X EL SINDICATO




El F.C. Achéron estaba a doce puntos de ser campeón por primera vez en su historia. Anteriormente, el máximo logro del equipo de la sal había sido un subcampeonato hacía exactamente cien años atrás. Todo lo que rodeaba al equipo parecía mágico y la emoción de los habitantes de la localidad crecía exponencialmente. En todos lados el tema de conversación era el último partido y el de la siguiente semana, pero en los días cercanos a la inminente coronación, todos comenzaron a planear cómo festejarían el día en que todo se consumara.
―Partirá mi existencia en dos, Vladi ―le dijo Drilo una vez a Vladímir mientras levantaban unos conos de entrenamiento en la cancha del Granma luego de la práctica de ese día.
―Me imagino ―contestó el armenio ―. Yo he ganado antes otros títulos, pero nunca de esta forma. Luego de ascender y en un equipo pequeño.
―Para mí, todo es está pasando muy rápido, es como un coche a toda velocidad. Hace unos años yo entrenaba solo a un equipo de niños y me emborrachaba todos los días.
El armenio no contestó pues se tomó su tiempo para plantear su siguiente pregunta.
―¿Ella estaba en ese equipo de niños?
Drilo fue tomado en curva por la pregunta, volteó a ver a su interlocutor y se animó a ser franco. Ese extranjero era por mucho un ser especial, todos en Achéron se habían dado cuenta de ello. Era el único ser en la región que había jugado y anotado en una Copa del Mundo, pero además, a pesar de sus desplantes, podía sentarse a escuchar a la gente y solo las interrumpía para hacer las preguntas correctas..
―¿Luisa? Sí. Y desde entonces ya era muy buena. Y también ya era un problema.
―Bueno ―dijo el armenio ―, imagina qué tan rápido le están pasando las cosas a ella, si tú vas en un coche a gran velocidad lo de ella es un maldito tren bala. ¿Sabes?, Drilo, ella nunca ha sido una deportista de alto rendimiento. Sí, tiene un talento como el diablo, pero a los juegos esos, las Olimpiadas, eso es demasiado.
―Bueno, ahora entrena todos los días. ¿Crees que no pueda con lo que se viene…? ―preguntó Drilo y luego reflexionó acerca del enorme cambio que se le venía a Luisa ―¿Cómo podríamos ayudarla?
―Tranquilo, camarada ―dijo Vladímir ―. Primero tienen que calificar. Pero si lo logran, solo tendrá cinco meses. Debe dejar de lavar escusados y necesitará un permiso especial de su escuela. Nutriólogos, psicólogos, un pasaporte…
―¿Todo eso no lo pone la Federación?
―¡Ja! Drilo, no seas inocente. Se lo da a la Selección varonil, pero para la femenil no hay absolutamente nada. Si pudieran, las mandarían en autobús hasta la justa. Lo que si puedes hacer para ayudarla es llevarla de inmediato a sacar su pasaporte.
Era cierto, Luisa no tenía pasaporte y en menos de un mes tenía que viajar fuera del país para el partido eliminatorio clave. Ese mismo día fue hasta la oficina de Succed y le informó el asunto… Succed no sabía nada de Olimpiadas.
―¿¡Olimpiadas?! ¡Ella no me dijo nada!
―Bueno, se lo informaron ayer. Es urgente, mi amor. Necesita tramitar ese documento lo más pronto posible.
―No me dijo nada…
―Seguramente no tuvo tiempo.
―Drilo, ayer cenamos juntas y no me dirigió la palabra. ¿Cuál es el problema con ella?
―¿Además de que es huérfana, juega fútbol y tiene zafado un tornillo?
Succed no rió con la broma. No podía creer que ni en los buenos tiempos Luisa no pudiese contarle alguna cosa de su vida, en este caso, el suceso más importante de su vida.
―Tú eres la figura de autoridad que tiene ―dijo Drilo ya serio ―, los adolescentes tienen siempre problemas con eso. Si no fueras tú, serían sus padres, los maestros o la policía.
