El pequeño y miserable poblado de Achéron cambió en seis meses lo que no
había cambiado en cincuenta años. Con el equipo en primera división y su paso
exitoso por esta, la población de la localidad había encontrado la motivación
para levantarse alegre cada mañana. Muchos años después la gente del pueblo
aseguraría que nunca había habido un año con un sol más radiante que el del
regreso del Achéron en primera división, aunque el registro meteorológico
indicara lo contrario. La gente de más edad aseguraba que tal auge no se miraba
desde los tiempos en que la mina de sal era productiva y acaparaba la
producción nacional del precioso mineral que hacía que cada comida valiera la
pena. El alcalde de Achéron también se vio contagiado por el optimismo y mandó
repavimentar la calle principal y regar los árboles casi muertos del boulevard.
La vida era buena en Achéron gracias a que su equipo vivía un idilio en primera
división. Incluso, los detractores locales del fútbol, toda una serie de
personajes indiferentes o hasta abiertamente en contra del deporte de las
patadas, disfrutaban del entusiasmo del buen paso del equipo, pues si bien se
permitían no ver los juegos, si se enteraban de los buenos resultados y el
recibir la noticia de que el equipo había ganado era señal de una buena semana
pues sus compañeros de oficina estarían de buen humor. Lo que casi ningún
habitante de la localidad sabía era que había otra escuadra de fútbol de
Achéron en la Primera División… la versión femenil de la primera división.
La formación de ese equipo femenil había sido un calvario para Succed
pues el Club, más allá del obstáculo deportivo que implicaba hacer un equipo de
mujeres que nunca habían jugado antes, tuvo que vincular a cada jugadora por contrato
y aquel papeleo legal tuvo sus particularidades pues el Achéron no tenía lo
suficiente para pagarle un salario a las jugadoras. Succed pudo resolver la
cuestión con las jugadoras que eran obreras de la mina, pues solo se les
intercambio su trabajo, sea lo que hicieran en la mina, por jugar fútbol. El
problema fue con las amas de casa que no laboraban en la mina y que además
tenían críos que mantener, para las de origen de prostíbulo (y además
inmigrantes) y para Alejandra que cuando le dijeron que le pagarían por jugar
creyó que se trataba de una broma. La liga tenía para tales casos la precaución
de no auto etiquetarse como profesional sino semi-profesional. Sin embargo, las
Serdán pusieron una barrera contra el trato de amateur.
―Está bien que no nos paguen, pero nosotras tendremos que trabajar.
Y Succed sabía lo que eso significaba. Las que eran madres también se
rehusaron a llevar una vida en el fútbol más disciplinada pues el tiempo ya no
les alcanzaba para más disciplina cuando había bocas que mantener. Nuevamente
la respuesta le cayó a Succed del cielo. Otra vez, un patrocinio exclusivo para
el equipo femenil le fue ofrecido, ahora era una compañía China de celulares.
Ella aceptó el patrocinio y con eso pudo ofrecer salario a las que no eran trabajadoras
de la mina, al menos durante el primer año. Cuando ese obstáculo estuvo saldado
apareció uno nuevo, tres de sus jugadoras eran extranjeras y dos de ellas no
tenían documentación. Así, hubo que solucionar eso y en el proceso, uno que otro
soborno se pagó.
Preguntó a la liga sobre la situación de las extranjeras en la liga, los
organizadores se sorprendieron mucho, nunca pensaron que algún equipo
contrataría a una jugadora extranjera pues la liga era nueva y todavía no tenía
prestigio a nivel internacional. Había ligas femeniles en el continente más
fuertes, ¿por qué iban a venir extranjeras acá? El asunto se solucionó y el
papeleo estuvo apenas listo para la fecha del primer partido de aquel equipo
imposible.
Una sorpresa fue para Succed enterarse que una de las jugadoras del
equipo femenil era nada más y nada menos que la esposa de uno de sus jugadores
de primera división. Se enteró al realizar todo el papeleo y no considero
necesario tomar alguna acción al respecto. Pero ganas no le faltaron de preguntar
a Vladimir acerca de la situación de su mujer futbolista. Ya se había dado
cuenta que el armenio era un ser extravagante y todo se podía esperar de él.
Por otra parte, consideró que era una explicación lógica para la presencia de
una extranjera islámica en el equipo que había formado Luisa y ahí dejó el
asunto. Debido a que la extranjera no sabía el idioma español (ni el inglés)
sus compañeras no se atrevían a hacerle preguntas complicadas como “¿Quién es
tu esposo?” o ¿Por qué estás aquí tan lejos de tu país?”; por otro lado,
Vladimir jamás comentó el asunto con Drilo ni con nadie más pues nunca le
preguntaron. Además, su relación conyugal era sostenida por largas horas de
sexo en la intimidad de su hogar, las horas que no pasaban envueltos entre las
cobijas, cada uno hacía lo que le viniera en gana. El armenio sabía se sobra la
capacidad de su esposa en el fútbol, la había conocido ya como futbolista
semi-profesional en un país eslavo luego de que ella había sido criada entre
guerras civiles, campos de refugiados y ayuda humanitaria; y siempre evitó
darle consejos o ser su representante. Eran la pareja perfecta, hambrientos del
cuerpo del otro, futbolistas y libres. Incluso, se dieron el lujo de tener dos
hijos y a ellos también les inculcaron la vida nómada y futbolera.
