El Mefistófeles y las frases de exigencias de Luisa en su vientre y
espalda llegaron hasta el siguiente partido de ella en el que sí pudo jugar y
anotó dos goles de notable factura contra el equipo de una ciudad del altiplano
llamada Orbajosa. La prensa, cada vez más numerosa, no dejó pasar el hecho de
los tatuajes subversivos y contrarios al orden establecido del país y del
universo. Para la siguiente semana, Luisa anotó otro gol y cuando se levantó la
camiseta dejó ver en su vientre, otra vez, el nombre del grupo terrorista
“Tierra y Libertad”.
La Liga no supo qué hacer, inventarse una regla a más de la mitad del campeonato
hubiera sido demasiado cínico. Luisa ya no se quitaba la camiseta, solo se la
levantaba. Así, reportaron al Gobierno Central que, por su parte salvo la multa
de rigor, no tenían nada que hacer hasta que el campeonato actual terminara.
Por otro lado, calcularon que la defensa de la chica podría argumentar que
“Tierra y Libertad” era una consigna anarquista con una vasta historia detrás
que incluían la Revolución Rusa y cientos de movimientos libertarios, y no tan
libertarios, alrededor del mundo; pasaba lo mismo con la frase “Abran los
archivos”, sin contexto esa frase podía significar cualquier cosa. De esta
forma, la instrucción a los medios de comunicación convencionales fue dejar de
cubrir todos los partidos de la liga femenil.
Esto fue discutido por los dueños de la prensa quienes argumentaron que
aquello del fútbol femenino al fin era redituable y se negaban a seguir tal
instrucción en pro de un mercado abierto, que era la consigna por parte del
gobierno, más aun, era la única función para la que los dueños del dinero en el
país soportaban que hubiese algo llamado Estado. De hecho, al ver que el
producto, es decir chicas como Luisa, era provechoso, los editores de otros
medios buscaron entre la liga a más jugadoras guapas a las cuales seguir y fotografiar.
Así, en este caso, irónicamente, el sexismo de la prensa ayudó a la causa de la
justicia.
Para colmo de los que estaban molestos con la situación (no solo gente
del gobierno sino civiles de tendencia conservadora), Luisa fue incluida por la
Federación de Fútbol dentro del plantel que, al final de la temporada, se
concentraría para afrontar tres partidos de preparación en el extranjero y
posteriormente los Juegos Olímpicos. Lo único que podían esperar los
detractores era que la jugadora se lastimara. Eso sí, instruyeron al Ministerio
del Deporte para que le prohibieran tajantemente a la jugadora cualquier
manifestación de tipo política durante alguno de los juegos en el exterior o
durante los Juegos Olímpicos, ya que si lo hacía se tendría que aplicar la ley.
Y eso significaba el cargo de traición a la patria, delito que no alcanzaba
fianza alguna.
Y sin embargo, en otros partidos de la Liga varonil de Primera División
nunca faltaba un grupo de mujeres, ya fueran veinte, ya fueran cien (nunca
volvieron a alcanzar el nivel de convocatoria de la primera vez) que
permanecían juntas y en silencio durante los partidos. Cuando Luisa fue
sancionada, fueron otras jugadoras las que se atrevieron a mostrar camisetas
con la consigna de “Sí, libertad”. No
fueron muchas, pero fueron suficientes y cada una de ellas recibió la
correspondiente tarjeta amarilla por el hecho además de la multa para su club.
Por su parte, Luisa aceptaba toda entrevista y estudiaba las posibles
respuestas que Rosa le mandaba por internet ante cada pregunta.
―Luisa, eres muy buena deportista, pero además muy hermosa…
―¿Y eso qué? Si quieres hablar de mi vida privada hablemos de mis papás…
―Luisa, ya no te hemos visto muy cercana a Ricky, ¿tienen problemas?
―No, yo no tengo problemas con él. Y si no estoy todo el tiempo cerca de
él es porque tengo vida propia.
Y así, Luisa, más que reflexionar y hacer suyas las palabras, había
aprendido las respuestas que debía dar. Incluso cuando le pedían fotos, ella
les pedía que podían hacer cualquier truco para que las fotos fuesen mejores,
pero les prohibía tajantemente borrar cualquiera de los tatuajes.
Solo una revista se atrevió a no romper el acuerdo, pero el resto,
incluyendo a la internacional de desnudos de fama mundial, eliminó de manera
digital los tatuajes. En todos esos reportajes, los editores habían trabajado
horas extra e inventaron respuestas triviales de la jugadora para que pareciera
más una reina de belleza y no lo que ya era para entonces: una resentida
social. Curiosamente, el efecto que eso tuvo en la causa de la Curva Sur fue
beneficioso pues el público de consumo común y corriente cada vez más sabía
quién era Luisa Nadiani Ponzio y el público snob quería saber más sobre el
secreto que la prensa ocultaba sobre ella. Todo aquello era una bola de nieve que
acumulaba volumen, y el gobierno erraba en su cálculo de la gravedad del
asunto.
