XI TROMPITO



Luisa llegó a la capital una tarde nublada de martes entre la llovizna pertinaz del comienzo de la primavera y el ajetreo propio de una ciudad habitada por supervivientes de jornadas laborales que solo pagaban unas horas, pero que exigían la vida misma de parte del trabajador. Inmediatamente se presentó en las oficinas del Ministerio del Exterior y, a pesar de haber hecho cita mediante internet, se encontró con que tenía que hacer la fila; una fila que duró horas y horas y que ella aprovechó para mirar vídeos de fútbol en su teléfono móvil. Al fin llegó a la ventanilla y entregó la documentación requerida y fue citada al día siguiente luego de que se revisaran sus documentos. Completamente cansada logró llegar al departamento de Rosa gracias a que tenía instalada en su celular una de esas aplicaciones tipo GPS a prueba de tontos.
Estaba tan cansada por el viaje y el por el “hacer fila” que imaginaba poder llegar, saludar a su amiga y dormir plácidamente; pero cuando tocó la puerta y se la abrieron, el humo de cigarro formaba una densa nube en aquel departamento y un joven de cabello claro y mirada avispada la observaba con curiosidad. Luisa preguntó por Rosa y el chico la hizo pasar amablemente, pero sin anunciarla y sin dejar de ponerle atención, como si Luisa fuera un imán para sus ojos que también eran claros.
Adentro en la sala, acomodadas cómodamente en un sofá estaban Rosa y otra chica. El ambiente era relajado y un reggae a medio volumen hacía juego con la media luz que iluminaba la estancia diminuta. Sobre una de las paredes se abría una ventana que no estaba adornada con cortinas de ningún tipo, mientras que en las otras estaban la puerta por la que había entrado Luisa y un librero de madera saturado de libros viejos (varios de ellos robados de la Biblioteca Nacional), un sofá y en el último de los lados de ese cubo claustrofóbico, estaban las puertas del baño y otra que seguramente daba hacia algún cuarto (el único del departamento).
Luisa alcanzó a notar que había una pequeña nevera a un costado del sofá que parecía contener cervezas. También había una parrilla eléctrica y varios trastes, limpios y sucios, en el poco espacio que quedaba en la mesa de centro de aquella estancia carente de plantas, de cuadros o fotografías, y de cualquier tipo de decoración; parecía que simplemente no había espacio para más.
En cuanto Rosa vio a Luisa brincó del sofá y corrió a abrazar a la nueva seleccionada nacional. Era evidente que estaba en su mejor momento bajo el efecto de la mariguana y el alcohol pues daba la impresión de que ninguna desgracia, por catastrófica que fuera, podía borrarle la enorme sonrisa de su rostro. Finalmente, luego del protocolo de los abrazos, invitó a Luisa a sentarse en el sofá y el joven le acercó una pipa con hierba que Luisa rechazó de la forma más diplomática que pudo.
―Hace bien, tiene que ir mañana a uno de los ministerios y no se les vaya a ocurrir hacerle un examen toxicológico―dijo Rosa entre risas. Luego preguntó a Luisa cómo le había ido y la chica contestó que bien a secas.
―Eres más bonita en persona ―dijo entonces el chico que le había abierto la puerta.
―Luisa, el que te acaba de hacer el piropo es mi novio, Jacobo ―aclaró Rosa.
―Dime, Luisa ―dijo la otra chica ―¿Cómo besa?
Luisa quedó confundida con la pregunta.
―¿Quién?
―Pues tu novio ―respondió la chica mientras pensaba que la respuesta era obvia.

―Ricky, el nuevo “superstar” del fútbol ―completó Rosa.
―Oh, él… bueno, bien.
―¿Y cómo hace el amor? ―continuó la chica totalmente inoportuna por el alcohol.
Luisa no respondió. Rosa rió a carcajadas y apuntó:
―Les conté cómo lo conociste y cómo te declaró su amor. Descuida, no tienes que contestar a eso que te pregunta esta jota…
―Bueno, de hecho ―dijo Luisa con cierta molestia ―no sé cómo lo haga.
―Las revistas del corazón dicen otra cosa ―bromeó Jacobo.
―¿Las revistas del corazón? ¿Qué ustedes no van a la universidad? ―ironizó Luisa.
―¡Tómenla, hijos del sistema! ―celebró Rosa.
Jacobo no se rió, al contrario, lo tomó personal y decidió tomar revancha, pero como universitario, jugando con los argumentos, asechando a su presa listo para señalar cualquier contradicción.
―Sí, le ponemos atención a tabloides del corazón; pero bueno, todos sabemos que están llenos de mentiras. Entonces, asumo que ni novios son, ¿verdad?
Luisa no respondió.
―El silencio otorga ― concluyó Jacobo ―. Pero bueno, si él no es tu novio ¿no estás con nadie?
―No por ahora ―respondió Luisa fastidiada ―. Pero el que no lo haya hecho con Ricky no significa que no lo haya hecho con otro… jugador de la platilla.
Luisa le arrebató la pipa de mariguana a Jacobo. Tomó el encendedor de la mesita de centro de la estancia donde además había una botella de whiskey barato y dio una profunda y larga fumada.
―¿Con quién? ―preguntó curiosa la amiga de Rosa.
Luisa terminó su exhalación. Abrió los ojos y miró fijamente a la amiga de Rosa.
―Pues con el diez ―dijo Luisa y luego expulsó el humo de sus pulmones directo en la cara de aquella chica.
Rosa supo que aquello ya había ido muy lejos y que no había ya ningún signo de amistad en ese diálogo. Intuyó que aquello terminaría en algún momento en una discusión desagradable e inútil. Se levantó del sofá y fue hasta la puerta del departamento y la abrió.
―Daria, vete a casa. La fiesta se acabó ―sentenció Rosa.
―Tienes razón, mañana debemos ir a clases. No solo leemos tabloides del corazón ―dijo Daria al tiempo que se levantaba del sofá visiblemente molesta. Tomó sus cosas y salió.
