III. NORTE CONTRA SUR


Fue hasta el siguiente año, luego de su operación, que Drilo pudo ser registrado nuevamente como jugador de fútbol profesional, siete años después de la primera vez. A pesar de este regreso milagroso, el nuevo jugador del Achéron no se sentía entero y adaptarse físicamente al entrenamiento deportivo le costaba mucho más trabajo del que él había pensado. Por otro lado, su amor platónico era, su ahora patrona, Succed, a la que muchos empresarios y algunos de sus socios comerciales cortejaban y, por lo mismo, él no se sentía capaz de competir con ellos. Esa frustración amorosa basada en su baja autoestima era una losa más en su vida. Con todo, volvió a jugar un partido oficial del campeonato (en tercera división) contra el equipo del pueblo vecino y su escuadra perdió por uno a cero. No pasó mucho y realmente su desempeño fue mediocre a nivel insano, pero aun así, muchos años después, los viejos contarían que ese día el Achéron comenzó a ganar al destino por goleada.
Esa primera temporada fue perdedora y, por lo tanto, el entrenador en turno renunció al término de la misma. Succed tenía que buscar a otro entrenador para el equipo y pensó de inmediato en Bartolomé, al que Drilo todavía ayudaba en la administración del equipo de reservas; pero el viejo Bartolomé le confesó a Drilo que no quería ser entrenador del primer equipo.
―Yo soy formador, Drilo. Si yo me voy de aquí, ¿quién guiará a los jóvenes?
―Traerán a otro, supongo ―le respondió Drilo.
―Sí, otro, uno que solo trabajará por el salario que, al ser miserable, lo hará dar poco. Uno de esos mini-napoleones con síndrome de director técnico que solo les interesará ganar y no formar jugadores. Sí, otro que verá que ser entrenador de la reserva le dará el título oficial de buitre del entrenador del primer equipo del Achéron. Voy a tener mi propio zopilote.
Entonces, Drilo pensó en tratar de rescatar a Bartolomé del terrible asunto, pero no sabía cómo. Un día la solución le cayó del cielo y una mañana, sin pensarlo mucho, entró a la oficina de Succed para pedirle un favor.
―Señorita...
―Pase, Drilo. Siéntese. ¿Qué desea?
―Quisiera recomendar a alguien para el puesto de director técnico del equipo ―dijo Drilo.
―No está usted en posición de hacer eso, Drilo.
―Sí, disculpe; pero escúcheme, lo conozco y sé que no encontrara a alguien como él. Su capacidad está más que demostrada. Fue campeón en primera ―dijo el jugador con entusiasmo.
 ―¡¿Campeón en primera?! No podríamos pagarle. Aún estoy endeudada con lo de su operación y recuperación ―le respondió fríamente Succed.
―Trabajaría solo por el placer de hacerlo. Se lo aseguro. Pero bueno, no se lo tome literal, en realidad si cobraría, pero solo lo necesario para vivir ―Insistió Drilo.
―Bien, al grano, Drilo. ¿Quién es?
―Pase, maestro ―dijo Drilo mientras veía hacia la puerta.
A la habitación entró un viejo de mirada noble y expresión tranquila. Mal vestido pero físicamente entero. Una personalidad de roble. No solo había sido campeón una vez en primera, era el trece veces campeón de la liga y cinco copas, era el recordman de los DT, era José Bolívar Camacho. Después de haber perdido aquella final en la que Drilo jugó, había  sido  cesado y salió  del país para dirigir en  el extranjero, pero  a falta de resultados poco a poco su nombre se olvidó hasta que regresó al país y se enteró que Drilo había vuelto a jugar. Viajó hasta Achéron y compró, como todos los mortales, un boleto para ver al Achéron. Desde las gradas, observó al muchacho que él había debutado años atrás. Terminado el encuentro, saludó a Drilo en la calle a las afueras del Granma. Justo cuando Drilo trataba de resolver en su mente el problema del viejo Bartolomé. Lo demás fue por sí solo. Le invitó una cerveza en el Bar de los Mineros y platicaron horas y horas sobre fútbol y la vida, que para ellos era prácticamente lo mismo. En el televisor jugaban los Celestes y Tanque daba un excelente juego. Los tristes recuerdos asaltaron al maestro y al alumno reencontrados, pero se hicieron la promesa de conseguir la revancha contra Tanque y los Celestes, chocaron sus tarros y sellaron aquella promesa para siempre.
Con Camacho al frente de la escuadra, Drilo recibió la oportunidad de jugar en titularidad; pero su poca experiencia, aunque por momentos era refrescante, a veces era el detonante para que su genio no pudiese ir más allá de una bonita jugada mal lograda o una que otra tonta expulsión. Solo el paso de los partidos semana a semana le dieron la prudencia que le hizo brillar más que cuando hacía siete años lo habían hecho brillar el vértigo y su habilidad. Se convirtió en una rara mezcla entre inteligencia y desenfado, su visión y capacidad para leer los juegos estaba intacta y su técnica volvía con cada golpe que le daba al balón. Pronto, el Granma empezó a registrar llenos.
A pesar de las nuevas aventuras, Drilo no dejó de entrenar a los niños, pero algo le faltaba al equipo: luego de entrar en shock por los amargos recuerdos, Luisa dejó de asistir a los entrenamientos y partidos definitivamente.
A veces, de sábado en sábado, se veía a Luisa corriendo sola cerca del río que dividía a Achéron en dos mitades urbanas exactas. Fuera de eso, la adolescente se pasaba la mitad del día en la escuela y la otra mitad encerrada en su habitación en la casa del viejo Cabo en donde navegaba durante horas en el internet a través de su teléfono móvil de última generación. Prefería, al principio, observar los vídeos de los juegos históricos de los Celestes, pero no tardó mucho en ir más hacia atrás en la historia en dónde Messi, Neymar y Cristiano le mostraron maravillas.

Cuando se acabó la década inmediata anterior a la que ella vivía, pasó al siglo pasado con Zidane, Baggio y Maradona; 

después de horas y horas ella tenía en su cabeza un apunte de todas las grandes jugadas de la historia del fútbol mundial desde los primeros registros en blanco y negro con Di Stefano y Sivori hasta el último partido de los Celestes el fin de semana anterior.

Entre todo ese aprendizaje por imitación era frustrante no tener un campo de juego y un rival y compañeros para poner en práctica todo lo que aprendía y luego fantaseaba. A lo mucho, lo que le quedaba eran horas y horas para dominar el balón en uno de los jardines de la residencia, otrora propiedad de su abuelo. No había truco de freestyle del internet que ella no pudiera lograr y superar, sin embargo, nunca le pasó por la cabeza la idea de grabarse a sí misma.
