Después de eso, el mapa futbolístico cambió. Luego de los torneos
internacionales del verano, el país que olvida a sus muertos esperaba
impaciente el inicio del campeonato local. Todos los equipos con sus nuevos
fichajes hacían pensar que los dueños se ocupaban más en la contratación de la
nueva estrella extranjera que en armar un equipo serio.
Camacho no pidió ningún refuerzo a Succed como en la ocasión anterior,
sabía que el club estaba en bancarrota debido a que la primera división, que
ahora llevaba el nombre de una marca comercial, le había pedido al Achéron una
suma indignante para permitir su inscripción en la primera categoría. Además,
se sentía con la confianza de, con lo que tenía, dar un torneo aceptable y así
poder mantener la categoría.
No importaba el mar de inseguridad del país, sus fosas comunes, sus
miles de desaparecidos, los despojos a los habitantes originarios, los
asesinatos de mujeres, el ejército y sus “operativos” contra el “crimen”, los
escándalos de corrupción. Nada de eso importaba. Toda la atención estaba puesta
en la fecha uno del campeonato de primera división y había más reporteros
curiosos de si el Achéron podría ganarle dos veces a los Celestes que en quién
ganaría las elecciones fraudulentas de ese año en el país.
Drilo estaba emocionalmente inestable pues, luego de besar a Luisa
aquella noche en las escaleras de la entrada principal del estadio, había
sentido una culpa enorme que le aplastaba la conciencia. Evitó durante varios
días encontrarse con Succed, pero fue la escritora fallida quien lo buscó.
Succed había sido pretendida por toda una serie de empresarios medianos
de estatura e inteligencia, pero tal situación le había aburrido tanto que
había desterrado al amor de sus pensamientos cotidianos. Y luego había llegado
ese futbolista más joven que ella con una pizza, cerveza y chistes de todo tipo
a hacerle la vida nuevamente interesante. Además, Drilo hacía crecer las arcas
del club gracias a que se había convertido en una celebridad del fútbol. Algo
se encendió en Succed luego de que pensó que Drilo se había alejado de ella
debido a que se sentía culpable por lo que había dicho en la conferencia de
prensa respecto a que le habían robado la vida. Entonces lo buscó y le informó
que aquello no era tan grave, sin saber que Drilo en realidad estaba lleno de
vergüenza por lo que vivía con Luisa. Así, ella fue la que comenzó a ser amable
con Drilo y no le importó que el resto del equipo, los trabajadores de la mina,
la gente del pueblo o incluso la prensa, supieran que entre ella y el futbolista
había un romance.
Al principio, Drilo se sintió en conflicto con la actitud de Succed,
pero al poco rato de besos y caricias, cosas que él había soñado y deseado
durante años, se sinceró consigo mismo y se permitió disfrutar de aquello,
después de todo lo de Luisa, se consolaba él, solo había sido por efecto de la
cocaína.
Para fortuna de Drilo el asunto tomó calma debido a dos circunstancias
peculiares. La primera fue que el Achéron ganó su primer partido, su primer
triunfo en cincuenta y cinco años en la primera categoría, y la segunda fue que
Luisa se volvió la famosa novia de Ricky. Sucedió que los vídeos y fotografías
que se habían tomado durante la celebración del título de copa habían llamado
la atención de los reporteros deportivos primero, y luego la atención de los
reporteros del corazón que le preguntaban en cada entrevista a Ricky ¿quién era
la chica que tenía la fortuna de ser su novia?
En efecto, era Ricky la estrella, el chico era atractivo y por detalle
extra un buen jugador de fútbol con la típica historia del salto de la pobreza
al estrellato. Cuando el Achéron ganó su segundo partido en la liga, ahora de
visitante, era difícil para los especialistas deportivos decidirse si el mejor
jugador del partido había sido Drilo o el joven Ricky. El tercer triunfo
consecutivo del Achéron fue el acabose para la prensa y todos empezaron a creer
el cuento de hadas. Un analista futbolero de los más leídos escribió en la
fecha cuatro luego de que el Achéron ya acumulaba doce puntos en su paso perfecto
en la liga:
“Ver jugar al Achéron es un deleite. Juega con línea de tres como los de
antes y mantiene el control de la pelota igual que aquel legendario Barcelona
de Guardiola, intercambian posiciones como si fueran la Naranja Mecánica y es
que no le falta un Beckembauer, que en su caso es joven y gallardo: Ricky de
Marco Caepio; ni tampoco le falta un Maradona, Drilo, ese hombre que cada
partido le regala a la tribuna al menos un caño por partido. Toda la orquesta
dirigida por Camacho, el antiguo maestro que parece haberle encontrado la clave
al fútbol modero. Y para colmo ¡Ricky y Drilo, los estrellas del Achéron F.C.,
tienen unas novias guapísimas!”.
Al principio Luisa ignoró su popularidad. Rosa fue la que se lo tuvo que
informar.
―¿Ya viste que saliste en el periódico? ―le dijo una vez Rosa.
