XIV EL GUERRILLERO



Luisa intentó llamar a Rosa en los días siguientes curiosa de saber más sobre aquellas mujeres silenciosas y el Mefistófeles en mosaico, pero nada; su llamada no entraba. Llegó entonces el día del partido en que su equipo jugaba contra las Rojas, nuevamente de visita en la capital.
Para sorpresa de Luisa, de sus compañeras, del cuerpo arbitral y de las rivales, ese día en la cancha había cientos de espectadores, una docena de reporteros gráficos y un equipo de reportajes para la televisión. Aquella era sin duda una asistencia y una cobertura mediática récord. Luego de la sorpresa, cada una de las protagonistas dedujo en su mente la razón de tan desbordada atención.
Las compañeras de Luisa sabían desde hace días que algo así podía pasar: todos vendrían un día a ver a Luisa.
Por su parte, las jugadoras Rojas también leían los diarios deportivos y disfrutaban del entretenimiento que ofrecían las redes sociales; además, el mundo del fútbol femenil en aquel país miserable de gobierno asesino, era muy pequeño y eran las redes sociales las que permitían que aquello fuese un “pueblo chico, infierno grande”. Casi todas las jugadoras de la liga se conocían entre sí, no todas eran amigas ni solidarias, pero al menos todas sabían quién era quién en ese pequeño mundo. La aparición de las de Achéron las tomó por sorpresa a todas pues muchas no sabían dónde quedaba tal poblado. Varias consideraban que la aparición de un equipo femenino en Achéron obedecía al éxito de Camacho y Drilo con el primer equipo, él logró de la Copa y el ascenso a Primera División. Para muchas otras la aparición del Achéron femenil era completamente irrelevante y cuando las Rojas fueron notificadas que jugarían contra aquel nuevo equipo y de visita, pareció que alguien les hubiese informado que no jugarían y que en cambio tendrían que pasar un fin de semana bastante aburrido. Luego de aquel 1-20 asestado a las novatas, las Rojas corroboraron que su expectativa de un comienzo aburrido y sin chiste había sido acertado, pero incluso ellas supieron desde ese instante que algo había cambiado para siempre en el fútbol femenil del país. A veces, para reconocer que un jugador es bueno o de época, se debe recurrir a los números, partidos jugados, goles; pero a veces se puede reconocer a un buen jugador tan solo en como este (o esta) recepciona una pelota. Las jugadoras Rojas no eran unas neófitas del juego, desde aquel primer partido en contra del Achéron reconocieron en Luisa algo distinto y nuevo, refrescante y valiente. Luego, conforme pasaron las jornadas y se enteraban de que, a pesar de las goleadas en contra, la diez del Achéron marcaba en cada partido, se convencían de que aquella chica era distinta, era buena. Ser buen jugador no logra hacer que el resto en una cancha otorguen el respeto, hace falta más y cuando Luisa anotó aquel gol de chilena en contra de ellas, las Rojas le dieron todo el respeto a Luisa y juraron, cada una dentro de sí, que Luisa no les volvería a hacer algo así, ni en su campo ni en el cielo ni en el infierno. Les molestaba en sobremanera que llorara. Era comprensible, aquellas mujeres habían tenido que sufrir lo indecible para poder dedicarse a jugar fútbol en un mundo que por ese solo hecho las tachaba de lesbianas (aunque varias lo eran), de querer ser hombres (una que otra se sabía de antemano) o de ilusas, habían aprendido que las lágrimas no se otorgaban fácilmente, menos en una lucha contra el destino.

Cuando Luisa llegó a la selección y faltó al primer entrenamiento, corroboraron que aquella princesa no podía ser parte de ellas. Era un insulto su insolencia y no tardaron mucho en saber que era rica (o al menos eso creían) y que además, era novia de Ricky, el novato sensación del Fútbol varonil. Juega bien, sí; era distinta, sí;  pero: “está aquí gracias a su novio y su dinero”.  El colmo fue el reportaje que le daba todo el crédito del pase a los Juegos Olímpicos y las fotografías en la primera plana del Diario Deportivo Nacional y todo lo que siguió después. Era demasiado, la niña mimada debía caer ese día estrepitosamente.
Las jugadoras saltaron al campo y los aficionados, todos hombres, comenzaron a corear el nombre de Luisa. A ella se le caía la cara de vergüenza, aquello no era agradable.
Algunas jugadoras Rojas les molestaba, otras pensaban que eso era mejor, así podrían humillarla ante sus fans.
Como en el último partido contra las Rojas, el Achéron aguantó atrás con una defensa muy ordenada y entusiasta.
Luisa hizo labor de desgaste y presión; pero, aunque el juego se parecía mucho al anterior en cuanto a lo cerrado y severo, ella notó que cuando tenía la pelota el juego limpio no existía. Una falta tras otra y, aunque las Rojas recibían tarjetas de amonestación, no cesaban en su bombardeo constante a los tobillos de Luisa.
