XVII LA DIEZ



Mientras la tragedia se lloraba en la cancha, dentro del vestidor, Camacho encontró a Ricky, el chico ya se había duchado y se preparaba para irse.
―¡Canalla! ―lo interceptó Camacho ―¿¡Cuánto te pagaron, hijo de la gran puta?!
Ricky, con más miedo que otra cosa, respondió.
―¡Nada!
―¡Eres tan mal jugador que ni siquiera puedes hacer bien una trampa! ¡Todos vieron que tu intensión era rematar a tu propia puerta, imbécil! ¿Te ofrecieron jugar con ellos los siguientes años? ¿No? ¡Que te acostumbres a ser Celeste ya que nunca podrás ser nada más en tu vida, ni siquiera un hombre!
Ricky salió del vestidor como quien escapa de un barco que se hunde. En efecto, la siguiente temporada ya la tenía firmada con los Celestes en un contrato récord.
Al día siguiente, la pequeña Achéron destilaba una depresión que se notaba hasta en los cruces de semáforo y era palpable en las oficinas, restaurantes y en cada sector de producción de la mina de sal. Todos se saludaban y eran amables, pero a todos les dolía el pecho, incluso a los más indiferentes al fútbol, incluso a ellos les dolía algo en el cuerpo o en el alma. Se registraron dos suicidios esa madrugada aunque las autoridades no pudieron establecer una relación directa entre esas muertes y la derrota del día anterior. Pero la gente no necesita carpetas de investigación policiaca para alimentar los mitos y así, esos suicidios quedaron para siempre ligados a la derrota en el fútbol.
Esa mañana con llovizna, Luisa se levantó temprano y se fue a la escuela en donde presentó su último examen extraoficial de grado. Tardó dos horas en responder y al terminar, agradeció a la profesora y antes de regresar a casa, dio una última mirada a la que por tres años había sido su escuela. El edificio viejo y sus aulas llenas, en ese momento, de estudiantes saturados de desilusión le parecieron una postal para guardar. Cuando regresara de los Olímpicos, pensaba inscribirse en la Universidad Nacional. Ya se había decidido, quería estudiar administración para poder hacerse cargo algún día del F.C. Achéron, varonil y femenil; además quería ser entrenadora alguna vez, y todo eso luego de haber jugado Mundiales, Juegos Olímpicos y grandes partidos en las mejores ligas del mundo para mujeres que el universo le pudiera ofrecer. Por primera vez la chica tenía sueños. También sabía que en ese inter tenía una guerra que pelear, la de encontrar a su madre, pero ya no solo era su madre, luego de sus charlas con Rosa y del entierro de su padre, Luisa había adquirido una conciencia sobre su lugar en el mundo y sobre quienes habían lastimado a su familia y a las familias de todo el país y del mundo en esos años. Ser víctima le permitió entender que ella no era la única que esperaba encontrar a alguien. Adicionalmente, había tomado muy en serio las palabras de Ramos acerca de ayudar a organizaciones como Ni Uno Más. Así, los Juegos Olímpicos serían su primera batalla en una guerra para buscarlos a todos, para encontrarlos a todos y para abrir los archivos y cada una de las fosas de ese país ciego ante sus propios muertos.
En esa contemplación estaba cuando volvió a encontrase con la profesora.
―¿Qué triste se siente todo hoy, verdad? ―le preguntó la profesora.
Luisa volteó a verla.
La profesora continuó su camino por el pasillo al tiempo que murmuraba.
―Pero volveremos…
En el Granma se reunió esa mañana, por última vez, el plantel que cambió la vida de una ciudad que hasta entonces no había estado tan cerca. Camacho los abrazó a cada uno de ellos. Sabía que Vladímir se mudaba no solo de equipo sino de país, el mago de Armenia se regresaba a su patria en donde quería jugar un último año más. Toussaint y Sandino se retiraban, esa vez ya definitivamente. Se quedaría en el plantel Drilo como el motor de los jóvenes.
