Luisa fue la primera mujer de la historia en ser registrada en una liga
de fútbol asociación oficial, avalada por la FIFA y exclusiva para varones,
pero por supuesto nadie en el mundo se enteró pues los treinta jugadores que
fueron testigos de su fracaso, al modo de debut y despedida, cumplieron cabalmente
con su juramento de jamás decir absolutamente nada sobre ella.
Succed tampoco tuvo intenciones de denunciar a su propia sobrina y así,
Luis Nadiani nunca pudo debutar en el fútbol profesional. Lo absurdo e
impresionante del hecho se lo quedaron todos aquellos pocos testigos y por
muchos años pensaron que aquello se lo llevarían a la tumba.
Luisa en cambio, se quedó con la satisfacción propia, pero nunca se
atrevió a contar a nadie lo que había ocurrido, en cierta forma le daba
vergüenza y ella solo lo hubiera considerado un éxito completo si hubiese
logrado mantener la mentira lo suficiente para jugar al menos un partido
oficial, pero no pudo. Lo que si recibió fue otro tremendo castigo: cuatro
meses sin salir sola a la calle, de esa forma solo podía salir acompañada de su
chofer y únicamente éste la podía llevar a la escuela o la biblioteca, fueron
cuatro meses terribles para ella que regresó a su estado vegetativo y
antisocial con el jardín de la casa como el único sitio donde podía pasar horas
con un balón.
Drilo por su parte, se sentía como cuando se había enterado de que
había fallado el gol de la paz, aquel que Tanque le había robado junto con su
rodilla, y estaba desolado. Para colmo, su primera temporada en el Achéron era
un completo desastre y la gente comenzaba a perderle la paciencia a pesar de
sus dribles y dotes de habilidad. El equipo terminó el torneo lo más digno que
pudo y salvó el descenso a la cuarta categoría de milagro. Por extraño que
parezca no hubo prisa, la directiva estaba tan acostumbrada a perder que
aquella mala temporada no caló ni hizo a nadie tomar decisiones estúpidas; al
contrario, la continuidad y la confianza en el trabajo se impusieron y Drilo se
subió a esa ola de entusiasmo que era más parecida a la fe que a una certeza
lógica.
Luisa, luego de sus cuatro meses de reclusión, continuó en la tristeza
infinita y la aderezó con adrenalina y otras sustancias no legales ni
naturales. Luego de que le levantaron el castigo, descubrió que en Achéron
había una serie de bares que en sus inicios habían sido dedicados a los
mineros, pero que con el crecimiento de la población joven se habían adaptado a
la corta edad de los nuevos consumidores, actualizando su repertorio musical e
incluyendo aparatos de karaoke. Esos bares representaban la principal diversión
de toda una serie de jóvenes aburridos e insatisfechos con la vida que
compraban droga al por mayor en las calles oscuras donde se localizaban esos
establecimientos. Ahí, pudo hacer por fin algunos “amigos y amigas” entre las
prostitutas, los adictos y los drillers. En la bancarrota emocional en
la que se encontraba, fue presa fácil de los buitres del deseo que con muy poco
esfuerzo la convencían de llegar a primera, a segunda y hasta la tercera base
sin poder jamás llegar al clímax de la relación sexual pues, o estaban tan
borrachos o tan drogados, que los pobres se venían antes, se quedaban dormidos
o simplemente preferían una dosis más que los enfriaba. Con las chicas era
diferente. Luego de aprender a besar féminas en la fiesta de Donald, ya nada la
asustaba, y además, las mujeres eran mucho más creativas y estaban más
enfocadas en su objetivo que los machos. En ese asunto lésbico el problema era
la propia Luisa que no acababa de sentirse realmente atraída por alguna mujer,
parecía que aquello no era lo suyo y eso frustraba los esfuerzos de las pocas
chicas que la cortejaron en la zona de bares de Achéron.
―Primero decide, luego vemos ― le dijo alguna vez una de esas chicas.
Así, desorientada, frustrada y con la excitación de su primera línea de
cocaína en su vida, se encontró un día con la cochera donde su abuelo había
guardado diez automóviles de colección. Parte de la tarea del chofer de la
familia era mantener esos automóviles en funcionamiento pues Succed los quería
en buen estado por si se presentaba una emergencia. Además, uno de los
entretenimientos del chofer ante su aburrida rutina había sido, sin que Succed
se enterara, enseñar a Luisa a conducir. De esa forma, Luisa robó uno de esos
autos un día que su tía no estaba y que el chofer de la familia se había
quedado dormido por una severa borrachera (en Achéron el alcoholismo era la
regla). A bordo de un Aston Martin convertible, recorrió la avenida solitaria
que unía su casa con la mina de sal y entró luego al boulevard de Achéron con
sus grandes árboles, su camellón y las tiendas de ropa.
Le encantó cómo la
gente la miraba pasar a bordo de su potente automóvil. Luego de dar unas
vueltas por el centro del pueblo, que no era para nada algo notable ni
turísticamente aceptable, decidió dejarse llevar por la nostalgia e hizo camino
hacia el viejo estadio Granma. Ahí, estacionó el automóvil a la entrada del estadio
y lo observó con cariño pues, al fin y al cabo, ese había sido el escenario del
más grande triunfo que había tenido en su corta vida. En esa paz, decidió dar
la segunda inhalación a la bolsita de cocaína que llevaba en su bolsillo. En
ese momento, por la puerta principal comenzaron a salir los jugadores del
primer equipo que justo terminaban su entrenamiento. Los observó desfilar hasta
sus modestos automóviles, el de ella era por supuesto mucho más caro y mejor.
Drilo estaba acompañado de otros jugadores cuando Luisa lo vio desde
lejos. Él notó aquella figura conocida y se quedó como estatua, sabía que Luisa
tenía prohibido acercarse al estadio y también sabía que Succed estaba en su
oficina, imaginaba que aquello podía ser el detonante de otro drama de esos que
a él le causaban muchísima angustia. Los compañeros de Drilo se quedaron igual
de impávidos en el momento en que la chica decidió salir del auto e ir al
encuentro de Drilo.
