Las mañanas en Achéron, aunque fueran de primavera, eran frías y casi
siempre estaban acompañadas de un cielo nublado y gris, cuando no de una
llovizna. Pero la mañana luego del drama del tatuaje en la casa del Gran Cabo
mantuvo un sol pleno, uno que calentaba los huesos y dejó al hombre del puesto
de periódicos asombrado por la belleza del amanecer. Los pájaros cantaron más
temprano y el rocío sobre el césped del Granma se evaporó un poco antes.
Drilo fue el primero en despertar, se había quedado dormido sobre una
silla a un costado de la cama de Succed. Cuando ella despertó, él le ofreció un
beso y ella, con la tranquilidad que otorga el sueño aun después de la más
horrorosa de las tormentas, se lo negó.
―Bésala a ella ―le dijo Succed. Se levantó y fue hasta el baño donde
observó sus heridas a través del espejo.
Él, lleno de arrepentimiento trató de decir algo en su defensa.
―Ocurrió antes de que tú y yo fuéramos…
―Al menos ve a despertarla ―lo interrumpió Succed que no quería saber
nada de ese asunto ―. Si viajamos temprano podremos regresar hoy mismo.
―¿Viajar? ¿A dónde?
―A la capital.
Drilo encontró a Luisa sentada sobre su cama. Ella lo vio de pie debajo
del marco de su puerta y le dio gusto.
―Jefe. Pase.
―No, te venía a despertar. Debes cambiarte. Van ir a la capital.
―¿A la capital?
―Eso dijo.
Luisa se levantó rápidamente y comenzó a desvestirse, Drilo iba ya a
cerrar la puerta, pero Luisa lo llamó.
―¡Jefe! Voltee a ver allá ―le indicó a Luisa refiriéndose a uno de los
muros de su cuarto.
Drilo hizo lo que le pidió y ahí estaba, un poster con la imagen de él
conduciendo la pelota con la parte externa de su pie izquierdo en alguno de los
partidos de Achéron con la camiseta canaria y su mirada fija en la pelota. Era
una imagen por demás llena de belleza y que capturaba todo lo que él diez de
Achéron sentía cada vez que pisaba un campo de juego: felicidad absoluta. Se
volvió a mirar a Luisa para expresar alguna cosa, pero notó que ella ahora se
quitaba la blusa y regresó de inmediato los ojos al poster.
―Quité el de Tanque hace ya tiempo, Jefe ―dijo Luisa.
En efecto, en el medio de aquel desorden que era el cuarto de Luisa, esa
pared de la habitación era lo único que parecía guardar alguna proporción
estética. El poster de Drilo estaba acompañado en los costados por otro afiche
de la serie animada de Capitán Tsubasa, una bufanda de los Rojos con la frase
“Rojo hasta la muerte”, un jersey Celeste firmado por Tanque, otro de una
selección extranjera y una camiseta del equipo del Puerto, además de la foto de
Luisa en la primera plana del Diario Nacional Deportivo y una foto de su madre.
―Es bonito ―dijo Drilo y cerró la puerta del cuarto. Drilo no sabía que
su camiseta era la más vendida no solo en Achéron sino en la capital, no sabía
que había un poster suyo vendiéndose por ahí, mucho menos que uno de esos
ejemplares estaba colgado en la pared de Luisa. Luego de mirar aquella pared en
donde su imagen ocupaba el centro, sintió que algo en él estaba lleno de
júbilo, no lo sabía, era el ego.
Esa mañana, en el automóvil de la familia, acompañadas únicamente por el
chofer, las dos mujeres Nadiani viajaron hasta la capital. Drilo no les
acompaño pues estaba lleno de culpa y apocamiento, además tenía que ir a
entrenar ya que debía cumplir su tarea como ídolo. El Tío Otulio tampoco fue
pues se quedó a atender la mina.
La orden de Succed al chofer fue clara, solo caminos rápidos. Luisa no
quería ni voltear a ver a su tía pues sentía una profunda vergüenza por las
heridas que le había hecho la noche anterior. Todo el camino pensó en eso.
El recorrido de cuatro horas por carretera a la capital lo hicieron
bastante rápido y ninguna se atrevió a decir palabra; el problema era entrar a
aquella ciudad enferma de falta de dignidad y exceso de consumo. Cuando por fin
libraron el tráfico, el chofer tomó camino hasta el Panteón Central.