Por otra parte, restaban solo dos fechas para que el Achéron ganara el
Campeonato Nacional de Primera División por primera vez en su historia. Iban de
visita contra el Chaebol Sport Television, un equipo nuevo fundado por un
conglomerado asiático. Era una escuadra odiada por todos, incluso por los
Celestes pues tenían dinero suficiente para competir en cuanto a fichajes bomba
se refería con la directiva azul. El resto de los aficionados al fútbol lo
castigaban con el argumento de que aquello no era un equipo de fútbol, no
representaba a ninguna ciudad (jugaban en la capital) ni tenían historia.
Habían ascendido de la cuarta división a la primera en solo tres años, algo similar
a lo que había hecho el Achéron, pero sustentado en el dinero y no en cantera e
ilusiones. De hecho, esa temporada el Chaebol, el representante del fútbol de
cartón, marchaba tercero y aunque no tenía ninguna chance de ser campeón ese
año, se esperaba que fuese el comienzo del milagro Celeste para alcanzar a los
de Achéron. Lo que ocurrió en ese partido fue bautizado por la gente como el
robo del siglo: el árbitro marco dos penales en contra del Achéron y les anuló
un gol legítimo. El Achéron perdió esa tarde por dos a cero contra el Chaebol
y, en combinación con un triunfo Celeste, dejó la definición del campeonato
para la última fecha. Entre la rabia y la impotencia, Camacho, el técnico del
milagro amarillo sentenció:
―Mejor así. Queremos coronarnos en casa.
En todo el país no se hablaba de otra cosa que no fuera la definición
del campeonato de fútbol. Fue una semana perfecta para estafas financieras,
aprobación de leyes injustas y reducción de sentencias para criminales afines
al empresariado del país. Fue una semana de locura también en Achéron: la gente
se miraba en la calle, en el autobús, en la oficina, en la mina, en la escuela
y en todos lados con la expresión de “qué partido se nos viene”.
Los Celestes cerrarían contra el último lugar del campeonato mientras
que Achéron lo haría contra un equipo de media tabla, el F.C. Vetusta. No había
posibilidad de arreglo de partido pues el resto de los dueños de equipos de
primera división presionaron a la Federación para traer a dos árbitros del
extranjero para pitar ambos juegos, que se jugarían a la misma hora, y así
evitar una vergüenza nacional como “el robo del siglo” de la semana anterior.
La Federación cedió a la presión y dos árbitros del norte fueron contratados
para esos dos duelos finales. Fue el último recurso de los Rojos para evitar su
propia tragedia. El hecho de los árbitros molestó enormemente a la directiva y
afición celeste, esta última se inventó canticos burlones para la ocasión.
Por su parte, la prensa asestó un golpe bajo y terrible: un diario sacó
fotografías de Ricky besándose con dos mujeres en muy poca ropa, ninguna era
Luisa. En la nota que acompañaba a las fotos la reportera se preguntaba dónde
había quedado el amor que Ricky había dicho tener por la reciente bomba del
fútbol femenil (y del modelaje) Luisa Nadiani. Cuando los reporteros acosaron a
Ricky a las afueras del Granma, él solo huyó lo más rápido que pudo de aquel
torbellino sin decir nada.
La bomba le estalló a Succed en la cara tres días antes del duelo final.
No se atrevió a dictar ninguna sentencia y dejó todo el asunto en manos de
Camacho.
El día que Camacho habló con Ricky, el joven lloró, literalmente, sobre
el hombro del viejo entrenador. Se dijo arrepentido y explicaba que la noticia
le había llegado a sus padres y a su pueblo natal, el pueblo de las fresas. El
regaño y desprecio de sus progenitores no se hizo esperar, resultaba que Ricky
les había prometido varias veces llevar a Luisa al pueblo para que la
conocieran y que, si ella aceptaba, se casarían en la iglesia del pueblo. En un
ambiente cerrado y ultraconservador, el poliamor del ídolo futbolista no fue
perdonado, al menos no por sus padres (el resto de la gente del pequeño pueblo
de las fresas lo explicaban de manera más simple: es hombre y cayó tentado).
Lo peor llegó después pero llevaba cocinándose semanas enteras. Era
Drilo y el ascenso a la fama. El dinero lo había golpeado fuertemente, pero la
fama lo había dejado en el terreno del K.O. El que su amor platónico, Succed,
se le hubiera cumplido, solo había incrementado el vuelo del ego de Drilo que
poco a poco comenzó a cambiar la indiferencia ante los medios por el gusto a
ser entrevistado. La amabilidad innata que tenía para con todas las personas se
le fue diluyendo entre un coche nuevo (contrató un chofer), ropa de marca y
zapatos de fútbol de última generación. Las pizzas a domicilio poco a poco las
cambiaron por grandes y fastuosas cenas en los restaurantes más caros de
Achéron, y cuando los hubo visitados todos, los cambió por los de la capital.
