V. LAS ONCE

Foto de Andoni Canela y Rodolfo Chisleanschi. Del libro Canela A, Chisleanschi R (2003) "Planeta Fútbol". Ed. Blume. pp. 203.


Luisa acudió puntual el domingo al llano de la sal, una planicie estéril como todos los alrededores de Achéron, que tenía mal trazados trece campos de fútbol en donde se realizaban los juegos de la Liga de los Mineros: la liga amateur masculina más respetable de toda la región. ¿Césped en los campos? eso no habido nunca jamás.
El Chimuelo y el Manco eran dos chicos pobres que habían entendido, desde muy temprano en su vida, que su único destino posible era suplantar a alguno de los viejos y enfermos trabajadores de la mina para trabajar en ella por un salario humillante. Ese era en realidad el destino de casi todos los jóvenes de bajos recursos del poblado (eso o emigrar) y debido a las malas condiciones de trabajo, la salud de un trabajador de la mina no tardaba mucho en hacerse añicos, por lo que siempre había vacantes. Así, esos dos chicos que habían conocido a Luis (Luisa) eran de la nueva camada de obreros condenados al anonimato. Eso cambió cuando ofrecieron a Luisa ser parte de su equipo de fútbol.
Al menos nueve de los once jugadores de campo debían mostrar su carnet de trabajadores de la mina y solo se permitía que dos jugadores no lo presentaran, asumiéndose que esos dos jugadores no eran parte de la plantilla laboral de la mina. Y eso era todo lo que el reglamento de la Liga de fútbol de los mineros decía acerca de las limitantes para registrar jugadores en el equipo. El jugador más joven de la Liga no pasaba de los doce años y el más viejo tenía setenta y nueve; dos jugadores habían muerto en alguno de esos trece campos en la historia de más de cien años de la liga en la cual se registraban todos los hechos inauditos posibles del fútbol, desde una goleada de 40-0 hasta una serie de penales de setenta y ocho tiros para romper un empate. Pero nunca, en toda la historia de la Liga, había jugado alguna vez una mujer.
Luisa llegó hasta donde su nuevo equipo ya estaba cambiándose y preparándose para el partido de ese fin de semana. Estaba nerviosa y con miedo. Un día anterior había tomado nuevamente la precaución de cortarse el cabello como un muchacho. Cuando el Chimuelo y el Manco la vieron llegar sin su larga cabellera y disfrazada de chico, se rieron un poco.
―Tranquila, ―le dijo El Manco ―si se dan cuenta no nos importa. Si no te dejan jugar pues ya y a la mierda.
―Pero mientras dure, diviértete ―remató El Chimuelo.
El resto del equipo solo miraba a Luisa con extrañeza. Ella no estaba en la alineación inicial y así pudo observar el partido en su primer tiempo desde fuera del campo. Reflexionó acerca de lo que para todos esos hombres era un domingo cualquiera sobre ese infinito tapete de barro y sal hostil con gravilla. Las porterías eran todavía de madera y las líneas que delimitaban el campo estaban marcadas con cal y a “ojo de buen cubero”; las nubes de polvo eran la regla y este se metía no solo en la boca sino hasta en los pulmones. Era sin duda el peor lugar para jugar fútbol en toda la faz de la Tierra. Y sin embargo, esos hombres parecían disfrutar todo aquello como si se tratara de lo mejor de su semana… y para muchos de ellos, en realidad lo era.
―Luis, vas a entrar por la izquierda en la media ―instruyó El Manco durante el medio tiempo en el mismo momento en que El Chimuelo le acercaba una camiseta sudada a Luisa, y que era evidente, había sido usada previamente por otro jugador durante el primer tiempo. Ella no pudo evitar sentir asco por el aroma falto de desodorante y la tela húmeda por el sudor. Se puso la camiseta sobre la que ya llevaba puesta y se ajustó las cintas de sus zapatos que, al ser caros y de marca, estaban completamente fuera de lugar en aquellos campos.
Luisa se presentó ante el árbitro del partido para entregarle nerviosamente la papeleta de cambio. El nazareno era un hombre de unos cincuenta años, totalmente cano y con los dientes arruinados por las caries y el tabaco. Su uniforme de árbitro era viejo, pero lo portaba con toda la dignidad de un silbante con gafete internacional de la FIFA. Cuando tuvo a Luisa frente a él y leyó el nombre en la papeleta de cambio, “Luis Nadiani”, no pudo menos que hacer un riguroso escrutinio de la situación extraordinaria que tenía frente a él.
―Tú no te llamas Luis, ¿cierto?
Luisa  se puso nerviosa y balbuceó algunas palabras que ni ella misma pudo entender.
―Tranquila, ¿cómo te llamas?
―Luisa, señor.
―Bueno, Luisa, ve y trae otra papeleta donde diga tu nombre real. Y no vuelvas a mentir otra vez ¿entendiste?
El Manco, el Chimuelo y los demás veían todo eso desde afuera y el árbitro fue entonces hacia ellos.
―¿Ustedes me quieren tomar el pelo? ―les preguntó el colegiado.
―No, señor. Ahorita metemos a otro jugador, no se… ―dijo nerviosamente El Chimuelo.
