante. La diplomacia hacía corto circuito entre esas dos directivas que se odiaban mutuamente.

Dos clubes llegaban con igual número de títulos, eran los más ganadores y por ello, el que ganara esa noche tomaría histórica ventaja, eran antagónicos desde su creación, uno auspiciado por las clases altas militares y el otro forjado por los liberales de la época en que ser llamado liberal no era un insulto. Así mismo, una de las aficiones se decía culta mientras que la otra no la bajaba de pobre y mugrosa; eso sí, diferencias más, diferencias menos, ambas tribus cantaban y bebían cerveza por igual.

Los dos equipos ya estaban en el túnel del estadio que daba acceso al campo de los sueños. Entre ellos se cruzaban miradas y, ni siquiera en ese momento de profunda concentración y ansiedad, la prensa los dejaba estar. En las filas de ambos cuadros había grandes jugadores, algunos que ya eran parte de las leyendas populares, otros que todavía tenían que esforzarse para lograr eso mostrando sus mejores jugadas sobre el terreno de juego y no solo en los comerciales de televisión. Además, por diferentes razones y circunstancias, dos novatos jugarían sus primeros minutos en una gran final.

El primero de los novatos en entrar al terreno fue Risto Tanque, defensa central que le hacía honor a su apellido, duro, malacara e inmutable desde que estaba en las inferiores. “Alto, atlético, pero frío” lo describió la prensa. Se le miraba tranquilo a pesar de que solo contaba con veintiún años y ya estaba en la antesala de una gran final.

El novel del otro cuadro lucía una gran sonrisa, tenía un aspecto desgarbado y cuatro años menor que Tanque, sin mucha estatura física, pero inmensa de alma e ilusión; a diferencia de Tanque, él no había pasado la vida por las inferiores, él había llegado de lejos para probarse en las reservas del equipo rojo y se había quedado. Le decían “Drilo” y jugaba de interior izquierdo, aunque no pocos pensaban que jugaba más de extremo, esos extremos que ya casi estaban extintos.

La noche anterior al partido, el entrenador de Drilo, el mítico José Bolívar Camacho con sus trece títulos de liga y cinco de copa, había subido hasta el cuarto del muchacho para tratar de tranquilizarlo y decirle que no estuviera nervioso. Recorrió cada escalón desde el lobby del hotel hasta el cuarto donde estaba Drilo y recordó como él mismo, el día de su debut como jugador, no había podido conciliar el sueño. Llegó al cuarto de Drilo y se sorprendió al ver al muchacho dormido en pleno partido en las canchas de Morfeo.
Lo romántico del asunto de Drilo no escapó a la prensa, les atraía inmensamente el asunto del niño pobre que de un día a otro estaba contemplado para jugar en la grande. En los días previos, los reporteros bombardearon a Camacho con preguntas sobre el hecho. Camacho se mostró renuente a explicar la presencia de Drilo en el juego y por eso en las tapas de los periódicos aparecieron títulos sensacionalistas como “Se volvió loco”, “Ni que fuera un dios” o “Es un berrinche”. Todos desaprobaban el hecho del debut de Drilo, todos excepto los que ya retirados miraban con tristeza como el juego se había hecho un campo de súper-atletas con mucho músculo, mucha fuerza, mucha potencia pero poca imaginación, poca autonomía y casi nada de desdén.
En cambio, el debut de Tanque era un poco más que forzado. En la fase previa su técnico extranjero, el calculador Friedman, había perdido dos defensas titulares, uno por lesión y otro por tarjeta, ambos en el partido semifinal. Se buscó tener listo al lesionado para el día del encuentro, pero no pudo ser a pesar de que recibió lo último en traumatología deportiva. Por eso, Friedman, muy a su pesar, tuvo que echar mano de Tanque. Dicen que minutos antes del partido, en el vestidor, Friedman le dijo a Tanque lo siguiente:
―Ni un solo gol, ¿entendéis? Si no ganamos, morimos– después de mucho tiempo, todos dirían que Tanque lo entendió al pie de la letra.
La postal era inolvidable, Tanque hacía estiramientos y a unos pocos metros de él, Drilo dominaba el balón con maestría con la tribuna roja a sus espaldas.
