XV TIERRA Y LIBERTAD



Las mañanas en Achéron, aunque fueran de primavera, eran frías y casi siempre estaban acompañadas de un cielo nublado y gris, cuando no de una llovizna. Pero la mañana luego del drama del tatuaje en la casa del Gran Cabo mantuvo un sol pleno, uno que calentaba los huesos y dejó al hombre del puesto de periódicos asombrado por la belleza del amanecer. Los pájaros cantaron más temprano y el rocío sobre el césped del Granma se evaporó un poco antes.
Drilo fue el primero en despertar, se había quedado dormido sobre una silla a un costado de la cama de Succed. Cuando ella despertó, él le ofreció un beso y ella, con la tranquilidad que otorga el sueño aun después de la más horrorosa de las tormentas, se lo negó.
―Bésala a ella ―le dijo Succed. Se levantó y fue hasta el baño donde observó sus heridas a través del espejo.
Él, lleno de arrepentimiento trató de decir algo en su defensa.
―Ocurrió antes de que tú y yo fuéramos…
―Al menos ve a despertarla ―lo interrumpió Succed que no quería saber nada de ese asunto ―. Si viajamos temprano podremos regresar hoy mismo.
―¿Viajar? ¿A dónde?
―A la capital.
Drilo encontró a Luisa sentada sobre su cama. Ella lo vio de pie debajo del marco de su puerta y le dio gusto.
―Jefe. Pase.
―No, te venía a despertar. Debes cambiarte. Van ir a la capital.
―¿A la capital?
―Eso dijo.
Luisa se levantó rápidamente y comenzó a desvestirse, Drilo iba ya a cerrar la puerta, pero Luisa lo llamó.
―¡Jefe! Voltee a ver allá ―le indicó a Luisa refiriéndose a uno de los muros de su cuarto.
Drilo hizo lo que le pidió y ahí estaba, un poster con la imagen de él conduciendo la pelota con la parte externa de su pie izquierdo en alguno de los partidos de Achéron con la camiseta canaria y su mirada fija en la pelota. Era una imagen por demás llena de belleza y que capturaba todo lo que él diez de Achéron sentía cada vez que pisaba un campo de juego: felicidad absoluta. Se volvió a mirar a Luisa para expresar alguna cosa, pero notó que ella ahora se quitaba la blusa y regresó de inmediato los ojos al poster.
―Quité el de Tanque hace ya tiempo, Jefe ―dijo Luisa.
En efecto, en el medio de aquel desorden que era el cuarto de Luisa, esa pared de la habitación era lo único que parecía guardar alguna proporción estética. El poster de Drilo estaba acompañado en los costados por otro afiche de la serie animada de Capitán Tsubasa, una bufanda de los Rojos con la frase “Rojo hasta la muerte”, un jersey Celeste firmado por Tanque, otro de una selección extranjera y una camiseta del equipo del Puerto, además de la foto de Luisa en la primera plana del Diario Nacional Deportivo y una foto de su madre.
―Es bonito ―dijo Drilo y cerró la puerta del cuarto. Drilo no sabía que su camiseta era la más vendida no solo en Achéron sino en la capital, no sabía que había un poster suyo vendiéndose por ahí, mucho menos que uno de esos ejemplares estaba colgado en la pared de Luisa. Luego de mirar aquella pared en donde su imagen ocupaba el centro, sintió que algo en él estaba lleno de júbilo, no lo sabía, era el ego.
Esa mañana, en el automóvil de la familia, acompañadas únicamente por el chofer, las dos mujeres Nadiani viajaron hasta la capital. Drilo no les acompaño pues estaba lleno de culpa y apocamiento, además tenía que ir a entrenar ya que debía cumplir su tarea como ídolo. El Tío Otulio tampoco fue pues se quedó a atender la mina.
La orden de Succed al chofer fue clara, solo caminos rápidos. Luisa no quería ni voltear a ver a su tía pues sentía una profunda vergüenza por las heridas que le había hecho la noche anterior. Todo el camino pensó en eso.
El recorrido de cuatro horas por carretera a la capital lo hicieron bastante rápido y ninguna se atrevió a decir palabra; el problema era entrar a aquella ciudad enferma de falta de dignidad y exceso de consumo. Cuando por fin libraron el tráfico, el chofer tomó camino hasta el Panteón Central.