Luisa fijó su mirada en Jacobo que leyó de inmediato su sentir.
―Ni lo pienses. Yo vivo aquí. Este es mi departamento y tú dormirás en el sofá.
Rosa no dijo nada. Entró al que parecía ser el único cuarto del diminuto apartamento y luego salió con unas cobijas.
―El baño es esa puerta y puedes tomar lo que gustes del refrigerador ―le dijo Rosa a Luisa.
Luego se metió al cuarto y desde ahí le gritó a Jacobo que no dejaba de observar a Luisa con su copa de wiski en la mano.
―¡Jacobo, entra ya y vamos a dormir!
Jacobo miró unos segundos más a Luisa, cerró la ventana y se dirigió al cuarto sin decir una sola palabra, ni siquiera buenas noches.
Cerraron la puerta, pero eso no impedía que se escuchará, durante los quince minutos que duro, la discusión de pareja. Rosa reclamaba que Jacobo y Daría habían sido groseros y él se defendía y ponía como prueba que se le había invitado a probar la mejor mariguana que habían conseguido en años. Luisa escuchaba todo aquello mientras se acomodaba en el sofá y debido al cansancio se quedó, para su fortuna, profundamente dormida.
Al mañana siguiente, Rosa y Jacobo salieron con prisa del departamento hacia la Universidad Nacional.
Rosa le dio algunas indicaciones básicas a Luisa y una llave del departamento por si llegaba antes que ellos regresarán.
Luisa salió poco después de la pareja rumbo al Ministerio del Exterior. Esa mañana se encontró otra vez con la ciudad que recordaba de niña: igual de ruidosa, bulliciosa y sobrepoblada. Incluso el aroma de ese monstruo urbano le parecía peculiar y no lo recordaba tan rancio; se había acostumbrado tanto a la sal de mar de Achéron y a su calma de pueblito rural que ahora la ciudad le ocasionaba dolor la cabeza. Para su fortuna, el asunto en lo del pasaporte ocurrió muy rápido y luego de quince breves minutos de fila ya tenía el documento en sus manos. Entonces, se dio cuenta de que tenía todo el día libre y no quería pasarlo sola en el minúsculo apartamento de Jacobo. Quizás si hubiese sido el departamento de Rosa (que era la idea con la que ella había arribado a la capital) se hubiera encerrado en ese pequeño espacio con su teléfono y sus vídeos de fútbol recostada cómodamente en el pequeño sofá; pero lo cierto es que Jacobo le había caído bastante espeso y no quería saber nada de él ni de sus propiedades.
De esa forma, decidió volver a buscar a su pasado y tomó el transporte para ir a su antigua casa, la última de sus casas en la capital y en la que había pasado más tiempo; pero antes su estómago le reclamó urgentemente que debían comer algo y así se acercó a uno de los miles de puestos móviles de comida que hacían reventar la calle donde estaba ubicado el Ministerio. El café le supo a gloría y sobre toda la variedad del menú decidió no arriesgarse y compró un simple sándwich de jamón. Tenía dinero suficiente para entrar a un restaurante y pagar por una comida de tres tiempos, pero tenía miedo de que la gente notara eso y luego la asaltaran como ocurría frecuentemente en la gran ciudad. Era evidente que había perdido mucha de su capacidad para moverse en el ambiente urbano. Había habido un periodo en su vida en que no era ella la que se tenía que cuidar de los demás sino los demás de ella; fue luego de que su madre desapareciera cuando, por necesidad, tuvo que aprender a robar comida y eso la llevo luego a robar otras cosas a los turistas descuidados del centro de la ciudad. Pero ahora, la ciudad le parecía un ambiente no agradable y en el que tenía que tener precaución y en gran parte esa sensación se debió al acoso callejero. El acoso callejero era una de las cuestiones que Luisa no había vivido en la ciudad pues se había ido de la misma justo cuando comenzó a ser atractiva para el sexo opuesto; pero en esa ocasión, toda la mañana y la tarde del día escuchó y soportó la pobre labia de los hombres de la urbe. Al principio, fue sorprendente aquello, pero pronto le fue muy molesto y en algunos casos intimidante, entonces la embargó el recuerdo del acoso del que había sido presa en los pasillos del Merci Arena el día de la venganza de Drilo sobre Tanque y terminó de sentirse incomoda.
Luisa descendió en la parada del autobús que quedaba frente al viejo coloso de concreto y piedra que era el Nacional y que no había sido demolido debido a la resistencia de los vecinos del barrio en el que se encontraba pues estos no querían que en su lugar fuese construido un centro comercial (otro más). Frente al viejo templo, se tomó unos minutos para observarlo y apoyarse sobre las rejas de hierro que cercaba toda la circunferencia del inmueble.
―Aquí te vi por última vez, papá ―dijo para sí en voz alta.
Luego caminó por las calles, que Luisa tenía bien guardadas en la memoria, hasta la vieja unidad habitacional donde había vivido sus últimos años en la capital. Ese complejo de casas tristes y desamparadas no estaba muy lejos del centro de la capital y del estadio Nacional.
Entró al gran patio donde recordaba había jugado sus primeros partidos memorables con los chicos de las otras casas, se detuvo frente a la puerta de la que había sido su casa y notó que ya era habitada por otras personas. El tiempo nublado continuaba esa mañana y el que el patio estuviese solitario le daba a esa visita un ambiente casi sobrenatural, pero familiar para ella.
―Aquí fue donde te vi por última vez, mamá.
A lo lejos escuchó una voz que le pareció conocida y subió una de las escaleras que llevaban a la segunda planta de la larga hilera de casas.
―¡Ya vengan a almorzar! ―gritaba insistentemente aquella voz.