En la tribuna roja las bengalas y las banderas ondeaban al ritmo del cántico guerrero que exhalaban uno a uno los fieles seguidores del “equipo colorado”, como despectivamente los llamaban los “pitufos”, que a su vez era como los aficionados rojos llamaban en modo de burla a los jugadores y aficionados del cuadro celeste.
―¿Qué cantan los Celestes, papá? –preguntó la niña de ocho años a su padre.
―Cosas racistas, Trompito. ¿Te acuerdas qué te expliqué qué es ser racista?
La niña llevaba el jersey rojo carente de publicidad en el frente de la camiseta, apenas unos tímidos logotipos en las mangas y costados era lo que la franela roja dejaba a sus fieles patrocinadores. También llevaba enroscada al cuello una bufanda roja con la leyenda “Rojo hasta la muerte” por un costado y en el otro “Siempre te amaré” con el escudo del equipo colorado en uno de los extremos. Una gorrita, también para el frío y también en rojo, evitaba que su suave y largo cabello lacio se hiciera una maraña por el viento que soplaba esa noche.
Por su parte, el padre era un hombre espigado y de barba de tres días que, con la mirada avispada y la mente alerta, leía que en el estadio había sobrecupo y sabía que eso no era bueno para estar ahí con su pequeña hija de ocho años. Al mismo tiempo que cantaba, el padre examinaba las posibles salidas en caso de que aquello hirviera; saltar al campo no era una opción pues una malla de tres metros de alto coronada con alambres de púas dejaba en claro el lugar de la afición respecto al universo futbolístico: los mirones son de palo. A pesar de que cada quince días estaba ahí sin falta con su hija, esa tarde no era como todas las demás, era la final.
―¡Va a meter al chaval ese! El Driblo o Drilo, cómo se diga –gritó un hombre que estaba a un costado de la niña, era gordo y tenía un tarro de cartón lleno de cerveza en la mano.
―Hay que darle el beneficio de la duda –dijo el padre de la niña como si conociera al desconocido desde hacía muchos años.
―Los experimentos que los deje para los primeros partidos de la copa, cuando juegas con la tercera, no para la final; no para cuando están los pitufos enfrente ―insistió en su crítica el gordo de la cerveza.
―Bueno, yo espero una buena sorpresa. Camacho nos ha dado muchos títulos, entonces hay que darle esta. Ya verás, cuando termine el juego te invitaré una cerveza dos veces más grande que esa que tienes y estaremos festejando que somos campeones ―dijo alegremente el padre de la niña.
―¡Salud, camarada!
―¡Salud!
―¡Salud, papá! –dijo la niña sin tener nada con que brindar.
El juego por fin comenzó. Movieron los Celestes, que eran los del equipo de Tanque. Batista pasó a Augusto y este pasó la pelota más atrás a Tanque que rápidamente fue presionado por un rival.
Tanque recepcionó con técnica, lucía imponente y seguro, llevaba la vista al frente y no dudo en enviar un pelotazo largo y tendido hacia el llanero solitario del equipo, Paco Pélerin, que no hizo buena recepción y la pelota terminó fuera del campo por la línea de meta.
El juego comenzó ríspido y trabado en la media cancha, ahí donde Pedro José P. y Carlos Fourier integrantes del equipo de Drilo, y que portaban orgullosos la casaca roja hacía ocho y cuatro temporadas respectivamente, trataban de ponerle talento al asunto. Enfrente, estaban los extranjeros Lipmann y Mises, medios de contención del equipo Celeste, que no dudaban en tirar patadas a sus adversarios más técnicos.
La prensa, siempre exagerada, había descrito el estilo de los dos entrenadores con la siguiente frase “Camacho tenía escrito en la frente libertad, Friedman tiene tatuado en la espalada ¡Catenaccio!”
Pasaron veinte minutos de juego y Drilo ni la había tocado. En cambio, Tanque ya había hecho tres faltas, tres barridas y un tapón que hizo volar al pobre semi-novato y lateral derecho, Jorge Biassou, por los aires. A pesar de ello, Drilo, se sentía muy tranquilo y no desesperaba.
