La noche de la final que jugaría Luisa, Rosa salió de su apartamento
alrededor de la media noche con todas las ilusiones de festejar una medalla de
oro. Tres compañeras de la causa la recogieron en el automóvil de una de ellas
y juntas llegaron hasta Avenida Central, a la altura donde Ni uno Más tenía su
campamento. El que fuera sábado por la noche y el que hubiera un partido de
fútbol fundamental para la causa, convocó a un amplio número de militantes a
ver el juego en la carpa central del movimiento. Había dos pantallas de
bastantes pulgadas que fueron colocadas en ambos extremos de la carpa. Saludó a
varios de los militantes y aceptó fumar un poco de mariguana para calmar los
nervios; para entonces, todos esos jóvenes la reconocían como la líder de
aquello que llevaba ya algunos meses construyéndose, la resistencia final, la
Curva Sur. Luego, el partido de fútbol más importante en la vida de Rosa
comenzó por televisión y todo el tiempo, hasta el momento del gol de Celia
Atahualpa, fumo un cigarrillo tras otro junto con Ramos.
Ramos, por su parte, había llegado ya comenzado el primer tiempo pues
presumía que antes de asistir a la cita con la pelota había tenido que atender
una cita con un amor de antaño.
―¿Y te fue bien? ―le preguntó con humor Rosa.
―Bastante ―contestó Ramos con satisfacción genuina.
El gol fue gritado en todo el país, pero en ningún lugar del mundo más
que en esa carpa. La locura era enorme y sabían que aquello era importantísimo
para el movimiento. Por si fuera poco, la televisión, repitió una y otra vez la
escena en que Luisa hacía un túnel a Gouges y la superaba después en carrera, justo
en el momento en que el parche de la pierna se le comenzó a caer y para cuando
Luisa se encontró con la última defensa que le cortaba el paso, el Mefistófeles
había quedado ya totalmente al descubierto. Ese hecho fue casi tan festejado
como el gol. Cuando vieron que Celia Atahualpa se quitaba la camiseta para
dejar al descubierto su frase de “Sí, Libertad!” fue al acabose del éxito.
Los últimos minutos del juego fueron angustiantes porque que se
consumaba lo imposible y se acababa la cerveza en la carpa y nadie se ofrecía a
ir por más. En el momento que la árbitro dio por finalizado el juego, la fiesta
pudo continuar en aquella carpa que albergaba a una treintena de jóvenes
estudiantes voluntarios y a unos cinco viejos que ellos mismos llamaban “La vieja
guardia” y cuyo principal referente era el subteniente Ramos.
La última conversación de Luisa con sus socias más queridas de la Curva
Sur no tuvo nada que ver con el fútbol ni con la protesta, en cambio bebieron y
hablaron de música, cine y sus relaciones sentimentales. Poco a poco, los
compañeros se retiraron debido a que todos sabían que el domingo sería un día
bastante activo. Alrededor de las cuatro y media de la mañana, solo quedaban en
la carpa Ramos, Rosa, sus tres amigas con las que había llegado, y otros dos
chicos que esa mañana se quedarían en la carpa para cuidar que nadie se llevara
las pantallas en las que habían visto el juego.
El frío de la madrugada fue testigo de la llegada de una docena de
hombres vestidos de negro que arribaron al lugar y armaron un tremendo
alboroto.
Ramos se puso de frente a los agresores.
―Tranquilo, muchacho, yo soy a quién estás buscando ―dijo con toda calma
Ramos.
El líder de los encapuchados lo miró y le apuntó.
―Venimos por los dos. ¿Dónde está la otra?
Ramos intentó sacar su arma y uno de los encapuchados le disparó a la
altura del pecho. El subteniente no cayó directamente al suelo, un conjunto de
sillas plegables detuvo provisionalmente su caída y desde esa posición alcanzó
a disparar a su agresor que terminó con una bala entre los ojos. Los otros
agresores llenaron de balas a Ramos. En ese mar de disparos salieron heridos
los dos chicos que iban a quedarse en la carpa y otros militantes que dormían
en las otras carpas contiguas del campamento.
Ante los disparos, Rosa y sus amigas corrieron a refugiarse detrás de
una mesa. Una de las amigas de Rosa fue herida en una pierna y gritaba de dolor
ante la desesperación de las otras chicas que le pedían que guardara silencio.
El líder de la operación ordenó a tres de sus hombres que capturaran a
las mujeres vivas pues alguna de ellas debía ser “la liebre que buscamos” y a
los otros les ordenó “limpiar” las otras carpas del campamento.
Rosa y las otras tres mujeres no opusieron resistencia. Todo ese tiempo
Rosa había sentido que sus peores temores se concretizaban, no había servido de
nada cambiar constantemente de teléfono móvil, de casa, de rutas para llegar a
cualquier lado. Había decidido no tomar el consejo de Ramos de cerrar sus
cuentas de redes sociales ni de ocultar su identidad y nombre verdadero pues
pensaba que, si tenían éxito de hacer que el gobierno abriera los archivos, no
sería una guerrilla ni un grupo terrorista quien los obligaría, sino que serían
ellos, el pueblo, personas con nombre. Esa decisión siempre le causó angustia
por su familia pues nunca tuvo tanto miedo por ella como por los de su cuna; de
hecho conocía las historias de que, en los peores tiempos del régimen militar,
los desaparecidos no eran los hombres y mujeres que se oponían al gobierno sino
sus hijos, sus parejas, sus padres. Rosa había preparado la salida para ellos,
una semana antes de la última marcha, de la “tercera llamada” como ellos le
llamaban, había pedido a su padre y madre que salieran de Achéron y pasaran un
mes en casa de unos parientes muy cerca de la frontera, les dio instrucciones
de que si ella se los pedía, escaparan de inmediato del país por tierra. Sus
padres, al estar enterados de la situación bastante particular de su hija
hicieron caso a pesar de todo.