Una semana antes de su debut en primera, Luisa acudió al llano de la sal
por última vez pues ahora los fines de semana solo jugaría con las mujeres de
Achéron. El Chimuelo, el Manco y todos los integrantes de su equipo varonil la
despidieron con cariño y unas cervezas bien frías luego de su último partido.
En realidad, aquellos hombres obreros no sabían exactamente qué decirle a la
que había sido uno de sus mejores elementos en su corta historia como equipo.
Lo cierto es que jamás se habían realmente acostumbrado a tener una mujer en
sus filas. Todos tenían la hipótesis de que Luisa era lesbiana, pero a pesar de
ello todos los miembros del equipo, y varios de sus rivales, estaban enamorados
de la joven, una especie de amor platónico. Estaban tristes porque sus goles
los dejaban y ya no podrían verla cada fin de semana. Luisa aceptó beber esa
tarde cuatro cervezas grandes y convivir un poco más con aquellos hombres que
le ofrecían siempre extremo respeto. Hasta el árbitro que la vio debutar en su
primer partido estuvo presente y con el alcohol en la sangre los miembros del
equipo comenzaron a confesarse.
―Eres la mejor jugador que hemos tenido ―decía El Manco ―. Eres la mejor
y además estás bien bonita.
Luisa se sonrojó y no dijo nada, luego el portero del equipo le dijo
algo similar y así, uno a uno, más de la mitad del equipo confesaron su
enamoramiento. La otra mitad solo reía y bromeaba con la masiva declaración de
amor detonada por la borrachera. Luisa solo atinaba a dar las gracias a todos
los halagos recibidos cuando el árbitro justo le pidió que, antes de partir, lo
acompañara hasta la cancha doce que estaba hasta el otro extremo del llano.
Mientras caminaban hacia allá, el árbitro le contaba a Luisa la historia de las
abuelas del sindicato, como por ellas había podido jugar todo ese tiempo. Luisa
quedó sorprendida y deseó conocerlas algún día. Llegaron hasta la cancha doce
donde se realizaba un partido de la liga.
―Dime si observas algo inusual ―le dijo el árbitro a Luisa y ella trató
de encontrar lo que le pedían que viera. Y entonces se topó con ello: hubo un
pase largo y quien recibió era una chica.
―¡Ella es…!
El árbitro le dijo que prometía cuidar a aquella chica como la había
cuidado a ella.
―¡Tengo que invitarla a nuestro equipo, juega bien! ―dijo Luisa
entusiasmada.
―Dale un tiempo. Es más joven que tú. Pero tú abriste la puerta, eso te
debe quedar claro. No creo que jamás la liga se haga mixta, pero te prometo que
propondremos pronto la creación de una liga femenil.
Luisa aceptó aquella petición en silencio y mantuvo la vista fija en el
juego de la chica por unos minutos más. Completamente emocionada, pensó que
aquel era el “gol” más importante que había podido anotar en su vida.
Finalmente el árbitro dijo a Luisa en nombre de toda la Liga, del
Sindicato y de toda la mina:
―Te vamos a extrañar.
El siguiente domingo llegó. El Achéron varonil estaba de visita así que
el equipo femenil pudo ocupar la cancha del Granma sin problemas de horarios.
La asistencia de público registrada fue de cero aficionados a pesar de que la
entrada era gratis. Aunque no se le había dado ninguna publicidad al primer
partido de la femenil de Achéron, Luisa se sintió decepcionada de que ni los
cuervos se hubiesen parado sobre los postes del alumbrado a verlas jugar. El
rival en turno era el campeón vigente, la versión femenil de los Rojos, una de
las pocas franquicias que se interesaban por el fútbol femenil del país. Ese
equipo era de hecho la base de la selección nacional y en la liga femenil no
tenían que enfrentarse a su eterno rival: los Celestes, debido a que a estos no
les interesaba eso del fútbol de mujeres en absoluto. Aunque años atrás Luisa
había forjado su leyenda en la escuela para menores de los Celestes y muchas
niñas habían sido aceptadas luego del antecedente de Luisa, las mujeres solo
podían permanecer en la escuela hasta cumplir los catorce años, luego eran
obligadas a marcharse. En ese tiempo, Luisa tuvo que soportar las burlas y el
desprecio de… no, de sus compañeros niños no, pero sí el de los padres de esos
niños y el de sus propios entrenadores que al principio no la tomaban en
cuenta. Fue un golpe de suerte, de esos del destino, que alrededor de sus diez
años cuando cambio de categoría, le tocó estar bajo las órdenes de Miguel “la
roca” Bakunin, exjugador Celeste de leyenda y un tipo de esos extraños para su
época pues era un jugador de fútbol que gustaba de reflexionar cada cuestión de
la vida. La Roca no tenía necesidad de leer, pero leía si debía comprender algo
que le angustiaba saber, y esa cualidad le permitió ver en Luisa algo más que
un chiste. Le dedicó a la niña sus mayores esfuerzos para dotarla de técnica y
fue bajo su tutela que Luisa la rompió en la Escuela Celeste.
Drilo asistió en la banca a Bartolomé ese día de ese primer partido.
―¿Cómo cree que les vaya, Profesor? ―preguntó Drilo.