―Sus padres no están…
―Lo sé ―dijo Drilo y bajó la cabeza.
―Yo nunca quise hacerle mal, pero también es cierto que nunca quise hacerme cien por ciento responsable de ella ―dijo Succed.
Drilo se acercó hasta Succed y puso sus labios sobre los de ella. Luego del beso trató de reconfortar a su patrona y novia.
―Lo has hecho bien hasta ahora. Y si todo va bien tendrás una atleta olímpica.
Al escuchar eso le pareció a Succed sumamente extraño, su mayor apuesta por Luisa es que no terminara en la cárcel o de indigente, pero ahora la sobrina podía ser de la crema y nata de la juventud mundial, de ese grupo selecto que todos admiraban por su disciplina y dedicación.
―Tiene que ir a la capital a realizar el trámite y no será de un solo día. ¿Quién ira con ella? ―dijo Succed.
En eso, desde la puerta, Luisa contestó a la pregunta. Era evidente que los había escuchado.
―Puedo ir sola.
Succed se levantó súbitamente de su silla y Drilo casi muere del espanto que le ocasionó escuchar la voz de Luisa.
―De ninguna manera iras sola y eso no se discute ―dijo apresuradamente Succed.
―Ya tengo todo lo necesario, hasta una cita en el Ministerio del Exterior.
―Debemos ver dónde puedes quedarte unas dos noches porque primero debes sacar tu identificación…
―Me quedaré con Rosa. Ya todo está arreglado. De verdad, no me pasará nada. Es solo la capital. Necesito tu permiso para faltar a la escuela y Drilo… faltaré a los entrenamientos y aunque puedo estar aquí el sábado, creo que no sería justo que juegue este fin de semana.
Mientras Drilo pensaba en que sin Luisa el equipo recibiría una goleada inclemente y fuera de proporción, Succed batallaba con la idea de dejarla ir sola. Por el deseo de hacerse querer un poco por la sobrina accedió a tal situación con la condición de que Luisa debía llamarla todos los días y debía proporcionar la dirección y teléfono de Rosa. Así, la autorización le fue dada y se compraron los boletos de autobús.
Luego del entrenamiento de ese día, Luisa se disculpó con sus compañeras de equipo que a su vez estaban contentas con la convocatoria de Luisa a la Selección. Después fue al supermercado a comprar algo para comer en el camino el día siguiente y mientras hacía la fila para pagar en la caja unas papas fritas y una inmensa bolsa de cacahuates salados, el pasado comenzó a revelársele.
―Son ciento doce con cincuenta ―dijo la cajera a la anciana que estaba un turno delante de Luisa.
―Muchas gracias, Raquel. Y por favor, salúdame a tu madre ―dijo la vieja.
―Con gusto. Ha estado enferma por eso no ha ido a las reuniones del sindicato. Pero dice que las extraña.
En cuanto escuchó la palabra sindicato, Luisa se puso alerta y pensó que esa anciana podía ser una de las abuelas del sindicato de las que le había hablado el árbitro justo de la Liga de los Mineros. Apresuradamente Luisa se atrevió a preguntar…
―Disculpe. Escuché que hablaban de un sindicato. ¿Se refieren al sindicato de la mina?
La cajera miró con desconfianza a Luisa mientras la vieja organizaba sus monedas. La vieja se atrevió a responder de manera franca pues hacía muchos años que ser del sindicato había dejado ser importante y perseguido.
―Justamente. ¿Por qué la pregunta? ―contestó  la anciana mientras guardaba sus compras en una bolsa del supermercado. Entonces miró a Luisa y de inmediato supo quién era.

―Es que… ―comenzó Luisa.
―Son quince con veinte ―le cobró la cajera.
―…alguien me contó que unas mujeres del sindicato de la mina me ayudaron en algo y yo no lo supe. Quisiera poder agradecerles personalmente. Solo eso.
―¿En qué te ayudaron? ―preguntó curiosa la cajera al tiempo que la abuela no dejaba de observar detenidamente a Luisa, como si viera a un fantasma.
