El ambiente entre el equipo era de puro júbilo. Vladímir les contaba a
todos lo grandioso que sería todo aquello, el veterano Toussaint añoraba con
nostalgia el volver a pisar la cancha de un estadio lleno por una última vez,
mientras los jóvenes se preguntaban qué se sentiría entrar al Air Merci Arena
completamente lleno.
El estadio con nombre de corporación internacional de mucho billete
había sido construido hacía solo dos años, luego de que a todos les pareció
incomodo asistir al Nacional con sus trágicos antecedentes. Después de la
tragedia de sangre que había ocurrido justo el día en que Tanque le había
partido la pierna a Drilo y en que Luisa había perdido para siempre a su padre,
y hay que decirlo, la nación se había perdido todo el respeto por no haber
hecho nada ante el inminente abuso y represión de la policía que terminó con
decenas de muertos sobre la cancha, nadie quería jugar o asistir a ver jugar un
partido en el viejo Nacional. Por eso se construyó el Air Merci Arena, un
estadio súper-moderno y equipado con lo mejor del circo consumista en que se
había convertido el fútbol. El viejo Sandino había alcanzado a jugar en ese estadio
una temporada antes de salir por la puerta de atrás del equipo Rojo.
―¡Ah! ¡Es impresionante esa cosa!, simple y sencillamente la cara se te
cae cuando entras al campo y ese estadio está a reventar. Cuando estás en el
vestidor y escuchas ese sonido que se cuela al vestidor la piel se te pone de
gallina.
―¿Qué sonido Sandino? ―interrumpió Ricky.
―¿Cómo que cuál sonido? ¡Pues el de la gente, muchacho! El lugar además
es mejor que un hotel de cinco estrellas: ¡Hay agua caliente en las regaderas!
[En el Granma no había agua caliente] Y dicen que debajo del campo existe una
red de tuberías por las que el agua caliente corre y se usa para derretir la
nieve... pero ¿saben qué? ¡Nunca ha nevado en la ciudad! Además, su techo se
puede cerrar completamente, ¡cómo una nave espacial! Una vez entré al palco del
presidente de nuestro equipo y la cosa era lo más parecido a una suite de lujo.
Y lo mejor de todo es ese césped, ¡el maldito parece haber sido cortado con una
navaja de afeitar gigante! Es como una alfombra turca. Y las pantallas, ¡ah,
esas cosas!, cuando anotas un gol puedes ver la repetición y cantarlo...
¡cantar tu propio gol apenas lo has anotado! Ese estadio... ya lo verán, nunca
se les olvidara aquello.
―¿Cuántos le caben al Granma? ―preguntó Vladímir.
―Siete mil tal vez. No recuerdo bien ―contesto Drilo
―¿Y al Arena ese?
―Tal vez cien mil ―dijo tímidamente Drilo.
―Al Nacional le cabían ciento quince mil ―contestó Toussaint ―¿Cómo
sentiste esas ciento quince mil almas aquel día, Drilo?
―Como el peso de... Dios.
―Mínimo serán diez veces más personas que lo que comúnmente estamos
acostumbrados en el pueblo ―dijo Vladímir.
Así, el doce de julio de ese año saltaron al campo del Arena los dos
contendientes. Esta vez entraron por túneles diferentes por lo que Drilo y
Tanque no se vieron las caras hasta que entraron al terreno de juego.
Previamente en los vestidores, Camacho no había podido evitar darles a sus
muchachos un discurso para inspirarlos y hacerlos conscientes de lo que se
jugaban.
―Muchachos, pongan atención acá, dejen por un momento todo lo que están
haciendo. Tengo que decirles que estoy orgulloso de ustedes y que pase lo que
pase hoy ya hemos dado un gran paso hacia nuestro objetivo que va más allá de
este juego. Sí, así es, aquí no termina esto, si ganamos o perdemos no es el
fin del camino, así que volveremos el próximo año, ¡pase lo que pase! ¡¡¡Pero
con un maldito demonio hoy salgan y denle una lección a esos granujas…!!!
Escuchen, escuchen bien ese murmullo que apenas nos llega y que no es otra cosa
que miles de gargantas gritando: Achéron, Achéron, Achéron... Vengan
acérquense, demos gracias a Dios todo poderoso. Gracias, Señor, por permitirme
escuchar ese sonido.
En los túneles, Drilo vio la cara de sus asustados compañeros, Ricky
era un mar de sudor ansioso y Drilo hizo toda clase de bromas para
tranquilizarlo, pero el chico no respondía a ningún estímulo. Entonces pensó en
darle una palmada en la espalda y el chico casi salta del susto.
―¡Tranquilo, chaval! Soy yo ―le dijo Drilo.
―Capitán, tengo que decirle algo.
―¿No puedes esperar? Ya van a llamarnos para entrar.
―No, señor. Tengo que decirle ahora que rompí el juramento.
Drilo sabía a qué se refería exactamente Ricky. Le preguntó en un
susurro al oído:
―¿A quién se lo dijiste? ¡Dímelo o yo mismo te mato aquí mismo, cabrón!
―No se lo dije a nadie que no lo supiera. Solo lo platiqué con ella,
señor.
―¿¡Con quién?! ¡Y habla más bajo!
―Con Luisa… señor. Quiero pedirle su permiso para poder cortejarla a
ella, sé que usted es como su padre, al menos eso es lo que dice ella.
Drilo quedó hecho una estatua y cuando el árbitro dio la orden a los
jugadores de entrar al campo el diez se quedó estático hasta que Sandino lo
jaló de la camiseta:
―¡Eres el capitán, Drilo!
―Sandino, por favor sé tú el capitán esta vez. Por favor.
Sandino tomó el gafete de capitán y le dijo:
―Drilo, si te cagas ahora del miedo yo mismo te mato.
No era la primera vez que Drilo llevaba las esperanzas del equipo en
algún compromiso importante y había terminado achicándose.
Luego de diez segundos, Drilo entró al campo de juego. Ya sobre el
césped, los jóvenes del Achéron seguían muertos de miedo, excepto Ricky que
ahora parecía haberse desprendido de un peso enorme.
Una mitad del estadio era completamente Celeste y la otra era
completamente amarilla y solo gritaba ¡Achéron! Mientras, en la cabecera sur,
en la barra del Celeste más fanático y loco, todos unían sus voces para cantar
coplas que alababan a su equipo y que insultaban a su rival: se burlaban de los
pueblerinos del Achéron y les arrojaban cosas a los que estaban cerca o que por
desgracia no habían conseguido boletos para otra zona del estadio. En la
tribuna una guerra verbal y en la cancha ya otra batalla se comenzaba a gestar
pues ni Drilo ni Tanque querían dirigirse la mirada.