Luisa observó que la casa de la que había venido la voz tenía la puerta abierta y se atrevió a entrar con toda la confianza de cuando había tenido diez años, pues de alguna u otra forma esa morada también había sido la suya. Le pareció que aquella vivienda no había cambiado en nada, el color amarillo de las paredes continuaba intacto aunque las manchas de humedad que bajaban del techo si habían avanzado en su camino hacia el piso; el cristo de madera seguía colgado en la misma pared y la lámpara que colgaba del techo daba más luz a la habitación que la ventana de cristales rotos y opacos. Ahí, en la mesa del comedor se encontró a la familia reunida para el almuerzo. Reconoció al jefe de familia y a la señora de la casa, pero los otros dos chicos le eran desconocidos aunque intuía quienes eran. Los cuatro estaban sentados a la mesa y comenzaban a almorzar.
La familia se dio cuenta de que alguien había entrado y los estaban observando, detuvieron la ingesta de alimentos y miraron a la intrusa sin entender lo que pasaba.
―¿Podemos ayudarle? ―dijo finalmente una señora con un cucharon de sopa en la mano.
―Disculpen. Soy Luisa, señora García.
Todos en la mesa se miraron extrañados y Luisa  tuvo que establecer más referencias.
―La niña de la casa 112. Bueno, la que vivía ahí. Ustedes me ayudaron… me daban de comer cuando mi mamá…
Y a Luisa se le quebró la voz y en la mesa todos entendieron de quién se trataba y, en contraste con lo que pasaba dentro de Luisa, en ellos la alegría ocurrió.
―¡Luisa! ―exclamó el jefe de familia.
La señora García dejó la cuchara sopera en la mesa y fue la primera en abrazar a Luisa, luego lo hizo el señor García y luego los jóvenes, Álvaro el hijo mayor y Arturo el menor (y de la misma edad de Luisa), invitaron a la chica a sentarse y le ofrecieron almorzar.
Luisa aceptó pues desde hacía mucho tiempo no se sentía como en casa y en ese momento sentía justamente: haber regresado.
Los García fueron los primeros en platicarle a Luisa cómo había ido su vida. Resultaba que el señor Álvaro todavía trabajaba en la compañía de luz y que su hijo mayor ya estaba casado y sería papá en dos meses. Arturo, por su parte, estaba en su segundo año en la Universidad Nacional y estudiaba ingeniería civil. La señora García contaba que había ganado un horno de microondas en uno de los múltiples concursos de la televisión.
El señor García le preguntó a Luisa por su abuelo, el Gran Cabo, y ella les informó que había fallecido y que por eso ella había tenido que irse a vivir a Achéron. Los García bajaron la vista en señal de pena y luego recuperaron el entusiasmo unos momentos después.
―Pero bueno ―dijo el señor García que ya tenía poco pelo y mucha panza ―, ¿tú qué has hecho? ¿Qué carrera estudias? ¿Ya estás casada? ¿Cuántos hijos?
Luisa se limitó a decir qué en Achéron no había universidad pues le daba vergüenza decir que no había terminado todavía la educación media. También se apresuró a explicar que tampoco estaba casada ni mucho menos tenía hijos. Esas dos últimas cosas eran situaciones que en todos esos años nunca le habían rondado la cabeza. Era sencillo, entre tanto fútbol, pocas amigas (y la única que tenía, feminista) y sin referentes más allá de las grandes jugadoras del mundo, Luisa no había tenido tiempo para imaginarse vestida de blanco. Incluso, el embarazo la aterraba más ahora, pues eso significaba dejar de jugar durante nueve largos meses; pensaba que no podía haber tortura más cruel que no poder patear una pelota por tanto tiempo.
―Pero bueno― insistió el señor García ―, ¿entonces qué has hecho?
La señora García notó que Luisa no se sentía muy cómoda cuando hablaba de sí misma y desvió la atención de todos ofreciéndoles postre de mango. Entonces, Arturo, el más joven intervino.
―Yo sé que ha hecho todo este tiempo, papá.
―¿Ah sí? ―preguntaron todos, incluida Luisa.
―Sí. Les apuesto que ella no ha dejado de dejar de jugar fútbol todo este tiempo ¿no?
A Luisa se le iluminaron los ojos y recordó que después de todo, si tenía algo que presumir, algo muy grande.
―Sí. De hecho… fui llamada la Selección Nacional.
El dulce de mango era una exquisitez, pero eso no evitó que lo que acababa de decir Luisa detuviera el tiempo.
―¿Selección Nacional? ―preguntó el señor García.
―¿Hay Selección Nacional de mujeres? ― preguntó casi al mismo tiempo Álvaro hijo.
―Sí, si hay ―respondió Luisa y continuó ―. De hecho podría ir a las Olimpiadas de este año y por eso vine a la capital, para sacar mi pasaporte.
―¡Las Olimpiadas! ―exclamaron todos emocionados y el dulce de mango se terminó más rápido de lo habitual. Todos la felicitaron y Luisa sintió por primera vez qué era ser el orgullo de alguna familia.
―Recuerdo ―decía el señor García ―cuando pasabas horas interminables con la pelota y yo les decía a mis hijos “Pero ¿por qué no invitan a jugar a ese niño?” Y ellos me decían “Pues porque es niña, papá”. Estabas vestida con esa camiseta de fútbol y un gorro de invierno, pues ni quien se diera cuenta.
―Luego tú la llevaste a la escuela Celeste, marido ―apuntó la señora García.
―La corregiste, papá, porque su camiseta era de los Rojos ―recordó Álvaro entre risas.
Aunque todos hubiesen querido seguir la plática, Álvaro debía ir a trabajar y Arturo debía ir a la universidad. Luisa no supo qué hacer pues ella no tenía nada planeado, pero solo quería preguntar una cosa más antes de que aquello acabara. Era algo que la había angustiado muchas noches luego de que la obligarán a marcharse a Achéron.
―Nunca… es decir… ¿No saben si mamá regresó alguna vez a la casa?