Los tres llegaron casi al punto
del fastidio, pero al final se encontraron en el camposanto con sus árboles,
sus prados verdes llenos de lápidas y su silencio; a ambas mujeres les reconfortó
aquella calma inimaginable en el medio de la ciudad. Ahí, siguieron las
indicaciones del personal del panteón y encontraron la tumba, la misma cruz
sencilla que había visto Rosa días antes. En esa cruz no estaba escrito el
nombre de alguien que conocieran. Así que el asunto era por demás extraño.
Luisa observó que ahí todas cruces tenían motivos alusivos al equipo
Rojo.
Succed se acercó a uno de los trabajadores y le preguntó el motivo de
esa decoración tan particular.
―En esa zona está enterrada la gente que murió en el Partido de la
Muerte. La directiva del equipo mantiene limpias las tumbas y le da
mantenimiento a la decoración.
Estuvieron así, de pie frente la tumba y sin decirse nada por algunos
minutos.
El chofer no entendía bien qué era lo que hacían en esa tumba y tuvo la
osadía de preguntarle a su patrona que le respondió que era la de su hermano,
el niño que hacía más de veinte años aquel hombre viejo llevaba todas las
mañanas, contra su voluntad, al colegio. Entonces, el chofer ofreció sus
condolencias y se disculpó por no saber que él joven había muerto.
―Luisa. ¿Tienes el número de Rosa? ―preguntó Succed.
―Sí, pero…
―Dámelo, ese tal Ramos debe saber cómo se puede hacer un examen de ADN.
Regresaron a la casa ya bastante noche. Rosa prometió buscar mañana
temprano a Ramos para saber aquello de la identificación de cuerpos a través
del ADN.
Luisa fue a los entrenamientos solo para poder estar con su equipo, ese
equipo que consideraba su familia. Eso era lo único que la consolaba y la hacía
sentir bien a falta de poder hacer fútbol. Sus compañeras la notaban baja de
ánimo y trataban de hacer bromas para ver si su sonrisa regresaba. Inés, la
capitana, pensó que si un día Luisa maduraba y se hacía fuerte emocionalmente,
podría ser capitana del equipo, pero ahora comprendía la razón de que Bartolomé
le había dado ese puesto a ella y no a la joven Nadiani a pesar de su juego y
liderazgo táctico dentro y fuera del campo. Luisa dependía, todavía, de sus
emociones para jugar, para caminar, para vivir.
Luisa intentó explicarles a todas ellas, lo que le ocurría y cómo habían
pasado las cosas, cada que lo contaba encontraba consuelo y era como si cada
vez que repetía la historia esta doliera un poco menos. Al conocer los hechos,
varias se convencieron de que “Llora mucho”, que era su apodo conocido en toda
la liga, tenía buenas razones para llorar.
Ese fin de semana, el F.C. Achéron logró mantener su ventaja de cuatro
puntos sobre los Celestes y ya solo faltaban tres partidos. Las de Achéron
femenil, por su parte, perdieron por 5-0 con Luisa desde la tribuna. También se
le ocurrió asistir un día a su escuela aunque no tenía motivo alguno. Saludó a
algunos de sus compañeros, a las chicas del grupo élite y a algunos de sus
maestros que le aseguraron que los exámenes que habían preparado especialmente
para su caso eran bastante sencillos si se atenía a seguir la guía de estudio
que le habían preparado. Esa tarde, Luisa regresó a casa y abrió por primera
vez la guía de estudio desde que le habían dado ese permiso especial por las
Olimpiadas y se puso a estudiar.
Solo siete días después de la visita al Panteón Central, Luisa regresó a
entrenar y esa tarde en que la alegría le regresó un poco más al cuerpo gracias
a recuperar su romance con la pelota, encontró, al regresar a casa, a Succed y
al Tío Otulio en la sala del comedor. Sobre la mesa del mismo estaba el sobre
con los resultados del examen de ADN. Ramos se había movido rápido en el caso
de Luisa que, por la relevancia que había tomado el movimiento de la Curva Sur,
se había convertido en su prioridad.
―¿Ya lo abrieron? ―preguntó Luisa.
―No, te estábamos esperando ―respondió Succed.