―Me llenas la papeleta con su nombre y nada de mentiras. ¿Entienden, hijos? ―interrumpió el árbitro que se notaba era una buena persona.
 Y así cambiaron la papeleta.
―¿Cómo te llamas, Luis? ―preguntó El Chimuelo ya con pluma en mano pues realmente no sabía cuál era el nombre real de Luisa.
―Luisa Nadiani.
Y así, Luisa comenzó la segunda parte y la Liga de los Mineros nunca volvió a ser la misma. No le tomó mucho tiempo para dar su primer pase correcto, hacer su primer regate y filtrar su primera pelota. También recibió su primera falta, la segunda, la tercera… Trató de recordar lo que le había dicho Bartolomé acerca de retener mucho la pelota y comenzó a soltarla rápido. Solo cuando volaba por la banda se sentía confiada para encarar y, a pocos minutos de terminar el juego, pasó a un defensa y luego a otro para luego tirar y hacer su primer gol el mismo domingo que debutaba. Todos estallaron en júbilo y hasta los rivales de esa tarde que se enfrentaron con la incógnita de cómo hacer frente a una mujer dentro del campo y resolvieron que debían tratarla como a cualquier otro, sintieron cierto gusto.
Los siguientes rivales no fueron tan nobles. Luisa comenzó a sentir el acoso por ser mujer en territorio de hombres. No le fue fácil resolver aquello, pero encontró en los goles la más dulce venganza contra sus agresores que por fortuna no eran tan buenos para jugar.
Por otro lado, el chisme comenzó a esparcirse por toda la Liga y llegó hasta los organizadores de la misma. Algún dirigente puso sobre la mesa el tema en una de las juntas del dos veces heroico Sindicato de Mineros Unidos de Achéron. Era dos veces heroico pues había registrado bajas humanas en las revueltas del año 65 y del año 77. La mesa directiva del sindicato estaba compuesta por puros hombres desde hacía quince años. El asunto discutido no tuvo mucha ciencia: no podía jugar una mujer en una liga de hombres.
Entonces, uno de los miembros del comité les dio un dato que ellos no habían contemplado:
―Es la hija de la dueña ―dijo uno.
―No es la hija, es la sobrina, la prima o algo así ―corrigió otro.
―Pues con mayor razón ―dijo el presidente de la mesa ―, es parte del enemigo. ¿Quiénes la invitaron?
―Es uno de los equipos nuevos ―dijo otro ―, formado por empleados que acaban de llegar. Es entendible que cometieran este error.
El humo de cigarrillo llenaba el ambiente del salón donde se llevaba a cabo la junta. La única mujer en aquel recinto era la secretaria cuya tarea era transcribir los acuerdos y servir café. Ella no mencionó palabra alguna, pero escuchaba atenta todo lo que ahí se decía. 
―Bueno ―concluía el presidente de la mesa ―, este domingo avisen a los árbitros que ella no podrá jugar más.
―Tendrá que ser hasta el otro domingo―apuntó otro de los miembros ―el comunicado no saldrá sino hasta el lunes.
―Bien ―dijo el presidente sin preocupación ―, no le ha pasado nada malo en todo este tiempo. No tendría que pasarle nada malo esta semana. Un último juego.
―¿La estamos protegiendo o expulsando? ―preguntó uno de los miembros más jóvenes.
―Ambas cosas ―dijeron más de dos al mismo tiempo.
―Bueno ―insistió el más joven ―, como le vamos a dar un último juego, quizás el señor presidente quisiera ir a ver el juego.
―No, no me gusta el fútbol y por lástima no vamos a cambiar nuestra decisión ―dijo el presidente al tiempo que todos los secundaban.
―¡Ir a ver jugar a una mujer! ¡Es ridículo! ¡Las mujeres a la cocina!―esgrimieron varios.
―No creo que sea digna de lástima ―agregó el joven cuya postura era clara para todos ― va en tercer lugar de la tabla de goleadores.
Nadie dijo nada. Simplemente lo tomaron como una exageración, un mito o simplemente una mentira. La junta pasó a asuntos más relevantes como los salarios o las pensiones y el tema del fútbol se olvidó. Pero la secretaría comentó el suceso a una de sus amigas y esta a su vez se lo comentó a la propietaria del salón de belleza donde la esposa del presidente del sindicato se hacía el retoque de las canas.
El viernes anterior al quinto juego de Luisa en la Liga, en una de las casas centenarias del barrio de los obreros, doce mujeres, abuelas casi todas ellas, se reunieron en secrecía. Hacía quince años que no se habían reunido para absolutamente nada importante que no fuera recordar sus viejas glorias como luchadoras sociales. Cuando todas estaban preparadas para mostrar las fotografías que cada una de ellas tenían sobre los tiempos en que habían marchado para obtener el sufragio o apoyar a sus maridos en las constantes huelgas contra la burguesía, la esposa del presidente del sindicato, a quien todas ellas llamaban cariñosamente la Abuela Mayor, les informó a todas el asunto de la chica que jugaba fútbol, de que lo hacía en la liga del sindicato, que era buena y que se lo iban a prohibir. En realidad, a la mayoría de esas mujeres les parecía correcto que no se le dejara jugar con hombres pues la libertad era una cosa y eso de competir en un deporte de machos ya no era libertad, era algo antinatural. Se informó que la mujer en cuestión era muy joven y algunas sintieron empatía y estuvieron dispuestas a mantener su mente abierta; pero cuando supieron que era de la familia de los patrones el apoyo se cayó abruptamente.
