Luisa intentó llamar a Rosa en los días siguientes curiosa de saber más
sobre aquellas mujeres silenciosas y el Mefistófeles en mosaico, pero nada; su
llamada no entraba. Llegó entonces el día del partido en que su equipo jugaba
contra las Rojas, nuevamente de visita en la capital.
Para sorpresa de Luisa, de sus compañeras, del cuerpo arbitral y de las
rivales, ese día en la cancha había cientos de espectadores, una docena de
reporteros gráficos y un equipo de reportajes para la televisión. Aquella era
sin duda una asistencia y una cobertura mediática récord. Luego de la sorpresa,
cada una de las protagonistas dedujo en su mente la razón de tan desbordada
atención.
Las compañeras de Luisa sabían desde hace días que algo así podía pasar:
todos vendrían un día a ver a Luisa.
Por su parte, las jugadoras Rojas también leían los diarios deportivos y
disfrutaban del entretenimiento que ofrecían las redes sociales; además, el
mundo del fútbol femenil en aquel país miserable de gobierno asesino, era muy
pequeño y eran las redes sociales las que permitían que aquello fuese un
“pueblo chico, infierno grande”. Casi todas las jugadoras de la liga se
conocían entre sí, no todas eran amigas ni solidarias, pero al menos todas
sabían quién era quién en ese pequeño mundo. La aparición de las de Achéron las
tomó por sorpresa a todas pues muchas no sabían dónde quedaba tal poblado.
Varias consideraban que la aparición de un equipo femenino en Achéron obedecía
al éxito de Camacho y Drilo con el primer equipo, él logró de la Copa y el
ascenso a Primera División. Para muchas otras la aparición del Achéron femenil
era completamente irrelevante y cuando las Rojas fueron notificadas que
jugarían contra aquel nuevo equipo y de visita, pareció que alguien les hubiese
informado que no jugarían y que en cambio tendrían que pasar un fin de semana
bastante aburrido. Luego de aquel 1-20 asestado a las novatas, las Rojas
corroboraron que su expectativa de un comienzo aburrido y sin chiste había sido
acertado, pero incluso ellas supieron desde ese instante que algo había
cambiado para siempre en el fútbol femenil del país. A veces, para reconocer
que un jugador es bueno o de época, se debe recurrir a los números, partidos
jugados, goles; pero a veces se puede reconocer a un buen jugador tan solo en
como este (o esta) recepciona una pelota. Las jugadoras Rojas no eran unas
neófitas del juego, desde aquel primer partido en contra del Achéron
reconocieron en Luisa algo distinto y nuevo, refrescante y valiente. Luego,
conforme pasaron las jornadas y se enteraban de que, a pesar de las goleadas en
contra, la diez del Achéron marcaba en cada partido, se convencían de que aquella
chica era distinta, era buena. Ser buen jugador no logra hacer que el resto en
una cancha otorguen el respeto, hace falta más y cuando Luisa anotó aquel gol
de chilena en contra de ellas, las Rojas le dieron todo el respeto a Luisa y
juraron, cada una dentro de sí, que Luisa no les volvería a hacer algo así, ni
en su campo ni en el cielo ni en el infierno. Les molestaba en sobremanera que
llorara. Era comprensible, aquellas mujeres habían tenido que sufrir lo
indecible para poder dedicarse a jugar fútbol en un mundo que por ese solo
hecho las tachaba de lesbianas (aunque varias lo eran), de querer ser hombres
(una que otra se sabía de antemano) o de ilusas, habían aprendido que las
lágrimas no se otorgaban fácilmente, menos en una lucha contra el destino.
Cuando Luisa llegó a la selección y faltó al primer entrenamiento,
corroboraron que aquella princesa no podía ser parte de ellas. Era un insulto
su insolencia y no tardaron mucho en saber que era rica (o al menos eso creían)
y que además, era novia de Ricky, el novato sensación del Fútbol varonil. Juega
bien, sí; era distinta, sí; pero: “está
aquí gracias a su novio y su dinero”. El
colmo fue el reportaje que le daba todo el crédito del pase a los Juegos
Olímpicos y las fotografías en la primera plana del Diario Deportivo Nacional y
todo lo que siguió después. Era demasiado, la niña mimada debía caer ese día
estrepitosamente.
Las jugadoras saltaron al campo y los aficionados, todos hombres,
comenzaron a corear el nombre de Luisa. A ella se le caía la cara de vergüenza,
aquello no era agradable.
Algunas jugadoras Rojas les molestaba, otras pensaban que eso era mejor,
así podrían humillarla ante sus fans.
Como en el último partido contra las Rojas, el Achéron aguantó atrás con
una defensa muy ordenada y entusiasta.
Luisa hizo labor de desgaste y presión; pero, aunque el juego se parecía
mucho al anterior en cuanto a lo cerrado y severo, ella notó que cuando tenía
la pelota el juego limpio no existía. Una falta tras otra y, aunque las Rojas
recibían tarjetas de amonestación, no cesaban en su bombardeo constante a los
tobillos de Luisa.