Los tres  llegaron casi al punto del fastidio, pero al final se encontraron en el camposanto con sus árboles, sus prados verdes llenos de lápidas y su silencio; a ambas mujeres les reconfortó aquella calma inimaginable en el medio de la ciudad. Ahí, siguieron las indicaciones del personal del panteón y encontraron la tumba, la misma cruz sencilla que había visto Rosa días antes. En esa cruz no estaba escrito el nombre de alguien que conocieran. Así que el asunto era por demás extraño.
Luisa observó que ahí todas cruces tenían motivos alusivos al equipo Rojo.
Succed se acercó a uno de los trabajadores y le preguntó el motivo de esa decoración tan particular.
―En esa zona está enterrada la gente que murió en el Partido de la Muerte. La directiva del equipo mantiene limpias las tumbas y le da mantenimiento a la decoración.
Estuvieron así, de pie frente la tumba y sin decirse nada por algunos minutos.
El chofer no entendía bien qué era lo que hacían en esa tumba y tuvo la osadía de preguntarle a su patrona que le respondió que era la de su hermano, el niño que hacía más de veinte años aquel hombre viejo llevaba todas las mañanas, contra su voluntad, al colegio. Entonces, el chofer ofreció sus condolencias y se disculpó por no saber que él joven había muerto.

―Luisa. ¿Tienes el número de Rosa? ―preguntó Succed.
―Sí, pero…
―Dámelo, ese tal Ramos debe saber cómo se puede hacer un examen de ADN.
Regresaron a la casa ya bastante noche. Rosa prometió buscar mañana temprano a Ramos para saber aquello de la identificación de cuerpos a través del ADN.
Luisa fue a los entrenamientos solo para poder estar con su equipo, ese equipo que consideraba su familia. Eso era lo único que la consolaba y la hacía sentir bien a falta de poder hacer fútbol. Sus compañeras la notaban baja de ánimo y trataban de hacer bromas para ver si su sonrisa regresaba. Inés, la capitana, pensó que si un día Luisa maduraba y se hacía fuerte emocionalmente, podría ser capitana del equipo, pero ahora comprendía la razón de que Bartolomé le había dado ese puesto a ella y no a la joven Nadiani a pesar de su juego y liderazgo táctico dentro y fuera del campo. Luisa dependía, todavía, de sus emociones para jugar, para caminar, para vivir.
Luisa intentó explicarles a todas ellas, lo que le ocurría y cómo habían pasado las cosas, cada que lo contaba encontraba consuelo y era como si cada vez que repetía la historia esta doliera un poco menos. Al conocer los hechos, varias se convencieron de que “Llora mucho”, que era su apodo conocido en toda la liga, tenía buenas razones para llorar.
Ese fin de semana, el F.C. Achéron logró mantener su ventaja de cuatro puntos sobre los Celestes y ya solo faltaban tres partidos. Las de Achéron femenil, por su parte, perdieron por 5-0 con Luisa desde la tribuna. También se le ocurrió asistir un día a su escuela aunque no tenía motivo alguno. Saludó a algunos de sus compañeros, a las chicas del grupo élite y a algunos de sus maestros que le aseguraron que los exámenes que habían preparado especialmente para su caso eran bastante sencillos si se atenía a seguir la guía de estudio que le habían preparado. Esa tarde, Luisa regresó a casa y abrió por primera vez la guía de estudio desde que le habían dado ese permiso especial por las Olimpiadas y se puso a estudiar.
Solo siete días después de la visita al Panteón Central, Luisa regresó a entrenar y esa tarde en que la alegría le regresó un poco más al cuerpo gracias a recuperar su romance con la pelota, encontró, al regresar a casa, a Succed y al Tío Otulio en la sala del comedor. Sobre la mesa del mismo estaba el sobre con los resultados del examen de ADN. Ramos se había movido rápido en el caso de Luisa que, por la relevancia que había tomado el movimiento de la Curva Sur, se había convertido en su prioridad.
―¿Ya lo abrieron? ―preguntó Luisa.
―No, te estábamos esperando ―respondió Succed.