Luisa ya no era la chico-chica de hacía cinco meses atrás, había regresado
a vestirse de manera normal según los parámetros de su tía y esa tarde llevaba
simplemente unos vaqueros ajustados y una blusa en trama de cuadros, pero solo
eso necesitaba para llamar la atención de los hombres que la veían pasar. Por
supuesto, ya no tenía el cabello corto, le había crecido, pero ahora se lo
teñía con mechas de colores de fantasía como hacían las chicas que asistían a
la zona de bares de Achéron, el color de ese mes era verde y eso le daba el
toque final a su aspecto juvenil, ya no quedaba mucho de fútbol en esos 17 años
de mujer y el automóvil alcanzaba para recordarles a todos que ella era la
descendiente de los patrones.
―Drilo ―dijo uno de los jugadores antes de que Luisa estuviera cerca de
ellos ―, creo que tienes algo que resolver ahí. ¡Buena suerte!
Luisa se plantó enfrente del nuevo astro del modesto F.C. Achéron y con
una sonrisa lo abrazó como si de un familiar se tratara. Entre ese abrazó Drilo
trató de recobrar la razón.
―¡¿Qué haces aquí!? ―le preguntó asustado.
―Hola, Jefe. Yo también estoy feliz de verlo ―le respondió ella sin
dejar de sonreír.
―Oye, tú no debes estar aquí y menos cerca de mí, ¡te prohibieron estar
cerca de mí!
―¿No quiere dar un paseo? Ande, lo llevo a su casa ―dijo Luisa. Acto
seguido, jaló por el brazo a Drilo que opuso cero resistencia. El resto de los
jugadores que miraban solo podían pensar en lo afortunado que era Drilo…
―Pues qué te puedo decir, así de bien les va a los delanteros. Los
defensas nunca podríamos tener una mujer así… ―le decía el defensa central al
portero.
―¿Sabes manejar? ―preguntó Drilo.
―Aprendí hoy ―mintió entre risas la chica y aceleró tan súbitamente que
el motor protestó y las llantas rechinaron. Así comenzó el paseo más imprudente
que jamás había visto la aburrida localidad de Achéron. Drilo pedía a gritos a
Luisa que bajara la velocidad, al principio le preocupaba que la policía los
detuviera, pero luego su preocupación pasó a ser más primaria: conservar la
vida.
―¡¡¡Baja la maldita velocidad, vas a matarnos!!!
Luisa descendió la velocidad al cruzar el puente del río, ese puente
era la única cosa centenaria que quedaba en el pueblo, incluso el viejo Granma
era más joven. Luego tomó camino rumbo a la bahía que era una extensión estéril
de sal que deprimía a todo aquel que la miraba largo rato pues en esa planicie
quedaban las ruinas del viejo Achéron en el que habían vivido los primeros
inmigrantes franceses y que había sido destruido a finales del siglo XIX por un
terremoto con su tsunami incluido. Las ruinas de la vieja catedral aún seguían
en pie quemándose al sol y a la sal. Ya no había rastro del trazo de las
calles, pero se asomaba en cada ventana de las casas abandonadas ese sabor a
sobrenaturalidad y tragedia que todos los pueblos fantasmas emanan.
―Me gusta este lugar, Jefe ―dijo Luisa al estacionar el automóvil luego
de haber recorrido un camino de terracería insulso que era lo único que
conectaba a Achéron con su pasado de muerte y destrucción.
―¡¿Te gusta aquí?! ¡Aquí murieron miles de personas! ¡A nadie le puede
gustar estar aquí! ¡Este lugar es horrible y frío! ―protestaba Drilo visiblemente molesto.
En efecto, en esa bahía abierta al viento, el frío calaba hasta los
huesos mientras iba cayendo la tarde. El agua no ayudaba pues era de esas
corrientes que bajan de los polos helados, además aquella tarde estaba
particularmente ventosa lo que agitaba el agua del océano de una forma
amenazante.
―Pues a mí me gusta.
―¡Porque estás loca! ¡Siempre lo has estado! ¡Casi nos matas ahí atrás!
―Perdón, Jefe.
―Dijiste que me llevarías a mi casa.
―Solo quería darle las gracias por haberme ayudado. Aunque todo salió
mal.
―¡Porque no podía salir bien! ¿¡Entiendes?!
―Oiga, Jefe. Ya cálmese por favor.
Drilo obedeció. Se quedó callado y gracias a eso, la angustia de
sentirse casi muerto en un accidente automovilístico se le pasó.
―No tienes nada que agradecer, pero deberías ser más sensata ―dijo el
astro ya más tranquilo.
Luisa sacó un cigarrillo y le ofreció uno a Drilo, este no lo aceptó,
no fumaba ya y todavía estaba molesto. Luisa terminó el cigarrillo y se dio la
vuelta sobre el asiento del conductor para buscar en el asiento trasero del
auto su chaqueta de cuero pues el frío que acompañaba al ocaso se sentía cada
vez más intenso.
―¡Oiga! Sé de un lugar donde el tramonto se ve muy lindo.
¿Quiere ir?
Drilo volteó a mirar a Luisa que buscaba su chamarra y ahí se encontró
con el paisaje del trasero de aquella joven. El futbolista se sonrojo y de
inmediato volteó hacia otro lado.
―Solo llévame a casa o tendremos problemas.
―Ya no somos unos niños, Jefe.
―¡Tú si eres una niña! Peor aún, te comportas como un bebé.
Luisa no hizo caso a Drilo, encendió el motor del automóvil y lo manejó
otro rato por la terracería, se detuvo en una zona de acantilados relativamente
abruptos donde las gaviotas hacían gustosas sus nidos y donde las olas del
océano se divertían milenio a milenio chocando una y otra vez contra las frías
rocas de aquellas paredes verticales. Ese lugar estaba muy lejos de la somera
bahía y en efecto, como pudo comprobar Drilo, desde ahí el ocaso se observaba
espectacular.