El señor García se ponía su gabardina y lanzó un suspiró. A la señora García se le borró la sonrisa y los chicos la secundaron. Finalmente el señor García le respondió a Luisa que nunca regresó y la casera tuvo que rentar la casa a otra familia. También le preguntó a Luisa dónde dormiría y ella, por puro deseo de pasar un poco más de tiempo entre aquellas personas que la habían literalmente rescatado de su orfandad, mintió y dijo que ya buscaría un hotel. Era una mentira calculada pues los García le ofrecieron quedarse esa noche en la casa. Luisa aceptó, pero entonces le preguntaron por sus cosas…
―Bueno, las dejé en casa de una amiga. Pero iré por ellas y listo.
La señora García ordenó a Arturo que le dejara su cuarto a Luisa y él podía dormir en el sillón.
El chico obedeció sin chistar y le pidió a Luisa que lo acompañara, entraron al pequeño cuarto, Arturo cambió las sábanas de una humilde cama individual y le indicó a Luisa cómo cerrar la puerta de la habitación que continuamente se atoraba. Luego de eso, ambos jóvenes quedaron frente a frente sin nada que decirse. Arturo debía ir a la universidad, pero no quería salir de su habitación y deseaba alargar ese momento a solas con Luisa por toda la eternidad. Finalmente…
―Las Olimpiadas. ¡Wow, la rompiste!
Luisa sonrió.
―Sí, bueno, primero tenemos que calificar.
―Sí, pero eres deportista, rica y eres…
El chico se detuvo y comenzó a sudar.
―Ya no somos tan ricos. Al contrario, yo creo que tú si eres rico.
―¿Nosotros? No, ahí la llevamos, día a día, trabajando duro.
―Tú tienes a tus papás, tu hermano, vas a ser tío… Para mí tú eres rico, es la riqueza que mí me gustaría tener.
El chico pasó del asombro a la culpa. Bajó la mirada y sin poder dejar de sudar presentó sus disculpas y condolencias.
―Tienes razón, Luisa. Perdón, lo olvidé.
―No te preocupes. Pero ¿qué más soy? ―preguntó Luisa y Arturo se puso todavía más nervioso ―. Dijiste que yo era deportista, rica y… ¿qué más?
Luisa realmente tenía curiosidad sobre la impresión que había causado en sus antiguos amigos.
―Nada. Solo ¿sabes? Te tengo un poco de miedo ―dijo Arturo entre una breve risita nerviosa.
―¿¡Miedo!?
―Pues sí, Luisa. Todos los chicos te teníamos miedo. Siempre nos decías qué hacer y si no lo hacíamos. ¿Te acuerdas cuando golpeaste al Chino, el de la cuadra de enfrente? Eras bien entrona. Aunque eras como un hermano mayor, y yo te admiraba porque jugabas muy bien al fútbol, pues no podíamos olvidar que eras una niña y que te habían pasado todas esas cosas malas. Yo le decía eso a mi hermano, ella es así de mala porque perdió a sus papás. Pero te queríamos demasiado, Luisa. Te sonaste al Chino porque a mí me había pegado. En fin, nos dolió mucho cuando tu tío vino por ti y te fuiste.
Luisa abrazó a Arturo y este le devolvió el abrazo. Luego Arturo cayó en cuenta de que era ya muy tarde y tuvo que romper la emotividad. Salió corriendo y agradeció al cielo que la urgencia le evitará responder a la pregunta de Luisa de manera concreta y simple.
―Y eres muy guapa ― dijo Arturo en un susurro ya en el autobús.
Luisa regresó al departamento de Rosa dispuesta a recoger sus cosas. Alguna mentira armaría para no ofender a su amiga que le había ofrecido alojamiento con varios días de anticipación, pero abrió la puerta y encontró a Rosa en el sofá, recostada y con lo que parecía ser una copa de vino en sus manos.
―¿¡Tuviste éxito!? ―preguntó Rosa tan solo vio entrar a su amiga.
Luisa sacó su pasaporte nuevo y se lo mostró. Entonces, Rosa, se levantó del sillón animada, como preparándose para una fiesta.
―Jacobo no estará esta noche, así que podremos dormir las dos en la cama. Sé que este sofá es muy incómodo.
Luisa  se dio cuenta con espanto que tenía ahora un problema.
Rosa había crecido toda su vida en Achéron, era hija del dueño de una ferretería cuya esposa era, como el 99% de las mujeres adultas de Achéron, ama de casa; aunque ella no tenía que combinar esa labor con algún empleo en la mina. Tenía cuatro hermanos mayores hombres que conforme crecieron, uno a uno, se fueron de casa para ir a la capital a estudiar la universidad. Todos se habían graduado de ingenieros. Este éxito académico familiar creó el ambiente en el que ella pudo construir la aspiración de ser algo más que un ama de casa. Sus buenas notas y rendimiento escolar, aseguraron desde muy pronto ese destino y, antes de comenzar su educación media, ya sabía que quería estudiar letras y que lo haría en la Universidad Nacional. Ingresar a la Nacional era un calvario llenó de burocracia más que de altos estándares de selección; por eso cuando obtuvo su pase, fue el gran momento de su vida. Había vencido al sistema y al patriarcado. Sus lecturas feministas le habían llegado por primera vez gracias al mismo profesor de Español que tiempo después ayudaría a Luisa. Rosa devoraba los libros que dejaban en el programa y entregaba sus reportes siempre una semana antes así que, solo para subir su autoestima, le decía al profesor que se aburría en clase sin hacer nada.
―¿Y sobre que más te gustaría leer? ―le preguntó una vez el profesor y ella respondió que cualquier cosa que la ayudara a no terminar como ama de casa. Más que su deseo personal era el de su madre y está siempre se lo repetía:
―No termines como yo. Siempre fui burra en la escuela y mira donde terminé. No es que tu papá sea malo o no quiera yo a tus hermanos, pero tú puedes llegar muy lejos, tú eres inteligente.
Entonces el profesor llegó a la rápida conclusión de que Rosa necesitaba algo de las feministas y trató de ser lo más didáctico posible en ese sentido.