―Si nació en cuna de oro que el diablo la ayude ―dijo una.
La Abuela Mayor de la mesa del sindicato dio su opinión al respecto:
―Es cierto que es de cuna de oro. Pero sus padres son desaparecidos ―varias de las mujeres presentes se santiguaron ―y además solo es de cuna de oro por la mitad, por la otra mitad, ella es la hija de Miriam.
Todas las mujeres quedaron boquiabiertas. Era imposible, una de esas casualidades increíbles de la vida si es que existían las casualidades. Todas dejaron de mirar severamente a la Abuela Mayor y se volvieron sumisas en ese instante nada más escuchado ese nombre.
―Ustedes mejor que yo saben que Marcos, el esposo de Miriam, de cuna de oro y como quieran, nos ayudó siempre en nuestras causas e incluso, cuando nosotros dejamos de hacer huelgas y sabotajes, él continuó la causa con otros métodos y en otros sitios. La niña es hija de un rebelde y al parecer, heredó eso de su padre.
―¡Y de su madre!,  ¡Dios tenga en su gloria a la camarada Miriam! ―exclamó una.
―Y de su abuela ―dijo otra que bajó la vista y esperó ser reprendida, pero nadie dijo nada.
―Así es ―continuó la Abuela Mayor ―. Trabajadora de esta mina hace años. Desaparecida por el gobierno militar cuando buscaba a su esposo. Una mujer notable señoras, todas ustedes la conocieron.
Las mujeres se avergonzaron de prejuzgar a Luisa por su origen al tiempo de que otra de las mujeres agregó:
―Fue como un cuento de hadas que solo pasa en las telenovelas.
―Me acuerdo de su boda con el joven patrón ―agregó otra ―. Varias de nosotras no asistimos porque nos parecía una traición, pero el día que ella regresó de su luna de miel a su trabajo en la mina y a sus labores con el sindicato, varias nos tuvimos que tragar nuestras palabras.
―Los hombres olvidan fácilmente, pero nosotras no. Esta joven es parte de nosotros aunque no lo sabe ―continuó la Abuela Mayor ―. Sin embargo, primero quiero conocerla y ver si todo lo que dicen de ella es cierto.
―¿Qué es lo que dicen? ―preguntaron varias.
―Los hombres, exagerados como siempre, dicen que si Maradona fue Jesús en el juego, ella es la Virgen María ―Y nuevamente, varias se santiguaron pues estaban de acuerdo en todo con el Socialismo, excepto con aquello del ateísmo.

Las ancianas se presentaron al domingo siguiente en los campos del valle de la sal y para su sorpresa no estaban solas. Esa mañana de domingo, el que se suponía iba a ser el último partido de Luisa en la Liga de los Mineros, estaba lleno de espectadores. A las ancianas les recordó su poder de convocatoria de cuando eran jóvenes y luchaban por sus derechos laborales. Varias de ellas habían salido a las calles a marchar por su derecho al voto, a trabajar, a la salud y muchas otras veces acompañaron a sus esposos para conseguir mejores salarios y prestaciones. Eran los días en que miles de obreros se juntaban y lograban someter a los empresarios y al gobierno a fuerza de marchas, huelgas y sabotajes. Aunque aceptaban que el Gran Cabo era un hombre honorable y respetable, no pocas veces lo pusieron contra la pared y en más de una docena de veces hicieron que doblara las manos ante sus demandas. Pero esos tiempos habían quedado lejos en la memoria. Todo había acabado a punta de fusiles y bayonetas luego del golpe militar; posteriormente, el consumismo había completado la tarea. El avance tecnológico no fue tan efectivo para romper a los obreros como lo fueron la represión policiaca y la guerra sucia emprendida por el régimen y la televisión. Todos los sindicatos, no solo el de la mina, habían perdido fuerza y poder para entonces, habían sido reducidos a meros aparatos burocráticos que competían por las migajas que dejaban la competencia de los productos de fuera y la emigración de las empresas hacia Asia. Pero ahora, sobre esos llanos de fútbol, las abuelas socialistas del sindicato, ya jubiladas y con nietos a cuestas, se reunieron para ver jugar fútbol a una mujer.
―¿Qué pasa aquí? ―preguntó Luisa al ver todo ese mar de gente.
―¡Son tus “fanses”! ―contestó El Chimuelo.
Ese día el equipo de Luisa perdía por uno a cero en el primer tiempo y para el segundo remontaron con dos goles de Luisa en notable actuación. Todos quedaron satisfechos. Terminó el juego y las abuelas preguntaron a la Abuela Mayor si no se acercarían a conocerla, a lo que ella contestó:
―No, ya vimos suficiente.