Rosa y sus compañeras fueron colocadas de rodillas a un costado del
cuerpo de Ramos ya sin vida, a lo lejos se escuchaban los gritos y el caos en
las otras carpas del campamento y el líder les preguntó a las mujeres quién era
Rosa. Ninguna dijo palabra.
―Bueno ―dijo con voz seca el líder ―las mato a todas y ya está.
En ese instante fue realmente cuando la vida de Rosa le pasó como una
película frente a sus ojos. Sabía que todo había acabado, que ese era el final.
―¡Yo soy! ―dijo ella y se puso de pie con las manos todavía sobre la
cabeza.
―¡Rosa, somos el grupo de Estudiantes Insurgentes y tomamos control de
su campamento! ¡Ustedes han sido demasiado pacíficos!
Una corriente de valor recorrió el cuerpo de Rosa ante una farsa tan mal
montada.
―El campamento es tuyo ―comenzó a decir Rosa todavía con los nervios de
punta por el tiroteo―. Pero para este momento, todos los diarios importantes
del mundo ya han recibido la receta número trece. ¡Muera el mal gobierno…!
El líder encapuchado cargó cartucho y le disparó en la cabeza a Rosa,
ella no sabía que a él no le importaba en absoluto el asunto de la RecetaN13.
El cuerpo de Rosa cayó al suelo sin vida. La sangre comenzó a formar un
charco en el piso y el líder de aquella masacre ordenó a sus hombres la
retirada. Los supervivientes comenzaron a comunicarse con sus familiares y más
de uno llamó a la policía, esa a la que tanto odiaban y combatían. El cuerpo de
Rosa fue metido en una ambulancia junto al del joven agresor caído, el de Ramos
fue dejado en la escena del crimen.
Por todo el campamento se comenzó a correr la voz de que el gobierno
había mandado asesinar a Ramos y a Rosa. Los líderes activos del movimiento,
llamaron a todos a tomar las calles. Los estudiantes de todo el país que habían
permanecido ajenos o contrarios al movimiento, salieron por fin a las calles
pues dos universitarios habían sido brutalmente asesinados por el régimen. La
prensa comenzó a llegar al lugar de los hechos y recogió los testimonios de los
supervivientes, la palabra más mencionada era “farsa”. Los que no quedaban
convencidos por los asesinatos, salieron a las calles cuando por los noticieros
de internet comenzó a circular “receta N13”.
Las bombas de Miriam Ponzio tenían el nombre clave de “recetas” y en sus
cartas a su madre, a la abuela Ponzio, la Abuela Mayor del Sindicato, las
llamaba de esa forma. Esas y otras claves habían sido descifradas por Rosa y
Ramos en aquellas cartas que la abuela había guardado durante años para
entregárselas a Luisa. Por eso, a la culminación de su investigación, Rosa y
Ramos, la habían llamado “receta N13” y la número doce había sido la bomba que
había estallado en la Estación Central de Trenes. La bomba de Ramos y Rosa no
tenía nada que ver con las que fabricaba Miriam, no era una bomba en el sentido
estricto de la palabra, pero tenía la misma intención que las de Miriam:
despertar un país.
La tarde del sábado de la final del fútbol femenil de los Juegos
Olímpicos, Ramos conducía su automóvil hasta la Universidad Nacional. Llegó al
edificio de investigaciones filosóficas y en la oficina de siempre encontró a
Luisa Cortés.
Ella lo saludó con hermetismo y lo invitó a sentarse.
―Subteniente, ¿qué lo trae por aquí?
―La advertencia ―dijo Ramos en tono familiar a la investigadora
universitaria ―, mi querida filósofa. La advertencia de que la Receta N13 está
lista y será detonada mañana mismo, durante la marcha.
―¿Qué pasará si las del equipo de fútbol pierden?
―Nada ―respondió secamente Ramos ―. Ya han ganado bastante. En nuestro
caso, una medalla de plata vale lo mismo que una de oro. Pero, oye, no seas
mala, sírveme una copita, ¿no?
―Está usted en la universidad, subteniente.
―¡Pues eso mero mujer! Nuca detuve más ebrios en mi vida que en la
universidad.
Cortés buscó en uno de los anaqueles llenos de libros una botella de su
mejor vino.
―Luisa ―empezó a decir Ramos ―¿Te has preguntado qué hubiera pasado si
yo no me hubiera enamorado de ti al tenerte presa? Digamos que me hubiera
enamorado de Miriam o de la otra estudiante esa que tenías… no sé. ¿Lo has pensado?
Cortés respondió al mismo tiempo que le quitaba el corcho a la botella.
―Yo estaría muerta y alguna de ellas estaría viva.
Cortés le sirvió a Ramos un poco de vino en una copa. Era tinto, como la
sangre.
―Sí ―comenzó a decir Ramos ―, quizás. Sabes, además de tu belleza e
inteligencia, algo en ti me llamó fuertemente la atención mientras te torturaba
ahí en el penal femenil. Qué tú cantabas. Las otras les podías remover un pezón
y no soltaban la lengua, tú en cambio, hacías de la sala de tortura una sala de
negociación. Pero hubo algo que nunca me dijiste.
―¿Qué cosa ―preguntó con curiosidad Cortés ya sentada en su silla y con
una copa de vino en su mano izquierda.