―¿Por qué yo saldría en el periódico? ―le respondió incrédula Luisa.
―Porque eres la novia del apuesto Ricky de Marco Caepio.
―No soy su novia, solo tengo sexo con él…
―¡Claro que no tienes sexo con él, Luisa! A mí no me engañas, ahora
apenas si lo ves. Pero saliste en el periódico.
Y ahí estaban, la serie de fotos de un paparazzi que ni Ricky ni ella
habían visto en su último paseo por el boulevard de Achéron.
―¡Mierda! ―dijo Luisa.
Temerosa de un nuevo castigo, se presentó ante su tía.
―Tengo que explicarte algo ―le dijo.
Succed estaba en labores de administración de empresas como siempre. No
se mostró sorprendida a pesar de que aquello era rarísimo en Luisa pues hasta
ese día no se le había conocido ningún novio y jamás había mostrado ni
entusiasmo ni angustia por tener o no pareja.
―Siéntate. Dime.
―No es mi novio, solo es mi amigo. Y nunca supimos que nos tomaban
fotos. Y tampoco he tenido sexo con él, casi ni lo veo ahora que es una
estrella.
Succed dejó de hacer lo que hacía, tomó su edición del diario local y la
puso sobre el escritorio.
―No fue ese periódico. Es en el…
Succed le indicó con el dedo el titular: “La dueña y el futbolista, un
cuento de hadas. Todas las fotos. Página 3”
―¡No tienen...! ―dijo Luisa al ver las fotos.
―¿Ellos o nosotros? ―preguntó Succed con una sonrisa pícara en su
rostro.
Luisa se espantó pues nunca había visto a su tía sonreír. Lo primero que
pensó fue “Y esta ¿qué droga se metió?”
Era simplemente la satisfacción de encontrar lo que por mucho tiempo se
había esperado, ni siquiera la reacción química del enamoramiento podía
explicar aquello como la sanación de que algo así ocurriera por fin.
―Luisa ―le dijo Succed ―, ignora lo que ellos puedan decir; pero si vas
andar con este chico, debes tener mucho cuidado de no darles razones para que
se burlen o digan cosas malas o falsas de ti.
Aquello era tremendamente rarísimo, Luisa sospechó de su tía, pero aun así, decidió tomar ventaja.
―Oye… perdón por todo ―le dijo Luisa.
Succed se conmovió y puso atención a su sobrina.
―Y… quiero formar un equipo de mujeres.
Succed cambió el semblante. Aquello era más que andar con la estrella
del club; pero el club, la mina y ella misma estaban de manteles largos así
que…
―Déjame hablar con Bartolomé a ver qué se puede hacer. Podría ser parte
del propio club. Si no bajas tus notas escolares el año que viene no diré que
no.
Luisa literalmente se fue de espaldas, cayó al suelo y Succed le
preguntó si se encontraba bien. Luisa respondió que sí y…
―Bueno, si sucede algo me avisas ―dijo Luisa mientras escapaba de lo que
para ella era la dimensión desconocida.
Enfilaba a la puerta cuando se escuchó un grito de gol.
―¡Olvidé el partido! ¡¿Gol nuestro?! ―preguntó emocionada Succed.
El empleado confirmó y Succed salió de inmediato de la oficina a buscar
el televisor donde todos los demás empleados administrativos de la mina miraban
el partido, de esos día miércoles que permitían fecha FIFA el fin de semana.
El Achéron iba en busca de su quinto triunfo consecutivo, pero ese día
solo pudo conseguir un empate de visita por lo que el paso perfecto se perdió
esa tarde que Luisa recibía el permiso de Succed para jugar fútbol. No le dijo
nada de sus juegos los domingos en la liga varonil de los mineros, pero le quedaba
claro que, aun si le hubiese dicho que estaba embarazada o que tomaba drogas,
su tía habría reaccionado amablemente.
Lo primero que hizo Luisa luego de recibir el permiso de Succed fue
llamar a Rosa y a todas las demás chicas del equipo para decirles que al menos
por esa parte ya no habría problema. El problema fue Drilo.
―¡¿Se lo dijiste?! ―dijo asustado Drilo en el Bar de los Mineros.
―Sí, y estuvo bien, ya no tengo que esconderme ―dijo tranquilamente
Luisa, realmente aliviada.
―¿Le dijiste que yo las entrenaba?
―No.
―Pues ahí está el problema. Cuando se entere me va a matar ―decía muy
angustiado Drilo.
―Es mi tía, no la suya, Jefe.
―Eso no importa ―dijo Drilo en medio de la duda ―…ella es ahora mi…
―¿Su qué?
Drilo dudó, no sabía cómo lo iba a tomar Luisa.
―Mi pareja.
―¡Ay, Jefe! Eso ya lo sé. Usted es pareja de mi tía, yo soy pareja de
Ricky, ¿y eso qué?