El lunes siguiente salió el comunicado que indicaba que la liga de fútbol dominical prohibía terminantemente la inclusión de mujeres en los equipos. El Chimuelo y El Manco leyeron la noticia en uno de los pizarrones de los pasillos de la mina y se lamentaron un poco. Les quitaban a su mejor jugador.
―Tsss  ―expresó El Chimuelo.
―Ni modo ―resolvió El Manco.
Ese mismo lunes el presidente de la mesa directiva del sindicato se levantó de la cama y no encontró camisas limpias en su closet, así que usó una sucia. Cuando bajó no vio el desayuno servido ni los platos limpios y, lo peor,: su esposa estaba tranquilamente leyendo un libro.
―¿Qué pasa aquí? ―preguntó el hombre.
―Tú sabes. Retira la prohibición que impide que las mujeres jueguen.
El hombre quedó atónito tan solo escuchó eso.
―Tú sabes que el lugar de una mujer no es una cancha de fútbol ―justificó el perjudicado por la evidente huelga que se avecinaba.
―¿Cuál es el lugar de una mujer? Lo que yo sé sobre el lugar de la mujer en el mundo es que una mujer tiene que estar donde quiera estar cuando quiera estar.
―¡¿Y su marido?! ¡¿Y sus hijos?!
―Tiene dieciocho años. Ahora a esa edad están en la escuela y no como yo, cuidando bebés. Los tiempos cambian, esposo. A veces más rápido de lo que nos gustaría.
―¿Entonces la vas a defender? ¿Qué harías si fuera tu hija? ¿Te cuento lo que le hacen cada vez que la marcan en cada tiro de esquina?
―No sé qué es un tiro de esquina, esposo. Pero si fuera mi hija, iría y le rompería el hocico a los hombres que dices que se atrevan a tocarla. Si fuera mi hija ¿con qué cara le diría que dejara de hacer lo que le gusta si yo “hice de mi vida un papalote”? ¿Cómo podría prohibirle algo si tú y yo salíamos a las calles cuando éramos jóvenes a gritar que estaba prohibido prohibir? Nosotros luchamos contra el gobierno, golpeamos policías, dañábamos propiedad privada, extorsionábamos empresarios en nombre de la libertad; comparado con eso, lo de ella es, literalmente, un juego.
―¿Así va a ser entonces, mujer?
―Así va  a ser, esposo.
Ese día el esposo pensó que podría lidiar con el enojo de su esposa hasta que entró a la mina y vio a varios hombres con las camisas sin lavar. El terror lo invadió. La resistencia masculina duró menos de tres días y antes del viernes el Chimuelo fue citado en la sala de juntas del sindicato.
El muchacho entró en aquella sala y el hedor era más insoportable de lo normal (nadie traía ropa limpia). Fue llevado ante la mesa directiva del sindicato y ahí la primera plana de la organización le pidió la cosa más extraña que jamás le habían pedido.
―Esa amiga tuya que tienes que juega en tu equipo. ¿Podrías convencerla de nuevo de que regrese a jugar y olvidamos todo esto para siempre?
El Chimuelo, exploró a la veintena de hombres obreros rudos que tenía ante sí y miró la sinceridad en cada rostro.
―Sí, claro ―contestó el chico sin entender bien lo que ocurría.
―Gracias al cielo. Puedes irte.
La verdad era que ni el Chimuelo ni El Manco habían dicho nada a Luisa sobre la prohibición. No podían pues solo la veían el domingo durante el juego y no tenían ni su número telefónico ni ningún otro medio para comunicarse con ella, no sabían que era de la familia de los patrones ni sabían dónde vivía, lo único que les interesaba de Luisa eran sus goles y su belleza; por lo tanto, Luisa nunca supo de la huelga de las mujeres de los obreros hasta mucho tiempo después.
Como consecuencia, Luisa jugó todos los domingos en la liga de hombres sin ocultar su condición de mujer. Los árbitros eran los únicos que habían cambiado en algo pues habían recibido instrucciones de cuidar doblemente a Luisa durante los partidos. Ella notó que, de a poco, el acoso de los defensas contrarios era cada vez más normal y menos agresivo y soez.
Por otra parte, ella creía que nadie en la Liga sabía que ella era sobrina de Succed, pero el rumor corrió como pólvora y llegó hasta el tío Otulio. El tío meditó bien qué hacer y finalmente decidió no decir ni una sola palabra a Succed. Lo cierto es que había notado en Luisa un cambio en su actitud: ahora tenía buenas notas en la escuela y no era grosera, o al menos ya no era grosera con él.  Concluyó que el juego, aunque fuera en medio de hombres asalariados y sin educación, hacía mejor a Luisa.