Succed tomó el sobre y lo abrió. Dudó y se lo extendió al Tío Otulio.
―Por favor hazlo tú, primo, Yo no puedo.
El tío tomó el sobre, sacó las hojas de papel que tenía dentro y comenzó a leer. Hizo una pausa y levantó la vista hacia las mujeres.
―Es él.
Lo que a continuación ocurrió en esa habitación era una escena que se repetía en una de cada cien familias en donde se aguardaba a un desaparecido y sucedía que lo encontraban sin vida. Lloraron toda la tarde de dolor por la certeza.
El tío también vivió su propia pena sentado sobre una de las sillas de madera de ese comedor donde por noches y días enteros había ayudado a su propio tío, el Gran Cabo, a tomarle sentido al rompecabezas del paradero de Marcos.
Luego de dos horas de pena, Succed se levantó y comenzó a hacer llamadas telefónicas a algunos familiares para dar la mala nueva. Llamó a Drilo por supuesto. Y también, por su puesto, a una funeraria. El cuerpo sería trasladado al cementerio de Achéron. Hijo y padre se reunirían por fin en un mismo espacio luego de muchos años.
Esa noche, Luisa sintió la necesidad de también dar aviso. Llamó a Rosa, pero ella ya había cambiado su número otra vez. Entonces salió de la casa.
―¿A dónde vas? ―le preguntó Succed.
―Al pueblo ―respondió ella.
―Por favor, no…
―No haré tonterías, no te preocupes.
Luisa llegó hasta la casa de la Abuela Mayor del Sindicato. Tocó la puerta y un hombre anciano le abrió la puerta.
―Buenas noches, disculpe la hora, estoy buscando a la señora Bartolina.
El hombre la miró de arriba abajo.
―¿Para qué?
―Quiero decirle algo. Que encontré a mi padre.
El viejo bajó la cabeza. Casi se derrumba frente a la puerta, pero mantuvo la entereza lo más que pudo. Así se atrevió a preguntar con la voz entrecortada.
―¿Y a tu madre?
―A ella todavía no.
El hombre hizo pasar a Luisa y la invitó a sentarse en una humilde silla. Entró a otro cuarto de la casa y a los pocos minutos apareció junto con su esposa que ya estaba ataviada en ropa de dormir.
―¿Lo encontraste? ¿Vivo o…?
Luisa comenzó a llorar.
―Mu…
La vieja abrazó a la joven. Cuando pudo estar más tranquila, Luisa, comenzó a explicar cómo es que habían encontrado a su padre. Luego les dijo el nombre que estaba en la tumba. Los viejos se miraron uno al otro.
―Tu apellido de soltera, Bartolina ―dijo el viejo.
―Sí. Deja que termine…
―¿Bracamontes es su apellido, señora? ―preguntó Luisa.
―Sí.
Luisa pensó finalmente hacer una pregunta cuya respuesta no estaba del todo segura.
―Disculpe, ¿cuáles son sus apellidos de usted, señor?
Los viejos se miraron uno al otro.
―Soy Anastacio Ponzio González.
Al escuchar el apellido Ponzio, Luisa supo que aquello ya no era casualidad, no podía serlo. Los miró a ambos como quien suplica una confesión.
―Sí, hija, así es ―dijo al fin Bartolina, la abuela del sindicato y de Luisa.

La vida se había apiadado de Luisa al darle dos abuelos el mismo día de la certidumbre de la muerte de su padre.