―¡Tienes que tener cuidado con ese muchacho, Ricky! ―dijo Drilo para
cambiar el tema pues le parecía incomodo hablar de él y Succed con Luisa.
―¡Y usted con mi tía! Ella está loca por usted. Por eso me dejó jugar.
―Te deja jugar porque, a
diferencia de ti, ella no está loca y tiene buen corazón.
Luisa sonrió y encaró a Drilo.
―¿Y besa tan bien como yo?
A Drilo se le subieron los colores al rostro y decidió iniciar una
retirada más, como siempre, derrotado por Luisa. Cuando se hubo ido, Luisa se
quedó sola con su cerveza.
―Pues parece que si besa mejor que yo ¿no? ―se dijo para sí misma.
Al día siguiente Luisa se levantó y en lugar de vestirse con vaqueros y
blusa, decidió sacar sus pantalones deportivos. Caminó hasta el estadio
mientras respiraba el fresco aire de la mañana y del otoño que recién
comenzaba. El trayecto de su casa al estadio estaba lleno de casas y jardines
como la suya, era el barrio rico de los ricos de Achéron.
Encontró a Bartolomé sentado sobre la grada de la tribuna, él observaba
el interescuadras del equipo de reservas.
―Hola, profesor ―le dijo con la voz más grave que pudo.
Bartolomé no se sorprendió, había esperado esa visita como un enfermo
terminal espera la visita de la muerte.
―Siéntate, muchacha.
―Sí, gracias.
―¿No fuiste a la escuela?
―Todavía estamos de verano, profesor.
―Ya veo ―dijo Bartolomé al tiempo que sacaba un cigarrillo y se lo
colocaba sobre la boca sin encenderlo. Lo estaba tratando de dejar.
―Yo hubiera podido estar ahí ¿no?
―dijo Luisa sin dejar de mirar el juego de los reservas.
―No te sobreestimes, muchacha. Hay diferencias entre hombres y mujeres
que ni tú podrías cambiar. No hablo de la fuerza física, se trata de la
desvergüenza y de ser un canalla dentro de la cancha. Tú disfrutas driblar y
todo eso, te hubieran roto la pierna al primer año.
―Cómo a Drilo ¿no?
Bartolomé se molestó un poco por lo que había dicho Luisa, pero sí,
tenía razón.
―¿Qué es lo que quieres de mí?
―preguntó el viejo cada vez más tentado a encender el cigarrillo.
―Hablar.
―No has venido solo a hablar. Tú quieres algo de mí. Y estoy curioso
porque tú sabes que jamás te dejaría volver a ser parte de un equipo de
canallas.
―¿Hay equipos de mujeres en el país, profesor? ¿Mujeres canallas?
―Eso no tienes que preguntármelo a mí. Solo busca en la internet.
―Ya lo hice, no hay nada. En otros países, aquí no.
―Me sorprende. Si la hay. Nos hicieron la invitación hace un mes, pero
contestamos que no teníamos ni la infraestructura ni las jugadoras. Están
desesperados, eso de la liga femenil no funciona, nadie va a ver sus juegos,
nuestra selección nacional no ha calificado nunca a un Mundial ni a Juegos
Olímpicos. Si la selección de hombres es un fracaso rotundo, la femenil es una
mierda más grande. La liga tiene solo ocho equipos y no podría decirse de
ninguna manera que sea una liga profesional.
Era como si a Luisa le hubiesen abierto las puertas del cielo, no
importaba el pantano del fútbol femenil nacional, no importaba si la selección
femenil era la mierda más grande; lo único que importaba es que había un
camino, había un modo, había un mar de donde sacar sal.
―Puedo buscar que te den un lugar en algún equipo de esos ―dijo
finalmente Bartolomé.
―No, profesor. Ya tengo un equipo, solo falta que lo inscribamos.
Bartolomé miró fijamente a Luisa, notó que la chica estaba entusiasmada.
―Sí, ya sé, el que Drilo va a entrenar cada. El muchacho te quiere, de
eso no queda duda.
Luisa salió de su alegría y se instaló en la confusión, ¿cómo era que
Bartolomé sabía del equipo?
―¿¡Drilo se lo dijo!?
―No, muchacha. Yo lo seguí una vez y vi aquello con mis propios ojos.
El profesor Bartolomé le dio la espalda a Luisa para tratar de atender
su responsabilidad que era ver aquel juego.
―Mi tía hablará con usted pronto. Por favor, ayúdennos ―dijo Luisa.
―Apoyaré eso de formar un equipo de mujeres solo con una condición.
―¿Cuál? Lo que sea.
―Debes de ser responsable.
―¡Por supuesto, profesor, voy a entrenar, voy a tener disciplina otra
vez!
―No me refiero solo a eso. Me refiero a Drilo. A Ricky. Y todo lo que se
va a venir. Si no maduras todo ese torbellino te tragará y acabará con tu vida.
Luisa no respondió, de pronto sintió un profundo respeto por aquel
hombre que parecía saberlo todo sobre la vida y el fútbol.