―Pues verás. Esta muchachita Miriam, nuestra Unabomber, si dejó
testimonio de sus actos. No te preocupes, no están incluidos en lo que vamos a
soltar hoy. No… pero si me dejaron pensando. Le escribió casi cien cartas a su
madre y esta las guardó hasta que nosotros las encontramos. Y escucha lo que
dice la carta setenta y tres que tengo aquí. “Madre, espero que estés bien.
¿Cómo está papá? Yo estoy bien, pero la señora de los helados me ha pedido que
haga otro platillo, esta vez quiere que sea para muchas personas, un banquete.
Y quiere servirlo en la gira del catrín, con motivo de la inauguración del
reloj digital de la Estación Central de Trenes. Yo no sé qué hacer, mamá.
Porque quiero tener la conciencia limpia. Marcos me ha dicho que lo haga. Dicen
será la última de las recetas, pero ya le dije que las once anteriores no son
como esta que pide ahora. Además, la señora de los helados me ha pedido que la
sirvamos a distancia, no manualmente como habíamos venido haciendo, pero eso es
muy peligroso. Yo tengo mucho miedo de que se tire todo antes de, o que no
sirva el mando a distancia y ¿qué hacemos?”
Ramos se detuvo. Miró a Cortés que seguía imperturbable en su silla.
Entonces continuó.
―Hay otra carta, la 78, que es mucho más breve, pero que dice así:
“Mamá, no puedo más, tengo que decir esto. La receta doce, el platillo lo
servimos nosotros, a pesar de que nos delataron de que sabíamos… ¡sabíamos!”.
Y ahí le paro, porque tú ya sabes que la “señora de los helados” eres
tú, que las recetas eran bombas, que los platillos son explosiones, que el
catrín es el presidente y que los comensales son los muertos. Son las únicas
dos cartas donde eso se apunta, en las otra revindica el movimiento, sus causas
y todo eso que ustedes hacían.
Ramos se puso de pie, rodeó el escritorio de Cortés y se puso frente a
ella.
―¿Quién ―preguntaba Ramos ―, mi filósofa, detonó la bomba esa tarde en
la estación central?
Cortés observó fijamente los libros de los estantes de su oficina. No
pudo dar ni un sorbo a la copa con vino que se le calentaba en las manos.
―Yo ya no tengo las herramientas de tortura. Ya no te puedo poner unas
esposas ni amenazarte con violarte. Maduramos, amor mío, y ahora me pregunto,
¿cómo fue que viviste todos estos años con la muerte de todas esas personas
sobre tus espaldas? Me dirás que como yo viví con las de los cientos que
desaparecí; pero yo estaba entrenado y para eso fui fabricado, ¿y tú? ¿No dices
nada? Bueno, solo que quede clara una cosa al menos: fue tu bomba y tu
detonación.
Ramos metió la mano a su bolsillo, sacó su encendedor y comenzó a quemar
las cartas.
―No te preocupes, amor ―dijo Ramos mientras las cartas de Miriam eran
consumidas por el fuego ―no hay copias ni transcripciones. No te preocupes por
la abuela y la futbolista; si entendieron lo que leían, a la primera le queda
poco tiempo antes de irse a la tumba y la segunda no regresará al país en mucho
tiempo. La niña Rosa, la que tú admiras por su inteligencia y mente brillante,
no sabe nada de esto, todavía está muy verde. Solo quedamos tú y yo. ¿Entiendes
que quien a hierro mata, a hierro muere?
Y las cartas dejaron el mundo consumidas por el fuego.
Ramos sacó de su cinto un arma de fuego. Cargó cartucho y la puso sobre
el escritorio.
―El viejo régimen debe morir. Y nosotros somos parte de ese viejo
régimen. Tú decide cuándo, pero no dejes cabos sueltos y que sea pronto. Solo
tiene una bala. Te veré en el infierno, amor.
Ramos besó en la boca a Cortés quien ni aun así reaccionó ni para decir
nada ni para contestar el beso. En cambio, una lágrima comenzó a correr por su
mejilla. Ramos salió de la oficina y caminó por el pasillo mientras esperaba la
bala de Cortés por la espalda, pero no ocurrió nada. Entonces subió a su
automóvil y antes de ir rumbo a la carpa de Ni Uno Más a mirar el juego de
fútbol, pasó unas horas en un prostíbulo que le quedaba de paso.
Cortés se quedó con su desolación varios minutos más hasta que se
decidió a tomar el teléfono de línea de su oficina.
―Hola, ¿cómo estás? ¿Te acuerdas que me debías un favor? Bueno, pues es
el momento y te va a encantar lo que te voy a pedir. Te voy a poner en bandeja
de plata a quien tanto odias. Sí, sí. Van a ser dos personas y solo esas dos.
Haz que parezca que ustedes son estudiantes estúpidos radicales. La ubicación
es…
Cortés no creyó aquello de que Rosa no sabía nada y que estaba muy verde
todavía; además calculó la ventaja de convertir en mártir a la líder
estudiantil mitificada ya por sus compañeros y la prensa. Así, durmió sobre un
sofá de su oficina que comúnmente usaba cuando trabajaba hasta tarde. Solamente
la despertó la llamada en la que le informaban que el encargo estaba hecho.
Eran las cinco de la mañana para entonces. Corroboró lo mejor que pudo la información y escribió un mensaje de
texto a Nadiani, pero no se atrevió a decirle que Rosa estaba muerta y por eso
solo le informó de Ramos. Más tarde se arrepintió y le mandó el segundo
mensaje. Se terminó de beber la botella de vino y desde su computadora sintonizó
la premiación de la medalla de oro del fútbol femenil. Miró gustosa el desacato
de Luisa. Confirmó que en el resto de los diarios del país y del mundo la
RecetaN13 había sido recibida y cuando estuvo segura de todo eso, de la muerte
de Ramos y de la de Rosa, de que Luisa estaba enterada de lo ocurrido a su
mejor amiga y de que todos los estudiantes estaban enterados de los asesinatos,
tomó el revolver que le había dejado Ramos, salió de su oficina y la cerró con
llave. Subió hasta la azotea del edificio desde donde se veía la gran plaza
universitaria que comenzaba a llenarse de estudiantes dispuestos a luchar y
protestar por la peor de las injusticias. Entonces se dijo a sí misma.