―Pues en…
―La mantuvimos en la Liga, Raquel. La de hombres de fútbol. Ella es la hija de Miriam.
La cajera se santiguó, bajó la vista y no hizo más preguntas ni dijo más palabra. Luisa, por su parte, escuchó el nombre de su madre por primera vez en muchos años y se atrevió a preguntar.
―¿Usted conoció a mi madre?
―Dale su cambio, Raquel. Hoy será un día muy largo.
Luisa ayudó a la Abuela Mayor a cargar el mandado hasta su casa que estaba tan solo a unas calles del supermercado.
Entraron juntas al barrio de las antiguas casas de los mineros, todas casas iguales construidas con ladrillos rojos y que tenían la peculiaridad de tener chimenea como las casas europeas de principios del siglo XX.
Cuando la vieja invitó a pasar a Luisa aquello fue un viaje por un túnel del tiempo: los electrodomésticos, incluida la televisión, eran aparatos con al menos treinta años de antigüedad. Un viejo radio de pilas sintonizaba la estación nacional de música romántica. Los muebles se miraban enteros pues a pesar de ser muy viejos databan de los tiempos en que se los construía para que duraran. La anciana le ofreció a Luisa un vaso con agua y ella lo aceptó por cortesía.
―Mi esposo no ha llegado. Por cierto me llamo Bartolina. Espero que podamos terminar antes de que él llegue. Seguramente llegará tan cansado que solo querrá cenar.
―Sí, está bien. Yo soy Luisa…
―Yo sé tu nombre. Mira, a veces lo pasado debe quedarse ahí. Pero esta es una circunstancia extraordinaria. Sí, conocí a tu madre… y a tu abuela.
―Yo no conocí a mi abuela.
―Lo sé, pero ella si te conoció. Al menos cuando eras un bebé. Tu abuela y tu madre trabajaban en la mina. Todos trabajamos en la mina ¿quién no? Tu madre siempre fue un problema para tu abuela porque eran idénticas: tercas y bravas. Algunos dirían que sumamente groseras. En los tiempos de oro, cuando podíamos hacer que los gobiernos cedieran a nuestras demandas y los patrones eran como nuestras mascotas, todas nosotras íbamos a cada reunión del sindicato que en aquel entonces era solo de hombres. Nosotras lo hicimos mixto. Ellos nos necesitaban, sin nosotras ninguna marcha, ninguna huelga y ningún sabotaje se podían realizar con éxito.
La anciana fue a la cocina, buscó algo entre los cajones interminables de aquella alacena y sacó una inmensa caja de galletas antigua, de esas hechas de aluminio y lindamente decoradas. Regresó a la mesa y abrió la caja. Dentro no había galletas sino una gran cantidad de fotografías en blanco y negro y algunas pocas en color pero visiblemente antiguas. Buscó entre el mar de fotos y sacó una.
―Ella era tu madre. Era tu calca, pero con cabello largo y un poco más baja de estatura.
Luisa observó la fotografía de su madre. Ella apenas y la recordaba pues en su memoria su imagen prácticamente se había borrado. En la fotografía su madre vestía un hermoso vestido blanco.
―¿Era su boda? ―preguntó Luisa pues el aspecto de su madre le pareció elegante y extraordinario.
―¡Por el amor de Dios, no! Siempre estaba impecable. Ella no era obrera como tu abuela. No recogía sal. El Gran Cabo, tu abuelo paterno, la dejó trabajar en la mina como secretaria. Les daban ese puesto cuando eran hermosas como tu madre, o cuando eran muy inteligentes, como tu madre también lo era. Era lógico que tu padre se enamorara de ella. Aun así, ella era de las nuestras, una asalariada. Seguramente en la escuela ya te habrán enseñado que en este país cada cambio de gobierno fue una farsa. Siempre han gobernado los mismos, solo que con diferentes caras y banderas. Luego del golpe, el gobierno de la junta militar nos dio duro. Fueron tiempos muy oscuros. En medio de todo eso fue cuando tu padre regresó de la capital. Lo habían mandado a estudiar la universidad y nosotros lo recordábamos como un joven inútil y sin beneficio. Pero quién sabe qué les hacen en la universidad que tu padre regresó y comenzó a trabajar en la mina con tu abuelo y era otro: educado, seguro y con ideas como las nuestras, ideas de libertad. En la primera huelga, luego de su regreso, se puso de nuestro lado. Luego nos pidió apoyo para clausurar las carreras de automóviles que año con año se celebraban en el pueblo y que reunían a todos los ricos de la región. Era durante esas carreras que los ricos hacían planes. Nosotros desconfiamos al principio de tu padre, pero pronto él nos demostró que en él la causa era auténtica.
