VI POR UN BESO



Por alguna razón, a Drilo se le había clavado en la mente la idea de que el fútbol femenil eran once jugadoras como Luisa: no solo buenas jugadoras sino con facciones francesas y cuerpo esbelto. En cambio, estaba ante él una muestra más representativa de las mujeres de Achéron. Para empezar, ninguna era joven, todas pasaban de los treinta años e incluso Rosa, que debido a sus malos hábitos alimenticios y de aseo personal aunados a una madurez mental muy superior al promedio, parecía mucho mayor de lo que era. Dos de las jugadoras estaban pasadas de peso, casi todas eran de menor estatura que Luisa y su 1.70 m., su piel se miraba maltratada por la sal, el polvo y el intenso sol de Achéron. Su vestimenta no era mejor, se notaban la precariedad económica y el desconocimiento de la actividad deportiva. Solo una de ellas, la creyente del Corán, llevaba un atuendo deportivo en toda regla que solo descomponía el hiyab que le cubría la cabeza, y eso la volvía la más extraña de todas; cuando Drilo le preguntó su nombre y se dio cuenta de que ella no hablaba español casi cayó en pánico. Él quería salir corriendo de ese potrero, no quería entrenar aquello porque aquello no era un equipo. Luisa tuvo que detenerlo con un intento de beso en la boca y con la promesa de que, de alguna forma, no sabía cómo, eso mejoraría y ellas podrían jugar.

―¡Eso no es un equipo! ―le reclamó Drilo a Luisa.
―Puede serlo ―dijo ella.
―¡Y no me beses! No somos…
―Está bien. Como usted diga. Pero usted me hizo una promesa, aquí hay más de once mujeres.
Drilo tuvo un ataque de conciencia, recordó que él había fallado el gol que había desencadenado todo lo malo del mundo. Se llevó los dedos de su mano derecha a la boca presa del nerviosismo, luego respiro profundamente y se dio valor.
―Si nos descubren todos tendremos problemas. Pero ya sé que a ti no te importa, ¡nunca te importa nada!, ¡porque estás loca! Cumpliré mi promesa, pero si esto se pone feo yo diré que tú me obligaste a todo.
Luisa a veces no podía creer lo cobarde que podía ser Drilo, aquel joven era capaz de romper las más rudas defensas del fútbol, pero temblaba con cosas que a ella le parecían minúsculas.
―Está bien, Jefe. Yo me echaré la culpa de todo si algo sale mal.
Y así, Drilo comenzó esa tarde a entrenar a un equipo de mujeres y aquello fue regresar a las bases: recepción, pase con la parte interna, control de balón. Era como entrenar niños, pero con la diferencia de que faltaba el entusiasmo propio de la niñez y sobraba el miedo característico de enfrentarse a lo desconocido.
Sin embargo, no se trataba de mujeres neófitas en el fútbol, las mujeres de la mina habían tenido durante mucho tiempo un equipo que no jugaba contra nadie (jugaban entre ellas mismas) y que era un equipo secreto. La arquitecta de esa idea había sido Inés, y durante muchos años esas mujeres se habían reunido a jugar los días domingos en una pequeña cancha de asfalto del sur de Achéron. Así, se podía decir que las mujeres de la mina tenían la idea del fútbol ya en la cabeza y solo había que darle estructura a eso.
Más todavía, las sorpresas fundamentales del equipo eran Thenmuli, la extranjera, y Alejandra Kolontái. La primera, era técnicamente muy limpia y parecía saberlo todo sobre el juego, no había que enseñarle nada y quizás su único defecto era su estado físico, pues según Ramón, a señas había podido enterarse de que la mujer llevaba un año sin jugar. Alejandra, por su parte, que llevaba un tiempo limpia de drogas gracias a que sus padres la habían internado en una clínica para ello durante meses, también ya tenía el fútbol interiorizado en su ser, resultaba que la chica desde muy joven había encontrado en la calle algo a lo cual llamar hogar y entre todas las cosas que aquel ambiente le otorgó estuvo el fútbol a lado de hombres y sobre el pavimento. Incluso, Luisa se equivocaba al creer que ella había sido la primera mujer sobre el asfalto del viejo estacionamiento del abandonado centro comercial de Achéron, pues ese honor lo tenía Alejandra, quien, había jugado para el equipo del sur de los pobres en tres o cuatro ocasiones mucho antes de que Luisa descubriera ese lugar. Su paso, sin embargo, había sido mucho más discreto que el de Luisa, pues era evidente que la vocación de Alejandra era más defensiva que ofensiva; prefería la garra y el correr que la técnica y la elegancia, simplemente no tenía referentes ni una vida como para ser una jugadora de lujos y jugadas bonitas. No es que Alejandra fuera pobre, su familia tenía dinero suficiente para casi todo, pero no tenía hermanos ni hermanas y sus padres eran de esos fantasmas obsesionados con el trabajo. Tampoco es que fuera una adicta sin remedio, la chica realmente estaba en búsqueda de una salida, de una razón y de tantas cosas que cuando le ofrecieron ser parte de un equipo de fútbol no lo pensó dos veces, era lo que había estado buscando.
