XII SELECCIÓN NACIONAL


Luisa regresó a Achéron solo unas horas antes del juego de esa fecha por la Liga Femenil de Fútbol Nacional. Bartolomé no la incluyó en el once inicial, pero si en la convocatoria. De esta forma, tan solo se bajó del autobús, Luisa caminó hasta el estadio. Ahí, sus compañeras lograron, sin ella, un primer tiempo muy digno que terminó cero a dos a favor de la visita. Para el segundo tiempo Luisa ingresó al campo, pero no pudo marcar, ni tampoco sus compañeras ni sus rivales. Así, el partido termino 0-2.
Al término del juego, Luisa pensó que ahora si, por fin, la bendición de Vladímir había perdido su efecto, pero mientras comentaba eso con sus compañeras ellas le hicieron saber que aquella bendición era muy efectiva pues ese día solo habían perdido por dos a cero, la siguiente semana tendrían descanso y Luisa se concentraría y viajaría fuera del país para un juego eliminatorio para las Olimpiadas. De esa forma, tenía sentido, la bendición guardaba poder para un reto mucho más importante.
Así, Luisa viajó nuevamente a la capital, esa enorme ciudad que le causaba sensaciones dispares entre la nostalgia y la repulsión. Esa vez ya no requirió de hospedarse en casa de nadie pues la concentración era dentro de un hotel cuya dirección venía escrita en la carta en la que le habían notificado de ser seleccionada. Eso de la concentración y el hotel también implicaba que no podría tener contacto esos días ni con Rosa ni con Arturo García con quién ahora sostenía un romance sustentado en las redes sociales y los dispositivos móviles. Al mismo tiempo, ese día que llegó al hotel, uno de esos modestos de solo dos plantas, pero abundante en jardines y terrazas, cayó en cuenta que en esos días en que había estado en Achéron, no había visto ni a Drilo ni a Ricky ni a su tía, situación que ella consideraba positiva pues esas tres personas representaban, cada una, un conflicto en su vida.
En el lobby del hotel identificó a la distancia a las que serían sus compañeras. Se acercó al grupo, se presentó y secamente ellas le devolvieron el saludo. En realidad, entre ese grupo de mujeres solo reconoció a algunas de las jugadoras a las que había enfrentado durante los partidos, en especial a aquellas empoderadas jugadoras de la Roja. Luego de la introducción, Luisa se sentó cerca de ellas sin atreverse a hablarles. Ese grupo de jugadoras tampoco convivía mucho, la mayoría estaban sumergidas en el mundo que le ofrecía a cada una su teléfono móvil, una leía un libro y otra una revista de esas dignas de cualquier sala de espera, otra fumaba, sin aparente culpa, un cigarrillo cerca de la ventana. Fue hasta que llegó la entrenadora cuando todas se desprendieron del mundo virtual y atendieron a las instrucciones de aquella señora vestida con el atuendo deportivo oficial de la Selección Nacional, la fumadora se deshizo del cigarrillo cual si fuera un ilusionista profesional.
―Buenas tardes ―dijo la entrenadora, una mujer de cuarenta años de complexión delgada y corte de cabello bob ―, vamos a dar las llaves de cada cuarto. Se acomodan y bajan al salón que está sobre ese pasillo para la plática en punto de las tres, ni un minuto más ni un minuto menos ―dijo la entrenadora.
―Son las 2:30 ―reclamó una de las jugadoras a lo que la entrenadora respondió:
―Ni un minuto más, ni un minuto menos.
Luisa fue la última a quien se le entregó una llave y se le asignó una compañera de cuarto. Esa compañera era una de las mejores jugadoras de la liga, la había enfrentado la vez que habían jugado en el Puerto.
Las dos jugadoras solo tuvieron pocos minutos para dejar sus cosas en el cuarto y bajar al salón donde ya todas las demás estaban reunidas, no cruzaron palabra en ese corto periodo de tiempo.
En el salón había mesas y sillas, un pizarrón blanco y su piso estaba alfombrado. No había comida ni bocadillos, ni siquiera café; la austeridad, por no decir precariedad, del fútbol femenil nacional se reflejaba hasta en las concentraciones de la Selección Nacional.