―Oye, Drilo, amigo. Llévalos a grandes alturas otra vez ―le dijo Vladímir al diez de Achéron.
Camacho los despidió y les aseguró que volverían a pelear por el campeonato. Ya estaban casi todos en el pasillo cuando vieron llegar a Luisa.
―¿Las mujeres no entrenan hoy o sí? ―preguntó uno de los jugadores del primer equipo al ver a Luisa.
―Profesor ―se acercó Luisa a Camacho ―, disculpe, quiero despedirme de usted. Mañana viajo a la Olimpiada.
Camacho le dio la mano y le deseo suerte.
―Hiciste falta, niña. En la banca, en estos últimos partidos hiciste falta.
Uno a uno los jugadores del Achéron saludaron a Luisa y le desearon suerte.
 ―Hazlo mejor de lo que lo hicimos nosotros. Y recuerda que tienes todavía mi hechizo ―le dijo Vladímir.
Cuando hubo llegado el turno de Drilo, este le ofreció acompañarla a casa donde seguramente estaría Succed pues casi nadie de la directiva había trabajado ese día.
Fue en las afueras del Granma que apareció Ricky. Los interceptó en el estacionamiento y Drilo lo miró amenazante.
―Oigan, esperen. Solo quiero pedirles una disculpa. A ti Drilo por lo que pasó ayer y a ti Luisa por… ¡he sido un completo imbécil!
Luisa se había enterado del asunto de la fotos en pleno acto sexual de Ricky y dos bailarinas exóticas de la capital, pero realmente no le había tomado más importancia de la que en lo deportivo implicaba el asunto, por tanto ella solo cerró el diario ese día y pensó que Ricky había afectado al equipo en el peor momento, punto final. Por ello, cuando Ricky se presentó ante ella y, de rodillas, le pidió disculpas, ella no entendía tanto drama.
―Tú eres la mujer de mi vida. Eres la joya más hermosa de esta tierra. Por favor, discúlpame por haberte sido infiel.
Luisa miró al chico aquel con cierta compasión, aunque Drilo seguía con la guardia arriba.
―Oye, tranquilízate ―le dijo Luisa ―, no te preocupes. Además, no somos novios.
El golpe al ego del muchacho fue brutal. Se levantó y sin soltar el ramo de flores que había comprado para Luisa y la forzó a besarlo.
Ella se resistió y Drilo le ayudó a quitárselo de encima.
Acto seguido, Ricky corrió hasta un automóvil y le preguntó a alguien que se escondía detrás:
―¿¡La tomaste!?
Luisa sintió rabia por el beso robado y Drilo la tuvo que calmar.
―¡Es un traidor hijo de puta! No le hagas caso y vámonos a casa. Tú iras a una Olimpiada y ese imbécil tendrá que vivir toda su vida como el traidor que es...
―Sí, tiene razón. ¡Además usted jugará el torneo continental el año siguiente!
Luisa se calmó y se fueron a casa en uno de los automóviles nuevos de Drilo.
Era verdad. La temporada siguiente, el pequeño Achéron continuaría en primera división, tendrían muchos más patrocinadores de los que jamás habían soñado y jugarían el torneo continental de campeones. Por primera vez en su larga, pero gris historia, el Achéron F.C. jugaría un partido internacional.
Drilo buscó a Succed ese día, pero ella no lo recibió ni le contestó las llamadas. El astro fue y se encerró en casa. Abrió una botella y comenzó a beber solo. Su madre llegó más tarde y le preguntó qué era lo que ocurría. Drilo, ya borracho le contestó:
―Volví a fallar el gol de la paz.
Por otra parte, Luisa y el resto de la Selección Nacional Femenil no viajaron inmediatamente al otro continente. Se concentraron en la capital por alrededor de dos semanas e hicieron pruebas físicas y llenaron el papeleo necesario para viajar tanto tiempo al extranjero.