Drilo se decía, ―juega sin resentimientos, olvida a Luisa, solo piensa
en Succed, sí, piensa en ella, en Succed, en Succed, en… maldito Ricky, si jode
a Luisa yo… ¡enfócate! Succed, Succed, Succed… ―, pero en el fondo la sed de
venganza contra Tanque le carcomía el alma y los celos contra Ricky le
reventaban las venas… No podía pensar en Succed ni mucho menos en el partido.
En cambio, Tanque miraba fijamente y no perdía detalle, se impresionó
cuando Drilo hizo una flexión con su pierna que él antaño había roto. Tanque
pensó ―está de regreso y querrá cobrarse haciéndome lo mismo que le hice.
El colegiado llamó a Tanque y a Sandino, ambos capitanes de sus
escuadras, para el volado. Sandino lo ganó y decidió atacar de sur a norte
primero. Entonces se saludaron capitanes y árbitros con un apretón de manos.
―Tanquecito ―dijo Sandino a su colega ―, ¿cuántas veces te derrote
antes?
Tanque se impresionó por la pregunta debido a que la respuesta no era
en su contra.
―Ninguna, Sandino ―y no era más
que la verdad.
―Sí, tal vez, pero ahora que ya soy viejo voy a patearte el trasero
asquerosa imitación de robot.
El árbitro intervino.
―Señor Sandino, esto no es una batalla, es solo un juego ―dijo el
árbitro.
Pero no sabía cuánto se equivocaba, no era una batalla, era más que
eso, era el episodio final de una guerra. Tanque y Sandino se retiraron con sus
respectivos compañeros que ya estaban listos para el juego.
―¡Y aquí estamos, señoras y señores, otra vez en una final de copa
llevándola para todos ustedes! El ambiente es impresionante, pero yo me
pregunto ¿¡Quien se quedó a cuidar Achéron?! Porque parece que todo el pueblo
está en este estadio y es impresionante la mancha amarilla de la tribuna que
nos queda de frente a este palco ―decía el narrador de la televisión a su
audiencia en vivo.
―Sí, vaya que sí. Una gran oportunidad para los saqueadores.
―Sí, pero mejor ¡no demos consejos! ¡En estos momentos arranca el
encuentro! Vamos con Batista, jugando hacia atrás con Augusto, este último va
por un cambio largo de juego. La pelota no le llega a Videla porque el
fabulosos Drilo le ha interceptado. ¿Se acuerda usted de este Drilo?
―Qué forma de robarla y de bajarla, notable. Claro que me acuerdo, le
rompieron la pierna al pobre muchacho y hoy regresa otra vez a una cancha en un
juego de alto nivel.
―Allá va Drilo volando por la banda, encara a Banzer, pero este no se
va con la finta y Drilo toca atrás donde Sandino toma la pelota y este le
devuelve a Drilo y... ¡ah!... ¡un sombrero! ¡Lo qué acabamos de ver!
―Exactamente, Banzer todavía está buscando la pelota en el cielo y no
la encuentra…
―Sí señor y ahora… ¡Qué entrada tan fea! Es falta de Tanque sobre el
número diez del Achéron que apenas la toca el público se le entrega.
―Le dio duro ¿eh? Como que le preguntó ¿no te acuerdas de mí? ¡Vaya patadón!
―El árbitro no le saca tarjeta al capitán de la Selección Nacional y
solo lo recomienda de palabra, pero es que era de roja, ¡ahí no más!
―Esto se está poniendo bueno desde el principio y la falta ha sido
apenas unos metros afuera del área, cuidado, eh.
―El tiro libre está cargado un poco a la derecha.
―En la barrera de Somoza, ya hay seis torres. Somoza, el portero
Celeste dice, aquí no me van a sorprender y te pongo seis en la barrera.
―Entre ellos Tanque, que regaló esta oportunidad al modesto Achéron
que, según las apuestas, hoy sale de aquí con mínimo cinco goles en contra,
pero vamos a ver. Drilo va perfilado para pegarle de zurda, el silbatazo del
árbitro y... ¡Gol! ¡Qué digo gol, golazo! ¡Impresionante, sobresaliente! ¡Apenas
a dos minutos de haber empezado el juego la ola amarilla sueña y va ganado por
uno a cero en el Arena! ¡Vemos la repetición y es un golazo, por donde lo vea!
¡Qué bárbaro!
―Sí, así es, el tiro pasó por encima de la barrera, para ser más
exactos, aquí lo vemos en la repetición, por arriba de la cabeza de Tanque que
saltó, pero que no alcanzó. La pelota parecía irse encima del larguero, pero
baja de manera impresionante en los últimos metros, el clásico chanflecito,
y se incrusta justo por la escuadra. Espectacular, además haciendo campana con
el travesaño, dejando sin oportunidad al arquero.
―¡Vamos que Somoza no tuvo nada que hacer! y dice “sí yo la vi, entró,
fui testigo”. Me parece que es el primer gol de Drilo en este campo y lo
festejó en serio con toda la banca. Señoras y señores, sorpresa en el Arena,
vamos a ver cuánto dura.
Por encima de Tanque, por encima la pelota le había pasado. No lo podía
entender. Medía un metro y noventa centímetros, y saltó otro metro cuando
menos, y aun así la pelota le pasó por encima.
Drilo festejó con alegría desbordada, corrió hasta su banca y se abrazó
con Camacho; después una multitud de compañeros lo cubrió y cuando logró salir
del fondo de aquella embriagues de júbilo miró al cielo, dio gracias y mandó un
beso hacia el palco en donde la directora del Achéron dio un brinco en cuanto
vio aquel balón cruzar la línea de gol. Sí, Succed estaba en el estadio, y
Luisa también.
El árbitro se acercó a los desbocados de alegría y con trabajos los
hizo volver al juego. Cuando Drilo se dirigía hacia el campo Camacho le llamo y
le dijo.
―Diles a todos que bajen a defender.
Drilo se extrañó y reclamó a su entrenador.
―¿¡A defender!?
―Sí, a defender, a meterse atrás, ¡cerrojo! ¡Quiero ganar, Drilo!
Drilo no pudo hacer más que bajar la cabeza y acatar la orden. Cuando
dijo a sus compañeros la táctica ellos tampoco lo podían creer, ¡faltaban más
de ochenta y cinco minutos de juego!
Los minutos subsecuentes se caracterizaron por un control total y
absoluto de los Celestes y es que el equipo de Camacho defendía mal. De todos
lados los Celestes mandaban centros al área que de manera espectacular
Toussaint arrebataba con sus puños a las testas de los delanteros. De todos
sitios los Celestes disparaban y, ya fuera por su mala puntería o ya fuera por
increíbles lances del arquero del Achéron, los balones no entraban a gol.