El primer tiempo terminó cero a cero bajo el coraje de las locales que
realmente deseaban propinar una goleada profunda e inmisericorde a las de
Achéron. Pero es que la portero Serdán estaba nuevamente en uno de esos días en
que volaba para salvarlo todo.
Al medio tiempo, Luisa se acercó a Bartolomé y casi al punto de las lágrimas buscó
respuestas.
―¿¡No ve lo qué está pasando?! ¡Me están pegando como si les hubiera yo
hecho algo!
Bartolomé trató de tranquilizar a su jugadora y le explicó lo mejor que
pudo.
―Están molestas porque de alguna u otra forma, en quince minutos nomás,
tú hiciste más que ellas en toda su vida. Entonces, por favor, sal y
diviértete, deja que el árbitro se encargue.
En efecto, el juego continuó por el mismo tenor en la segunda parte y el
árbitro, efectivamente, se hizo cargo, y en una fuerte entrada contra Luisa
expulsó, por segunda amarilla, a una de las centrales de las Rojas. Los nuevos
fans de Luisa silbaron e insultaron hasta el final de su camino hacia el
vestidor a la jugadora infractora, al tiempo que animaban a Luisa con gritos de
“¡Luisa, te amo!”.
Con una jugadora menos, el
partido tomó un rumbo favorable para las de Achéron y a doce minutos del final,
Luisa recibió un pase cerca de su área y al mismo tiempo que recepcionaba,
observó que Thenmuli, la del Corán y principal socia, le pedía la pelota sin
marca y aprovechaba la ausencia que había dejado la central recién expulsada.
El pase fue una joya y Thenmuli retuvo la pelota el tiempo suficiente para
esperar a su socia y filtrarle el balón cerca de la línea de medio campo hacia
la inconmensurable pradera que las separaba de la portería rival. Fue ahí que
la número diez comenzó su trayecto hacia su primer triunfo con las de Achéron.
Con velocidad, control y clase se quitó una barrida que ya no iba a la pelota
sino a su tobillo. Luego se quitó otra barrida que ya no iba a su tobillo sino
a su rodilla y dejó así frustrado el intento de lastimarla. Ese fue quizás el
error de las Rojas, de no haber querido lastimar a Luisa sino quitarle
únicamente la pelota a como diera lugar, muy probablemente la hubieran
desarmado. Ya en el mano a mano frente a la portera, Luisa se inventó un amague
hacia la derecha y salió hacia la izquierda. El intento de falta de la portero
también falló. Sola con el marco abierto, esperó a definir, igual que Drilo en
el partido de la Muerte, pero ella ya tenía esa película en su mente y sabía
cómo resolver algo así. Amagó tirar al arco, pero no lo hizo. Una desesperada
defensora se fue para siempre con ese amague y se precipitó al fondo de las
redes de su propia portería. Entonces, tocó muy suave a gol, la pelota entró
mansita y ligera dentro del arco… ¡y el júbilo estalló!
La lejanía de sus compañeras que la vieron hacer aquel gol de antología,
le dio tiempo de quitarse la camiseta de su equipo y mostrar la blusa negra que
llevaba debajo. Aquello no había sido planeado, era una simple cábala y no una
protesta. Rosa no tenía nada que ver. Era solo que al redescubrir las cosas de
su padre en el desván de su casa, Luisa, tomó ánimos para volver a la carga,
para volver a jugar, para buscar a su madre y padre, para terminar la escuela,
para decidir qué con ella y Drilo, para hacer lo que Rosa le pidiera, para
volver a jugar como dios. Y la ropa de ese día fue considerada por Luisa parte
de las claves en ese proceso, por eso utilizó esa blusa negra, la que había
usado aquella tarde en que la curva sur del Granma se había pintado de negro y
de mujer.
Las Rojas entraron en desesperación, los últimos minutos no fueron de
Luisa sino de Serdán, la portera y sus defensas. También fueron doce minutos de
frustración y abatimiento de las Rojas que al terminar el juego solo bajaron la
cabeza ante la más vergonzosa de las derrotas. Una de ellas, la número cinco,
también seleccionada nacional, alcanzó a lamentarse ―¡Carajo, cómo pudo
habernos pasado esto!
Y es que, las Rojas, se habían hecho la consiga de darle una lección a
aquella chamaca insolente, que jugaba bien, pero que no tenía derecho de
colgarse la medalla del pase a los Juegos Olímpicos que ellas habían trabajado
partido a partido en una dura jornada eliminatoria. Tenían que darle una
lección a esa muchacha bonita que aparecía en los diarios con fotos
provocativas sin decir nada inteligente y sin ninguna mención al trabajo en
equipo y el esfuerzo, solo su vanidad. Era darle una lección a aquella que les
había robado todo el crédito de una lucha que no se reducía únicamente a una
sola eliminatoria de Juegos Olímpicos sino a un esfuerzo de generaciones y
generaciones de mujeres que habían tenido que pasarla mal para poder jugar
fútbol, para poder tener una Liga Nacional Femenil y para poder tener una
Selección Nacional decente. Era golpear a esa chica rica, bonita, vanidosa y
llorona para que se estuviera en paz y recordara su lugar en la tabla de
posiciones: ellas, las Rojas, las mejores y multicampeonas, y ella, la joyita
en bruto de un equipo novato que rompía el récord de derrotas y goles en contra
de la liga, en el último lugar de la liga, ¡el último!