―Mal.
―¿Mal? No creo, hemos hecho un buen trabajo, se han esforzado.
―Drilo, hoy vamos a ver lo que sucede cuando un equipo hecho se enfrenta
a otro en formación.
Bartolomé tenía argumentos para sustentar aquello, entre otros que aquel
era el primer partido que todas esas mujeres jugaban juntas. Los días previos
habían jugado interescuadras completadas por algunos chicos de la tercera
reserva, pero jamás habían jugado ningún partido hasta aquel de la fecha 1 por
la Liga Nacional Femenil. La razón era sencilla, todo había ocurrido tan
rápido, había habido tan poco tiempo para planear y construir y, además, no
había en toda la región ningún otro equipo contra el cual jugar alguna
práctica.
Drilo ya no preguntó más. Le molestaba la poca fe del profesor en ese
momento tan importante. Drilo tenía más esperanzas, él las había entrenado
varias veces y había sido testigo de su progreso. En el arco del F.C. Achéron,
estaba una de las Serdán, la única que había aceptado aquello de la portería
por convicción y romance con el arco. La chica apenas si alcanza el travesaño,
pero en cambio se caracterizaba por un valor notable y un buen resorte para los
lances. Su personalidad enigmática, su pasado como callejera y emigrante y su
mirada tranquila la hacían perfecta para el puesto de guardiana del arco. La
central la cubrían Inés y otra mujer de apellido Reisner; ambas trabajadoras de
la mina, fuertes en personalidad y en físico, ambas solteras pero madres. En la
lateral derecha había otra mujer de la mina de nombre Natalia y por la izquierda estaba Alejandra, la chica
que llevaba ya casi un año sin heroína. En la media cancha estaba Thenmuli, la
extranjera no solo de patria sino de religión, y la mayor de las Serdán como
cinco; acompañaban en las bandas otras mujeres provenientes de la mina, un poco
más jóvenes que las defensas centrales y, por tanto, todavía entusiastas frente
a la vida y su destino, sus nombres eran Segato y María Talavera. Adelante iba
Luisa junto a una chica de nombre Margarita Ortega (también de la mina). Rosa
ya estaba lejos, en la capital, matriculada en la Universidad Nacional.
―Rosa, me gustaría que estuvieras aquí. Siempre sabías qué hacer o al
menos qué decir ―se decía a si misma Luisa minutos antes de entrar al campo.
Bartolomé solo dio indicaciones técnicas antes del juego y las mandó al
ruedo sin ningún discurso motivacional.
Los equipos saltaron al campo sin ningún orden o protocolo. Sobre la
grama, la árbitro ya las esperaba. La tarde era fría y nublada para no variar.
Era seguro que habría lluvia y la pregunta solo se reducía a en qué momento.
Para sorpresa de Luisa, ella no fue nombrada capitana del equipo por
Bartolomé. En su lugar el viejo se decidió por Inés. De ese modo, Luisa tuvo
que mirar de lejos todo el ritual del volado. Las Rojas movieron la pelota. El
equipo de Luisa salió en busca de la pelota desde el primer minuto y eso
desconcertó a su rival que esperaba un inicio de temporada menos insensato por
parte de su novel rival. Achéron ganó un saque de banda y Serdán se la dio a
Luisa que recibió la pelota con consentimiento de marca, entonces avanzó y
dribló a una rival, luego se acercó a otra y recortó por dentro animándose a
disparar de lejos. Lo que ocurrió fue un golazo. El tiro lejano de Luisa se
coló en el ángulo derecho de la puerta roja a pesar del lance de la portera.
Luisa no estalló en júbilo, al contrario, lo que pensó es que era lógico: ella
había llegado, estaba lista para su destino que era ser la mejor. Desde su
punto de vista su grandeza había quedado clara. Para Drilo eso también había
quedado claro y él fue el único que festejó aquel gol eufórico.
―¡Sudamos sangre por este momento, profesor! ¡Aquí estamos! ―dijo Drilo
al viejo que permaneció sereno, pero que por dentro había disfrutado de la
bella anotación de Luisa.
El equipo Rojo tardó en acomodarse unos diez minutos, pero cuando lo
hizo aquello comenzó a ser dramático. Luisa había anotado a los tres minutos y
el equipo Rojo solo pudo empatar hasta el minuto 23 mediante un tiro de
esquina.
Desde la banca Drilo lanzaba gritos como desesperado, trataba de romper
el sitio al que su equipo estaba siendo sometido. El Achéron solo corría detrás
de la pelota y respiraba cada que esta salía por la banda o por la línea de
meta; dicho respiro apenas duraba unos segundos pues las Rojas recuperaban
absolutamente todo balón de manera veloz. Luisa comenzó a desesperarse, pero
tenía fe en que pronto podrían equilibrar las cosas. Y cayó el 1-2 en el minuto
29. El 1-3 cayó dos minutos después y luego el 1-4 y el 1-5 se sucedieron antes
de terminar la primera parte. Luisa fue amonestada por una entrada tardía en el
medio campo, también terminó exhausta y sus compañeras no estaban mejor.
Serdán, la guardameta tenía hasta ese momento una actuación extraordinaria,
pero a pesar de ello se iban al descanso con el juego perdido por goleada.