―También ―dijo Bartolomé con el encendedor en la mano ―, quiero que le
preguntes a Luis si puede venir todas las mañanas aquí. Hace falta siempre uno
y tenemos que pedirle al jardinero que complete uno de los equipos en los
interescuadras de la tercera fuerza.
A Luisa se le vino el mundo encima, era demasiado, pero decidió subirse
al barco, ajustó las velas y se lanzó a la mar:
―Sí, profesor. Le preguntaré. Y él será responsable, se lo prometo.
Bartolomé encendió finalmente su cigarrillo rendido ante el hecho de que
iba a necesitar uno cada día para soportar todo lo que estaba por venirse. Se
aproximaba un huracán y el viejo lo sabía.
Luisa salió muy feliz del Granma y pensaba cómo iba a hacer para estar
en el entrenamiento todos los días si tenía que ir a la escuela. Cuando llegó a
su casa y entró a su cuarto notó el terrible desorden que tenía ahí, era un
vértice de entropía directo al infierno.
―Bueno, hay que empezar a cambiar ―y comenzó a ordenar su habitación.
Al término de la fecha diez el Achéron era líder del campeonato y solo
había perdido un partido. Drilo era el goleador del campeonato. Era evidente
para los aficionados, y para los patrocinadores, que el Achéron no se iría a la
segunda división ese año. Eso fue un bálsamo para Succed y su directiva pues
gracias a las marcas comerciales el Achéron pudo empezar a salir de la crisis
económica en la que se había hallado al ser equipo de primera. Los contratos
comenzaron a llover, y el más grande de ellos fue uno de un comercial que Drilo
hizo para televisión y en el que anunciaba zapatos deportivos que prometían a
los que los comprarán que jugarían como él. Además, Succed y Drilo comenzaron a
perderle el miedo a los periodistas y principalmente a la gente del pueblo que
hablaba muy mal de su ahora evidente relación.
No era el ritmo de vida de jugador profesional estrella del equipo de
Drilo sino el de directora general de una mina y un equipo de fútbol exitoso,
el que reducía los minutos del romance más aclamado del momento en los círculos
de la prensa del corazón. A pesar de ello la pareja encontró en las redes
sociales el medio para estar con el otro y de esa forma organizaban, contra
toda lógica, viajes y encuentros románticos:
―Drilo, ya reservé la habitación en el Spa de aguas termales.
―Enterado, regresamos el lunes por la mañana, te veo ahí a las seis.
Y emoticones felices, iconos de corazones, cupidos y toda la miel
digital que permitía la web 2.0.
Un día, luego de un mes de haber hablado con Bartolomé, Luisa se
desesperó y como su tía no había movido un dedo para cumplir lo que según ella,
le había prometido, decidió ir a buscarla en su oficina.
Succed realmente se había olvidado de aquel asunto así que cuando Luisa
se lo recordó puso manos a la obra para ponerse al corriente. Citó a Bartolomé
y este a su vez obligó a Drilo a estar presente en la junta con la más alta
directiva del equipo. Ambas partes acordaron que Luisa no debería estar
presente en dicha reunión que se llevaría a cabo en la pequeña sala de juntas
del Granma, un cuarto sin ventanas, caluroso y diminuto (el mote de sala de
juntas para ese espacio tan inadecuado para una reunión de cualquier tipo era
una burla), pero al menos había unas sillas y una mesa.
―Profesor Bartolomé, Drilo ¿tú qué haces aquí am…?
―Yo le pedí que estuviera aquí, ambos sabemos que Drilo está involucrado
en esto.
Succed sospechó de la situación, pero aceptó que Drilo se quedará. El
pobre estaba muerto de miedo y tenía el aspecto de un criminal que se
presentaba a dar su declaración frente al ministerio público.
―Bueno, el asunto es que quiero ver la posibilidad de aceptar la
invitación que recibimos de la liga femenil hace unos meses. No hay mucho
dinero disponible pues hay muchas deudas, pero creo que con un proyecto bien
planeado podría lograrse algo. No es ningún secreto para ustedes dos que esto
tiene que ver mucho con Luisa. Prácticamente les pido ayuda para armar un
equipo para ella y solo por ella.
Bartolomé miró a Drilo, esperaba alguna iniciativa de su parte, pero al
ver que su pupilo estaba muerto del miedo fue él quien se atrevió a hablar.
―No se necesita armar un equipo, el equipo ya está formado, señorita.
¿Verdad Drilo?
Drilo no contestó, una gota de sudor resbalo por su mejilla.
―Se tendrían que conseguir algunas jugadoras más, pero podríamos
solventar eso ―continuó Bartolomé ―. Tomando en cuenta que la liga femenil no
pide ninguna cuota por incorporación y asumiendo que el equipo podría jugar y
entrenar en el Granma, todo estaría cubierto.
―Espere, profesor, ¿cómo que ya hay un equipo?
―Su sobrina, por ella misma, lo formó ¿verdad Drilo?