―Pues ya solo queda una que puede cantar.
Se apuntó a la sien y se pegó el tiro.
Las palomas de la mañana de domingo alzaron el vuelo asustadas por el
disparo, los estudiantes ya presentes en la plaza se echaron al suelo, mucho
más asustados que las palomas. Cuando no escucharon más disparos y corroboraron
que nadie había sido herido, continuaron con la preparación de la protesta.
Mientras esperaban en el aeropuerto, las chicas del fútbol estaban
nerviosas. Ya todas sabían de las protestas por todo el país y llamaban
preocupadas a sus familias. Fue Micaela la que nuevamente se encontró con la
noticia de RecetaN13 y se las compartió a todas.
RecetaN13 era algo muy sencillo en realidad, era tres minutos de vídeo
que demostraban que altos mandos del gobierno habían ordenado a un grupo de
francotiradores disparar contra la Curva Sur reunida en el Estadio Nacional.
Además, se escuchaba decir a un oficial del ejército, que se reconocía era el
actual jefe de la policía antimotines, que la orden de disparar era porque los
estudiantes pensaban unirse y ya no operar de manera aislada, pues seguían
motivados por la explosión de la bomba en la Estación Central de Trenes. Y
aquel vídeo era de una de las cámaras del servicio de inteligencia de aquel
entonces.
Cortés había sabido de la existencia de ese vídeo durante muchos años y
le había pedido a Ramos que lo rastreara. El vídeo se consideraba perdido, pero
casi por casualidad, Rosa lo encontró en sus búsquedas documentales en el
archivo general de las fuerzas armadas. No podía verlo y tampoco se podía
acceder a él. Ramos y Rosa pensaron durante noches enteras en cómo poder
obtener acceso y Cortés les dio de nuevo la respuesta.
―Hay que llegarle al precio a quién pueda tener acceso.
Y eso fue, un simple acto de corrupción institucional, uno más entre
millones, lo que permitió que el vídeo llegara hasta las manos de la líder de
la Curva Sur. Increíblemente, el funcionario gris que corrompieron no pidió
mucho, el tipo estaba tan sin sentido de vida que no sabía que entregaba la
caída de un régimen a cambio de un adelanto de su salario de un año. Cuando
Rosa vio por primera vez en su ordenador aquellas imágenes quedó perpleja y corrió,
literalmente a mostrárselo a Ramos. Cortés se dio su crédito y, junto a todo lo
demás que habían descubierto, nombres, fechas, sucesos y demás, armaron el
compilado al que llamaron “RecetaN13”, porque la doce había sido la que había
estallado en la Estación Central de Trenes y esperaban que esa bomba mediática
si alcanzara esta vez al presidente y despertara al pueblo.
―Quien a hierro mata, a hierro muere ―explicó
Cortés.
Flora Tristán llamó a Luisa mientras esperaban la salida del vuelo de
regreso a su país. Con Flora Tristán estaban dos personas de traje que Luisa
pensó al principio que eran personal del aeropuerto.
―Nadiani ―comenzó a explicar la entrenadora ―, escucha bien lo que te
voy a pedir. Vas a tener que quedarte aquí.
―¡¿Qué?! ¿¡Cómo?!
―Luisa ―dijo uno de los caballeros de traje ―, trabajo para las Naciones
Unidas, en la oficina de atención a refugiados del mundo. Me han pedido que te
oriente en tu problema.
Luisa no entendía nada.
―¡Arrojé la medalla! ¡Eso es todo! ¡Puedo pedir públicamente perdón!
Pero tengo que regresar para el funeral de mi mejor amiga, por favor, no me
hagan esto, entrenadora. Mi mejor amiga…
―Nadiani ―dijo con voz autoritaria la entrenadora ―, en cuanto
aterricemos te arrestarán.
―Estás acusada en tu país de traición a la patria y otros cargos, Luisa
―remató el funcionario.
―Pueden y quieren encerrarte, Nadiani ―dijo el otro hombre de traje.
Esos dos caballeros explicaron en detalle a Luisa la situación y le
ofrecieron que, mientras se resolvía, ella podría quedarse en la Villa
Olímpica, pues el Comité Organizador no la había expulsado ya que se les había
explicado el contexto del desacato olímpico. Además, al visado de Luisa le
quedaban todavía varios días para vencer pues había sido tramitado para tres
meses.
En la Villa Olímpica podría ocupar su misma habitación. En ese día, los
abogados negociarían con el gobierno del país de Luisa para buscar una
situación en donde ella no tuviera que ir a la cárcel. Ante eso, Luisa pidió
hablar primero con Succed, tardó cerca de cuarenta y cinco minutos en esa
llamada y finalmente, Succed le dijo que lo mejor era que esperara en aquel
lejano país.
Quedaban pocos minutos para que el avión partiera y Flora Tristán se
presentó ante el equipo y les anunció que Luisa no viajaría. La mayoría expresó
que era demasiado castigo ir a la cárcel por arrojar una medalla de oro al piso;
además, tomando en cuenta que la mejor amiga había sido asesinada, era comprensible
actuar así. Sin embargo, fue Celia Atahualpa la que puso al tanto a las demás.