En el vestidor, Drilo comenzó a dar indicaciones, totalmente extasiado y
visiblemente molesto con el rendimiento del equipo. Hablaba tan rápido que era
difícil seguirlo. Por su parte, Bartolomé solo fumaba tranquilamente un
cigarrillo, parecía conocer que cualquier acción suya era completamente inútil
para detener el destino horroroso de ese primer partido.
Luisa salió renovada al segundo tiempo y le prometió a Drilo que haría
cuatro goles para empatar el partido. Aquello no ocurrió. Las Rojas ampliaron
la ventaja al 55’, 58’, 63’, 65’ y de penal al 70’. La diferencia entre los
equipos era abismal. Del 70’ al 80’ las Rojas impusieron un record en la liga
al anotar de forma despiadada seis goles. El marcador no solo era de escándalo,
era histórico.
En medio de aquello, Luisa se perdió en los mares de la impotencia y la
desesperación. Cada que tenía la pelota driblaba a una, a dos, y aparecían dos
jugadoras más a su marca que limpiamente o no, le robaban la pelota. A cinco
minutos del final, Luisa logró obtener un tiro libre a favor, pero a más de
treinta metros de la puerta. Aun así lo intentó y casi lo logra: la pelota pegó
en el larguero y pico fuera por mucho. Presa de su frustración, la diez del
Achéron reclamó al árbitro que aquello había sido gol y se quejó
estrepitosamente haber sido víctima de una terrible injusticia. La árbitro la
iba a expulsar en ese momento, pero se topó con que la joven ya estaba con
lágrimas en los ojos y no quiso hacer más grande su sentencia. En la siguiente
jugada no más, la Roja amplió el asunto a 17, 18, 19 y ya pasado el minuto
noventa la árbitro les indicó que agregaría tres minutos.
―¡Canalla! ―gritó Drilo desde la banca para mostrar su molestia por el
exceso de pragmatismo que representaban los tres minutos agregados.
En un balón filtrado por la izquierda las Rojas iniciaron la última
ofensiva, Luisa corrió para marcar a la última delantera de las rojas que con
facilidad extraordinaria se quitó a Inés y se enfiló hacia la portería… pero
Luisa la alcanzó y la delantera la recortó.
Luisa se reincorporó y la delantera la recortó otra vez con la finta de
que iba a disparar. Dio un pase lateral a otra compañera que estaba sola dentro
del área. Luisa salió tapar a pesar de que la portero Serdán había ido
valientemente a cubrir el tiro. Esa delantera las recortó a las dos y pasó la
pelota a otra compañera que apareció un poco más atrás y tocó suavemente hacia
la red. Luisa todavía alcanzó a reincorporarse y corrió con lo último de sus
fuerzas para interceptar el balón y casi lo logra... casi. El partido terminó con
el 1-20 y con Luisa enredada en la red de la portería, muerta de vergüenza e
invadida por una desolación terrible. La menor de las Serdán trató de ayudarla,
pero Luisa la rechazó violentamente:
―¡Déjame en paz! ―le gritó.
Mientras tanto, en el centro del campo las novatas de Achéron se daban
la mano con sus contrincantes, y Luisa no se podía librar de la red. Tres de
las Rojas se acercaron hasta la portería al mismo tiempo que Drilo se acercó y
con navaja en mano cortó la red. Luisa seguía en llanto y cuando se incorporó
se dio cuenta de que las tres rivales y algunas de sus compañeras la miraban
fijamente, sus compañeras con compasión y las rivales con curiosidad.
―¿Estás bien? ―le preguntó Drilo en cuanto la liberó de la red.
Ella no contestó nada. Comenzó a llover a cántaros y como si nadie
existiera, Luisa emprendió el camino hacia el vestidor. Al llegar ahí se
encontró con el resto de sus compañeras que, para su sorpresa, no estaban
devastadas ni mucho menos. Incluso reían. En cuanto Luisa entró ellas guardaron
completo silencio. La diez cruzó la habitación hasta donde estaban sus cosas.
Tomó su maleta y estaba dispuesta a irse sin decir palabra, pero en la puerta
se topó con Bartolomé y este no la dejó huir.
―Con calma, muchacha ―le dijo el viejo ―. Esto todavía no termina.
―¿¿¡Con calma!?? ¡Nos acaban de pasar por encima! ―protestó airadamente
Luisa ―. ¡Y usted ni Drilo hicieron nada! ¡Nada!
―Siéntate, niña ―insistió Bartolomé.
―¡No me voy a sentar! ¡¿No vio lo que nos hicieron?! ¡Nos destrozaron,
nos…!
―Les ganaron. Eso fue todo, niña ―agregó calmado Bartolomé.
Drilo observaba todo aquello nervioso, sabía que Luisa era como la
pólvora y en cualquier momento podía hacer o decir alguna tontería, pero en
cambio abrazó al viejo y lloró sobre su regazo. Este la consoló como un padre.
Solo entonces sus compañeras se acercaron a consolarla también y así Luisa
estuvo unos tres minutos en un llanto completamente suelto. Cuando se hubo
calmado Bartolomé solo les dijo.
―No les voy a decir que lo hicieron bien, solo les puedo asegurar que el
próximo domingo lo harán mejor. Nos vemos el martes. El viernes iremos en
autobús hasta el Puerto, será otro partido complicado.