Mientras tanto, en la Copa, el rival del F.C. Achéron fue el Royal Club de la capital. Aquella era una escuadra muy respetable en la primera división que, aunque jamás había sido campeón, tampoco había descendido nunca, era además uno de los clubes fundadores de la liga y su nombre lo delataba como creado por los ingleses a finales del siglo XIX. En el país todo el origen del fútbol había sido inglés, desde los precarios mineros hasta los trabajadores de la industria textil y hasta los jóvenes y ricos estudiantes en las universidades, en cada equipo fundado en el país había un caballero inglés de por medio. Un día, los ingleses se fueron a defender su isla en la Primera Guerra Mundial y se quedaron los jugadores nacionales que sufrieron la invasión de otros extranjeros, pero ahora eran españoles, italianos y sí, los franceses que habían fundado al modesto F.C. Achéron.  Y así, en toda esa historia el Royal Club quedó como un fósil de un pasado glorioso y ahora enfrentaba al Achéron. El boletaje para el partido se vio agotado en solo dos horas y la pequeña localidad estallaba en júbilo y expectación, era como despertar luego de una larga depresión o de un estado catatónico, pero tenía la cualidad de ser un acto popular, un hecho que partía la historia del poblado en dos. Entre todo ese mar de entusiasmo futbolero, Luisa era la única que destilaba nostalgia, no estaba contenta y eso se notaba a mil kilómetros, pero a pesar de ello se atrevió a pedir una cosa a su tío Otulio: que le dejara estar presente en el partido de cuartos de final. El tío Otulio habló con Succed pues ella y Luisa no se hablaban nunca ni para pedirse la sal sobre la mesa a la hora del almuerzo, y la tía mostró una compasión inusitada.

―Dale un boleto, Primo, pero en mi palco.
Y así, Luisa y Succed estuvieron en el mismo palco el día del partido.
Por su parte, Drilo tuvo la impresión de estar en una revancha divina, otra vez estaría en los reflectores y no estaba dispuesto a desaprovechar la oportunidad pues soñaba con hacer el partido de su vida y deseaba hacer un gol que gritaran todos y así, en el medio de ese júbilo, pensaba acercarse hasta el palco de la dueña y le dedicaría el gol; ese sería su primer paso concreto de una decisión táctica arriesgada en el partido que jugaba con sus sentimientos. Todo eso lo pensaba hasta que el árbitro pitó el comienzo del juego. A partir de ahí la mente de Drilo solo pudo estar en lo que ocurría en el partido y se convirtió de inmediato en un autista.
El Royal Club se tomó en serio su papel como equipo de primera división que enfrentaba a uno de segunda y salió de inmediato al ataque, y ahí radicó su pecado. En ese tren de entusiasmo ofensivo, corrieron con la mala suerte de que Drilo robó un balón en la media cancha y puso un pase en profundidad para gol a su delantero que no falló. Así, apenas a los doce minutos de juego el Granma explotaba, como no lo había hecho desde hacía más de cincuenta años, en el grito de gol más estruendoso de toda su historia. El Royal Club lo tomó con calma, su entrenador pensó que los equipos chicos tenían chance, de vez en cuando, de creer en los sueños, pero eso tenía que ser superado por la realidad; por lo tanto, no hubo preocupaciones. El desarrollo del juego se trabó en la media cancha y el asunto se agotó en el abismo del tiempo. Cuando quedaban veinte minutos de juego era evidente de que los del Royal Club ahora si estaban preocupados y no parecía ya que la lógica llegaría puntual a la cita. Solo hasta entonces el técnico visitante rectificó y alineó al resto de sus delanteros, pero aquello era demasiado tarde pues el Achéron estaba en su punto.
Mientras tanto, en el palco de Succed, Luisa se aburría, o al menos esa impresión quería dar, pues por dentro sentía emoción cada que Drilo tocaba la pelota y, honestamente, quería que el Achéron terminara la hazaña.
Y entonces ocurrió, a diez minutos del final el Royal club estaba totalmente volcado al frente y la defensa del Achéron se comportaba heroica. Un rebote cerca del área del Achéron le cayó a Drilo y este comenzó una carrera impresionante hacia el medio campo rival, no es que no quisiera deshacerse de la pelota, lo que sucedía es que no tenía a quién pasar o con quien combinar pues todos sus compañeros estaban exhaustos como para intentar una jugada ofensiva. Fue así como tuvo que driblar a dos defensores en el medio campo y estos fueron los últimos. Corrió con la bola camino directo a la portería y ya frente al arquero bastó una bicicleta sencilla para dejar al último guardián postrado de rodillas sobre el césped: un toque preciso y el segundo gol del Achéron. Fue un manicomio. Drilo corrió como había soñado hasta el pie del palco de la dueña y justo cuando iba a lanzar un beso al aire hacia esa dirección, una visión casi fantasmagórica le hizo detener el amoroso festejo: ahí estaba Luisa. No supo qué hacer y en esa duda le cayeron todos sus compañeros encima totalmente eufóricos.
Succed miró de reojo a Luisa que estaba igual de eufórica que todos los asistentes esa noche y comenzó a sospechar que algo extraño pasaba en ese festejo inacabado. Su mente entrenada en best sellers le indicó que Drilo tenía algo que ver con Luisa, aquello le pareció terrible, pero no dijo nada a su sobrina que ni aun en ese momento tan feliz para todos le dirigía palabra.
El árbitro finalizó el encuentro y nadie en Achéron durmió esa noche, todos estaban alegres… excepto Drilo que, en medio de la alegría de sus compañeros, parecía un desahuciado de alguna enfermedad terminal. Sus compañeros no le preguntaron nada pues ni siquiera lo notaron, eran tal la satisfacción y el júbilo que fueron incapaces de notar nada.