Succed, quería que el servicio fúnebre fuese privado y por el lado de su familia eso no significa casi ningún problema pues su madre no vendría desde Francia (aunque si mandó unas flores y una tarjeta). Sin embargo, nunca imaginó el otro lado de la familia, un mundo de personas que ella ignoraba que existieran. Los primeros en llegar fueron los dos abuelos recién descubiertos por Luisa. Luego apareció el hermano y la hermana de la esposa de Marcos, además de sus hijos; una tía abuela y varios hermanos de los viejos. También, una a una, comenzaron a aparecer las familias de obreros que no tenían relación sanguínea con el finado, pero que lo recordaban como un hombre que los había ayudado a construir su casa, a obtener el seguro médico o a sacar a algún preso del sindicato por disturbios. Casi todas las abuelas del Sindicato llegaron con sus maridos, varios de los jugadores de la Liga de los Mineros estaban ahí también, además del árbitro justo. Entre ese mar proletario estaban varias de las compañeras de Luisa en el equipo femenil, trabajadores del estadio, y los integrantes del cuerpo técnico y la platilla del F.C. Achéron. Drilo se presentó a lado de su madre y de Ramón. Por supuesto, Ricky había inventado alguna excusa para no ir y así aprovechar el tiempo para citar en su casa a alguna de sus fans. Algunos de los presentes llevaban en su ropa los colores del F.C. Achéron pues Marcos Nadiani había sido durante un año jugador del primer equipo durante su estancia en la cuarta división. De la capital habían llegado Rosa y Ramos. Una corona de flores rojas con la frase de los mancebos de los Rojos, “fiel hasta la muerte” también llegó. Marcos Nadiani había desaparecido de la faz de la tierra, pero cuando había reaparecido, todos lo seguían recordando.
Una a una, las personas se acercaron a Luisa para darle el pésame. Le dirigían palabras de aliento, algunos la abrazaban y otros le mostraban su respeto. Entonces, varios de los mineros vestidos con los colores del Achéron, sacaron un bombo y una corneta y comenzaron a entonar el himno del equipo. Aquel grupo de hombres era lo más cercano que los de Achéron tenían a una barra. Y todos se acercaban a Luisa.
―Luisa, ¿de dónde salió esta gente? ― preguntó Succed.
Luisa dudó qué contestar. Ella misma no sabía cómo es que tanta gente se había enterado. Suponía sí, que sus abuelos debían haber dado el aviso, pero nunca pudo dimensionar el carácter de “pueblo chico” de Achéron en donde cada habitante parecía conocer cada detalle de la vida de los habitantes del pueblo.
―Bueno, no sé ―respondió de manera sincera.
―¡Pero es que aquí está casi media Achéron! ―continuó asombrada Succed.
Succed exageraba, pero si era mucha gente. Así, Marcos Nadiani se fue a la tumba en medio de las numerosas coronas de flores que la gente que lo había conocido colocaron sobre su sitio de descanso.
Luego del acto del entierro, la familia se recogió en la casa del Gran Cabo, los abuelos Ponzio aceptaron la invitación de Rosa y Luisa pues el ex policía Ramos les contaría a detalle los sucesos que él conocía sobre los últimos días en la vida de Marcos.
Ramos comenzó su relato de manera cauta y sin mirar a nadie más que al coñac que le había servido el tío Otulio:
―Marcos no sufrió mucho. Cuando lo recibí como prisionero me di cuenta que estaba muy mal herido. Por eso lo mandamos al hospital. Luego de un mes o poco más perdió la vida por sus heridas. No me dijo mucho, recuerdo que pedía agua constantemente, pero no decía nada más. No nos dio información, ni siquiera nos dijo su nombre aunque para entonces ya sabíamos todo de él. Aun así, la orden fue enterrarlo junto a las víctimas del estadio, bajo el nombre de su identificación falsa. Solo seguíamos órdenes… No puedo decirles mucho más. Sobre su mujer, aún estamos investigando.
Y fue todo. A Succed le pareció que no le habían dicho nada y esa sensación estaba multiplicada por diez en los abuelos.
La abuela preguntó acerca del porqué lo habían matado y cuál era la razón sobre no entregar el cuerpo a sus familiares si sabían exactamente quién era y que abiertamente lo buscaba su padre, el Gran Cabo. Ramos se tomó su tiempo para responder.
―Teníamos un tiempo siguiéndolo, a él y a la gente que conformaba grupos similares. No sabíamos mucho de ellos, solo teníamos pistas aisladas como las imágenes de las cámaras de seguridad que los habían captado en alguno de sus sabotajes o actos de terrorismo menores, de cuando hacía estallar cajeros automáticos por las noches. En ese entonces yo consideraba que eran solo un grupo de jóvenes estudiantes estúpidos, pero luego del asunto de las bombas y las muertes ya no pudo serlo. Y la gente los protegía, eso nos hacía las cosas más difíciles a quienes intentábamos ponerlos tras las rejas, porque eso queríamos, ponerlos tras las rejas… no sé cuándo se fue todo al carajo y comenzamos a desaparecerlos y asesinarlos. No estoy seguro de cuándo nos invadió el miedo por no ser parte de los sospechosos. Lo mejor y más seguro era obedecer y callar, de lo contrario te podían acusar de protegerlos, de ser parte de ellos, o de ser un convencido de sus ideas. Así pues, si la instrucción era borrar de la tierra a alguno, se obedecía y punto.
