II. CINCO AÑOS DESPUÉS

Foto de Andoni Canela y Rodolfo Chisleanschi. Del libro Canela A, Chisleanschi R (2003) "Planeta Fútbol". Ed. Blume. pp. 203.

Después de aquella jugada con Tanque nada fue lo mismo. El doctor le dio a Drilo el diagnóstico que sonó a sentencia de muerte por resignación: un año fuera, tal vez más. Y así fue, fueron finalmente dos años y en ese lapso tres operaciones. Un doctor más radical incluso le dijo:
―No volverás a una cancha de primera división nunca más, muchacho.
La directiva roja le aseguró con una prima de mucho dinero, pero solo el primer año que era lo que duraba el contrato, luego se olvidó de él. En ese primer año, compañeros, amigos e incluso algunas personalidades le visitaban primero en el hospital y después en su casa; pero al igual que sucedió con el dinero, eso solo fue por un tiempo. Después, solo su madre estuvo a su lado. Cuando se acabó el dinero del seguro del equipo, tuvo que pasar de una lujosa clínica a visitar instalaciones estatales que muchas veces no tenían los recursos ni técnicos ni humanos para continuar su rehabilitación. Fue ahí donde cayó en tremendo estado de depresión. Luego, se hartó de las batas blancas y de los burócratas mediocres y, un día sin más, decidió dejar su tratamiento.
Volvió a su pueblo natal, Achéron, una pequeña localidad cercana a la mar, fundada por franceses que vieron negocio donde el resto solo miraba una infértil y desolada llanura de sal que terminaba súbitamente en el borde de un océano que parecía siempre de mal humor. Sus días eran de un calor sofocante y sus noches eran frías como una tumba. Ahí, en las tranquilas, y hasta aburridas, calles de Achéron, comenzó a trabajar como carpintero, oficio que le había enseñado su padre cuando niño, antes de que éste muriera cinco años antes del debut de Drilo. El fútbol se fue de su vida, y como la vida y el fútbol eran para él la misma cosa, murió en cierta forma mientras lijaba tablas, colocaba clavos y armaba ataúdes a medida para los más pobres.

Un día, Drilo descansaba de su trabajo cuando a su puerta tocó un vecino suyo de muchos años de nombre Ramón Cabet. La relación entre ellos era solo de buenos vecinos y nada más.
―Hola chaval, ¿Cómo estás? –dijo el hombre ya maduro, bastante flaco y mal vestido como todos los de ese barrio.
―¿Qué se te ofrece Ramón? ―contestó Drilo, todavía con la modorra de la mañana. Invitó a Ramón a pasar creyendo que este le pediría algún trabajo. Le ofreció una cerveza ya que le había rechazado el café atrasado y frío de la semana, y hablaron de algunas cosas de carpintería. Finalmente Ramón le mencionó lo que realmente quería.
―Escucha, mi hijo tiene trece años.
―¿Icariano? –respondió Drilo que ubicaba vagamente al chico.
―Sí, él. Bueno el caso es que con sus amigos ha formado un equipillo de fútbol y les va muy mal, amigo. No tienen un entrenador y yo intento ayudarle en lo que puedo, pero, ¿sabes?, casi no tengo tiempo y soy bastante bruto en eso de la dirección técnica. Así que, ¿qué me dices?
―¿Quieres que yo los entrene? –preguntó Drilo con el rostro serio.
―Sí, ¿puedes, chaval? –preguntó Ramón.
―No, gracias –respondió Drilo.
―Pero, ¿por qué no? Cierras la carpintería a las seis y es justo cuando se reúnen los chavales para entrenar en el potrero de cancha que está a unas calles de aquí. Además te vi jugar, ¡tú eres el mejor jugador que ha dado este pueblo!
―Gracias Ramón. Pero no puedo, ya puedes irte.
―¡Maldición! ¡Sé lo que te paso, Drilo! –el hombre amable se fue por el aire, Ramón ahora parecía furioso y frustrado, era evidente que aquello no era normal.
―¡Ey! ¡Tranquilízate! ¿Quieres? –le pidió Drilo un poco asustado.
―No, escúchame a mí: yo no soy como tu madre, consentidora y que te da todo en las manos. Recuerdo cómo yo te veía pasar todas las tardes con tu ropa toda llena de barro, con tu balón que no lo llevabas en las manos. No, lo venías pateando y sé que venías de horas y horas de estar jugando en la misma cancha en la que ahora te pido que entrenes a mi muchacho. La vida te pego duro ¿no? ¿Y qué culpa tenemos...?
―Salte o te saco –le dijo Drilo ya más molesto y serio, pero el hombre no paraba el pico.
―...nosotros? Ninguna. Uno viene aquí a tratar de ayudarte y nos haces comer mierda. ¿Crees que fuiste el único que perdió? ¿Eh? ¿Lo crees? No, Drilo, tu madre también perdió y yo pedazo de imbécil le aposté a tu equipo la mitad de lo que tenía en mis ahorros. Todos me decían que era un loco, pero no, yo sabía que era una apuesta segura porque tú estabas ahí. Te vi jugar en el potrero y en la tele. Y por tu estupidez de pararte el cuello de gallina me hiciste perder media vida y mi esposa me dejó luego de que lo jodí todo con la puta apuesta por tu talento.
―¿Estupidez? ¡Pero si me quebraron! ¡Yo no tuve la culpa de la derrota! ―dijo Drilo.
―Estupidez, aires de grandeza, lo que sea. ¿Por qué no definiste de primera? ¡¿Por qué no gambeteaste solo al arquero?! Tenías que hacer tu sombrero e hiciste que la bola se elevara tanto que esos segundos en el aire le permitieron al robot ese alcanzarte. ¿Sabes?, él sí tuvo cojones, no se preocupó si en su último intento por detenerte la mandaba al fondo de su propia portería. No fuiste el único que te arruinaste la vida, se la arruinaste a tu madre, a mí y al pobre de Camacho que ya nunca volvió a dirigir. ¡Maldita sea, se la arruinaste a tu padre aunque él ya no esté aquí!