Fue ahí que, casi de manera milagrosa, el llanero solitario Pélerin logró obtener un tiro de esquina. Lipmann fue el encargado de cobrarlo, pensaba hacerlo en parábola y a primer palo. En el área, Pélerin pedía ayuda a sus compañeros y así acudieron las dos torres de centrales (excepto Tanque, los equipos de Friedman jugaban siempre con tres centrales), el interior derecho Duvalier también iba, pero un grito de Tanque le impidió lanzarse al área para intentar rematar.
―¡Te mato si dejas tu marca, Duvalier! –dijo Tanque que, con tan solo veinte minutos en el campo, se creía ya capitán de la celeste.
―¡¿Marcar?! ¡Pero nosotros atacamos! –apenas dijo Duvalier.
El portero de los Celestes, de nombre Bordaberry, aplaudió la decisión de Tanque. El portero rival, que ahora tenía su primera prueba del partido, también aplaudió la decisión.
―¡Cada quien con uno, son pocos muchachos, vamos! –decía el tipo bajo los tres palos de la Roja de nombre Toussaint, con su piel negra y su vestimenta del mismo color; y que era siempre objeto de los insultos racistas de la tribuna Celeste.
Se cobró el tiro de esquina, Guevara, defensa centro de los rojos, falló en su despeje. Lo hizo hacia el centro y allí lo tomó Mises, medio centro de los celestes, a unos cinco metros fuera del área y no lo pensó. Metió un disparo que rebotó en un jugador contrario y el rebote cayó caprichosamente a los pies de Pélerin que miró, tiró y venció en menos de un segundo a Toussaint. Gol. Friedman, el técnico celeste, tenía el juego justo donde le gustaba.
Sandino, capitán de la roja y el jugador más veterano en el terreno de juego sacó el balón de las redes de su portería y sintió morir un poco. Mientras lo pateaba hacia el centro del campo animaba a sus compañeros. Sandino echó una mirada a Drilo y le dijo:
―Lo que vayas a hacer, hazlo ya.
Drilo se animó con el mensaje de su capitán y reavivó sus esperanzas echadas por tierra con el gol recibido.
Pedro José P., uno de los siete extranjeros permitidos por equipo, reanudó el juego. Retrasó el balón, se lo regresaron de primera y, al levantar la vista, encontró que Drilo estaba solo por la banda izquierda y se la mandó. Este tomó la bola ―¡Oh, que felicidad! –se dijo para sí el muchacho, pues por fin la redonda era suya.
Drilo, apenas vio venir a Tanque, intentó devolver el balón hacia atrás, pero lo hizo mal... ¿Qué tan mal? Bastante mal. Se la entregó a Pélerin y por poco le clavan el segundo a su equipo. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que el mundo se le venía encima. Para su suerte, Pélerin iba solo al frente y tampoco esperaba el regalo. Así, el veterano delantero lamentó su falla, pero no con la intensidad que Drilo ahora sufría la suya. Así, quedó de pie sobre su banda, se lamentaba y escuchaba los abucheos y recordatorios familiares de los aficionados que ahora parecían odiarlo.
 Camacho le gritó desde la banca:
―¡No los escuches, solo juega!
Falta otra vez de los Celestes y tarjeta amarilla para Duvalier. Cobró Sandino y mandó el balón sobre Drilo y es aquí que realmente comienza nuestra historia.
―Y allá va el balón otra vez sobre el joven Drino, perdón, Drilo; total, es bastante malito el muchacho. ¡Qué lamentable partido el del pobre!, pelota que le dan, pelota que pierde. Otra vez. ¡Uf! Merci es la marca de los campeones, usa ropa Merci informa, marcador en el Nacional, los celeste van uno a cero por sobre la roja.
―Camacho le ha debutado en falso a este muchacho, pero mirad que a pesar de que pierde los balones los sigue pidiendo con el mismo ímpetu.
―Lo que debería pedir es su cambio.
Esto era lo que se escuchaba en la transmisión de TV mientras la pelota viajaba, por enésima vez, hacia Drilo. Esta vez la tomó bajo la marca de Duvalier. En cuestión de un segundo, Duvalier iba detrás de él, sencillamente lo habían pasado. Luego, buscó a Fourier o tal vez a su delantero centro Francisco Miranda, pero todos estaban marcados y un mar de Celestes le nublaba el panorama. Pudo tocar hacia atrás a donde Guevara le pedía el apoyo, pero no lo hizo. Lo que sí hizo fue hacer creer que lo haría y en esa magistral finta quedó sembrado el mediocentro rival, Augusto. Así, aprovechó la infinitud de su banda izquierda y corrió por ella los metros libres que él mismo se había fabricado. Esto hasta que se topó de frente con Tanque que había salido de su zona para hacerle la cobertura a Augusto. Era la esquina del lado izquierdo. Drilo hizo una finta hacia la izquierda y después bicicleta hacia la derecha, Tanque abrió las piernas por acto reflejo… había sido engañado.