Durante ese encierro voluntario, Luisa notó que el resto de sus compañeras seguían oscas con ella, todas excepto la número diez del Puerto, Micaela Bastidas, la número diez también de la selección nacional durante quince años consecutivos.
―¡Oye, Llora Mucho!  ¡Qué bueno es tenerte aquí! Haremos grandes cosas, ya verás.
Micaela Bastidas era una pionera del fútbol femenil, no solo a nivel nacional sino mundial. Si se comparaban ambas historias de superación, la de Micaela Bastidas era diez veces más dura que la de Luisa. Había tenido que vencer obstáculos que Luisa solo imaginaba cuando Rosa le platicaba las duras condiciones de las mujeres en el siglo XX. Micaela Bastidas había conocido al machismo más crudo y recalcitrante en sus más de dos décadas como futbolista. Había visto la formación de la Liga Nacional Femenil, pero al mismo tiempo había sido participe de los fracasos anteriores por crearla. En la Selección Nacional era la máxima goleadora histórica, pero al mismo tiempo había estado en la peor derrota de ese combinado en su historia, un 16-0. También había vivido el rechazo de la sociedad conservadora del Puerto al declararse abiertamente lesbiana y ser una de las primeras mujeres que había contraído matrimonio con otra mujer en la época en que eso se podía; para entonces, dicha ley se había abolido por plebiscito. Tenía treinta y nueve años de edad y había sido expulsada de su casa a los 16 años por su preferencia sexual y sabía lo duro que era combinar el dedicarse al fútbol teniendo otro empleo, uno muy malo pues sus estudios habían quedado truncos de forma muy temprana. También sabía bailar sin la pelota y había sido educada entre cocoteros, palmeras y el cálido mar; adicta al baile y la fiesta, al ritmo y la noche, a la playa y al carnaval de San Miguel que cada mes de febrero paralizaba al Puerto, la jugadora disfrutaba de la vida. Esa mujer que tantas batallas había librado, algunas ganadas y otras en las que había sido severamente derrotada, sabía que esos eran sus primeros y últimos Juegos Olímpicos. Y ella fue la única jugadora que en esas dos semanas le dirigió alguna palabra a Luisa que no fuera para pedirle la pelota o para molestarla cuando, rara vez, Luisa daba un mal pase.
La entrenadora, Flora Tristán, novata como todas sus jugadoras en eso de Olimpiadas y compromisos importantes, se veía rebasada muchas veces por la inexperiencia y la falta de costumbre de lo que implicaba prepararse para una competencia de primer nivel. Sabía que la selección que dirigía estaba contemplada para no pasar de la primera ronda por las casas de apuestas de todo el mundo y, dentro de sí, dudaba sobre cómo manejar esa situación que no dejaba de ser dolorosa. En esa primera ronda enfrentarían a dos rivales europeos y uno asiático, todos de primera categoría. Uno de esos rivales europeos eran las vigentes campeonas olímpicas, así que no era muy difícil imaginar que ese primer partido, el inaugural, lo tendrían que perder. El segundo partido también era muy complicado de ganarse y a lo único que apostaba la entrenadora (y todo el mundo), era a sacar un punto contra las asiáticas. Ese solo empate le permitiría continuar al mando de la selección por otro ciclo olímpico pues todos entendían que eso de calificar a la Copa del Mundo o a los Juegos Olímpicos, era un milagro que no tenía porque volver a repetirse. Así pues, la duda de la entrenadora era si tomarse todo muy en serio o en cambio gozar como quien no tiene nada que perder. Tristán, se decidió por lo último.
Sin embargo, en el cuerpo técnico del seleccionado había caras nuevas: un nuevo preparador físico llamado León Davidovich, con cincuenta de años de edad y treinta de experiencia, un carácter abierto y optimista; y una nutrióloga metódica y de vasto saber de nombre Rita Cetina. Fueron ellos, más que Tristán, los que le pusieron disciplina a esa concentración errática y confusa.