Al salir del estadio, ya limpias, las chicas del Achéron se toparon con
las Rojas que abordaban su autobús para regresar a la capital. No hubo
intercambio de palabras, solo de miradas. Luisa conoció por primera vez a una
serie de mujeres seguras y confiadas, “empoderadas” le corrigió Rosa cuando
Luisa le contó lo sucedido por teléfono.
―Me hubiera gustado que hubieses estado aquí. Tú hubieses sabido qué
hacer ―le decía Luisa a Rosa.
Y continuó.
―¿Sabes?, ellas se paraban derechas y no bajaban la mirada. Ni cuando
anoté gol se vieron preocupadas.
―Bueno, nena. Date tiempo, nuestro equipo debe crecer.
―Todas ellas son mucho mejores que yo, Rosa. Nunca podré ser como ellas.
―No será así.
―Sí, como dijo Ricky cuando predije que les ganarían la final de copa.
Lo traté muy mal a él también, ¿sabes?
―¿Pero y eso qué…?
―Pero… es peor porque Drilo también me ayudó y también lo traté muy mal,
mis compañeras trataron de ayudarme y les grité, al viejo Bartolomé también le
grité… trato mal a todos…
―Oye, no digas eso. Es tu forma de ser, pero no quieres hacerle daño
nadie. Tranquilízate, seguramente la próxima semana en el Puerto les irá bien…
¡lleva traje de baño!
Una semana después, las chicas de Achéron llegaron, luego de diez horas
en autobús, al Puerto. A diferencia de Achéron, el Puerto tenía un mar cálido y
un clima húmedo. Las chicas no pudieron dar ningún tour por los famosos lugares
turísticos de aquella ciudad mucho más grande que Achéron pues tuvieron que
presentarse en el campo tan solo llegaron, y ahí, las del Puerto les metieron
solo doce goles e inmediatamente las de Achéron iniciaron el regreso. No hubo
tiempo ni para ver el mar. Luisa ya no hizo el extenso drama de la semana
anterior. Tampoco hizo gol. La siguiente semana recibieron nueve goles y la
siguiente diez. Serdán, la portera, no parecía sentir el peso de aquello.
Tampoco sus compañeras, todas estaban felices de recorrer el país en autobús
pues en su vida jamás habían salido de Achéron. Pero Luisa, se sumía cada vez
más en la mediocridad y el conformismo.
Mientras tanto, Drilo había dejado de irlas a verlas jugar pues tenía su
propia agenda como estrella en la primera división. El equipo llevaba marca
invicta otra vez en la segunda vuelta y Drilo iba al frente de la tabla de
goleadores.
Un domingo, luego de vencer otra vez en el Granma, Ricky, Vladímir y
Drilo fueron al Bar de los Mineros a festejar y ahí se toparon con Luisa. Ella
bebía una cerveza y era evidente que estaba triste y un poco ebria. Vladímir
miró a sus dos acompañantes y les dijo:
―Ahí tienen un problema, caballeros.
―Su equipo es un desastre, ayer les metieron ocho goles nada más
―informó Ricky.
―¿Nada más? ―preguntó incrédulo Vladímir.
―Ha sido su mejor resultado hasta ahora ―informó Drilo.
Drilo estaba dispuesto a hablar con Luisa, pero Vladímir se les adelantó
y les advirtió a sus acompañantes que no se acercarán. Se sentó en la mesa de
Luisa que estaba algo pasada de copas y luego de saludarla le dijo:
―¿Sabes quién soy yo?
―Por supuesto, señor.
―Bueno, sé que no les ha ido muy bien que digamos. Pero te diré que si
te encuentro aquí otra vez sola, borracha y triste, le pediré a los dueños de
este lugar, que son amigos míos, que te saquen a patadas de aquí. Y si ellos no
te sacan, yo vendré hasta aquí para hacerlo. ¿Entiendes?
―Sí, Jefe ―dijo asombrada Luisa.
―Bien, ahora vete porque este no es lugar para que una chica como tú se
emborrache. Pero espera… antes tengo que darte algo. Esto es lo único que podrá
ayudarte ahora.
El armenio se puso de pie y besó a Luisa en la frente al tiempo que
recitaba algunas palabras en un idioma desconocido.
Cuando terminó Luisa ya se sentía incomoda.
―Estás limpia.
―¿Limpia?
―Venías cargando energías negativas ―explicó el armenio al tiempo que
abría los ojos luego de haberlos cerrado durante su ritual de limpia espiritual
sobre Luisa.
―Lo que cargo son los goles que nos han metido nuestros rivales.
―No puedo quitarte eso. Pero te di la posibilidad de anotar al menos un
gol cada partido, de aquí hasta que termine su temporada.
Luisa no sabía si creer o no. A final de cuentas ese hombre era segundo
de la tabla de goleo en la liga después de Drilo y había sido campeón goleador
en otras ligas.
―Como que no le creo del todo, Jefe…
―Yo he anotado gol en un Mundial. Puedes creerme.
Y eso le bastó a Luisa para creer.
―¿Qué tengo que hacer? ―preguntó la chica ahora realmente interesada.