Ramos miró su copa vacía de coñac. Parecía tomar valor para lo que diría después.
―Tuve miedo y no di información de su familiar al hombre anciano que preguntaba por él. Ni a ningún otro familiar o institución que estuvieran buscando a otras personas durante el periodo en que fui teniente y supervisor segundo de la policía militar. No es justificación. Lo que menos quería un policía de entonces era que algún compañero o espía pensara que estaba ayudando a los inconformes. Al final, la precaución en ese y otros asuntos no me sirvieron a largo plazo, lo supe cuando mi propia hija no regresó nunca más a casa. No estoy expiando culpas, Rosa… estoy buscando a alguien, pero me tomo el tiempo necesario si puedo ayudar a encontrar a otros.
A Rosa se le hizo un nudo en la garganta y se arrepintió de la acusación que ella misma había hecho en contra de Ramos la tarde que lo había conocido.

Ramos continuó.
―Los borraron de la tierra. A todos. Muchas veces eran venganzas personales. En el caso de su familiar y de la gente de la tragedia del estadio Nacional creo había algo más. Espero que encuentren a la mujer, yo lo que sé es que la tuve en los registros del Penal Norte por dos años antes de que simplemente desapareciera de la cuenta. Los archivos del penal, lo poco que hay, se lo he dado a Rosa. Creo que ella es muy lista y puede, si ella así lo decide, ayudarles en ese sentido.
Ramos puso la copa que había contenido su coñac sobre la mesa y bajó la mirada. Realmente creía eso sobre Rosa y mucho más. Esa chica aventurera que devoraba tazas de café para no dormir y tenía una capacidad de lectura y comprensión notables, le parecía un talento desaprovechado si es que solo quería escribir poesía; de hecho pensaba que Rosa era una investigadora innata. Junto a ella había hecho el acuerdo de no decir mucho a los Nadiani acerca de Marcos, lo que sabían de Miriam y la tragedia del Nacional.
Ramos y Rosa consideraron que esa familia que ahora recuperaba el cuerpo de un familiar perdido durante años, no era necesario que supiera que todos esos grupos subversivos como “Tierra y Libertad” no se iban a detener hasta que cayera el gobierno o hasta que ese mismo gobierno los enfrentara por las balas. Eran movimientos que funcionaban cual células, pero en el último año, antes de la masacre del Nacional, había habido rumores de que todos los líderes, urbanos o del interior, pensaban unir sus fuerzas. Una auténtica revolución, una muy molesta lucha armada para un país que quería dar la apariencia de normalidad y desarrollo. Eso asustaba mucho a las altas esferas del gobierno y empresariales. Ya no eran solo estudiantes estúpidos sino una auténtica amenaza para sus intereses económicos. A eso se reducía todo, a dinero, su dinero.
Tampoco contaron que los infiltrados que la policía militar tenía en algunos grupos delataron que, algunos de los líderes, se reunían cada quince días en las tribunas del estadio Nacional durante los partidos de los Rojos. Se suponía que esa noche, la de la tragedia del Nacional, solo los ubicarían y vigilarían, pero cuando la televisión les puso en primer cuadro a Caballo Loco, líder de Tierra y Libertad, al final del partido, los mandos perdieron la cordura y ordenaron la captura a toda costa de aquel hombre.