Luisa se apoyó en ellos muchas veces para ventilar sus dudas sobre lo que encontrarían en los Juegos Olímpicos pues tanto León como Rita Cetina ya habían estado antes en ese tipo de justas con otros deportistas o equipos deportivos. Ella no lo sabía, pero esos dos profesionales, que sabían lo que hacían, eran recomendados por el mismísimo Tanque, que esa semana se convertiría en campeón continental europeo con su club.
Entre León, la doctora Rita Cetina y el médico de cabecera de las selecciones nacionales, les hicieron diversas pruebas físicas y de salud a Luisa y sus compañeras. Por primera vez, a Luisa le preguntaron por su estilo de vida, hábitos de alimentación, su periodo menstrual, cómo dormía y antecedentes de salud no solo de ella sino de sus familiares.
―Bien, Luisa, pesas 62 kilogramos, mides 1.71 metros de estatura, tienes 20 años, según el médico no has tenido ninguna enfermedad grave ni lesiones serias. Actualmente estás completamente sana… estás en excelente estado físico, Luisa. Felicidades a ti y a tus entrenadores en tu club. Será bueno trabajar contigo, ya verás, serás mejor deportista todavía.
Las palabras de León animaron a Luisa. En Achéron nadie le había dicho alguna cosa por el estilo. Pero León continuó.
―Sin embargo, mi recomendación es que, quizás no desde ahora, pero sí lo más pronto posible, tomes algún tipo de terapia, Luisa. Digo esto porque tu historia de vida es muy particular y esto que me dices sobre tus padres y lo que te pasó de pequeña podría afectar tu rendimiento deportivo. Yo estaré aquí si necesitas alguna recomendación al respecto.
Y eso perturbó a Luisa. Ella sabía que aquello de perder a sus padres, de no saber qué había ocurrido con ellos, no era algo que le pasara a toda la gente. Estaba consciente que no era una chica normal, tenía pruebas de ello como la continua hostilidad entre ella y sus compañeros de escuela, o ese gusto tan extraño por jugar al fútbol. Había rechazado los terapeutas a los que su tía la había enviado en sus primeros años en Achéron; pero ahora, escuchó atentamente a León.
―¿Recuerdas claramente lo que pasó esa noche, Luisa? La noche en que perdiste a tu padre ―le preguntó León.
―Claramente no. Recuerdo las explosiones. Recuerdo que mi padre me pidió que corriéramos. Recuerdo que la gente comenzó a amontonarse y que yo quedé abajo… mi papá me sacó de entre ese mar de gente, fue como si me jalara fuera del agua. Luego recuerdo que subimos la alambrada y que desde abajo, en la cancha unas personas le decían a mi papá que me arrojara. Sé qué lo hizo, yo solo cerré los ojos. Sé que alguien abajo me atrapó y que las detonaciones seguían. Lo recuerdo a él subido en esa alambrada y…
Luisa hizo una pausa, ya tenía lágrimas en los ojos.
―Tranquila, no tienes que seguir si no quieres ―la reconfortó León.
―… lo vi caer. Pero yo ya estaba más lejos. Alguien me cargaba e iba muy deprisa. Recuerdo mucha gente corriendo por el campo y que luego entramos a un túnel y que esa persona que me sacó de ahí, me dejó con una doctora o enfermera. Ahí, había mucha gente tirada en el suelo. Había muchos cuerpos tapados con sábanas o cosas. Me subieron en una ambulancia junto con otras personas, y varias de esas personas me preguntaban mi nombre y si alguien estaba conmigo. Creo que nunca les contesté. Pasé muchos días, no sé cuántos, en lo que creo era un hospital. Ahí me daban de comer. Y eso hasta que me encontró mi mamá.
León escuchó a Luisa atentamente, no le quitó en ningún momento la atención.
―Y eso es lo que recuerdo de esa noche ―terminó Luisa.
―Entonces ―dijo León ―, eres un milagro viviente. Eres una persona muy especial Luisa.
―Gracias, Jefe ―dijo Luisa secándose las lágrimas.