En cuanto Luisa y la jugadora del Puerto se sentaron, la entrenadora cerró la puerta del salón y comenzó a hablar como si de una rutina aburrida se tratara. Explicó cuestiones sobre horarios de entrenamientos y comidas, hizo énfasis en la hora para dormir, les entregaron la ropa oficial de entrenamiento y eso fue todo. Ninguna bienvenida para Luisa, nada sobre el partido ni sobre los Juegos Olímpicos. La reunión terminó en cinco minutos y las jugadoras tenían dos horas para no hacer nada hasta la hora del primer entrenamiento.
En el cuarto, la primera que se atrevió a abrir la boca fue la jugadora del Puerto.
―¿Eres nueva, verdad?
Luisa que acomodaba su maleta contestó afirmativamente con la cabeza.
―Bueno, bienvenida a bordo ―le dijo la jugadora del Puerto y acto seguido se colocó sus audífonos, se recostó sobre la cama y cerró los ojos. Eso fue todo, como si Luisa no existiera más en esa habitación.
Luisa la imitó en eso de recostarse en la cama y se quedó dormida. Cuando despertó, ya habían pasado veinte minutos de la hora del inicio del entrenamiento. La angustia la invadió antes que el miedo y se vistió lo más velozmente que pudo. Corrió hacia el lobby del hotel donde preguntó por el lugar del entrenamiento a uno de los empleados, pero ni ese empleado ni nadie le supo dar referencias, ni siquiera sabían que ahí, hospedadas en sus habitaciones estaba la Selección Nacional Femenil de Fútbol, y nadie podía culparlos pues ¿a quién importaba aquello? Derrotada, regresó al cuarto sintiéndose miserable. Golpeó la pared de la habitación y sintió nuevamente esa sensación de siempre: la de saber que algo que era probable pasara y el no prepararse para ello a pesar de que su intuición le pedía a gritos que era mejor prevenir que lamentar.
Pasaron las horas. La chica del Puerto volvió cerca de las diez de la noche. Luisa tenía miedo de preguntar cualquier cosa y por lo tanto no lo hizo. La jugadora del Puerto cogió algunas cosas de su maleta y se metió al baño a ducharse. En todo ese tiempo Luisa se hizo la dormida. Durante ese insomnio voluntario, pensó en que realmente la había cagado y que huiría tan solo el gallo cantara la siguiente mañana. Y así procedió.
La madrugada siguiente Luisa huyó sigilosamente, primero del cuarto sin despertar a la jugadora del Puerto y luego se encaminó por el pasillo del hotel. Casi cruza la parte de la recepción sin llamar la atención de nadie. Y justo cuando ya casi había llegado a la puerta del hotel se escuchó una voz.
―¡¿A dónde vas?!
Era la entrenadora que estaba sentada en el lobby del hotel.
―Me gusta que ahora trates de enmendar tu error siendo la primera, pero ayúdame a llevar la bolsa con los balones.
Luisa obedeció y con la entrenadora caminó hasta un campo de fútbol localizado a unas cuadras del hotel, a dos calles solamente.
Ahí, la entrenadora ordenó a Luisa acomodar porterías y luego conos y banderolas de entrenamiento. Cuando la novel jugadora terminó, ya todas sus compañeras habían comenzado a llegar.
Para fortuna de Luisa, nadie notó que estaba dispuesta a huir de su destino, abandonar el equipo y dejar eso de los Juegos Olímpicos en paz. El entrenamiento fue algo más familiar para ella, muy cercano a lo que hacía con Bartolomé o Drilo, muy similar también a lo que Camacho hacía hacer al primer equipo del Achéron: algo de físico y mucha técnica. Terminado el entrenamiento, regresó al hotel junto a las demás.
Era evidente que las otras jugadoras se conocían entre ellas pues hablaban y se jugaban bromas, no era aquello el ejemplo de una hermandad, pero no eran tampoco un conjunto de rocas inertes. Sin embargo, en ese grupo Luisa era un fantasma. Nadie le decía nada, incluso en el entrenamiento la comunicación con las otras se redujo a gritos para pedir la pelota. Era evidente que aquello de hacer grupo no era algo importante en aquella selección de mujeres casi extraterrestres por el simple hecho de jugar al fútbol en aquel país.