El árbitro pitó el final del encuentro. Luisa dio un hondo respiro y sin
saber la causa recordó a su madre, alzó la vista y miró que Thenmuli, de
rodillas, parecía dar gracias a su dios. Entonces, esa visión casi fantasmal,
le recordó a su padre y la noche del partido de la muerte. Recordó la llamada
de Ramos que le confirmaba lo peor. Y en esas tristezas estaba cuando su vista
se topó con Alejandra Kolontái y su enorme sonrisa. Llevaba los brazos
extendidos y gritaba como si alguien la estuviera lastimado, era el exorcismo
de una vida dura que al final encontraba sentido. Abrazó a Luisa con brusquedad
y gritó:
―¡Ganamos! ¡Por fin ganamos!
Y las demás llegaron a rodearlas, igual de alegres, igual de
desbordadas. Parecía que habían ganado la Copa del Mundo y esa alegría se la
llevaron cada una a su tumba hasta el último día en que vivieron sobre esta
tierra.
Solo Inés, la capitana, parecía más seria y ecuánime cuando se acercó a
darle la mano a Luisa, autora del gol causante de aquella alegría; pero su voz
se quebraba pues aquella emoción era diferente a la satisfacción del deber
cumplido en las tareas del hogar. No se sentía igual terminar de planchar una
docena de camisas que aquello de ganar, por vez primera, un partido oficial de
fútbol y que te pagaran por ello. Inés pensó que algo como eso solo lo había
sentido al dar a luz; Alejandra, por su parte, pensó que aquello era mejor que
una línea de cocaína de la cara.
Entonces, todas notaron que en esa fiesta, a la que ya había entrado
Luisa, faltaba Serdán, la portera. Se había quedado debajo de su arco,
derrumbada al centro del mismo con la cabeza abajo. Inés llegó con las demás a
levantarla en hombros y todas notaron entonces que lloraba.
―Oye ― le habló la capitana del Achéron femenil― ¿y a ti qué te pasa?
―Nada, es solo que por fin le cumplí la promesa que le hago antes de
empezar cada partido. No dejé que le hicieran daño.
―¿A quién? ―preguntó otra de las chicas.
―¡Al arco! ― respondió la guardameta.
Aquella había sido una de esas noches de primeras veces, el primer
triunfo y la primera vez que habían logrado mantener el cero en su portería.
Por su parte, el viejo Bartolomé se fumó un último cigarrillo y
nuevamente se repitió.
―Ya estoy viejo para estas cosas.
En todo el regreso en el autobús, las mujeres de Achéron, cantaron “We
are the champions”. Y Luisa volvió a tomar fuerzas para lo que faltaba, ya
fuera una búsqueda, una tumba o unos Juegos Olímpicos.
David había vencido a Goliat dos veces esa semana y el triunfo del
Achéron Femenil también dio la vuelta al mundo por los antecedentes que lo
precedían, por la cobertura mediática (hubo vídeo del gol de Luisa) y por la
existencia de las redes sociales. El gran gol de Luisa se mereció así, una
mención en los principales noticieros deportivos del país y del mundo. Incluso,
en la arisca Achéron se supo de su hazaña: la niña guapa que anota goles
maravillosos.
Las viejas del sindicato se mostraron entre si el vídeo de la niña que
ellas habían impulsado a jugar. En el pizarrón de la tabla de posiciones de la
Liga de los Mineros alguien pegó con una tachuela la nota del diario que
hablaba de aquel triunfo de las de Achéron sobre las Rojas y eso se hizo una
tradición cada que el periódico las mencionaba. En una de las paredes de
ladrillo rojo del Granma, algún artista callejero plasmó el retrato de Luisa al
estilo esténcil junto con la frase: “De estirpe minera”; justo al lado también
de los retratos de Drilo, Ricky y otros miembros de la plantilla actual y de
tiempo atrás. Su festejo, su nombre, su categoría como estrella a pesar de solo
acumular diecisiete minutos con su selección, se convirtieron en trending
topic en las redes sociales y en leyenda en Achéron.
Y Rosa miró todo aquello desde el puesto de periódicos de la
universidad.
―Luisa, fuiste mencionada en siete periódicos, dos de ellos no son
exclusivos de deportes. Saliste en dos noticieros de la noche. Y fuiste
mencionada en varios portales deportivos del internet. Tienes un club de fans
ya y una galería de fotos y videos. Luisa, si tu madre está viva no puede
pasarle de noche esto. Incluso el Comité Olímpico ya tiene tu ficha como
jugadora y tus estadísticas.