Cuando Luisa y Rosa se conocieron, las dos coincidían en una cosa: estaban en un proceso de liberación, intentaban escapar de algo y ese algo tenía que ver con la otra única condición que compartían: eran mujeres jóvenes atrapadas en Achéron.
Rosa no sabía nada de fútbol y se había presentado a la convocatoria de Luisa simplemente por pura curiosidad pues era evidente que mujeres que se atrevieran a jugar un deporte masculino en Achéron no estarían cortadas con la misma tijera que las demás. Y Rosa se encontró solo con Luisa, y aunque no tenía deseos de continuar con eso del fútbol, decidió apoyar en esa lucha a aquella chica de aspecto melancólico y fama de maldita.
Para ese momento, Rosa conocía por referencias de terceros y leyendas escolares lo que era Luisa: repetidora de año, rica, grosera, fastidiosa y sin amigos. Rosa nunca le dijo a Luisa que casi todos en la escuela se habían reído (y mucho) de su intención de crear un equipo de fútbol de mujeres; pero, conforme comenzó a convivir con Luisa, se dio cuenta de que aquello de la agresividad era algo que Luisa tenía reservado para todos los demás excepto para ella: nunca en todo ese tiempo, Luisa injurió u ofendió a Rosa en ningún modo. Y es que para Luisa, Rosa era la verdadera superstar de aquella pequeña comunidad que formaban las dos: lista, sabia y empoderada, capaz de hacer cualquier cosa, incluso, ingresar a la Universidad Nacional.
Por eso, ahora que Luisa había cruzado por completo sus compromisos de esa noche, se sintió morir. En esa angustia, lo único que se le ocurrió a Luisa fue ponerse en el lugar de víctima.
―Rosa, me enteré que mis padres eran terroristas.
Rosa no comprendió al principio y Luisa explicó todo lo que sabía, incluso sacó de su mochila algunas de las cartas de su madre. También explicó lo mejor que pudo la posibilidad que existía de que su madre estuviese viva.
Luisa terminó de contar todo. Rosa miró su móvil para ver la hora.
―¿Quieres llegar al fondo de esto? ― preguntó Rosa.
―¿A qué te refieres?
―Encontrar a tus padres, a eso me refiero.
Luisa meditó un poco sobre eso. Se lo había preguntado todo el tiempo luego de su encuentro con la Abuela Mayor y no había encontrado respuesta. Sabía que en el medio estaba el fútbol y las Olimpiadas e intuía que el buscar a sus padres interferiría de alguna manera negativa con todo eso. Pero el deseo de tener otra vez algo como lo que había visto en la casa de los García, una familia o al menos la certeza de una tumba que llorar o de una madre viva a la cual buscar, la impulsó a decir que sí.
Ambas chicas salieron con rumbo a la Universidad Nacional.
Luisa nunca había estado en la universidad y aquellos pasillos llenos de alumnos y profesores hasta donde se colaba el rumor de las cátedras, le impactaron y le hizo desear poder ser alguna vez una universitaria. La variedad de personajes era impresionante para Luisa, los estilos se mezclaban y las tribus urbanas podían distinguirse fácilmente: punks, skatos, darketos, yupis y los miles de wallflowers; era lo más multicultural que Luisa había visto jamás. Por su parte, la población masculina y lésbica de aquel trozo de la juventud del país no pudo dejar de mirar a Luisa al menos durante el breve instante que duraba su encuentro en ese largo pasillo.
―Aquí es. Tendremos que esperar un poco. Todavía no termina su clase. ¿Es bonita la Uni, no?
―Sí ―dijo Luisa si dejar de mirar a todas partes.
La clase que esperaban que terminara acabó luego de dos minutos y varios alumnos comenzaron a salir de aquel salón de clases de paredes blancas y amplios ventanales que daban hacia los inmensos jardines de la universidad.
―Hay mucha información sobre la guerra sucia, pero tardaríamos mil años en comprenderla y analizarla toda. Además, mucho de lo que se ha escrito es mentira. Por eso, mejor venimos a ver a alguien que ha estudiado toda su vida eso y que además, podría haber conocido a tus papás.
Luisa se concentró entonces en lo que las había llevado hasta ese lugar y comenzó a sentir una emoción que recorría todo su cuerpo y le hacía sentir escalofríos. Rosa se adelantó a ingresar al recinto y se acercó hasta una mujer alta, de unos cincuenta años, con gafas y vestida de manera formal; esa mujer cumplía de sobra el estereotipo de profesora universitaria. En cuanto Luisa la vio un presentimiento le hizo remover sus recuerdos.
―Profesora Cortés. Disculpe, mi nombre es Rosa, soy de primer año de letras y queremos ver si tiene cinco minutos para hablar con nosotras…
―¿Letras? Yo no tengo cátedra ahí… ―respondió la profesora sin mirar a Rosa y sin dejar de organizar sus cosas.
 ―Lo sé. Pero leí su libro sobre los desaparecidos y la guerra sucia… el periodo del golpe y las rebeliones…
―Bien hecho. Me debo ir.
 ―Solo un minuto profesora ―suplicó Rosa ante la prisa por la académica de irse ―mi amiga es la hija de los que pusieron la bomba en la Estación Central de Trenes… la que habían preparado para el presidente.
La profesora Cortés detuvo la huida.
―¿La hija de quién?
Luisa no entendía nada de lo que pasaba. No sabía quién era esa mujer y no tenía idea de la razón por la que habían ido a verla; pero en el momento en que Rosa había mencionado la bomba de la estación, aquella profesora se detuvo en seco, echó una mirada de análisis a Luisa y luego volvió a mirar a Rosa y, casi en acto reflejo, volteo hacia las ventanas, la puerta y examinó con su vista los rincones del salón, como si buscará alguna cosa sospechosa. Durante ese lapso de paranoia de parte de la profesora, la memoria de Luisa no dejaba de advertirla: ―la conozco.