Al día siguiente fue jueves y era día de labores, pero incluso en la mina hubo solo media jornada de trabajo, todos estaban contentos. Succed aprobó dejar salir temprano a los trabajadores pues ella misma se sentía bien, pensaba que algo había salido bien en todo esto, su apuesta por Drilo había comenzado a redituar y con el equipo en semi-finales de la copa y a punto de lograr el ascenso de forma matemática, parecía que superaba lo que su padre había hecho.
Ese mismo día, Luisa se quedó de ver con su equipo de mujeres en una lonchería para tomar juntas el almuerzo y ahí se encontró con un ambiente diferente al que predominaba en el pueblo: no había sonrisas. Una a una de las chicas le platicaron que, producto del heroico partido en el estacionamiento abandonado del centro comercial de Achéron, todas habían terminado lastimadas y habían tomado la decisión de no continuar más. Al principio la decisión parecía unánime, pero las hermanas confesaron que a ellas no les importaba mucho aquello de arriesgar el pellejo en cada juego y que seguirían en el equipo si es que tal cosa podía prevalecer. Para las bailarinas nudistas el asunto era definitivo, ellas vivían de su cuerpo y no podían tener las rodillas raspadas, los tobillos con torceduras o las uñas de los pies y las manos desprendidas, las ampollas eran un punto y aparte que llevaba el asunto a lo intolerable. Así, le dieron las gracias por todo y se retiraron, ni siquiera pagaron su cuenta. Luisa se quedó con las hermanas Serdán que trataron de animarla diciéndole que seguramente Rosa seguiría en el equipo. Esa misma tarde Luisa habló desconsolada con Rosa y esta corroboró que ella seguía en el equipo, pero que ahora era imprescindible conseguir más jugadoras…
―¡¿Pero ya buscamos en todos lados!? ―lamentó Luisa.
―No en la mina ―indicó Rosa.
Como Luisa no salía de su tristeza, Rosa le ofreció salir a dar una vuelta por el pueblo, caminaron por la acera que bordeaba el río y decidieron sentarse en una banca a la sombra de un árbol, Luisa seguía inconsolable y justo enfrente de las dos chicas pasó Ramón que traía dos cajas de cervezas con las cuales estaba dispuesto a continuar el festejo por el pase del Achéron.
―Bueno, chica, ¿y a ti qué te pasa?
Rosa miró a Ramón con desconfianza, pero Luisa le dijo.
―No te preocupes, es un amigo. Hola, Ramón.
Rosa bajó la guardia y escuchó a Luisa contar su desgracia al prospecto de borracho nocturno.
―Muy mal, chica. Para empezar las mujeres no deberían jugar al fútbol, pero como soy tu amigo, te ayudaré…― le dijo Ramón.
―No creo que haya nadie que pueda ayudarme. No iré a buscar en la mina pues la mina es de mi tía y me descubriría.
Ramón sabía que todos sabían que Luisa jugaba en la Liga varonil de la Mina. Por lo tanto, ir a buscar jugadoras era un riesgo menor que aquello. Ramón concluyó que Luisa no sabía que, de hecho, ella era toda una celebridad en la mina entera.
―¿Dónde entrenan? ―preguntó Ramón.
―En el potrero, todos los jueves y martes, a veces los sábados, por las tardes ―respondió Luisa.
―Bien, te veré ahí, dime la hora exacta.
―¿Para qué me verá ahí?
―¡Tienes la cabeza tan hueca como Drilo, mujer! Confía en mí.
―A las cuatro.
Así, el siguiente martes, Luisa llegó tarde al entrenamiento, ya no estaba tan triste, pero no le animaba ir a entrenar, por eso su sorpresa fue mayúscula cuando miró que sobre el potrero había al menos trece mujeres con indumentaria futbolera. Pero había algo extraño, las mujeres no se movían. Rosa y las Serdán estaban de frente, casi como encarando a un grupo de señoras que evidentemente habían llegado con Ramón que, a diferencia de la tensión que había en las mujeres, estaba cómodamente sentado al borde de la cancha del potrero.
―Te dije que confiaras en mí ―le dijo Ramón al verla llegar.
―Pero… ¿cómo lo hizo? ¿De dónde las sacó? ―preguntó Luisa.
―De aquí y de allá. Bueno, todas son trabajadoras de la mina, pero no te preocupes, no te delatarán porque si sus maridos o sus hermanos se enteran de que ellas juegan fútbol estarán en peores problemas que tú. Por cierto, la que reza es un caso especial, no habla nuestro idioma, pero sé que es bastante buena, quizás mejor que tú, y no trabaja en la mina. Y hablando de religiones… ¿Por qué no me dijiste que tu equipo era de prostitutas?
Luisa miró en dirección de la que estaba rezando, en efecto esa mujer parecía estar ajena a la situación.
―¿Qué me preguntó? ―dijo Luisa.
―Que no me dijiste que tu equipo era de prostitutas ―repitió Ramón.