Succed veía eso con buenos ojos sin imaginar que el tímido y miedoso Drilo se
convertía en el pedante Drilo. Además, Drilo se reencontró con una amiga de
años anteriores, del periodo de cuando su rodilla no tenía esperanza, Drilo se
reencontró en su borrachera de éxito inusitado con la botella de alcohol.
El día anterior al partido contra el Chaebol, Drilo estaba completamente
borracho, deprimido por su situación con Succed. Las noches de fiesta después
de los entrenamientos fueron cada vez más comunes y los diarios daban cuenta de
esas parrandas colectivas pues Drilo no se reventaba solo, ahí estaban sus
compañeros con él. Cuando un aficionado que frecuentaba el Bar de los Mineros
les reclamó por la derrota contra el Chaebol los jugadores se burlaron de él, y
este les respondió de manera muy atinada:
―¡Malditos! ¡Ustedes pasan más tiempo aquí que entrenando!
Aquella acusación era una basada
en la estadística y no el oprobio fácil.
El único que se apartaba de aquello con una estrategia bastante eficaz
era el azote de Armenia, Vladímir, el tipo se comportaba de manera tan
irracional y divertida sin estimulantes que, mientras sus compañeros
necesitaban beber (o inhalar), él solo daba rienda suelta a su carácter natural
y apenas bebía una o dos cervezas para ser el alma de la fiesta. Uno vez Drilo
le preguntó por qué no tomaba más, y el hechicero del Cáucaso le respondió con
voz grave:
―Porque mi religión me lo prohíbe.
Drilo no indagó más, hablar de religión le espantaba y mejor dejó el
tema ahí.
Ojalá todo se hubiese quedado en alcohol, pero para algunos de la
platilla no fue de esa forma, entre ellos Drilo que, sin saberlo, terminó por
conocer a las personas que alguna vez le habían vendido a Luisa una bolsa
completamente llena de cocaína de la mala. La diferencia es que Drilo les
compró de la buena y con eso comenzó una nueva serie de sensaciones. Su primera
dosis fue a mitad del campeonato, justo después del parón navideño, y para la
semana antes del duelo de la jornada 38, ya sabía de variedades, cantidades y
placenteras combinaciones con alcohol. Drilo le llevó mucha ventaja a sus
compañeros en lo que a fiesta, alcohol y cocaína se trataba, pero en lo que
nunca les dio alcance fue en las mujeres, increíblemente, aún bajo el estímulo
de las drogas, Drilo siempre le fue fiel a Succed e incluso juró nunca más
besar a Luisa.
Camacho era el más triste en todo eso. Sabía que perdía poco a poco el
control de algo muy grande y, aunque en sus charlas trataba de invitar a sus
jugadores a ser correctos y profesionales, tenía la certeza de que la mitad del
plantel no escuchaba. No podía comprender cómo es que algo tan decadente como
el Achéron alcohólico, parrandero y adicto, podía estar a una semana de ganar
la liga… era simplemente inexplicable.
―Por favor, por lo que más quieran. Hoy duerman temprano.
Les rogó Camacho a sus jugadores el sábado antes del partido final. El
100%, incluido Drilo, le hicieron caso. Fueron a acostarse, realmente le
pusieron empeño, pero no pudieron. Estaban sumamente nerviosos y solo se les
ocurrió relajarse de la única manera que sabían. Así, uno a uno se encontraron
en el Bar de los Mineros. La gente los recibía con cariño y los animaba, la
esperanza era todavía más grande que la confianza. Tan desgraciada había sido
la historia de Achéron en todos los campos que, aun con las mejores
probabilidades, la gente evitaba pensar que ya habían ganado, que solo era
cuestión de un empate, que nada podía salir tan mal.
―¡Mañana terminarán nueve años de opresión y corrupción en el fútbol!
―gritaba un minero borracho ―¡Mañana la señora justicia se hará presente porque
la liga la ganarán el buen juego y la alegría! ¡Mañana, el dinero y el poder
saldrán derrotados! ¡Saldrán segundos! ¡Achéron campeón! ¡Achéron campeón!
¡Achéron campeón!
Drilo se apareció en el Bar de los Mineros y se encontró con las
hermanas Serdán que ese día habían tenido partido, Luisa había hecho dos goles
más.
―¿Dónde está Luisa, chicas?
La Serdán portero le miró con compasión.
―Durmiendo. Nuestra temporada acabó también y ella fue campeona
goleadora del campeonato. Hoy le dieron el trofeo. El martes se va del país ¿no
le dijo? No regresará hasta dentro de tres meses. Entrenarán en Europa un mes y
quince días y de ahí irán a los Juegos Olímpicos. Luisa dice que si llegan a la
final habrá pasado un mes y las premiarán con una semana de vacaciones fuera.