Al llegar al cuarto, Luisa nuevamente se acostó a dormir y no cruzó palabra con la jugadora del Puerto a quien ahora odiaba por la simple razón de no haberla despertado el día anterior para ir al entrenamiento. Fue una ley del hielo que fue solo soportable debido a los audífonos de la jugadora del Puerto y su costumbre de dormir por horas entre entrenamientos y comidas. Esta ley del hielo la extendió a las demás jugadoras durante los entrenamientos y las comidas; luego la extendió durante el viaje en autobús hasta el aeropuerto, la sala de espera del mismo, el viaje de dos horas en avión (su primer viaje en avión), el descenso del avión, y la espera de las maletas en el aeropuerto extranjero donde nadie notó la presencia de ese equipo femenil de fútbol (por supuesto no había prensa de ningún tipo).
Las jugadoras llegaron al hotel extranjero y fueron tratadas como cualquier huésped. Ese día de la llegada se entrenó por la tarde y por la noche todas abordaron camionetas para llegar al estadio. En el estadio, al menos, si había algunos miembros de la prensa. Algún reportero incluso entrevistó brevemente a la entrenadora de Luisa a su llegada al estadio. Ya en el vestidor visitante, las compañeras de Luisa se cambiaron al ritmo de reggaetón que salía furioso del celular de una de las jugadoras. Todas parecían tranquilas y contentas. No había nerviosismo ni urgencia. Esa calma no la podía creer Luisa pues en su vestidor de Achéron, cada fin de semana, aquello era una alberca de nervios en ebullición, angustia y rezos.
Finalmente, Luisa se atrevió a preguntar a uno de los utileros.
―Oye, ¿por qué todas están tan calmadas?
El utilero le respondió amablemente:

―¿Y por qué no habrían de estarlo? Vacaciones gratis en un país tropical.
―¿Vacaciones? Pero esto es un partido importante ¿no? Se define la calificación a los Juegos Olímpicos.
―Bueno, ―dijo sereno el utilero ―las posibilidades son mínimas. Nunca hemos ganado un juego de visita y además dependemos de un marcador milagroso en el otro partido. Entonces, con los milagros hay que tomárselo con calma ¿no crees? Relájate chica, disfruta el momento.
El utilero, un hombre de mediana edad y piel oscura esbozó a Luisa una sonrisa y se retiró a continuar su trabajo de acomodar zapatos y toallas.
Luego, la que habló fue la entrenadora. Dio el once inicial, algunas indicaciones tácticas y fue todo. Luisa iría a la banca.
El juego comenzó bajo la mirada de apenas un centenar de espectadores, una docena de reporteros y algunos pocos elementos de seguridad y logística. No había transmisión ni por radio ni mucho menos por televisión. Si en el país de Luisa aquello del fútbol femenino no tenía relevancia, en este otro país la cosa parecía seguir el mismo tenor, era evidente que aquello no era Suecia o la tierra de Hope Solo.
El primer tiempo a Luisa le pareció increíble, aquella Selección Nacional de la que formaba parte era prácticamente el equipo femenil de las Rojas, pero en ese campo ellas parecían el ratón y no el gato, encerradas en su medio campo, en defensa todo el tiempo y en ataque solo por casualidad. Nada tenía aquello que ver con lo que Luisa pensaba de ellas como jugadoras confiadas, seguras e imponentes. En ese quipo agazapado en su medio campo no había mujeres empoderadas, pero al mismo tiempo no parecían estar preocupadas en lo más mínimo, es más, parecía ser que todo era tan normal…
El primer tiempo terminó dos a cero a favor de la selección local y Luisa regresó al vestidor decepcionada porque, después de todo, parecía que no habría lugar para milagros ni para Juegos Olímpicos.
La entrenadora no hizo cambios y tampoco dijo nada especial respecto a la táctica del partido. Tampoco dijo absolutamente nada motivador, aquello parecía el trámite de la costumbre.
Al comienzo de la segunda parte todo continuó igual. Diez minutos se fueron sin gol, veinte minutos sin gol y nada. Luisa observó que el utilero se aceró a decirle algo al oído a la entrenadora. Tan solo terminó aquella secrecía, el utilero miró a Luisa y le mostró todos sus dientes con una sonrisa aún más grande que la que le había otorgado en el vestidor al hablar de las situaciones que no pasan por ser simplemente imposibles.