Había sido el propio Ramos el que corrió, pistola en mano, desde su punto de observación en la grada del Nacional hacia la tribuna de la curva sur del estadio y, justo cuando creyó tener a Caballo Loco a la vista, un hombre lo tiró al suelo quitándole el arma. Uno de los policías le disparó al tipo y el infierno se desató. Los grupos subversivos utilizaban el medio tiempo de los partidos de fútbol para contrabandear armas en los baños del estadio. Pasaban las armas dentro de los bombos, envueltas en las mantas o debajo de los sombreros de fiesta con los que aparentaban solo apoyar al equipo Rojo. También contrabandeaban otras cosas como dispositivos y químicos necesarios para confeccionar sus bombas con las que hacían estallar cajeros automáticos y, luego de adquirir práctica y valor, sucursales enteras de bancos extranjeros (nunca nacionales o que ellos creían eran mayoritariamente de capital nacional).
Ramos sabía que esa noche había francotiradores apostados en los edificios vecinos del estadio Nacional, según su superior, esos rifles estarían en el lugar solo por si acaso. Y ese “si acaso” ocurrió. Le confesó a Rosa (y no a la familia Nadiani) que los miembros de la fanaticada roja estaban armados, pero que nadie pensó nunca armarse con algo tan sencillo como un dispositivo para grabar video.
―Si tuviésemos un vídeo ―le decía angustiosamente Ramos a Rosa ―, tan solo un vídeo, que mostrara que aquello no fue una estampida por un partido de fútbol y bengalas, tendríamos algo. Los testimonios de los sobrevivientes tienen poco valor sin un vídeo.
El propio Ramos guardaba celosamente una carpeta con cientos de declaraciones de testigos de esa noche, en donde indicaban haber visto o escuchado armas de fuego en la tribuna y desde las ventanas de los edificios. Toda esa evidencia nunca fue tomada en cuenta para el proceso oficial del caso que determinó que lo ocurrido en el estadio Nacional había sido un trágico accidente por sobrecupo y un gol fallado por Drilo, episodio emocional del cual la hinchada Roja no había podido reponerse, sellando así su propia muerte, aplastados contra la malla de su propio estadio.
Ramos terminó su relato para con la familia Nadiani. 
―…ya tirado en el suelo le pusimos las esposas. Tenía una gran herida en la cabeza, sangraba también de un costado. Lo golpeamos, pues aún herido, él se resistía. En la gendarmería le brindaron primeros auxilios. Estuvo en cama varios días, siempre vigilado por un médico y un policía.
Y se detuvo. No contó que cuando Marcos estuvo mejor, llegaron los altos mandos. Y fueron ellos quienes se ocuparon del interrogatorio. Si habían llegado hasta esos niveles de mando era debido a que habían tenido cuidado de ser especialmente crueles con todos, amigos o enemigos, aliados o criminales, soplones o renegados. Luego de la sexta sesión de interrogatorio los custodios regresaron con solo dos de los ocho presos originales. Uno de esos dos ya era un cadáver. El otro era Marcos y de los otros seis solo le informaron a Ramos que estaban ya presos en una cárcel militar acusados del bombazo en la Estación Central de Trenes. Horas después, supo que eso no era cierto, sus cuerpos estaban todavía en las salas de interrogatorio. A Nadiani lo mandó al hospital de inmediato, pero era demasiado tarde. Estaba lleno de laceraciones en el cuerpo. Meses después un viejo se presentó en la oficina de Ramos, buscaba a Marcos Nadiani, y el policía no tuvo el valor de decirle al viejo que su hijo estaba muerto, lo ignoró como a muchos otros y no supo más del Gran Cabo hasta que él mismo intentó buscarlo y le informaron que ya había muerto.