A veces, Drilo se topaba a Luisa en el supermercado, pero ella bajaba la mirada y hacía como que no lo reconocía. Otras veces le parecía verla en la grada del Granma, durante los juegos del Achéron, pero volvía a tratar de encontrarla con la vista y ella ya no estaba ahí. Mientras Drilo vivía su propio calvario de regresos y amores imposibles, Luisa pasaba por las mismas desgracias, pero en su propia situación y ambiente. Lejos del fútbol al que le habían prohibido asistir, Luisa se ensimismó y se cerró al mundo para hablar solo lo necesario. Era un estado silencioso y depresivo muy parecido al que había tenido cuando de niña había perdido a sus padres. Succed y el tío Otulio pocas veces le ponían atención y era una verdad estadística que, incluso el chofer, pasaba más tiempo con la niña que su familia (o lo que quedaba de esta).
En ese mar de desolación, un día Luisa se encontró con el estacionamiento del fallido centro comercial de Achéron. Aquel lugar había sido el sitio de moda en la década de los ochenta entre los jóvenes de aquel entonces, pero al paso de las décadas había perdido su prestigio y pronto cayó en el olvido. Como el lugar quedó intestado por sus dueños, el edificio con sus locales comerciales, antiguos restaurantes y salas de cine, se quedó de pie expuesto a la corrosión del paso del tiempo. Tenía dos grandes estacionamientos cercanos al río. Estos enormes espacios abiertos, libres de vegetación, fueron poco a poco apropiados por los nuevos jóvenes del pueblo para practicar acrobacias en bicicleta o patineta, “echar novio”, o probar psicotrópicos; pero, principalmente, para jugar fútbol que era el deporte y, al mismo tiempo, la desgracia nacional.
En ese campo se vivía cada tarde, luego de las horas de clase, una representación clásica del drama de la vida: los jóvenes ricos del residencial al norte del centro comercial, hijos de los altos mandos de la mina y de la clase comerciante del pueblo, hacían equipo contra los jóvenes de la calle del barrio pobre al sur del centro comercial, adolescentes que vivían en las calles o cuyos padres eran apenas mozos en la mina y ganaban salarios insultantes por su precariedad. Aunque varias veces los juegos entre estos dos equipos bien definidos económicamente terminaban en peleas a mano limpia, siempre todos se presentaban al día siguiente para volver a jugar el mismo drama de norte contra sur. A veces ganaban los ricos y a veces los pobres. Entre unos y otros se odiaban y al mismo tiempo se admiraban. Eran juegos en donde la figura del árbitro estaba ausente y el desarrollo normal del juego dependía de la honestidad que, por poco probable que parezca, se daba en grandes dosis dentro de esa lámina de asfalto. Era el picado del barrio en su versión más épica porque tenía el tinte de ser el sitio de Troya, no solo por el valor y gran habilidad de los guerreros que componían cada ejército, sino también por el honor que mostraban todos cada tarde. Y un día Luisa los vio jugar y se atrevió inocentemente a pedir lugar en aquella guerra
―¡¿Oigan, puedo jugar?!
Su petición hizo que el juego de esa tarde cualquiera se detuviera. La situación era simplemente anómala. Todos la miraron serios por un instante y luego pasaron a las miradas de lujuria, para casi inmediatamente desbordarse en carcajadas y burlas. Y luego, continuaron el juego. Entre la reanudación del juego Luisa pudo escuchar algunos de sus comentarios:
―Está bien buena, yo si la dejaba jugar, pero con esta.
―¡Sí, qué me juegue ésta!
Luego del rechazo que, a cualquier feminista hubiese puesto en pie de lucha, Luisa solo atinó a mirarse a sí misma: en efecto, salvo por sus zapatos tenis que nunca faltaban en su atuendo, esa tarde ella vestía como toda una muñeca.
Su depresión fue en aumento y hubiese sido trágica sino es por uno de esos maestros que no pierden la esperanza hasta lanzar el último anzuelo al desgraciado cúmulo de adolescentes que conformaban el alumnado de la escuela secundaria pública de Achéron. Era el profesor de Español y había intentado todo para hacer que la niña leyera y sacará las notas necesarias para no repetir el año. El profesor estaba tan frustrado como Luisa, pero un día un amigo le regaló a este un libro poco común: era una de esas raras biblias que hablaban del fútbol. Se impresionó de que entre tanta tirria de los intelectuales hacia el juego de las masas, alguno se hubiese atrevido a tocar el tema. El libro era muy viejo y lo firmaba un tal Villoro. Cuando el profesor se lo dio a Luisa ella no pudo entender de qué iba el chiste.

―¿Esto qué? ―le preguntó con su clásica insolencia.
―Lee la primera parte y haz un resumen, te pondré seis en el bimestre y olvidaré tus groserías.
Luisa tomó el libro y comenzó a leerlo pues la primera parte parecía muy corta lo cual hacía que el asunto fuese un buen intercambio. Al siguiente día se presentó ante el profesor y le dijo.
―Ya lo terminé. ¿No tiene otro?
El profesor fue consciente de que estaba siendo testigo de un milagro en toda regla.
―¿El resumen?
―No lo he hecho, usted dijo que tenía todo el bimestre para entregarlo. Pero mientras… ¿no tiene otro?
Y así, el profesor buscó por todos los medios libros sobre fútbol y Luisa conoció, al menos por sus letras, a Fontanarrosa, Sacheri, Galeano, Capa, José Cela, Wolf y Valdano. Cuando ya no hubo nada que darle a la niña, el profesor optó por cambiar el tema, si ya se había arriesgado con los viejos pergaminos del fútbol era justo dejar que los gigantes de la literatura probaran suerte. Así, un día el profesor le dio a Luisa un ejemplar de la obra de May Alcott.

―¿Este de qué es? ―preguntó Luisa escéptica tan solo al ver la tapa del libro que mostraba a una chica adolescente ataviada con uno de esos vestidos de salón de vals.
―Es un tema adecuado para tu edad, además está en el programa, al menos debes leer un libro que esté en el programa. ¿Puedes hacerme ese favor?
―Está bien.
―También tendrás que entregar un resumen de este.
Luisa le dio al profesor su sonrisa más insolente y recibió el libro. Dos días después estaba otra vez frente al profesor.
―¿No tiene otro del mismo tema? ―preguntó Luisa a su profesor y este la miró entusiasmado.
―¿Según tú cuál es el tema, Luisa? ¿Estás enamorada?
―¡Claro que no! Es Jo, a ella no la dejan hacer lo que quiere, pero termina saliéndose con la suya.
El profesor de Luisa comentó a todos sus colegas el milagro pedagógico que había logrado y ese fin de año Luisa acabó con un diez en Español.
―Los Celestes llevan siete puntos arriba de los Rojos, y doce sobre el tercer lugar, ¿qué probabilidades hay de que ganen el campeonato si solo faltan cuatro juegos para que termine el torneo? ―probó una vez su profesor de matemáticas cuando veían el tema de probabilidades.