―Ok, me parece bien, Rosa. No todo es tan bueno, hoy me escribió Arturo
García, el chico de la capital y ¿sabes qué me dijo? Que ya no podía escribirme
porque no se sentía cómodo con eso de que yo saliera en las revistas. Y de
hecho ya no me contesta ninguno de mis mensajes ni llamadas.
―Mentalidad pequeña de macho urbano ―le respondió Rosa que minimizaba
aquel desamor virtual.
―Pero oye ―dijo Luisa ―, ¿por qué usaron el diablito para mostrarlo en
el estadio?
Rosa guardo silencio.
―Oh, sí, te explicaré eso, también tengo que… tu papá. Tengo algo que
decirte acerca de eso, pero me gustaría que no fuera por teléfono, por cierto
este es mi nuevo número, cambiaré de número cada mes, por precaución.
―¿Por precaución? ¿De qué hablas?
―Son consejos que me ha dado Ramos, el ex policía que también me informó
de tu padre. Oye realmente necesito hablar contigo de eso. ¿Cuándo vendrás de
nuevo a la capital?
―No sé. Y además en los partidos no nos dan tiempo de salir a pasear.
¿No puedes tú venir a Achéron? Además, ahora Drilo se le ha metido en la cabeza
que tengo que entrenar el doble de tiempo que antes porque dice que debo ser
una atleta responsable. Me dieron un permiso especial en la escuela para poder
entrenar. Aunque disfruto mucho estar más tiempo con Drilo, aunque sea como
entrenador, no sé, ahí creo que sigo sintiendo algo, pero también pienso que es
muy estúpido, él está enamorado de Succed y ahora que tiene dinero la lleva a
todas partes y le compra regalos. Y a mí solo me entrena… Es muy extraño todo
esto, amiga. Además, ahora toda la gente me mira al caminar por la calle. No
puedo ir a ningún lado sin sentir que están hablando de mí, que me reconocen o
que les desagrado.
―¡Ya te miraban desde antes! Pero es que tú no te dabas cuenta. Puedo ir
a Achéron la próxima semana. Y gracias por mostrar tu apoyo a la causa, eso
tampoco les pasó desapercibido. Algunos han mencionado que al ser tú de Achéron
te uniste a la causa de Curva Sur.
Luisa no quiso desmentir a su amiga diciéndole que aquello había sido
por otras razones, una casualidad y no una protesta. Se despidieron y tomó
camino para ir al entrenamiento. En efecto, ya no tenía tiempo de limpiar los
baños ni los pasillos del estadio, ni tampoco de ir a la escuela, veía más
tiempo a Drilo, pero este solo estaba enfocado ahora en “salvarla” de nuevo y
hacer de ella una atleta. Succed, por su parte, le pagó un nutriólogo y varios
exámenes médicos, y eso molestaba mucho a Luisa pues amaba el azúcar, la grasa
y los dulces, así como dormir tarde, escuchar música a alto volumen o
masturbarse. Ser atleta implicaba abandonar, pensaba ella, la parte más bella
de vivir. Y sin embargo, cada mañana se levantaba ahora animada, se miraba al
espejo y se decía:
―Voy a ir a las Olimpiadas, voy a encontrar a mis papás y voy a ir a la
universidad algún día.
Ese día el equipo Achéron femenil recibió nuevos uniformes de
entrenamiento y de juego. La novedad es que en la camiseta ahora se estampaba
la publicidad de una reconocida marca de perfumes femeninos en la parte
delantera y en la trasera, debajo del número de cada jugadora, estaba la marca
de la línea deportiva “especial para mujeres”. Otra novedad era el corte de
mujer y es que todo ese tiempo las de Achéron habían utilizado una versión en
talla pequeña del uniforme masculino.
Todas estaban contentas por aquello, pero sabían que esas bondades no
eran gratis. La única que se atrevió a decir lo que nadie se atrevía fue
nuevamente Alejandra.
―Gracias Luisa, gracias por ser buena para jugar. Y por darnos nuestro
primer triunfo, los goles y los Juegos Olímpicos. Gracias por traer estos
uniformes nuevos.
Alejandra abrazó a Luisa como si
de un oso de peluche enorme se tratara y la número diez no supo bien qué decir
ni cómo reaccionar. Sabía que Alejandra no quería molestarla ni tampoco
bromeaba, realmente estaba agradecida.
En eso de probarse y disfrutar los nuevos uniformes estaban cuando el
utilero del equipo le entregó a Luisa un paquete especial para ella. Era una
camiseta, pero no era parte del uniforme. Era negro y tenía escrito en letras
blancas por el frente la palabra “Libertad” y por detrás “Abran los archivos”.
Una pequeña tarjeta de presentación tenía escrita la firma de Rosa. Luisa volvió
a meter la camiseta a su caja sin que nadie la viera. El día del siguiente
partido viajaron al Puerto nuevamente (solo eran diez equipos en la liga por lo
que se jugaba cuatro veces contra cada equipo).