Drilo propinó un puntapié y un puñetazo al cuerpo de Ramón para sacarlo de su casa. Cerró la puerta. Ramón apenas se sacudía el polvo luego de caer al suelo cuando Drilo abrió la puerta de nuevo.
―¿Me pagaras? ―preguntó.
―Cinco céntimos.
―Seis de la tarde en el potrero –dijo Drilo y volvió a cerrar la puerta. A Ramón se le escapó una sonrisa.
Drilo había aceptado de mala gana y con mala actitud afrontó el reto. Cinco céntimos le podrían alcanzar para una cerveza y eso era lo único bueno. Había olvidado el olor a fango y lo difícil que es manejar el balón en esas condiciones donde el barro abunda. En los primeros entrenamientos él corría con los niños, pero se cansaba a las primeras de cambio, además su pierna derecha le dolía. Los niños observaban eso y también observaban que su entrenador llegaba con dos cervezas al campo y se fumaba un cigarrillo. Una vez un chiquillo impertinente de apellido Lakatos le dijo:
―Vos sos un borracho que da lástima. Mi papá dice que te robas los focos de las casa y te drogas con el cemento que usas en tu negocio. Yo ya no quiero estar en este equipo. Perdemos y no nos dice nada, ganamos y no nos dice nada. Nos insulta y le importa nada, solo su cerveza. ¡Usted no pudo jugar nunca en primera, usted es como dice mi mamá: un adicto!
Drilo mandó al muchacho al diablo, pero vaya que si lo escuchó. Esa noche el exjugador profesional no puedo dormir.
Al día siguiente, Drilo notó que Lakatos no se había presentado al entrenamiento y con él otros cinco chicos habían faltado. Se sintió mal, en parte por la cruda del alcohol y en parte porque le dolía la vida. Miró a los siete chicos que le quedaban y peloteaban, eran un patético espectáculo. Les había dado la orden de dar una vuelta en trote al campo, pero nadie le tomó en serio. Unos caminaban y otros se molestaban mutuamente, llevaban sus balones en las manos y se los tiraban a la cabeza del más cercano en son de broma. Otro chico ni siquiera se movía, solo permanecía sentado con el poste de una de las porterías como respaldo y miraba el horizonte. Finalmente no pudo soportar, vació su cerveza al suelo y llamó a todos con un fuerte grito.
―Ya está más borracho –mencionó alguno de los muchachos y las risas se generalizaron.
Drilo no hizo caso y tomó un balón por primera vez en cinco años. Comenzó a dominarlo, con la izquierda, con la derecha, con el muslo. La pelota no caía al suelo. La atención de los niños ya la tenía. Ahora con el pecho, ahora con el hombro.
―¡Ah! –exclamaron todos y la pelota caía muerta sobre el empeine de la pierna izquierda de Drilo, y de repente la pelota vivía en la pierna derecha. La colocó en su espalda y después la pelota recorrió cada nervio de su espina dorsal y, al final, con el talón la mandó alto. A los pequeños espectadores el corazón se les hinchaba de alegría. Entonces, Drilo pateó la pelota tan alto que casi se pierde entre la luz eterna del reflejo del Sol de media tarde y un instante bastó para un eclipse fugaz. Cuando la pelota regresó por efecto de la gravedad, lo hizo sin desviarse un centímetro. Drilo le pegó con la derecha con igual fuerza y precisión que la primera vez y de primera intención; de nueva cuenta, sin desviarse un centímetro, la pelota bajó hasta que se murió en el empeine de Drilo que, con un suave movimiento, la colocó delicadamente sobre el suelo.
―Si es cierto que jugó en primera –dijo uno de los chicos para sí. Otro más ambicioso sugirió:
―¿Eh, por qué no nos enseñas a dominar así?

Pronto el equipo salió de los últimos lugares y con ellos Drilo comenzó a salir de su letargo. Dejó de lamentarse por su mala suerte, y también dejó de beber y fumar, incluso pudo salir a tiempo de otras cosas que no le hubiesen permitido retorno alguno. Entrenaba y jugaba con los niños. Todos querían a sus hijos en el equipo de Drilo, pero pronto no hubo cupo. Sin embargo, el chico de nombre Lakatos nunca volvió.
Entre las cosas que le preocupan a Drilo estaban la jornada laboral de cada día y las deudas que mortificaban a su madre y que provenían en gran parte del antiguo tratamiento de su rodilla; además, su pierna le seguía doliendo de vez en vez. Sin embargo, todos los problemas se iban al ver jugar a sus pupilos cada tarde y cada mañana de sábado al compartir con ellos sus triunfos y derrotas. Al cabo de un año, ya hasta tenía un asistente técnico: Ramón. Todo había cambiado de forma súbita, como el ritmo de un juego de noventa minutos. La vida había marcado penal a favor de Drilo.

La primera vez que Drilo vio a Succed fue en el potrero, ¿dónde más? Ella y otras personas bajaron de una camioneta de esas grandes con vidrios polarizados y de inmediato Drilo la notó. Estaba por comenzar el juego de sus pupilos.
―¿Quién va de portero? –le preguntaba un chaval a Drilo que estaba camino al cielo.
―¿Qué?
―¿Quién va de portero, entrenador? Jesús, nuestro portero, no vino.
―Jesús no vino, pero su gloria sí –dijo Drilo quien no podía quitar los ojos de aquella joven que había descendido de la lujosa camioneta y que para Drilo parecía haber bajado del paraíso; lógicamente el chaval que había hecho la pregunta no entendió la extraña respuesta de su entrenador.
―Ya se volvió a poner borracho –dijo otro muchacho.
Succed tenía su encanto. Iba vestida con un traje sastre que no ocultaba en absoluto su juventud, pero que colocaba una frontera clara entre su clase social y el polvo del potrero. Se miraba sofisticada pero ligera, libre de la altanería propia de su clase. Era casi tan alta como el hombre que la acompañaba y que Drilo pedía a Dios no fuera su esposo.
―Tiene cierto parecido a Angelina Joli cuando joven, verdad, Drilo ―le dijo Ramón.
―¿Angelina… qué? –preguntó Drilo que no veía cine.