Toussaint desviaba todo a tiro de esquina cuando la dificultad del remate le
impedía quedarse con el balón en sus manos; mientras tanto, Drilo y Zapata
estaban solos arriba, pero pronto Drilo fue el único que tenía que buscar los despejes
de su guardameta ya que a Zapata también lo enviaron a ocupar una posición más
defensiva. Por su parte, Ricky se convirtió, junto con su arquero, en el mejor
jugador del partido, el chico era un muro en la defensa, un auténtico lobo de
caza. El escenario era surrealista: una y otra vez los Celestes, en contra de
su tradición defensiva, tocaban la puerta de Toussaint y tanto fue el agua al
cántaro que se rompió justo antes de que el colegiado indicara la finalización
del primer tiempo.
―Otro balonazo al área... remata Durazo y… ¡Gol! La muralla puesta por
el Achéron ha caído al fin ―cantó el narrador de la televisión.
―Aguantaron cuarenta y cinco minutos y vaya que el gol les cayó en el
peor momento ―dijo su compañero de análisis.
―Creo... sí, ya viendo la repetición, creo que Toussaint se resbala a
la hora de atajar el balón y se le va por debajo. Lamentable por este portero
que estaba teniendo una actuación de Dios, ¡de Dios!
―Increíble la más fácil se le fue, y digo la más fácil porque el remate
no fue con tanta fuerza, el jugador golpeo mal la pelota y así se metió a gol.
Estamos como empezamos.
En ambos vestidores se vivía un ambiente de tensión. En el de los
Celestes se decía que se podía ganar, que solo había que hacer uno más y que de
ahí se desencadenaría la goleada. Se pedía más lucha, determinación,
concentración y disciplina. Lo mismo se pedía en el vestidor del Achéron, pero
Camacho les pidió algo más.
―¡Aguanten! ¡Toussaint, esto se va a penales, prepárate!
Sus jugadores lo miraron con incredulidad, pero sabían que hablaba en
serio, los ojos de Camacho estaban encendidos y ellos nunca antes lo habían
visto así.
―Nadie nos va abrir ―terminó de decir el viejo entrenador.
El segundo lapso comenzó igual de sencillo, igual de predecible, los
Celestes hacían el gasto mientras el F.C. Achéron aguantaba. Camacho había
dicho que nadie los abriría y tal vez así hubiese sido pues los delanteros de
los Celestes, tan poco acostumbrados a atacar, se estorbaban entre ellos mismos
y poco a poco se comenzaban a desesperar y a fallar jugadas fáciles; pero lo
que no pudieron hacer los delanteros lo hizo el colegiado: el árbitro vio penal
donde no lo había. ¡Penalti! Camacho reclamó, sintió coraje e impotencia y se
decía así mismo.
―Voy a perder de nuevo. ¡No puede ser! ¡No puede ser! Ni de una ni de
otra manera. Después rogó:
―Señor, guía mi camino. Esperen, ahí está Toussaint, el gran ataja
penales ¿Por qué me preocupo? Todavía no es gol.
Generalmente los penales en el equipo Celeste los tiraba Videla, pero
ahora no lo hizo, esta vez Tanque pidió la pelota. Con la frialdad
característica, una ráfaga le salió del botín y aunque Toussaint se lanzó bien
y adivinó, nunca hubiera podido detener ese rayo ni en esta vida ni en la otra.
Festejó el gol con una euforia que jamás se le había visto, pero no fue a su
banca, lo festejo dentro del área donde Drilo y el resto del Achéron miraban
lamentándose del hecho y lo tomaron personal.
En la tribuna el júbilo de los cantos Celestes se sentía y llenaba todo
el Arena. La barra Celeste en específico era un mar de gente enloquecida y
fuera de sí: toda una tribuna de cabecera completa adornada con bengalas y
luces que los hacían en sí mismos un espectáculo aparte. En la tribuna del
Achéron la gente callaba, era un funeral, por alguna razón ya sabían que esto
iba a pasar, ¡pero cómo hubiesen querido que el sueño durase un poco más, tan
solo un momento más!
En el palco del estadio en donde Succed veía el juego, sentada entre
los altos directivos de los Celestes, ella tenía que soportar los cometarios
burlones y sarcásticos de los que a su lado estaban. Además debía soportar la
insolencia de su sobrina que no miraba al campo de juego ni cuando había un
gol. Luisa ocupaba su tiempo jugando en un dispositivo portátil el FIFA versión
Pro-Gamers. En realidad se moría por mirar el encuentro, pero le ganaba
su orgullo que le pedía seguir haciéndole la vida imposible a Succed.
―Bueno, ¿qué acaso esperaban durar más? ―le dijo directamente el
presidente Celeste a Succed.
La de Achéron guardó silencio y también comenzó a perder la fe, la
resignación la asaltó, pero en sus oraciones pedía que hasta allí llegara el
marcador. La derrota con ese score sería sumamente digna y el honor se habría
salvado, podrían irse con la cabeza muy en alto.
En la banca del Achéron, Camacho se lamentaba.
―¿Por qué me fallaste, Toussaint? ¡Tenías que detener ese penal!,
durante la temporada detuviste cinco penales. ¡Cinco! ¡Dios mío! ¿Qué hice mal?
¿Por qué no puedo ganarles a estos Celestes? Si me oyes dime qué camino seguir
porque yo ya lo probé todo.
En esas vicisitudes con el cielo estaba Camacho cuando se le ocurrió
mirar a la cancha justo en el momento en que un desesperado Drilo, en medio de
cuatro Celestes, tomaba la pelota y recetaba un túnel al medio de contención
celeste.
―¡Ah, qué linda jugada! ― gritó Camacho y después pensó ―Sí, eso es,
así debe ser.
Así, inmediatamente gritó la orden.
―¡Arriba, arriba Achéron, arriba! ¡Ataquen! ¡Sandino, sube más!,
¡sacadlos! ¡Qué los malditos se ahoguen en un campo más chico y que se vayan al
carajo del fuera de lugar! ¡Línea de tres!
Drilo y los demás comprendieron el mensaje. Algunos con molestia
asumieron las nuevas órdenes pues pensaban que ya era tarde, pero aun así el
fuelle les alcanzó para nivelar el juego en los posteriores minutos después del
gol en contra y, más pronto que tarde, el Achéron era otro, lanzado contra la
portería Celeste que había cedido intencionalmente parte de su dominio
territorial para aprovechar los espacios al contraataque. El Achéron tomó
confianza.