Esa semana en que Drilo comenzó a entrenar al equipo de chicas le tocó jugar un partido lamentable en la liga por el ascenso, el Achéron perdió por 6 a 1 contra un equipo que navegaba mediocremente en la comodidad de la media tabla de la segunda división; el ambiente en el equipo de Drilo era de absoluto nerviosismo, pero el diez estaba más que nervioso por el probable histórico avance en el torneo de Copa: estaba deprimido, angustiado y con temor, todo al mismo tiempo. Desde que había confesado su amor no había visto en ninguna ocasión a Succed. La goleada, la del 6 a 1, por más miserable y mal augurio que hubiese parecido ser, apenas había sido notada por el ánimo de Drilo. Cuando a la siguiente semana entrenó a las mujeres, seguía sin ver o saber nada de Succed y el Achéron juntaba una segunda derrota consecutiva por primera vez en la liga de ascenso en esa temporada. Por consecuencia acumulada de hechos, entró en crisis y decidió finalmente poner orden en todo y no dejarlo a la deriva. En el entrenamiento del martes en el potrero, llamó a Luisa.
―¡Oye, Luisa!, ven por favor, quiero hablar contigo.
―Dígame, Jefe.
―No me digas jefe, ya te dije que no soy tan viejo.
―Perdón. ¿Qué deseas, Drilo? ―dijo Luisa en tono de burla.
―¿No has visto a tu tía en estos días?
A Luisa se le fue la sonrisa, puso una expresión de molestia y contestó agresivamente:
―No, por fortuna.
―¡Viven en la misma casa! ¿Cómo es que no las has visto?―expresó Drilo incrédulo
Luisa no contestó, para ella era fácil evitar a su tía: Succed llevaba una estricta agenda; además, la pregunta de Drilo realmente le molestaba, pero no sabía exactamente si eran celos o el simple desprecio que le ocasionaba recordar que tenía una tía.
―Bueno ―continuó Drilo―, trataré de hablar con ella mañana.
―¿De qué cosa, Jefe?
Drilo no dijo nada por un instante, pensó que en realidad Luisa no debía saber que él se le había declarado a su tía.
―Nada… Yo…
―No soy tonta, Jefe. Usted la quiere, no sé cómo se enamoró de una bruja como ella, pero bueno… es como dice Ramón, usted es muy burro.
―¿¡Eso dice Ramón!?
Luisa no contestó otra vez, seguía molesta y solo pensaba en regresar al entrenamiento.
―Además, mañana no puede usted hablar con ella.
―¿Por qué?
―Porque usted va mañana a la capital, juegan la semifinal de copa contra los Rojos.
―Regresa con tus compañeras, Luisa.
Luisa, todavía molesta, dio la vuelta y regresó trotando a donde sus compañeras practicaban cómo pegarle a la pelota con la parte externa del pie asesoradas por Ramón.
La falta de tiempo urgió a Drilo a acelerar las cosas, al terminar el entrenamiento enfiló hacia el Granma, ingresó a las oficinas y no tuvo que tocar a la puerta, desde el pasillo observó que Succed revisaba algunos documentos. Ella estaba tan concentrada en esa tarea que no se dio cuenta de la presencia del futbolista hasta que lo tuvo a solo dos metros de distancia de ella, solo entonces se levantó de su silla.
―¡Usted otra vez! ― alcanzó a decir ella.
―Sí, yo…
―Debería estar descansando, el partido de mañana es muy importante.
Drilo tomó aire y todo lo que dijo a continuación lo hizo tratando de no mirar a los ojos a Succed.
―Quiero invitarla a cenar hoy.
El silencio fue de funeral, peor aún: de equipo local eliminado por penales.
Succed bajó la guardia, decidió darle una oportunidad a ese futbolista seis años menor que ella y sobre el que pesaba la sospecha de cortejar a su sobrina.
―Está bien, ¿qué sugiere? ―dijo al fin y Drilo levantó la vista con la sonrisa más grande de su vida. Jamás había sido tan feliz con ninguno de sus goles. El diez pensó primero en el Bar de los Mineros, pero rechazó la idea casi de inmediato pues consideró las consecuencias del “qué dirán”.
―Pidamos una pizza y la comeremos en el comedor del estadio― propuso Drilo y a Succed le pareció una idea sensata pues ella también había reparado en el “qué dirán”. Así, los dos discretos pidieron una pizza margarita y hablaron de todo menos del juego del siguiente día, tampoco hablaron ni de la mina ni mucho menos de la sobrina problemática.
Pasada la media noche, Drilo se despidió de Succed y ella pidió un taxi para ir a casa. Él caminó hasta su casa y no pudo dormir.
Al día siguiente, Drilo se presentó con unas ojeras enormes en la estación de autobús donde el resto de sus compañeros estaban ya a la espera. Camacho notó que Drilo estaba desvelado y dudó por un momento en alienarlo, pero al final se arriesgó y ganó la apuesta: el Achéron ganó por uno a cero con gol y una gran actuación de Drilo.
El champagne corrió por todo Achéron, cuyo equipo pasaba por primera vez a la final de copa. Hubo día de descanso extraordinario en la mina y los jugadores fueron recibidos con flores, cerveza y música de la banda de la escuela de bachillerato de la ciudad, la misma a la que asistía Luisa. El alcalde del pueblo dio la mano a cada uno de los jugadores tan solo estos bajaron del autobús, la prensa local se vio abrumada por la llegada en masa de la prensa nacional e internacional, el milagro del Achéron comenzó a tener eco en el mundo entero. Por todas las calles de la insípida Achéron se sentía ahora un aire de ilusión y fe en el futuro, todos eran más amables con todos, el tráfico matutino era menos ruidoso y la estación de policía reportó que esos días previos a la final el índice de delitos (casi siempre delitos menores en la pequeña localidad) había mermado en un 12%. Achéron era, de haberse medido, el centro de la felicidad de una nación en bancarrota.