Drilo levantó la vista y dio un tímido sí.
Succed quedó en shock.
―Haría falta una cosa en ese equipo. Alguien que lo entrene, pues Drilo
ya no puede hacerlo.
Succed miró a Drilo de reojo y supo entonces que su novio le había
ocultado cosas.
―No se preocupe, señorita ―dijo Bartolomé cuando ya se levantaba de su
silla ―. Mientras encontramos a alguno yo podría entrenarlas cada tarde a las
cinco. Yo mismo responderé la invitación de la liga y les diré que tendremos un
equipo listo para el próximo campeonato que comienza en cuatro meses.
Dicho esto, el viejo salió por la puerta sin despedirse y dejó solos a
Succed y a Drilo.
―¿Tú sabías todo?
Drilo puso una sonrisa nerviosa.
―Ella me lo pidió, me pidió que no dijera nada.
Succed le recriminó con un gesto y luego le pregunto:
―¿Qué otras cosas no me has dicho?
Drilo se quedó callado.
―No me vuelvas a ocultar nunca nada más nada. ¿Está bien?
Drilo asintió con la cabeza, pero sabía que aquella era una promesa que
no podía cumplir ni en sus más honestos sueños. Succed lo abrazó y le dijo
inocentemente:
―Sé que lo hiciste para ayudarla. Por eso ella te ve como a un padre.
El 10 nuevamente no dijo ni una sola palabra pues estaba saturado por la
culpa.
Al salir de aquella sala, Drilo se prometió no volver a lastimar a
Succed. Se propuso resistirse a Luisa por siempre y para siempre. Pero apenas
había salido a la entrada de ladrillos rojos del Granma una voz conocida lo
saludó.
―¡Hasta luego, Jefe!
Le dijo Luisa pasándolo de largo acompañada de un grupo de muchachos, los
muchachos de la tercera reserva. La chica convivía otra vez en ese medio
masculino, pero ahora todos eran cómplices, incluidos sus compañeros, la gente
del estadio y los administrativos del club. Bartolomé había decidido ver qué
tal funcionaba la transparencia aunque les había prohibido a todos los
jugadores tener alguna relación sentimental o sexual con la chica, el que fuese
sorprendido sería expulsado de las reservas. La generación de reservas más
cercana a debutar la reconoció y cumplieron su promesa, mientras que los nuevos
integrantes tomaron bien la idea de dejar que una chica que jugaba tan bien y
era hermosa, entrenara con ellos cada vez que se pudiera. Como el castigo por
romper las reglas era severo, ninguno dijo nada ni intentó cortejar a Luisa de
ningún modo.
Por su parte, Luisa era una persona nueva, ya no necesitaba fingir ser
hombre y ya no necesitaba defenderse de un ambiente hostil, por lo que a sus
compañeros y al personal del estadio se les presentó una chica que siempre
tenía una sonrisa, un saludo y si rompían las barreras, una buena plática de
fútbol.
Todavía consternado por la impresión, Drilo sintió la presencia de
Bartolomé detrás de él.
―No te preocupes ―le dijo Bartolomé ―, le he aclarado que es
responsabilidad de ella. Nunca había visto a nadie tomar tantos riesgos por
amor a este juego, ya me estoy haciendo muy viejo para todo esto.
―Porque ella está loca… Y usted también parece estar loco, Profesor.
Bartolomé puso una sonrisa amplia en su rostro.
―No sabes cómo le alegra la vida a un viejo como yo que le digan que
está loco. Y tú también lo estás Drilo, no por nada llevas nueve goles en diez
partidos.
A partir de ese mes, Luisa entró en un torbellino de actividades. Por la
mañana entrenaba con la tercera reserva del Achéron, corría a medio día para
asistir a la escuela y por las tardes con el Achéron F.C. Femenil, junto a
Rosa, las gemelas Serdán ―Carmen y Natalia―, la creyente del Corán que se
llamaba Thenmuli y las amas de casa. Finalmente, por las noches hacía sus tareas
aunque Rosa trataba siempre de ayudarla con eso mientras pudo antes de irse a
la ciudad.
Cuando ese equipo de chicas dejó de entrenar en el potrero para hacerlo
sobre la grama de primera división del Granma, Bartolomé les dio el mismo
discurso que a todos:
―Respeten esta cancha porque esta cancha es sagrada, es campo de primera
división y grandes jugadores han jugado sobre su césped.
Justamente, Bartolomé, comenzó a entrenarlas pues en realidad el viejo
tenía mucho tiempo libre gracias a que Succed le había permitido emplear a tres
chicos de la tercera reserva como sus asistentes, uno de ellos era Luisa
Nadiani. De esta forma, Luisa se quedaba en el Granma todo el día los sábados,
del amanecer hasta el anochecer en que terminaba de barrer los pasillos del estadio
por unos pocos pesos que le daba Bartolomé. Mientras el equipo de primera
división entrenaba en el Granma, Luisa limpiaba los baños. Así, mientras
limpiaba un excusado fue que la encontró Ricky.