Drilo comenzó a despuntar con magia sobre el terreno de juego y
provocaba bocanadas de alegría hasta en algunos aficionados Celestes que no
estaban cegados por la enfermiza pasión del fanatismo y por ello sabían de
fútbol y se daban el gusto de admirar una buena jugada hiciese quien la
hiciese. Fue con este nuevo mosaico táctico y de actitud que, en el sesenta y
dos de tiempo corrido, el cuento de hadas del Achéron renació. Hubo una pelota
en profundidad hacia la esquina de la banda izquierda; el pase buscaba a Drilo
quien bajó de manera elegante el balón al suelo y de inmediato arremetió en la
carrera a su más cercano marcador. Una finta a la izquierda para salir a la
derecha y después del quiebre quedó en posición de centrar al área chica donde
esperaban ya dos de sus compañeros. Vio todo su espacio y lo leyó en su mente a
la velocidad de la luz. Estuvo a punto de centrar, pero vio que Tanque era
ahora quien le cerraba el paso y decidió enfrentarlo.
Tanque descifró al instante el reto que le lanzaban. Drilo condujo el
balón de manera directa hacia Tanque e hizo doble bicicleta, muy similar a la
jugada de diez años atrás y Tanque se volvió a comer el amague. Intentó
reaccionar. Observó con desesperación como el balón le había pasado por en
medio de las piernas.
Sin embargo, cabía la posibilidad de que el toque de pelota hubiese
tenido demasiada fuerza y se escapase por la línea final, pero Drilo alcanzó la
pelota unos centímetros antes de que rebasará la línea de meta. El público
apenas había terminado su exclamación de asombro por el túnel de Drilo y ya
pedían el centro pues Tanque, como perro de presa, ya estaba tras de él.
En el centro del área eran ya cuatro las distintas opciones de remate y
otro compañero de Drilo ya esperaba fuera del área para un posible rebote o una
diagonal sumamente retrasada que a veces le gustaba crear al mago de la pelota.
Por si esto fuera poco, solo tres defensas Celestes y el guardameta custodiaban
la puerta, la superioridad numérica era extraña para un partido de final, pero
Drilo no centró, no lo hizo.
―¡Va a lanzar el centro, ¡Pero
no! ¡Túnel! ¡Otra vez! ¡Este tipo está loco!
Así es, Drilo había esperado intencionalmente a Tanque y haciéndole
creer que no lo había visto venir le dio la espalda al marco y le volvió a
pasar la pelota por debajo de las piernas. Debido a su enorme cuerpo y al
impulso con que venía, Tanque se estrelló contra los anuncios promocionales que
rodeaban el campo.
Drilo volvió a enfilar a la portería luego de su venganza y esta vez sí
centró.
Su compañero, el mítico Sandino, que pocas veces se iba al ataque,
entró por el segundo palo y remató tremendo cabezazo picado que sacudió las
mallas de la portería Celeste. Era gol, el empate a dos y la tribuna del
Achéron lo gritó como nunca habían gritado un gol, no fueron pocos a los que
les brotaron las lágrimas de alegría.
Fue el inicio del fin Celeste. Era la venganza más cruel, despiadada,
humillante y aterradora jamás soñada. Incluso algunos en la tribuna no
festejaron el gol pues se habían quedado pensado en esto último.
Y así era. Y lo que sobrevino fue peor. Drilo estaba rodeado de sus
compañeros y sintió un golpe ruin y voraz en su cabeza, cayó al suelo por
efecto de la contusión y después sintió otras dos patadas en su abdomen.
El hombre más frío del mundo había estallado en un calor de furia más
grande que una gigante roja y se había precipitado a golpes sobre Drilo. Los
jugadores de ambos cuadros intervinieron para detener al furioso Tanque. Desde
la tribuna se veía un brutal espectáculo. Un mar de reporteros entró al campo y
el árbitro perdió el control de la situación y tuvo que pedir la intervención
de la fuerza pública.
En la confusión, Drilo era atendido y después de unos minutos, cuando
la situación ya habíase calmado, el colegiado mostró tímidamente la tarjeta
roja a un Tanque enfurecido y contenido ahora por policías; pero eso sí,
ninguna palabra decía Tanque. El mariscal de los últimos diez años de los
Celestes se fue del campo por primera vez pintado de rojo y eso bastó para la
derrota más grande de todos los tiempos.
Drilo volvió al campo feliz de la vida, aún no sentía lastima por su
archirrival caído, sentía gozo y con ese gozo jugó.
Cinco minutos más tarde el Achéron se puso en ventaja con gol de Martí.
Más tarde, Vladímir marcó la diferencia de dos tantos después de un soberbio y
elegante disparo que antes de entrar pego en el palo derecho y se fue dentro.
El mismo Vladímir provocó un penal que Drilo se encargó de cobrar de manera
casi displicente y burlona, era el minuto ochenta y ya eran cinco.
A los Celestes nadie les había hecho cinco goles en toda su historia.
Después otro penal (ya estaban desesperados los defensas Celestes) y otra
tarjeta roja. Ricky pidió la pelota y Drilo se la obsequió como si fuera su
compadre y nunca le hubiera preguntado si podía cortejar a Luisa. El chico
disparó y mató. Eran seis. La barra Celeste calló en ese instante, nunca en la
historia de la barra habían dejado de cantar en un partido y solo hasta ese
momento sus tambores callaron mientras los del Achéron se regodeaban de gusto.
Zapata cerró la cuenta al ochenta y nueve y la masacre se terminó. El
árbitro no dio ni un solo minuto de compensación.
―¡Y se terminó! ¡¡¡Este cuento de hadas llamado Achéron se consumó y el
equipo es campeón de copa!!! ¡Es una hazaña completa! ¡Créanme, señoras y
señores, que lo que he visto hoy no tuvo limites, no tiene paralelo alguno en
la historia de nuestro fútbol! ¡Eres Dios, Drilo! ¡Sí eres Dios! ¡¡¡¡Siete!!!!
¡Siete goles han recibido los Celestes en su estadio, frente a su gente y de
parte de un equipo de segunda en una final de copa! ¡Me quiero morir!
―¡Te digo quiénes están igual de felices que los de Achéron ahora
mismo: los aficionados Rojos!
―¡Usted lo ha dicho! ¡¡¡¡Achéron campeón!!! ¡¡¡¡¡Achéron campeón de
copa!!!!!
Al escuchar el pitazo final, Drilo se abrazó con sus compañeros, todos
estaban en el nirvana. Camacho solo lloraba y no podía responder a las preguntas
de la prensa que lo asediaba. Vladímir se paseaba desnudo pues había regalado
toda su indumentaria a la tribuna eufórica llena de alegría del Achéron.
Sandino fue directo al vestidor, se encerró allí y dicen los que lo vieron que
se le escuchaba gritar ―¡Gracias,
gracias, Dios mío!