―Ah, no importa, una actriz del cine clásico que yo admiraba hace mucho tiempo. ¿Pero por qué no le habla? –le preguntó Ramón.
―Porque nunca vi ninguna de sus películas –respondió Drilo en tono de broma.
―No se haga el imbécil conmigo, eh Drilo.
Drilo sabía que él era demasiado tímido, se conocía y sabía que nunca se daría valor para hablarle a ninguna mujer, no había esperanza. Pero aquella comitiva adinerada se dirigió hacia donde él estaba.
―¿Qué tal entrenador? Quiero presentarnos, mi nombre es Otulio y ella mi prima Succed ―dijo el caballero bien portado y vestido con la corbata y saco típicos del hombre de negocios.
―Bien... –dijo Drilo sin dejar de ver a Succed y extasiado porque el hombre era el primo y no el esposo.
―Mi prima quiere pedirle algo que no sé si usted aceptará. Pero mejor que ella se lo diga.
―Gracias, primo –habló Succed con seguridad–. Vera entrenador, esta es mi sobrina… ―Succed buscó con la vista a su sobrina y la encontró justo detrás de ella con expresión sería y obtusa. La niña no se veía muy contenta y era seguro que era parte de la familia de aquellas personas por su forma de vestir como de adolescente citadina.
―Primero, déjeme presentarme. Mi nombre es Drilo, bueno, así me dicen, mi nombre es Sebastián, pero la escucho… su sobrina.
―Sí, ella quiere jugar y nos agradecería que lo hiciese en su equipo –dijo Succed.
―Señorita, en el equipo estamos completos… –respondió Drilo.
―Entrenador ―interrumpió el primo Otulio―, debería ver jugar a la niña. En la capital formaba parte de la escuela celeste. Sabe jugar.
―Con todo respeto –reclamó Drilo–, pero las chicas no juegan al fútbol. Como puede ver esta es una liga de niños, hombres.
―La escuela Celeste también era solo para hombres –agregó Succed adelantándose al argumento sexista de Drilo–, hasta que ella llegó. Acéptela en su equipo y encontraremos la forma de agradecerle. Espero algún día pueda visitarnos en el estadio del Municipio. ¿Puede venir este viernes a las tres?
―¿El viernes? ¡Seguro! –exclamó entusiasmado Drilo.
―Entonces ¿Mi sobrina está en el equipo? –preguntó Succed.
―Sí, seguro. En el estadio a las tres –contestó él.
Succed dio una sonrisa al joven entrenador y le extendió la mano.
―Bueno, es toda suya. Mi primo se quedará para verla jugar, yo me retiro. Muchas gracias, entrenador.
―No tiene nada que agradecer –dijo Drilo.
―¿En el estadio? –se preguntó Drilo a sí mismo sin notar que Ramón ya estaba a su lado.
―Sí, ¿qué no sabes que ella es una Nadiani?, hija del Gran Cabo que falleció hace dos años. Buen hombre, dueño de la mina y entre otras cosas del equipo.
―¿Equipo?
―Sí, del F.C. Achéron, el que tú rechazaste por irte con los Rojos. No te culpo, el Achéron hace más de cincuenta años que no está en primera. Ahora ella lo administra. Amigo, te aconsejo que no cometas estupideces. Y bueno, ahora atiende a la niña.
Drilo dejó de mirar a Succed que se alejaba y notó que frente de sí, estaba la sobrina de Succed. Era una niña de cabello lacio, largo y bien cuidado, tez blanca típica de la ciudad donde casi todos los días eran nublados y más alta de estatura que el promedio de los niños de su edad.
―¿Cómo te llamas? –le preguntó Drilo.
―¿Por qué veía así a mi tía? –devolvió ella de forma insolente.
En ese instante Drilo comprendió que estaba ante uno de esos niños como Lakatos que lo notaban todo y no dejaban escapar nada. Entendió que esa niña iba a ser, más allá de su prejuicio por las mujeres que jugaban fútbol, un verdadero problema.
La niña, al no recibir respuesta de parte de Drilo, tomó uno de los balones y miró a sus nuevos compañeros de juego. Ella no iba vestida ni preparada para jugar, llevaba los típicos vaqueros y blusa de una adolescente de su edad. Notó que todos los niños la miraban.
―Así miraba usted a mi tía –dijo a Drilo mientras señalaba al resto de su nuevo equipo.
―Es que es bonita, profe ―justificó uno de los niños.

Entonces, la niña se puso a dominar el balón y no lo dejó caer en medio minuto mientras al mismo tiempo soltaba una letanía:
―Me llamo Luisa Michel Nadiani Ponzio, tengo trece años y juego desde los siete. Soy fanática de los Celestes. Juego de diez. No me ponga nunca de defensa y no me regañe, no me gusta que me regañen.
Drilo escuchó atónito el soberbio discurso y luego miró a Ramón y esperaba una respuesta de él, pero él devolvió la mirada de asombro. Los chicos también seguían embobados.
―Entrenador, es bonita y sabe jugar. Es la mujer perfecta –dijo el mismo chico.
―¿Qué tus papás no te regañan? –le pregunto otro de los chicos a la niña.
Ella puso el balón en el suelo y bajo la vista.
―Mis padres son desaparecidos del gobierno. ¿Qué tiene que hacer una aquí para que le den un uniforme para jugar?
Un silencio se atoró en la garganta de todos. Ramón fue el primero que salió del letargo y le dio a la niña un uniforme nuevo de los que habían sobrado la única vez que habían podido comprar uniformes nuevos.
Drilo seguía sin creerlo y, junto con los demás, la miraron caminar hasta la pequeña cabaña de madera que servía de vestidor en el potrero. No tenía idea de que aquella niña estaba más ligada a su pasado que su rodilla misma; peor aún, no tenía ni idea de que su futuro estaría relacionado con ella de forma tan intensa como su relación con la pelota.