El primer tiempo terminó cero a cero bajo el coraje de las locales que realmente deseaban propinar una goleada profunda e inmisericorde a las de Achéron. Pero es que la portero Serdán estaba nuevamente en uno de esos días en que volaba para salvarlo todo.
Al medio tiempo, Luisa se acercó a Bartolomé  y casi al punto de las lágrimas buscó respuestas.
―¿¡No ve lo qué está pasando?! ¡Me están pegando como si les hubiera yo hecho algo!
Bartolomé trató de tranquilizar a su jugadora y le explicó lo mejor que pudo.
―Están molestas porque de alguna u otra forma, en quince minutos nomás, tú hiciste más que ellas en toda su vida. Entonces, por favor, sal y diviértete, deja que el árbitro se encargue.
En efecto, el juego continuó por el mismo tenor en la segunda parte y el árbitro, efectivamente, se hizo cargo, y en una fuerte entrada contra Luisa expulsó, por segunda amarilla, a una de las centrales de las Rojas. Los nuevos fans de Luisa silbaron e insultaron hasta el final de su camino hacia el vestidor a la jugadora infractora, al tiempo que animaban a Luisa con gritos de “¡Luisa, te amo!”.
 Con una jugadora menos, el partido tomó un rumbo favorable para las de Achéron y a doce minutos del final, Luisa recibió un pase cerca de su área y al mismo tiempo que recepcionaba, observó que Thenmuli, la del Corán y principal socia, le pedía la pelota sin marca y aprovechaba la ausencia que había dejado la central recién expulsada. El pase fue una joya y Thenmuli retuvo la pelota el tiempo suficiente para esperar a su socia y filtrarle el balón cerca de la línea de medio campo hacia la inconmensurable pradera que las separaba de la portería rival. Fue ahí que la número diez comenzó su trayecto hacia su primer triunfo con las de Achéron. Con velocidad, control y clase se quitó una barrida que ya no iba a la pelota sino a su tobillo. Luego se quitó otra barrida que ya no iba a su tobillo sino a su rodilla y dejó así frustrado el intento de lastimarla. Ese fue quizás el error de las Rojas, de no haber querido lastimar a Luisa sino quitarle únicamente la pelota a como diera lugar, muy probablemente la hubieran desarmado. Ya en el mano a mano frente a la portera, Luisa se inventó un amague hacia la derecha y salió hacia la izquierda. El intento de falta de la portero también falló. Sola con el marco abierto, esperó a definir, igual que Drilo en el partido de la Muerte, pero ella ya tenía esa película en su mente y sabía cómo resolver algo así. Amagó tirar al arco, pero no lo hizo. Una desesperada defensora se fue para siempre con ese amague y se precipitó al fondo de las redes de su propia portería. Entonces, tocó muy suave a gol, la pelota entró mansita y ligera dentro del arco… ¡y el júbilo estalló!
La lejanía de sus compañeras que la vieron hacer aquel gol de antología, le dio tiempo de quitarse la camiseta de su equipo y mostrar la blusa negra que llevaba debajo. Aquello no había sido planeado, era una simple cábala y no una protesta. Rosa no tenía nada que ver. Era solo que al redescubrir las cosas de su padre en el desván de su casa, Luisa, tomó ánimos para volver a la carga, para volver a jugar, para buscar a su madre y padre, para terminar la escuela, para decidir qué con ella y Drilo, para hacer lo que Rosa le pidiera, para volver a jugar como dios. Y la ropa de ese día fue considerada por Luisa parte de las claves en ese proceso, por eso utilizó esa blusa negra, la que había usado aquella tarde en que la curva sur del Granma se había pintado de negro y de mujer.
Las Rojas entraron en desesperación, los últimos minutos no fueron de Luisa sino de Serdán, la portera y sus defensas. También fueron doce minutos de frustración y abatimiento de las Rojas que al terminar el juego solo bajaron la cabeza ante la más vergonzosa de las derrotas. Una de ellas, la número cinco, también seleccionada nacional, alcanzó a lamentarse ―¡Carajo, cómo pudo habernos pasado esto!
Y es que, las Rojas, se habían hecho la consiga de darle una lección a aquella chamaca insolente, que jugaba bien, pero que no tenía derecho de colgarse la medalla del pase a los Juegos Olímpicos que ellas habían trabajado partido a partido en una dura jornada eliminatoria. Tenían que darle una lección a esa muchacha bonita que aparecía en los diarios con fotos provocativas sin decir nada inteligente y sin ninguna mención al trabajo en equipo y el esfuerzo, solo su vanidad. Era darle una lección a aquella que les había robado todo el crédito de una lucha que no se reducía únicamente a una sola eliminatoria de Juegos Olímpicos sino a un esfuerzo de generaciones y generaciones de mujeres que habían tenido que pasarla mal para poder jugar fútbol, para poder tener una Liga Nacional Femenil y para poder tener una Selección Nacional decente. Era golpear a esa chica rica, bonita, vanidosa y llorona para que se estuviera en paz y recordara su lugar en la tabla de posiciones: ellas, las Rojas, las mejores y multicampeonas, y ella, la joyita en bruto de un equipo novato que rompía el récord de derrotas y goles en contra de la liga, en el último lugar de la liga, ¡el último!