Yo si quiero que no la veamos en tres meses, porque eso significará que tenemos
una campeona olímpica ¿no? Por eso está durmiendo.
―Ella es grande, entrenador ―comenzó a decir la Serdán defensa ―. Yo
tengo todas las notas de diario que hablan de ella. Ya tiene un club de fans y
no me refiero a hombres asquerosos, sino a chicas adolescentes que quieren
llegar a ser como ella. Sus goles están por toda la internet y tienen miles de
vistas, menos que los de usted, pero al menos si un diez por ciento. ¿Cuánto es
diez por ciento? Bueno, no sé.
―¿Sabe que es el Puskas, Jefe? ―preguntó Alejandra que se había unido a
la conversación con cerveza en mano ― Es un premio que da la FIA…
―La FIFA, Alejandra, es la FIFA ―corrigió la Serdán portera.
―Ok, ok. La FIFA. Es un premio que da al mejor gol y ella tiene nominado
el que le metió a las Rojas, Jefe. ¡Yo votaré por él! ¿Usted no?
Drilo se sintió comprometido, realmente no sabía todo eso acerca de
Luisa. La había dejado de entrenar las últimas semanas por el asunto de los
tatuajes y el funeral de Marcos Nadiani y su propia fuga de bebida y fiesta.
―¡Por supuesto! Yo soy su entrenador personal, ustedes lo saben.
―Sí ella le debe mucho, Jefe ―dijo Alejandra.
Y así, Drilo salió sigilosamente del bar y regresó a su casa. Solo se
sirvió una copa de aguardiente antes de dormir y se fue a la cama.
El día más emocionante en la historia del miserable pueblo minero de
Achéron había llegado. En punto de las cinco de la tarde daría comienzo el
juego que decidía el campeonato. Muchos de los habitantes se reunieron en las
orillas del río para armar asados y comilonas, cualquiera era bienvenido. La
ingesta de cerveza comenzó desde temprana hora y la ingesta de ilusiones
también. Ni siquiera los más ignorantes de fútbol podían quedar fuera del
nerviosismo general. Conforme se acercaba la hora del partido la angustia
crecía. Se había anunciado que el servicio de autobuses de la ciudad se
suspendería durante las dos horas que durara el partido. Todos eran amables con
todos, no importaba la situación, era como una ciudad después de un terremoto:
solidaria hasta en lo menos importante. Quien no tenía televisión para mirar,
tenía una radio o el internet.
Luisa se levantó esa mañana y se vistió de negro. La Curva Sur había
vuelto a tener sus entradas exclusivas, pues en Achéron todavía a nadie le
importaba lo que esas mujeres representaban. Pasó el resto de la mañana estudiando
para su último examen que tendría el lunes antes de partir rumbo a su propia
aventura. Decidió caminar y aquello fue una verdadera experiencia, ver aquel
carnaval en que estaban convertidas las calles de Achéron. Conforme se acercaba
al estadio, el color amarillo, expresado en toda clase de prendas y accesorios,
comenzó a saturarle la vista. Los rituales que llamaban a la suerte o poderes
divinos abundaban. Chamanes, brujos, santeros, sacerdotes, cadenas de oración y
hasta un satanista que sacrificaba una cabra (que después sería parte de un
asado), pedían la intercesión de todo lo que en ellos confiaban, luminoso u
oscuro, no importaba. La gente más simple también ejecutó sus rituales más
eficaces para llamar a la suerte: esa camiseta sin lavar, los calcetines de tal
color, el lado izquierdo para salir de la cama en lugar del derecho, dos
cucharadas en lugar de una para el café de ese día, el rosario, la pata de
conejo, la ruta para llegar al estadio, el chasquear los dedos tres veces antes
de sentarse en la butaca… todo era valioso, todo era válido, todo era útil. La
gente de repente reconocía a la Nadiani a su paso. Les demostraban afecto y dos
personas le pidieron que se tomara una foto con ellos, por supuesto, ambos eran
caballeros.
Por su parte, Succed fue sola al estadio, no se hablaba con su sobrina
desde el funeral de Marcos. Luego de la confesión de que Drilo había tenido que
ver con Luisa, la mayor de las Nadiani decidió que su sobrina y Drilo podían
quemarse en el infierno juntos. Sin embargo, luego reflexionaba y medía los
hechos y así, decidía que de los dos, Drilo era el verdadero criminal de esa
historia pues se había aprovechado de una menor. Y así, sin exculpar
completamente a Luisa, decidió volver al trato nulo e indiferente con ella y nada
más. Esa tarde en el estadio, Succed era objeto de múltiples agradecimientos de
parte de la gente, gracias por poner atención al equipo, gracias por el ascenso
a segunda, gracias por el ascenso a primera, gracias por la copa, gracias por
rescatar a Drilo, gracias por este día, por este sol, por esta vida. La dueña
de la mina, otrora odiada, sintió por primera vez en carne propia el calor del
que la gente del frío Achéron podía ser capaz.