―¿Qué causa?
―La libertad era la causa. Y supimos que era auténtica porque peleaba guerras constantes con tu abuelo, el Gran Cabo. Cuando tu abuelo lo despidió, ya estaba enamorado de tu madre y ya era un asistente de las reuniones del sindicato. Era el joven rico hombro con hombro con los obreros y enamorado de una trabajadora. Los productores de telenovela hubieran pagado millones por una historia como esa. Tus padres nunca se casaron. No podían, no estábamos de acuerdo en que esa pareja fuera posible. Pero lo fue y ya iban a las marchas juntos. Hacían todos juntos. Fundaron la imprenta del Sindicato. Cuando el Sindicato ya no pudo seguirlos, ellos y los más radicales, que nos acusaban de ser solo unos farsantes y falsos socialistas, se fueron a la capital.  Durante un tiempo no supimos mucho sobre tu padre y tu madre. Era como si hubieran desaparecido. Entonces, hubo un asalto al Banco del Estado y supimos que habían sido ellos. Tu papá llamaba a eso la fase del financiamiento de la revolución.
Luisa se puso a la defensiva, esperaba cualquier historia de su padre y madre, menos que habían sido unos ladrones.
―¿Me está diciendo que mi padre robó un banco?
―Junto a tu madre. Y no solo un banco, ¡era el banco! Nada más y nada menos que el banco del gobierno.

―¡Eso no puede ser! Usted me habla de personas que yo no reconozco. Ellos no eran así. ¡Ellos no eran criminales!
Luisa se levantó súbitamente de la silla y comenzó a dar vueltas de un lado a otro. La abuela se mantuvo serena y solo observaba a Luisa con ternura.
―Sin duda ―dijo entre risas la anciana ―eres la calca de tu madre. Siéntate, niña, todavía no oyes la mejor parte. Por supuesto, nosotros fuimos los únicos que supimos que aquello lo habían hecho tus padres y su grupo, pero ni la policía ni nadie en el gobierno tenían ninguna pista. Fue como en una película. Fue hermoso. Luego de eso, ellos regresaron a Achéron y visitaron esta misma casa en donde estamos ahora. Tú estabas recién nacida. Entraste por esa misma puerta en brazos de tu madre. Celebramos y tomamos mucho esa tarde, parecía que realmente el gobierno militar podía ser derrotado. Pero nadie habló de eso ese día. Solo queríamos disfrutar y así lo hicimos. Fue la última vez que vi a tu padre y a tu madre felices. Tu abuela siguió en contacto con ustedes mediante cartas y llamadas. Antes de morir, me dio las cartas. Todas escritas por tu madre.
―¿Mi abuela murió?
―Todos morimos, hija. Todos morimos algún día.
La anciana volvió a levantarse de la mesa y esta vez fue hasta su caja fuerte que era de esas pequeñas que se abrían con combinación. Sacó otra caja de galletas y ahí había apiladas, una sobre otra, las cartas entre su madre y su abuela.
―Están en orden cronológico. Esta es la última.
La abuela tomó la carta, pero no se la dio a Luisa pues antes tenía más cosas que decir.
―Por las noticias nos enterábamos de las diversas guerrillas que buscaban derrotar al gobierno. No podíamos distinguir en qué actos estaba involucrado tu padre y en cuáles no. Hasta que un día… sabíamos que no había podido ser llevado a cabo por otro grupo que no fuese el de tus padres: la bomba en la Estación Central de Trenes.