―Pero es que, además, Llora Mucho es líder de la Curva Sur. ¿No se dan
cuenta? No solo la quieren encerrar por lo de la medalla, es por lo de los
tatuajes y por las marchas y todo eso, ella lo ha organizado. Y ahora todo el
país es una locura y ella es una revolucionaría, la acusan de rebelión.
Eso fue lo que Celia Atahualpa les dijo y, aunque exageraba demasiado,
también era cierto que no era solamente el asunto de la medalla y los tatuajes.
Para muchas fue una sorpresa saber que aquella chica no era solo una
enorme jugadora y sabía del fútbol y su táctica, que salía en las revistas por
su belleza física, sino que además era una figura de corte político y
subversivo. ¡Y tan solo tenía veinte años! No podían imaginar que muchas de las
circunstancias de la vida de Luisa habían prácticamente sucedido sin que ella
lo hubiese planeado. Para ellas, Luisa quedó en su imaginación como una
constructora de su propio destino, la mujer de hierro, y varias de las más
jóvenes, no solo Atahualpa, comenzaron a ver en ella un referente máximo.
Una a una, las compañeras de Luisa se despidieron. Le daban palabras de
ánimo y consuelo, le decían que cualquier cosa que necesitara ahí estarían.
Micaela le dijo entre llanto:
―Te dije que no serías la chica nueva por siempre. Te voy a extrañar
mucho Llora Mucho.
Por su parte, Celia Atahualpa, la abrazó durante varios segundos y le
dijo que estarían todas en pie de lucha.
Finalmente llegó el turno de la entrenadora Flora Tristán. No la abrazó
ni le dedicó muchas palabras. Simplemente le extendió una bolsa negra de la
lavandería de la Villa Olímpica que tenía algo dentro de peso considerable y le
dijo.
―No la pierdas de nuevo, por favor.
Y todas se perdieron por el pasillo que ya daba al avión. Luisa comenzó
a llorar y los dos hombres de traje de la ONU la llevaron a realizar varios
trámites para que la dejaran salir de la zona internacional del aeropuerto.
Luisa puso la bolsa que le había dado la entrenadora Flora Tristán dentro de su
mochila de equipaje de mano y olvidó el asunto.
Cuando llegaron a la Villa, todavía había bastantes atletas, pero ya
casi todos iban de salida, cargados de maletas y los bríos para sobrevivir
otros cuatro años.
Luisa se fue a la cama muy temprano y los funcionarios le dijeron que si
había algún avance importante la visitarían, le dieron un número para llamarlos
y le pidieron que se mantuviera informada de lo que ocurría en su país. A la
mañana siguiente, se despertó en una Villa Olímpica abandonada. Una de las
voluntarias, de las muy pocas que quedaban, le informó que ya solo quedaban
ella y otros diez atletas en todo el complejo, pero esos atletas estaban ya muy
próximos a irse. Ese día, pasó la tarde en los lugares en los que había sido
feliz en esa Villa, era demasiada nostalgia. Cerca del ocaso del día llamó a
Succed para preguntarle si había podido asistir al funeral de Rosa como se lo
había pedido, sin embargo el cuerpo todavía no había sido entregado por las
autoridades. Eso la entristeció todavía más. Quiso seguir las noticias acerca
de lo que pasaba en el país, pero no tuvo ni los ánimos ni la fuerza.
A la mañana siguiente, despertó y miró que el día estaba nublado lo que
lo hacía más triste. Se duchó y mientras se vestía se acordó de la bolsa de
ropa de la lavandería que le había dado la entrenadora Flora Tristán. La abrió
y envuelta en una toalla estaba la medalla de oro. No pudo evitar colgársela al
cuello otra vez y confiada de que era la única alma en aquella Villa Olímpica,
salió al balcón del comedor general. Ni siquiera se dio cuenta que esa mañana
las cocineras estaban casi tan apuradas como en los días en que aquello estaba
lleno de atletas. Disfrutaba la vista del Estadio Olímpico con las nubes
cerradas de la mañana cuando alguien la interrumpió.
―Hola ¿qué es lo que miras con tanta concentración?
Luisa casi se va de espaldas por el susto. Volteó y vio que sentado en
la mesa más cercana al balcón del comedor estaba un hombre vestido en ropa
deportiva y aspecto relajado. Sostenía en su mano derecha un tenedor que a su
vez sostenía una hoja de lechuga. Su mirada alegre se desbordaba por sus
grandes ojos negros, llevaba la barba sin rasurar hacía días y el cabello
corto, pero dejaba ver las entradas de la calvicie propias de los que entran a
su tercera década de vida. En general, se leía en todo su retrato, y la lechuga
en el tenedor y el plato lo confirmaban, que era un atleta.
―Lo siento, no quise espantarte. Hablas español ¿no? ―dijo el hombre con
sus cubiertos en la mano todavía.
―Sí, sí ―dijo Luisa recuperada del susto ―, perdón, no me di cuenta. Sí,
hablo español… ¿cómo lo supiste?
El tipo dio un bocado a su ensalada, masticó un momento y respondió sin
prisa.
―La publicidad de tu camiseta es de la compañía de celulares líder en
América Latina. Y bueno, líder es un decir, su servicio es malísimo y yo diría
más bien que es un monopolio. Por eso pensé que hablarías español.
Luisa miró lo que llevaba puesto, era la camiseta Celeste que, en
efecto, llevaba en el pecho la publicidad de aquella compañía.
―¿No quieres sentarte? Yo apenas voy comenzando a devorar esta enorme
ración de calorías ―dijo en tono irónico el hombre.
Luisa pensó que no tenía nada que perder pues tenía todo el tiempo del
mundo y una tristeza colgaba de su ser, por lo tanto, hablar con alguien, con
quien fuera, no parecía mala idea.