El juego de la final de copa sería el último de la temporada y sería contra los Celestes. Desde casa, Tanque observaba serio el partido entre Achéron y los Rojos y cuando el juego terminó, se quedó frente al televisor durante otras dos horas más. En realidad no ponía atención a la caja idiota, toda su concentración estaba en un solo hecho: la revancha que todos habían esperado se daría por fin. Todo lo que él había planeado se había consumado y le daba gusto, pero al mismo tiempo sentía cierta angustia pues un ciclo funesto podría al final terminar.
Esa semana previa al duelo, Tanque entrenó como si incrementar la intensidad del entrenamiento de una sola semana pudiera asegurarle el aumento de algún poder extraordinario y mágico que no había: se sabía menos creativo y hábil que Drilo, pero al mismo tiempo sabía que era más rápido, fuerte y confiaba en su excelente visión de juego. Siete años en primera división le habían hecho el mejor jugador de la liga y lo mismo jugaba la central que la lateral o en el centro del campo, dependía lo que el entrenador en turno quisiera. No solo era un jugador cumplidor, era el alma, la garra, el esfuerzo del primero hasta el último minuto del juego; era la fuerza y aliento de los Celestes y también de la Selección Nacional. Él ya había jugado una copa del mundo y toda una serie de torneos internacionales. Pero además, su técnica era perfecta, nunca equivocaba un pase o fallaba una recepción por más difícil que llegará la pelota; podía leer a los delanteros y mediocampistas un segundo antes, prediciendo lo que estos iban a hacer. No requería de una barrida de último momento pues nunca llegaba tarde a una pelota, solo se barría cuando quería golpear y hacer sentir miedo al rival, la barrida en Tanque era un recurso para intimidar no para robar el balón. Y ante todo, era un ganador, él lo sabía, los rivales los sabían muy bien y las marcas publicitarias lo sabían todavía mejor y explotaban esa característica en los anuncios publicitarios por los que le pagaban cantidades millonarias. Pero había un inconveniente, la gente no dejaba de hablar de aquella final entre Celestes y Rojos que había culminado en el episodio infame de la tragedia del Nacional, y a él le molestaban las habladurías, los rumores y las insinuaciones del público, de la prensa y hasta de sus colegas que afirmaban que de haber ocurrido tal o cual cosa Drilo hubiese sido el ganador y no él. Era necesario dejar las cosas en claro, así los demás lo entenderían y sabrían que aquello debía haber pasado porque no podía haber ocurrido de otra manera. El apodado Superman del fútbol nadaba en dinero y anuncios publicitarios y nadie podía imaginar que un jugador con la pierna quebrada, y que jugaba en la segunda división, pudiese quitarle el sueño a tan sólido gigante, pero así era.
Tanque y Drilo no eran los únicos que querían saldar deudas en la final de copa, también el viejo Camacho tenía una revancha pendiente en ese juego y pasó la noche previa al encuentro sin dormir, pensaba en la mejor estrategia para enfrentarse, nuevamente, a los Celestes. La táctica no podía fallar y sabía que tenía un plantel inferior comparado con el de su rival, por ello repasaba todos los sistemas de juego, todas las posibilidades e imprevistos y trataba de jugar al adivino cuando se preguntaba qué táctica usarían los Celestes el día de la final. El viejo reconoció dentro de sí un sentimiento conocido que hacía mucho tiempo se había ido de su vida, era un fantasma de sus tiempos de juventud cuando era jugador de fútbol, era el miedo a perder.
Los compañeros de equipo de Drilo también estaban nerviosos, para muchos sería su primera final y la primera vez que enfrentarían al equipo más poderoso del fútbol nacional. La mayoría de los jugadores del Achéron de esa temporada eran jóvenes menores de 26 años, sin experiencia, pero con talento y hambre de ser reconocidos; eran una camada de chavales notable sin nada que perder. Sin embargo, eran las excepciones de edad las que hacían al Achéron peculiar y al mismo tiempo un rival peligroso. Al comienzo de esa temporada Camacho se había presentado a la oficina de Succed con una lista de refuerzos bastante interesante, Succed le indició al siete copas que esos asuntos los tenía que platicar con la plana deportiva de la administración, pero Camacho insistió en que debía hablarlo directamente con ella. Ante la insistencia del que, ella pensaba era un buen hombre, le dejó hablar y así Camacho le comentó que dos leyendas del fútbol de primera estaban dispuestas a jugar con el Achéron en segunda con una disminución sustancial en su salario. Camacho explicó que eran jugadores honestos que querían una segunda oportunidad en el fútbol que ahora los había relegado a piezas de museo que calentaban la banca de sus respectivos equipos en espera de un indigno retiro, eran el arquero Toussaint y el central Sandino, los dos ex-jugadores de los rojos y en su momento de la Selección Nacional. Sandino tenía en la espalda cuatro copas mundiales.