La entrenadora, por su parte, se mordió el labio y movió los dedos de sus manos nerviosamente. Entonces, con un grito sereno, mandó calentar a todas las jugadoras de la banca y cinco minutos después mandó llamar, nuevamente sin mucha emoción, a una chica que Luisa había notado jugaba como ofensiva. A quince minutos para terminar el juego, Luisa fue llamada cuando ya casi había perdido cualquier esperanza de entrar a jugar. Se cambió sin mucha prisa, se acercó a la entrenadora y está únicamente le señaló la mitad del campo y le dijo:
―Por el centro, trata de retener la pelota y busca ir a rematar al área cuando puedas.
Y fue todo.
El cambio se realizó y Luisa ingresó al partido. Sus primeros minutos fueron más un espanto de nervios y correr tras la pelota que otra cosa. Finalmente, a doce minutos para el término del partido, le cayó un rebote desde su área y tomó la pelota en una soledad inusitada, buscó a quién pasar pero no había nadie al frente, lo siguiente fue puro instinto y jugar con el modesto equipo de Achéron le había preparado para esas batallas solitarias contra un mar de defensas. Corrió con la bola por la banda, hizo el primer regate cómodamente, pero la marca escalonada de las rivales le obligó a hacer el segundo regate con mucha más prisa y apremio. Sacudida la marca continuó su camino sin levantar la mirada… solo levantó la vista en su carrera para saberse cerca del área y la portero rival le salió al paso…
―¿La portero? ¡¿Pues cuánto recorrí?!

En esas preguntas estaba cuando sintió el golpe en su tobillo y escuchó claramente el silbato del árbitro. Todavía sobre el suelo se dio cuenta de que estaba dentro del área rival. Le habían hecho penal y el árbitro había concedido. Ninguna de sus compañeras o rivales le ayudó a levantarse. No hubo reclamos por parte del equipo rival. La joya de Achéron se puso se puso en pie y caminó fuera del área pues era claro que otra compañera suya, y no ella, cobraría aquella falta. Reconoció a la tiradora: era su compañera de cuarto.
La del Puerto cambió, con un tiro raso y colocado, por gol el penalti. La del Puerto y todas las demás regresaron a la media cancha y parecía que el gol no hubiera tenido importancia. Las compañeras de Luisa sabían que todavía perdían el juego y así lo indicaba el libreto del destino.
El juego se reanudó y a Luisa le dolía el tobillo producto de la falta recibida. Por ello caminó en el campo durante un instante y solo hasta que nuevamente un rebote le cayó cerca del medio campo ella volvió a inundarse de adrenalina. Nuevamente recortó por instinto, levantó la vista también por instinto y nuevamente descubrió que no había nadie a quién pasar la pelota, al menos en opción de ataque. Por lo tanto, comenzó otra carrera en la que sus rivales, cual conos de entrenamiento, quedaban atrás. Y así llegó hasta la línea de meta del campo rival y centró como último recurso pues el último regate le había hecho adelantar el balón mucho… demasiado. La pelota casi se había ido por la banda cerca del tiro de esquina y ella alcanzó a centrar a nadie, porque no había sido acompañada por ninguna de sus compañeras. Pero eso no lo supo la defensa rival que en su intento de despejar la pelota anotó en propia puerta. Era el empate, algo milagroso, único, aunque todavía inservible.
Luisa no festejó pues aquello era un autogol. Fue en su camino hasta el medio campo que ella recordó que aquel gol había empatado el partido. Faltaban solo unos pocos minutos y aunque ahí ocurría un milagro todavía debía pasar otro a miles de kilómetros de distancia. Miró a su banca y las caras eran de emoción, parecía que ahora sí, esa gente si tenía sangre en las venas. Recibió una tímida felicitación por parte de la jugadora del Puerto y el juego continuó. Esta vez le mandaron marca personal a Luisa, pero sus compañeras habían adquirido fe en sus posibilidades.