―Si a tu equipo le meten gol, tu objetivo debe ser anotar tú uno. Si
meten otro y otro, y otro, tu objetivo no puede cambiar. No importa cuántas
veces ocurra un gol en contra, tú debes estar enfocada en hacer un gol. Eso es
todo lo que tienes que hacer. No gastes tu energía en evitar que les metan
goles, usa tu energía para darle goles a tu equipo.
Vladímir quedó en silencio sin dejar de mirar a Luisa.
―Está bien, eso haré, Jefe.
―Ahora vete.
Y cuando Luisa iba afuera, Drilo y Ricky pensaban en hablarle, pero
Vladímir se les cruzó y les ordeno:
―¡Ni lo piensen! ¡No lo echen a perder!
Y ambos hombres hicieron caso y vieron que Luisa salió por aquella
puerta hacia la calle.
La siguiente semana el equipo de Luisa perdía de nueva cuenta durante el
primer tiempo por cuatro a cero contra el equipo de la ciudad fronteriza
llamada Amaurota, pero ella tenía una nueva actitud de confianza que sus
compañeras notaron. La chica se animaba a driblar, pasar y hasta correr con
gracia y clase como acostumbraba jugar cuando ganaba en los partidos en el
llano de la sal. Antes del término de ese primer tiempo, logró hacer un gol
imposible después de driblar a tres contrarias. Al comenzar la segunda parte,
logró colarse hasta el área rival y le cometieron falta. El penal fue marcado.
Luisa tomó la pelota y la picó ante el asombro de todos. Minutos más tarde
obtuvieron un tiro de esquina y Luisa lo cobró tan cerrado que la pelota entró
directa. Era el primer gol olímpico en la historia de la Liga Femenil Nacional.
El marcador se puso 4-3 y el rival apretó el paso y lograron poner el marcador
hasta 7 a 3, pero a Luisa le bastó aquella demostración para no perder nunca
más la fe.
El siguiente partido la cosa iba otra vez muy mal contra un equipo de
una ciudad pequeña llamada Macondo, pero gol tras gol recibido, Luisa animaba a
sus compañeras a seguir. También intentó asociarse con la otra jugadora de su
equipo que intentaba marcar goles, Thenmuli, la del Corán. Luisa hizo un gol y
fue resultado de una pared con Thenmuli, ya no solo de un esfuerzo individual.
El que ese día les hicieran catorce goles no importó mucho pues en el vestidor
del Achéron solo se hablaba de aquella pared.
Luisa anotó cuatro veces más en la liga en los siguientes cuatro
partidos y un día, cuando estaban perdiendo por ocho a cero contra el equipo de
Santa Mónica de los Venados y quedaba solo un minuto para terminar el
encuentro, el Achéron obtuvo un tiro de esquina milagroso. Thenmuli fue a
cobrar y Luisa esperó en el área, pero el centro de Thenmuli la superó por alto
y pensó que por primera vez la bendición de Vladímir la abandonaba. Sin
embargo, desde atrás y cual el relámpago en el cielo, apareció Alejandra, la
chica que llevaba ya más de un año limpia de heroína y conectó la pelota con la
cabeza en un remate hermoso que se coló dentro de la portería contraria. Era la
primera vez que alguien que no fuera Luisa anotaba y ese hecho les bastó a
todas para entrenar con entusiasmo durante la semana. La diez del Achéron
acordó con el cielo que era justo el canje y sabía que la bendición seguía
vivía. Por su parte, Alejandra, supo que había cosas que podían causar
sensaciones muy similares a la heroína y que no necesitaban ser compradas, robadas
o permutadas por sexo.
El Achéron terminó en último lugar la primera vuelta del torneo con cero
puntos y 98 goles en contra. Luisa tenía para entonces ocho goles en nueve
partidos. Llegó el momento de volver a enfrentar a las Rojas y esta vez las chicas
viajaron a la capital.
Luisa no había regresado a la capital desde la final de copa que el
Achéron varonil le había ganado a los Celestes. Las Rojas no jugaban en ninguno
de los grandes estadios de la capital, ni siquiera en el viejo Nacional despreciado
por todos. El máximo ganador de la liga femenil jugaba en un campo de
entrenamiento del complejo del barrio del Muro de los Comuneros, que era la
base de la cantera Roja. Esto último decepcionó a todas pues esperaban algo
diferente, al menos un campo con graderío. Comparado con ese campo de
entrenamiento, el Granma era un palacio.
Luisa pensó toda esa semana cómo no volver a recibir veinte goles de
parte de las Rojas. De esa forma, ella planeó la táctica ante la pasividad de
Bartolomé que solo les pedía disfrutar y respetar el juego. Luisa planteó un catenaccio
lo mejor que pudo.
―Los Celestes siempre les ganan así a los Rojos, por eso hoy jugaremos
así.
―¿Pero qué dice el viejo Bartolomé? ― preguntó Inés.
―Nada ―respondió Luisa ―, está tan cansado del viaje que está dormido en
el pasillo.
Aquello era cierto. Saltaron al campo y ante nadie para ser testigo más
que la árbitro y el equipo contrario, las de Achéron aguantaron estoicas
durante treinta minutos sin recibir gol. Las Rojas disparaban de todos lados,
hacían paredes, trataban de descongestionar el medio campo con dribles y
cambios de juego, pero se encontraban de frente con jugadoras totalmente
revolucionadas que no les dejaban un metro de espacio. Un remate de cabeza en
un tiro de esquina tuvo que ser el recurso por el que el marcador se abrió. Y
eso fue todo en la primera parte. Las jugadoras del Achéron entraron al
vestidor totalmente eufóricas y animadas. Luisa las miraba felices y se sintió
como una madre que ve a su hijo dar sus primeros pasos al caminar en la vida.