Si bien Camacho decía verdad sobre que esos dos jugadores buscaban nuevos aires y un retiro digno, la razón más fuerte para aceptar tales condiciones de trabajo en un equipo chico como lo era el Achéron, era el mismo Camacho: esos dos soldados de la grama habían sido debutados por el filósofo del fútbol y él los había guiado a los triunfos más grandes de sus carreras, arquero y defensa veían en Camacho a un padre, un mentor, alguien a quien podían dedicar sus últimos minutos sobre las canchas. Succed aceptó las condiciones y preguntó a Camacho sobre otro fichaje de circunstancias extrañas.
 ―Entonces, profesor, supongo que usted también tiene que ver con esta otra oferta, ¿cierto?
Succed puso sobre el escritorio los documentos en donde se ofrecía al Achéron a un jugador de talla mundial a cambio de prácticamente nada.
―No, señorita ―dijo Camacho mientras leía los documentos ―, ¿quién es el jugador?
―Un tal Vladímir, su representante vino ayer aquí a hacer la oferta.
Camacho casi se va de espaldas al escuchar el nombre…
―¿Vladímir? ¿El trotamundos? ―preguntó Camacho.
―Sí, creo que si…
―Señorita, no tengo nada que ver con esa oferta, pero debemos tomarla, si esto es cierto tendremos a un jugador que todavía no es tan viejo y que tiene un juego exquisito. Ha jugado en los mejores equipos del mundo, es un jugador extraordinario.
En efecto, Vladímir era un gran jugador, pero tenía problemas de indisciplina y fama de fiestero, además de disidente político. Era un problema en toda regla y aunque su capacidad y habilidad le habían permitido jugar en los más grandes clubes del mundo, nunca duraba en una plantilla más allá de una temporada. Sus compañeros terminaban hartos de él, al igual que sus entrenadores y hasta sus fanáticos. Uno de los vídeos más virales en la red era uno donde había festejado un gol bajándose los pantaloncillos y había argumentado después que él creía que la regla lo que impedía era quitarse la camiseta y no los pantaloncillos. Camacho se cuidó de no decir nada de esto a Succed y aunque le parecía extraño el asunto, pensaba que había que aprovechar la situación.
―Con Drilo y Vladímir tendremos un gran ataque ―se dijo así mismo el ilusionado entrenador. Y así, el indisciplinado, el trotamundos, el azote de Armenia, la bestia negra o el hijo de Satán cómo le decían los fanáticos, llegó a Achéron directo de Arabia Saudita, país al que se había fugado del fútbol europeo por una suma alta de petrodólares para jugar en el equipo oficial del rey saudí. Se presentó con sus compañeros y se mostró altanero y chocante como siempre, pero a diferencia de sus anteriores equipos encontró que los modestos jugadores del Achéron no se molestaban con ninguna de sus bromas ni sus desplantes, no había en la escuadra otras estrellas que pudieran ver sus egos y fama comprometidos por los chistes pesados de Vladímir. Al principio, eso descontroló a la estrella del Cáucaso, pero pronto le encantó la situación. Además había una ventaja extra en todo eso: en Achéron no había prensa, no una que lo hostigara todo el tiempo. Esto último era una bendición para su personalidad irreverente, podía caminar por Achéron sin que nadie lo molestara, todos lo saludaban, sin embargo nadie le pedía una foto o un autógrafo; además podía entrar al Bar de los Mineros y convivir con los proletariados de la sal. Para él, haber llegado a Achéron era lo mejor que le podía haber pasado.  Así, con Vladímir y Drilo en el ataque el Achéron encontró el éxito y llegó a la final de la copa.
Sin embargo, la semana antes del encuentro, Camacho tuvo un problema: el central titular que acompañaba a Sandino se había lesionado en el primer entrenamiento previo al partido de la final. Aquello era trágico pues todos sabían que no había un sustituto natural. Primero pensó en la lógica: bajar a algún mediocampista de recuperación a hacer labores de central. Pero pronto se decantó por la segunda opción: debutar a un joven de la cantera. Todos trataron de convencerlo de lo contrario, de jugar a la segura, de no hacer locuras, de no arriesgar; pero estaban ante el hombre que más jóvenes había debutado como entrenador en toda la historia del fútbol nacional. Así, mandó llamar a un viejo conocido de Drilo pues él lo había visto entrenar cuando ayudaba a Bartolomé en las reservas del equipo y lo recordaba muy bien pues era el joven que había tundido a patadas a Luisa en aquel interescuadras que todos habían jurado olvidar.

El chico elegido para debutar en una final se llamaba Ricky de Marco Caepio y su nombre era un alarde de admiración de sus padres por un cantante boricua de fama mundial de hacía muchos años. Había sido criado entre la pobreza y la ignorancia. El oficio de sus padres como recolectores de fresas en los interminables campos de las colinas cercanas a Achéron apenas alcanzaba para mantener la dignidad y los estudios del chico que desde muy pequeño se maravilló por el fútbol. Para el chaval de los campos de fresas, el fútbol significó la diversión en la niñez y la posibilidad de éxito en la adolescencia. Él mismo, a sus dieciséis años, trabajó en los campos de fresas para ahorrar lo suficiente para el pasaje a Achéron y así poder probarse en las inferiores del equipo. Se quedó, Bartolomé observó en él la garra y la fuerza de un central, atributos amalgamados con una clase que parecía más de un diez que de un dos. Regresó triunfal a sus campos de fresas y sus padres aceptaron que se fuese a vivir al “pueblo grande” como llamaban todos los de fuera a la pequeña localidad de Achéron. Y así, no hubo más, Ricky vivía ya su sueño cuando Luisa entró a su campo de juego para hacer regates y burlarse de todos los reservas del Achéron. Él se decidió ponerle el alto a tal despliegue de habilidad e insolencia y en varias jugadas le quitó el balón a Luisa de forma poco limpia. Luego ocurrió aquella jugada que desencadenó todo. Cuando Luisa lo encaró él estaba dispuesto a meterle dos golpes secos en el rostro dijera lo que dijera Bartolomé y luego se supo que aquel Luis era en realidad una chica. 