Luego de la tragedia del Nacional, Luisa había sido encontrada por su madre dos días después en un hospital del Estado. Al parecer, la había llevado ahí un joven el día anterior sin mayor información acerca de en qué condiciones había encontrado a la niña. No estaba herida ni enferma, pero no hablaba y ni al ver a su madre salió de su silencio. Tuvieron que pasar muchos días para que ella volviera a decir palabra, ocurrió cuando su madre le preguntó por enésima vez qué había pasado con ella y su padre, Luisa solo pudo decir:
―Perdimos, mamá.

La madre comenzó el sufrir de buscar a su marido. Nadie en los hospitales le daba información. Visitó muchas veces las cárceles, los separos y la morgue durante la tarea de localizar a su esposo y de no ser ella misma descubierta por quienes los perseguían. Su suegro, el Gran Cabo de Achéron como le llamaban, se unió a la búsqueda de su hijo a pesar de que llevaban más de cinco años sin verse y estaban peleados debido a las convicciones políticas de cada uno y a razones más profundas que tenían que ver con el corazón, los celos y la traición.
Al principio, el Gran Cabo estaba confiado en que sus influencias dentro del gobierno militar le facilitarían las cosas; luego, frustrado y cansado por no poder encontrar ni siquiera una uña del cuerpo de su hijo casi no podía mantener la entereza.
Luisa era interrogada constantemente por su madre y la niña contaba siempre la misma historia, que la última vez que había visto a su padre él era golpeado por policías que se lo llevaron. Luego de un año de la desaparición, la madre de Luisa comenzó a comportarse muy extraño, como en las películas de espías ocultaba cosas y salía de casa sin aviso. En una de esas salidas, la madre nunca más volvió.
Al Gran Cabo lo amenazaron con no regresarle a su nuera si continuaba buscando a su hijo y obedeció, pero no le regresaron ni al uno ni a la otra. El viejo cayó víctima del terror de haber perdido a dos miembros de su familia y cesó la búsqueda en el medio de una tristeza infinita que le causó la muerte poco tiempo después. Antes de morir, el Gran Cabo se había mudado a la capital luego de la desaparición de la madre de Luisa, ahí conoció por primera vez a su nieta y notó que la niña era violenta y agresiva.
En la escuela la niña iba mal y solo destacaba en el fútbol como parte de la escuela de los Celestes. No se perdía un solo juego de Tanque y los suyos por televisión. Luego de la tragedia del Nacional, se había cambiado de bando pues culpaba a los Rojos de la desaparición de su padre. Un psicólogo le dijo al Gran Cabo que la niña sufría por lo de sus padres y que lo reflejaba a su manera, como mecanismo de defensa, con esa agresividad. También le dijo que el fútbol era sin duda la válvula de escape de la púbera. Le recomendaron sacarla de la capital y mudarla a un lugar donde el recuerdo de la falta de sus padres se desvaneciera con el tiempo.
Succed, la hija menor del Cabo, recibió a su sobrina en su casa en Achéron. Ella acababa de terminar un posgrado en la Universidad Nacional y se encontraba con que su familia tenía un mar de deudas producto del descuido de los negocios familiares y los sobornos inútiles que habían sido pagados para obtener alguna información sobre los padres de Luisa. Aceptó el reto de ser novel empresaria y madre de mala gana y así le fue los primeros meses en los cuales la niña se mostraba insoportable. Sobrina y tía se odiaban a tal grado de que ambas pensaban que la una le había arruinado la vida a la otra y viceversa. Y entonces, decidió calmar los ánimos de la niña con el fútbol y buscó un equipo de mujeres al cuál ingresarla en Achéron, pero por supuesto no había ninguno. Le llegaron los rumores de Drilo y su equipo de niños y decidió intentar. Cuando regresaba del potrero en su camioneta no podía dejar de desear que Drilo pudiese, de alguna manera mágica, apaciguar a Luisa, domarla. Además, suponía que podía matar dos pájaros de un tiro pues el F.C. Achéron estaba a punto de la quiebra y se necesitaba algún gancho para hacer que la gente regresara al estadio.
El psicólogo tenía razón sobre Luisa, la niña no había tenido un desarrollo normal luego de la desaparición de su padre, todas las noches tenía pesadillas y no soportaba escuchar ruidos de explosiones; los primeros días inmediatos a la tragedia ella sentía que su corazón le dolía y no quería comer pues simplemente no tenía apetito. Un mes después de la tragedia miró por la televisión un juego de fútbol y aquello le recordó a su padre. Entonces intentó que aquel recuerdo le durará más tiempo y comenzó a patear el balón que años antes le había dado su padre y al que ella había puesto más atención que a las muñecas y vestidos rosas. Pateó ese balón más de un millón de veces en un año contra una pared de su desvencijada vecindad, cuando su madre no regresó lo pateó otras mil millones de veces contra la misma pared al siguiente año. Ella no sabía que la observaban hasta que los chicos de su cuadra la invitaron a jugar y le encantó la idea. De esa forma, la niña llenó su vida de fútbol, todo era para ella jugar o ver jugar a los grandes por televisión, hablar de eso, comprar los jerséis, los álbumes, las tarjetas coleccionables y un mar de artículos inútiles relacionados con el fútbol. Por esas épocas, Tanque dominaba la liga como el mejor jugador y la niña recibió de parte de sus vecinos un poster del ídolo nacional futbolístico que colgó en la pared de su cuarto.
Los vecinos sabían que nadie cuidaba a la niña y se turnaban para ayudar al Gran Cabo con la huérfana. Uno de los vecinos fue el que ingresó a la niña a la escuela de fútbol de los Celestes y ahí ella encontró un oasis en medio de tantas tristezas. En la escuela de los Celestes aprendió primero a ser despreciada por ser mujer, ser tachada de lesbiana o de querer ser hombre y luego a cómo ganarse su lugar a pesar de ello; también aprendió que ganar lo era todo, absolutamente todo. Su bello rostro le dio cause a su defensa sobre los cuestionamientos de su sexualidad pues desde muy joven se descubrió atractiva para el sexo opuesto y dedicaba lo justo y necesario para verse siempre lo más bonita posible aun con el uniforme de futbolista puesto. Esto incluyó no cortarse el cabello a pesar de que lo consideraba una molestia para jugar.