Luisa sacó de su bolso otra bolsita transparente que contenía el polvo
blanco como los dientes de su sonrisa.
―¿No quiere? ―ofreció a Drilo.
―¿Qué es eso?
―¡¿Cómo que qué es eso, Jefe?! ¡Es obvio!
Drilo recordó las películas de
gánsteres que hacía mucho tiempo habían dejado de estar moda y solo las pasaban
en la televisión en horarios de noctámbulos, entonces una expresión de terror
se le dibujó en el rostro y…
―¡Eso no está bien! ―tomó la bolsita y la arrojó lejos.
―¡Oiga, eso me costó caro!
―¡¿Estás orate?! ¡Esa cosa no te va a ayudar en nada! ¡Esa cosa te va
a…!
―¡¿Y qué si me mata?! ¡Me haría un tremendo favor!
Luisa cayó por un tobogán emocional con destino al pasado, un pasado
que a ella no le gustaba y que la devastaba cada vez que aparecía en su mente.
Drilo notó que la chica ahora
estaba perturbada y trató nuevamente de calmar las cosas.
―Oye, tranquila. Esas cosas no te harán bien. Por ejemplo, afectarán tu
rendimiento deportivo…
―Yo no tengo ningún rendimiento deportivo, Jefe. Usted es el
deportista, no yo.
Después de un minuto de silencio una idea le llegó a Drilo, era una
idea muy simple, pero decidió tratar.
―Si dejas esas cosas, incluyendo el cigarro, y consigues otras diez
mujeres que quieran jugar, yo mismo las entrenaré. Así volverás a jugar, que es
lo que yo creo te gusta.
Luisa volteó a ver a Drilo y ahora ella tenía una sonrisa en el rostro.
Le dio su bolso a Drilo en las manos…
―Está bien, Jefe. Es un trato.
―Además, tendrás que seguir yendo a la escuela y hacerlo bien ahí.
¿Para qué me das tu bolso?
―Mire dentro…
El bolso no contenía maquillaje ni pañuelos, no había un teléfono
celular ni una agenda, no había espacio para esas cosas mundanas porque todo el
bolso estaba lleno de bolsitas con cocaína.
―¡Dios mío! ―dijo Drilo.
Luisa dijo a Drilo que haría todo lo que él decía si además daba
solamente una inhalada al polvo. El jugador aceptó con la única esperanza de
cerrar ese compromiso. Él no sintió gran cosa al principio luego de probar el
psicotrópico.
Luisa entonces lo abrazó y comenzó a tratar de besarlo.
Él intentó rechazarla, pero su resistencia fue infructuosa.
Luisa activó el dispositivo que automáticamente cerraba el techo del
descapotable y en el incómodo asiento trasero de aquel deportivo de carreras,
ella perdió la virginidad. Drilo tenía bastante más experiencia que se
remontaba a sus años en la escuela secundaria que nunca acabó y a las noches de
juerga que vivió en la capital durante el poco tiempo en que fue futbolista
profesional de los Rojos.
No les tomó mucho tiempo disfrutarse pues la excitación de la droga les
ayudó con el regate al pudor, las buenas costumbres y el hecho de saberse en un
triángulo amoroso.
Luego de unos minutos de paz, el efecto de la droga comenzó a
desvanecerse en Luisa y quiso tomar otra bolsita de cocaína de su bolso. Drilo
se dio cuenta e intempestivamente arrebató a Luisa el bolso con la droga, salió
del auto y tiró el bolso y su contenido al mar.
Luisa no se molestó, al contrario, rió efusivamente. Luego puso en
punto muerto el automóvil y comenzó a empujarlo, pero no era tan sencillo para
ella…
―¿Qué vas a hacer? ―preguntó Drilo totalmente confundido.
―¡Ayúdeme, Jefe! ¡Está pesado!
―¡De ninguna manera! ―dijo Drilo cuando entendió lo que Luisa quería
hacer, pero era demasiado tarde, la ligera pendiente que coronaba el escarpe
del acantilado fue suficiente para que el automóvil se precipitara directo hacia
el vacío. El Aston Martin cayó cincuenta metros antes de impactarse contra el
agua del mar. El estruendo fue espantoso.
―¡Estás loca! ¡Estás totalmente zafada de un tornillo! ―gritó Drilo más
extasiado que asustado.
―¡Al diablo, Jefe! ¡Hoy comienza algo nuevo! ¡Estoy feliz!
―¿¡Y por eso tenías que destruir el automóvil!? ¡Podía haber muerto
alguien!
―Tranquilo, Jefe. No creo que las gaviotas o los peces nos reclamen.
―¡Es ilegal arrojar un auto al mar!
―Quizás, pero fue lindo ¿no?
Luisa ya estaba frente a Drilo que no salía de su histeria. Ella
comenzó a observar detenidamente el rostro de él, su nariz recta, sus labios
poco prominentes, su piel curtida por tantos años de vivir en un pueblo
condenado por la sal, sus cabellera rizada, corta pero abundante y
principalmente sus ojos, Drilo tenía una linda mirada y eso no se podía
discutir.
―¡Definitivamente estás loca!
Y Luisa lo besó. Él aceptó, pero unos segundos después recuperó algo de
cordura por el frío de la intemperie..
―Detente ―dijo Drilo.
―Perdóneme ―le respondió ella.
―Esto no está bien ―comenzó a decir Drilo ―, no está bien que estemos
aquí, no está bien que tomes drogas, no está bien que… que nos besemos… ¡Por
dios, tú eres como mi alumna! ¡Te conocí cuando eras una niña!
―Usted no está tan viejo y además la historia del maestro con la alumna
es muy común―reclamó Luisa y su voz quebrada hizo saber a Drilo que ella
hablaba en serio. Eso hizo que el jugador nuevamente bajara la intensidad de su
estado de ánimo. Se acercó hasta ella y la abrazó.
―Vámonos, tenemos una larga caminata que hacer.
―Soy una tonta, Jefe.