―¿Qué son los carbohidratos, Luisa? Recuerda lo que hace que un jugador rinda en el campo… ―probó otro día su maestra de biología.
Y así con todos. Ese año Luisa tenía, para sorpresa de todos, su mejor año escolar desde que sus padres habían desaparecido. Además, todo ese ciclo escolar, leyó varios ejemplos más de mujeres que habían sido privadas de hacer lo que les apasionaba solo por el simple hecho de ser mujeres. Aprendió el método aplicado por esas guerreras y un día decidió poner en práctica dichos ejemplos de entereza y dignidad, pero por supuesto, lo intentó a su modo.
Una vez, a uno de los equipos que se reunían a combatir en el estacionamiento del viejo centro comercial de Achéron les faltaba uno y de la periferia un chico salió al paso. Llevaba puestos unos pantalones deportivos muy anchos y una sudadera igualmente muy holgada, una gorra escondía su corte de cabello corto y su rostro era en extremo infantil por lo que los demás le calcularon que no tenía más de catorce años. Lo dejaron jugar y de inmediato supieron que ese chico estaría ahí todos los días pues era muy bueno y ellos mismos nunca le dejarían ir. El chico nuevo driblaba como el diablo, corría y marcaba bien, tenía mucha inteligencia y visión de campo. Pronto todos quisieron saber todo de él, pero el chico era de poquísimas palabras.
―¡Es mudo! ―decían todos.
―Pero es cabrón ―apuntaban varios más.
En el juego Luisa aprendió a comunicarse con silbidos y en la vida aprendió cómo pensaban los hombres acerca de las mujeres y de todo pues, no pocas veces le preguntaban a ella sobre las nalgas o los pechos de alguna chica y ella respondía cosas como:
―Que me juegue esta ―y con una mano señalaba hacia su entrepierna aludiendo a un miembro masculino que no había.
A partir de entonces sus hábitos cambiaron para poder jugar. En primer lugar fueron desterradas de su closet todas las prendas femeninas excepto su uniforme escolar y algunas prendas íntimas. Comenzó a recorrer los bazares en busca de ropa deportiva masculina y pronto se hizo del vestuario adecuado para jugar todos los días sobre el asfalto, todo con el dinero semanal que le daba Succed. Incluso, para no correr riesgos pensó en comprar ropa interior masculina, pero le pareció tan incómoda que descartó su uso diario y se decantó por usar pantalones cortos debajo de los pantalones deportivos.
Cuando Succed observó que Luisa se había cortado el cabello como un muchacho y notó que usaba cada vez más el atuendo deportivo masculino, pensó en la fatalidad de que su sobrina se había descubierto lesbiana y comenzó a leer sobre ese tema. Los compañeros de clase, e incluso sus maestros, pensaron lo mismo al descubrirla con el cabello corto, fue solo un plus para molestarla, pero ella tomó eso como una confirmación de que su portada era eficiente. La situación solo la distanció más de sus pares y agrió la guerra que ya tenía con todos, incluso con aquellos chicos que estaban enamorados de ella en secreto y que vieron caer todas sus esperanzas al confirmar su terrible temor de que a su musa le gustaban las mujeres. Luisa jamás se tomó la molestia de corregir la creencia general acerca de su sexualidad, y alguna vez se preguntó: ―¿y qué si lo fuera? ―se examinó a si misma acerca de lo que sentía por las mujeres de su clase y confirmó, que al menos en ese ambiente, las detestaba a todas y ninguna le ocasionaba nada. Sin embargo, la duda continuaba porque tampoco sentía nada, más allá del repudio, por sus compañeros hombres. Fue la cancha de asfalto la que pronto le disipó todas sus dudas. 
Luisa se ganó el respeto de todos en esa improvisada cancha de fútbol del asfalto y fue muy feliz todo ese tiempo hasta que un día se enamoró de uno de los miembros de su equipo. El chico se llamaba Donald y era el portero y líder de los del equipo de los niños ricos para los que Luisa siempre jugaba. Donald era alto y tenía un carisma noble que difería de sus demás compañeros. Ella no soportaba estar cerca de él pues no podía aguantar las ganas de besarlo y terminar con la farsa que le permitía jugar fútbol y ser algo en la vida. Pero él era demasiado, así que un día Luisa decidió que jugaría su último partido en ese asfalto. Sin embargo, antes quería despedirse de Donald y decirle la verdad. Se preparó mentalmente una semana entera para su partido más grande. Esa tarde particular tiró diez caños (¡sí, diez!), hizo dos sombreros y nadie pudo contar los recortes, pero sí que anotó doce goles (uno de ellos de rabona) y aquello era un récord en la cancha callejera. No había árbitro que pitara el final de aquella batalla, la puesta de sol y la oscuridad eran lo que impedía continuar el juego para siempre. Cuando acordaron que la penumbra era demasiada para esa tarde, iniciaron el camino a casa, pero Luisa alcanzó a Donald…
―¡Oye, cabrón! ―le dijo entusiasmado Donald ― ¡Te cagaste en todos, culero! ¡Qué me parta un rayo! ¡Eres muy bueno, cagón!
―Gracias.
―¡Oh, y si hablas! ―bromeó Donald.
―Quiero decirte algo, espero que entiendas… ―comenzó a decir Luisa.
―¡Yo también quiero decirte algo! ¡Te lo he querido decir toda la semana! ―le respondió él ―Mañana es la prueba de las reservas de Achéron y yo voy ir a probarme. Ya me dio permiso mi papá. ¿No quieres ir? ¡Me cago, tú te quedarías sin duda en el equipo! ¿Tú qué ibas a decirme?
―Nada.
―Además, quiero que vengas esta noche a mi casa, vamos a tener una fiesta, ¿qué me dices?
Luisa quedó pasmada pues aceptar implicaba un alto riesgo. Meditó casi durante diez segundos ante un impaciente Donald y finalmente el deseo triunfó sobre la razón.
Esa noche Luisa se presentó con su ropa ancha y deportiva ante la puerta de la residencia de Donald. Cuando este la recibió no pudo evitar notar su inadecuado atuendo.
―Oye, cabro, venías a una fiesta no a jugar, aunque…
Y el deseo volvió a ganar. Donald organizó en la parte del jardín de su casa que no estaba ocupada por la fiesta un picado ambientado por música electrónica.
La pelota rodó de nuevo y Donald y Luis eran equipo como siempre.