―Cierra la puerta ―ordenó a Luisa y ella obedeció de inmediato. Cuando la puerta estuvo cerrada la profesora tomó a Rosa por el brazo y con voz autoritaria…
―¿¡Quiénes son ustedes?!
―Nadie, solo estudiantes que queremos saber…
―¿¡Ella qué estudia?!
―Bueno, ella no es estudiante, Profesora me podría soltar por favor…
La profesora soltó a Rosa. Dio un respiro.
―Hay mucho escrito sobre el tema, les recomiendo que investiguen antes de venir conmigo y que hablen con la gente de “Ni uno más”…
―Es que ya lo hicimos ―mintió Rosa ―, pero queremos información específica. En su libro afirma que usted formó parte de esos grupos y que los ayudó. Por eso pasó dos años en la cárcel…
―Mira, niña, no creas que no estoy enterada de que el gobierno las manda a jovencitas como ustedes de halcones. Las “inscriben” a la Universidad, les paga bien y todo para ubicar a los revoltosos. Pero puedes decirle a tu jefe que yo ya no estoy en eso y que ya dije todo lo que tenía que decir. Así que, váyanse ahora.
Las dos jóvenes se quedaron atónitas y sorprendidas. Rosa ya tomaba sus cosas, pero Luisa recordó entonces porque esa mujer le había parecido familiar.

―Le comprábamos helados… ― dijo Luisa antes de cruzar la puerta del salón y luego se dio vuelta y continuó ya de frente a la profesora ―. A usted le comprábamos helados en el parque que esta frente al Teatro Popular. Mi mamá hablaba con usted muchas horas mientras yo iba a jugar…
La profesora quedó como estatua.
Rosa cerró la puerta que ya había abierto para obedecer la orden de la profesora de salir de ahí y así el bullicio de los estudiantes del pasillo se fue para esas tres mujeres y el salón quedó en silencio otra vez.
La profesora observó detenidamente el rostro de Luisa y luego se regresó a sentar en la silla destinada al docente. Sacó un cigarrillo de uno de sus dos bolsos y lo encendió con un pequeño encendedor.
―Profesora, aquí no se puede fumar ―dijo Rosa, pero la profesora la ignoró por completo.
―Trompito ―dijo la profesora al momento que sacaba de sus pulmones el humo de su primera fumada.
―¿Qué dice? ―preguntó Rosa.
―Se refiere ―se apresuró Luisa ―a Ignacio “el Trompito” Alarcón de Roquetilla, goleador histórico de los Rojos en la década de los 90. Era uno de los jugadores más queridos de la afición roja y de mi papá que me llamaba así de puro cariño. ¿Usted sabe qué fue de mis padres?
Luisa se sentó en uno de los pupitres del salón que estaban más cercanos a la Profesora. Rosa hizo lo mismo, pero en uno cerca de la puerta para evitar que alguien entrara.
―Tu papá fue mi alumno y adjunto. Era un buen muchacho, apasionado del conocimiento y sensible a la injusticia. Justo lo que desea cualquier catedrático de corte marxista en esta Universidad y a mí me tocó la fortuna de tenerlo a él… A tú mamá la conocí ya en la lucha. Extraordinaria mujer, también universitaria pero química, si tu papá era un sabelotodo, tu mamá lo sabía hacer todo, desde cuidar niños hasta armar una bomba. Sí, los dos eran extraordinarios; pero, y se los dije en vida a los dos, unos pendejos.

Luisa se ofendió por aquello, pero no dijo nada. En realidad parecía que esa señora sabía más sobre sus padres que ella misma, así que se tragó el insulto.
―¿Sabe qué es lo que les pasó? ―insistió Rosa desde el rincón del salón.
―Lo que a la gente que buscan en la fundación de Ni Uno Más; los desaparecieron.
―Pero debe haber alguna pista. ¿Cuándo fue la última vez que los vio? ―preguntaba Rosa como si ella misma fuera la hija de esos dos pobres padres desaparecidos.
―El gobierno nunca deja pistas y si las dejaba las borraba. Ella vio por última vez a su padre en el estadio ¿recuerdas? ―dijo la Profesora.
―Sí.
―Bueno, pues yo lo vi cuatro días después en la cárcel. Delató a todos y por supuesto, también les dio mi nombre.
Luisa esta vez sí estalló en furia…
―¡Él no hizo eso! ―reclamó aun cuando estaba consciente de que esa era una parte de la historia que ella no conocía y que ni siquiera estaba segura, pero su padre era para ella una figura inmaculada, divina, sagrada.
―Lo hizo y no lo culpo. Yo perdí la cuenta de cuántos guardias y cuantas veces me violaron cada uno. Los golpes y el encierro no eran lo peor, sin duda lo peor era el frío y el hambre. Nunca olvidaré el frío y el hambre… y la luz, nunca apagaban la luz.
―Pero usted salió, si usted sobrevivió otros pudieron haberlo hecho. Si él papá de Luisa estuvo ahí y usted lo vio, él también podría haber sobrevivido ―apuntó Rosa que seguía concentrada, cual fiscal, en obtener la mayor cantidad de información útil.
―¿Te llamas Luisa? Lo había olvidado―preguntó la Profesora que ya casi terminaba su cigarrillo.
―Sí, señora ―respondió Luisa sin entusiasmo.
―¿Sabes por qué te pudieron ese nombre? Tu amiga quizás lo sepa ¿no es así?
 Luisa negó con la cabeza y luego miró a Rosa quién se levantó de su pupitre desesperada.

―Ella es Luisa Cortés Pizarro, Luisa. Creo que insinúa que te llamas así por ella.
Luisa regresó toda su atención a la Profesora que ahora sabía era la persona por la que su padre le había puesto ese nombre.
―Profesora, no se ofenda, pero si los papás de mi amiga la conocieron tan bien y al parecer se estimaban mutuamente, déjese de laberintos y díganos algo útil para poder encontrarlos o al menos saber lo que les pasó ―insistió Rosa.