―Entonces te fue bien ¿no? Disculpa, mi nombre es Lucio pero todos me
llaman aquí por mi apellido, Cabañas.
―El mío es Luisa, un gusto ¿Por qué dices que me fue bien?
El chico apuntó con su tenedor a la medalla de oro que colgaba del
cuello de Luisa. Ella sintió un poco de vergüenza, de haber sabido que había
otras personas en la Villa no habría ido por ahí con la medalla colgada al
cuello.
―Debes pensar que soy una presumida, pero lo cierto es que… no me fue
tan bien.
Luisa comenzó a recordar en su mente la serie de hechos que había vivido
en ese mes y la tragedia de los últimos días. Una lágrima se le escapó por la
mejilla.
―Oye, oye ¿qué sucede? ¿Dije algo malo? ―preguntó el hombre sin haber
masticado bien su último bocado.
―No, es solo que no es mi mejor momento. Me colgué la medalla porque
pensé que no quedaba nadie… en realidad, estoy como expulsada de mi país, no
puedo regresar y de hecho, mataron a mi mejor amiga hace dos días.
El hombre dejó de comer y puso los cubiertos sobre la mesa.
―Tú eres la chica que tiró la medalla ¿verdad?
―Sí ―contestó Luisa.
―Oye, oye, tranquila. Ven aquí, siéntate a mi lado, ven anda…
Luisa obedeció, dio la vuelta a la mesa y se encontró de frente con una
situación inesperada. Hizo una pausa y el hombre notó esa duda.
―Lo sé ―dijo Cabañas ―, es impresionante la primera vez. Pero vamos, es
solo una silla de ruedas. Ven, acércate.
Luisa se acercó y se sentó a su lado. Cayó en cuenta que estaba en la
antesala de los Juegos Paralímpicos que se realizaban unos días después de los
Juegos convencionales. No había podido negar que la silla de ruedas era un elemento
que no esperaba estuviera relacionado con un atleta, sin embargo incluso ese
artefacto hacía juego en Cabañas, debido a su diseño atrevido pero elegante y
el color negro de toda su estructura; aquellas ruedas sumaban a la imagen de
Cabañas como un profesional del deporte y no como un pobre hombre con las
piernas paralizadas.
―En el internet leí lo que te pasó. Luisa, la vida nos ha juntado por
una razón, tú estás sufriendo y necesitas un abrazo. Ven.
Luisa decidió entregarse, realmente sentía la necesidad de consuelo y
aunque solo habían pasado poco más de veinticuatro horas de que se había
separado de sus compañeras, a ella le parecía que había pasado todo un ciclo
olímpico. Así, puso la cabeza sobre el hombro de Cabañas y comenzó a llorar
tendida, como pocas veces lo había hecho. Algunas de las mujeres de la cocina
se asomaron al escuchar ese llanto tan doloroso y con una seña Cabañas les hizo
saber que la situación estaba bajo control.
―Llora, Luisa. Sácalo ―le decía Cabañas mientras la acariciaba de la
cabeza y su otro brazo le rodeaba la espalda.
El llanto duró casi cinco minutos. Luego, ella se dio cuenta de que
lloraba sobre el hombro de una persona que acaba de conocer y pensó que quizás
abusaba.
―Gracias ―dijo Luisa secándose las lágrimas ―. Debo irme.
―¿A dónde? ¿Qué vas a hacer el resto del día? ¿No quieres entrenar hoy
conmigo?
Luisa no pensó, no solo no tenía nada que hacer sino que realmente no
deseaba estar sola. Aceptó la invitación aunque primero se dio el privilegio de
comer un desayuno abundante, ya sin las restricciones de Flora Tristán y la
nutrióloga del equipo.
―¡Parece que no hubieras comido en mil años! ―le dijo Cabañas
sorprendido.
―Porque soy una atleta ―respondió ya de mejor humor Luisa.
―Y la medalla en tu cuello lo confirma. Oye, ¿qué más te gusta hacer?
―¿Qué más me gusta hacer? No lo sé. ¿Por qué?
―Pues no sé, debe haber alguna cosa más que el fútbol. Si solo te gusta
el fútbol te será complicado tener actividades con tu nuevo amigo en silla de
ruedas, Luisa.
Luisa le contestó el chiste con su primera sonrisa en varias horas, de
hecho no había sonreído desde la tarde en el vestidor de la Selección en donde
una veintena de mujeres y algunos pocos hombres, celebraron que habían tomado a
la realidad por asalto con sus sueños consumados de medallistas de oro. Así, ese día lo pasó con Cabañas, un
paratriatlonista para quien eran sus segundos Juegos Olímpicos.
Fueron al gimnasio de la Villa en donde Luisa había tenido también
algunas sesiones de entrenamiento con la Selección y Cabañas le explicó que su
entrenador llegaría hasta dos días después porque había tenido problemas con su
visado.
La diez de Achéron, no sabía cómo comportarse con una persona en silla
de ruedas y estaba temerosa de cometer un error, pero pronto se dio cuenta de
que ella era la que parecía más torpe debido a que su tobillo todavía le dolía
y le costaba caminar. Así, casi todo el tiempo hablaron de sí mismos, del lugar
en donde vivían, de sus deportes y finalmente, de la música, de la comida y de
las películas que les gustaban. El ocaso de esa tarde fue tan gris como la
mañana, con sus nubes que cubrían por completo el cielo cenizo y que no
acababan de llover.
Cabañas le preguntó por el futuro y ella respondió que esperaba regresar
a su país en los próximos días, volver con su equipo, el Achéron Femenil, lo
demás ya no lo tenía tan claro, ni la universidad ni ser seleccionada otra vez.