La chica disfrutaba aquello como un idilio y se olvidó de todas las miradas de los demás invitados que eran, como ella, adolescentes. Para su fortuna, no reconoció a ninguno de su colegio que pudiera echarle a perder su juego de espía. Terminó el pequeño partido y Luis fue de nuevo un jugador destacado entre el resto, recibió felicitaciones de todos sus pares hombres y la aventura comenzó cuando llegaron las chicas de la fiesta a felicitarlo. Luisa se vio rodeada de hermosas chicas que querían saber más sobre el improvisado héroe deportivo. Ella inventó ir al baño para librarse de aquel pequeño salto a la fama y cuando regresó descubrió que su sequito de admiradoras se había cansado de esperarlo y se habían dispersado, todas excepto una. Era una chica que se miraba a todas luces era de menor edad que todas las demás. Se presentó a Luisa como la hermana de Donald y Luisa supo que tenía que ser extremadamente cuidadosa. Para fortuna de Luisa, la hermana de Donald parecía ser muy tímida y pasaron varios minutos en silencio observando la fiesta y bebiendo refresco. Donald apareció y ofreció de beber a su amigo Luis una bebida grande con mucho alcohol y ella no pudo rehusarse. Comenzó a beber y a beber y se volvió a sentir con la confianza de que todo era gozo. Incluso comenzó a hacer la plática a su joven admiradora tratando de obtener la mayor información sobre Donald y en el trayecto de esa charla, Luisa se dio cuenta de que aquella chica de apenas trece años era de buen corazón.
Luego de dos vasos con alta dosis de vodka consumidos, aparecieron nuevamente las admiradoras de Luisa y decidieron ahorrarse los protocolos.
―No tengo novia ―respondió Luisa a una de las preguntas y acto seguido, una de las chicas, la más fashion, la besó en los labios.
Luisa sintió el corto circuito y la usurpadora del beso también lo sintió, por lo que preguntó de inmediato entre sospecha y sospecha.
―¿Qué, eres gay?
Al sentirse amenazada por la pregunta, a Luisa solo se le ocurrió una vía de escape que ya no podían ser las ganas de ir al baño. La besó lo mejor que pudo, incluso corrigió el abrazarla por encima de los hombros y pasó a tomarla en sus brazos rodeando la diminuta cintura de la chica.
―Oye, lo haces bien. Eres un niño bonito, bueno para el fútbol y para besar ―dijo la chica luego de aquello y la volvió a besar.
Por encima del hombro de aquella chica Luisa observó a la hermana de Donald y notó su decepción. Dejó de besar a la chica fashion y sin mayores explicaciones se alejó de aquel frívolo grupo y se sentó nuevamente a lado de la de trece.
―Oye ―comenzó a decirle Luisa como Luis ―, perdón por dejarte sola.
―No te preocupes, yo entiendo.
―No, escucha, ellas no me importan. Si supieras la verdad… oye ¿no quieres más refresco? Yo te sirvo.
Y así, Luisa se pasó el resto de la fiesta consintiendo a la hermana menor de Donald. 
En el ocaso de la fiesta.
―Ya no soporto las pantimedias ―dijo en determinado momento la hermana de Donald.
―Sí, te comprendo ―dijo Luisa sin darse cuenta de su error.
Hubo un breve silencio.
―¿Cómo puedes saber? ―preguntó seria la hermana de Donald.
Luisa no supo que responder, pero el alcohol ya era tanto que su reacción, en vez del pánico, fue la risa sin control. Y aquella risa, de la que se contagió su enamorada, fue el escape perfecto para la duda.
―¿Te volveré a ver? ― preguntó la menor de aquellas adolescentes.
Luisa se sinceró.
―No, no puedo.
Y la hermana menor de Donald decidió que aquel era el perfecto momento para el primer beso de su vida. Luisa no la rechazó, tenía la confianza de la aprobación de la chica anterior, pero además, sintió que estaba besando la misma sangre a la que pertenecía Donald. Aquel beso fue para la amante del fútbol lo más cerca que podía estar de su príncipe azul, besar a su hermana.
Al final de la fiesta Donald estaba evidentemente ebrio. Se acercó a Luis y le dijo.
―Cabro, eres un rey, te besaste con todas. Pero mírame, no voy a permitir que a mi hermanita…
―De hecho, le dije que no podría volver a verla nunca más.
Luisa sintió el aliento etílico de Donald quién tardó un poco en articular alguna palabra.
―Gracias, cabro. Tú si eres mi amigo.
 A la siguiente mañana, Luisa despertó con una sonrisa en los labios. Recordó todo lo ocurrido la noche anterior y solo pudo reírse de todo, de la vida, del amor, de los besos, de las chicas y los chicos y del fútbol. Con toda precaución, se presentó en el Granma, pero entre el mar de chicos de entre catorce y dieciocho años no vio a Donald. Lo buscó por todos lados sin encontrar su rostro y se quedó decepcionada. Fue entonces cuando dudó en entrar al inmueble legendario, pero lo tomó como una señal del destino: la pelota había decidido por ella.

Un día los niños dejaron de ser niños y el equipo de chavales de Drilo se disolvió. Él convenció a algunos de hacer la prueba para ingresar a las reservas del F.C. Achéron, pero ninguno de los chicos se presentó. Ese año hubo tres pruebas y las dos primeras no habían sido muy halagadoras. A la tercera prueba se presentaron varios muchachos venidos de distintos pueblos de la comarca y Drilo comenzó a registrar sus nombres y a recibir sus actas de nacimiento en la puerta del estadio.
―¿Nombre?
―Julio.
―¿Julio qué?
―Verne
―¿Nombre?
―Ret Traven.
―¿Nombre?
―Luis.
―Luis ¿qué?
―Nadiani.
Al escuchar el apellido Drilo elevó la vista del papel donde apuntaba los nombres. Miró entonces la cara de un joven que le pareció conocido. Al principio no podía creerlo.
―Jefe, no diga nada. Por favor ―le dijo Luisa en voz baja a un Drilo impávido.
―¡¿Qué demonios estás haciendo?! ―preguntó asustado Drilo con la voz más baja que pudo.
―Vengo a probarme.
―¡Pero tú…! ―Drilo tomó a Luisa por la espalda y la apartó de todos los demás. Los demás chicos miraron esto con extrañeza y uno mencionó que eso era normal.
―Le está diciendo el costo de la mordida ¿ves? Para poder quedarse en el equipo.
―Luisa ―dijo Drilo en susurros ―, ¡vete de aquí antes de que… esto se empeore!
―Jefe, no me voy a ir. Solo ayúdeme. Sé que usted intentó mantenerme en el equipo, pero mi tía no me permitió ir más con usted. Ahora quiero jugar otra vez.
―Perfecto. Ve a un equipo de niñas.
―¡En Achéron no hay, Jefe!
―Pues ve a donde hay.
―Mi tía me dice que primero debo terminar la escuela.
―¡Bien, estoy de acuerdo, primero estudia!
―He repetido dos años, todavía no terminó la secundaría. Estoy jodida.
Drilo notó que el resto de los muchachos se  impacientaban. Miró a Luisa detenidamente, se había cortado el cabello y no se le notaban los pechos.
―¿Cómo te los…?
―Yo sé, Jefe. Los demás nos comienzan a mirar raro. Mejor termine con esto.