El árbitro pitó el final del encuentro. Luisa dio un hondo respiro y sin saber la causa recordó a su madre, alzó la vista y miró que Thenmuli, de rodillas, parecía dar gracias a su dios. Entonces, esa visión casi fantasmal, le recordó a su padre y la noche del partido de la muerte. Recordó la llamada de Ramos que le confirmaba lo peor. Y en esas tristezas estaba cuando su vista se topó con Alejandra Kolontái y su enorme sonrisa. Llevaba los brazos extendidos y gritaba como si alguien la estuviera lastimado, era el exorcismo de una vida dura que al final encontraba sentido. Abrazó a Luisa con brusquedad y gritó:
―¡Ganamos! ¡Por fin ganamos!
Y las demás llegaron a rodearlas, igual de alegres, igual de desbordadas. Parecía que habían ganado la Copa del Mundo y esa alegría se la llevaron cada una a su tumba hasta el último día en que vivieron sobre esta tierra.
Solo Inés, la capitana, parecía más seria y ecuánime cuando se acercó a darle la mano a Luisa, autora del gol causante de aquella alegría; pero su voz se quebraba pues aquella emoción era diferente a la satisfacción del deber cumplido en las tareas del hogar. No se sentía igual terminar de planchar una docena de camisas que aquello de ganar, por vez primera, un partido oficial de fútbol y que te pagaran por ello. Inés pensó que algo como eso solo lo había sentido al dar a luz; Alejandra, por su parte, pensó que aquello era mejor que una línea de cocaína de la cara.
Entonces, todas notaron que en esa fiesta, a la que ya había entrado Luisa, faltaba Serdán, la portera. Se había quedado debajo de su arco, derrumbada al centro del mismo con la cabeza abajo. Inés llegó con las demás a levantarla en hombros y todas notaron entonces que lloraba.
―Oye ― le habló la capitana del Achéron femenil― ¿y a ti qué te pasa?
―Nada, es solo que por fin le cumplí la promesa que le hago antes de empezar cada partido. No dejé que le hicieran daño.
―¿A quién? ―preguntó otra de las chicas.
―¡Al arco! ― respondió la guardameta.
Aquella había sido una de esas noches de primeras veces, el primer triunfo y la primera vez que habían logrado mantener el cero en su portería.
Por su parte, el viejo Bartolomé se fumó un último cigarrillo y nuevamente se repitió.
―Ya estoy viejo para estas cosas.
En todo el regreso en el autobús, las mujeres de Achéron, cantaron “We are the champions”. Y Luisa volvió a tomar fuerzas para lo que faltaba, ya fuera una búsqueda, una tumba o unos Juegos Olímpicos.
David había vencido a Goliat dos veces esa semana y el triunfo del Achéron Femenil también dio la vuelta al mundo por los antecedentes que lo precedían, por la cobertura mediática (hubo vídeo del gol de Luisa) y por la existencia de las redes sociales. El gran gol de Luisa se mereció así, una mención en los principales noticieros deportivos del país y del mundo. Incluso, en la arisca Achéron se supo de su hazaña: la niña guapa que anota goles maravillosos.
Las viejas del sindicato se mostraron entre si el vídeo de la niña que ellas habían impulsado a jugar. En el pizarrón de la tabla de posiciones de la Liga de los Mineros alguien pegó con una tachuela la nota del diario que hablaba de aquel triunfo de las de Achéron sobre las Rojas y eso se hizo una tradición cada que el periódico las mencionaba. En una de las paredes de ladrillo rojo del Granma, algún artista callejero plasmó el retrato de Luisa al estilo esténcil junto con la frase: “De estirpe minera”; justo al lado también de los retratos de Drilo, Ricky y otros miembros de la plantilla actual y de tiempo atrás. Su festejo, su nombre, su categoría como estrella a pesar de solo acumular diecisiete minutos con su selección, se convirtieron en trending topic en las redes sociales y en leyenda en Achéron.
Y Rosa miró todo aquello desde el puesto de periódicos de la universidad.
―Luisa, fuiste mencionada en siete periódicos, dos de ellos no son exclusivos de deportes. Saliste en dos noticieros de la noche. Y fuiste mencionada en varios portales deportivos del internet. Tienes un club de fans ya y una galería de fotos y videos. Luisa, si tu madre está viva no puede pasarle de noche esto. Incluso el Comité Olímpico ya tiene tu ficha como jugadora y tus estadísticas.