La Profesora se levantó también de su silla.
―Vayan con las Ni Uno Más…
―Yo he hablado con ellos ya ―interrumpió Rosa ―son muy amables, pero solo se pasan horas contándote…
―…con ellas trabaja Miguel Ramos, pregunten por él.
Rosa sacó su celular y apuntó el nombre.
―¿Quién es él? ―preguntó Rosa.
―El que puso tras las rejas a sus padres… y a mí.
Antes de salir del salón, la Profesora Cortés se detuvo en la puerta.
―Luisa ―le dijo a la chica futbolista ―, por favor dime que vas a estudiar decoración, moda o diseño gráfico.
Luisa no respondió pues antes de pararse en el edificio de la universidad jamás le había pasado por la cabeza estudiar alguna cosa.
―Ella es futbolista ―dijo Rosa ante el silencio de su amiga ―. Ira a las Olimpiadas de este año, es una deportista. Es la mejor ¿verdad, Luisa?
―Bien ―dijo aliviada la Profesora ―. Es bueno saber que la rebeldía de tus padres morirá con ellos.
―¡¿Cómo puede decir eso?! ¿¡Con qué cara viene usted a dar clase a esta universidad teniendo esa mentalidad! ―le gritó Rosa desde la puerta del salón mientras la profesora caminaba ya por el pasillo. Luego Rosa se acercó a Luisa que había quedado noqueada luego de aquella reunión y de todas esas revelaciones.
―No le hagas caso, es una vieja que perdió todas las ganas de vivir. Una derrotada. ¿Qué tu papá cantó? ¡Pues es ella la que está viva dando cátedra en la universidad estatal y no está desaparecida ni muerta, la muy perra! Para mí que ella fue la que cantó y los entregó a todos, Luisa. ¿¡Y ahora nos manda con un policía o ex policía!? Cuando llegue a casa voy a quemar su libro, ¡hija de puta! ¿La violaron mil veces? ¡Un revolucionario no se rinde ante la tortura…!
―Rosa, ya cállate, por favor.
Rosa obedeció y abrazó a su amiga.
―Tienes razón, vamos a casa…
Luisa recordó su mala decisión que era justamente la que la había llevado hasta ese salón en esa universidad esa tarde. Le pareció infantil. Caminó junto a Rosa en los pasillos sin encontrar el momento ideal para decirle que tenía que cancelarle a ella o a los García. Cuando salieron del edificio y llegaron a la parada de autobús atestada de estudiantes que regresaban a casa en el ocaso del día, alguien la reconoció en el acto.
―¡Luisa! ―se escuchó el llamado. Era Arturo.
El joven se acercó a Luisa y está se vio obligada a presentarlo a Rosa. Luego de eso Arturo sacó algo de su mochila.
―Mira te compre unos panuchos para que cenes algo hoy en la noche.
Rosa miró a Luisa.
―Yo… ―se mordió la lengua Luisa ―Esta bien, miren. Primero que nada quiero decirles que sé que soy una idiota y una estúpida. Rosa, no me cayó nada bien Jacobo y no quería pasar otra noche en su departamento. Arturo, les mentí cuando les dije que no tenía nadie con quien quedarme, les mentí porque ya no quería pasar otra noche en el departamento de Jacobo, que es el novio de mi amiga Rosa.
Confesado su delito, Luisa quedó de pie sin saber qué más hacer, estaba muerta de vergüenza. Tanto Arturo como Rosa la abrazaron, uno de cada costado, y la mimaron explicándole que no estaban molestos y que no había problema.
―Luisa ―comenzó Arturo ―, no te preocupes, yo le inventaré algo a mi familia  y listo, tú ve con tu amiga.

―No, no, por favor ―decía al mismo tiempo Rosa ―, tú ve con él si así estás más cómoda, amiga.
―Iré contigo, Rosa. Tú fuiste la primera a quien le pedí alojamiento y además no va a estar Jacobo…
―No, no, espera, Luisa. Ven ―dijo Rosa y pidió a Arturo un minuto de privacidad que el chico consintió amablemente.
―Luisa, mírame. Mira, ve con él. Está bien, yo no tengo problema y no pasa nada.
―No, yo iré…
―Luisa, yo no te voy a arruinar esto.
―¿Qué cosa?
―¿Qué cosa? Luisa, me di cuenta cómo se te dibujó una sonrisa en cuanto escuchaste que te llamaba él. Eres nefasta para esconder que un chico te gusta. Y a él le gustas Luisa.
―No, yo no…
―Luisa, así no miras a Ricky. Y ya aclaramos que no es tu novio así que no haces nada malo. Ve y disfruta. Mañana yo te acompaño a la estación de autobús.
―Eres muy buena, Rosa pero…
―Solo dime qué hacer con el policía ese. ¿Quieres que lo busque yo?
―No. Yo pensaré qué hacer con eso. En realidad no decido todavía. Pero mis cosas están en…
Rosa acordó llevar las cosas de Luisa la mañana siguiente a la estación de autobuses.
Pese al acuerdo, Luisa lamentaba no tener sus cosas básicas para su aseo personal, así que a mitad del camino a casa de Arturo, los dos jóvenes hicieron una parada en el supermercado donde Luisa incluso se hizo de una muda de ropa interior nueva. Mientras buscaba en la sección de perfumería su desodorante predilecto, Luisa comenzó nuevamente a pedir perdón por haber mentido.
―Ya te dije que está bien ―decía Arturo.
―Sí. Gracias. ¿Qué te pareció mi amiga? ―preguntó.
―Se ve buena onda. Ella también lo tomó bien.
―Sí, ella es mi mejor mi amiga aunque creo que está equivocada en algo.
―¿Por qué dices eso? ―preguntó Arturo al tiempo que se sorprendía de la enorme variedad que existían de desodorantes para mujeres.