―¡Túnel del tamaño del estadio, señoras y señores! –dijo conmovido el narrador de televisión.
Tanque intentó un último recurso: la falta. Pero no pudo ni tocar a Drilo porque ya estaba lejos de su alcance. Drilo ya pisaba el área grande. La gente le pedía que tirara. Camacho también. El narrador rogaba:
―¡Tira!, ¡tira!, ¡por el amor de Dios, tira!
Pero Drilo no hizo caso. En cambio, se quitó al otro central y se encontró de frente al arquero que había tapado todo ángulo posible de disparo. Se dio cuenta, pero tirar ya no era necesario. Se detuvo en seco y, como si tuviera todo el tiempo del mundo, golpeó el balón con la parte interna de su pie derecho con la precisión de un tiro sobre el paño de una mesa de billar y, con el desdén de quien no se estuviera jugando nada, se convirtió en espectador de lo que siguió: luego de recibir el pase lateral de Drilo, con toda la puerta abierta, Miranda sacó el grito de gol de toda la afición roja.
―¡Gol! ¡Pero qué cosa acabamos de ver, señoras y señores! ¡Eso fue un pedazo de gol! ¡Diego si lo has visto alégrate! ¡Pelé, si estas en el estadio ponte de pie y aplaude! ¡Messi ven y dime si esto no fue una locura…! A los demás solo nos resta dar las gracias.
El narrador exageraba, cierto. Pero no mucho.
Miranda anotó y corrió como loco hasta el banderín de córner del lado derecho, volteó y esperaba ver a sus compañeros detrás de él dispuestos a felicitarlo, pero no encontró a nadie. Todos estaban con Drilo. Miranda esbozó una sonrisa y con la humildad de alguien que ha recibido la gloria del cielo fue a festejar a Drilo.
En la banda izquierda yacía en el suelo, Tanque. Estaba muerto de rabia. A su portero, Bordaberry, le habían hecho el gol, a González le habían quebrado la cintura, a Augusto le habían engañado para siempre, pero a él, a él le habían hecho el caño. Tenía miedo de voltear a la banca donde estaba su entrenador Friedman y por eso no lo hizo.
En la tribuna, medio estadio gozaba y la otra mitad sentía frío. La niña que acompañaba a su padre saltaba de alegría como todos los de su tribuna. Era una alegría incontenible, una fusión de éxtasis junto a todos aquellos extraños que por noventa minutos eran familia. Habían festejado muchos goles antes, pero ese era especial, era el de la esperanza de ser campeones.
El juego estaba como había empezado, empatado, con mucha tensión en el medio y con Tanque efectivo y más o menos recuperado en la defensa, pero había algo distinto ahora, muy distinto, era Drilo, se había convertido en el centro de gravedad de su equipo y en el deleite de los aficionados. Antes de terminar la primera mitad, ya había fabricado cuatro paredes, hecho un sombrero y cobrado un tiro libre a la horquilla, tan ajustado al palo que el rebote picó sobre la línea de gol y se fue fuera. Ya en la segunda parte, y después de recibir las felicitaciones extras de sus compañeros en el descanso, propinó dos túneles a Batista y uno a Augusto, intentó anotar desde un córner y se deleitó con cambios de juego tan precisos que parecía tener un teodolito en la cabeza. Drilo escurría técnica e imaginación más que sudor y, por lo tanto, en pocos minutos le quito a su compañero Fourier el dudoso honor del jugador más castigado por los defensas celestes.
Mientras tanto, Tanque, seguía bien en la retaguardia y confiaba en que pronto se le presentaría una revancha con Drilo, porque el fútbol es así, siempre te da la revancha.