―¡¿Qué haces?! ¿Por qué no me has llamado, Luisa?
―Estoy trabajando, Ricky, ¿Qué no ves?
―Tú no necesitas trabajar, ¡tú eres mi novia! ¡Además tu familia es
rica! ¿Qué onda contigo?
―Cállate, Ricky, el que yo sea tu… amiga, no significa que yo no tenga
que esforzarme para lograr lo que quiero. Y mi familia ya no es rica.
―¡¿Quieres limpiar baños?!
―No, no quiero limpiar baños, pero quiero hacer esto para comenzar a
hacer una vida. Tengo planes.
―¿Y dónde quedo yo en tus planes? ¡No me has llamado en toda esta
semana!
―Porque fueron a jugar al Puerto
¿no? Por cierto, que partido tan lamentable, Ricky.
En efecto, aquel partido el Achéron había sufrido su segunda derrota del
torneo.
―Fue el pendejo del árbitro. Escucha, Luisa, acepto que quieras tener
tus cosas, pero puedes pedirme dinero a mí. Me pagaron muy bien por el último
comercial que hice, ¡hasta me dieron un nuevo teléfono celular, generación GZ5!
¡Mira!
Luisa no miró el teléfono, regresó a limpiar su inmundo excusado.
―Está bien. Disfruta el aroma del sanitario, te va bien.
Y se fue molesto. Todavía en el
pasillo le gritó.
―¡Volviste a salir en el periódico gracias a mí!
Un día Camacho se quedó más tiempo en el Granma. Y entonces miró a
aquellas mujeres cuando trataban de armar una pared, ninguna podía hacerlo
bien. Luisa era un mar de frustración. Bartolomé no daba gritos pues tenía toda
la paciencia del mundo. Luisa era la que a todas luces se esforzaba por
explicarles a sus compañeras como debían hacerse las cosas. Drilo no estaba, él
astro se esforzaba realmente en evitar a Luisa.
Camacho entró al campo y se acercó hasta Bartolomé.
―Profesor ―saludó Camacho.
―Profesor ―respondió al saludo Bartolomé.
―¿Criando cuervos?
―Para que me saquen los ojos, profesor Camacho. Ya sabe, uno no tiene
límites.
―¿Puedo ayudar?
Bartolomé asintió con una sonrisa.
Camacho se acercó hasta las mujeres a las cuales Luisa regañaba.
―¡Nada más tienen que darle con la fuerza suficiente! ¡No es necesario
que le peguen fuerte! Miren, es nada más así, ¿ven? ¿¡Ay, por qué no me
entienden!?
―Oye, chica, pásame la pelota ―ordenó Camacho a Luisa.
Camacho ya había visto a Luisa varias veces en el Granma, sabía que ella
limpiaba los vestidores, lavaba los baños y ponía toallas nuevas en las duchas,
como todos era cómplice en aquello.
―¡Te dije que nos tengas paciencia, Luisa! ―le gritó burlonamente Inés.
Luisa entregó la pelota al técnico multiganador.
―Profesor…
Camacho se acercó hasta ella.
―Vaya, ¡qué sorpresas da la vida! Mujeres que juegan fútbol ―dijo
Camacho.
Luego se concentró en lo importante: la pelota.
―A ver, mujeres. Les presento a la pelota de fútbol ―comenzó a decir
Camacho y algunas rieron ―se las presento porque me parece que no se las habían
presentado. Pelota, ellas son… ¿Quiénes son ustedes?
Cada una comenzó a decir su nombre.
―Ahí tienes. A la pelota hay que tratarla, lo mínimo, como a una amiga.
La mejor de las amigas, pero en realidad de lo que se trata es de crear un
romance con ella. Miren, lo que los mejores jugadores hacen es amar a la pelota
y cuando lo hacen, la pelota se entrega y hace todo lo que le pidas. Hay que
tratarla con cariño. No es la fuerza que dice acá su compañera… Es la caricia.
Este es el asunto, igual que al novio o al hijo…
Camacho habló durante quince minutos sobre el amor al juego, la
honestidad al golpear la pelota, de cómo al amor hay que dejarlo ir pues la
melosidad lo mata pronto, habló de filosofía sin citar a nadie (aunque Rosa
reconoció en sus palabras a los grandes autores), habló y habló con la pelota
en la mano y cuando se las regresó era como si a las once las hubieran
enamorado. Nunca nadie les había hablado así sobre absolutamente nada en la
vida. Cuando intentaron las paredes nuevamente, las cosas, casi por magia,
comenzaron a salir bien. Luisa quedó sorprendida por la sabiduría de aquel
hombre que para ella, hasta entonces, solo era un entrenador más.
―Maestro, enséñeme todo lo que sabe ―le pidió Luisa.
Bartolomé rió y Camacho solo esbozó una sonrisa.
Desde entonces, Luisa comenzó a ser una especie de estampa de Camacho,
siempre a su lado cuando no hacía labores de limpieza en el estadio.