―Ok, me parece bien, Rosa. No todo es tan bueno, hoy me escribió Arturo García, el chico de la capital y ¿sabes qué me dijo? Que ya no podía escribirme porque no se sentía cómodo con eso de que yo saliera en las revistas. Y de hecho ya no me contesta ninguno de mis mensajes ni llamadas.
―Mentalidad pequeña de macho urbano ―le respondió Rosa que minimizaba aquel desamor virtual.
―Pero oye ―dijo Luisa ―, ¿por qué usaron el diablito para mostrarlo en el estadio?
Rosa guardo silencio.
―Oh, sí, te explicaré eso, también tengo que… tu papá. Tengo algo que decirte acerca de eso, pero me gustaría que no fuera por teléfono, por cierto este es mi nuevo número, cambiaré de número cada mes, por precaución.
―¿Por precaución? ¿De qué hablas?
―Son consejos que me ha dado Ramos, el ex policía que también me informó de tu padre. Oye realmente necesito hablar contigo de eso. ¿Cuándo vendrás de nuevo a la capital?
―No sé. Y además en los partidos no nos dan tiempo de salir a pasear. ¿No puedes tú venir a Achéron? Además, ahora Drilo se le ha metido en la cabeza que tengo que entrenar el doble de tiempo que antes porque dice que debo ser una atleta responsable. Me dieron un permiso especial en la escuela para poder entrenar. Aunque disfruto mucho estar más tiempo con Drilo, aunque sea como entrenador, no sé, ahí creo que sigo sintiendo algo, pero también pienso que es muy estúpido, él está enamorado de Succed y ahora que tiene dinero la lleva a todas partes y le compra regalos. Y a mí solo me entrena… Es muy extraño todo esto, amiga. Además, ahora toda la gente me mira al caminar por la calle. No puedo ir a ningún lado sin sentir que están hablando de mí, que me reconocen o que les desagrado.
―¡Ya te miraban desde antes! Pero es que tú no te dabas cuenta. Puedo ir a Achéron la próxima semana. Y gracias por mostrar tu apoyo a la causa, eso tampoco les pasó desapercibido. Algunos han mencionado que al ser tú de Achéron te uniste a la causa de Curva Sur.

Luisa no quiso desmentir a su amiga diciéndole que aquello había sido por otras razones, una casualidad y no una protesta. Se despidieron y tomó camino para ir al entrenamiento. En efecto, ya no tenía tiempo de limpiar los baños ni los pasillos del estadio, ni tampoco de ir a la escuela, veía más tiempo a Drilo, pero este solo estaba enfocado ahora en “salvarla” de nuevo y hacer de ella una atleta. Succed, por su parte, le pagó un nutriólogo y varios exámenes médicos, y eso molestaba mucho a Luisa pues amaba el azúcar, la grasa y los dulces, así como dormir tarde, escuchar música a alto volumen o masturbarse. Ser atleta implicaba abandonar, pensaba ella, la parte más bella de vivir. Y sin embargo, cada mañana se levantaba ahora animada, se miraba al espejo y se decía:
―Voy a ir a las Olimpiadas, voy a encontrar a mis papás y voy a ir a la universidad algún día.
Ese día el equipo Achéron femenil recibió nuevos uniformes de entrenamiento y de juego. La novedad es que en la camiseta ahora se estampaba la publicidad de una reconocida marca de perfumes femeninos en la parte delantera y en la trasera, debajo del número de cada jugadora, estaba la marca de la línea deportiva “especial para mujeres”. Otra novedad era el corte de mujer y es que todo ese tiempo las de Achéron habían utilizado una versión en talla pequeña del uniforme masculino.
Todas estaban contentas por aquello, pero sabían que esas bondades no eran gratis. La única que se atrevió a decir lo que nadie se atrevía fue nuevamente Alejandra.
―Gracias Luisa, gracias por ser buena para jugar. Y por darnos nuestro primer triunfo, los goles y los Juegos Olímpicos. Gracias por traer estos uniformes nuevos.
 Alejandra abrazó a Luisa como si de un oso de peluche enorme se tratara y la número diez no supo bien qué decir ni cómo reaccionar. Sabía que Alejandra no quería molestarla ni tampoco bromeaba, realmente estaba agradecida.
En eso de probarse y disfrutar los nuevos uniformes estaban cuando el utilero del equipo le entregó a Luisa un paquete especial para ella. Era una camiseta, pero no era parte del uniforme. Era negro y tenía escrito en letras blancas por el frente la palabra “Libertad” y por detrás “Abran los archivos”. Una pequeña tarjeta de presentación tenía escrita la firma de Rosa. Luisa volvió a meter la camiseta a su caja sin que nadie la viera. El día del siguiente partido viajaron al Puerto nuevamente (solo eran diez equipos en la liga por lo que se jugaba cuatro veces contra cada equipo).