Luego de aquel suceso tan extraño y el juramento de no decir nunca nada sobre el hecho, Ricky fue el único que tuvo curiosidad por saber cómo era que aquella chica había llegado a engañar a todos, pero siempre tuvo miedo de preguntar a Drilo o Bartolomé algo relativo sobre el tema. ¿Quién era aquella chica? Se preguntó varias noches mientras daba vueltas en su cama sin poder dormir. Un día la fortuna le permitió volverse a encontrar con Luisa y la reconoció, esa ocasión había salido tarde del entrenamiento de reservas pues se había lastimado el tobillo y había pasado a ver al médico de cabecera del club, de esa forma pudo ver llegar a los jugadores del primer equipo y observó el entrenamiento de estos soñando con algún día ser parte de aquel cuadro. Luego de que aquello acabó, se encontró al doctor nuevamente en el pasillo y este le revisó nuevamente el vendaje, era como si el doctor fuera uno de los cómplices del destino. El tiempo pasó y salió del Granma al mismo tiempo que los jugadores del primer equipo y pudo ver a Luisa con su automóvil deportivo descapotable. También observó que se llevó a Drilo, pero eso no le importó mucho pues había tenido otras dos revelaciones ese día mucho más importantes: la primera era que había por fin encontrado a la misteriosa chica futbolera y la segunda era que estaba completamente enamorado de ella. Además, supo por el automóvil que ella era rica o al menos eso parecía. Por alguna razón ese automóvil le había parecido conocido y tuvo la precaución de anotar la matricula en su memoria, acto seguido, corrió al Bar de los Mineros y entró sin pedir ninguna cerveza ni absolutamente nada, fue directo hasta una fotografía que estaba enmarcada y colgada en una de las paredes de ese bar. Esa imagen estaba en sepia y mostraba un automóvil descapotable. Por fortuna, en la fotografía, la matricula del automóvil era visible, y junto al auto posaba un caballero portentoso y sonriente. La matrícula era la misma y, por lo tanto, no había error: era el mismo automóvil. Fue hasta la barra del bar y preguntó al viejo cantinero la historia de aquella fotografía. El cantinero le preguntó la razón y Ricky no supo qué responder. Desconfiado, el cantinero pensó en no dar ninguna referencia, pero tenía ganas de platicar la historia, era un tipo de esos que siempre se morían por contar historias.
 ―Esa foto ―comenzó a decir el viejo cantinero ―la donó el Gran Cabo, que era el dueño de la mina hace mucho tiempo. Era un buen hombre, un gran jefe, no como la mocosa que ahora lleva la mina. Esa foto se la tomaron el día que ganó la carrera anual de Achéron. Debes saber que antes se celebraba cada año una carrera de automóviles en el pueblo, había sido inspirada en la de Le Mans con la diferencia de que la nuestra duraba tres días y no solo veinticuatro horas. Se realizó durante más de cincuenta años hasta que el municipio considero que era demasiado peligroso, ¡malditos cobardes! Hoy los jóvenes se la pasan jugando pull y drogándose, antes todos los jóvenes se preparaban para tener un automóvil para esa carrera. ¡Yo participé tres veces y…!
―¡Señor, por favor, hábleme sobre la foto! ―exigió Rick.
El viejo cantinero lo miró con el ceño fruncido.
―¡Quieres callarte! ―ordenó el viejo cantinero ―, no sabes nada sobre la vida, tú, maldito mocoso. ¡Ya te dije todo lo que sé sobre la foto!
―Sí, pero ¿qué pasó con el automóvil?
―Pues lo debe tener la familia del jefe. Él ya murió.
―¿No sabe si lo vendieron?
―No lo creo, él nunca lo hubiera vendido, de eso estoy seguro, ¡tan seguro como de que estos callos que tengo en la mano me los hice trabajando para la mina cuando tenía tu edad! Aunque… quizás la estúpida de su hija pudo haberlo vendido o peor aún, quizás se lo regalo a la otra mocosa, la nieta del Gran Cabo. ¿Por qué haces esas preguntas?
―¿Qué edad tiene la nieta?
―¿A qué viene eso? No debe tener más de la que tú tienes.
Al escuchar esto Ricky salió de prisa del Bar de los Mineros sin dar las gracias al viejo cantinero que lo maldijo al salir.