Un día el entrenador del primer equipo le permitió a Luisa estar
presente en los entrenamientos del Achéron F.C. A los jugadores les prohibió,
como había hecho Bartolomé con los reservas, cortejar a Luisa so pena de
calentar la banca el resto de la temporada. Al principio, tanto Drilo como
Ricky se quejaron con Camacho.
―Maestro, ¿una chica aquí? ―dijo Drilo y secundó Ricky.
Camacho los calló a los dos.
―Esto es algo que ustedes dos no deciden.
Drilo se molestó. Regresó a su lugar y Vladímir le dijo.
―Drilo, esa muchacha es un ser especial.
―¡¿Qué dices?! ¡Está loca, eso no es ser especial!
―Los que nacemos en las montañas lo sabemos. Cuando vemos a alguien que
va a cambiar al mundo lo sabemos desde antes que lo haga. Eres afortunado,
Drilo. Somos afortunados.
Ricky, por su parte, estaba más molesto. Definitivamente le enojaba todo
lo que Luisa hacía, si bien alguna vez le había dicho que ella era el fútbol,
lo había dicho en halago su juego, no como una realidad. Por muchas razones que
tenían que ver más con el mundo que habitaba que con su propio albedrio,
imaginaba que si bien Luisa podía y debía jugar al fútbol, tal actividad
debería alternarla con visitas al salón de belleza, las tiendas de ropa o la
cocina, no con limpiar baños, barrer pasillos o ser la asistente no oficial del
entrenador. También estaba desesperado porque ella no aceptaba abiertamente que
eran novios y no le había permitido llegar nunca más allá del tocamiento
genital mientras se disfrutaban uno al otro. Ricky se preguntaba angustiado
hasta cuándo Luisa permitiría que hubiera sexo “de verdad”. Pero nunca tuvo el
valor de decírselo, simplemente comenzó a aceptar salir con algunas de sus
nuevas fans sin que Luisa se diera cuenta pues, de todas formas, ella nunca
decía que ellos fueran novios, las revistas y él eran los únicos que así lo
daban por sentado.
Así, Luisa comenzó a ser una figura frecuente junto a Camacho.
Oficialmente no era su asistente, pero en la realidad el viejo encontró en
Luisa a la única discípula digna de sus conocimientos y es que, la historia de
Luisa había impactado al viejo.
―¿Estuviste esa noche en el Nacional? Esa noche terrible, tan trágica. Y
ahí perdiste a tu padre. Tanque fue tu ídolo y luego Drilo te entrenó. Eres
Celeste, pero eras Roja… aclárame eso.
―No sé, maestro. Yo recuerdo haber crecido como una niña normal o eso
creía. Solo que nos cambiábamos mucho de casa, por el trabajo de mi papá y por
eso nunca tuve amigas. No durábamos en una casa más de seis meses. Cuando ya
había logrado hacer un grupo de amigas nos cambiábamos. Supe que el fútbol era
importante la vez que mis padres lloraban un día frente al televisor. Yo estaba
muy asustada y les pregunté qué era lo que había pasado y mi papá me respondió
que la Selección había sido eliminada del mundial. Y yo me puse a llorar con
ellos.
―Yo era el técnico de la selección en ese entonces, sé de qué juego
hablas. Hice mal los cambios. Yo lo jodí todo.
―Mi papá comenzó a llevarme a todos los juegos al Nacional ―continuó
Luisa ―a ver a
los Rojos y así me enseñó a quererlos. Yo pensaba que era lo mejor. Luego entré
a la escuela de los Celestes y les volteé la cara a los Rojos por venganza, por
muchos años pensé que si ellos hubieran ganado la final mi papá y mi mamá
todavía estarían conmigo.
―Eso es lo que cree mucha gente. Pero…
―Pero qué, maestro.
―Pero no es verdad. Hay cosas que todavía no sabes, Luisa. Esa tragedia
no ocurrió por hechos deportivos. Fue algo fabricado.
―¿Fabricado por quién?
―Qué sé yo, la policía, el ejército, el gobierno. No lo sé. Pero yo vi
policías deteniendo gente. Vi personas a las que les disparaban desde lejos. Eso
que pasó ahí, no fue una casualidad, no fue porque dos borrachos se
enfrentaron. Celestes y Rojos murieron por igual ese día.
Luisa, por primera vez escuchó una versión diferente de lo que había
pasado esa noche en el Nacional. Rosa siempre le había contado una historia
similar, pero como era Rosa, la feminista, la subversiva, la universitaria, la
que siempre la invitaba a las marchas para apoyar a los mineros, nunca la tomó
en serio. Pensó en esa noche durante los siguientes días hasta que un problema
más actual requirió su atención:
―¡¡¡Luisa!!! ―gritó desaforada Succed en la casa. Estaba acompañada del
tío Otulio.
Luisa salió de su habitación todavía dormida pues era sábado muy
temprano.