En ese trayecto el equipo viajó en un mejor autobús que en las ocasiones anteriores. Se hospedaron en un hotel más bonito y Alejandra no dejaba de dar las gracias a Luisa por todo aquello. Al entrar a la cancha había un calor sofocante de 35 grados centígrados y una humedad del demonio. Luisa se puso la camiseta de la Curva Sur debajo de la nueva camiseta oficial pero aquel clima de horno de barbacoa le hizo arrepentirse de haberlo hecho.
―¡Maldita seas, Rosa! ―exclamó al ya estar sobre el césped donde se llevaría a cabo ese difícil compromiso y sin haber comenzado el juego ya sudaba copiosamente.
Antes de que la árbitro de ese partido entrara al campo, la jugadora número diez del Puerto se acercó hasta Luisa y la abrazo en una extraña muestra de cariño, como si llevarán años de conocerse..
―¡Niña llora mucho! ¡No sé de donde saliste pero que bueno que juegas con nosotras!
―No, hoy somos…
―¡Me refiero a la Selección, al país! Eres muy buena, pero espero que hoy podamos contra tu equipo.
Aquello no tenía sentido, las últimas veces las del Puerto habían metido doce y nueve goles al equipo de Luisa. Pero también era cierto que las de Achéron habían mejorado mucho y habían adquirido algo vital para todo equipo de fútbol del planeta: ritmo. Tampoco era poca cosa el triunfo, de visita y contra todo pronóstico, ante las Rojas.
Así, aunque al descanso las del Puerto ganaban por tres a cero, las de Achéron ya no estaban fuera de sí ni eran presa fácil de nadie. Bartolomé hizo algunos ajustes y corrió a Luisa hacia la banda izquierda. Desde ahí, durante la segunda parte, iniciaron todos los ataques del Achéron, pues Luisa cada que tocaba la pelota se quitaba a una rival y de inmediato buscaba dónde estaba Thenmuli para darle la pelota e inventar alguna corrida por la banda o por el centro; la del Corán, por su parte, había entendido a la perfección que gran parte de su papel era darle juego a Luisa y sus pases debían ser siempre exactos. Sobra decir que, mientras Luisa corría mucho todo el partido, la del Corán era como una leona por la sabana, caminado casi siempre hasta que Luisa encontraba la pelota, la leona dormida despertaba y se desmarcaba para que la número diez de Achéron siempre la encontrara sola y sin marca. Así, Thenmuli fue la principal socio de Luisa en aquella batalla imposible y con un gol de Thenmuli y otro de Luisa, el juego estaba para cualquiera, tres a dos. El gol de Luisa había sido un remate dentro del área chica en un tiro de esquina, nada espectacular. Por eso se había olvidado de festejar quitándose la camiseta.
Pero a cuatro minutos del final, Luisa hizo una calca de su gol contra las Rojas, llevó la pelota desde la media cancha, dribló a las rivales como obstáculos de palo y definió con toda calma con la parte exterior del pie ante la salida aparatosa y desesperada de la portero. Había hecho otro tremendo gol que nuevamente era registrado en vídeo. Se acercó a uno de los fotógrafos y se quitó la camiseta de juego enfrente de él. La cámara registró cada letra de la consigna que llevaba escrita aquella camiseta negra. La árbitro amonestó a Luisa, pero ella no reclamó.
El partido terminó tres a tres, las de Achéron llevaban dos partidos sin perder y Luisa era entrevistada por la prensa del Puerto.
―¿Cómo te vas después de este juego?
―Muy contenta. Gracias.
―¿Cómo está Ricky? ―preguntó otro.
―No sé, yo creo que bien.
―Luisa ―preguntó otro más ―, tu camiseta, tenía escrito “libertad abran los archivos”. ¿Por qué?
En todo ese tiempo de preguntas y respuestas Luisa había intentado salir del campo de juego no sin antes intercambiar la camiseta con la número diez del Puerto que nuevamente la saludó alegremente al final del partido, pero al escuchar esa pregunta, Luisa se detuvo y miró a quién le había hecho la pregunta. Era un joven de barba con una pequeña grabadora, que con el pulgar en alto trataba de indicarle que todo estaba bien.
―Sí, eso. Libertad para nosotras, para todos, para todas. De saber dónde están mis padres y qué pasó con ellos y así con los hijos, esposos, esposas y familia de muchas personas de este país que queremos respuestas. Que se abran los archivos para que encontremos a nuestros familiares.