En el palco de los directivos solo quedaba Succed, bebía una copa de
vino como una reina en su trono, satisfecha por el deber cumplido para con su
padre. En cambio, uno a uno, con cada uno de los seis goles finales, los directivos
soberbios y bien trajeados de los Celestes se retiraron del palco, no
soportaron la humillación, se fueron molestos y decían pestes sobre el fútbol,
lo que demostraba que nada sabían del deporte que dirigían.
Luisa también se fue del palco a medio desenlace del segundo tiempo.
Había dicho que iba al baño, pero en realidad se había ido a dar una vuelta por
el centro comercial que había dentro del Arena. Ahí entró a un restaurante de
comida rápida, pidió una hamburguesa doble y se sentó en una de las mesas más
cercanas al televisor. Observó por televisión, en aquel lugar de alimentos
chatarra, el juego para el que tenía un boleto en palco de honor. Lo miraba de
forma melancólica. La goleada no le entusiasmaba. Cuando terminó el partido
bajó la mirada y se dirigió a su palco, pero en el pasillo se encontró a su tía
quien sin mirarla le ordenó:
―Vete ya al autobús. Yo debo bajar con los jugadores a felicitarlos.
Luisa le dirigió la palabra luego de casi cuatro meses de no hacerlo.
―Mejor voy contigo.
Succed se detuvo de la impresión. Luego pensó que era mejor tenerla
cerca y no dejarla a su libre albedrio.
―Está bien.
Así, las dos bajaron hasta el vestidor del nuevo campeón de copa. Ahí
Succed preguntó a un guardia de seguridad si los jugadores estaban vestidos, el
hombre se asomó por la puerta y le respondió:
―¿Lo que se dice, vestidos, vestidos…?
Succed perdió la paciencia y entró seguida de Luisa. La mayoría de los
jugadores estaban en calzoncillos, los otros estaban sin nada; todos estaban
bañados en champagne, reían, cantaban y bebían. En cuanto la vieron, lanzaron
un grito de júbilo y entre cuatro jugadores la cargaron y la llevaron hasta el
centro del vestidor. Cantaron en su honor el Olé-Olé-Olé y la bajaron solo para
derramarle una botella de champagne sobre la cabeza.
La prensa no perdía detalle, incluso las cámaras de televisión transmitían
en vivo esa fiesta dentro del vestidor. A Luisa nadie le puso atención hasta
que Ricky se acercó a ella y la besó. Luisa no lo rechazó.
Justo en el momento del beso, Succed y Drilo platicaban del éxito
conseguido y de los felices que estaban, cuando miraron aquel beso. Ambos se
quedaron con los ojos completamente abiertos.
Los reporteros de la TV se acercaron hasta la joven pareja que vivía un
romance en el medio de un festejo de campeonato de copa y le preguntaron a
Ricky el nombre de la bella chica que era su novia.
―¡Luisa! ¡Se llama Luisa! ¡Soy el hombre más feliz del mundo! ¡Tengo un
campeonato y la tengo a ella!
A la prensa le encantaban esas cosas, pero a Luisa no se le pidió
declaración alguna; en cambio, la cámara de televisión se quedó grabándola unos
segundos antes de que ella se molestara:
―¿¡Y tú qué?! ―le reclamó Luisa
al camarógrafo que, sin decirle nada, regresó con el lente de su cámara hacia
el centro del vestidor donde seguía el festejo.
―No te molestes ―le dijo Ricky ―. Eres hermosa y por eso te grabó.
Luisa pensó durante un momento que no era tan malo eso de salir en la
televisión, pero tampoco podía pensar en lo incomodo de la situación: a final
de cuentas ella era solo un adorno de los verdaderos ganadores. Luisa lo que
quería era ser grabada, sí, pero cuando ganara un campeonato y fuera la mejor
jugadora del partido. Como en muchas otras ocasiones, no aguantó la envidia y
salió del vestidor sin darle ninguna explicación a nadie. Ricky intentó
detenerla tímidamente, pero sus compañeros lo sorprendieron con un baño de agua
helada.
Luisa salió al pasillo y caminó unos metros sin saber hacia dónde iba.
La gente de seguridad del estadio apareció por aquel pasillo junto a una serie
de reporteros y fotógrafos que perseguían a su vez a los jugadores Celestes
que, totalmente desolados, habían decidido comenzar la huida del estadio. Casi
es embestida por toda esa locura morbosa por el perdedor y solo se salvó
recargándose sobre la pared. Cuando esos veintiún jugadores convertidos en
fantasmas ya se habían ido, se quedó sola y con la puerta abierta de lo que
había sido el vestidor Celeste. La curiosidad le ganó y al no haber nadie de
seguridad a la vista, ingresó al vestuario que parecía un spa de cinco
estrellas. Todavía se sentía el vapor de las duchas y podía percibirse el aroma
a desodorante masculino. Escuchó que una de las regaderas estaba abierta y,
confiada de que no había nadie, se acercó hasta el lugar más privado del
vestidor y se topó con Tanque.
El soldado caído estaba sentado sobre uno de los bancos de la zona de
duchas. El mejor jugador del país portaba ya un traje sastre y tenía el aspecto
de un caballero inglés.
Luisa notó que el astro aún no notaba su presencia y trató de salir de
ahí cautelosamente, pero justo cuando se disponía a hacerlo, Tanque alzó la
vista.
―¿Quién eres? Entrevistas ahora no, por favor ―suplicó Tanque.
Luisa quedó petrificada por un instante, pero se resignó a su suerte.
―Yo solo quiero cerrar la llave del agua señor.
Tanque miró la regadera y se levantó de su lugar para, él mismo, cerrar
el paso del agua.
―Gracias ―dijo Tanque y Luisa se quedó ahí parada.
Luego de un instante de no pasar absolutamente nada Tanque se
impaciento.
―¿Necesita algo más?
Luisa se dio valor aunque sabía que aquello que iba a hacer era de lo
más inadecuado del mundo. Sabía que Tanque estaba destrozado por la derrota,
pero ¡qué diablos!
―¿Me podría firmar mi camiseta?
Tanque lanzó un suspiro, recargó una de sus manos sobre la pared y con
toda serenidad, como si no hubiese sido humillado nunca, se acercó hasta Luisa
que se había quitado la chamarra que ocultaba su remera celeste.
―¿Tienes una pluma? ―le preguntó.
Luisa no tenía ninguna pluma y pensó que hacía el ridículo. Estaba
decidida a huir cuando Tanque le pidió que esperara un minuto. Fue hasta una
maleta deportiva, hurgó dentro de ella y encontró una pluma. Se acercó hasta
Luisa y le preguntó dónde quería la firma. Luisa extendió su camiseta Celeste
(no se había presentado al juego con la casaca del Achéron, por supuesto).
Tanque firmó la camiseta y tan pronto lo hizo tomó su maleta y se fue, Luisa
apenas le alcanzó a gritar:
―¡Gracias, usted es mi ídolo!