A Drilo le regresó el remordimiento de aquel gol fallado siete años antes, el gol de la paz, y pensó que podía darle esta vez la oportunidad a la muchacha; de todos modos Bartolomé no la escogería, no era tan buena y todo lo mujer que era saltaría a la vista en la cancha y así se ganaría el desprecio de todos. Era un riesgo calculado. Así, le dio la ficha y el uniforme. Aquella decisión tendría repercusiones casi cósmicas y tan importantes como aquel gol fallado por él y salvado por Tanque.
 Luisa puso una sonrisa, su típica sonrisa de cuando lograba lo que quería y Drilo tomó la supuesta acta de nacimiento que era un truco burdo y barato: la “a” de “Luisa” había sido borrada a mano con goma especial para tinta dejando una funesta y evidente mancha, Luisa había creído que el “Michel” no tenía problema pues algunos hombres llevaban ese nombre. Las fotos de Luisa no eran mejores, era evidente que, a pesar del cabello corto, había rasgos femeninos en aquel retrato tamaño infantil.
Drilo fue adentro del estadio donde se reunió con Bartolomé. Le informó que ya todos tenían su uniforme y no tardarían en salir. Uno a uno los nerviosos chicos salían, excepto Luisa y eso aliviaba a Drilo que durante un instante pensó que la niña se había arrepentido; pero ella salió al último, había esperado que todos se fueran para cambiarse de ropa.
―Bienvenidos ―comenzó Bartolomé ―ustedes están aquí para poner a prueba sus capacidades. Mi nombre es profesor Bartolomé, exjugador de este club y de los Rojos del siglo pasado. El muchacho que me acompaña hoy se llama Drilo y es jugador en activo del primer equipo. Nosotros dos los evaluaremos. Ya al estar aquí son afortunados. Esta cancha lleva mucho tiempo siendo de tercera, pero en algún tiempo fue sede de primera y los más grandes jugadores de hace cincuenta años vinieron a jugar aquí. Así que respeten este campo. ¡Este campo es sagrado! Ahora, Drilo les dirá los ejercicios de calentamiento y los organizará en escuadras. Que Dios les de fortuna.
Drilo ordenó los dos equipos y mandó a Luisa a la defensa.
La chica lanzó una mirada de ira, pero no dijo ni una sola palabra. No podía. Sentía que su dulce y femenina voz la podía delatar en el momento más feliz de su vida. En realidad, podía hablar muy similar a los muchachos hombres de su edad, pero no había que tomar riesgos innecesarios.
Un joven árbitro pitó el inicio del juego de prueba y aquella locura de veintiuno hombres y una mujer comenzó. Era algo anárquico y varios chicos mostraban cierto egoísmo pues todos querían destacar.
―El trece juega bien, apúntalo Drilo ―decía Bartolomé.
―Sí, señor Bartolomé.
―El chico defensa, mira que buen control tiene, ese, el número dos.
―¿Señor? No, ese no. Se ve muy débil. No es tan rápido.
―Recuerda, no estamos aquí para valorar cualidades físico atléticas sino talento. Queremos talento y luego les daremos fuerza.
―Sí, señor, pero ese chico… es más bajo que los demás.
―Como  Maradona  lo  era. Hay de estaturas a estaturas ¿no? ¡Mira, que buen recorte, lo disfruta, quiere irse al frente…! ¡Se va al frente! Con eso me basta, es bueno y es valiente. Apúntalo.

―Señor, no por favor. Mejor al quince, mire como controla.
―Acabas de mirar un regate Drilo y eso ya no es tan común en el fútbol, ¡¿y me dices que lo cambie por un control de pelota?! Olvídalo, muchacho, además tú no decides. Yo llevó quince años en esto y eso es más de la mitad de lo que ha durado tu vida. El número dos está dentro y punto.
―¿No lo ve un poco raro?
―¿Raro?
―Sí, la forma en cómo corre, la forma en cómo… se mueve.
―¿Qué quieres decir, Drilo?
―Bueno, afeminado.
―A mí no me parece afeminado. Y vaya que los he visto en la zona roja del pueblo, pero además déjame  decirte  una  cosa, ¿recuerdas a Cabañas Lanfang? Fue defensa de la Roja hace una década, era afeminado el muy cabrón, pero cuando te marcaba te pateaba con tal maestría que el árbitro nunca le marcaba falta. Y te querías morir del coraje y del dolor de la patada, nunca hubo un defensor tan férreo. Y el muy cabrón era afeminado, luego de enfrentarlo ya no te burlabas de él.
―Sí, era un buen jugador.
―Bueno, no me importan los afeminados, si juega y rinde, está dentro.
―¡¿Aunque fuera una mujer?!
―¡Drilo, no digas estupideces y apunta su maldito nombre en la jodida lista!
Drilo apuntó el nombre ficticio de Luisa. Ella lo había derrotado una vez más.
Al terminar el juego, se les dio la orden a los chicos de que entraran al vestidor. Luisa entró tímidamente a donde ya todos estaban con los shorts y las camisas fuera e intentó salir rápido de ahí, pero Drilo la atrapó en la entrada.
―¡Entra! Querías esto, ¿no? Ahora te lo tragarás completo.
Los chicos hacían bromas pesadas y unos estaban totalmente desnudos. El olor a hombre sudado era bastante fuerte y penetrante. Luisa se sentó en un rincón del vestidor y no se quitaba el uniforme.
―¡Oye, no te puedes quedar con el uniforme! ¡Cámbiate ya!  ―le gritó Drilo a Luisa.
Ella lo miró de nueva cuenta con desprecio, analizó la camiseta que todavía traía puesta y pensó mil formas de quitársela sin que nadie se diera cuenta de que ella era una chica. En esas tribulaciones estaba en el momento que notó que un chico alto y moreno no cesaba de mirarla. Su nerviosismo crecía cada vez más pues el chico mostraba también una lentitud enorme en terminar de vestirse. Entonces, entró el profesor Bartolomé al vestidor y anunció los nombres de los elegidos. Luisa escuchó su nombre ficticio y aquel fue el momento más feliz de su existencia.
―Si no fuiste nombrado ―terminó Bartolomé ―es porque debes esforzarte más. Por supuesto les regresaremos sus actas, pero no se rindan y regresen en seis meses. Los que fueron nombrados tienen un mes para traer el permiso de sus padres y desde mañana comienza su entrenamiento. ¿Entendieron? Nos quedaremos con sus documentos para registrarlos ante la Federación.
Drilo miró a Luisa y volvió a notarle la sonrisa en la cara. La chica estaba plena y comenzó a disfrutar el espectáculo que tenía enfrente: muchos jóvenes atléticos desnudos; algunos muy guapos. Drilo notó aquello y nuevamente la apartó para hablar con ella.
―¿Qué demonios haces? Deja de mirarlos así.
―Jefe, no se enoje ¡Me eligieron!
―¡Cállate! Es mi culpa por dejarte jugar.
―¡Jefe, fui aceptada!