Nadie más hizo preguntas, aquella respuesta había tomado a todos por sorpresa, excepto a quién la había formulado. La situación había sido tan chocante para la prensa común y corriente que un desprecio por la pregunta y la respuesta les desmotivó de hacer más cuestionamientos a Luisa acerca de su belleza, de su perfume, de su “novio” o de su dieta para mantenerse tan linda. Los muertos eran evidentes. Era obvio que ese país de miserables no era el paraíso que el gobierno y los dueños del dinero decían (al menos no para alguien que no fueran ellos), pero ponerlo sobre una mesa de debate por televisión, en una columna de opinión o en un programa de radio era desagradable y por eso era mejor no recordarlo. Finalmente, existían los centros comerciales, la comida rápida, las redes sociales y el bendito fútbol que mantenían las cosas serias en su lugar: la basura.
Ya en el autobús de regreso, Rosa llamó a Luisa por teléfono y la felicitó por el juego y la entrevista. Aquello había tenido el eco suficiente para llamar la atención de numerosos sectores de la sociedad aunque todavía nadie podía entender hasta donde pensaba llegar la jugadora con aquello o si eso tenía relación directa con la tribuna negra del partido anterior en la Primera División. Para los grupos de activistas era evidente esa relación, para el gobierno también, pero los medios de comunicación y la sociedad en general se mantuvieron al margen, no lo dieron la importancia, no lo comprendían o no lo sabían. También se jactó en aquella llamada sobre la estrategia de mandar a un compañero de la universidad, egresado de periodismo y afín a las causas sociales, para pedir certificación como prensa para el juego de Luisa, y luego él, con toda la intensión, había preguntado sobre la consigan en la camiseta.
Sin embargo, esa semana, le llegó al Club Achéron una multa pesada por el acto de la camiseta, el argumento de la liga para tal castigo era la regla que prohibía consignas de corte político en los partidos de fútbol por parte de los jugadores.
Succed recibió la multa y la notificó a Bartolomé que a su vez habló con Luisa y le prohibió volver a quitarse la camiseta durante un partido.
Fue en esa semana cuando Rosa se reunió con Luisa en Achéron, se tomaron un helado cerca del Bar de los Mineros y Rosa comenzó a describir todas las acciones, repercusiones y apoyo que el movimiento de la Curva Sur tenía ya no solo a nivel nacional, sino mundial.
―Eso está bien, pero lo de las camisetas ya no puede ser. Nos metieron una multa muy pesada y aunque Succed no ha dicho nada, yo sé que está muy molesta conmigo. También Drilo lo está y si me lo dijo, que me olvidará de hacerte caso. Él supo, de alguna forma, que tú estabas atrás de todo esto, Rosa. Si tan tonto no es. Pero yo tampoco soy tonta y no voy a dejar de escucharte ni de apoyarte en esto.
―Sí, y no te pudo pedir que lo hagas otra vez. Pensaremos en otra cosa. No te preocupes.
Se sentaron en una banca cercana al parque central de Achéron y, mientras disfrutaban su helado como en los viejos tiempos cuando les sobraba vida para no hacer nada más que vagar por el pequeño pueblo en primavera, observaron que, frente a ellas, estaba la solución al problema de la camiseta. Una solución radical..
―Luisa, ¿te gustan los tatuajes?

Luisa aceptó tatuarse, sobre su muslo, el Mefistófeles de “Tierra y Libertad”.
El tatuador, un muchacho de apariencia oscura e intelectual, aceptó con gusto el trabajo de dibujar sobre la piel de Luisa al hermano de Satanás y el lema. Le pidió a Luisa que se quitara el pantalón que llevaba puesto. Rosa tuvo que ir al centro comercial y comprarle unos pantalones cortos a Luisa pues el ceñido pantalón de mezclilla que llevaba puesto era inadecuado para vestir durante y después de un tatuaje en la pierna. Aquello del Mefistófeles era una afrenta indirecta contra el reglamento de la liga que no decía nada acerca del arte sobre piel, aun si estos tenían consignas o simbolismo político, varios jugadores de la Primera División portaban tatuajes, muchos evocaban imágenes religiosas o alicientes deportivos.
Entonces el tatuador les dio su opinión.
―Mira, si fuera la cruz nazi, por supuesto que te multarían, pero la barra Celeste tiene banderas con esvásticas en la tribuna y no los multan. En cambio, si te tatuaras la cruz cristiana todos te dirían que eres una buena niña, aunque por esa cruz fueron masacrados los habitantes originales de esta tierra. La cruz cristiana carga con más muertos que Hitler, pero si la llevas tatuada eres buena niña… hijos de puta. Pero a Mefistófeles ¿quién lo conoce? que me parta un rayo si esos del gobierno o de la liga saben quién es el diablo. Ellos creen en Jesús y esas madres del pecado. Están en el gobierno justamente porque no leen.
A pesar de la explicación, para Rosa era evidente que los del gobierno sabrían que aquel tatuaje era para ellos.
También, a pesar de la explicación, a Luisa le dolió hasta el alma el arte sobre su piel y, gracias al partido de sanción que le dieron por el acto de quitarse la camiseta y mostrar una consigna política, supo que tenía al menos una semana para no externar ese dolor sobre una cancha de fútbol.