El día en que le dieron la noticia de que su abuelo había muerto, ella mencionó que ya estaba acostumbrada, fue cuando le dijeron que se iba ir a vivir a Achéron que realmente salió de su calma y explotó en furia. Hacía berrinches memorables todo el tiempo, quería siempre ser el centro de atención, exigía la mejor ropa, el mejor teléfono celular, el mejor televisor, todo lo que su endeudada familia ya no podía comprar. Para ella fue un golpe muy duro pasar de ser la estrella de las empastadas canchas de la Escuela de Fútbol Celeste al potrero lleno de tierra donde el equipo de Drilo jugaba en medio del barro. Así, lo único que le quedaba de propio era su desdén, su violencia, su rebeldía y su total desprecio por todo aquello que no significara ganar.
Por su parte, Succed era bastante cuidadosa con todos los negocios que su padre le había heredado a la fuerza y tenía especial cariño por el Fútbol Club Achéron, a pesar de que este era un conjunto siniestro de deudas y no era redituable por sí mismo. No sabía nada de sal, ni de sindicatos ni de minas, pero menos de fútbol. Y así tuvo que encargarse de los negocios familiares ante la pasividad de su primo Otulio que era todavía más incapaz que ella para los negocios. En la Universidad Nacional Succed había estudiado filosofía y letras (así, todo junto) pues pensaba un día ser escritora, lo que era consecuencia lógica del exceso de tiempo libre que había tenido como adolescente rica en medio del pueblo casi muerto que era Achéron. Su posgrado lo había logrado en literatura inglesa, algo que parecía totalmente inútil en el valle de la salmuera. Los sueños de gran escritora se fueron a la basura cuando observó con terror el estado de cuentas de la mina y recibió el ultimátum del sindicato de mineros de Achéron de convocar a huelga. Tenía veintiséis años en el momento que aquello pasó y de forma sorprendente, la muchacha sacó aquello a flote: evitó la huelga y mantuvo la mina en funcionamiento. Se pensaba que sus letras y sus libros no le servirían de nada en el mundo de los negocios, pero ella les sacó todo el jugo del que fue capaz leyendo historias de hombres de negocios y las biografías de los más grandes magnates del mundo capitalista. Contrató a un contador de confianza, también a un administrador y ella decidió encargarse por sí sola del club de fútbol que sabía, era lo que su padre más había amado.
Cada domingo, en el Granma, que era como cariñosamente los habitantes llamaban al Estadio Municipal de Achéron, la gente del pueblo se reunía para ver al equipo arrastrar la cobija. Bajo la directiva de “la chica heredera”, que era como le llamaba la gente a Succed, el Achéron había ascendido de la cuarta a la tercera división, pero ahora su estancia en la división inmediata se había convertido en un hilo interminable de derrotas. Cuando Drilo y Succed quedaron de verse había partido y el entrenador anterior del equipo había renunciado.

Drilo arribó a las tres en punto y se encontró con Succed en el palco del inmueble. El Granma era un estadio que olía a viejo, sus paredes eran de ladrillos color rojo quemado y sus columnas eran de acero. Era un típico ejemplo de estadio de una época en que se cuidaba más la elegancia y la funcionalidad que la espectacularidad. Solo la tribuna principal tenía techo y el resto del graderío debía soportar las inclemencias del sol o de la lluvia. Había pista de tartán y espacio para la práctica de atletismo como en todos los estadios viejos. Sus torres de alumbrado se miraban oxidadas por el paso del tiempo y era evidente que al estadio le hacía falta con urgencia una remodelación. Por cierto, solo le cabían quince mil espectadores.
―Bastante elegante para un partido de fútbol, ¿no? ¿A que creyó que venía, señor Drilo?
―¿Eh, qué? Ah, sí, es por el traje y la corbata. En realidad son alquilados.
―No le pregunté eso... –Succed le lanzó una mordaz mirada a Drilo, no era para ella nada nuevo que trataran de cortejarla.
―¿Quiere café? ―le preguntó ella después de invitarlo a sentarse―, un poco de café para el caballero por favor ―ordenó a un empleado ―. Señor Sebastián, ¿por qué le dicen Drilo?
―Desde chico, los viejos del puerto me veían jugar y un marinero de origen noruego, un viejo loco en realidad, me puso el sobrenombre porque regateaba mucho. ¿Entiende? ¿Regate?
―Se más de fútbol de lo que usted cree, señor... Drilo. Iré al grano, señor, esto no es una cita romántica, está usted aquí porque le tengo una propuesta ―Drilo se sonrojo y casi escupe el sorbo de café que tomaba.
―Se cuentan muchas historias de usted en todo el pueblo. Dicen que nunca ha habido mejor jugador en esta comarca y cuando lo conocí realmente me sorprendí. Yo esperaba a un viejo canoso, un viejo loco como dice usted, y me encuentro con un joven. Por eso le pregunto, ¿es verdad lo que dicen?
Se hizo cierto silencio en la conversación, antes de que Succed insistiera, Drilo explicó.

―Son cuentos. Sí jugué alguna vez al fútbol, pero eso ya se acabó. Ahora solo juego con los niños y creo que me gusta más así.
―Le ofrezco jugar para el Achéron ―Succed no se andaba con rodeos y sabía de la popularidad de Drilo, pensaba que en el futuro por lo menos podría explotar eso.
―¿Qué? No, si la escuché; pero, señorita, tengo más de cinco años sin entrenamiento y realmente solo jugué un partido como profesional. No estoy listo. 
―¿Cuándo lo estará?
―Nunca. Mi rodilla...
―Piénselo bien, señor Drilo. Pienso absorber los gastos que impliquen la recuperación de su rodilla y aun si no llegase a poder jugar por razones médicas, le ofrezco pertenecer a esta institución en otro cargo. Por lo pronto, puede ser asistente del entrenador de las reservas.
―Gracias, pero ¿por qué hace esto?
―Tengo instinto para los negocios ―dijo Succed mientras alejaba su mirada de Drilo pues ella sabía que en realidad improvisaba en eso de los negocios ―. Ahora, si me disculpa, tengo que ir a ver otros asuntos, pero puede usted quedarse a ver el juego. Hasta luego y espero su pronta respuesta.