―No, Luis Nadiani fue aceptado y esa persona no existe. Ahora, vete y no regreses.
―No, Jefe, debo entregar el uniforme.
La  chica  regresó  a  su  puesto  en  el  vestidor  donde  uno  a  uno  los  chicos  se desvestían sin sospechar que una mujer los disfrutaba. Pasaron los minutos y poco a poco comenzaron a irse. Finalmente, Drilo salió del vestidor y dejó a Luisa con los últimos chicos.

―Oye,  elegido.  ¿No  te  vas  a  cambiar?  ―preguntó  a  Luisa  el  chico  de  piel morena que a leguas se leía hijo de inmigrantes.
―Sí, es que estoy cansada.
Luisa cayó en cuenta de su terrible error, “cansada”. Había sido la fuerza de la costumbre y el color se le subió a la cara. Comenzó a sudar y lo peor era que el chico no dejaba de mirarla, pero ahora con más curiosidad. Por fortuna los otros no parecían haber escuchado.
―Tú eres mujer ¿no? ―le preguntó el chico de color cuando ya solo quedaban ellos dos.
Luisa no contestó, pero tampoco lo negó.
―Oye ―continuó el chico ―no te preocupes, lo hiciste bien. Tengo una hermana como tú.
―¿Cómo yo?
―Sí, por mi está bien. Pero ten cuidado, los demás no piensan lo mismo.
―¿Cómo es tu hermana?
―Pues ya sabes, machorra.
―Yo no soy machorra y si me llamas así tendremos que arreglarlo a golpes… ―dijo Luisa con más cara de asustada que de chico ofendido porque lo hubieran confundido con una mujer.
―Oye, cálmate que yo te protegeré, pero podemos intercambiar mi protección con algunos favores de tu parte.
El  chico  se  acercó  hasta  Luisa  e  intentó  meter  la  mano  en  su  entrepierna. Luisa lo recibió con una bofetada lo que supuso otro error más que confirmaba su feminidad. El chico rió y dio tiempo a que ella corrigiera su equivocación. La segunda vez cerró el puño y golpeó al chico en la cara. Este la miró con rabia y le iba a devolver el golpe…
―¡Vete a casa, ahora! ―gritó Drilo.
―Sí, señor.
―Además ni siquiera fuiste elegido ―dijo Drilo.
―Si lo fui… nos veremos mañana.
El chico tomó camino a la puerta y salió del lugar. Luisa se quedó con Drilo y soltó un suspiro de alivio sincero.
―¡¿En dónde estaba, Jefe?! ¡El tipo casi me viola!
―Eres una estúpida, ya te lo dije.
―Una estúpida aceptada en las reservas del Achéron ―dijo Luisa, mientras comenzó a quitarse la ropa comenzado por la camiseta.
―¡Oye! ¡Todavía estoy aquí!
―Sí, pero usted es mi Jefe y nuestros destinos están cruzados ¿Qué más da si me ve desnuda?
La chica se desató la venda que apretaba sus pechos y Drilo corrió a cerrar la puerta del vestidor para que nadie entrara. Ella quedó con el torso al descubierto.
Drilo se dio cuenta de que el tiempo había pasado: ella ahora tenía las caderas anchas y una linda figura aunque sus pechos no eran tan prominentes.
La chica terminó de vestirse de hombre con ropa de calle y salió del vestidor, pero antes le alcanzó a decir a Drilo.
―Sí, Jefe, así mira usted a mi tía, pero ahora soy yo.
Drilo se quedó con la boca seca. Ciertamente había sido descubierto como mirón.
Al salir, Bartolomé esperaba a Luisa. El profe le puso el alto.
―Chico, dime la verdad. Quiero la verdad.
―¿La verdad?
―Sí, toda la verdad y si me mientes va a ser peor. ¿Cuántos años tienes en realidad?
―Tengo dieciséis ―dijo Luisa totalmente aliviada.
―¿Estás seguro?
―Si…
―Juraría que eres más chico de edad. Pero ya lo veremos, tendremos que trabajar muy fuerte en lo físico contigo. Ahora vete a casa. Diste un partido enorme.
―Gracias, profesor.
Al salir del estadio, Luisa corría de alegría, nunca había estado tan feliz en la vida y la gente que la miraba solo podía contagiarse y pensar que la juventud era maravillosa.
―Seguramente la chica de sus sueños le dijo que si al muchacho que corre―dijo un viejo minero que estaba sentado al lado de otro en una banca a la orilla del río. Tenían cierta razón: la pelota le había dicho que sí a Luisa.

Al día siguiente Luisa fue la primera en llegar al Granma y pudo cambiarse el uniforme completamente a solas. Para cuando llegaron los demás ella ya estaba en el campo y dominaba un balón.
―Aprende Drilo, eso es dedicación ―le dijo Bartolomé a Drilo mientras observaban desde fuera del campo a Luisa.
―Dígame, Profe, ¿Qué opina del fútbol femenil? ―le preguntó Drilo a Bartolomé.
―¿Qué? ¿De qué hablas? ¿Por qué la pregunta?
―¿Hay equipos femeniles en la liga?
―¿Para qué quieres saber eso? Solo los Rojos y otros dos equipos de primera tienen un equipo en la liga de mujeres. Es un intento inútil, las mujeres no debe jugar, no saben.
―Yo sé de una que sí sabe ―dijo Drilo sin dejar de mirar a Luisa desde lejos.
―Bueno, ¿y quién es? ―preguntó curioso Bartolomé.
Drilo no dejó de mirar a Luisa que dominaba el balón en el medio del campo.
―Estás bromeando, ¿verdad? ―dijo el profe Bartolomé que en su cabeza ató varios cabos.
―No ―dijo Drilo.
―¡Santa madre de Dios! ¡Hay que avisar a sus padres!
―No tiene padres y la que se hace cargo de ella está en la oficina del estadio en este momento.
―¿La señorita Succed?
―Luis Nadiani, es muy tonta al no cambiar su apellido. Ahora que lo sabe, debe aceptar que yo se lo dije.
―Pero lo sabías ¡y no me lo dijiste!
―Si se lo dije, Profe, pero usted no me entendió. ¿Qué haremos?
El profesor Bartolomé pensó por instante, no podía creer que aquella maravilla de talento fuera una mujer.
―Hablaremos con ella al final del entrenamiento.
―¡¿La dejará entrenar?!
―Tengo curiosidad.