Succed tomó el sobre y lo abrió. Dudó y se lo extendió al Tío Otulio.
―Por favor hazlo tú, primo, Yo no puedo.
El tío tomó el sobre, sacó las hojas de papel que tenía dentro y comenzó
a leer. Hizo una pausa y levantó la vista hacia las mujeres.
―Es él.
Lo que a continuación ocurrió en esa habitación era una escena que se repetía
en una de cada cien familias en donde se aguardaba a un desaparecido y sucedía
que lo encontraban sin vida. Lloraron toda la tarde de dolor por la certeza.
El tío también vivió su propia pena sentado sobre una de las sillas de
madera de ese comedor donde por noches y días enteros había ayudado a su propio
tío, el Gran Cabo, a tomarle sentido al rompecabezas del paradero de Marcos.
Luego de dos horas de pena, Succed se levantó y comenzó a hacer llamadas
telefónicas a algunos familiares para dar la mala nueva. Llamó a Drilo por
supuesto. Y también, por su puesto, a una funeraria. El cuerpo sería trasladado
al cementerio de Achéron. Hijo y padre se reunirían por fin en un mismo espacio
luego de muchos años.
Esa noche, Luisa sintió la necesidad de también dar aviso. Llamó a Rosa,
pero ella ya había cambiado su número otra vez. Entonces salió de la casa.
―¿A dónde vas? ―le preguntó Succed.
―Al pueblo ―respondió ella.
―Por favor, no…
―No haré tonterías, no te preocupes.
Luisa llegó hasta la casa de la Abuela Mayor del Sindicato. Tocó la
puerta y un hombre anciano le abrió la puerta.
―Buenas noches, disculpe la hora, estoy buscando a la señora Bartolina.
El hombre la miró de arriba abajo.
―¿Para qué?
―Quiero decirle algo. Que encontré a mi padre.
El viejo bajó la cabeza. Casi se derrumba frente a la puerta, pero
mantuvo la entereza lo más que pudo. Así se atrevió a preguntar con la voz
entrecortada.
―¿Y a tu madre?
―A ella todavía no.
El hombre hizo pasar a Luisa y la invitó a sentarse en una humilde
silla. Entró a otro cuarto de la casa y a los pocos minutos apareció junto con
su esposa que ya estaba ataviada en ropa de dormir.
―¿Lo encontraste? ¿Vivo o…?
Luisa comenzó a llorar.
―Mu…
La vieja abrazó a la joven. Cuando pudo estar más tranquila, Luisa,
comenzó a explicar cómo es que habían encontrado a su padre. Luego les dijo el
nombre que estaba en la tumba. Los viejos se miraron uno al otro.
―Tu apellido de soltera, Bartolina ―dijo el viejo.
―Sí. Deja que termine…
―¿Bracamontes es su apellido, señora? ―preguntó Luisa.
―Sí.
Luisa pensó finalmente hacer una pregunta cuya respuesta no estaba del
todo segura.
―Disculpe, ¿cuáles son sus apellidos de usted, señor?
Los viejos se miraron uno al otro.
―Soy Anastacio Ponzio González.
Al escuchar el apellido Ponzio, Luisa supo que aquello ya no era
casualidad, no podía serlo. Los miró a ambos como quien suplica una confesión.
―Sí, hija, así es ―dijo al fin Bartolina, la abuela del sindicato y de
Luisa.
La vida se había apiadado de Luisa al darle dos
abuelos el mismo día de la certidumbre de la muerte de su padre.