Succed se levantó y se fue del lugar sin decir nada más a Drilo que miró un rato el juego, otro más donde el Achéron arrastraba la cobija.
Después de esta breve charla Drilo se volvió muy pensativo. Sus pequeños pupilos se preguntaban qué le pasaba al entrenador y se corrió el rumor de que ya había vuelto a tomar la botella. Le contó a Ramón lo sucedido y éste le dijo que no perdiera esta segunda oportunidad que le daba la vida. Finalmente, una semana después, se presentó en el Granma y dijo sí a Succed sobre su oferta. El club Achéron, con su incipiente economía, pagó un nuevo tratamiento para él, esta vez un nuevo médico joven y entusiasta lo atendió y le hizo tener realmente esperanzas.
―Después de un año de tratamiento y una operación Drilo podría volver a jugar ―le dijo el médico a Succed.

Succed hizo cuentas, aunque desde el principio sabía que eso estaba fuera del alcance del club, iba a tener que romper su promesa, simplemente no había dinero para pagar aquel tratamiento y esto se lo dijo a su primo Otilio. Éste a su vez se lo mencionó a una querida suya que lo comentó en el salón de belleza donde las damas de la alta sociedad de Achéron se lamentaron por la terrible suerte del joven astro. Una de las empleadas del salón de belleza era amiga de una amiga de la exesposa de Ramón, y así, en tan solo dos días, Ramón sabía, antes que Drilo, que su operación no sería. Entonces, luego de que su exesposa le diera la noticia, Ramón hizo una extraña llamada y se esmeró en que su exesposa no supiera de qué se trataba o iba el asunto. A la mañana siguiente de la llamada, Succed recibió un correo electrónico de una desconocida de nombre Steinem en la que mencionaba que había realizado una donación al F.C. Achéron para que la operación y los cuidados médicos de Drilo fuesen cubiertos. Succed pensó que aquello era una mala broma, pero no resistió la tentación de revisar la cuenta de banco del club y, en efecto, había un depósito muy gordo. Así, se puso fecha para la operación de Drilo y Succed rogó al cielo por no haberse equivocado, sabía que ese dinero lo podía haber usado para pagar otras deudas, pero fiel a sus novelas de negocios ficticios, decidió arriesgarse.
Por su parte, Drilo no sabía cómo tomar esa nueva etapa de su vida. Trataba de preparase mentalmente para lo que se venía y Ramón le decía que él todavía era joven y había posibilidad. ¡Era un año de recuperación! Esa idea mataba al futbolista durante uno de los entrenamientos que tenía con su equipo de niños cuando...
―Oiga, Jefe ¿Cómo hace la jugada que le dicen la vuelta al mundo? ―le preguntó Luisa a la que ya todos sus compañeros apodaban “la pesada” (la imagen de la niña bonita les había durado poco y odiarla les había tomado todavía menos tiempo).
―¿Qué? ¿De qué hablas?  ―respondió Drilo.
―La vi en YouTube, dominan el balón y pasan la pierna por arriba antes de que caiga al suelo la toman por abajo otra vez ―explicó Luisa.

Drilo miraba extrañado a aquella adolescente desgarbada y con serios problemas con la autoridad.
A ella la habilidad de Drilo no la había impresionado pues platicaba que en sus años en la escuela de los Celestes había conocido de cerca a los mejores jugadores del equipo, incluido a Tanque. La niña era un maldito dolor de cabeza para Drilo.
―Casi nunca vienes a entrenar y ¿ahora me pides ayuda? ¿Qué pasa contigo?
―Casi nunca vengo, pero cuando vamos perdiendo me mete a jugar y ganamos los partidos. Soy el crack de su equipo, acéptelo, Jefe; un día seré tan buena como usted. Es más, seré mejor que usted.
Drilo se molestó con la actitud altanera de aquella chica. Le pasó por la cabeza que era más hombre que todos los demás chicos del equipo. La soportaba únicamente por una razón: era la sobrina de Succed, su amor platónico.
―Si sigues así de insolente lo único que vas a lograr es quedarte sola. Nunca conseguirás un esposo ―le dijo Drilo a manera de regaño.
―¿Quién quiere un esposo? Apenas voy a cumplir catorce ―respondió la niña.
―Hace cincuenta años las casaban a tu edad. ¡Y hacían bien! ―contestó Drilo desesperado.
―Pero no es hace cincuenta años, es hoy, y si tengo ganas solo le digo a alguno de ellos y ya.
―¿Ganas de qué?
―Usted sabe… ¿usted nunca tiene ganas? ¿Qué me dice de mi tía?
―¡Eres el demonio mismo! ¡Ve ya con los demás!
―No hasta que me diga cómo se hace la vuelta al mundo ―insistió Luisa.
Drilo tomó el balón y lo dominó, hizo la vuelta al mundo dos veces y explicó lo mejor que pudo cómo lograr el truco. Luisa pidió que la hiciera tres veces seguidas. Drilo intentó complacerla, pero no pudo.
Entonces Luisa tomó el balón, comenzó a dominarlo e hizo tres veces seguidas el truco, saltó de gusto y gritó hacia donde todos los demás del equipo miraban.
―¡Me deben cada uno cien duros, idiotas! ―dicho esto, corrió a cobrar su apuesta.
Drilo apenas caía en cuenta de que había sido engañado y humillado.
―En una cosa tienes razón: es el diablo ―le dijo Ramón que no se había perdido ser testigo de aquella humillación.
En ese periodo, Drilo pasó gran parte de su tiempo en el estadio y ayudaba a un exfutbolista del Achéron, el viejo Bartolomé, en el entrenamiento y administración del equipo de fútbol de reservas del club. Este equipo eran chavales llegados de toda la región para buscar una oportunidad en el primer equipo. Participaban en el torneo de reservas nacional y generalmente les iba muy mal, como fuese, ese equipo era el semillero y fuente más importante de jugadores para el modesto F.C. Achéron.