―¡¿Bomba?!

―Pusieron una bomba en la estación pues esperaban la llegada del presidente. Pero el presidente no pasó por ahí ese día luego de una gira en el extranjero. Pero la bomba estalló. Cerca de setenta personas murieron.
―¿Cómo está usted segura que fue mi padre? ¡Ahora lo culpa de asesino!
―Porque tu madre se lo dijo a tu abuela. Tu madre se sentía tan mal que pensó en entregarse. Consultó a tu abuela y ella le recomendó que nadie debía entregarse porque de lo contrario jamás los volveríamos a ver vivos. Según palabras de tu propia madre, había sido ella misma la que había armado la bomba y tu padre había planeado la detonación...
―¡Usted está loca! ¡Está diciendo puras mentiras! ¡Me está contando una película que vio o una mezcla de películas de espías…!
―Lee las cartas. Pero ten cuidado de hacerlo en orden cronológico. Yo prepararé café ―contestó la abuela.
Luisa comenzó a leer las cartas y en efecto, en ellas se contaban sucesos extraordinarios, escapes de la policía, compra de armas y declaraciones de culpa y arrepentimiento. En algunas, pudo leer el miedo de su madre ante la situación que cada vez era más complicada.
“Mamá, a veces quisiera llamarte por teléfono y no escribirte solamente estas cartas. Ojalá pudiera abrazarte otra vez y pudiera pelear contigo por cualquier tontería como hacíamos antes ¿El durazno del patio ya floreó? La niña no deja de llorar. Luisa ya cumplirá dos años este otoño y nos hemos mudado de casa otra vez, sé que eso no la tiene contenta porque este nuevo lugar es húmedo y frío. Necesito que me prometas algo: si alguna cosa me llega a pasar cuida de mi hija como cuidaste de mí todos estos años. Mientras te escribo esto, debo apagar las velas porque se supone que no debemos hacer sospechar a nadie que alguien habita este departamento. Me siento ridícula con tantas precauciones y en cambio, Marcos, se atreve a no faltar a ningún juego de la Roja. ¡Está completamente loco, mamá! Nos arriesga a las dos, ¿qué acaso no teme por nosotras? Créeme, quisiera terminar con todo esto de una vez y quisiera ser solo una mamá con su hija y su esposo. Debo irme…”
Luego de leídas una veintena de cartas Luisa no pudo más. La anciana todavía reservaba la última en su poder. Cuando Luisa hubo llegado a la descripción de su madre que buscaba a Marcos, su padre, la vieja le dio la última carta.
―Me temo, hija, que lo más probable es que tu padre este muerto. Pero en esta carta, guardo la última esperanza de que tu madre no lo esté.
Luisa tomó aterrada la última carta, esa que decía la vieja que era la evidencia posible de que su madre no estuviese muerta. Pero era la más extraña de todas. Era muy corta, cual telegrama.
“Mamá. Ten mi cama lista, por favor.”
―¿Eso es todo? ―preguntó Luisa.
―Sí.
―No dice nada.
―Mira la fecha. Es de un año posterior a cuando la declararon desaparecida. En todo ese año no había escrito absolutamente nada. Pero ahora mira este sello. ¿Sabes qué significa? Es el sello del Servicio Postal para la correspondencia internacional. Miriam no escribió esto estando en este país. Si lo escribió desde el extranjero es posible que solo haya huido para salvar su vida.
―¿Y me abandonó?
―Yo no creo que sea tan simple. Eras su vida. Pero llévate todo esto. Las fotos también.
Luisa revisó algunas más de las fotos y encontró una donde estaba su padre, su madre con ella en brazos y la anciana que ahora le revelaba todo aquello junto a un hombre que ella intuyó era esposo de la anciana.
―¿Esta es de ese día que vinieron aquí? ―preguntó Luisa.
―Sí, así es.
―¿Dónde estaba mi abuela en ese día?
La anciana tomó un respiro y contestó.
―Seguramente en la mina ― luego preguntó ―. ¿Por qué juegas fútbol?