En ese trayecto el equipo viajó en un mejor autobús que en las ocasiones
anteriores. Se hospedaron en un hotel más bonito y Alejandra no dejaba de dar
las gracias a Luisa por todo aquello. Al entrar a la cancha había un calor
sofocante de 35 grados centígrados y una humedad del demonio. Luisa se puso la camiseta
de la Curva Sur debajo de la nueva camiseta oficial pero aquel clima de horno
de barbacoa le hizo arrepentirse de haberlo hecho.
―¡Maldita seas, Rosa! ―exclamó al ya estar sobre el césped donde se
llevaría a cabo ese difícil compromiso y sin haber comenzado el juego ya sudaba
copiosamente.
Antes de que la árbitro de ese partido entrara al campo, la jugadora
número diez del Puerto se acercó hasta Luisa y la abrazo en una extraña muestra
de cariño, como si llevarán años de conocerse..
―¡Niña llora mucho! ¡No sé de donde saliste pero que bueno que juegas
con nosotras!
―No, hoy somos…
―¡Me refiero a la Selección, al país! Eres muy buena, pero espero que
hoy podamos contra tu equipo.
Aquello no tenía sentido, las últimas veces las del Puerto habían metido
doce y nueve goles al equipo de Luisa. Pero también era cierto que las de
Achéron habían mejorado mucho y habían adquirido algo vital para todo equipo de
fútbol del planeta: ritmo. Tampoco era poca cosa el triunfo, de visita y contra
todo pronóstico, ante las Rojas.
Así, aunque al descanso las del Puerto ganaban por tres a cero, las de
Achéron ya no estaban fuera de sí ni eran presa fácil de nadie. Bartolomé hizo
algunos ajustes y corrió a Luisa hacia la banda izquierda. Desde ahí, durante la
segunda parte, iniciaron todos los ataques del Achéron, pues Luisa cada que
tocaba la pelota se quitaba a una rival y de inmediato buscaba dónde estaba
Thenmuli para darle la pelota e inventar alguna corrida por la banda o por el
centro; la del Corán, por su parte, había entendido a la perfección que gran
parte de su papel era darle juego a Luisa y sus pases debían ser siempre
exactos. Sobra decir que, mientras Luisa corría mucho todo el partido, la del
Corán era como una leona por la sabana, caminado casi siempre hasta que Luisa
encontraba la pelota, la leona dormida despertaba y se desmarcaba para que la
número diez de Achéron siempre la encontrara sola y sin marca. Así, Thenmuli
fue la principal socio de Luisa en aquella batalla imposible y con un gol de
Thenmuli y otro de Luisa, el juego estaba para cualquiera, tres a dos. El gol
de Luisa había sido un remate dentro del área chica en un tiro de esquina, nada
espectacular. Por eso se había olvidado de festejar quitándose la camiseta.
Pero a cuatro minutos del final, Luisa hizo una calca de su gol contra
las Rojas, llevó la pelota desde la media cancha, dribló a las rivales como
obstáculos de palo y definió con toda calma con la parte exterior del pie ante
la salida aparatosa y desesperada de la portero. Había hecho otro tremendo gol
que nuevamente era registrado en vídeo. Se acercó a uno de los fotógrafos y se
quitó la camiseta de juego enfrente de él. La cámara registró cada letra de la
consigna que llevaba escrita aquella camiseta negra. La árbitro amonestó a
Luisa, pero ella no reclamó.
El partido terminó tres a tres, las de Achéron llevaban dos partidos sin
perder y Luisa era entrevistada por la prensa del Puerto.
―¿Cómo te vas después de este juego?
―Muy contenta. Gracias.
―¿Cómo está Ricky? ―preguntó otro.
―No sé, yo creo que bien.
―Luisa ―preguntó otro más ―, tu camiseta, tenía escrito “libertad abran
los archivos”. ¿Por qué?
En todo ese tiempo de preguntas y respuestas Luisa había intentado salir
del campo de juego no sin antes intercambiar la camiseta con la número diez del
Puerto que nuevamente la saludó alegremente al final del partido, pero al
escuchar esa pregunta, Luisa se detuvo y miró a quién le había hecho la
pregunta. Era un joven de barba con una pequeña grabadora, que con el pulgar en
alto trataba de indicarle que todo estaba bien.
―Sí, eso. Libertad para nosotras, para todos, para todas. De saber dónde
están mis padres y qué pasó con ellos y así con los hijos, esposos, esposas y
familia de muchas personas de este país que queremos respuestas. Que se abran
los archivos para que encontremos a nuestros familiares.
Nadie más hizo preguntas, aquella respuesta había tomado a todos por
sorpresa, excepto a quién la había formulado. La situación había sido tan
chocante para la prensa común y corriente que un desprecio por la pregunta y la
respuesta les desmotivó de hacer más cuestionamientos a Luisa acerca de su
belleza, de su perfume, de su “novio” o de su dieta para mantenerse tan linda.