Corrió hasta la que sabía era la casa de los dueños de la minera y permaneció largo tiempo frente aquel portón. Pensó varias veces en tocar la puerta, pero siempre la razón le recordaba lo ridículo que sería eso. Entonces apostó por la paciencia y la suerte pues al tener tanto tiempo libre, ya que para ese tiempo ya no asistía a la escuela, decidió espiar esa puerta cada día. No sabía que Luisa casi siempre estaba castigada dentro de la casa, sin permiso para ir a ninguna parte, y por ello pasó varias horas frente al portal sin saber que era muy poco probable toparse con Luisa. Luego de dos semanas de estoicidad, estaba casi por rendirse, pero un día algo le dio más fuerza: ese día la policía entregó lo que quedaba del descapotable a sus dueños y pudo ver la entrada de los restos del automóvil que él había visto en las afueras del Granma y en una fotografía antigua en el Bar de los Mineros. Se acercó hasta el camión que transportaba los restos y que a su vez esperaba que le abrieran la puerta de la mansión, y se atrevió a preguntar al conductor sobre lo que trasportaba.
―Pues son los restos de un auto, ¿qué no lo ves? ―le respondió el hombre.
―Sí, lo veo. Debió ser un accidente terrible pues está totalmente hecho mierda.
―Se cayó al mar por el acantilado del viejo pueblo, ahí no más. Por fortuna no había nadie abordo. Al parecer los muy estúpidos olvidaron colocar el freno de mano.
El tío Otulio apareció por la puerta y se acercó hasta el chofer del camión sin poner atención a Ricky.
―Traigo el automóvil que habían reportado robado ―dijo el conductor.
―No fue robado ―explicó el tío Otulio ―, retiramos el reporte. Mi sobrina… fue ella. En fin, en un momento le abrimos la puerta.
Mientras el portón se abría apareció Succed y, al ver lo que quedaba del auto, lanzó un estridente grito para llamar a Luisa. Un segundo después apareció ella y Ricky tuvo una epifanía, lo supo porque nunca jamás había sentido latir su corazón tan rápido. Luisa tenía una actitud indiferente ante el asunto del automóvil destruido como la tenía ante casi todo. El portón comenzó a cerrarse ―era automático― y él quedó sobre la calle sin dejar de mirar fijamente a Luisa.
Los siguientes días, dedicó todo su tiempo libre a investigar sobre la sobrina de la dueña de la mina. Logró saber dónde estudiaba, pero la chica no tenía una rutina fija debido a sus constantes castigos y su habilidad para evadir la vigilancia que se suponía la hacía cumplirlos. Para ir a jugar los domingos, ella se escapaba por la parte de atrás de la casa cuya barda era más baja de lo normal y no contaba con alambre de púas.
Uno de esos días en que Ricky vigilaba el portón observó que Rosa entraba a la propiedad, salió de ella unas tres horas después y Ricky no dejó de espiarla, entonces a Rosa se le cayeron algunas monedas cuando sacaba un celular de su bolso. Ricky le ayudó a levantar las monedas y Rosa le agradeció.
―No hay de qué ¿Tú vives aquí?
 ―No ―respondió secamente Rosa.
―Bueno, pasa buena tarde.
Rosa sospechó, pensó que se trataba quizás del halcón de algún grupo delictivo que planeaba robar la casa.
―¿Por qué lo preguntas?
―Porque te vi salir de ahí. Pero no importa. Es una casa de gente de dinero ¿no?
Rosa se alarmó y se alejó rápidamente. En cuanto pudo, informó a Luisa acerca de la presencia de ese joven que hacía preguntas sobre su casa y sobre si había dinero a lo que Luisa solo respondió:
―Que nos roben. Ojalá nos quiten todo.
Por su parte, Ricky comprendió que no podía seguir espiando el portal de aquella casa pues había levantado sospechas. Pasó varias semanas obligándose a resistir la tentación de ir a mirar la casa. No pocas veces pensaba en que un día tocaría al timbre y preguntaría por Luisa.
Un viernes Camacho lo apartó del interescuadras del equipo de reservas y le informó de la manera más tranquila que debutaría en la final del torneo de Copa. El chico quedó mudo ante la noticia y Camacho le dio algunas instrucciones de horarios para los entrenamientos de la siguiente semana y lo dejó ahí, como estatua de sal. Luego de que pudo moverse, caminó hasta la salida del Granma, caminó por la acera que bordeaba el cauce del río y se dijo a sí mismo:
―Voy a jugar la final… ¡Debo llamar a mis padres!
Una explosión interna le hizo correr de alegría por aquel camino cubierto de los rayos de sol por la sombra de los cipreses. Luego de cien metros de carrera comenzó a trotar y luego otra vez a correr, estaba loco de alegría y justo cuando pensaba que aquel día era el más feliz de su vida, reconoció a Luisa sentada en una de las bancas que daban hacia el río y que estaban colocadas en intervalos cada cien metros cerca del pueblo. La carrera de Ricky se detuvo gradualmente hasta que estuvo a diez pasos de Luisa que seguía sentada en aquella banca sin hacer aparentemente nada más que mirar el agua clara del río. Respiró durante dos segundos y se llevó su mano izquierda a la boca mientras analizaba sus posibilidades. Del lado contrario del río había una extensión de prado verde hasta unos cien metros en donde comenzaba la avenida del boulevard de Achéron. Se llenó de valor y se dijo…
―Voy a jugar la final… y le voy a hablar.