―Es muy posible que me expulsen del deporte por lo que hice ―dijo Luisa
realmente arrepentida de todo, de esas protestas y de la Curva Sur que le
habían arrebatado la vida de su mejor amiga y la posibilidad de regresar a casa
―. Entonces, no sé qué pasará conmigo.
Al siguiente día, las respuestas a esos cuestionamientos comenzaron a
fluir de una manera inesperada. Esa mañana las nubes dejaron paso a la luz del
sol y solo se presentaron en cúmulos aborregados aislados que hicieron juego
con un amanecer espectacular.
Luisa, que parecía ser el alma gemela de Cabañas, desayunó otra vez con
él, pero esta vez más atletas se unieron a su mesa. Algunos eran invidentes,
otros usaban prótesis y otros, como Cabañas, estaban en silla de ruedas. Salvo
esos detalles, no había diferencias entre ellos y los atletas con los que ella
había compartido la Villa durante los Juegos convencionales, eran lo mismo:
gente que había trabajado muy duro para estar ahí, con agendas apretadas de
entrenamientos, dietas rigurosas y una enorme ilusión. Ese ambiente fue el que
la comenzó a llenar nuevamente de vida en su propio vacío.
Cabañas presumía siempre a los demás que Luisa era medallista olímpica y
le pedía que les mostrara la medalla de oro. Quienes miraban ese pedazo de oro
macizo, quedaban embobados por aquel ejemplo del éxito consumado; y los que no
podían verla, la sentían, la tocaban y las esperanzas por dentro crecían
después de admirar aquel objeto sagrado. Y luego de la presentación de la
medalla, llegaba siempre el tiempo de explicar la razón de que ella no se
hubiera ido todavía de esa villa.
De esa forma, Luisa contó su versión de los hechos una y otra vez a
aquellos que querían escucharla y que fueron varios. Las lágrimas le brotaban
cuando llegaba a la parte de Rosa; el enojo, la frustración y la tristeza
seguían en carne viva en esa herida que ni siquiera había tenido la oportunidad
de un funeral. Y Cabañas siempre estaba ahí para consolarla, para invitarla a
charlar, a cenar, a entrenar y a pasear por la Villa. Una tarde, cuando el
entrenador de Cabañas lo permitió y Luisa ya podía caminar sin tanto dolor por
su tobillo, salieron a dar la vuelta por la ciudad olímpica. Luisa supo así de
todo lo que se perdía encerrada en esa villa pues la rodeaba una ciudad que a
ella le pareció maravillosa y se sentía Marco Polo descubriendo un mundo nuevo.
Con Cabañas probó comidas exóticas al tiempo que vencía sus prejuicios y
tabúes, entró a museos y visitó hermosos jardines donde los niños jugaban en
paz.
―Cuando pase mi competencia ―le decía Cabañas ―, estaré dos días más
aquí, y podremos pasar a todos los restaurantes que hoy no conocimos, iremos a
los museos, a los monumentos y nos iremos de fiesta, ¿estás de acuerdo, Luisa?
―Sí, haremos todo eso.
―No te olvides de visitarme, Luisa. Solo tienes que cruzar la frontera
sur de tu país y estarás en mis dominios, ¡la tierra de Cabañas, el máximo
triatlonista de todos los tiempos!
Una de las cosas que más agradaban a Luisa de Cabañas era que él siempre
trataba de hacerla sonreír, invariablemente bromeaba y reía. La noche anterior
a la prueba, los dos pasaban un buen rato con los otros atletas en la sala de
estar de la Villa y Cabañas se bajó de su silla de ruedas y tomó la mano de
Luisa, quedó en una posición muy similar a cuando se le pide a una mujer
matrimonio y dijo:
―Luisa, quiero pedirte que…
El suspenso en los demás fue brutal, pero Luisa confiaba en que esa era
otra de las bromas de Cabañas.
―…asistas a mi prueba mañana.
―Acepto ―respondió Luisa con una sonrisa y ante el júbilo de todos los
demás.
Aquello no era cosa menor, Luisa no había aceptado asistir a la
ceremonia de inauguración de los Juegos Paralímpicos debido al revoltijo de
emociones que sentía todavía. Aceptar ir a la prueba de Cabañas era bastante
para la medallista de oro que seguía todavía en luto.
La mañana siguiente se levantaron muy temprano, antes del amanecer. El
tiempo atmosférico de ese día era perfecto para la dura prueba del triatlón,
cielo nublado (otra vez), humedad alta y temperatura fresca. La cita era enfrente de la escultura de los
aros olímpicos. Ahí, el entrenador de Cabañas, de nombre Benjamín, que era un
buen hombre de unos cuarenta años aproximadamente de talante seguro y confiado,
esperaba junto a otras personas que Luisa no conocía.
―Luisa ―le dijo Cabañas a Luisa ―, ven, quiero presentarte a mi familia.
Este ángel es mi mamá, la pobre de allá es mi hermana y su todavía más
desafortunado esposo; ¡ah! ¡Vino mi hermano, también! ¡¿Cómo estás, perdedor?!
Y este jovenazo es mi papá. Familia, ella es Luisa, es de quién les hablé.
La familia de Cabañas saludó a Luisa calurosamente, como si de años se
conocieran. A Luisa le recordaron inmediatamente a los García de la capital que
la habían cuidado por tres años luego de que su madre había desaparecido. En
esa familia parecía existir la amalgama de afecto y cordialidad de una típica
familia latina.
Todos subieron a una van y se dirigieron al sitio de la competencia. En
ese trayecto, se leía el nerviosismo de todos y la familia de Cabañas no dejaba
de externarle palabras de aliento; el atleta las recibía gustoso, sin embargo
no ocultaba su nerviosísimo.