Mientras tanto, en el vestidor del Milagro Amarillo, el ambiente era de
tensión. Los jugadores estaban nerviosos, para colmo Ricky no jugaría. Le había
pedido a Camacho no ser incluido en la alineación.
―Oye, chico. Tranquilízate, no es para tanto. Te tomaron unas fotos
haciendo algo mal ¿y qué? Cometes errores como todos. Por favor, sal y juega.
Pero Ricky no aceptó las razones del viejo. Se le notaba con un miedo
terrible.
Drilo por su parte parecía ser el más tranquilo de todos y eso calmaba
relativamente al resto de sus compañeros. Camacho comenzó su última charla
técnica.
―Un último partido, mis amigos. Hemos hecho mucho hasta ahora, pero
falta este último partido. Yo lo sufro con ustedes y ya antes hemos estado en
estas circunstancias. Así, nerviosos, en el límite de lo impensable. Llegamos
siendo víctimas y, pase lo que pase hoy, la historia ya nos ha registrado como
héroes. Estoy orgulloso de todos ustedes.
Fue pausado. Fue calmado. Terminó sin aspavientos. Aquello había sido
muy diferente al discurso antes de la final de copa, aquella que le habían
arrebatado a Tanque.
El juego comenzó puntual y el rival se mostró ordenado. El Achéron
parecía tener todo bajo control, tuvo las primeras oportunidades, pero nadie
pareció molestarse mucho cuando estas se fallaron. Al término del primer tiempo
el marcador no se había movido y la defensa del Achéron no había tenido
trabajo. Era una situación complicada, así lo leía Camacho que sabía que el mar
en calma era justo donde podías chocar contra un iceberg. Vladímir estaba más
alegre y en el vestidor arengaba a sus compañeros.
―¡45 minutos más! ¡Vamos!
Entonces, Camacho soltó la primera mala noticia del día.
―Ellos ya ganan tres a cero. En este momento estamos empatados en
puntos. Somos campeones por diferencia de goles. Pero no voy a permitir correr
riesgos. Ricky, vas al campo. Jugaremos con tres centrales.
Todos bajaron la cabeza, aquello era un recurso motivado por el miedo,
sin embargo estaban de acuerdo, no se podían correr riesgos y el cero a cero
los hacía campeones.
El F.C. Vetusta salió con la misma postura: sin mucho interés en el
ataque. Para ellos no perder ante el superlíder del torneo era un buen final de
campeonato. Por ello, cuando uno de sus extremos se aventuró hasta la línea
final del área del Achéron, fue más una casualidad que algo realmente deseado,
todavía peor, ganó un tiro de esquina en aquella salida a lo desconocido.
Solo dos rivales se aceraron al área mientras uno más esperaba en la
media luna del área grande y otro más cobraba desde la esquina. El centro fue
bueno, uno de los delanteros hizo el intento de alcanzar la pelota, pero
claramente observó que esta lo superaba. Cuando la vio dentro del arco de
Toussaint no entendió nada. Buscó a su compañero dentro del área y notó que
este tampoco entendía nada. Solo hasta que se acercó el hombre de la media luna
y les explicó que había sido autogol, comenzaron a escenificar un festejo
maltrecho.
El estadio Granma era una tumba.
Ricky había metido por accidente, o al menos eso parecía, la pelota
dentro de su arco.
Toussaint, sumamente molesto, sacó la pelota de dentro de la portería,
mientras que Sandino gritaba maldiciones y Drilo pedía calma. Vladímir se
acercó a Drilo y le dijo:
―Basta ya. Vamos a terminar esto. Hoy quiero festejar.
Y así, comenzaron los cuarenta minutos más angustiantes en la historia
de la liga de Primera División. El Achéron aceleró el ritmo y las pulsaciones,
y en ello contagió a su público, casi hasta contagia en ese ímpetu a las cerca
de 20 mujeres de la curva sur, pero ellas resistieron estoicas en su silencio.
Por su parte, Camacho leyó la traición y comprendió todo. Al minuto doce
del segundo tiempo lo sustituyó por un delantero y el abucheo de la gente fue
tan estridente que Ricky comenzó a decir insultos a la tribuna.
―¡Lárgate de mi banca, pequeño traidor! ―le espetó Camacho cuando el
muchacho intentó quedarse en el banco de suplentes.
―¡Te dije que no me metieras! ¡Te lo dije! ―le reclamó Ricky que con eso
confirmaba las sospechas de alta traición de Camacho.
―¡Me reclamas que te haya metido, no que te haya sacado, traidor!