―¿Qué pasa?
―¿¡Limpias baños?!
Luisa trató nuevamente de explicar que si eso era necesario podía
hacerlo, pero que poco a poco iba a aprender el oficio del jardinero del
estadio, el del mantenimiento eléctrico, el del boletaje. Finalmente Luisa
argumento convencida en lo que decía:
―Conozco mejor ese estadio que tú. Puede que me pase limpiando baños,
pero también puede que un día yo administre ese estadio.
Succed y el tío Otulio quedaron con el ojo cuadrado, no por la vocación
de conserje de Luisa sino por la seguridad con la que describía su futuro.
Succed ni siquiera pudo condicionar la permanencia del equipo femenil a
que Luisa dejara eso de ser asistente primera del conserje del estadio porque
tal equipo ya estaba comprometido y la multa por no participar en el
campeonato, cuando ya se habían inscrito, era considerable. Lo único que podía
hacer Succed era no dejar que Luisa jugara, pero también sabía que era la única
que era capaz de hacer diferencia en ese proyecto. Era similar a cuando había
tenido que elegir entre arriesgarse con Drilo por el beneficio económico o
anteponer sus prejuicios, ahora era lo mismo y no pudo hacer nada. Por su parte
el tío Otulio era un cero a la izquierda y lo único que atinó a decir fue:
―Ya se le pasará, nadie quiere limpiar baños toda la vida.
Cuando llegó diciembre, el Achéron era primero de la tabla general,
seguido apenas un punto detrás por los Celestes. Drilo era un jugador imparable
en la liga, con cada regate alimentaba las arcas de los fanáticos del YouTube y
con cada gol sus propias pretensiones de jugador estrella: siempre buscado por
la prensa, siempre asediado por los fanáticos aunque no fueran del Achéron.
El desierto de la sal se había vuelto un lugar vivo donde ahora crecían
árboles verdes y hasta ilusiones y esperanzas; ya hasta arribaban algunos
turistas. Los obreros de la mina estaban opiados por el fútbol y dejaron de
hacer huelgas para pedir más salario, a cambio la directiva les entregaba
entradas gratis para los juegos del Achéron. El Granma era, como había
advertido Drilo, un lugar donde los aficionados contrarios callaban y donde los
rivales sufrían. Ningún equipo pudo sacarle un miserable punto al Achéron en
esa cancha en toda la primera vuelta del campeonato.
Luisa comenzó también a sentirse partícipe de ese sueño llamado por la
prensa el Milagro Amarillo, ya que al ser la “asistente” de Camacho podía estar
en la banca, lista para ofrecer una botella de agua al maestro o para ayudar a
los utileros. Para Ricky esto era una molestia pues no podía, como había soñado
varias veces, anotar un gol e ir a besar a Luisa, pues ella esta estaba en su
papel de asistente del director técnico. Eso sí, en los partidos de visita ella
no viajaba con el equipo.
Un buen día, Luisa llegó al entrenamiento, limpió el vestidor, puso
toallas nuevas, trapeó y, cuando los jugadores llegaban, sabía que debía salir
de aquel lugar pues ellos comenzarían a cambiarse, pero esa vez Camacho se la
topó en la entrada y le pidió que entrara.
―Muchachos, antes de que se cambien, atiendan un momento.
Todos callaron porque cuando Camacho hablaba todos querían escuchar.
―Aquí tengo un sobre que llegó hoy a las oficinas del club ―dijo
mientras abría la carta ―. Está dirigido a Drilo y proviene de la Federación
Nacional de Fútbol.
En cuanto Camacho dijo eso todos los jugadores lo supieron, comenzaron a
hacer coros como antiguos nativos dirigidos a Drilo.
―Se le convoca a usted a presentarse con la Selección Nacional para el
partido amistoso que sostendrá la misma el día 21 de diciembre en Londres
contra su similar de Inglaterra.
Camacho indicó a Drilo a que se acercara y le dio el sobre con la carta
en la mano. El júbilo explotó en el vestidor.
Incluso Luisa esbozó una sonrisa y es que mientras todo el barullo
estaba en su apogeo, Camacho se acercó a decirle al oído.
―Es el mayor honor que un jugador puede recibir. Recuerda bien esto.
Recuérdalo bien.
Fue una buena Navidad para todos pues Drilo se lució con dos goles en
Wembley, aunque su equipo perdió por tres a dos.
Tanque no fue llamado a la Selección porque estaba lastimado. El jugador
más perfecto del mundo ahora jugaba en el extranjero en uno de los clubes
ganadores más ricos del mundo. Así era, había dado el salto a las mejores ligas
luego de haber dejado sobre el escritorio de los dueños de la televisión y del
ejército su renuncia. Todos, incluida la prensa amarillista, se tranquilizaron
al saber que por el momento, Tanque y Drilo no coincidirían todavía en la
Selección Nacional aunque eso no tardaría mucho. Esa Navidad fue tranquila,
pero el siguiente año preparaba un huracán.

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