Luisa ofreció a Rosa dormir en la casa del Gran Cabo, y la muchacha aceptó. Pensó que Luisa requerirá refuerzos para explicar lo del tatuaje. Así, se preparó para una guerra santa sobre buenas costumbres, perpetuidad y prejuicio. Pensaba en que, de haber sido ella la del tatuaje y la que hubiese tenido que ser la que se lo explicara a sus padres, estaría muerta de miedo. Así era Rosa, con alevosía e insolencia podía escupirle al gobierno a la cara, pero ante el regaño de alguno de sus padres, se moría todavía del terror.
Cuando llegaron a la casa, supieron que Drilo y Succed cenaban en la gran mesa del comedor pues sus voces se escuchaban y la luz de la habitación iluminaba parcialmente el pasillo. Luisa tenía al descubierto la parte tatuada de su pierna y entró al comedor sin pensar mucho en el tatuaje. Saludó a Drilo y a su tía que disfrutaban alguna pizza de esas que se entregan a domicilio ya frías.
Por su parte, Succed ofreció a Luisa y a Rosa sentarse a la mesa y tomar un poco de pizza.
Pero Luisa permaneció de pie, sin moverse ni aceptar la invitación. Sabía que era cuestión de tiempo…
 ―¿Qué te…? ―preguntó Succed al ver el tatuaje.
―Es un tatuaje ―dijo Luisa tratando de explicar lo obvio.
Succed miró al techo como si esperara la intercesión de algún dios en el que no creía.
―¡Válgame el cielo! ― alcanzó a decir Succed al tiempo que regresaba la vista hacia las chicas.
Drilo, en ese momento, era un ser que deseaba no estar ahí presente, si  hubiera tenido el poder extraordinario de la tele-transportación lo hubiera ocupado, pero el diez de Achéron solo tenía súper-poderes en su pierna izquierda y solo le servían para hacer goles. De hecho, era extraño que Drilo estuviera en la casa del Gran Cabo, pero hacía pocos días, luego del triunfo sobre los Celestes, que aquella casa se había convertido en el único lugar en toda Achéron y la capital en donde la pareja podía estar sin que le pidieran a Drilo una firma o una foto. Incluso, dos días antes habían dormido juntos por primera vez en esa casa y no en una habitación de algún hotel de lujo. La casa del Gran Cabo la habían comenzado a ocupar como refugio para su romance asediado por la fama.
Succed se acercó a Luisa para ver el tatuaje.
―Pero, ¿por qué haces estas cosas? ¿Por qué haces todo sin permiso? ¿No sabes que esto es para siempre? Y además… ¡¿qué cosa tan fea es la que te tatuaste?! ¿¡En qué estabas pensando?! ¡Eres una total…!
―Yo tengo la culpa ―intervino Rosa.
Succed guardó silencio, pero no le creyó a Rosa, sabía que Luisa estaba tan loca que aquello bien podía ser totalmente de su autoría.
―No la defiendas, por favor…
―No la defiendo, solo explico los hechos. Yo le dije que lo hiciera, pero es por algo que creemos necesario. Para Luisa, para ustedes y para el país.
―¿¡Para el país…?! ―reclamó Succed.
―Yo fui ―continuó Rosa ―la que habló con el ex policía que supo del destino del padre y la madre de Luisa…
Rosa explicó lo mejor que pudo como había dado con Ramos y la situación de los archivos clasificados, las fosas y las desapariciones. Describió lo que había encontrado sobre “Tierra y Libertad” y su relación con los fanáticos rojos y “Caballo Loco”, el alias de Marcos Nadiani, el cómo la policía o el ejército, o ambos, habían disparado a quema ropa a la gente ese día del Partido de Muerte y el mal llamado gol fallado de la paz. Explicó el porqué había tan pocos documentos de vídeo sobre la matanza de ese día en el estadio…
―La bomba que estalló en la Estación Central de Trenes hizo que se endurecieran las medidas de seguridad en todos los eventos públicos. Por eso no dejaban pasar teléfonos celulares ni cámaras a los estadios.
Succed escuchó con asombro, pero se mantuvo incrédula. Drilo parecía estar en un juicio donde se le absolvía de toda culpa por fallar ese gol frente a los Celestes de Tanque.
Luisa, restructuraba en su cabeza toda esa historia que paso a paso cuadraba más en su mente.
―Una de las cosas que aún no logro entender es por qué los mataron ese día y no los arrestaron solamente. No entiendo por qué los mataron a todos ―dijo finalmente Rosa y dio a entender que faltaban todavía muchas preguntas por responder.
Rosa terminó su explicación, pero se dio cuenta que no había explicado el tatuaje. Entonces abrió su mochila y sacó la litografía del Mefistófeles y la puso sobre la mesa.
―Tierra y libertad ― dijo Rosa.
Luisa intervino por primera vez.