―No, no te preocupes. Todo va a salir bien.
―Dejé mi chamarra en el automóvil.
Drilo notó que, en efecto, Luisa moría de frío y en un acto de
caballerosidad totalmente predecible, él se quitó su chaqueta y se la puso a
Luisa y así, abrazados, comenzaron la larga caminata hasta el pueblo en medio
de la noche y escoltados por las estrellas.
En ese tiempo de marcha a pie Luisa le contó la historia de su vida, su
versión al menos, que era muy diferente a la del Gobierno Militar o a la de la
prensa. Drilo también le platicó sobre cómo era la vida de un jugador
profesional y sobre lo maravilloso que era jugar en el estadio Nacional.
Llegaron al pueblo y Drilo pidió un taxi para Luisa…
―Entonces buscaré diez mujeres y usted nos entrenará. Todo será
grandioso.
―Sí, primero encuéntralas y nunca digas lo que pasó aquí a nadie ―dijo
Drilo.
La primera condición era muy
alta pues si Luisa lograba encontrar tan solo a una mujer en Achéron que
quisiera jugar, eso ya sería un logro enorme; encontrar diez era otra historia
que rayaba en lo utópico, pero también cayó en cuenta de que esa búsqueda
mantendría ocupada y fuera de las drogas a Luisa, o al menos esa esperanza se
le creó. La segunda condición era más fácil, pues ella no tenía ninguna
intención de contar aquello a nadie, al menos no hasta que le fuera útil para
algo.
En realidad, Luisa no estaba enganchada con las drogas como Drilo
pensaba, aquella tremenda cantidad de cocaína que había comprado habría sido su
primera dosis, pero había sido embaucada por el driller y le había
comprado coca barata a un precio muy por encima de su costo real. Y es que,
Luisa era realmente inocente en aquellos negocios y aunque disfrutaba de la
mariguana y sus efectos relajantes, realmente tenía miedo de meterse más a
fondo en las otras cosas que le ofrecían como la coca o la heroína. Toda su
ignorancia quedó comprobada cuando le preguntó al driller cómo se fumaba
la coca y él tuvo explicarle cómo se hacía.
―Me va a ser difícil ―aceptó Luisa desde dentro del taxi―, casi no
tengo amigas. Las mujeres que conozco están muy drogadas para jugar fútbol. Soy
una solitaria, Jefe, siempre lo he sido.
―Tú busca, seguramente encontrarás ―mintió Drilo y cerró la puerta del
taxi. Esa noche, Luisa durmió como un bebé y Drilo no pudo dormir pues pensaba
en aquel beso, en aquel sexo y en el cuerpo completo de Luisa.
Esa noche también, la policía tocó a la puerta de la casa del viejo
Cabo y le informaron a Succed sobre el hallazgo de su automóvil destrozado.
Luisa tuvo nuevamente un severo castigo.
Drilo no podía dejar de pensar en Luisa, pero aquellos pensamientos no
eran los de un enamorado convencido sino sentimientos de preocupación y
angustia relacionados a que la chica fuera de mal en peor en su vida, a que no
consiguiera juntar diez mujeres y cayera otra vez en las drogas y que confesara lo que había pasado entre
ellos. Le preocupaba que los demás pensarán que él tenía algo que ver con ella
pues sabía que nadie lo tomaría a bien y mucho menos Succed. Todo eso le
llegaba a la mente durante el entrenamiento e incluso durante los partidos, y
solo después lo asaltaba el deseo por el cuerpo de Luisa, y entonces la culpa
lo retaba y Drilo pasaba a pensar en Succed, que era de quien realmente él
estaba enamorado o al menos eso se forzaba a creer. Solo en Succed podía pensar
de manera romántica, en Luisa pensaba en forma que él consideraba era sucia e
indigna, no correcta y propia de confesarse el domingo en la iglesia. El nudo mental
de Drilo era un martirio, pero entre todas esas preocupaciones su juego se
mantuvo regular y con ello, el Achéron marchaba primero de la tercera división
y en camino a un histórico ascenso de categoría.
Por su parte, y luego de otro enclaustramiento de cuatro meses, Luisa
comenzó a buscar a sus diez apóstoles. Primero intentó en su escuela
preparatoria, pero las chicas con las que ella compartía clase eran dos años
menores que ella (por sus años repetidos anteriormente) y solo estaban
interesadas en verse lindas y echar novio en la plaza del pueblo. Luisa decidió
colocar un anunció en el pizarrón destinado para ello en el pasillo de su
colegio. En él, anunciaba la creación de un equipo de fútbol de mujeres e
informaba el lugar y fecha de la primera junta. A esa junta solo asistió una
sola chica, su nombre era Rosa y era de último grado. Ambas chicas solo se
conocían por las reputaciones que las precedían: la ñoña y la antisocial. Rosa
era intrascendente en cuanto a su aspecto y forma de vestir, estaba pasada de
peso como casi el 40% de las alumnas de esa escuela, su estatura era promedio y
por lo tanto era más baja que Luisa. Para completar el estereotipo, Rosa usaba
gafas de armazón negro y cristales gruesos.
―Creo que no va a venir nadie más ¿qué vas a hacer? ―preguntó Rosa
luego de media hora de espera en aquel salón.
―No lo sé, supongo que no podré armar nada ―dijo decepcionada Luisa.
―Pues sí, pero podríamos buscar en otros lugares ―dijo Rosa.
―¡¿Entonces estás en el equipo?! ―dijo Luisa nuevamente entusiasmada.
―Pues por eso vine ―dijo segura Rosa.
―¡Bien! ¿Has jugado antes?
Rosa hizo un silencio. Luego se confesó.
―Nunca. De hecho, nunca hago deporte.
Luisa quedó atónita, no podía
creer que pudiesen existir seres que no movían su cuerpo en aras del deporte.
―¿Ni caminar?
―No pues eso sí.
―Bien, eso es suficiente ―dijo optimista Luisa.