Igual que en todos los juegos que se dan en un ritmo vertiginoso, en este hubo un momento de relativa calma y de respiro para los jugadores. Era el minuto setenta de tiempo corrido y Camacho sustituyó al lateral Cisteil por el delantero Antonio Ay. El cambio se había podido realizar gracias a que el juego se había interrumpido debido a una falta a favor del equipo Rojo. La falta había sido cometida detrás de medio campo así que Fourier tocó hacia su portero y este hacia su lateral derecho que evaluó en un segundo todas sus opciones y eligió a Drilo que se había salido de su banda para recibir en el centro del campo. Por supuesto venía marcado, pero eso no fue problema porque Drilo se quitó a su marcador con un quiebre que pareció lo más fácil de este mundo. Entonces, observó que Miranda le marcaba un pase por detrás de la defensa. Tanque adivinó el movimiento del delantero y dio la orden de salir. Como una fila de soldados en perfecta línea recta, los cinco defensas dejaron en mala posición a Miranda. Drilo parecía no darse cuenta de esto pues su vista seguía clavada en Miranda y parecía que le tocaría en largo. Pero solo parecía. Miraba a Miranda a su izquierda y sin separar su mirada de él, pasó a su derecha donde Pedro José P. estaba solo. La línea de soldados había sido engañada. Pedro José P. tocó de primera intención y regresó una pared de quince metros a Drilo que entró como un rayo y en buena posición por el centro a buscar el pase de Pedro José P. Hizo sensacional recepción dirigida y tenía a su frente, a unos treinta metros, la meta de Bordaberry y detrás de sí, corriendo a la velocidad de un bólido para alcanzarlo, a Tanque. Drilo avanzó en vertical a una gran velocidad y con la bola que parecía cocida a la bota. Camacho suspiró por tan bella jugada.
El destino nos juega a veces pequeñas bromas, pero en ocasiones se ensaña; esa tarde-noche el destino se carcajeó de Drilo. Tanque se barrió con todo, pero no alcanzó el balón y tampoco al hombre. Quedó tendido en el suelo, pero se levantó y corrió detrás de Drilo aunque ya todo dependía de su guardameta.
Bordaberry salió al encuentro de Drilo en los límites del área grande. Drilo recordó la finta de Pelé a Mazurckiewz ¿intentarla?

No, el portero estaba ya muy cerca. Entonces pensó en el sombrero, sí, un sombrero. Bordaberry llegó con todo y con los pies por delante, y recibió como pago que Drilo elevó el balón sobre su humanidad. La puerta ya estaba entregada y solo tenía que patear la pelota en dirección del arco vacío. Drilo se sintió en el cielo, pero ese balón tardaba una eternidad en bajar, ese tiempo fue infinito para todos en el estadio e incluso para los que miraban por la televisión. La afición ya cantaba el segundo gol y el que iba a ser, de seguro, el del campeonato. Pero decidió mal, quiso entrar caminado por la puerta de San Pedro: intentó golpear el balón con su pierna izquierda antes de que este cayera al suelo, pero no lo hizo. Y sin embargo el balón iba rumbo a la portería con mucha fuerza.
Drilo no le había pegado a la bola, quien que lo había hecho era Tanque que había logrado recuperarse y había alcanzado a Drilo. Fue un último y desesperado intento de despeje con riesgo de autogol. Tanque se había lanzado en el aire contra la pelota. Esta dio de tajo contra el poste izquierdo y regresó directo a Drilo que sintió como Tanque se precipitaba con todo su impulso y humanidad sobre su pierna derecha. Literalmente, Tanque cayó encima de la diestra del delantero.
Drilo sufrió un intenso dolor, pero eso no lo distrajo en lo más mínimo de su meta. La pelota le caería de nuevo, luego del rebote en el palo, y era necesario empujarla, solo eran cinco metros. Como pudo, conectó el balón con la cabeza, pero lo hizo muy débil; no era para menos, su rodilla había sido destrozada. Aun así, tuvo la última esperanza pues la bola iba camino a gol, lento, muy lento, pero iba a gol. Entonces observó, desahuciado, cómo Tanque corrió hacia la pelota con toda la ventaja. Era el fin.