El primer juego de preparación lo ganaron por cinco a cero contra un equipo de una universidad europea. El segundo partido no fue tan fácil y lo perdieron por dos a cero contra una selección sub-23 del viejo continente. El tercer juego, fue un completo desastre, pues sobre la cancha de Wembley, ante una bajísima asistencia por fortuna, perdieron frente a la selección local por seis a cero.
En todos esos juegos de preparación, Luisa entró de cambio siempre ya avanzado el segundo tiempo, excepto en el juego de Wembley en donde se quedó en la banca. No marcó ni dio ninguna asistencia de gol. Eso confirmo las sospechas de sus compañeras de que Llora Mucho, no tenía méritos para estar en la Selección. Pero increíblemente, tan solo el viaje era tan maravilloso que no jugar era solo un detalle menor para ella. Al bajar del avión pensó en algo que la alejó de la depresión por lo de sus padres, el país maldito en el que vivía y la tragedia del F.C. Achéron:
―Existen realmente otros continentes ―se dijo así misma.
Así era, esas tierras no solo eran una farsa creada en los dispositivos móviles digitales por Google Maps, eran lugares reales. Y todo lo que en esas tierras se producía y se vivía, era también cierto. Cuando Luisa miró por primera vez señales de tránsito en otro idioma, cuando observó por primera vez una carretera inglesa (con los sentidos de circulación inversos) y principalmente, cuando observó por primera vez las puertas del Estadio de Wembley, quedó paralizada. Cuando pisó el césped, pensó en todos los grandes nombres que habían estado ahí antes que ella, era un sueño hecho realidad y no se cansó de tomar fotos con su teléfono celular a casi todo lo que observaba.
El itinerario de la selección era estricto y no muy agradable para quien sabe vacacionar en Europa. Para empezar, el equipo se concentró en una pequeña ciudad alemana en donde no pasaba nada, por lo que a Luisa le pareció que aquella villa era una versión limpia y ordenada de Achéron. Ahí entrenaban por la mañana y por la tarde y solo podían salir por una hora durante la tarde antes del entrenamiento, pero en cinco minutos prácticamente podían ir de un lado al otro del poblado en donde solo había una cafetería, dos restaurantes y una plaza comercial. Tenían prohibido salir de noche, precaución inútil en un poblado donde los, aproximadamente, cien jóvenes que ahí vivían tenían que viajar treinta minutos en tren para poder ir al bar más cercano a dos pueblos de distancia. Así, las jugadoras tenían mucho tiempo libre en sus habitaciones, donde Luisa y Micaela eran nuevamente compañeras de habitación.
A diferencia de la primera vez en la que no se dijeron prácticamente ni una sola palabra, en esta ocasión Micaela no dejaba de hablar y de compartir con Luisa toda su experiencia en sus veinte años como jugadora de fútbol. Luisa escuchaba atenta todo lo que la jugadora del Puerto le decía y aprendía una perspectiva nueva del fútbol y de la vida. Para Luisa, Micaela Bastidas era la gran abuela del fútbol, una pionera, alguien que había que respetar por el simple hecho de haber abierto brechas que ahora ella recorría. Lo que no sabía Luisa era que se había ganado la completa admiración de la jugadora del Puerto.
Una de esas noches en Alemania, toco el turno de entregar las camisetas y el registro final para los Juegos Olímpicos. Dos de las convocadas quedarían fuera de la lista aunque viajarían a los Juegos Olímpicos con la delegación si así lo deseaban, pues también podían decidir regresar a casa. Luisa pensaba en esa posibilidad y estaba completamente segura de que elegiría seguir al equipo en ese recorrido por lugares maravillosos y hermosos, tan distintos a lo que estaba acostumbrada a ver, no importaba si era suplente y le caía mal a todas, no importaba si debía cargar las maletas o lavar los apestosos uniformes usados por sus compañeras luego de los entrenamientos o partidos, ella no iba a dejar ese viaje.