Una noche, Luisa y Rosa fueron a los bares de Achéron con el objetivo
de reclutar jugadoras. A Rosa le pareció desde el principio que eso era una muy
mala idea, pero decidió acompañar a Luisa por pura precaución. Luisa por su
parte, sabía moverse en ese ambiente y no quería toparse con los adictos, ella
buscaba chicas que sabía hacían deporte, que estaban en forma y que se mantenían
sobrias y sin sustancias debido a su trabajo; buscaba a sus conocidas
desnudistas.
En uno de los descansos de las chicas Luisa les comentó su idea. Este
grupo de bailarinas nudistas conocía a Luisa pues ella misma había intentado
incursionar en el baile de tubo para entretenerse, pero la que era buena para
driblar en el campo de fútbol era mala para bailar en el tubo y además, no
aceptó el hecho de que debía bailar ante la mirada de hombres que casi
eyaculaban de solo verla entrar al escenario.
Luisa ofreció lo mejor que pudo ofrecer: entrenamientos por las tardes
para que eso no interfiriera con las horas de trabajo y de descanso de las
bailarinas, además de cervezas para todas luego de terminar el entrenamiento.
Solo tres aceptaron integrarse al equipo, lo hacían solo porque Luisa les caía
bien, ya que a ninguna de ellas les gustaba o sabían nada sobre fútbol. Una de
las desnudistas recomendó a Luisa platicar con dos chicas que ella conocía muy
bien y que quizás podrían estar interesadas.
―¿Dónde las encuentro? ―preguntó Luisa.
―En la calle, en la esquina de la intersección del puente ―le respondió
la desnudista.
―Ah, son… ―dijo Luisa con cierta duda.
―Pues sí.
Luisa fue a hablar con las dos mujeres y les planteó la idea.
Sorpresivamente, esas dos jóvenes inmigrantes le dijeron inmediatamente que sí.
Tal situación anómala se explicaba porque ambas eran hermanas y habían llegado
desde una región de más al sur donde la pasión del fútbol era todavía mayor y
más religiosa.
―¡Entonces son fans de los Celestes! ―les dijo una emocionada Luisa que
estaba feliz de encontrar en el mundo a otras mujeres aficionadas al fútbol.
―¡Sí! ¡Hace un año ahorramos para irlos a ver jugar en la copa
continental!, ¡fue increíble!
―Entonces, ¿ustedes ya han jugado antes?
―No, nunca…
Luisa quedó boquiabierta y comenzó a entender que la mujer tenía poco a
poco más acceso a la grada del estadio, pero la barrera con el campo era
todavía coronada por el alambre de púas del machismo, o al menos así se lo
había explicado Rosa que era feminista principiante.
El reclutamiento en la noche de vicio de Achéron había dado buenos
frutos: Wendy, Christina y Sharon eran las tres desnuditas, las hermanas
Serdán: Carmen y Natalia, eran las dos prostitutas, que junto a Luisa y Rosa,
eran ya siete.
Pero faltaban cuatro y durante los siguientes días Luisa buscó y buscó,
pero no encontró. En su desesperación, decidió comenzar ella misma el
entrenamiento con las que ya estaban apuntadas en el equipo. De esa forma las
citó en el potrero donde ella solía entrenar cuando niña con el equipo de niños
de Drilo. Aquellas sesiones de entrenamiento eran un hilo de frustraciones
interminables para Luisa pues las chicas eran realmente neófitas y aquello
debía ser un entrenamiento desde cero: debía explicarles las reglas básicas del
juego y al mismo tiempo cómo se le debía pegarle al balón. A pesar de las
enormes dificultades, Luisa se recargaba en el entusiasmo y actitud positiva de
sus ahora compañeras y eso le daba la suficiente paciencia para estar cada tarde
en el potrero ocupada en aquella labor imposible: hacer que esas mujeres, que
nunca habían jugado, jugaran. Aun así, faltaban integrantes y si no eran once,
no podía decirle nada a Drilo y ella estaba dispuesta a presentarse ante él
solo y solo sí lograba reunir diez mujeres dispuestas a jugar.
Así pasaron meses y aunque los entrenamientos eran divertidos y les
servían de preámbulo para luego ir al centro del pueblo a caminar, comer
hamburguesas al carbón o beber cerveza en el Bar de los Mineros, pronto las
integrantes del equipo comenzaron a cansarse y le preguntaban a Luisa cuándo
jugarían su primer partido. Ella no sabía cómo resolver aquello y Rosa le
recomendó buscar jugadoras en la mina pues era el único lugar donde no habían
convocado. En la mina trabajaban muchas mujeres y mejor aún, cientos de mujeres
esperaban a sus esposos o novios en la hora final de la jornada laboral a las
puertas del recinto industrial.
Durante ese largo reclutamiento, que ya empezaba a tomar tintes de
interminable, de vez en cuando Luisa se le aparecía a Drilo como un fantasma y
le invitaba un café o una cerveza, aunque procuraba no tocar nunca el tema del
fútbol, que sin duda eso era de lo que más podían hablar esos dos. En cambio,
le pedía a Drilo que le platicara del Achéron que había conocido de niño o de
cuál había sido su experiencia en la capital (de donde ella se creía
originaria). También hablaban de música y cuando ella quería hablar de libros
se daba cuenta de que Drilo bajaba la mirada y evitaba hablar de eso.
En una de esas situaciones embarazosas con la lectura, Drilo comprendió
que no podía pedirle a Luisa que fuera bien en la escuela si él mismo no había
terminado la secundaria y no leía ni un solo libro al año. Así que luego de
siete meses de haber echado al mar el convertible, ingresó al sistema de
educación para adultos en las noches y logró obtener su diploma de la
secundaria por medio del sistema del gobierno pocos meses después. Aquel éxito
académico se combinó con el éxito deportivo del F.C. Achéron que ese año
ascendió a la segunda división, aunque en la Copa habían sido eliminados a las
primeras de cambio. Ya era jugador de segunda división y la vida le prometía
cosas interesantes. Sin embargo, su conflicto amoroso no estaba resuelto pues
Succed prácticamente ni lo notaba y todos en el equipo pensaban que en realidad
andaba en amoríos con la sobrina de la patrona.