El juego se trabó en medio campo y en la lucha por la posesión de la pelota. Alguien esta vez sí intentó buscar a Luisa (no fue un rebote) y ella recepcionó el pase, pero casi de inmediato sintió otro golpe por detrás en el mismo tobillo lastimado. La falta se marcó y la distancia era considerable. Luisa, al levantarse del suelo, notó que quién cobraría la falta era su guardameta, una chica alta y rubia de apellido Beauvoir, que a su vez le pidió:
―¡Rápido, levántate! ¡Ve arriba que allá la pongo!
Y Luisa corrió hasta el área rival donde ya todas sus compañeras esperaban el balonazo, y ya todas las rivales las marcaba de cerca… Y el balonazo fue al área. Una defensa ganó por lo alto, pero su despeje fue corto y una de las compañeras de Luisa regresó la pelota al área con otro cabezazo desesperado y ahí, cerca del área chica vio que la pelota le venía. Sintió un golpe en su abdomen, luego otro en su tobillo, pero no se tiró al suelo; en cambio, brincó un poco para recepcionar aquel último y desesperado intento de milagro con el pecho… y la pelota le quedó mansita en su muslo. Pero estaba de espaldas. Pensó en la chilena y en el taconazo, pero vio frente de si a la jugadora del Puerto y con la precisión que da el golpear una pelota millones de veces contra una pared para olvidar la ausencia de sus padres, se la puso en bandeja de plata a su compañera de habitación y esta, apenas recibió el pase, la golpeó tan fuerte como pudo al fondo de la portería contraria. Esta vez sí hubo grito de gol. Incluso hubo un lamento por parte de la portera y las jugadoras rivales.
La jugadora del Puerto corrió por la banda desde el área rival hasta su banca donde se abrazó con la entrenadora pues sentía haber anotado el gol de su vida (en efecto, lo era). Tan solo unos segundos tardaron las demás jugadoras para unirse a ese festejo de locura e incredulidad, aquello era un manicomio, la versión tangible de la jaula de las locas, mil veces locas.
Pero Luisa no corrió, se quedó quieta un instante mientras observaba la pelota dentro de la portería contraria y, solo hasta que la guardameta rival tomó la pelota y la despejó con toda la prisa del mundo, trotó hasta el medio campo y se dio el gusto de gozar. Observó de reojo el festejo de las demás y se puso frente a la pelota para evitar que las rivales jugaran rápido.
Las contrarias estaban desesperadas por reanudar el juego y ahora insultaban al árbitro al ver que no apresuraba a las compañeras de Luisa a regresar a su medio campo.
El juego se reinició gracias a la insistencia del árbitro suplente y los últimos segundos fueron dramáticos. El equipo rival mandaba centros al área de la Selección Nacional de manera infructuosa. A pesar del asedio, Luisa no se agotó en las labores defensivas, de hecho, lamentó que el árbitro pitara el final del partido pues ella apenas empezaba a sentirse a gusto sobre la cancha.
Cuando el silbatazo final del árbitro se escuchó claro y fuerte en aquel estadio semivacío, las compañeras de Luisa corrieron eufóricas hacia donde estaba la jugadora del Puerto.
Luisa miró un momento al cielo y decidió en ese instante que ese sería su último juego con la Selección pues ahí no había encontrado la camaradería que si recibía en el Achéron femenil, tampoco había encontrado goles ni gloria. En esas estaba con el cielo cuando sintió el abrazó efusivo y sincero del utilero con el que había hablado en el vestidor. Regresó tímidamente el abrazo y, cuando el utilero finalmente la miró a los ojos, los de él estaban llenos de lágrimas, su expresión estaba fuera de sí, eran un hombre desbordado por la felicidad.
―¿Qué te pasa? ―preguntó incrédula Luisa.
El utilero comprendió que Luisa no sabía.
―¡Calificamos a las Olimpiadas!
La noticia tomó a Luisa por sorpresa.
―Pero dijiste que aunque ganáramos otro milagro tenía que pasar en el otro partido.
―¡Y así fue! ¡Sucedió!
El utilero corrió hacia donde el resto del equipo estaba, no sin antes estampar un beso en la frente de Luisa.

Entonces un reportero abordó a Luisa. Iba a acompañado por un camarógrafo.