Tanque se detuvo un momento, herido por lo que acaba de escuchar.
―¿Qué no viste lo que ocurrió en
el partido? ―le preguntó Tanque, incrédulo por aquello de que, luego de la
humillación sufrida, pudiese todavía ser el ídolo de alguien.
―Sí lo vi, señor ―respondió Luisa ―. Yo también juego, no como usted de
manera profesional, pero sé cómo duele. En un vídeo que vi en el internet,
Menotti dice que no nos dejemos vencer por la soledad del éxito. Cuando no
ganas parece que estás completamente solo. Bueno, señor, si de algo le sirve,
no está solo. Le queda una fan al menos.
Tanque continuó dando la espalda a Luisa, dio un suspiro y mientras
salía del vestidor le alcanzó a dar las gracias.
Luisa se quedó un momento sentada sobre las bancas que todavía
apestaban a depresión celeste y un reportero entró al vestidor cuando Tanque ya
se había ido. Le preguntó a Luisa su nombre y ella se lo dio y comenzaron a
escucharse murmullos afuera, como de una discusión. En el pasillo seguía Tanque,
pero ahora discutía con dos hombres que Luisa reconoció: eran dos de las
personas que habían estado en el mismo palco que ella, uno portaba un traje
gris y tenía el cabello rubio aunque era de baja estatura. El otro era alto, de
mirada obtusa y rasgos faciales angulosos, portaba un uniforme militar.
Hablaban con Tanque sobre algo que a él parecía haberlo molestado demasiado
pues se abrió paso entre los dos caballeros que también se veían terriblemente
enfadados y se fue.
―Mañana tendrán mi renuncia sobre su mesa ―les alcanzó a decir el
astro.
El reportero tomó algunas fotos y el militar le ordenó que se
detuviera. Tres tipos más arribaron al lugar, eran grandes y robustos, pero
vestidos de civil, ordenaron al reportero que entregará su cámara. El reportero
argumentó que solo hacía su trabajo y el hombre de traje le dijo que no se
metiera en problemas, que entregara su cámara. Al no aceptar uno de los hombres
lo golpeó en el estómago y los otros dos lo tomaron por la espalda y le
pusieron unas esposas.
―¡No, aguanta! ¡Ya, te doy la cámara! ―alcanzó a decir el reportero y
se lo llevaron. El hombre de traje de baja estatura salió rodeado por más de
esos gorilas y el militar ya se iba, pero entonces reparó en Luisa, ella lo
había visto todo. Se acercó hasta ella y le preguntó:
―¿Lo conocías, hija?
Luisa, que estaba muerta del miedo le contestó que no.
―Qué bueno, porque si no… mira, Tanque te firmó tu camiseta. Te vi en
palco, es imposible no notarte, eres muy hermosa. ¿Dónde está tu hermana?
―No tengo hermanas…
―Mira qué bonita voz tienes. Tsss, ¿son amigas entonces? La otra chica
que estaba sentada a tu lado.
―Es mi tía.
―¡Mira, eso si no me lo esperaba! Oye, ¿cuántos años crees que tengo?
―dijo el militar dejando ver sus dientes blancos como el marfil bajo su sonrisa
lasciva.
―No sé, oiga tengo que irme…
―Tranquila, hija. Tú eres como yo, una sinvergüenza ―continuó el
militar al tiempo que tomaba la mano derecha de Luisa ―. Mira que venir con los
de Achéron con la casaca Celeste bien puesta…
El militar acercó sus labios a los de Luisa y comenzó a besarla pese a
que ella intentó resistirse. Súbitamente una serie de gritos y vítores
rompieron el acoso, era el festejo de los jugadores del Achéron que salían de
su vestidor con la copa en las manos. El militar se alejó dos pasos de Luisa y
todos los jugadores jubilosos lo observaron, y fue como si hubiesen visto un
cadáver, los gritos cesaron y todos se callaron. Entonces, el militar se acercó
amistosamente hasta los jugadores y tendió la mano a Camacho. El viejo entrenador
le respondió el saludo y se disculpó por el ruido.
―No, por favor, profesor ―dijo amistosamente el militar ―. Ustedes son
justos ganadores, merecen festejar. Yo solo vine a felicitarlos porque los
grandes políticos somos grandes tanto en la victoria como en la derrota. Espero
que para el próximo año no desciendan.
Camacho dio las gracias, pero el silencio no dejaba de ser como el de
un funeral. El militar se marchó y algunos jugadores hicieron algunas burlas
con señas mientras les daba la espalda y Camacho los reprendió.
―¡Déjense de tonterías! Los tiempos no están para burlarse de los
gobernantes.
Dicho esto, el júbilo recuperó su forma y, en su extraviado andar, la
gente de seguridad les recordaba que debían ir a la sala de prensa para decirle
al mundo lo grandioso que se sentía ser campeón. Drilo y Succed estaban
mezclados en ese manicomio y no repararon en la presencia o ausencia de Luisa.
La adolescente se sentó un momento en aquel pasillo y trataba de
entender qué era lo que había pasado. Sabía que había sido acosada y sabía que
ese hombre le ocasionaba una terrible repulsión y pavor, pero no sabía cómo
proceder desde ahí. Pensó en regresar al vestidor celeste a desnudarse y darse
una ducha con agua fría y casi se decide de no ser porque un elemento de
seguridad ―otro― apareció por el fondo del pasillo, le pidió su acreditación
para estar ahí y como Luisa no tenía ninguna el hombre la acompaño hasta la
salida del estadio. Afuera, Luisa buscó el autobús del Achéron y lo encontró
todavía solo. Así, tuvo que lidiar con las sensaciones particularmente
agobiantes de ser víctima de acoso sexual. Aquello era diferente a las burlas y
los insultos de sus compañeros de escuela y estaba más cercana a lo que sentía
cuando algún minero, ebrio o no, la miraba de forma lasciva, como fuera, se
sentía espantosamente, se sentía ultrajada y sola, absolutamente sola en el
medio de todo el éxito del F.C. Achéron. La soledad del fracaso, pensó.
Todos estaban en la conferencia de prensa.
―¿Camacho? ― preguntó un reportero ―¿Cuál es la clave para lo que
acabamos de ver?
―Confianza y trabajo. Eso es todo ―respondió el viejo entrenador tan
serio como una roca y como si no se hubiera ganado nada esa noche.
―Ya habías ganado cinco copas antes que esta ―preguntó otro reportero
―¿Qué te deja esta sexta copa que puedas decir la hace diferente? ¿Se
acostumbra uno a ganar luego de ganar tantos trofeos, maestro Camacho?