Nada de ese doloroso proceso por el que pasó Marcos Nadiani, alias Caballo Loco, lo supo la familia que esa noche estuvo de frente a Ramos. No había necesidad de explicar la razón por la que el cadáver no conservaba ninguno de los diez dedos de las manos, ¿para qué? Ramos solo esbozó a la familia que Marcos había tratado de ser borrado de la tierra porque había razones para ello; y el gobierno se había tratado de asegurar que desapareciera para siempre, sin dejar huella y sin decir nada. El que lo hubiesen enterrado en aquel sector del Panteón Central dedicado a la fatídica curva sur del estadio Nacional, había sido también parte de esa estrategia. La policía puso a todos los muertos de la tragedia del Nacional en un mismo plato, tanto aquellos que habían muerto por las balas de uno u otro bando como los que habían muerto por la estampida de gente que trataba de huir de ese infierno o los que habían muerto por la tortura perpetrada contra sus cuerpos. Hombres o mujeres, niños, jóvenes o ancianos, rojos o celestes, todos habían sido destinados a esa porción del cementerio, incluso los dos policías caídos esa noche. El que la directiva de los rojos llegará a decorar ese lugar con sus colores solo hizo la trampa del gobierno más eficiente. Por supuesto, la iniciativa de los Rojos había tenido una buena intensión, pero en esa buena intensión habían ayudado al gobierno en aquello de considerar a la tragedia un mero accidente. El castigo específico para Marcos Nadiani fue cruel: se le enterró con el nombre falso de su identificación falsa y con ello se aseguraban una de dos cosas: o que nadie preguntara por él o que quien preguntara por él supiera que Jesús Bracamontes era en realidad Marcos Nadiani, y por lo tanto esa persona que preguntara en tal caso, debía ser puesta tras las rejas e interrogada. Ese fue justamente el anzuelo por el que la policía llegó a Miriam Ponzio, la madre de Luisa.
Ramos y Rosa también decidieron omitir los detalles de lo que había pasado con Miriam Ponzio pues ellos mismos todavía tenían muchos vacíos y preguntas. Los registros de la prisión no eran concluyentes ni confiables. Sabían que esos registros podían estar modificados con tal de asegurar a la opinión pública que las presas en el penal estaban en buenas condiciones o, al menos, vivas. El motín de esa prisión había tenido de motín lo que la tragedia del Nacional había tenido de accidente, era solamente otro de esos actos planeados y ejecutados para deshacerse de problemas y poner sobre la mesa nuevos horizontes políticos y económicos. Ninguna de las presas sobrevivientes pudo jamás contar lo que verdaderamente ahí había ocurrido.
La prensa, por su parte, no escarbaba tanto en un país lleno de fosas por temor a lo que podía encontrarse, se trataba de una prensa al servicio del Estado no por voluntad propia sino porque los reporteros del país habían comprendido, luego de años de compañeros asesinados, que no decir era mejor que estar muerto, que creer y difundir la versión de las autoridades, por más desarticulada e ilógica que fuera, era mejor que ya no regresar a casa. Y todo eso no lo mencionaron Rosa ni Ramos a la familia de Luisa.
La mejor herramienta con que Ramos y Rosa contaban para encontrar a Miriam, eran sus propias cartas que durante seis años había escrito regularmente a su madre, la Abuela Mayor del sindicato, bajo la religiosa confianza de que su propia madre no la delataría jamás. Con esas cartas y un exhaustivo trabajo en la hemeroteca pudieron armar una cronología, más o menos acabada, del grupo terrorista Tierra y Libertad. Supieron entonces que la madre de Luisa no era una simple secretaria acosada por su jefe, el Gran Cabo, sino que había estudiado y se había graduado como química en la misma Universidad Nacional donde Marcos Nadiani estudiaba y donde la doctora Luisa Cortés Pizarro daba catedra. Era Miriam, y no Marcos, el cerebro detrás de cada una de las doce bombas que el grupo logró detonar en un periodo de aproximadamente siete meses. Ocho de esas bombas habían destruido igual número de cajeros automáticos, una destruyó las puertas del Palacio de Gobierno, otra una sucursal completa de banco, una más se detonó a las puertas del edificio de la bolsa central de valores del país y finalmente, la última había acabado con la vida de casi un centenar de personas en la Estación Central de Trenes.
Luisa no había tenido tiempo para leer todas las cartas a detalle, solo le gustaba leer aquellas en que su madre hacía referencia amorosa hacia ella que en ese entonces era todavía una bebé. Esa distracción la había hecho perderse las referencias de su madre como química, terrorista politizada, calculadora y consiente de sus actos.
“Sabemos que esa Bambi [la bomba] podrá matar a K [el presidente] al mismo tiempo que quita la vida a decenas de inocentes, mamá. Pero ¿no habrá valido la pena el sacrificio de esas vidas si logramos sacar del poder a aquellos que nos esclavizan en sus fábricas, oficinas y centros comerciales?”.