Succed, quería que el servicio fúnebre fuese privado y por el lado de su
familia eso no significa casi ningún problema pues su madre no vendría desde
Francia (aunque si mandó unas flores y una tarjeta). Sin embargo, nunca imaginó
el otro lado de la familia, un mundo de personas que ella ignoraba que
existieran. Los primeros en llegar fueron los dos abuelos recién descubiertos
por Luisa. Luego apareció el hermano y la hermana de la esposa de Marcos,
además de sus hijos; una tía abuela y varios hermanos de los viejos. También,
una a una, comenzaron a aparecer las familias de obreros que no tenían relación
sanguínea con el finado, pero que lo recordaban como un hombre que los había
ayudado a construir su casa, a obtener el seguro médico o a sacar a algún preso
del sindicato por disturbios. Casi todas las abuelas del Sindicato llegaron con
sus maridos, varios de los jugadores de la Liga de los Mineros estaban ahí
también, además del árbitro justo. Entre ese mar proletario estaban varias de
las compañeras de Luisa en el equipo femenil, trabajadores del estadio, y los
integrantes del cuerpo técnico y la platilla del F.C. Achéron. Drilo se
presentó a lado de su madre y de Ramón. Por supuesto, Ricky había inventado
alguna excusa para no ir y así aprovechar el tiempo para citar en su casa a
alguna de sus fans. Algunos de los presentes llevaban en su ropa los colores
del F.C. Achéron pues Marcos Nadiani había sido durante un año jugador del
primer equipo durante su estancia en la cuarta división. De la capital habían
llegado Rosa y Ramos. Una corona de flores rojas con la frase de los mancebos de
los Rojos, “fiel hasta la muerte” también llegó. Marcos Nadiani había
desaparecido de la faz de la tierra, pero cuando había reaparecido, todos lo
seguían recordando.
Una a una, las personas se acercaron a Luisa para darle el pésame. Le
dirigían palabras de aliento, algunos la abrazaban y otros le mostraban su
respeto. Entonces, varios de los mineros vestidos con los colores del Achéron,
sacaron un bombo y una corneta y comenzaron a entonar el himno del equipo.
Aquel grupo de hombres era lo más cercano que los de Achéron tenían a una
barra. Y todos se acercaban a Luisa.
―Luisa, ¿de dónde salió esta gente? ― preguntó Succed.
Luisa dudó qué contestar. Ella misma no sabía cómo es que tanta gente se
había enterado. Suponía sí, que sus abuelos debían haber dado el aviso, pero
nunca pudo dimensionar el carácter de “pueblo chico” de Achéron en donde cada
habitante parecía conocer cada detalle de la vida de los habitantes del pueblo.
―Bueno, no sé ―respondió de manera sincera.
―¡Pero es que aquí está casi media Achéron! ―continuó asombrada Succed.
Succed exageraba, pero si era mucha gente. Así, Marcos Nadiani se fue a
la tumba en medio de las numerosas coronas de flores que la gente que lo había
conocido colocaron sobre su sitio de descanso.
Luego del acto del entierro, la familia se recogió en la casa del Gran
Cabo, los abuelos Ponzio aceptaron la invitación de Rosa y Luisa pues el ex
policía Ramos les contaría a detalle los sucesos que él conocía sobre los
últimos días en la vida de Marcos.
Ramos comenzó su relato de manera cauta y sin mirar a nadie más que al
coñac que le había servido el tío Otulio:
―Marcos no sufrió mucho. Cuando lo recibí como prisionero me di cuenta
que estaba muy mal herido. Por eso lo mandamos al hospital. Luego de un mes o
poco más perdió la vida por sus heridas. No me dijo mucho, recuerdo que pedía
agua constantemente, pero no decía nada más. No nos dio información, ni
siquiera nos dijo su nombre aunque para entonces ya sabíamos todo de él. Aun
así, la orden fue enterrarlo junto a las víctimas del estadio, bajo el nombre
de su identificación falsa. Solo seguíamos órdenes… No puedo decirles mucho
más. Sobre su mujer, aún estamos investigando.
Y fue todo. A Succed le pareció que no le habían dicho nada y esa
sensación estaba multiplicada por diez en los abuelos.
La abuela preguntó acerca del porqué lo habían matado y cuál era la razón
sobre no entregar el cuerpo a sus familiares si sabían exactamente quién era y
que abiertamente lo buscaba su padre, el Gran Cabo. Ramos se tomó su tiempo
para responder.
―Teníamos un tiempo siguiéndolo, a él y a la gente que conformaba grupos
similares. No sabíamos mucho de ellos, solo teníamos pistas aisladas como las
imágenes de las cámaras de seguridad que los habían captado en alguno de sus
sabotajes o actos de terrorismo menores, de cuando hacía estallar cajeros
automáticos por las noches. En ese entonces yo consideraba que eran solo un
grupo de jóvenes estudiantes estúpidos, pero luego del asunto de las bombas y
las muertes ya no pudo serlo. Y la gente los protegía, eso nos hacía las cosas
más difíciles a quienes intentábamos ponerlos tras las rejas, porque eso
queríamos, ponerlos tras las rejas… no sé cuándo se fue todo al carajo y
comenzamos a desaparecerlos y asesinarlos. No estoy seguro de cuándo nos
invadió el miedo por no ser parte de los sospechosos. Lo mejor y más seguro era
obedecer y callar, de lo contrario te podían acusar de protegerlos, de ser
parte de ellos, o de ser un convencido de sus ideas. Así pues, si la
instrucción era borrar de la tierra a alguno, se obedecía y punto.