Luisa dejó de mirar las fotos y solo dijo que no lo sabía.
―Nunca imagine que jugarías fútbol. Imaginaba cualquier cosa de ti, menos algo como eso. Y de nada, ayudarte con eso de la liga de hombres fue extraño, pero nos devolviste algo a todas las viejas del sindicato: los recuerdos. Eres hermosa, Luisa, tanto como lo era tu madre…
La vieja puso una mirada triste y nunca esperó lo que Luisa le dijo.
―Voy a ir a las Olimpiadas.
―¿Qué?
―Voy ir a las Olimpiadas. Con el equipo nacional de fútbol.
La vieja esbozó una sonrisa y pareció volver a la vida. Entonces se escuchó que alguien abría la puerta. La Abuela Mayor apuró a Luisa a recoger todo y salir de la casa. Justo en la entrada de la casa Luisa se topó con el esposo que llegaba. Cuando el viejo vio a Luisa le pareció ver un fantasma. Luisa solo alcanzó a decir:
 ―Buenas noches.
―¿Quién era ella? ―preguntó el viejo todavía pálido.
La vieja no respondió de inmediato, necesitaba darse valor.
―Le di las cartas.
El viejo puso un maletín y una chaqueta sobre la mesa. Entendió todo de inmediato, supo quién era Luisa y sospechó lo que había ocurrió antes de que él llegara.
―¿Por qué? No debiste…
―Porque nosotros ya somos demasiado viejos para buscar. Además nunca pude cumplir mi promesa…
El viejo se sintió morir y buscó la silla más próxima para descansar luego de aquella revelación.
―Es idéntica a su madre ―dijo el viejo ―. Por un momento pensé… ¡Dios mío! ¿No le dijiste que somos sus…?
―¿Abuelos? No. Por supuesto que no.

Luisa regresó a la casa del Gran Cabo ya tarde. Tan solo entró buscó a Succed y la encontró en el comedor. Estaba haciendo cuentas.
 ―Hola, necesitamos hablar ―dijo intempestivamente al tiempo que tomaba una silla para sentarse.
―¿Puedo terminar esto primero? ―pidió Succed sin dejar de mirar los papeles y la computadora portátil con la hoja de cálculo completamente llena de números de ingresos y egresos de los gastos de la casa.
―Por favor, necesito preguntarte quién soy.
Succed entendió que alguna cosa había pasado y supo que las cuentas de la despensa podían esperar.
―¿Cómo es eso de quién eres?
―¿Por qué nunca me hablaste de mis padres? ― dijo Luisa en tono de reclamo.
―¿A qué te refieres?
―Nunca me dijiste quienes eran en realidad, qué hacían.
Succed comprendió que al fin, en alguna parte, Luisa había descubierto que su familia había vivido un torbellino trágico años atrás.
―Luisa, no hemos hablado de eso ni de ninguna otra cosa. No se puede hablar contigo ―justifico con la verdad Succed.
No cabía duda en ello, Luisa había sido quien desde el principio había levantado entre ella y su tía un muro infranqueable. Ante ese hecho, Luisa se sintió culpable por reclamar algo cuando ella había sido determinante para que aquello hubiese sido así; decidió asumir una postura calmada y conciliatoria.
―Tienes razón. Yo nunca pregunte. ¿Me puedes contar lo que sabes?
―Luisa, yo me fui de Achéron por diez años, primero a la capital y luego a Europa. Así que, no es mucho lo que sé. Mi abuelo, que sería tu bisabuelo, llegó aquí y comenzó a trabajar en la mina como contador. Poco a poco fue ganándose la confianza de los jefes de la mina y un día le pidieron ser parte de la mesa directiva. Él me contaba sobre Chamonix que es de dónde venimos. Está en la frontera de Francia con Italia y Suiza y de hecho ahí pasé un verano cuando estuve en Europa. En aquel tiempo estaba interesada en descubrir el origen de nuestra familia y todas esas cosas. Es un lugar hermoso y de ahí venimos los Nadiani. Papá fue más audaz que nuestro abuelo y logró quedarse con el control de la mina. Se las compró toda y con ella les compró el club de fútbol.