Los muertos eran evidentes. Era obvio que ese país de miserables no era el
paraíso que el gobierno y los dueños del dinero decían (al menos no para
alguien que no fueran ellos), pero ponerlo sobre una mesa de debate por
televisión, en una columna de opinión o en un programa de radio era
desagradable y por eso era mejor no recordarlo. Finalmente, existían los centros
comerciales, la comida rápida, las redes sociales y el bendito fútbol que
mantenían las cosas serias en su lugar: la basura.
Ya en el autobús de regreso, Rosa llamó a Luisa por teléfono y la
felicitó por el juego y la entrevista. Aquello había tenido el eco suficiente
para llamar la atención de numerosos sectores de la sociedad aunque todavía
nadie podía entender hasta donde pensaba llegar la jugadora con aquello o si
eso tenía relación directa con la tribuna negra del partido anterior en la
Primera División. Para los grupos de activistas era evidente esa relación, para
el gobierno también, pero los medios de comunicación y la sociedad en general
se mantuvieron al margen, no lo dieron la importancia, no lo comprendían o no
lo sabían. También se jactó en aquella llamada sobre la estrategia de mandar a
un compañero de la universidad, egresado de periodismo y afín a las causas
sociales, para pedir certificación como prensa para el juego de Luisa, y luego
él, con toda la intensión, había preguntado sobre la consigan en la camiseta.
Sin embargo, esa semana, le llegó al Club Achéron una multa pesada por
el acto de la camiseta, el argumento de la liga para tal castigo era la regla
que prohibía consignas de corte político en los partidos de fútbol por parte de
los jugadores.
Succed recibió la multa y la notificó a Bartolomé que a su vez habló con
Luisa y le prohibió volver a quitarse la camiseta durante un partido.
Fue en esa semana cuando Rosa se reunió con Luisa en Achéron, se tomaron
un helado cerca del Bar de los Mineros y Rosa comenzó a describir todas las
acciones, repercusiones y apoyo que el movimiento de la Curva Sur tenía ya no
solo a nivel nacional, sino mundial.
―Eso está bien, pero lo de las camisetas ya no puede ser. Nos metieron
una multa muy pesada y aunque Succed no ha dicho nada, yo sé que está muy
molesta conmigo. También Drilo lo está y si me lo dijo, que me olvidará de
hacerte caso. Él supo, de alguna forma, que tú estabas atrás de todo esto,
Rosa. Si tan tonto no es. Pero yo tampoco soy tonta y no voy a dejar de
escucharte ni de apoyarte en esto.
―Sí, y no te pudo pedir que lo hagas otra vez. Pensaremos en otra cosa.
No te preocupes.
Se sentaron en una banca cercana al parque central de Achéron y,
mientras disfrutaban su helado como en los viejos tiempos cuando les sobraba
vida para no hacer nada más que vagar por el pequeño pueblo en primavera,
observaron que, frente a ellas, estaba la solución al problema de la camiseta.
Una solución radical..
―Luisa, ¿te gustan los tatuajes?
Luisa aceptó tatuarse, sobre su muslo, el Mefistófeles de “Tierra y
Libertad”.
El tatuador, un muchacho de apariencia oscura e intelectual, aceptó con
gusto el trabajo de dibujar sobre la piel de Luisa al hermano de Satanás y el
lema. Le pidió a Luisa que se quitara el pantalón que llevaba puesto. Rosa tuvo
que ir al centro comercial y comprarle unos pantalones cortos a Luisa pues el
ceñido pantalón de mezclilla que llevaba puesto era inadecuado para vestir
durante y después de un tatuaje en la pierna. Aquello del Mefistófeles era una
afrenta indirecta contra el reglamento de la liga que no decía nada acerca del
arte sobre piel, aun si estos tenían consignas o simbolismo político, varios
jugadores de la Primera División portaban tatuajes, muchos evocaban imágenes
religiosas o alicientes deportivos.
Entonces el tatuador les dio su opinión.
―Mira, si fuera la cruz nazi, por supuesto que te multarían, pero la
barra Celeste tiene banderas con esvásticas en la tribuna y no los multan. En
cambio, si te tatuaras la cruz cristiana todos te dirían que eres una buena
niña, aunque por esa cruz fueron masacrados los habitantes originales de esta
tierra. La cruz cristiana carga con más muertos que Hitler, pero si la llevas
tatuada eres buena niña… hijos de puta. Pero a Mefistófeles ¿quién lo conoce?
que me parta un rayo si esos del gobierno o de la liga saben quién es el
diablo. Ellos creen en Jesús y esas madres del pecado. Están en el gobierno
justamente porque no leen.
A pesar de la explicación, para Rosa era evidente que los del gobierno
sabrían que aquel tatuaje era para ellos.
También, a pesar de la explicación, a Luisa le dolió hasta el alma el
arte sobre su piel y, gracias al partido de sanción que le dieron por el acto
de quitarse la camiseta y mostrar una consigna política, supo que tenía al
menos una semana para no externar ese dolor sobre una cancha de fútbol.