Mientras se acercaba le parecía que Luisa se hacía más y más amenazantemente bella. El chico libraba la más grande batalla de su vida y sintió que sus piernas casi se le doblan cuando al fin estuvo frente a Luisa. Notó que nuevamente llevaba el cabello corto y eso le había hecho más fácil reconocerla pues era justo como la recordaba.
Luisa salió de sus tribulaciones y reconoció a Ricky de manera casi inmediata. De forma súbita se colocó en una posición defensiva pues la única referencia que recordaba del chico aquel era que casi se liaban a golpes sobre el césped del Granma.
―¿¡Qué quieres?! ―preguntó Luisa, en tono molesto.
Ricky no supo qué contestar pues de hecho no sabía cómo comenzar.
―Hola, ¿cómo estás? ¿Qué tal tu día?
Ricky se dio cuenta de lo estúpido de su proceder cuando Luisa le preguntó con un gesto incrédulo:
―¿¡Mi día!?
El chico comenzó a sudar y a entrar en shock. La boca se le secó. Quiso correr, pero sus piernas no le obedecían. El temor comenzó a inundarlo y casi se pone a llorar frente a la chica de sus sueños, entonces Rosa lo salvó:
―¡Es él! ¡El ladrón! ―dijo la futura universitaria que llevaba en las mano dos helados.
Luisa se puso de pie, tomó uno de los helados que Rosa llevaba y regresó a mirar a Ricky.
―No es ningún ladrón. Es solo un perdedor.
―¿Lo conoces? ―preguntó Rosa.
―Algo así, pero no importa ―dijo mientras le daba la espalda a Ricky, se dio vuelta súbitamente y le dijo de manera amenazante:
―¡Recuerda que juraron nunca decir nada!
A Ricky el orgullo le explotó en las manos:
―¡Nunca he dicho nada a nadie! ¡He mantenido mi juramento y no pienso romperlo! Además no soy un perdedor, para que te lo sepas: ¡voy a jugar la final el domingo!
Al escuchar eso, Luisa no pudo evitar sentir envidia e ira. Pensó que ella debería haber sido la que jugará esa final si la vida hubiese sido justa, si no hubiese sido una maldita mujer. La única defensa que encontró fue humillar a su oponente.
―Entonces el Achéron va a perder por muchos goles ―dijo.
―No será así ―se defendió Ricky.
Luisa comenzó a reírse y Rosa no salía de su asombro. Nunca había visto a Luisa actuar de esa forma tan sádica.
―¡Eres el defensa más torpe que he enfrentado! Si yo puedo vencerte… ¿¡imagina cómo te van a traer los Celestes!? No me hagas reír, por favor, el domingo vas a hacer el ridículo y yo voy a verte caer. Ese día que jugué contra ti ¿cuántos caños te hice? ¿Dos o tres? ¡Eres un ridículo!
―¿Te refieres al día que comenzaste a llorar por tu menstruación? ―contraatacó Ricky.
Luisa se acercó hasta él y le dio tremenda bofetada.
Unos ancianos caminaban plácidamente por el andador del río y se detuvieron, unos niños que jugaban sobre el césped a unos metros dejaron de jugar. Los pájaros que descansaban sobre las ramas de los cipreses levantaron el vuelo espantados por el estruendo de la cachetada.
 Ricky aguantó a pie firme el golpe y se contuvo el coraje. Volvió a mirar a Luisa que estaba llena de furia frente a él y ella le pareció tan hermosa…
―Perdóname… ―dijo el debutante en finales de fútbol y de amor.
Luisa no esperaba el armisticio tan pronto. En cuanto se supo ganadora dejó de interesarle la confrontación y estaba dispuesta a irse cuando…
―No me volverías a superar ahora.
Luisa se detuvo otra vez en seco…
―Luisa, ¡ya vámonos! ―suplicó Rosa.
La chica se volvió a colocar de frente a Rick y propuso:
―Aquí, ahora, a tres goles. Por cada gol que te meta besarás mis pies y cuando caiga el tercero lamerás la suela de mi zapato.
―Bien ―contesto Ricky de manera firme ―. Pero tú no besarás mis zapatos.
―No necesito que seas caballeroso…
―No lo soy. Tú me darás un beso en la mejilla, cuando te meta el segundo me besarás la otra mejilla y al tercero me besarás en la boca.
―Hecho ―firmó Luisa, tan segura de ganar que ella misma se preguntaba a qué sabría la suela de su zapato.
Luisa sacó de una mochila un balón. Luego con sus chamarras, la bufanda de Rosa y la mochila de Luisa hicieron dos pequeñas porterías de apenas un metro de ancho y separadas por quince metros de terreno de juego.
―¡Ay, Luisa! ¿Por qué eres tan necia? ―se quejaba Rosa al tiempo de que Luisa colocaba arbitrariamente las reglas:
―No se puede hacer falta. Rosa será el árbitro. Por cada falta se tirará un penalti sin portero. Solo goles claros, al ras del suelo o no más arriba de la rodilla. No hay tiros de esquina ni saques de banda.
Todo estaba listo para el partido más ridículo y, al mismo tiempo, el más romántico de la historia del fútbol. Ricky sabía que en ese pequeño espacio se jugaba más que en la final del domingo.
―Yo saco ―dijo Luisa.
―¿Por qué? ―reclamó Ricky con una sonrisa burlona.
―Porque soy mujer.
―¡Vaya! ¡Cuando te conviene si eres mujer!