Pero no era solo Ricky el único factor en contra esa tarde para el
Achéron, resulta que la suerte también les dio la espalda. Durante veinte
minutos, el Achéron elaboró su juego preciosista que arrancaba suspiros de los
aficionados del fútbol de todo el mundo, pero todas las buenas jugadas, los
remates y la belleza del buen juego terminaron estrellándose en los postes de
la portería rival siete veces, sí, siete veces. Incluso, un remate de Drilo se
estrelló de carambola en los tres palos que conformaban la portería sur del
Granma: del larguero al poste derecho y de ahí al izquierdo, y de ahí a las
manos del guardameta. Los viejos contarían que, al día siguiente del partido,
Succed mandó quemar esa portería y la sustituyó por una nueva para acabar con
la maldición contra la que sus delanteros no habían podido.
La imposibilidad de marcar se combinaba con las noticias del otro juego:
los Celestes ganaban ya por cinco a cero, si había milagro este se daría en
Achéron y no en la capital, pero parecía que todo el aire divino del cuadro de
la sal se había esfumado.
Los últimos diez minutos del juego, el Achéron perdió lo preciosista y
lo cambió por la enjundia y la desesperación. Todo eran remates que no terminaban
en gol y centros al área que rechazaban los defensas del cuadro rival. Cuando
faltaban dos minutos para terminar el encuentro, Camacho ya había realizado sus
tres cambios. Toussaint se paseaba por el círculo central y Drilo cobraría un
tiro de esquina. Lo puso en el centro del área con la esperanza del remate
milagroso de alguno de sus compañeros, pero la pelota encontró la mano de un
rival. El árbitro extranjero no dudo en marcar la pena máxima. Los jugadores
del F.C. Vetusta se abalanzaron contra el árbitro y reclamaban que aquella mano
no había sido intencional, premeditada o incluso, a alguno se le ocurrió decir,
no había existido.
En el palco del Arena donde jugaban los Celestes, la noticia fue la
muerte misma, la barra Celeste calló por segunda vez en su historia antes de
terminar un partido y los rostros de terror inundaron a los jugadores y
aficionados Celestes. Incluso, un mesero del palco de honor de la directiva
celeste, ventilaría que, cuando los altos mandos vieron que aquel infame extranjero
marcaba penal, lanzaron, cada quien a su modo, un quejido de dolor, como si
alguien les hubiese robado el dinero de la cuenta en las Islas Caimán.
En cambio, el Granma festejó la marcación como si del gol y del
campeonato se trataran. Todos se abrazaron con todos. Lo poco que se mantenía
activo en la ciudad de la sal se paralizó por completo, hasta la cerveza en el
Bar de los Mineros dejó de servirse. La televisión gozaba, los narradores de
aquella cosa terrible que había sido aquel partido estaban en su punto máximo
de tensión y ninguno le iba al Achéron.
―¡Y este es el sueño de una ciudad pequeña, pero gigante en fútbol,
señoras y señores! Hay penal! ¡Hay penal! ¡Y parece que habrá festejo, que
habrá campeonato, que habrá…! ―cantaba la televisión.
Y en la cancha, los jugadores vivían su propio calvario. Vladímir tomó
la pelota y se la entregó a Drilo.
―Hazlo tú, amigo ― le dijo.
―¿No lo haces tú? ―le preguntó de manera más sincera que nunca el número
diez.
―¿De qué hablas?
Drilo tomó la pelota y la colocó en el manchón penal. Uno que otro
defensa rival seguían en los reclamos y, en cambio, el joven portero que
enfrentaría a Drilo parecía tan tranquilo... tan sobrenatural. Era un muchacho de
apellido Achaval que recién debutaba esa tarde pues el titular se había ido de
vacaciones una semana antes de terminar el campeonato al ver que el equipo ya
no peleaba nada.
Y ahora estaba ese arquero tan joven, tan frío, tan sobrio, tan…
imponente.
Colocada la pelota, Drilo dio dos pasos y medio hacia atrás. El árbitro
pitó y Drilo sintió todo el peso del mundo sobre sus hombros. Sus dos pasos
hasta la pelota fueron una tortura como la que por quince días había recibido
Marcos Nadiani en las grises instalaciones de la policía militar del entonces
subteniente Ramos. Su golpeo lo sintió firme, pero fue hasta ese instante en
que se hizo consciente de una cosa: ―no pensé donde quería patearlo.
El terror lo invadió. Miró al joven guardameta, el debutante, lanzarse
con todas sus fuerzas hacia su derecha en busca del balón… pero no lo alcanzó.
No lo alcanzó porque era imposible alcanzarlo. El balón pasó un metro
por encima del travesaño y golpeó a alguien de la curva sur que esa tarde
recibió dos golpes, el que le dio el balón volado por Drilo en la cabeza y el
que recibió en el corazón por el penal fallado.