Luisa ofreció a Rosa dormir en la casa del Gran Cabo, y la muchacha
aceptó. Pensó que Luisa requerirá refuerzos para explicar lo del tatuaje. Así,
se preparó para una guerra santa sobre buenas costumbres, perpetuidad y
prejuicio. Pensaba en que, de haber sido ella la del tatuaje y la que hubiese
tenido que ser la que se lo explicara a sus padres, estaría muerta de miedo. Así
era Rosa, con alevosía e insolencia podía escupirle al gobierno a la cara, pero
ante el regaño de alguno de sus padres, se moría todavía del terror.
Cuando llegaron a la casa, supieron que Drilo y Succed cenaban en la
gran mesa del comedor pues sus voces se escuchaban y la luz de la habitación
iluminaba parcialmente el pasillo. Luisa tenía al descubierto la parte tatuada
de su pierna y entró al comedor sin pensar mucho en el tatuaje. Saludó a Drilo
y a su tía que disfrutaban alguna pizza de esas que se entregan a domicilio ya
frías.
Por su parte, Succed ofreció a Luisa y a Rosa sentarse a la mesa y tomar
un poco de pizza.
Pero Luisa permaneció de pie, sin moverse ni aceptar la invitación.
Sabía que era cuestión de tiempo…
―¿Qué te…? ―preguntó Succed al
ver el tatuaje.
―Es un tatuaje ―dijo Luisa tratando de explicar lo obvio.
Succed miró al techo como si esperara la intercesión de algún dios en el
que no creía.
―¡Válgame el cielo! ― alcanzó a decir Succed al tiempo que regresaba la
vista hacia las chicas.
Drilo, en ese momento, era un ser que deseaba no estar ahí presente,
si hubiera tenido el poder
extraordinario de la tele-transportación lo hubiera ocupado, pero el diez de
Achéron solo tenía súper-poderes en su pierna izquierda y solo le servían para
hacer goles. De hecho, era extraño que Drilo estuviera en la casa del Gran
Cabo, pero hacía pocos días, luego del triunfo sobre los Celestes, que aquella
casa se había convertido en el único lugar en toda Achéron y la capital en
donde la pareja podía estar sin que le pidieran a Drilo una firma o una foto.
Incluso, dos días antes habían dormido juntos por primera vez en esa casa y no
en una habitación de algún hotel de lujo. La casa del Gran Cabo la habían
comenzado a ocupar como refugio para su romance asediado por la fama.
Succed se acercó a Luisa para ver el tatuaje.
―Pero, ¿por qué haces estas cosas? ¿Por qué haces todo sin permiso? ¿No
sabes que esto es para siempre? Y además… ¡¿qué cosa tan fea es la que te
tatuaste?! ¿¡En qué estabas pensando?! ¡Eres una total…!
―Yo tengo la culpa ―intervino Rosa.
Succed guardó silencio, pero no le creyó a Rosa, sabía que Luisa estaba
tan loca que aquello bien podía ser totalmente de su autoría.
―No la defiendas, por favor…
―No la defiendo, solo explico los hechos. Yo le dije que lo hiciera,
pero es por algo que creemos necesario. Para Luisa, para ustedes y para el
país.
―¿¡Para el país…?! ―reclamó Succed.
―Yo fui ―continuó Rosa ―la que habló con el ex policía que supo del
destino del padre y la madre de Luisa…
Rosa explicó lo mejor que pudo como había dado con Ramos y la situación
de los archivos clasificados, las fosas y las desapariciones. Describió lo que
había encontrado sobre “Tierra y Libertad” y su relación con los fanáticos
rojos y “Caballo Loco”, el alias de Marcos Nadiani, el cómo la policía o el
ejército, o ambos, habían disparado a quema ropa a la gente ese día del Partido
de Muerte y el mal llamado gol fallado de la paz. Explicó el porqué había tan
pocos documentos de vídeo sobre la matanza de ese día en el estadio…
―La bomba que estalló en la Estación Central de Trenes hizo que se
endurecieran las medidas de seguridad en todos los eventos públicos. Por eso no
dejaban pasar teléfonos celulares ni cámaras a los estadios.
Succed escuchó con asombro, pero se mantuvo incrédula. Drilo parecía
estar en un juicio donde se le absolvía de toda culpa por fallar ese gol frente
a los Celestes de Tanque.
Luisa, restructuraba en su cabeza toda esa historia que paso a paso
cuadraba más en su mente.
―Una de las cosas que aún no logro entender es por qué los mataron ese
día y no los arrestaron solamente. No entiendo por qué los mataron a todos
―dijo finalmente Rosa y dio a entender que faltaban todavía muchas preguntas
por responder.
Rosa terminó su explicación, pero se dio cuenta que no había explicado
el tatuaje. Entonces abrió su mochila y sacó la litografía del Mefistófeles y
la puso sobre la mesa.
―Tierra y libertad ― dijo Rosa.