Luisa daba gracias de haberse puesto ese día sus tenis más cómodos, pero lamentaba estar vestida con unos vaqueros y una blusa algo incomodos para la ocasión de un desafío futbolero; por su parte, Ricky traía la ropa del entrenamiento y por ese lado tenía una clara ventaja.
Comenzó el juego y en la primera jugada Luisa anotó un gol soberbio.
―¡¡¡Gol!!! ―lo gritó con fuerza Luisa.
Ricky se disponía a ir por el balón, pero Rosa lo detuvo.
―Yo voy por la pelota, tú besa su zapato.
Y así lo hizo. Aunque a Luisa y a los ancianos y los niños, que ya miraban el juego entretenidos, les pareció algo humillante, a Ricky le pareció un privilegio. Era la primera vez que tocaba a Luisa.
A Ricky le tomó un poco de tiempo medir el juego de Luisa que hizo el segundo gol luego de tres minutos más, pero en cuanto lo hizo Luisa comenzó a toparse una y otra vez con una marca limpia e imposible de romper. Ricky aprovechó que robó un balón a Luisa y marcó el primero para él. A pesar de eso, Luisa seguía confiada.
―Disfrútalo, es todo lo que tendrás ―le dijo al joven de los campos de fresas mientras este le besaba la mejilla izquierda.
Cuando Ricky empató el partido Luisa ya estaba en un estado alto de frustración pues él comenzaba a dominar el juego. No había salida ni finta. No podía hacerle un caño ni un sombrero, no podía ganarle en velocidad y en cada choque ella perdía por simple proporción de peso/fuerza.
Luisa decidió arriesgar el todo por el todo, sacó un nuevo regate que no había practicado mucho, pero que le había visto a hacer a Neymar y Robinho en YouTube

, aquella rabona salió mal, rebotó en la espinilla de la pierna derecha de Ricky y el balón, caprichosamente, se introdujo en la portería que defendía Luisa.
Ricky no festejó. Rosa estaba muerta del espanto. La pareja de ancianos miraba incrédula y solo los niños gritaban eufóricos aquel gol que valía un beso.
Luisa quedó tendida en el suelo y no podía creer su derrota. Golpeó con su puño el césped y tuvo ganas de llorar. Solo hasta que estuvo segura de haber contenido el llanto, levantó la cabeza y encaró a Ricky. Ella le dio un beso breve en la boca y sin decir nada tomó su mochila.
―Vámonos, Rosa ―fue todo lo que dijo.
Ricky todavía no despertaba del sueño de haber besado a su musa cuando las dos chicas comenzaron la huida. Cuando se dio cuenta, ellas ya llevaban unos veinte metros de caminata. Entonces, el chico corrió hasta alcanzarlas.

―Juegas muy cabrón, en serio. Eso fue suerte, tú debiste haber ganado ―dijo mientras caminaba junto a ellas.
―¡Cállate! ―le ordenó Luisa.
―No, escúchame solo un minuto. Dame solo un minuto, me lo he ganado ―alegó Ricky.
―¿Ganado? ¡Tú mismo has aceptado que fue suerte! ―dijo Rosa.
Ricky puso la cara de súplica más honesta que pudo y eso logró hacer que las chicas se detuvieran por completo.
―Me gustas mucho. Me gustas muchísimo. Y solo quiero… solo quiero una café, un cerveza… perdón, solo quiero invitarte algo. Eso es todo.
Rosa volteó a ver a su amiga pues sabía que ese tipo de cosas no pasaban todos los días, el chico realmente parecía estar enamorado. Aun cuando sabía que Luisa era en realidad una niña muy atractiva, sabía también que casi todos los hombres del pueblo la consideraban inalcanzable o la odiaban; por ello, encontrar a un hombre con los pantalones de hacerle frente era algo insospechado. Rosa sabía que el mismo Drilo temblaba ante Luisa como un niño pequeño, y ahora estaba este joven que suplicaba conocer a su mejor amiga.
―Algo está claro, amiga ―dijo Rosa luego de pensar sobre todo el asunto ―. No es un ladrón.
Luisa no tenía ni puta idea de qué hacer o responder. Aquello era sin duda la primera declaración de amor a la que se enfrentaba y aquello era peor que cobrar un penalti habiendo ya fallado uno.
―¿Yo te gusto? Pero… ¿por qué?
Ricky no entendió la pregunta, le parecía evidente que Luisa estaba consciente de su belleza física y asumía que el fiero carácter de ella era debido a que se sabía fuerte, lista y hermosa; por lo tanto tal pregunta era absurda. El pobre muchacho solo alcanzó a poner una cara de confusión tan grande como el estadio Nacional. Luego, del cielo le vino la respuesta…
―Eres la mujer perfecta. No solo te gusta el fútbol, eres el fútbol.

Luisa quedó completamente prendida de la frase y no necesito más para darse cuenta de que ahí había alguien que había visto finalmente lo valiosa que ella pensaba que era. Le dijo que sí a Ricky y acordaron verse al siguiente día para tomar un café.
El chico se fue totalmente agotado a casa, llamó a sus padres eufórico y durmió durante horas. Mientras, Luisa y Rosa no pararon de platicar y analizar todo lo que había pasado.
―Y entonces, ¿qué vas a hacer con Drilo? ―preguntó Rosa.
―Nada. Él es solo mi amante ―contestó Luisa.

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