―No quiero saber esa parte, tan atrás. Quiero saber de mis padres…
―Espera, esto es importante porque tu familia de este lado era extranjera. Con todas las ventajas y desventajas que eso implicaba. Yo viví siendo educada en los mejores colegios de Achéron, no a la escuela pública a la que vas tú, no porque no tengamos dinero para poder pagarla, sino porque el instituto privado de señoritas al que yo asistí cerró ya que no había empresarios pudientes que pudieran pagarlo. Si te fijas, en este barrio, nuestra casa es de las pocas casonas que aún quedan habitadas. Has tenido suerte de no haber estudiado ahí… era el infierno. Mi hermano, tu papá, no la pasó mucho mejor en los internados varoniles. Aunque yo era su hermana pequeña, nos mirábamos y convivíamos poco. Un día a él lo mandaron a estudiar la universidad y se fue seis años, cuatro para estudiar y dos para recorrer el mundo. Cuando regresó yo ya era adolescente y él era un hombre completamente nuevo. Fue nuestra mejor época como hermanos. Y solo ahí supe que lo quería. Lo único que odiaba de él era su pasión por el fútbol. Nuestro padre le prohibió jugar con el Achéron, aun y cuando había sido aceptado en la plantilla del primer equipo. Según sé un defensa lo lesionó del tobillo y ya nunca volvió a jugar como antes, pero no te emociones, él era defensa también; de hecho, no tengo idea de dónde sacaste tú tal habilidad para jugar ese deporte. En fin, conocí a tu mamá cuando no era todavía nada de tu papá, él ni siquiera había regresado aquí. Tu mamá fue secretaría personal de mi papá así que la veíamos muy seguido cada que yo iba a la mina a molestarlo para pedirle alguna cosa. Ella siempre estaba ahí, sirviendo café, atendiendo una llamada… Cuando yo me fui, yo me quedé en que tu mamá era la secretaria de mi papá. Fue tu papá el que me lo contó todo mientras cada cosa pasaba. Cómo se enamoró de ella, cómo la conquistó y cómo mi papá se enteró. Mi papá era el Gran Cabo, el gran jefe y le dijo a tu papá que nunca dejaría que estuvieran juntos.
―¿Por qué eran ricos y extranjeros?
―Sí, esa fue la excusa perfecta. Eso fue lo que uso para conseguir el apoyo de la familia de tu madre. Diferencias de clase y políticas. La verdad fue un poco más oscura. Luisa, mi mamá, tu abuela, vive desde hace 25 años felizmente en Francia. Dejó a papá muy temprano casi después de tenerme a mí. Luego él tuvo otras dos esposas con las que gracias a dios nunca tuvo hijos y finalmente conoció… a tu mamá.
Luisa puso cara de espanto. La clase, la raza, las ideas políticas; todo eso solo escondía un simple lio de faldas entre padre e hijo.
―Increíble… murmuró Luisa. ¿Todo eso te lo dijo mi papá?
―Con detalles que algún día te contaré con más calma, pero por hoy ya me muero por ir a dormir.
―¡Espera! ¿Qué te dijo sobre la rebelión?
―¿Cuál rebelión? ―preguntó Succed.
Luisa entendió que esa parte de la historia no se la había confiado su padre a Succed.
―Nada, pero lo que me dices no me ayuda mucho a poder encontrarlos ―dijo Luisa.
Desde hacía tiempo Succed había imaginado que un día Luisa buscaría saber dónde estaban sus padres. Le aterraba pensar aquello pues sabía que si ni siquiera el Gran Cabo, con todo su poder político y económico, había podido encontrar si quiera un cabello de ellos, Luisa se toparía con una labor imposible. Así, solo pudo pedir una tregua hasta saber mejor qué hacer.
―Platiquémoslo la siguiente semana, por favor. Tu mañana debes ir temprano a sacar tu pasaporte a la capital. Debes descansar.
Y sin más, salió del comedor y dejó a Luisa sola con sus pensamientos.

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