Un día, para calmar las ansias de sus nuevas compañeras de jugar un
partido, Luisa citó a su incipiente equipo en un lugar diferente: el estacionamiento
abandonado del centro comercial de Achéron. No había podido olvidar a Donald,
aquel chico que le gustaba y que ella había sufrido por no haber podido
confesar sus sentimientos, pero su necesidad de que su equipo jugara contra
alguien, contra quien fuese, la obligó a saltarse ese asunto incomodo del
pasado. Durante varias horas antes de aquella cita ella maquinó en su cabeza
posibles escenarios si es que Donald o los otros la reconocían, por ello
decidió ir lo más femenina posible a dicho encuentro. Como el día ameritaba
algo especial, optó por una versión retro en corte de mujer de la clásica
azulgrana con el dorsal y nombre del legendario Iniesta, unos pescadores
ajustados y sus zapatillas de fútbol especiales para el asfalto completaron su
atuendo. A pesar de sus horas de tribulaciones, no pudo encontrar una respuesta
al asunto de Donald. Llegó al estacionamiento y sus compañeras ya estaban ahí,
pero el resto de los jóvenes que tarde a tarde jugaban en ese espacio no habían
arribado, y eso era algo que había calculado: debía apropiarse primero de la
cancha pues los chicos nunca las dejarían jugar si ellas se los planteaban
cuando estos fueran dueños del rectángulo.
Así, ella y las demás comenzaron a calentar, posteriormente hicieron
algunos ejercicios con la pelota y uno a uno fueron llegando los chicos
futboleros de aquel espacio y cuando veían aquellas féminas que habían invadido
su espacio, la expresión de sus rostros era de película: ojos bien abiertos,
boca inexpresiva y postura de franca confusión ante tal invasión de estrógenos.
Los chicos fueron ya suficientes y se hartaron de ver a las mujeres
entrenar. Algunos de ellos decidieron acercarse.
Luisa pensó que habían tardado una eternidad en decidirse y por ello,
en el momento que notó que la comitiva de varones se acercaba, sintió un gran
alivio; pero cuando miró que era Donald el que iba al frente de aquella
comitiva el corazón se le aceleró.
―Disculpen, ¿quién está a cargo?
―preguntó Donald.
Luisa dejó se olvidó de todo en ese momento y se acercó hasta Donald.
Confió en que este no la reconocería luego de casi dos años pues ahora ella se
veía muy diferente.
―Yo estoy a cargo ―dijo ella con toda la seguridad de la que fue capaz.
―Oiga disculpe, ¿todavía les falta mucho? Es que queríamos ver si…
Luisa dejó de escuchar a Donald, su mente solo se concentró en lo
hermoso que le parecía y en medio de esa hondonada de amor el valor le jugó la
traición a Luisa:
―Donald, ¿no me reconoces? Soy yo… Luis.
Donald detuvo su pliego petitorio y no comprendió al principio qué era
lo que ocurría.
―¿Por qué nunca te fuiste a probar a las reservas del Achéron? Te
estuve esperando esa vez ― continuó Luisa.
Donald puso una expresión nerviosa, realmente el chico estaba
confundido. La chica que le hablaba le parecía en extremo atractiva, para colmo
algunas de sus acompañantes eran igual de atractivas, pero ahora esa linda mina
decía ser un antiguo compañero de juego…
―¡¿Luis?!
―Sí, soy yo, bueno en realidad me llamo Luisa.
Donald miró detenidamente el
rostro de Luisa y reconoció a su otrora camarada de las canchas… y le dieron
nauseas.
―¡¿Qué?! ¿¡Te hiciste mujer!?
―Bueno, en realidad ya lo era…
―¡No es posible! Espera, no puedo creerte… haz la “vuelta al mundo”
tres veces y te creeré.
La “vuelta al mundo”, el viejo truco de freestyle que Luisa
sabía realizar a la perfección tres veces seguidas. Donald sabía que solo Luis
podía hacer aquel malabar tres veces seguidas y nadie más. Luisa tomó una
pelota ante la mirada extrañada de todos los presentes que estaban, igual o
más, confundidos que el propio Donald, e hizo la vuelta al mundo una vez, dos
veces, tres veces, cuatro veces y una quinta…
―¿Ves?, soy yo.
―¡Me lleva el diablo! ¡Si eres tú! ¡Sí es él! ¡Se cambió de sexo y
todo!
Todos empezaron a reír. Luisa trataba de explicar que ella siempre
había sido una mujer, pero todos reían y soltaban chistes contra lo que creían
era un cambio de sexo.
―Vas Donald, a ti que te gusta la verga ―se escuchó decir a uno.
―¡Cállense! ―exigió Luisa― ¿Van a jugar o qué?
―Sí, pero necesitamos que tú y tus amigas, ¿ellas si son mujeres?, se
vayan.
Luisa creyó que era el colmo, ahora esos trogloditas les pedían que se
fueran. Cansada de explicar lo inexplicable y dolida por el despecho, decidió
recetar la venganza más cruel contra esos brutos insensatos.
―¡Junta a siete de tus mejores jugadores, pobres o ricos, y nos
saldremos si ustedes nos ganan!
―¡Nosotros no jugamos con maricones y putas! Sí, reconozco a las
hermanas, ellas se paran en la intersección doce, el resto deben de ser también
putas, y tú, Luis, te hiciste la más puta de todas ¿no?
―Si ustedes no creen ganarnos los entiendo… son unos maricas.
―¡Tú te lo buscaste! Será entonces siete contra siete a dos goles y el
que pierda le paga una cerveza de barril a cada miembro del otro equipo.
―¡Hecho!
Luisa apretó la mano de Donald y sintió desfallecer, ella no quería una
guerra con él, quería tenerlo en la cama, disfrutar su cuerpo, pero ahora no
había vuelta atrás. Miró a su equipo y por primera vez en mucho tiempo, quizás
desde que se había presentado a hacer la prueba para ingresar al F.C. Achéron,
tuvo mucho miedo.