―Para todos mis equipos, ganadores o perdedores, y hablo estrictamente
del resultado, guardo un cariño muy especial. Este campeonato es grandioso, un
poco más que el anterior porque es el más reciente y un poquito menos intenso
que el primero, y bueno, el primero es el primero. Y no me refiero a la que
obtuve hace dieciocho años sino a la que obtuve hace más tiempo como jugador.
Camacho contestó estas y otras preguntas, pero los reporteros ya sabían
quién era la estrella en esa mesa.
―Drilo, usted fue el gran héroe hoy ¿Cuáles son sus impresiones?
―La vida da revanchas hoy yo tome la mía.
―Ahora eres jugador de primera ¿lo sabías? ―apunto otro reportero.
―Camacho me dijo que en el fútbol las cosas increíbles pasan. Lo de hoy
fue muy loco y creo que todavía no entiendo lo que paso. Pero... que se cuiden
los de primera porque en el Granma de Achéron noventa minutos van a ser muy
largos ―Drilo se rió junto a todos sus compañeros.
―Hoy la hiciste pasar muy mal a Tanque ¿no es cierto? ―preguntó otro
reportero.
―Bueno, él ya tenía muchos trofeos, no creo que le importe que yo me
quede con este.
―Humillaste al que hoy por hoy es el mejor jugador del país ―insistió
el reportero que quería sacar todo el jugo a la historia que tenía delante.
―Entonces no es tan bueno ¿no? ―dijo Drilo burlonamente.
―Pero aun así Drilo ―dijo un reportero serio, vestido de traje, con
gafas gruesas y de aspecto sombrío ―¿No cree que fue excesivo? Espéreme un poco
por favor, señor Drilo. Usted tiene la posibilidad mandar un centro muy franco,
pero se decide por un amague y eso es muy común en algunos jugadores; sin
embargo usted no solo tuvo ese chance de nuevo, no, también pudo haber
disparado al arco lo cual, aunque egoísta, hubiese sido muy loable. Señor
Drilo, usted da la espalda a la portería, da la espalda a la jugada, le dice no
al gol, o... permítame terminar, señor Drilo, por favor, déjeme terminar… o por
lo menos le dice a la máxima meta en este deporte: “no por el momento porque
tengo una revancha personal y ahora no puedo atenderte”, ofendiendo así a todos
los aficionados, al espíritu deportivo e incluso, señor Drilo, a sus
compañeros.
El reportero terminó y Drilo no supo si contestar, ya lo habían callado
tres veces y, solo hasta que con un ademán el reportero se lo indicó, Drilo se
acercó el micrófono.
―Creo... creo que usted ha descrito muy bien lo que pasó, usted debería
ser policía o algo así.
Drilo esperaba que la prensa riera con su respuesta, pero todos querían
algo que no fuera un chiste. Al ver que nadie esbozaba siquiera una sonrisa,
Drilo se sintió frustrado y eso le molestó en exceso pues esta era su gran
noche de triunfo.
―Claro que fue una venganza personal ―continuó Drilo ―¡Por Dios, el
tipo me rompió la pierna hace diez años! Y querían, ¿qué?, ¿qué le diera un
abrazo? ¡Están locos!
―¿Acepta que fue una venganza? ―preguntó otra comunicadora.
―¿¡No escuchó!? ¡Ya dije que lo fue y estaba en mi derecho!, el tipo me
partió, me destrozó la vida. Mientras él se hacía rico y famoso a mí me llevo
la desgracia.
―Cálmate muchacho ― le susurro Camacho al oído, pero Drilo continúo.
―¡El maldito hijo de perra me quitó la vida y ustedes lo convirtieron
en un héroe! Y no me digan que no. ¡Ustedes, desgraciados, lo convirtieron en
un héroe! ¡¿Creen que no leí sus estupideces desde mi cama de hospital?! ¡El maldito
me quitó la vida y yo solo le regrese un túnel y por eso ustedes se
escandalizan! ¡Aquí yo no soy el malo de la película! Busquen en el vestidor
Celeste y encontraran a su monstruo. El bastardo ni siquiera supo perder, se me
echó encima a golpes.
Los presentes se miraban unos a otros incrédulos, no creían lo que
acaban de escuchar.
Nadie más pidió la palabra. Vladímir tomó a Drilo por los hombros y le
dijo:
―Vámonos amigo, no tiene caso ―Y ya los tres se retiraban cuando una
persona, una mujer alta, de piernas largas, piel morena y con una belleza
profesional y completa gritó desde la parte de atrás mientras se abría paso
entre los presentes.
―¡¿Ha visto usted la repetición?!
Drilo, que tenía la adrenalina en la cabeza, gustoso respondió sin
saber con quién hablaba pues eso era lo menos importante.
―¿La de hace años? ¡La vi por lo menos mil veces y a veces verla me
daba la fuerza para poder estar hoy aquí y contestarle con este trofeo en mis
manos! ―dijo Drilo dándose vuelta mientras levantaba con las manos el trofeo de
copa recién ganado.
―Usted no sabe nada ―le dijo la dama y ya estaba tan solo a unos pocos
pasos de Drilo que ya estaba muy molesto.
―¡Jamás hubo intención! ―continuó aquella mujer ―Si usted dice haberla
visto mil veces se dará cuenta de que el bastardo, como usted le llama, toca
primero la pelota mucho antes que usted intente siquiera pegarle. ¿Tiene usted
control de su cuerpo en caída libre señor Drilo? Si me contesta que si solo
puedo decirle que se ve que tampoco ha ido a la escuela.
―Perdóneme si no le besé los pies por no tener la intención, ¡Dios, qué
buen hombre fue! No tuvo la maldita intención, pero yo me la pase con cuatro
años de cirugías.
―¡Pero está aquí hoy! Usted no tiene cáncer ni VIH, señor Drilo, usted
no sabe lo que es tortura, no sé sobreestime.
―De hecho ―agregó tímidamente el sombrío reportero que había comenzado
todo ―Señor Drilo, usted tuvo la culpa, si define de primera es gol, usted es
campeón y todos a su casa. La jugada la han analizado expertos y concluyeron
que no existía la falta.
Drilo, ahora estaba encendido.
―¡¿Quiénes son ustedes, malditos?!
―Rolando Castro, de ESPN ―dijo el sombrío reportero ―. Y ella es una
famosa modelo, Mikaela Steinem Jordano…
―Felicidades ―contestó Drilo sarcásticamente y con una sonrisa burlona
en su rostro.
―Y es la esposa del señor Tanque ―concluyó el reportero.
El semblante le cambio a Drilo, de la exaltación pasó a la
estupefacción pues realmente no lo sabía y ni siquiera se imaginaba a Tanque
con un una esposa, una familia o vida normal como la de cualquier ser humano.