Ramos miró su copa vacía de coñac. Parecía tomar valor para lo que diría
después.
―Tuve miedo y no di información de su familiar al hombre anciano que
preguntaba por él. Ni a ningún otro familiar o institución que estuvieran
buscando a otras personas durante el periodo en que fui teniente y supervisor
segundo de la policía militar. No es justificación. Lo que menos quería un
policía de entonces era que algún compañero o espía pensara que estaba ayudando
a los inconformes. Al final, la precaución en ese y otros asuntos no me
sirvieron a largo plazo, lo supe cuando mi propia hija no regresó nunca más a
casa. No estoy expiando culpas, Rosa… estoy buscando a alguien, pero me tomo el
tiempo necesario si puedo ayudar a encontrar a otros.
A Rosa se le hizo un nudo en la garganta y se arrepintió de la acusación
que ella misma había hecho en contra de Ramos la tarde que lo había conocido.
Ramos continuó.
―Los borraron de la tierra. A todos. Muchas veces eran venganzas
personales. En el caso de su familiar y de la gente de la tragedia del estadio
Nacional creo había algo más. Espero que encuentren a la mujer, yo lo que sé es
que la tuve en los registros del Penal Norte por dos años antes de que
simplemente desapareciera de la cuenta. Los archivos del penal, lo poco que
hay, se lo he dado a Rosa. Creo que ella es muy lista y puede, si ella así lo
decide, ayudarles en ese sentido.
Ramos puso la copa que había contenido su coñac sobre la mesa y bajó la
mirada. Realmente creía eso sobre Rosa y mucho más. Esa chica aventurera que
devoraba tazas de café para no dormir y tenía una capacidad de lectura y
comprensión notables, le parecía un talento desaprovechado si es que solo
quería escribir poesía; de hecho pensaba que Rosa era una investigadora innata.
Junto a ella había hecho el acuerdo de no decir mucho a los Nadiani acerca de
Marcos, lo que sabían de Miriam y la tragedia del Nacional.
Ramos y Rosa consideraron que esa familia que ahora recuperaba el cuerpo
de un familiar perdido durante años, no era necesario que supiera que todos
esos grupos subversivos como “Tierra y Libertad” no se iban a detener hasta que
cayera el gobierno o hasta que ese mismo gobierno los enfrentara por las balas.
Eran movimientos que funcionaban cual células, pero en el último año, antes de
la masacre del Nacional, había habido rumores de que todos los líderes, urbanos
o del interior, pensaban unir sus fuerzas. Una auténtica revolución, una muy
molesta lucha armada para un país que quería dar la apariencia de normalidad y
desarrollo. Eso asustaba mucho a las altas esferas del gobierno y
empresariales. Ya no eran solo estudiantes estúpidos sino una auténtica amenaza
para sus intereses económicos. A eso se reducía todo, a dinero, su dinero.
Tampoco contaron que los infiltrados que la policía militar tenía en
algunos grupos delataron que, algunos de los líderes, se reunían cada quince
días en las tribunas del estadio Nacional durante los partidos de los Rojos. Se
suponía que esa noche, la de la tragedia del Nacional, solo los ubicarían y
vigilarían, pero cuando la televisión les puso en primer cuadro a Caballo Loco,
líder de Tierra y Libertad, al final del partido, los mandos perdieron la
cordura y ordenaron la captura a toda costa de aquel hombre.
Había sido el propio Ramos el que corrió, pistola en mano, desde su
punto de observación en la grada del Nacional hacia la tribuna de la curva sur
del estadio y, justo cuando creyó tener a Caballo Loco a la vista, un hombre lo
tiró al suelo quitándole el arma. Uno de los policías le disparó al tipo y el
infierno se desató. Los grupos subversivos utilizaban el medio tiempo de los
partidos de fútbol para contrabandear armas en los baños del estadio. Pasaban
las armas dentro de los bombos, envueltas en las mantas o debajo de los
sombreros de fiesta con los que aparentaban solo apoyar al equipo Rojo. También
contrabandeaban otras cosas como dispositivos y químicos necesarios para
confeccionar sus bombas con las que hacían estallar cajeros automáticos y,
luego de adquirir práctica y valor, sucursales enteras de bancos extranjeros
(nunca nacionales o que ellos creían eran mayoritariamente de capital
nacional).