El entrenamiento de ese día fue particularmente cansado y exigente. Luisa superó todas las pruebas y solo se notaba por debajo de los demás cuando de cargar al rival se trataba.  Fuera de eso, en velocidad, visión de juego, drible, robo de balón e idea futbolística y táctica, respondía al nivel del resto o mejor. Al final, se armó un interescuadras donde jugaron los nuevos reservas seleccionados el día anterior contra los que ya llevaban un año en el equipo. Ella tomaba la pelota y la retenía mucho, hacía jugadas increíbles, pero retenía demasiado la pelota. Sus compañeros se enojaban con ella y los rivales la castigaban; la castigaban demasiado. En una jugada nuevamente tomó la pelota y se quitó a un rival, inmediatamente salió otro a hacer la cobertura y se le barrió muy fuerte a los pies. El chico se llevó de corbata a Luisa que ya estaba muy molesta de que la estuvieran aporreando. Entonces ella se levantó de manera brusca y…
―¿¡Qué te pasa, imbécil!?
―¿Qué me pasa de qué? Fue a la pelota ―respondió el chico.
―¡¿A la pelota?! ¡Me doblaste el tobillo! ―reclamó ella con enojo.
―¡Este es juego de hombres, no te quejes! ¡Además si no retuvieras tanto el balón no pasarías por esto! Aquí no hay lugar para los lucidos.
El primero en acercarse fue el chico moreno con intenciones dudosas del día anterior.
―¡Oye, calmado! ―le dijo al defensa infractor colocándose en el medio de Luisa y él.
―¡Tú vete de aquí! ¡No quiero tu ayuda! ―le dijo Luisa al chico moreno.
Drilo y Bartolomé llegaron casi un segundo después a calmar los ánimos y ya todos los chicos rodeaban a Luisa. Estaban ansiosos por ver una pelea.
―Apártense, Luis Nadiani, vete al vestidor ahora ―ordenó Bartolomé.
―¡Yo no hice nada!
El profe Bartolomé levantó la voz por primera vez en mucho tiempo. Era evidente que el asunto de tener una intrusa lo estresaba.
―¡Si, justamente no has hecho nada! ¡Te la pasas reteniendo la pelota y no se la das a tus compañeros! ¡Eres egoísta y se nota que jamás has jugado en equipo! Ellos tienen razón, si retienes tanto, al menos prepárate para ser cocinado por los defensas y no hagas berrinche.
―Todavía estás muy chico para jugar con hombres, bebe ―dijo con desdén a Luisa el chico que le había cometido la falta.
Entonces todos voltearon a ver a Luisa que empezó, muy a pesar de su esfuerzo, a llorar.
―No lo hagas ―le pidió Drilo que veía que todo el teatro llegaba a su fin.
―¡¿Está llorando!? ¡No me jodas! ―dijo el defensa.
―Déjalo, es más chico que tú ―dijo otro de los chicos―, además hasta le sacaste sangre.
Todos miraron el pantalón corto de Luisa que era blanco como el de todos los demás.
En su temprana pubertad, Luisa había aprendido lo que debía saber del uso de los tampones de parte de una de las señoras de la vecindad que tuvieron la compasión de atender a la niña sin padres. Esa señora era la señora García y notó desde siempre que Luisa era descuidada hasta en eso del flujo menstrual. Frecuentemente, la señora García encontraba la ropa de la adolescente manchada de sangre en el recipiente de la ropa sucia. Varias veces la corrigió, pero Luisa solo tenía mente para jugar fútbol. Esa mañana de entrenamiento, ella había cometido el error básico de orinar, retirar el tampón y darse cuenta de que no llevaba consigo otro de repuesto. Sabía que ese día tocaba, pero como el tampón retirado estaba sin evidencia de flujo, se confió en que este aún no bajaba o que sería muy poco, así le había ocurrido en otras ocasiones. Con esa confianza en lo que no ocurría y no podía ocurrir, salió del baño de hombres del estadio rumbo al entrenamiento y solo hasta que miró su pantalón corto con la mancha de sangre en su entrepierna recordó que la peor de las suertes si podía ocurrir. Miró a Drilo y se arrepintió horriblemente, como le pasaba muchas otras veces de haber visto venir las cosas y no haber hecho nada para evitarlas.
―!Perdóneme,  Jefe! ―le dijo Luisa a Drilo, comprendiendo lo mismo, que el telón había caído. Al mismo tiempo todos buscaban inútilmente la herida de donde aquella sangre había salido.
―¡No me jodas! ¡Le pegué en su tobillo no arriba! ―se defendía el defensa.
―¡Imbéciles, es una mujer! ―gritó el chico moreno que la había acosado el día anterior. Comenzaron los rumores: él chico era una mujer. Bartolomé abrazó a Luisa y la sacó de ahí de inmediato. Drilo corrió detrás de ellos, pero antes trató de explicar lo inexplicable al resto del equipo.
―Nosotros tampoco lo sabíamos, ¡y nadie dice nada de esto! ¡¿De acuerdo?! ―les dijo y corrió a alcanzar a Bartolomé y Luisa.
Luisa estaba otra vez en shock, justo como hacía dos años atrás.
Bartolomé le dio una frazada y le ofreció un té caliente. Todo esto ocurría en la entrada del pasillo que daba de los vestidores a la cancha.
Cuando Drilo los alcanzó, Bartolomé le dijo que se quedara con ella y salió otra vez al campo para indicarles a los demás que el entrenamiento había terminado.
―Caballeros ―comenzó Bartolomé―, hoy ustedes han sido testigos de las tremendas ganas de vivir que puede llegar a tener un ser humano. Yo nunca vi una prueba de valor tan grande como la que hoy he visto, pero siempre, lamentablemente, lo inevitable nos alcanza. Si les pregunto a ustedes si ella juega bien, porque sí, es ella, ustedes me dirán que sí. Honremos eso y nunca digamos a nadie lo que hoy pasó aquí. Ustedes deben jurarlo por sus madres, por esta cancha y por este juego tan digno y hermoso que tanto nos alegra el alma. Deben jurarlo por su hombría… ¡Júrenlo!
Y todos juraron en medio de la sorpresa.
―Ahora pueden irse.
―Oiga, entrenador ―preguntó el defensa infractor ―, ¿de verdad no puede ella quedarse en el equipo?
Bartolomé se lamentó:
―Ojalá pudiera ¿no?
 Los chicos del equipo pasaron uno a uno enfrente de Luisa que estaba sentada en una banca en el pasillo custodiada por Drilo. Todos la miraban con curiosidad,  pero el chico moreno pasó sin siquiera voltearla a ver, era el único que ya no parecía estar fascinado con el caso. Entonces, llegó el defensa que le había cometido la falta, estaba rodeado por varios de sus compañeros y aún tenía sudor en su frente. Drilo lo miró autoritariamente para advertirle que sus burlas no serían bien recibidas.
―Oye ―le dijo a Luisa ―, perdón. No sabía.
El chico pareció continuar su camino, pero nuevamente se detuvo.
―¿Sabes? Juegas muy bien.
Los demás chicos que lo rodeaban lo secundaron y uno que otro aplaudió. Uno hasta se atrevió  a darle una palmada de ánimo en la espalda a Luisa y se alejó rápidamente.
Todo ese tiempo Luisa continuó con la vista abajo, pero cuando los chicos se perdieron por el pasillo en medio de sus risas y vítores, ella tenía otra vez esa sonrisa pícara en su cara.