―Señor Drilo, usted está equivocado con respecto a mi esposo. ¡Todos
ustedes lo están! Creen que es un insensible y tal vez lo parezca en el campo
de juego, pero solo ahí, y solo porque no tuvo la suerte que tiene usted u
otras personas de tener ese talento para jugar. Por eso es así jugando, porque
de lo contrario sería uno más del montón. Usted no lo conoce. Todos los fines
de semana buscaba información sobre usted en los diarios deportivos. Mucho
tiempo pasó buscándolo pues después de que usted huyó del hospital nadie supo
nada. ¿Sabe cuánto se alegró al encontrar una vez su nombre en la alineación de
su actual equipo de fútbol el día que debutó usted en segunda división?
Realmente mucho. Si ya sé que no lo cree, pero así es. En este torneo que
jugaron el gritaba los goles de su equipo y se alegró mucho cuando supo que
jugarían la final contra ustedes. Se preparó para este juego como hacía mucho
no se preparaba. Él tiene la conciencia tranquila, sé que tampoco es lastima
para con usted y jamás se acercó a usted para darle una limosna ¿oh si? Y ahora
usted dice, por cadena nacional, que él es un monstruo y un bastardo. Sí, le
pido disculpas por la golpiza que hoy le dio, pero creo que usted se la tenía
muy merecida.
La mujer se alejó con rapidez, ningún medio intentó sacarle más
palabras e hicieron bien. También dejaron que Drilo se fuera en paz o por lo
menos sin hacerle más preguntas pues los flashes de las cámaras no dejaban de
dispararse.
Afuera de la sala de prensa estaba Succed, no se veía contenta. Abrazó
a Drilo y le dijo al oído.
―Tendrás que explicarme eso de que te quitaron la vida pues, ¿qué es lo
que tenemos ahora?
Le dio un beso en la mejilla y se retiró.
Los jugadores del Achéron estaban locos de alegría en el autobús y
luego en la presentación masiva del trofeo en la plaza de Achéron donde la
alegría no cabía a pesar de que ya pasaba la media noche. Pero Drilo no
participó a partir de la rueda de prensa en ninguno de los festejos, en
cambio buscó a Succed para tratar de
explicarle que en realidad lo que había dicho, por supuesto, no lo había
querido decir. Preguntó a todos dónde estaba Succed y nadie supo decirle.
Finalmente el conductor del autobús le informó que Succed y otra chica habían
decidido tomar un taxi para regresar a Achéron. El tío Otulio le confirmó la
información y le dijo que el taxi debía llegar al estadio, pues Succed planeaba
recoger unos documentos en su oficina para llevarlos a casa. Corrió hasta el
estadio y en efecto vio que la luz de la oficina de Succed estaba encendida. Se
alegró. Corrió con más fuerza hasta la puerta del estadio y ahí se detuvo de
golpe pues, sentada sobre las escaleras y visiblemente cansada, estaba Luisa.
―Jefe… ¿qué hace…? Ah, ya sé. Mi tía.
Drilo se tomó un minuto. La confusión lo invadió, también el miedo.
Convenientemente se sabía vulnerable si Luisa intentaba besarlo. Sin embargo,
extrañamente, Luisa no intentó nada. Al contrario, se notaba que volaba bajo.
―¿Tú estás bien? En el pasillo te vimos algo extraña.
―Estoy bien, Jefe. Solo tengo un montón de sueño. Oiga, por cierto,
Ricky es mi amigo, no vaya a pensar mal.
―¿Te besas con tus amigos? Además él me pidió permiso para cortejarte.
―¡¿Le dijo eso?! Ese Ricky es un loquillo ―dijo Luisa simulando alegría
―Sí, me besó con mis amigos.
Dicho esto, Luisa se puso de pie y llevó su boca hasta la de Drilo que
no tuvo fuerzas de negarse. Fueron menos de quince segundos, pero aquel beso
pareció eterno y no culminó de manera violenta, al contrario, cualquiera que
los hubiera visto habría pensado en una pareja normal. Ninguno disfrutó de
aquel besó, había tantas emociones juntas. La noche oscura de Achéron se
despertó con una lluvia de fuegos artificiales que Drilo y Luisa miraron desde
las escaleras de la entrada del Granma.
―Nos estamos perdiendo el festejo, Jefe. ¡Usted es campeón!
Luisa bajó hasta la calle y preguntó a Drilo.
―¿No viene?
Drilo negó con la cabeza.
―Bueno, si mi tía me busca le dice que me arrojé al río ―dijo Luisa
mientras fingía reír y caminó por el andador del río hasta el centro de Achéron
donde estaba todo el festejo.
Ya en el centro se encontró con Rosa y juntas fueron al Bar de los
Mineros que tenía la venta de cerveza más grande en su historia. Ahí se
encontraron con Ricky y Vladímir y algunos otros jugadores del equipo. Camacho
no estaba, pero Bartolomé sí, y miró como esos dos jóvenes que en un
interescuadras casi se liaban a golpes, ahora se besaban.
―No saldrá nada bueno de esto ―dijo Bartolomé a Vladímir, pero el
armenio no entendió la razón, para él solo era el novato que disfrutaba el
momento más grande de su vida con su novia.
Luisa no soportó mucho tiempo esa fiesta en la que ella era una simulación.
A pesar del mar de gente se sentía completamente sola. Le pidió a Rosa que la
acompañara a un lugar tranquilo y así fueron al andador del río y se sentaron
en una de las bancas cercanas al cauce de agua. Luisa le contó a Rosa lo
ocurrido en el vestidor unas horas antes y al fin se sintió con la confianza de
explotar emocionalmente en llanto.
Rosa trató de ser la mejor amiga posible en ese momento y pensó en
denunciar legalmente al agresor, pero cuando Luisa le esbozó la identidad del
oscuro personaje casi se va de espaldas. Hurgó desde su teléfono móvil en la
internet y al fin encontró la fotografía que estaba buscando.
―¿Fue él, amiga? ―le preguntó a Luisa que respondió afirmativamente.
Rosa descartó por completo la opción de acudir a las autoridades.
―Es el jefe de las fuerzas militares del país, Luisa ―le dijo Rosa
acerca de la identidad del acosador.
Drilo se quedó con la culpa sobre aquellas escaleras del Granma y
cuando miró que la luz de la oficina de Succed se apagó decidió huir. Se fue a
su casa, donde su madre lo recibió con enorme alegría. Fue lo mejor de esa
madrugada y al poco rato se fue a dormir.
Succed, por su parte, alcanzó a observar que
un hombre se alejaba del estadio, pero supuso que era alguno de los aficionados
que bajaban de los pueblos de las montañas para ser parte del festejo
futbolístico. Buscó a Luisa y no la encontró por ningún lado. No se preocupó
porque supuso que estaría mezclada en la fiesta. Así, llamó otro taxi y se fue
a casa.

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