Bartolomé era un hombre delgado, alto y calvo, paciente con los muchachos y no era para nada un entrenador exigente o rudo, pero tenía la increíble capacidad para mantener el orden sin alzar la voz. Cuando llegó Drilo, Bartolomé lo saludó de la mejor forma y le explicó todo lo que necesitaba de él.
―Sé que en un mes será tu operación, estarás en cama como dos semanas y regresarás a hacer labores administrativas muy simples. Revisar papeles, verificar firmas, todo para que el equipo cumpla con su temporada sin problemas. El mayor problema es la falsificación de actas de nacimiento. Algunos quieren pasar por más jóvenes para lograr jugar torneos con límite de edad, tú deberás ocuparte de que eso no pase. Por supuesto, aunque eres más grande, podrás comenzar a entrenar con el equipo cuando termines tu fisioterapia de recuperación, aunque claro está, no podrás jugar partidos oficiales con este equipo de menores de diecisiete.
Drilo sabía que eso era mejor que la carpintería. Finalmente llegó su operación y los días en cama fueron aburridos y monótonos. Su madre iba a visitarlo todos los días, pero la señora pasaba más tiempo en el chisme con las enfermeras que cuidándolo.

Ramón también iba a ver a Drilo para contarle cómo iba todo con el equipo de niños, pero eso no era seguido y no se quedaba mucho tiempo. Decía tener fobia de los hospitales. Entonces, al segundo día de convalecencia, Drilo recibió una visita diferente.
―Dice que es la señorita Nadiani ―le dijo la enfermera.
Drilo se puso muy contento, pensó que era Succed quien quería verlo y esto le hizo elevar sus pulsaciones. Buscó en vano tratar de peinarse pues no había ningún espejo, sentía cierta pena de ver a Succed en el estado en el que se encontraba: vulnerable. Pero por la puerta apareció la figura de mujer a medio terminar de Luisa.
―Hola, Jefe. ¿Cómo le va?
―¿¡Qué haces tú aquí!? ―preguntó Drilo en medio de su espanto.
―Yo también me alegro de verlo ¿Ya le dijo el profe Ramón que ganamos la semana pasada? Anoté dos goles y esos malditos lamentaron haberse burlado de mí.
―Repito. ¿Qué diablos haces tú aquí?
―Lo visito. Lo voy a cuidar, no tengo nada mejor qué hacer.
―¿Te lo pidió tu tía?
―Si ella me lo hubiera pedido no lo estaría haciendo. Oiga, Jefe, no se ponga triste, pero ella no va a venir a verlo porque está siempre muy ocupada.
―¡Eres el maldito demonio! No quiero que me cuides, vete de aquí.
Pero Luisa no se fue de ahí. De hecho iba cada tarde y extrañamente, un día hábil de esos obligados para ir a la escuela y seguir la rutina, ella estuvo todo el día en el hospital.
―¿Qué no vas a la escuela? ¿No tienes tarea?
―No quise ir hoy. Es aburrido.
―¡¿Y esto es divertido?! ¡¿Qué no tienes amigos?!
―Es aburrido, pero lo es menos. No tengo amigos, todos esos niños de mi escuela me dan asco ―Luisa no mentía, apenas si cruzaba palabra con sus compañeros de la escuela o del equipo de fútbol a menos que fuera para humillarse o insultarse mutuamente.
―Eso no está bien. No está bien que faltes a la escuela. No está bien que no tengas amigos. Si fueras mi hija…
―Usted es muy joven, Jefe, quizás podría pasar por mi hermano mayor, pero nada más. O quizás…
―¿Quizás qué?
―Como mi novio. ¿No le gusto, jefe?
―¡Tú estás loca, totalmente chiflada! ¡Necesitas que alguien te dé una buena tunda!
―¿Usted quiere darme una tunda?
Drilo miró con horror a Luisa que ahora fingía mirarlo con lujuria. Luego de su reacción Luisa rió a carcajadas y una enfermera tuvo que pedirle que guardara silencio. Todavía con una sonrisa en el rostro le dijo…
―Es broma, Jefe. Pero es mejor estar con usted aquí que en casa de mis tíos o que en la jodida escuela. Este pueblo es una mierda.
―!Oye, es mi pueblo, cuida tus palabras!
―Sí, Jefe, pero usted llegó a la grande. ¡Jugó en primera!
―¿Ahora qué apostaste?
―Nada, estar con usted es lo mejor de mi día.
Y así fue, la niña visitó toda la semana a Drilo.
Ramón preguntaba extrañado a Drilo qué era lo que ocurría y él solo mencionaba que la niña estaba loca.
Finalmente Drilo pudo irse a casa y podía ya caminar en muletas. Un mes después entrenaba ya con el equipo de reservas. Le encantaba regresar a sentir la textura del pasto húmedo y los entrenamientos matutinos. Por la tarde iba a entrenar al equipo de niños a cuyos entrenamientos Luisa faltaba frecuentemente. Aun así, Ramón siempre la metía a los partidos cuando perdían y ella cambiaba siempre la situación en favor de su equipo.
Uno de los raros días en que Luisa se le ocurrió asistir al entrenamiento, sucedió algo que cambió el equipo para siempre. Esa ocasión, ella llevaba como siempre su jersey Celeste.
―Fenómenos, ¿qué hacen? ―preguntó Luisa a sus compañeros que miraban atentos un teléfono celular. Ellos la miraron y se miraron unos a otros. La observaban y regresaban a observar el celular.
―¿¡Qué les pasa!? ―volvió a preguntar Luisa.
―Sí es ella ―mencionó uno.
―Eres una mentirosa ―apuntó otro.
―¡Traidora! ¡Mentirosa! ―le espetó uno más.
Luisa avanzó y les arrebato el celular, miró la pantalla y se vio muy pequeña, lloraba y abrazaba a su padre en la tribuna roja ese día fatal en el Nacional.
―¡Le vas a los Rojos! ―le gritaron todos al unísono.
Luisa comenzó a sentir una sensación muy desagradable.
Drilo estaba a unos treinta metros y acomodaba unos conos de entrenamiento cuando se dio cuenta de lo que ocurría. Al escuchar los insultos contra Luisa se acercó hasta ellos y la adolecente ya tenía lágrimas en los ojos y no soltaba el celular.