No hubo sonido alguno. Succed aguantó la respiración y al soltar el aire
el silencio seguía, luego un leve quejido se le escapó. Luisa, con sus
compañeras de la curva sur no encontraron sentido en su silencio donde todos
estaban callados. Ni siquiera el portero debutante ni sus compañeros dijeron o
exclamaron nada. Simplemente, todos estaban asombrados ante lo imposible. Eso
sí, muchos bajaron la cabeza, otros se tomaron los pelos con las manos, otros
simplemente decidieron ser estatuas. Toussaint se dejó caer en medio del
círculo central de rodillas como si una bala lo hubiera alcanzado, pero esa
tarde no había edificios altos ni francotiradores en sus ventas alrededor del
Granma. La bala que había atravesado el corazón de Toussaint había sido la de
la desolación.
Vladímir se acercó al árbitro y le dijo.
―Oye, mira que el portero se adelantó ―era el último recurso de un mago
ante el peor reto que le había planteado la realidad. Pero el árbitro no dejó
de señalar el área de meta. El primero en reaccionar fue el chico recoge
balones de esa portería. Regresó rápidamente un balón al campo y exclamó
claramente:
―¡Vamos, Achéron!
Pero ese grito no pudo hacer que Drilo se moviera. El diez tenía las
manos sobre su rostro y fue Sandino el que, a empujones, lo hizo volver al
juego. Incluso, uno de los rivales se acercó a darle una palmada en la espalda
a Drilo, podían ser rivales, pero no unos hijos de puta insensibles ante la
desgracia de un colega.
Por el contrario, en el Merci Arena, el grito de júbilo estalló tan solo
los aficionados observaron a través las pantallas gigantes del estadio como
Drilo volaba ese penalti. Todos se abrazaban con todos. El poder estaba
intacto.
El árbitro solo compensó dos minutos y todo acabó en un corner a
favor de los de Achéron que fueron a rematar todos, incluido Toussaint, el
portero. Todos fueron a rematar, los suplentes, el cuerpo técnico, los reservas
del equipo; todos, incluidos los asistentes al Granma, los obreros de la mina,
los bebedores del Bar de los Mineros, todos los jóvenes que cada tarde jugaban
un partido de fútbol en el estacionamiento del viejo centro comercial de
Achéron y todos los que jugaban cada domingo en la mañana en la Liga de los
Mineros, todos los fantasmas del viejo Achéron arrasado por un tsunami también
fueron a rematar; todos los miembros del sindicato, los viejos y los jóvenes,
todos los guerrilleros de la zona muertos en combate y todas las jugadoras de
la sección femenil de Achéron, Luisa también estaba dentro de esa área, a pesar
de su camiseta Celeste por debajo de la negra que llevaba puesta. Incluso
estaban dentro del área todos los jugadores, cuerpo técnico y aficionados de
los Rojos y uno que otro del equipo del Puerto. Todos estaban dispuestos a
rematar ese último corner, pero Drilo… Drilo le pegó tan fuerte y tan a
la desesperada que sacó la pelota por la línea de banda contraria de donde
había sacado el corner… el maldito corner.
Los jugadores del F.C. Vetusta ni siquiera festejaron, fueron en
procesión silenciosa a su vestidor cual si huyeran de un espanto. El entrenador
contrario, un joven que también debutaba esa temporada en el cargo, se acercó a
Camacho y le dijo que a pesar de lo que acaba de ocurrir, el viejo sería
siempre el más grande entrenador en el país.
Camacho se lo agradeció y se encaminó hacia el vestidor, sus suplentes
se quedaron en la banca a llorar. Los que fueron testigos de aquello, contarían
años después que los primeros llantos solo ocurrieron después del silbatazo
final, antes de eso todo el estadio tenía esperanza y la guardó hasta el último
aliento. Después del silbatazo final, en cambio, no hubo nadie que no llorara
en ese estadio, en ese pueblo, y en general, en esa región marcada por la sal y
la miseria.
Luisa se encontró entre un mar de mujeres que lloraban. Si bien estaban
en el medio de una protesta, esas mujeres habían crecido y vivido en Achéron,
aunque estaban descontentas no podían ser unas mentirosas y decir que el
resultado de ese día no les importaba para nada, incluso más de una llevaba
puesta la camiseta amarilla debajo de la negra de rigor. Fue cuando comprendieron
que su silencio no tenía sentido en ese valle de lágrimas, que comenzaron a
entonar los cánticos de amor al (casi) Milagro Amarillo. Los que las rodeaban
entendieron que aquellas mujeres estaban locas, cuando debían hacer ruido
callaban, cuando debían callar hacían ruido. La tambora y los otros grupos de
animación de Achéron se sintieron animados por el gesto de esas extraterrestres
mujeres y acompañaron en el dolor con sus trompetas, sus bombos y sus voces
quebradas por el llanto. Unos minutos después, la gente no dejaba de llorar,
pero tampoco de cantar.
―”Volveremos, volveremos otra vez, volveremos a ser grandes, grandes
como fue…”―cantaba ese estadio casi derrumbado por la derrota.