Tanque tenía mucho tiempo, incluso Bordaberry ya estaba cerca, además de otro defensa. Podía parar la pelota o dejar que su arquero la tomase o mil cosas más, pero no, dejó que el balón tocara un centímetro de la línea de gol y lo reventó. Lo reventó lo más lejos que pudo hacia la banda. Horroroso despeje, sin la más mínima expresión de arte, si es que un despeje puede tenerla. Si la pelota pudiese llorar, en ese instante lo hubiese hecho. Tanque puso la pelota en el segundo piso del graderío.
―¡Camilla! ¡Camilla! –gritaba desesperado Pedro José P.
―¡Maldito perro, eso era falta! –le gritó Miranda al árbitro y se llevó la roja. En eso un mar de jugadores rojos rodearon a Tanque. Pedro José le empujó y escupió, Tanque no contestó y el jugador rojo se fue temprano a las regaderas. Tanque aguantó firme los insultos y no dio ninguna explicación a nadie.
Pedro José P. se acercó a Drilo que no se movía por el dolor. Le decía que estaría bien, que no se preocupara, que la ayuda ya venía en camino. El médico del equipo llegó hasta el lugar, examinó lo que pudo y de inmediato dio la señal de cambio.
El partido había acabado para el novel jugador. Mientras salía en camilla, Drilo escuchaba como Camacho discutía con Friedman y con el cuarto árbitro, también escuchó cuando su compañero Antonio Ay le dijo que le llevarían el trofeo a su casa y que ganarían por él. Tenía mucho dolor y el doctor ordenó:
―Hay que sedarlo –y durmió, durmió por mucho tiempo.
Pélerin anotó el gol de oro. El gol que les daba el título a los Celestes. A pesar de sus dos goles, la televisión no lo calificó como el mejor jugador del partido. Ese honor se lo dieron a... no tampoco a Drilo, la prensa no da premios de consolación. El titulo se lo otorgaron a Tanque.
Los narradores y analistas señalaban que un joven había cautivado el corazón de todos los que habían visto el partido, pero que otro era el que había ganado. Ese era el ahora gran Tanque, el que había robado el respeto del respetable y relegado el gol de Drilo, que anotó Miranda, a una simple y bonita anécdota.
En la tribuna roja el silencio era de funeral mientras los celestes festejaban su gloría. La niña miró a su padre que tenía lágrimas en los ojos y eso detonó las suyas. Las cámaras de televisión, siempre dispuestas a registrar el drama, encontraron a la niña de la tribuna roja y le dedicaron casi un minuto. Ella solo lloraba y su padre la abrazaba, por momentos el hombre gordo, que seguía con una cerveza en la mano, también acariciaba la cabeza de la infanta.
―Es la derrota. Que alguien le diga a esa niña que el fútbol da revanchas –decía el narrador de la televisión.
―La escena es conmovedora. Por más que el padre la abraza, la niña no cesa en llanto –le respondió su compañero.
―Así duele perder un campeonato. Merci, la marca de los campeones, informa, los Celestes son campeones.
Nadie sabe cómo inició la verdadera tragedia. Solo se sabe, por lo que registraron las cámaras de televisión, que en la tribuna roja hubo dos o tres detonaciones. La gente asustada intentó brincar la malla con alambre de púas. El pánico ocasionó que unos pasaran por encima de los otros. La malla nunca cedió y en cambió sirvió de tumba para decenas de aficionados rojos. La policía trató de abrir huecos en la malla, pero nunca abrió las puertas al campo. Eso detonó que los aficionados rojos estallaran en ira contra la policía y el juego de la represión, tan común en el país, comenzó. Mientras eso sucedía, la barra celeste no cesaba de cantar y burlase de lo que le ocurría a los perdedores. Una bala de goma dio en el pecho del padre de la niña que ayudaba desde lo alto de la reja a que mujeres y niños pasaran al campo. La policía lo había identificado. La niña que ya estaba del lado del campo, relativamente a salvo, miró como su padre cayó desde lo alto de la malla luego de recibir el impacto, al caer su cabeza golpeó de fea forma contra la pista de tartán. Los policías lo golpearon, ya caído, con sus macanas y luego lo esposaron. El padre de la niña todavía se movía en medio de la golpiza. Uno de los policías señaló a lo lejos a la niña y justo cuando dos gendarmes se dirigían hacia ella, alguien la tomó por la espalda y la llevó hasta donde estaban reuniendo a los heridos. Fue la última vez que la hija vio vivo a su padre.

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