―Luisa ―le dijo Rosa realmente preocupada―, ¿por qué hiciste eso? Nunca
les vamos a ganar.
En efecto, Luisa conocía a aquellos chicos, se sabía de memoria cómo
jugaba cada uno de ellos, el Manco era un driblador casi tan terrible como
ella, el Chimuelo era mañoso y siempre se las arreglaba para llegar siempre
primero al balón, el Muñeco era un defensa duro y leñoso y Donald… Donald era
hermoso y excelente portero; contra eso las seis principiantes con el manicure
recién aplicado no tenían nada que hacer. Pero, entre todo su miedo y
nerviosismo que era ya de crisis, Luisa encontró la fuerza para volver a
salirse con la suya.
―¡Escuchen! Vengan aquí… yo sé que ustedes creen que no podemos ganar,
pero yo les prometo que si lo haremos y saldremos de aquí cada una con una
cerveza y celebraremos en el Bar de los Mineros hasta muy tarde. Solo les pido
que apliquen todo lo que les he enseñado y que pongan todas sus fuerzas para
ganarles a esos hijos del culo. ¡Vamos guerreras!
Aquellas palabras sin mucho chiste, dichas casi balbuceando, fueron
suficientes para motivar a un grupo de señoritas que jamás habían estado en una
situación similar. Luisa les había pedido sacar su lado guerrero, les había
pedido sacar a flote fuerzas extraordinarias, les había pedido lo imposible y
esas seis mujeres, cada una dentro de sí, prometieron dar la vida por Luisa,
esa generala amazona que las guiaba rumbo a la victoria más gloriosa de todos
los tiempos.
―¡Muy bien vástagos! ―dijo Rosa―, ¡aquí morirá el patriarcado y todos
sus hijos!
―¿¡Están listos imbéciles!? ―gritó Donald desde el otro lado del campo.
―¡El imbécil eres tú…! ―le contestó Rosa y luego remató ―¡Lanza la
maldita pelota hijo de perra que te la voy a meter por el culo y sin vaselina!
Todos los presentes rieron y aquello hizo enojar mucho a Donald. Luisa,
mientras tanto, pensaba en sus posibilidades reales y tomó una decisión
sensata:
―Yo voy de portera ―les dijo a todas.
―Espera Luisa ―dijo una de las hermanas Serdán ―, tú eres nuestra mejor
jugadora, no puedes ir de portera.
Pero Luisa no hizo caso, les ordenó posiciones y el juego comenzó.
El Manco recibió la bola y pasó al Muerto que driblo con extrema
facilidad a Christina… solo eso bastó a los hombres para saber que estaban ante
un flan y aquello sería cosa de salir a cazar tortugas: las mujeres eran
débiles, tontas, torpes y… tenían miedo al balón, a caer, a ser golpeadas y
hasta de cometer falta. Las mujeres eran un catálogo completo de temores. Por
consiguiente, el Manco dribló a otras tres y encaró a Luisa que no pudo hacer
nada contra el disparo que se coló manso hasta la portería de las féminas. Era
el uno a cero y no había pasado ni un minuto de juego.
―Luisa ―dijo la más joven de las Serdán―, ¡vos te vas de aquí y yo me
quedo en el arco!
―¡Pero nos van a meter más goles, tú no sabes nada de ser portera…!
―Luisa no te ofendas, pero tú tampoco sabes nada de ser portera. Déjame
esto a mí, necesitamos goles, no que no nos metan otro y tú eres la única de
nosotras que puede hacer goles.
Y así Luisa salió al campo. Pidió clemencia al cielo y principalmente
que de milagro apareciera Drilo para jugar con ellas y salvarlas de aquella
terrible humillación, pero el destino le tenía preparado un final más épico a
aquella riña de fútbol callejero. Además, un centenar de personas se habían
reunido para ver aquello, y es que cerca de ahí había una obra nueva
construyéndose, un nuevo hospital para la pequeña Achéron cortesía del gobierno
asesino del país, y en aquella obra había varios trabajadores en su hora de
descanso y bastó un simple aviso de “¡Ey, hay un montón de viejas con buenos
culos que juegan fútbol en el estacionamiento!” para que todos dejaran de hacer
lo que estaban haciendo y fueran hasta ese lugar a ser testigos de otra edición
de la guerra de los sexos.
Luisa tomó la pelota de Serdán, la portera; el Manco le salió al paso y
se entregó pues pensó que Luisa era tan torpe como las demás, ella le hizo un
regate que la tribuna no le perdonó en lo absoluto y se lo cobró al Manco con
burlas y carcajadas.
Luego, encaró al Chayo, un chico corpulento y enjundioso que terminó
llevándose otro quiebre de cintura.
―¡Si eres Luis! ―alcanzó a decirle a la espalda de Luisa.
Luisa ya estaba en zona de peligro, pero tres rivales le salieron al
paso y estos ya estaban informados de que ella era Luis, el otrora mejor
jugador de aquel espacio; regateó lo mejor pudo a aquellos leones para no
perder el balón y escuchaba a una histérica Rosa que le gritaba constantemente:
―¡Aquí Luisa, aquí!
La voz chillona de Rosa solo ponía más nerviosa a Luisa que encontró el
hueco para escabullirse entre sus tres captores y cuando tuvo a Donald frente a
sí, le vino a la mente una jugada que ya había visto antes… y con toda
tranquilidad dio el pase certero y exacto a Rosa que se la pedía al costado
mientras Donald se pasaba para siempre… alcanzó a exigirle a Rosa, que hizo la
recepción de aquella pelota con gracia, ―¡Tira! ―y así lo hizo.