Todos los jugadores del Achéron se tiraron al suelo. Los más jóvenes
lloraban realmente desolados y sin importarles nada más. Vladímir en cambio
estaba lleno de rabia, gritaba maldiciones en su idioma y solo hasta que
comenzó a escuchar cantar a su estadio retomó conciencia de que aquello no era
el final de nada. Así, uno a uno, el armenio comenzó a levantar del suelo a sus
compañeros y se tomaba un poco más tiempo con los jóvenes. Sin embargo,
Vladímir no quería ser deshonesto, sabía que Drilo estaba derrumbado cerca del corner,
pero él no quería ni verlo, ―¡¿No lo cobras tú?!
En efecto, Drilo estaba derrumbado cerca del corner.
Ahí lo encontró Luisa con la vista desde la tribuna y corrió hasta el
lugar de la grada donde reconoció a uno de los recoge balones y le exigió que
la dejara pasar al campo. El chico se hizo a un lado pues sabía que Luisa era
una autoridad por su juego, su belleza y su fama. Además, era una de las dueñas
del estadio y hasta lavaba sus baños, cómo no dejarla pasar.
―¡Jefe! ―gritó Luisa a Drilo al tiempo que intentaba ponerlo en pie. A
Drilo parecía haberle pasado un tren por encima, pero no tenía lágrimas. Lo
primero que se le ocurrió decir a Luisa fue:
―¡Somos subcampeones, Jefe!
Drilo la miró extrañado.
―Anímese, Jefe. Es muy triste esto, pero usted les dio la posibilidad de
llegar hasta aquí con sus goles durante 37 partidos. ¡Anímese, Jefe!
Drilo comprendió el gesto y la abrazó.
Fue peor, pues justo en ese momento Succed los observaba y ellos no lo
sabían. Succed se supo entonces derrotada en todos los planos de la existencia.
Comenzó a odiar a Drilo en ese momento y trató de seguir amando a su sobrina
excusándola de toda culpa por joven y estúpida, pero le fue difícil. Decidió
irse del estadio de inmediato. En su camino a casa detuvo por un minuto su
automóvil en el puente del río y pensó en arrojarse desde ahí a la muerte. La
idea del suicidio le rondó unos minutos y después la desechó en medio de la
burla a sí misma. Se dijo que la vida era mucho más que el amor romántico, que
el fútbol y que la familia… pero no quedó convencida de eso, pues la vida
parecía en ese momento ser únicamente eso.
La televisión, por su parte, tenía una nota de diez y durante años
pasaron la escena del penalti fallado por Drilo y lo compararon con los
fallados por Zico, Platini, Baggio o Román.
Entonces, Luisa instó a Drilo a ir al centro del campo.
―Jefe, vaya apara allá, se están reuniendo.
Drilo cayó en cuenta que tenía que dar la cara ante mucha gente todavía.
Las personas cercanas al corner lo habían increpado e insultado, así que
no esperaba menos de sus propios compañeros, pero reunidos ahí, ellos lo
esperaron para darle consuelo. Drilo ahora si lloraba a cantaros. Los jugadores
agradecieron al público, levantaron los brazos al cielo y aplaudieron a su
hinchada fiel que no dejaba de cantar.
―Hasta las mudas de la curva sur están cantando ―hizo notar Vladímir al
resto de sus compañeros.
Y así, uno a uno los jugadores del Achéron más grande la historia
salieron del campo. Muchos necesitarían todavía de mucho más consuelo en sus
casas de parte de sus padres, parejas o hijos; otros necesitaron terapia, no
era para menos. El resto del poblado no pudo contagiarse del consuelo de los
canticos de la afición; de esa forma, los que miraban por televisión desde casa
o desde el Bar de los Mineros tuvieron que encontrar solos las respuestas a lo
que no tenía sentido. Cada casa con televisor, un asado y una familia o grupo
de amigos vestidos de amarillo, se convirtió en una sucursal del cortejo
fúnebre de las ilusiones de una vida, porque ese título de campeón de liga
llevaba ya cuatro generaciones de los habitantes de la sal consumidas en la
espera. Esa noche el Bar de los Mineros cerró temprano, no hubo actividad en la
zona roja de Achéron y, cuentan los más sensacionalistas, el reloj de la plaza
central del pueblo se detuvo para siempre de puro dolor en la hora en que Drilo
falló el penalti. En realidad se había detenido por una falla mecánica quince
días antes del juego final, pero lo cierto es que después de aquella depresión
general, a nadie le quedaron ánimos para volver echarlo a andar y decir la
verdad. ¿Qué era la verdad en esa muerte lenta que es perderlo todo cuando ya
se lo tiene en las manos? Nada, de Achéron no quedo nada, ni la verdad, ni la
leyenda, ni el mar, ni la tierra ni la sal.

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