―¿Me permites una entrevista? ―le preguntó a Luisa, pero ella le regreso solo preguntas.
―¿De verdad calificamos?
―Sí. ¿Qué se siente ser olímpica?
―Pero ¿no era algo muy difícil?
―Sumamente difícil, pero pasó. Ellas quedaron fuera ―dijo el reportero ―. Puntearon todo el campeonato. Hoy solo necesitaban empatar con nosotros, pero tú acabaste con eso. En su propia cancha… ¡debes ser la más feliz de todas, hoy has guiado, en tu primer partido, a tu selección a las Olimpiadas!
―Bueno, supongo que ellas ya habían ido a muchas olimpiadas ¿no? ―dijo Luisa parafraseando a Drilo acerca del equipo rival.
―No, también iba a ser su primera vez. Tenían un equipo realmente fuerte, eso sí. Pero dime ¿Cómo sentiste el partido?
Luisa no le contestó. Al escuchar que las rivales habían caído tan estrepitosamente esa noche y al verlas desoladas sobre el césped, sintió la imperiosa necesidad de consolar. Así, se acercó a una de las rivales y la ayudó a levantarse del suelo. La jugadora rival estaba en un llanto terrible y cuando miró quién era quien la ayudaba, su llanto fue más copioso. Acto seguido, se quitó la camiseta, se quedó en top y se la dio. Era la camiseta con el dorsal 10 perteneciente a Margarida da Silva, una camiseta que no estaría en los Juegos Olímpicos. Luisa comprendió el gesto y lo completó también quedándose en top y dándole su camiseta con el corriente y nada especial ni cabalístico número 23 a la rival. Entonces, otras jugadoras rivales se acercaron a ella y una a una la saludaron de mano con un respeto infinito. No les importó su tristeza, la reconocían y le deseaban suerte en los Juegos Olímpicos a los que todas ellas dejarían de ir.
El reportero, por su parte, ordenó a su cámara no perder detalle de aquel drama. Y las chicas se fueron, dejaron a Luisa con la camiseta de su capitana en las manos. Entonces, sin importar el sudor, Luisa se puso la camiseta y lentamente salió del campo de juego hacia el vestidor. Estaba profundamente conmovida por lo que acababa de vivir de parte de esas mujeres extranjeras. En las escaleras que bajaban a los vestidores al fin cayó en cuenta:
―Voy ir a las Olimpiadas.
Y comenzó a llorar de felicidad en soledad, o casi pues la cámara la seguía.
Luego de un minuto ella siguió su camino y entró al vestidor donde todavía nadie había llegado. Hasta ahí pudo acceder el cámara pues Luisa le cerró la puerta dejándolo afuera y comenzó a darse una ducha. Poco a poco arribaron sus compañeras totalmente locas de la felicidad por el triunfo y la calificación. Al salir de la ducha, Luisa se encontró entre aquella fiesta nuevamente como el fantasma que era. Después de todo, ella no había anotado ninguno de los tres goles esa noche. Su entrenadora apenas si la felicitó, pero en esa felicitación solo le dejó clavada una herida:
―Tanque tenía razón, te debía convocar.
¿Tanque? ¿Cómo era posible que el mejor jugador del país la conociera? Apenas unos meses atrás ella le había pedido un autógrafo en el vestidor de los Celestes aquella Noche de la Venganza de Drilo (la prensa ya había bautizado así ese partido). Sintió que no estaba en la selección por sus propios méritos. En su mente comenzó a demeritar su logro como solía hacer con casi todas las cosas buenas que le daba la vida. Luego pensó que aquel partido era el primer partido oficial que ganaba en su vida, debía estar contenta, ¿no?, pero ella concluyó que eso era vergonzoso.
Mientras tanto, en la capital, Rosa se había cansado de monitorear el juego de Luisa por el internet en los portales deportivos del país y no encontrar absolutamente ninguna información. Solo treinta minutos después del silbatazo final, Rosa supo que su amiga sería olímpica. De inmediato mandó un mensaje a Succed y esta le avisó a Drilo, a Camacho, a Bartolomé y a Ricky.
Succed ordenó subir la información a la página oficial del Club, pero a pesar de eso Achéron durmió tranquilo esa noche, como si nada hubiese ocurrido.