―¡Está loca! Dígale que me lo regrese ―decía uno de los chicos refiriéndose al celular que Luisa no dejaba de mirar.
―Tranquilos ¿Qué pasa? ―preguntó Drilo.
―Luisa es roja, profe ―dijo uno de los chicos.
Drilo arrebató el celular a Luisa y miró el video titulado: “La tarde negra del Nacional, el partido de la muerte”.
―¿De dónde sacaron esto? ―preguntó Drilo con expresión claramente molesta.
―Es YouTube, profe. Ellos graban la vida de todos. Todo lo que usted quiera ver está ahí ―dijo uno de los chicos que realmente creía que los de YouTube tenían cámaras por todos lados.
Luisa se sentó en el pasto y no se movió más hasta que terminó el entrenamiento.
Drilo intentó hacer que la niña reaccionara, pero nada funcionaba, ni los regaños ni la falsa ternura. Ese día no estaba Ramón y Drilo lo lamentó más que nunca pues no podía hacer que la niña se moviera. Comenzó el entrenamiento, pero siempre estuvo atento a Luisa que seguía sin moverse de su lugar. Desesperado, mandó a los chicos a casa. Entonces, se acercó otra vez a Luisa y le pidió que se levantara. La niña obedeció a la primera y lo abrazó. El frustrado futbolista de Achéron, a pesar de su sorpresa y de su ineptitud emocional, abrazó a Luisa que no lloraba, solo estaba callada. Luego de diez minutos él dijo…
―Luisa, tenemos que movernos algún día de aquí. Hay que ir a casa.
Sin muchas opciones Drilo tomó su teléfono celular y llamó a Ramón.
―¡Ven aquí de inmediato!
Unos diez minutos después, Ramón llegó al potrero y miró la escena.
Drilo le pidió que no preguntara nada y caminó, abrazado por Luisa, hasta el feo y viejo automóvil de Ramón. Le pidió amablemente a Luisa que subiera al auto y ésta obedeció dócilmente y se pasó al asiento trasero.
―¿A dónde? ―preguntó Ramón.
Drilo pensó un poco el asunto, se imaginó que en un hospital le dirían que estaba loco.
―A la casa de los Nadiani.
―La casa del Gran Cabo ―dijo Ramón y puso el coche en marcha.
Al llegar, Ramón explicó lo mejor que pudo el asunto al portero de la residencia. El hombre los dejó pasar luego de algunas llamadas y el auto de Ramón entró a la casa que era precedida por un amplio espacio verde.
―Esta casa debe ser más vieja que el Granma ―dijo Ramón mientras manejaba despacio.
A la entrada de la casa ya esperaban Succed y el primo Otulio que, un poco asustados, preguntaron qué ocurría.
―Ella miró un video y se puso mal ―trató de explicar Drilo―. Era un video del partido de la tragedia en el Nacional. Con todo respeto se los digo: su sobrina necesita un psicólogo urgentemente.
Succed miró despectivamente a Drilo. Le molestó mucho el comentario referente al psicólogo. Sacó a Luisa del auto y le colocó una frazada para el frío.
―La niña es huérfana, señor Drilo ―dijo Succed.
―Pues con mayor razón ―contestó él.
Luisa salió de su letargo.
―Perdón por la molestia, Jefe. Soy una tonta.
―Entra a la casa ―le indicó Succed a Luisa.
―Jefe, si hubiera metido ese gol, mi papá no hubiera desaparecido, ni mamá tampoco.
Drilo no entendió a qué se refería Luisa. Ella fue llevada adentro de la casa por el primo Otulio.
―Ella perdió a su padre el día del partido en el Nacional, ese en el que usted debutó. No le haga caso, usted no sabía lo que esa falla iba a traer ―le informó Succed.
Drilo quedó helado y Succed ingresó a la casa sin siquiera dar las gracias a Ramón y a Drilo de haber traído a Luisa.
―Oye, chaval ―dijo Ramón a Drilo desde la ventanilla del auto―, vámonos ya. Hace frío.
Esa misma noche en el Bar de los Mineros, Ramón y Drilo tomaban una cerveza.
―La mocosa no está loca, pero está en camino de estarlo ―decía serio, Ramón.
―¿Cómo me pueden culpar de eso?
―Bueno, las investigaciones concluyeron que un maldito fanático rojo no soportó que su equipo perdiera y le pegó dos tiros a un hincha celeste y luego decidió suicidarse en la grada. De no haber perdido ese día los Rojos, ese loco no habría activado su arma; que aquí entre nos, es muy sospechoso que la haya logrado pasar en medio de tanta seguridad. En fin, si tú hubieses metido ese gol los Celestes no se hubiesen levantado, ese tipo no habría perdido la cabeza, nadie habría entrado en pánico y la tragedia no hubiese sido. La gente cree que fallaste el gol de la paz.
―Pamplinas ―dijo un minero que se veía cansado, pero con los ojos vivos por el wiski ―, eso estaba preparado. Había un loco en la tribuna celeste con una granada por si los que perdían eran los otros. El maldito gobierno tendió una trampa.
―¡Te equivocas! ¡Los aficionados celestes no somos así! ―reclamó otro minero un poco más joven, pero no menos sobrio.
La grilla se armó en el bar y las teorías conspiratorias sobre el juego del siglo no cesaban.
Drilo solo pensaba en que fallar ese gol le había arruinado la vida a todos, a todo el país, pues después de eso el gobierno se justificaba siempre para usar la fuerza. Y ahora, una chica estaba por volverse loca gracias a un gol que él había fallado cinco años antes. Era demasiado. No podía devolver el dinero que Ramón había perdido por apostar por él, ni tampoco podía devolverle a su esposa que lo dejó luego de que cayeron en bancarrota, no podía resucitar a los muertos de la tribuna Roja, ni al Gran Cabo, tampoco podría encontrar al padre y a la madre de Luisa; pero podía ayudar a una adolescente problemática. Esa noche en el bar, la vocación de salvador y la necesidad de redención tomaron a Drilo por asalto.

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