Ramos sabía que esa noche había francotiradores apostados en los
edificios vecinos del estadio Nacional, según su superior, esos rifles estarían
en el lugar solo por si acaso. Y ese “si acaso” ocurrió. Le confesó a Rosa (y no
a la familia Nadiani) que los miembros de la fanaticada roja estaban armados,
pero que nadie pensó nunca armarse con algo tan sencillo como un dispositivo
para grabar video.
―Si tuviésemos un vídeo ―le decía angustiosamente Ramos a Rosa ―, tan
solo un vídeo, que mostrara que aquello no fue una estampida por un partido de
fútbol y bengalas, tendríamos algo. Los testimonios de los sobrevivientes
tienen poco valor sin un vídeo.
El propio Ramos guardaba celosamente una carpeta con cientos de
declaraciones de testigos de esa noche, en donde indicaban haber visto o
escuchado armas de fuego en la tribuna y desde las ventanas de los edificios.
Toda esa evidencia nunca fue tomada en cuenta para el proceso oficial del caso
que determinó que lo ocurrido en el estadio Nacional había sido un trágico
accidente por sobrecupo y un gol fallado por Drilo, episodio emocional del cual
la hinchada Roja no había podido reponerse, sellando así su propia muerte,
aplastados contra la malla de su propio estadio.
Ramos terminó su relato para con la familia Nadiani.
―…ya tirado en el suelo le pusimos las esposas. Tenía una gran herida en
la cabeza, sangraba también de un costado. Lo golpeamos, pues aún herido, él se
resistía. En la gendarmería le brindaron primeros auxilios. Estuvo en cama
varios días, siempre vigilado por un médico y un policía.
Y se detuvo. No contó que cuando Marcos estuvo mejor, llegaron los altos
mandos. Y fueron ellos quienes se ocuparon del interrogatorio. Si habían
llegado hasta esos niveles de mando era debido a que habían tenido cuidado de
ser especialmente crueles con todos, amigos o enemigos, aliados o criminales,
soplones o renegados. Luego de la sexta sesión de interrogatorio los custodios
regresaron con solo dos de los ocho presos originales. Uno de esos dos ya era
un cadáver. El otro era Marcos y de los otros seis solo le informaron a Ramos
que estaban ya presos en una cárcel militar acusados del bombazo en la Estación
Central de Trenes. Horas después, supo que eso no era cierto, sus cuerpos
estaban todavía en las salas de interrogatorio. A Nadiani lo mandó al hospital
de inmediato, pero era demasiado tarde. Estaba lleno de laceraciones en el
cuerpo. Meses después un viejo se presentó en la oficina de Ramos, buscaba a
Marcos Nadiani, y el policía no tuvo el valor de decirle al viejo que su hijo
estaba muerto, lo ignoró como a muchos otros y no supo más del Gran Cabo hasta
que él mismo intentó buscarlo y le informaron que ya había muerto.