A Drilo le alivió ver eso. Al poco rato se les unió el viejo Bartolomé y le dio en mano a Luisa su registro sellado por la Federación…
―¿¡Tan rápido!? ―preguntó asustado Drilo.
―A veces los burócratas si trabajan, pero la verdad es que ya estábamos en el límite de tiempo y los mandamos ayer mismo y hoy nos los entregaron ―explicó Bartolomé.
―¡Entonces está oficialmente registrada! ―dijo Drilo.
―¡Podré jugar! ―exclamó Luisa entusiasmada.
Bartolomé puso cara sería.
―Mujer ―comenzó a decir Bartolomé―, la identidad falsa que presentaste está registrada, pero no puedes pedirnos que continuemos con esto pues no podemos. Sé que si me ruegas a mí podrías convencerme de la misma manera en que me imagino convenciste a Drilo ―el aludido bajó la cabeza lleno de vergüenza―, por eso he tomado la precaución de entregarte a alguien a quien nunca podrías convencer.
 Por el pasillo apareció Succed con el semblante visiblemente molesto.
―Vámonos Luisa ―dijo Succed sin mirar a Drilo o a Bartolomé y solo concentrada en la niña.
―Yo me quiero quedar aquí con el Jefe ―dijo mientras abrazaba a Drilo. Succed miró a Drilo con una mezcla de sorpresa y enojo.
―Vámonos, estás escurriendo la menstruación en el pasillo de un estadio de fútbol ―dijo Succed evidentemente fuera de sus casillas.
―¿Qué lindo, no? ―contestó la adolescente sarcásticamente y abrazó más fuerte a Drilo que a su vez no sabía qué hacer.
―Oye, Luisa, ve a casa, Drilo tiene que entrenar. Ya pronto llegan los del primer equipo. Debes irte ―dijo el profesor Bartolomé a Luisa con toda la ternura de que fue capaz.
―Creo que la solución es buscarle un equipo de fútbol de damas ―dijo Drilo.
―¡Usted cállese! ―ordenó Succed a Drilo ―¡Nada de equipos de fútbol porque ella debe terminar la escuela en la que por cierto va muy mal!
―Lo sé, pero en este caso el deporte podría ayudarla…
―¿Ahora usted hace de psicólogo, señor Drilo? Dígame ¿usted terminó la secundaría?
Drilo sabía que esas palabras eran para agredirlo y se sintió tan incómodo por la situación que pensó en contestar a su patrona de forma grosera, pero se contuvo por puro respeto y enamoramiento.
En ese mismo momento llegaron los jugadores del primer equipo por el mismo pasillo por el que había entrado Succed. Todos llevaban el uniforme oficial del equipo y algunos traían balones en la mano. Vieron que su jefa estaba ahí junto a Drilo y al profesor Bartolomé en lo que parecía ser un drama de telenovela, pero nadie se atrevió a decir nada.
Luisa dejó de abrazar a Drilo y se levantó. Tomó una pelota que estaba en el suelo.
―Solo por hacerte enojar, voy a jugar fútbol toda mi vida ―le dijo ―. ¿Ves la portería desde aquí? Voy a pegarle al larguero para que veas que tan buena soy.
Bartolomé analizó el reto de la chica y lo consideró imposible, eran unos cincuenta metros y el ángulo desde la entrada del pasillo a la cancha no era el mejor, aquello era bastante difícil y digno de un crack. Los jugadores del primer equipo también pensaron lo mismo. Drilo seguía sin saber qué hacer.
Luisa dejó votar la pelota y le pegó con su pierna derecha, la pelota viajó por los aires y era evidente que, al menos, llegaría a la portería. Pasó rozando el poste horizontal, pero no le dio por muy pocos centímetros. Luisa estaba frustrada. Miró hacia atrás y vio que uno de los jugadores le ofreció otra pelota. La tomó y nuevamente la impulsó hasta la portería norte del Granma. Nuevamente pasó cerca, pero no lo logró. Otro jugador le pasó otra pelota y nuevamente lo intentó, esta vez su tiro quedó muy lejos, varios rieron… otro jugador iba a darle otra pelota, pero Succed se lo impidió ya que estaba más que furiosa.
La presidenta del equipo tomó  por  la  mano  a  Luisa  y  forcejeó  con  ella.  Drilo  intervino  y  trató  de calmarlas. Nuevamente Luisa lo abrazó y eso lo aprovecho Drilo para hacerla caminar hacia afuera del estadio.
Succed los siguió de cerca y en el camino se encontraron con Camacho. El viejo entrenador saludó a Drilo y no se atrevió a preguntar por qué un chico de las reservas lo abrazaba y sollozaba mientras que la jefa los seguía detrás visiblemente molesta. Cuando Camacho se encontró con sus jugadores observó que ellos pateaban balones a la portería desde el final de aquel pasillo tratando de atinarle al larguero. Clavó su vista el viejo Bartolomé y le preguntó qué ocurría ahí. Bartolomé le contó todos los detalles que sabía.
Afuera, Succed pidió un taxi y Drilo depositó a Luisa en el asiento trasero del mismo.
―Jefe, venga conmigo ―le rogó la chica.
―No puedo, tengo que entrenar.
―Perdón, Jefe, lo jodí todo otra vez, soy una idiota.
―Cálmate ya, debes de dejar de decirte esas cosas. Encontraremos una solución.
―La solución Drilo será que usted se aleje de ella definitivamente. No voy a acusarlo por perversión de menores esta vez, pero si se le acerca otra vez no dudaré en hacerlo.
Finalmente Drilo perdió la paciencia.

―¡Jódase! ¡No, ahora usted escuche! Yo no la busco. Ella llegó aquí por su propio pie. Ella es la que quiere jugar y además usted una vez me la encargó para guiarla en el fútbol hace tres años. Bueno, ahora déjeme hacer lo que me pidió.
―¿Cree que ella tendrá futuro en el fútbol, Drilo? ¿Cree que ella puede formar parte del F.C. Achéron?, ¿De los Rojos? ¿De los Celestes? ¡Es una mujer, insensato! ¡A ella nunca le pagarán los inflados salarios que cobran ustedes los futbolistas hombres! ¡A ella jamás la buscarán las marcas comerciales para hacer televisión! ¡En este país las mujeres hemos perdido desde siempre y usted quiere que yo la deje jugar para que se burlen de ella como hicieron sus compañeros hace un momento en el pasillo! ¡Usted Drilo es… es… es un idiota! ¡Jódase, usted!

Succed subió al taxi y dejó a Drilo sin respuesta. Cuando el joven regresó al entrenamiento todos sus compañeros lo miraban, pero nadie, ni Camacho, le dijeron nada. Mientras entrenaba Drilo  pensó una cosa: que había tenido mucha suerte de ser hombre.

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