Esas mismas cartas le abrieron a Ramos una vista distinta hacia la gente que años atrás él perseguía y pensaba eran solamente “estudiantes estúpidos”. Era la otra versión, la de los vencidos, que se refería a la policía en nombres clave como “C4” o “almas ajenas”.
Al igual que para la abuela y para Luisa, la última carta de Miriam era las más misteriosa de todas para Rosa y Ramos. Rosa no quería ilusionar a Luisa de ninguna forma, pero ella y Ramos sabían que cronológicamente esa carta colocaba a Cristina Ponzio en un país africano (habían investigado el origen de la estampilla), dos meses después del motín del Penal Norte. ¿Cómo había logrado Cristina Ponzio llegar hasta ese país si era conscripta de terrorismo? Eso era un enorme misterio para todos. El problema es que luego de esa carta no había ninguna otra. No había vuelos directos de su país a África lo que dificultaba seguir algún registro de vuelo o de pasaportes. Por otro lado, el país en cuestión era uno de esos en eterna guerra civil… ¿por qué alguien se mudaría de un país miserable a uno en guerra?, eso no tenía ningún sentido y solo podía saberse si se abrían los archivos clasificados del gobierno.
Por otra parte, había algo fundamental que Ramos y Rosa no comprendían: Atrapar a los culpables de la explosión en la Estación Central de Trenes hubiese vestido mucho al gobierno, a la policía y al ejército; pero en lugar de eso, cuando los tuvieron en sus manos, los desaparecieron para siempre. A ese respecto, Ramos tenía una hipótesis aterradora.
―Yo estuve esa tarde en la estación luego de la explosión ―le contó a Rosa ―y leí algunos informes de los peritos, compañeros de los cuales yo pondría las manos en el fuego acerca del respeto a su profesión. Había cosas que no tenían ningún sentido. Por ejemplo, el presidente no llega a la estación porque una llamada anónima denuncia que una bomba estallará cuando él pase por ahí. Perfecto, salvamos al presidente y su gabinete, pero no se dio una orden de desalojar la estación. Algunos de mis compañeros murieron buscando esa bomba. Existen registros de la comunicación de radio del departamento en donde se nos informa que un grupo de jóvenes terroristas habían sido capturados por la policía con la bomba en las manos. Doce minutos después ocurre la explosión… Algo que no quieren que sepamos ocurrió en esos doce minutos… Los vídeos de seguridad fueron recogidos por el gobierno con la excusa de que aquella información era protegida por seguridad nacional.
―Días después ―continuó Ramos ―el grupo Tierra y Libertad se adjudicó la mitad del hecho: fue nuestra bomba, pero no nuestra detonación. Algo así dijeron en un comunicado encriptado en la red oscura de internet que logramos interceptar. Después de eso, la opinión general contra los grupos subversivos cambió bastante. La gente ya los consideraba criminales y asesinos, no libertarios. Nadie dudaba en denunciar a quien pensara era sospechoso. Cualquiera que tuviera ideas políticas contrarias al régimen era acusado de terrorista y eso entorpecía mucho nuestras investigaciones pues más de la mitad de esas denuncias eran paranoicas y falsas. Todo fue una gran mierda, pero ya me desvié del tema. Lo que pasa aquí a mí me parece muy claro. Quien atrapó a esos chicos con la bomba en la Estación Central de Trenes ordenó hacerla detonar de todas formas. Pero eso solo lo sabremos, quizás, si se abren los archivos.
Pero Rosa ni Ramos dijeron nada de eso a los Nadiani…
Eso hasta que, una semana después, del entierro de Marcos Nadiani en Achéron, Rosa no pudo soportarlo más y le confesó a Luisa, por teléfono, esos y otros detalles sobre su padre y madre.
Luisa quedó atónita luego de conocer los hechos y sospechas que Ramos y Rosa habían encontrado. Lo único que pudo decirle a Rosa fue.
―Gracias por decirme todo esto. Por favor, sigue buscando.
Y fue todo. Al siguiente día de esa llamada, Luisa se presentó nuevamente en el local de tatuajes de Achéron. El artista le preguntó:
―¿Quieres otro demonio?
―No ―respondió seriamente Luisa ―, tenemos que ser más claros. En mi vientre escribe “Tierra y Libertad”. En mi espalda escribe, “Abran los archivos”.

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