Luisa intervino por primera vez.
―Si mi mamá está viva y mandó una última carta desde otro país, necesitamos
saberlo ya y eso solo lo sabremos si se abren los archivos y las fosas de la
prisión y si la encontramos ahí o no…
―¿Y el tatuaje para qué es? ―preguntó Succed todavía sin conmoverse.
―Es un medio de presión ―dijo Rosa ―. Ramos dice que si logramos ejercer
suficiente presión sobre el gobierno este se verá obligado a discutir el
asunto. Si logramos que esto sea un asunto internacional, quizás podamos
aumentar más esa presión. Y eso lo podremos lograr durante los Juegos
Olímpicos.
Succed se vio sorprendida por aquella última afirmación. Aquello era
demasiado, todo parecía una elucubración esquizofrénica de dos adolescentes que
habían superado los límites de la razón y la realidad. Los ojos se le saltaron y emitió su
sentencia.
―Ustedes están locas. ¿Qué no se dan cuenta de que solo son unas niñas?
Mañana mismo iremos al médico a que nos diga cómo te puede borrar esa cosa de
la pierna, Luisa. Y no iras a ninguna olimpiada a hacer estupideces.
―¡No! ―respondió Luisa llena de furia ―, ¡estas no son estupideces! ¡Es
lo que hizo mi mamá!, ¡es lo que hizo mi abuelo!, ¡y tú eres la estúpida porque
nunca hiciste nada! ¡Nunca los buscaste! ¡Nunca buscaste a tu familia!
―¡Y los que buscaron acabaron muertos, Luisa! ¡¿Quieres terminar así?!
―gritó Succed al mismo tiempo que abofeteaba a su sobrina.
Un odio contenido todos esos años emergió desde el fondo del alma de
Luisa. Se le abalanzó a Succed a golpes, la tiró sobre la mesa y le asestó un
certero golpe en la nariz y otro en el abdomen. Drilo tuvo que poner toda su
fuerza para contenerla. Ella le mordió la mano y puso el último clavo sobre ese
ataúd en el que la discreción sería enterrada.
―Déjame en paz ―dijo Luisa luego de herir a Drilo con sus dientes ―. Tu
solo eres un cobarde. Ni siquiera puedes decirle a ella que tuvimos sexo la
noche que tiré el coche al mar.
Rosa sintió demasiada culpa y sabía que todavía faltaba que ella
asestara el peor golpe de toda la noche a esa familia.
Succed, completamente sorprendida por aquella violencia de la que había
sido víctima, se levantó pesadamente de la mesa. Recogió sus gafas del suelo
(estaban completamente rotas). Sentía dolor por los golpes, pero el dolor
interno era más grave, el dolor de la verdad, el de saberse odiada y
traicionada por el único futuro que, hasta ese momento, le quedaba a su
estirpe.
Drilo la asistía y, mientras Succed se recuperaba y tomaba aire, observó
que ahora Luisa estaba de rodillas sobre el suelo, con la cabeza abajo,
colapsada emocionalmente.
―No voy a quedarme aquí esta noche― comenzó Rosa su último mensaje ―.
Pediré un taxi y me iré. Les pido una disculpa. Lamento todo esto, lamento
mucho todo… Pero tengo una cosa más que decirles y no puedo guardarlo más. Sé
que es el peor momento… bueno. En esta hoja está el nombre y el número que
lleva la tumba del padre de Luisa en el Panteón Central de la capital.
Tan solo dijo eso, Luisa se dejó caer al suelo completamente, era
demasiado.
Succed quedó destrozada por dentro y Drilo fue testigo involuntario de
aquel drama que parecía absurdamente desencadenado por un tatuaje.
Antes de irse, Rosa se acercó hasta donde Luisa, y le pidió perdón.
Perdón por lo que había pasado en el comedor de su casa, perdón por el tatuaje
y perdón por haberle dicho hasta ese día que su padre estaba muerto.
―Si no quieres verme más lo entiendo ―dijo Rosa a Luisa.
Tomó su mochila y se fue.
Luego llegó el tío Otulio de la mina y se encontró con ese campo de
batalla que era el comedor. La pizza yacía sobre el suelo. La salsa de tomate
derramada sobre la mesa se confundía con la sangre de Succed. Luisa estaba ya
sentada en una silla, desolada y en llanto con su tatuaje en carne viva. Y en
el medio, el número diez del F.C. Achéron atendía y trataba de consolar
torpemente a sus dos mujeres, las dos mujeres de su vida.
―¡¿Qué pasó aquí?! ―preguntó espantado el tío Otulio.
Drilo no supo decir palabra. Fue Luisa la que, poniéndose en pie, le
respondió a medias.
―Mi papá murió.
―¿Cómo? ¿De qué hablas? ―preguntó el tío en medio de la confusión.
Entre la sangre y la saliva, Succed tomó aliento para explicar
finalmente que:
―Eso parece… Pero creo que ahora tenemos, al menos… una tumba… una tumba
que llorar.

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