―Bueno, voy a dar los números oficiales, chicas. Número uno, Beauvoir. Dos, Paula Allen, tres Castellanos, cuatro Mistral, cinco Storni, seis Pisano, siete Woolf, ocho Florinda Lazos, nueve Elvia Carrillo, diez Micaela Bastidas…
―Oiga, entrenadora. ¿No se pueden hacer cambios ya? ―interrumpió Micaela.
―¿Cambios?
―De número me refiero. Cambiar de número.
―Bueno, sí. Mandaremos la lista mañana al Comité Olímpico. Pero ¿no escuchaste? te di el diez de siempre.
―Por eso mismo, entrenadora. Quiero cambiar de número. Quiero darle el diez a Nadiani.
La entrenadora, que usaba gafas, se las acomodó como si ese implemento para mejorar su vista pudiese ayudarle a entender mejor lo que acaba de escuchar.
―¿Quieres que le dé el diez a Nadiani?
 ―Así es.
―¿Por qué?, ni siquiera sabes si ella está incluida en la lista final.

―Porque ella es el futuro, entrenadora. Muchas de nosotras ya vamos de salida. Si voy a heredar ese número, que utilicé durante más de quince años, quiero dejárselo a quien yo quiero, y creo que lo merece.
La entrenadora y media sala seguían sin comprender.
―Eso no lo decides tú, Micaela.
―¡Ay, por favor, Flora! ―respondió Micaela sin la solemnidad inicial ― Hasta hace poco tú hacías lo que yo te ordenaba cuando todavía eras jugadora. Si te decía que te movieras a la izquierda lo hacías, si te decía que te movieras a la derecha, lo hacías. Y desde que te volviste nuestra entrenadora, yo nunca te desobedecí en nada. Por los años en que fui tu capitana, por los años en que te he obedecido como jugadora, concédeme esta última petición. No pido que la metas a jugar, pues eso es completamente tu decisión, pero por favor, déjame pasarle ese número a quien yo sé que sabe.
Flora Tristán, la entrenadora por cuatro años del combinado nacional femenil, doce años seleccionada nacional, centrocampista, cuarenta veces internacional, sabía que cada palabra de Micaela era cierta. De esa forma, ante la sorpresa de todas, accedió cambiar la numeración.
―Bien, cambia el número diez. Será Nadiani Ponzio Luisa y deja que Micaela Bastidas lleve el 22 ―dijo la entrenadora a su asistente.
El resto de las jugadoras no lo podían creer, les parecía irracional aquello y se miraban incrédulas. Luisa solo trató de hacerse lo más pequeña que pudo en esa sala de juntas.
Ya en la habitación, Luisa le reclamó a Micaela.
―¡¿Por qué hiciste eso?! ¡Ahora me odiarán más de lo que ya lo hacían!
―¿De qué hablas? No te odian. Solo son como tú y yo, mujeres asustadas porque van a unos Juegos Olímpicos. ¡Hay mucho estrés aquí! Todas deberían calmarse y disfrutar. Y tú principalmente deberías calmarte. Tienes el número diez, reina. Y te lo heredó la mejor. Esta piel morena tostada no es gratis, reina, me costó muchos partidos bajo el sol del Puerto y cuando tú juegues en Suecia vas a extrañar nuestro calor, ya verás.
―¿Jugar en Suecia?
―Ya verás, no son imbéciles. Es decir, por alguna razón los suecos pueden ver el talento que los estúpidos de nuestro país no pueden. Te van a tratar de contratar en cuanto te vean jugar. Y estarás con ellos unos dos o tres años como yo, hasta que te hartes del frío y de lo cara que está la fruta allá. ¿Ya viste que hay sobre tu cama, reina? Es el atuendo que usaremos en unos días en el desfile olímpico. ¡Dios mío, es lo más importante que me ha pasado en la vida! Y todo, gracias a ti, reina. Tu pase lo cambié por una olimpiada y tú estás conmigo en esto, hasta el final.
―Pero te repito que a ellas no les caigo bien.
―Tranquila, no serás la chica nueva por siempre.

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