―Hoy me insistió en venir contigo en lugar de con ella porque cree que me gustas.
Arturo guardó silencio un momento y finalmente, con la seguridad que le daba sostener un “roll on” con aroma a sábila en su mano derecha, dijo
―¿Y no es así?
―¡Claro que no! ―dijo Luisa sin saber que clavaba una estaca en el corazón de su amigo ―Tú mismo lo dijiste, somos como hermanos. Sería raro.
Arturo colocó el desodorante nuevo nuevamente en su sitio en el estante.
―Sí. Es cierto. Somos como hermanos…
―Sí, así es. ¡Lo encontré! Ya tenemos todo, vámonos.
En la larga fila para pagar la mercancía, Arturo reviró sobre el tema.
―Pero no lo somos.
―¿Qué cosa? ―preguntó Luisa.
―No somos hermanos. Somos como hermanos, pero no somos hermanos.
―Oh, eso… pero bueno, han pasado un montón de años. El caso es que no quería quedarme con ustedes, contigo y tu familia, porque me gustaras o algo así. Es solo que con ustedes me siento en familia. ¡Tu familia me cuidó tres años!
―Fueron cuatro años, dos meses y diecisiete días, Luisa ―dijo Arturo a la que desde siempre había sido la chica de sus sueños.
―¡Wow, te sabes el tiempo exacto! ¿Por qué te sabes el tiempo exacto?
―¿Por qué crees?
―¡Porque eres ingeniero! ―dijo Luisa fingiendo demencia pues desde el momento en que Arturo había terminado de decir la cuenta de los años y los días, Luisa ató todos los cabos. Ahora entendía que ella le gustaba a Arturo.
―Escucha ―dijo Luisa ―, tú no me gustas. En serio, tú eres de mi familia…
―Oye, Luisa ―interrumpió Arturo ―, tranquila. Yo no espero nada. No te voy a hacer nada y no te voy a obligar a decir o hacer algo que tú no quieras. Soy el primero que entiende que en nuestra casa te sientes segura y contenta y quiero así siga siendo. Tú fuiste honesta cuando confesaste que habías cruzado los compromisos, bueno yo solo seré honesto en esto y ya. Sin esperar nada.
Arturo tomó un respiro y se animó:
―Me gustas y mucho. Me gustabas desde que te fuiste. Eras mi amor platónico y tú sabes que a esa edad que teníamos, trece o catorce años, estas cosas te pegan como un tren. Y cuando hoy te paraste en nuestro comedor, para mí fue volver a despertar un enorme sentimiento que ya hacía mucho tiempo no sentía. Pero estabas ahí y sigues tan bella. No, eres más hermosa que cuando te fuiste. Y eso es todo.
―Son doce con cincuenta ― dijo la cajera que era ajena a aquella confesión de amor adolescente.
Luisa quedó como un bloque de hielo y la cajera tuvo que repetir la cifra. Mientras un anciano colocaba las cosas que ella había comprado en bolsas para su óptimo transporte, Luisa tenía la vista perdida y definitivamente no quería mirar hacia donde Arturo estaba. Un chico nuevamente le había declarado sus intenciones amorosas y ella no sabía qué hacer. Peor, ella realmente consideraba que no podía surgir nada amoroso entre ellos. Ya afuera, decidió hacer lo único que encontró éticamente correcto en esa situación y sorprendió a Arturo con un beso. En ese acto de caridad, la sensación de que Arturo era como su hermano se fue para siempre y ella (y él), disfrutó ese beso durante los casi cinco minutos que duró. Terminaron. Los dos se miraron con una sonrisa y rieron durante un rato.
―No podemos ser novios, tú vives acá y yo tengo que regresar a Achéron ―dijo Luisa..
―Oye, Luisa, entiendo, pero no tenías que hacerlo ―respondió él.
―Bueno, la verdad es que me gusto.
―¿Mucho? ―dijo Arturo gustoso y ella le respondió afirmativamente.

Y se pasaron una hora entre besos hasta que se dieron cuenta que ya era tarde y debían regresar a casa de Arturo.
Durante muchos años, ese fue el día más feliz en la vida de Arturo. La noche que Luisa durmió en su casa, recordó cuando la observó por primera vez en el patio de la vecindad todavía de la mano de su padre. Todos en aquel recinto, incluido Arturo, le tomaron especial atención a Luisa luego de que se le supo huérfana y sola. Lo del fútbol hizo fascinante el asunto para los niños de aquella vecindad que tardaron un mundo en invitarla a jugar. Cuando Luisa se fue a vivir a la casa de los García, la vida del niño Arturo cambió para siempre. Le encantaba verla cada mañana luego de que su mamá, la señora García, la arreglara y peinara para ir a la escuela pues a él le parecía así una princesa. Cada que regresaban de la escuela Luisa cambiaba la falda por los pantalones deportivos, se deshacía la coleta del cabello, se cambiaba las zapatillas por los tenis, el semblante sombrío se le iba del cuerpo y su rostro se iluminaba tan solo comenzaba a patear la pelota  y se pasaba el resto de la tarde en partidos memorables en aquel patio de vecindad. Para Arturo, ser parte del equipo de Luisa era un honor, un privilegio y una tortura pues siempre salía regañado y Luisa lo culpaba de las derrotas. Un día, a su hermano, a Luisa y a él los inscribieron en la academia Celeste y ahí Arturo terminó de enamorarse de su musa. Y una tarde fría, Arturo se enteró de que la familia de Luisa había venido por ella y se la habían llevado a Achéron. Se le rompió el corazón y el adolescente tuvo su primera decepción amorosa. Se arrepintió de nunca haber declarado su amor. El tiempo curó la herida, Arturo se enamoró de otras y tuvo su primera novia, luego la segunda y ahora estaba de vuelta la que él consideraba era la mujer más hermosa de la tierra. Y lo mejor de todo, la había besado y a ella le había gustado. Esa noche, Arturo se durmió con la idea de que la vida era maravillosa.

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