Luisa fue atropellada por toda
la humanidad de Donald y el golpe seco contra el asfalto le dolió, pero puedo
ver desde el suelo como el tiro de Rosa, una lágrima a dos kilómetros por hora,
iba directo hacia la portería y muy lentamente golpeó contra unos de los tambos
que hacían de poste y cruzó la línea de gol invisible que solo estaba marcada
en la imaginación de todos. Fue mágico. El grito de gol de toda la improvisada
afición fue un insulto al orgullo de los siete hombres gladiadores. Donald era
el más iracundo y Luisa la más feliz. Rosa era la más incrédula y la tribuna
disfrutaba de aquello con morbo.
Después, el juego fue una repetición de lo mismo: cuando los hombres
atacaban, Luisa iba de un lado al otro y trataba de robar balones aprovechando
que sus compañeras, aunque eran inútiles para el robo de balón, representaban
un efectivo estorbo que ganaba tiempo. En los pocos momentos en que las mujeres
tenían el balón la única que lo tenía era Luisa y ella sola buscaba los
rincones y hacía las jugadas apremiantes, no tenía tiempo para lujos ni nada
vistoso, estaba tan tensa y nerviosa que un caño o un sombrero estaban
prohibidos.
Varias veces Luisa intentó disparar a gol desde lejos, pero Donald era
un roble en el marco y nunca permitió un gol de larga distancia. Por increíble
que pareciera, aquello duró empatado a uno durante veinte heroicos minutos en
los que hasta la más joven de las hermanas Serdán mostró ser muy valiente como
portera (además de que el Manco, el Muñeco y hasta el siempre efectivo Godínez,
fallaban de manera increíble goles cantados frente a la novel guardameta).
La cosa hubiese estado bien, pero Luisa comenzaba a cansarse pues
realizaba un esfuerzo sobrehumano. Miró nuevamente al cielo y prometió que la
próxima vez que tuviera la pelota no se perdonaría el no hacer el gol. Y el
destino le otorgó la oportunidad, la mayor de las Serdán estorbó muy bien a
Godínez y de manera caprichosa la bola fue a dar a los pies de Luisa que supo
que ahí estaba la oportunidad que había pedido a los dioses pues Serdán, la
defensa, había recuperado el balón cerca de la media cancha y la distancia a la
portería de Donald ya no era inconmensurable. Luisa enfiló con el balón cocido
a la bota y dejó atrás al Manco que ya estaba harto de verle la espalda a Luisa
por más lindo que pudiera verse el trasero de la chica. Luego, esquivó la
barrida del Tuerto y en ese mismo movimiento recortó hacia el centro para no
encerrase en la banda como lo había hecho casi todo el juego. Ahí en el centro
la recibió Godínez y, intuitivamente, el ultimo defensa, el Chimuelo, corrió a
marcar a Rosa que nuevamente le pedía histérica la pelota a Luisa, pero esta
vez no pasó el balón a su compañera aunque hizo creer a todos que lo haría y en
ese movimiento quedó fuera el Manco que había bajado a recuperar; de esa forma,
se encontró por segunda vez frente a Donald y fintó a la izquierda y luego a la
derecha, y pasó el balón por en medio de las piernas del portero de sus sueños.
El balón iba a gol, pero Godínez aún hizo el esfuerzo por alcanzarlo y su
barrida final fue tan dramática que casi logra su objetivo, pero todos fueron
testigos de cómo la pelota había cruzado, sin duda alguna, la línea de gol.
Donald lanzó un grito de frustración tan estruendoso que veinte años
después la gente juraba escucharlo en forma de psicofonía en cada aniversario
de aquella tragedia en que las mujeres sitiaron a los hombres y les hicieron
pagar tantos años de opresión y machismo. Todos los trabajadores que miraban
desde afuera saltaron al campo totalmente eufóricos y se mezclaron en abrazos
con las jugadoras que a su vez jamás habían sido tan felices… y todo aquello
ocurría en un miserable estacionamiento abandonado de la no menos miserable
localidad minera de Achéron.
Donald se acercó hasta Luisa para entregar la paga, el dinero
equivalente de siete cervezas de barril. Luisa notó que el chico había llorado.
―¿Por qué lloras? Esto es solo fútbol.
Pero Donald sabía que aquello no había sido un simple juego de fútbol,
se sentía lleno de vergüenza y todo el peso de la educación que había recibido
durante toda su vida que le dictaba ser más fuerte que cualquier mujer, lo
estaba matando. Todos sabían que de cien juegos que se jugaran entre esas
mujeres y aquellos hombres, noventa y nueve los ganarían los hombres por
goleada, pero esa tarde había dado la casualidad de que todos habían sido
testigos de ese único juego que las probabilidades les permitían a todas las
mujeres del planeta ganar al menos una vez.
―Donald ―comenzó a decir Rosa mientras contaba el dinero ―, te
perdonaremos. No te meteremos el balón por el culo.
Y ese fue el fin de la admiración que Luisa sentía por Donald.
Antes de partir rumbo al festejo, el Chimuelo, jugador de la parte
pobre del sur de Achéron, interceptó a Luisa y le propuso algo que ella no
podía rechazar.
―¿No quieres jugar con nosotros en la liga de los mineros? Es todos los
domingos en la mañana en el llano de la sal. Cada equipo puede traer dos
jugadores de fuera, que no sean trabajadores ―dijo el Chimuelo con toda
solemnidad.
―Pero yo no… me refiero a que yo no soy hombre.
―Sí… como sea. No nos importa.
Esa noche, Luisa y sus mujeres celebraron en el Bar de los Mineros que
a su vez festejaban otra cosa: el F.C. Achéron pasaba a los cuartos final del
Torneo Nacional de Copa, con gol de Drilo por supuesto, y eso significaba que
luego de más de cincuenta años un equipo de la primera división jugaría en el
Granma y el juego sería televisado en cadena nacional.
Cuando Luisa miró aquello por televisión su
entusiasmo toco tierra pues ella solo había ganado una revuelta menor en un
miserable estacionamiento de la no menos miserable localidad de Achéron, y en
cambio Drilo ya estaba a las puertas de la grande, otra vez. Ella sintió
envidia y pensó que a pesar de todo, los hombres ganaban en la vida por
goleada.

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