―No son… bueno, en el sentido estricto… ¡mierda! ¿Y cuál es el problema? ―aceptó de manera indignada Luisa que realmente ignoraba que eso fuese un problema para la gente que se decía normal y respetuosa de las buenas costumbres.
―Que yo te traje amas de casa; estas locas leen la Biblia, Luisa. Bueno, la rara en realidad lee el Corán.
Luisa fue hasta el grupo de mujeres y minimizó el problema, observó que ahora no se dirigían palabra, pero se miraban con odio…
―Hola a todas. ¿Cómo están? ―preguntó Luisa en cuanto se supo con la atención de todas las mujeres.
―Bueno, que tus nuevas amigas nos dijeron que no entraremos al reino de los cielos ―informó Rosa visiblemente molesta.
―¿Por qué? ―preguntó inocentemente Luisa.
―Porque yo no creo en dios y las Serdán son...
―Tú eres, Luisa, ¿no? ―preguntó una de las mujeres de la mina.
―Sí, escuchen no hay por…
―Jugaremos para ti, pero no jugaremos con ellas ―interrumpió la mujer.
Luisa quiso morirse, no le gustaba mediar los problemas pues no estaba acostumbrada a estar en tal posición ya que generalmente ella era el problema. Luego observó que, del lado del bando de las condenadas al infierno, había una chica nueva y muy joven, la reconoció, no era prostituta pero era adicta, justo lo que ella había querido evitar. Las Serdán notaron que Luisa miró a la nueva chica y Carmen le trató de explicar.
―Tiene un mes limpia, Luisa. No la juzgues, antes mira cómo juega.
―¡¿Es adicta?! ―gritó una de la mina y el escándalo se desparramó sobre el lodo del potrero y sobre Luisa. La chica extranjera se acercó al grupo y una de las amas de casa, al notar que cubría su cabeza con el típico velo del islam, solo atinó a lamentarse…
―¡Y además infieles!
Entonces Ramón se decidió ayudar a Luisa, se acercó hasta el punto del conflicto y les gritó a todas…
―¿¡Qué demonios hacen!? ¡Vamos, cada una tome un balón! ¡Es tiempo de empezar su entrenamiento!
Todas las mujeres lo miraron de forma severa y el modesto hombre se dio cuenta de que él era más inútil que Luisa. Entonces, la Nadiani sacó de su cabeza el mejor speech que pudo para evitar aquella guerra.
―Oigan todas, yo soy quien las convocó aquí para jugar fútbol. Sé que todas tenemos vidas diferentes, pero hay algunas cosa que nos unen. Yo no sé ustedes, pero yo tengo prohibido jugar fútbol, no debería estar aquí y sé que los esposos de ustedes ―dijo dirigiéndose a las amas de casa ―no las dejan tampoco jugar.
―Te admiramos por todo lo que has hecho en la Liga de la mina. Pero no jugaremos con las putas ―dijo una escéptica ama de casa.
―Yo no soy prostituta ―dijo, sin saber a qué punto quería llegar, Luisa ―, solo soy alguien que no hace nada de nada, soy una vaga pues soy mala para los estudios, pero eso no me afecta porque mi familia es dueña de la mina y por ello no tengo que vender mi cuerpo para poder comprar comida. En realidad yo no sirvo para nada, pero me gusta jugar al fútbol.
Luisa ahora estaba volando bajo en su estado anímico, realmente había hablado por primera vez sobre ella y descubrió que su propia descripción de sí misma no le había gustado y le había causado dolor; pero era cierto, ella no tenía ni oficio ni beneficio en ese momento de su vida y no había consecuencias al respecto porque su familia estaba en la parte alta de la pirámide social.
―Yo soy Inés ―dijo entonces la más obtusa de las amas de casa ―, tengo tres hijos y ningún esposo. Les vendó alimentos a los trabajadores en el comedor de la mina. Yo no tengo prohibido estar aquí, pero te entiendo, cuando tenía esposo este me golpeaba y no me daba ninguna libertad.
Luisa no entendió cómo la historia de aquella mujer se relacionaba con la suya. Antes de pensar profundamente sobre ello…
―Yo soy Emma ―agregó otra ama de casa ―y yo si tengo esposo y sí, no debería yo estar aquí. Si mi esposo se entera me mata… bueno, no tanto, pero de que me pone unos buenos “madrazos”, seguro.
―Bueno, pues yo soy Rosa, soy estudiante de la preparatoria y fui aceptada para estudiar en la Universidad Nacional y ninguna persona directamente me prohíbe estar aquí, pero todas tenemos prohibido estar aquí de algún modo porque en este país las mujeres lo tenemos todo prohibido. Para respirar tenemos que pedir permiso a los hombres y eso me tiene harta, ¡por eso estoy aquí y soy feliz de estar aquí!
Hubo un leve silencio e Inés tomó la palabra otra vez.
―Bueno, no estoy de acuerdo con la vida que llevan, pero no creo que eso haga que no podamos jugar juntas.
Entonces, Carmen, avanzó hasta Marta y frente a ella le dijo.
―Pues seamos un equipo ―y le extendió la mano.
Inés dudó un momento y, antes de estrechar la mano de Carmen, advirtió.