―Si mi mamá está viva y mandó una última carta desde otro país, necesitamos saberlo ya y eso solo lo sabremos si se abren los archivos y las fosas de la prisión y si la encontramos ahí o no…
―¿Y el tatuaje para qué es? ―preguntó Succed todavía sin conmoverse.
―Es un medio de presión ―dijo Rosa ―. Ramos dice que si logramos ejercer suficiente presión sobre el gobierno este se verá obligado a discutir el asunto. Si logramos que esto sea un asunto internacional, quizás podamos aumentar más esa presión. Y eso lo podremos lograr durante los Juegos Olímpicos.
Succed se vio sorprendida por aquella última afirmación. Aquello era demasiado, todo parecía una elucubración esquizofrénica de dos adolescentes que habían superado los límites de la razón y la realidad.  Los ojos se le saltaron y emitió su sentencia.
―Ustedes están locas. ¿Qué no se dan cuenta de que solo son unas niñas? Mañana mismo iremos al médico a que nos diga cómo te puede borrar esa cosa de la pierna, Luisa. Y no iras a ninguna olimpiada a hacer estupideces.
―¡No! ―respondió Luisa llena de furia ―, ¡estas no son estupideces! ¡Es lo que hizo mi mamá!, ¡es lo que hizo mi abuelo!, ¡y tú eres la estúpida porque nunca hiciste nada! ¡Nunca los buscaste! ¡Nunca buscaste a tu familia!
―¡Y los que buscaron acabaron muertos, Luisa! ¡¿Quieres terminar así?! ―gritó Succed al mismo tiempo que abofeteaba a su sobrina.
Un odio contenido todos esos años emergió desde el fondo del alma de Luisa. Se le abalanzó a Succed a golpes, la tiró sobre la mesa y le asestó un certero golpe en la nariz y otro en el abdomen. Drilo tuvo que poner toda su fuerza para contenerla. Ella le mordió la mano y puso el último clavo sobre ese ataúd en el que la discreción sería enterrada.
―Déjame en paz ―dijo Luisa luego de herir a Drilo con sus dientes ―. Tu solo eres un cobarde. Ni siquiera puedes decirle a ella que tuvimos sexo la noche que tiré el coche al mar.
Rosa sintió demasiada culpa y sabía que todavía faltaba que ella asestara el peor golpe de toda la noche a esa familia.
Succed, completamente sorprendida por aquella violencia de la que había sido víctima, se levantó pesadamente de la mesa. Recogió sus gafas del suelo (estaban completamente rotas). Sentía dolor por los golpes, pero el dolor interno era más grave, el dolor de la verdad, el de saberse odiada y traicionada por el único futuro que, hasta ese momento, le quedaba a su estirpe.
Drilo la asistía y, mientras Succed se recuperaba y tomaba aire, observó que ahora Luisa estaba de rodillas sobre el suelo, con la cabeza abajo, colapsada emocionalmente.
―No voy a quedarme aquí esta noche― comenzó Rosa su último mensaje ―. Pediré un taxi y me iré. Les pido una disculpa. Lamento todo esto, lamento mucho todo… Pero tengo una cosa más que decirles y no puedo guardarlo más. Sé que es el peor momento… bueno. En esta hoja está el nombre y el número que lleva la tumba del padre de Luisa en el Panteón Central de la capital.
Tan solo dijo eso, Luisa se dejó caer al suelo completamente, era demasiado.
Succed quedó destrozada por dentro y Drilo fue testigo involuntario de aquel drama que parecía absurdamente desencadenado por un tatuaje.
Antes de irse, Rosa se acercó hasta donde Luisa, y le pidió perdón. Perdón por lo que había pasado en el comedor de su casa, perdón por el tatuaje y perdón por haberle dicho hasta ese día que su padre estaba muerto.
―Si no quieres verme más lo entiendo ―dijo Rosa a Luisa.
Tomó su mochila y se fue.
Luego llegó el tío Otulio de la mina y se encontró con ese campo de batalla que era el comedor. La pizza yacía sobre el suelo. La salsa de tomate derramada sobre la mesa se confundía con la sangre de Succed. Luisa estaba ya sentada en una silla, desolada y en llanto con su tatuaje en carne viva. Y en el medio, el número diez del F.C. Achéron atendía y trataba de consolar torpemente a sus dos mujeres, las dos mujeres de su vida.
―¡¿Qué pasó aquí?! ―preguntó espantado el tío Otulio.
Drilo no supo decir palabra. Fue Luisa la que, poniéndose en pie, le respondió a medias.
―Mi papá murió.
―¿Cómo? ¿De qué hablas? ―preguntó el tío en medio de la confusión.

Entre la sangre y la saliva, Succed tomó aliento para explicar finalmente que:
―Eso parece… Pero creo que ahora tenemos, al menos… una tumba… una tumba que llorar.

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