Para el segundo tiempo, se reorganizaron, Luisa mandó unos cambios cuyas
papeletas firmó Bartolomé sin problema antes de volverse a dormir.
Saltaron al campo y la resistencia fue heroica. Los postes, Carmen
Serdán (que a pesar de los casi cien goles recibidos en la temporada se había
convertido en una de las mejores porteras del campeonato), o las propias fallas
de las jugadoras rojas mantuvieron el marcador 1-0 hasta bien entrado el
segundo tiempo. Pero, al 76’, una pared cerca del área por fin fructificó en un
remate al arco que la Serdán no pudo detener y las Rojas lograron el 2-0.
Cuatro minutos más tarde, en un tiro lejano, las Rojas pusieron todo en su
lugar: 3-0.
Luisa se desanimó un poco, pero sabía que todavía quedaba una deuda
pendiente: ellas tenían que hacer un gol. Y así lo buscó sin descomponer su catenaccio.
En un rebote Thenmuli tomó la bola y dribló por la banda a tres Rojas y le puso
un pase extraordinario a Luisa que desde la media cancha arrancó y dejó a las
defensas atrás. Cuando se plantó frente a la portera le pasó la pelota por
encima en una hermosa vaselina que al 86’, puso el 3-1. Todas las del Achéron
festejaban. Y justo cuando parecía que las Rojas respondían con un cuarto gol,
con un potente tiro que pegó en el poste de la meta de Serdán y cuyo rebote
volvió a tomar Thenmuli, Luisa se volvió a encontrar de frente con la
posibilidad del gol, pues Thenmuli nuevamente la mandó correr y esta vez la
central cometió un error al medir mal la pelota y dejó que esta llegase hasta
Luisa. La diez del Achéron volvió a enfrentar mano a mano a la portera y esta
vez definió más discreta al colocar la pelota pegada al poste. Era el 3-2.
Las Rojas, sin prisa, esperaron que las de Achéron terminaran su festejo
antes de reanudar el juego. Una de las delanteras de las Rojas mencionó en
forma de broma:
―Y que nos empaten ¿no?
Luisa lo tomó personal y tan solo se oyó el silbatazo salió veloz a
robar la pelota y lo consiguió casi de inmediato. Las Rojas reclamaron falta
que el árbitro no concedió. Luisa salió con un túnel hacia la que había dicho
la broma y se encontró frente a tres rivales. Le pasó la pelota a Thenmuli que
también recortó y le volvió a poner la pelota a Luisa. La diez volvió a hacer
un túnel a otra rival y abrió toda la cancha hasta donde apareció Alejandra que
intentó un ilógico remate desde lejos. La pelota casi techa a la guardameta que
alcanzó a mandar a una mano el balón a tiro de esquina. Thenmuli fue a cobrarlo
y ya se jugaba el tiempo de compensación. A Luisa la marcaban tres y aun así se
le ocurrió hacer el mejor gol de su vida: en efecto, y a pesar de la marca
triple, Thenmuli le mandó el balón, pero un poco atrasado y elevado. Luisa hizo
la tijera lo más alto que pudo y conectó la pelota antes de que la cabeza de
una de las defensas que la marcaban pudiera despejarla. La pelota entró seca a
la portería y la guardameta Roja quedó como estatua al igual que todas sus
defensas.
Luisa corrió a festejar su gran gol con lágrimas en los ojos. Se tendió
en el pasto y fue abrazada por todas sus compañeras que estaban igual de
histéricas que ella. No había comparación. La árbitro recibió las reclamaciones
de varias jugadoras Rojas y se le escapó decirle a una de las que más
airadamente reclamaban:
―¿Cómo me pides que anule algo tan hermoso por juego peligroso?
A pesar de las reclamaciones de la mitad del equipo rojo, la otra mitad
de las jugadoras de ese equipo llevaron la pelota hasta el centro del campo sin
perder el control ni el semblante. Con toda calma esperaron a que las de
Achéron terminaran su festejo y reanudaron el juego. Hicieron dos pases
laterales, una pared, un drible y ya frente al área una de ellas remató con
fuerza y pegado al poste. Luisa ni siquiera participó en la jugada. Era el
minuto 93’ y el 4-3.
Luisa entonces apuró a sus compañeras a volver a colocar el balón en el
centro del campo y cuando dio el pase para reanudar el juego, la árbitro silbó
el final. Fue una muerte rápida para Luisa que se tiró al suelo de rodillas y,
como solía hacer cada que perdía creyendo tener todas las de ganar, comenzó a
llorar en el centro del campo. Sus compañeras llegaron a tratar de levantarla y
solo entre cuatro pudieron llevarla hasta el vestidor. Increíblemente,
Bartolomé seguía dormido en una banca del pasillo. Todas trataron de animarla,
pero ella se puso más triste en cuanto pensó que nadie había visto sus tres
goles, ni siquiera Bartolomé o Drilo; solo sus compañeras los tendrían grabados
en la memoria para siempre.