Nada de ese doloroso proceso por el que pasó Marcos Nadiani, alias
Caballo Loco, lo supo la familia que esa noche estuvo de frente a Ramos. No
había necesidad de explicar la razón por la que el cadáver no conservaba
ninguno de los diez dedos de las manos, ¿para qué? Ramos solo esbozó a la
familia que Marcos había tratado de ser borrado de la tierra porque había
razones para ello; y el gobierno se había tratado de asegurar que desapareciera
para siempre, sin dejar huella y sin decir nada. El que lo hubiesen enterrado
en aquel sector del Panteón Central dedicado a la fatídica curva sur del
estadio Nacional, había sido también parte de esa estrategia. La policía puso a
todos los muertos de la tragedia del Nacional en un mismo plato, tanto aquellos
que habían muerto por las balas de uno u otro bando como los que habían muerto
por la estampida de gente que trataba de huir de ese infierno o los que habían
muerto por la tortura perpetrada contra sus cuerpos. Hombres o mujeres, niños,
jóvenes o ancianos, rojos o celestes, todos habían sido destinados a esa
porción del cementerio, incluso los dos policías caídos esa noche. El que la
directiva de los rojos llegará a decorar ese lugar con sus colores solo hizo la
trampa del gobierno más eficiente. Por supuesto, la iniciativa de los Rojos
había tenido una buena intensión, pero en esa buena intensión habían ayudado al
gobierno en aquello de considerar a la tragedia un mero accidente. El castigo
específico para Marcos Nadiani fue cruel: se le enterró con el nombre falso de
su identificación falsa y con ello se aseguraban una de dos cosas: o que nadie
preguntara por él o que quien preguntara por él supiera que Jesús Bracamontes
era en realidad Marcos Nadiani, y por lo tanto esa persona que preguntara en
tal caso, debía ser puesta tras las rejas e interrogada. Ese fue justamente el
anzuelo por el que la policía llegó a Miriam Ponzio, la madre de Luisa.
Ramos y Rosa también decidieron omitir los detalles de lo que había
pasado con Miriam Ponzio pues ellos mismos todavía tenían muchos vacíos y
preguntas. Los registros de la prisión no eran concluyentes ni confiables.
Sabían que esos registros podían estar modificados con tal de asegurar a la
opinión pública que las presas en el penal estaban en buenas condiciones o, al
menos, vivas. El motín de esa prisión había tenido de motín lo que la tragedia
del Nacional había tenido de accidente, era solamente otro de esos actos
planeados y ejecutados para deshacerse de problemas y poner sobre la mesa
nuevos horizontes políticos y económicos. Ninguna de las presas sobrevivientes
pudo jamás contar lo que verdaderamente ahí había ocurrido.
La prensa, por su parte, no escarbaba tanto en un país lleno de fosas
por temor a lo que podía encontrarse, se trataba de una prensa al servicio del
Estado no por voluntad propia sino porque los reporteros del país habían
comprendido, luego de años de compañeros asesinados, que no decir era mejor que
estar muerto, que creer y difundir la versión de las autoridades, por más
desarticulada e ilógica que fuera, era mejor que ya no regresar a casa. Y todo
eso no lo mencionaron Rosa ni Ramos a la familia de Luisa.
La mejor herramienta con que Ramos y Rosa contaban para encontrar a
Miriam, eran sus propias cartas que durante seis años había escrito regularmente
a su madre, la Abuela Mayor del sindicato, bajo la religiosa confianza de que
su propia madre no la delataría jamás. Con esas cartas y un exhaustivo trabajo
en la hemeroteca pudieron armar una cronología, más o menos acabada, del grupo
terrorista Tierra y Libertad. Supieron entonces que la madre de Luisa no era
una simple secretaria acosada por su jefe, el Gran Cabo, sino que había
estudiado y se había graduado como química en la misma Universidad Nacional
donde Marcos Nadiani estudiaba y donde la doctora Luisa Cortés Pizarro daba
catedra. Era Miriam, y no Marcos, el cerebro detrás de cada una de las doce
bombas que el grupo logró detonar en un periodo de aproximadamente siete meses.
Ocho de esas bombas habían destruido igual número de cajeros automáticos, una
destruyó las puertas del Palacio de Gobierno, otra una sucursal completa de
banco, una más se detonó a las puertas del edificio de la bolsa central de
valores del país y finalmente, la última había acabado con la vida de casi un
centenar de personas en la Estación Central de Trenes.
Luisa no había tenido tiempo para leer todas las cartas a detalle, solo
le gustaba leer aquellas en que su madre hacía referencia amorosa hacia ella
que en ese entonces era todavía una bebé. Esa distracción la había hecho
perderse las referencias de su madre como química, terrorista politizada,
calculadora y consiente de sus actos.
“Sabemos que esa Bambi [la bomba] podrá matar a K [el presidente] al
mismo tiempo que quita la vida a decenas de inocentes, mamá. Pero ¿no habrá
valido la pena el sacrificio de esas vidas si logramos sacar del poder a
aquellos que nos esclavizan en sus fábricas, oficinas y centros comerciales?”.
Esas mismas cartas le abrieron a Ramos una vista distinta hacia la gente
que años atrás él perseguía y pensaba eran solamente “estudiantes estúpidos”.