Rosa también avisó una a una a las integrantes del Achéron femenil la noticia y cada una lo festejó a su manera, sin aspavientos, con una sonrisa o comentándolo con quién estaban en ese momento, ya sea mientras servían la cena al marido, mientras miraban una telenovela o arrullaban a algún retoño. Solo Alejandra, que llevaba ya más de un año limpia, saltó de júbilo en su diminuto cuarto que rentaba en una vecindad del barrio viejo de Achéron, abrió la ventana de su cuarto y le gritó a la noche ―¡Olimpiadas!
El grito rebotó en su eco con las viejas paredes de esas casas centenarias del centro de un poblado que nunca en su historia había tenido entre sus habitantes a un deportista olímpico, y mucho menos a una deportista olímpica. Aquel grito inauguraba todo, aquel grito liberaba un mundo, aquel grito se coló hasta las más viejas salas de máquinas de la mina de sal y pudo escucharse en los llanos vacíos de los campos de fútbol de la Liga de los Mineros.
Esa noche, las seleccionadas recién calificadas a los Juegos Olímpicos no durmieron. El equipo festejó en el bar del hotel. Luisa estuvo con ellas dos horas antes de sentirse demasiado somnolienta y se encaminó hacia su cuarto a dormir. Si bien estaba contenta con el hecho de haber calificado, no tenía ánimos para una fiesta; seguía sintiéndose extraña en ese equipo.
Ya de regreso en la capital, una a una en el aeropuerto Nacional las jugadoras se despidieron de Luisa sin ningún gesto más allá de la amabilidad.
Luisa decidió tomar un taxi rumbo a la estación de autobús y comprobó que seguía siendo una “don nadie” en una ciudad apresurada e insensible. Incluso buscó en las tapas de los diarios deportivos a ver si algo se decía de ellas, pero no hubo nada.  Arribó a Achéron y el tío Otulio le mencionó que Succed había salido con Drilo a cenar y ni siquiera mencionó alguna cosa del partido, mucho menos una felicitación; el tío ni siquiera sabía que había salido del país, tan distraído era.
A la mañana siguiente Luisa fue a la escuela donde todo fue normal, de ahí fue al Granma. El conserje la puso a limpiar el piso de los pasillos y cuando terminó se cambió para el entrenamiento de la tarde con el equipo femenil. Y ese día no hubo entrenamiento pues de inmediato, al ver a Luisa llegar, todas corrieron a recibirla. Sus compañeras no dejaban de felicitarla, de abrazarla y de proponer ir al Bar de los Mineros a festejar hasta muy tarde. Luisa comprobó, por primera vez, que hay equipos sin alma y sin chiste, como la Selección Nacional, y equipos que son la familia de una, la tribu, las hermanas, las amigas, hay equipos que aunque no ganen nunca, son la razón de vivir de una, eso era el Achéron femenil para Luisa.
Esa semana, Luisa saltó a la fama, pero no lo supo. El reportero que la había abordado esa noche del triunfo olímpico, mostró el material a su editor y este reconoció a Luisa.
―¡Espera!, espera, a ella la conozco. ¿No es la…? ―dijo el editor mientras buscaba entre un mar de papeles en su oficina y encontró una foto de Ricky con ella.
―Lo sabía. Increíble, no solo es hermosa, también es la estrella del equipo femenil nacional.
―En realidad solo ha jugado quince minutos…
―¡Cállate! Yo decido quién es la estrella del equipo que sea… ese es mi trabajo. Contáctala, pídele una entrevista. Y publica una historia, aquí hay una diosa hermosa del fútbol que además, en lugar de festejar su hazaña se dedica a consolar al rival derrotado. ¡Esto es oro!
La historia se publicó en páginas centrales del Diario Deportivo Nacional dos días después de la hazaña de Luisa. Alguien le avisó a Rosa y ella salió a comprar el diario en el puesto de revistas de la universidad. Al comprobar que aquello era cierto, pagó el diario y le mandó un mensaje a Luisa que en ese momento colgaba en su pared la camiseta número diez de una selección extranjera que no iría a los Juegos Olímpicos ese año.
―Saliste en el periódico… y no fue por Ricky.

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