―Yo no seré quien te arroje la primera piedra.
Luego las otras de la mina se acercaron a darle la mano a Carmen y el gesto se repartió entre todas. Incluso fueron a abrazar a la extranjera que no tenía ni idea de lo que ahí estaba pasando. Pronto la aceptación se hizo presente sobre el lodo fresco del potrero y el asunto de las vidas personales de cada quien no volvió a ser tema de charla en el nuevo equipo en mucho tiempo.
―¿Quién las entrenará? ―preguntó Ramón a Luisa.
―Por el momento yo ―respondió ella.
―¿No te será complicado? ―dijo Ramón que pensaba que Luisa necesitaría ayuda.
―No, gracias a su ayuda he cumplido mi parte y ahora tendremos entrenador.
―¿Quién?
―Un viejo amigo mío… y de usted.
Drilo tenía valor, se sentía bien, el desaguisado del festejo frente al palco en el último partido no le había dejado una cicatriz tan profunda, por lo tanto, luego del entrenamiento se decidió a asaltar todos sus temores. Ese día martes, mientras Luisa formaba a su nuevo equipo, él se duchaba en las regaderas del Granma, se anudó una corbata y el viejo Camacho no pudo evitar preguntarle a qué se debía tanta elegancia. Drilo no le dijo nada, solo le sonrió, se colocó el saco y se fue…
―Este muchacho siempre ha estado loco… ―alcanzó a decir Camacho.
Drilo cruzó los pasillos del viejo Granma y llegó hasta la puerta de la oficina de Succed. Dio un hondo suspiro y se atrevió a tocar.
―Adelante ―se escuchó decir a Succed desde adentro.
Drilo abrió la puerta.
―¿Qué desea, señor Drilo?
Los nervios asaltaron a Drilo, comenzó a sudar más que si estuviera en el minuto 90 de un dramático partido, empezó a respirar rápido y solo pudo atinar a decir…
―Lo siento, me equivoque.
Cerró la puerta y se fue. Succed quedó extrañada y fue entonces que salió rápido de la oficina y alcanzó a Drilo.
―¡Oiga!, venga acá ―le ordenó. Estaba decidida a llegar al fondo de todo eso.
Drilo obedeció como un perrito amaestrado y acompaño a Succed de nuevo hasta la oficina. Ya dentro, la dueña de la mina buscó respuestas.
―Quiero preguntarle sobre mi sobrina. ¿La ha visto?
Drilo no supo a qué venía la pregunta.
―No, no la he visto.
―¿Por qué entonces actúa de manera sospechosa, señor Drilo?
Drilo se sintió atrapado, ¿acaso Luisa había contado a su tía sobre el día en el acantilado de la bahía de Achéron? Drilo pensó que Succed lo sabía todo y decidió confesar lo que él sabía había estado mal…
―Bueno… Yo…
Las palabras se le trababan en la lengua.
Succed fue al grano.
―Drilo, usted iba a festejar ese gol lanzándole un beso a mi sobrina… ¿tiene usted algo que ver con ella?
Drilo quedó en shock. El beso no era en absoluto para Luisa, pero la pregunta no era si el beso era para Luisa sino si él tenía algo que ver con ella. Drilo recorrió a mil por hora todas las implicaciones morales del caso que su mente alcanzaba a comprender y al final soltó…
―El beso era para ti, no para… Luisa.
Succed quedó fría ante aquella verdad…
―¡¿Qué?!
―Por otro lado ―dijo Drilo en un alarde de honestidad para estar en paz ―, Luisa…
―¡¿Cómo que para mí?! ¡Explíquese! ¡¿Qué es esta burla?!
Drilo quedó interrumpido para siempre y recuperó la razón y se supo en una ruta de escape muy conveniente.
―Sí, era para ti. Porque tú… tú…
Mientras decía eso le pareció que no era tan mala idea confesar mejor lo de Luisa.
―¡¿Yo qué!? ―exigió Succed fuera de quicio.
―¡Tú me gustas, me encantas, me haces pensar que la vida está bien porque tú existes!
Succed quedó fuera de semblante. Drilo bajó los hombros y encorvó la postura.
Succed se tomó la frente con la mano izquierda y con la derecha la cadera, hubo un momento de silencio terriblemente incómodo. Aquello era un fuera de lugar flagrante y los sorprendidos no salían de su asombro. Succed comenzó a pensar de forma lógica y maquinó la conspiración en su cabeza, Drilo mentía pues, en efecto, su declaración de amor no era realmente la más convincente.
―Retírese, Drilo. Y no comente nada de esto a nadie.
Drilo salió del lugar como si hubiera sido condenado a muerte por un jurado implacable y caminó por los pasillos del estadio hasta la salida y ya no importaba más el partido semi-final de Copa o el futuro ascenso a primera, ya no importaba el entrenamiento del día de mañana ni el ser el héroe del pueblo, ya no importaba Luisa…
Y ahí estaba, esperándolo afuera del Granma, se veía hermosa y desde donde estaba le gritó.
―¡Jefe! ¡Junté catorce! ¡Somos catorce mujeres en el equipo!

Comentarios