Era la otra versión, la de los vencidos, que se refería a la policía en nombres
clave como “C4” o “almas ajenas”.
Al igual que para la abuela y para Luisa, la última carta de Miriam era
las más misteriosa de todas para Rosa y Ramos. Rosa no quería ilusionar a Luisa
de ninguna forma, pero ella y Ramos sabían que cronológicamente esa carta
colocaba a Cristina Ponzio en un país africano (habían investigado el origen de
la estampilla), dos meses después del motín del Penal Norte. ¿Cómo había
logrado Cristina Ponzio llegar hasta ese país si era conscripta de terrorismo?
Eso era un enorme misterio para todos. El problema es que luego de esa carta no
había ninguna otra. No había vuelos directos de su país a África lo que
dificultaba seguir algún registro de vuelo o de pasaportes. Por otro lado, el
país en cuestión era uno de esos en eterna guerra civil… ¿por qué alguien se
mudaría de un país miserable a uno en guerra?, eso no tenía ningún sentido y
solo podía saberse si se abrían los archivos clasificados del gobierno.
Por otra parte, había algo fundamental que Ramos y Rosa no comprendían:
Atrapar a los culpables de la explosión en la Estación Central de Trenes
hubiese vestido mucho al gobierno, a la policía y al ejército; pero en lugar de
eso, cuando los tuvieron en sus manos, los desaparecieron para siempre. A ese
respecto, Ramos tenía una hipótesis aterradora.
―Yo estuve esa tarde en la estación luego de la explosión ―le contó a
Rosa ―y leí algunos informes de los peritos, compañeros de los cuales yo
pondría las manos en el fuego acerca del respeto a su profesión. Había cosas
que no tenían ningún sentido. Por ejemplo, el presidente no llega a la estación
porque una llamada anónima denuncia que una bomba estallará cuando él pase por
ahí. Perfecto, salvamos al presidente y su gabinete, pero no se dio una orden
de desalojar la estación. Algunos de mis compañeros murieron buscando esa
bomba. Existen registros de la comunicación de radio del departamento en donde
se nos informa que un grupo de jóvenes terroristas habían sido capturados por
la policía con la bomba en las manos. Doce minutos después ocurre la explosión…
Algo que no quieren que sepamos ocurrió en esos doce minutos… Los vídeos de
seguridad fueron recogidos por el gobierno con la excusa de que aquella
información era protegida por seguridad nacional.
―Días después ―continuó Ramos ―el grupo Tierra y Libertad se adjudicó la
mitad del hecho: fue nuestra bomba, pero no nuestra detonación. Algo así
dijeron en un comunicado encriptado en la red oscura de internet que logramos
interceptar. Después de eso, la opinión general contra los grupos subversivos
cambió bastante. La gente ya los consideraba criminales y asesinos, no
libertarios. Nadie dudaba en denunciar a quien pensara era sospechoso.
Cualquiera que tuviera ideas políticas contrarias al régimen era acusado de
terrorista y eso entorpecía mucho nuestras investigaciones pues más de la mitad
de esas denuncias eran paranoicas y falsas. Todo fue una gran mierda, pero ya
me desvié del tema. Lo que pasa aquí a mí me parece muy claro. Quien atrapó a
esos chicos con la bomba en la Estación Central de Trenes ordenó hacerla
detonar de todas formas. Pero eso solo lo sabremos, quizás, si se abren los
archivos.
Pero Rosa ni Ramos dijeron nada de eso a los Nadiani…
Eso hasta que, una semana después, del entierro de Marcos Nadiani en
Achéron, Rosa no pudo soportarlo más y le confesó a Luisa, por teléfono, esos y
otros detalles sobre su padre y madre.
Luisa quedó atónita luego de conocer los hechos y sospechas que Ramos y
Rosa habían encontrado. Lo único que pudo decirle a Rosa fue.
―Gracias por decirme todo esto. Por favor, sigue buscando.
Y fue todo. Al siguiente día de esa llamada, Luisa se presentó
nuevamente en el local de tatuajes de Achéron. El artista le preguntó:
―¿Quieres otro demonio?
―No ―respondió seriamente Luisa ―, tenemos que ser más claros. En mi
vientre escribe “Tierra y Libertad”. En mi espalda escribe, “Abran los
archivos”.

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