Al salir del complejo nuevamente se toparon con las Rojas. De nueva
cuenta no hubo palabras. Luisa estaba seria y se esforzaba por mantener la
dignidad ante la postura y actitud segura de las Rojas. Una de ellas, la
capitana, llevaba el cabello corto y rubio, traía unos lentes de sol y mascaba
goma de mascar. Otra, una chica de color y que era una delantera letal, no
podía de dejar de mirar a Luisa, pero lo hacía sin expresión alguna.
Finalmente, la más relajada, baja de estatura y que no tenía un aspecto
temible, se decidió a romper el hielo y se acercó hasta Luisa. Las Serdán se
pusieron en guardia, Inés bajó su maleta y apretó los puños y la lengua por si
a las rivales se les ocurría agredirlas.
―Tú, niña, lloras mucho, ¡pero qué cosas haces! ―le dijo a Luisa y dicho
esto se alejó y sus tres compañeras subieron a un automóvil que les había
traído un valet parking. Por su parte, Luisa y las demás abordaron el autobús.
Ya arriba, Alejandra le preguntó a Luisa.
―¿Por qué te dijo eso?
―Porque es verdad, lloro mucho ―respondió Luisa.
Esa semana, luego del casi heroico juego contra las Rojas, Luisa estaba
triste y el martes Camacho le mandó pedir que por favor estuviera en la charla
técnica del primer equipo. Sumida en el equipo femenil y en la escuela, Luisa
tenía menos tiempo para ser asistente del conserje del Granma y de Camacho.
Supuso que era bueno regresar a esas juntas. Así, ayudó a ordenar el vestidor y
entraron los jugadores y Camacho. Drilo observó a Luisa y la notó distante.
―¿Qué te ocurre?
―Nada, Jefe. Solo estoy cansada.
Camacho sacó de una bolsa tres sobres. Los jugadores del primer equipo
reconocían esos sobres y comenzaron sus cantos guerreros.
Camacho abrió el primero.
―No puedo leer esta mierda, pero según me dice la secretaria es la
convocatoria para que Vladímir se una a su selección en la próxima fecha FIFA.
Todos gritaron de júbilo y Vladímir con toda la sonrisa agradeció el
apoyo.
―Está escrita en mi idioma ¡Es la número 99! Estoy a uno de cien
partidos internacionales.
Camacho abrió el segundo sobre que era la convocatoria para Drilo.
―¡Otra más, Drilo! ―felicitó Camacho al tiempo que daba a Drilo la carta
y un abrazo al ídolo de Achéron.
Ricky estaba impaciente, estaba seguro de que el siguiente sobre era el
suyo. Incluso no era él el único que así lo creía pues Drilo y otros de sus
compañeros se acercaron hasta el chico, listos para felicitarlo. Camacho abrió
el sobre y leyó.
―Por medio de la presente hacemos de su conocimiento que usted ha sido
convocada para formar parte de la Selección Nacional para enfrentar el partido
eliminatorio para los Juegos Olímpicos a realizarse en la próxima fecha FIFA.
―¿Convocada? ―preguntó Drilo.
―No tenemos partidos eliminatorios esta fecha FIFA ―dijo confundido
Ricky.
Nadie entendía y Camacho tuvo que acercarse hasta Luisa que había
escuchado eso y se había quedado fría como el hielo.
―Es evidente que es de la muchacha, forajidos ―dijo Vladímir.
Todos pusieron su vista en Luisa.
―¿Hay selección de mujeres? ―preguntó Ricky que no terminaba de salir de
su decepción.
―Por supuesto que hay ―corrigió Toussaint ―, pero nunca pasan sus
partidos por la televisión.
―Porque nunca ganan ―respondió Sandino.
―Porque son mujeres ―completó Vladímir.
―Bueno, ahora se han llevado a la más grande joya de este pueblo ―dijo
Camacho ―. Por supuesto, sin ofender, Drilo.
―No me ha ofendido profesor ―dijo Drilo que estaba sumamente feliz por
aquello y se sentía parte de ese logro.
Con el papel en mano, Luisa pudo leer su nombre en la convocatoria.
Comenzó a respirar rápido y miró al profesor esperando no despertar de ese
dulce sueño.
―¿Me llamaron a la Selección? ―preguntó todavía incrédula Luisa.
―Sí ―respondió Camacho ―. Un poco temprano a mi parecer, pero llevas
once goles en diez partidos y juegas en un equipo que pasa más del 90% del
tiempo en su propio campo. Cada ataque de tu equipo es un milagro y tú
consumaste más de la mitad de esos milagros. Tu efectividad es monstruosa,
niña. Era imposible que no lo notaran. ¡Estaban ciegos si no lo notaban!
Y Luisa abrazó llena de felicidad a Camacho.
―¿Qué tantas posibilidades tiene la Selección Femenil de calificar a los
Juegos Olímpicos? ―preguntó Sandino.
―Deben ganar este último juego y que en el otro partido, las que van en
primer lugar, no ganen ―explicó Camacho ―. Por lo tanto son muy pocas. Por eso
necesitaban soluciones importantes ―finalizó dirigiéndose a Luisa.
A ella no le importó eso de las probabilidades, solo tenía en la cabeza
dos palabras grabadas: Juegos Olímpicos.


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