Luisa se mantuvo callada, pero no distante.
Cuando arribaron, Cabañas fue a prepararse a la zona mixta y los
familiares ocuparon sus lugares en unas tribunas que rodeaban la bahía en donde
se realizaría la prueba de natación y donde había un poco de viento y frío.
En esa espera, la madre y el padre de Cabañas hicieron algunas preguntas
básicas a Luisa como: ¿en dónde vives?, ¿a qué te dedicas?, y ¿cuáles son tus
planes? Ante esta última pregunta, Luisa se tomó un momento para comenzar a
explicar, lo mejor que pudo, su situación como refugiada provisional. Aquello
sorprendió a todos, les parecía una historia increíble y triste.
―Bueno ―le dijo la madre de Cabañas ―, hija. Entrega todas las cosas
sobre las que no tienes control a Dios y ocúpate con todas tus fuerzas de las
que si puedes.
―No dejes de entrenar, por ejemplo ―le dijo el padre.
―Luego del accidente de Cabañas ―continuó la madre ―, pensé que mi hijo
no tendría futuro. ¿Cómo iba a ir a la escuela? ¿Quién lo iba a contratar si
terminaba la escuela? ¿Qué mujer lo iba a querer así? Y mira, él y Dios me
mostraron que si se podía. No solo terminó la escuela sino que se graduó con
honores. Gana muy bien en su trabajo y ahora te tiene a ti.
Lo dicho por la madre tomó por sorpresa a Luisa, pero no se atrevió a
aclarar la situación. Pensó que no era el momento y además dudaba sobre el
significado de esas palabras: “y ahora te tiene a ti”.
Sin duda, esa mañana había un montón de ilusiones en aquella familia y
ella contaba con que las consecuencias lógicas del propio ranking de Cabañas,
número 32 del mundo en su especialidad, fueran las que abrieran el camino a la
realidad.
La prueba de la natación comenzó, pero en realidad era muy difícil ver
algo directamente desde donde estaban; era mucho mejor seguir la transmisión
por televisión desde las pantallas colocadas para ello. Además, había un gran
tablero electrónico que indicaba las posiciones preliminares de los atletas.
Ese tablero, indicó que Cabañas había salido del agua en el lugar doce, mucho
mejor de lo esperado pues se suponía que su mejor prueba eran las ruedas. En
efecto, luego de una hora y cuarenta minutos de competencia, Cabañas terminó la
segunda prueba en tercero, ahora venía la carrera a pie y eso era algo que
Luisa no lograba imaginar en una persona que no tenía sus piernas aptas para
correr, pero era algo simple, en esa fase, Cabañas usó su silla de ruedas.
Durante el tiempo de la competencia, Luisa siguió atentamente las
posiciones desde la tribuna y compartió el nerviosísimo y el entusiasmo de la
familia de Cabañas. El asunto se volvió emocionante en el último kilómetro de
la carrera, pues la familia decidió moverse al lugar de la meta y mientras lo hacían
Luisa no dejaba de mirar su teléfono en donde por internet pudo enterarse de
las posiciones.
―¡Va cuarto! ―gritó emocionada Luisa a todos ―. Solo quedan quinientos
metros.
La familia se apostó en un buen lugar de la llegada, en la parte de la
recta final. Un último registro, a cien metros de la meta lo colocaba…
―¡Tercero!
Y justo ahí, entraron los competidores, su categoría era la primera en
terminar, y aquello fue un final de fotografía entre casi seis atletas que
llevaron al límite sus cuerpos y su espíritu en ese sprint. La familia los miró
llegar y no supieron en ese momento si Cabañas había alcanzado a lograr una
medalla. Todos voltearon a ver el tablero de posiciones. Era un bronce. La
familia de Cabañas estaba en histeria total, abrazándose entre ellos y
compartiendo ese momento con Luisa como si ya fuera de la familia, aunque ella
trataba de ser más mesurada y, por ello, fue la que pensó primero en acercarse
a la zona de meta en donde Cabañas ya los buscaba.
Cabañas los vio y se acercó hasta la valla que separaba al olimpo de los
mortales y ahí, su padre fue el primero que se inclinó para abrazarlo, y
después, todavía inundados de alegría, se acercaron todos los demás. Luisa
esperó detrás, dejó que la familia tuviera su momento. Y entonces, Cabañas le
llamó y fue hasta ella; cuando estuvieron cerca, ella se inclinó para abrazarlo
y él le asestó un beso en la boca que de inmediato incomodó a Luisa.
Ella lo alejó y él se quedó perturbado por su error. Los dos se miraron
por un momento con dolor en los ojos, ella por rechazar y él por haber sido
rechazado en el momento cumbre de su vida.
―Perdón ―finalmente dijo él ―, me equivoqué.
Ella negó con la cabeza.
―No pensé que…
Él le tomó las manos y le dijo:
―Lo hablamos luego, por favor. Perdóname por ahora, pero lo hablamos
luego.
Aceptadas las disculpas, Luisa volteó la vista hacia la familia que, al
ser testigos desde la retaguardia del hecho, no se habían dado cuenta del
error.
El gusto de aquella estirpe se extendió en la ceremonia de la entrega de
medallas. Quedaba toda la tarde para festejar y así, el atleta, la familia y el
entrenador, fueron hasta un restaurante en donde las expresiones de alegría
continuaron. El padre de Cabañas pidió un champagne y la bebida corrió por
aquella mesa en la que Luisa no podía dejar de sentirse una extraña.
Luego de tres horas de fiesta, Cabañas se acercó a ella con ganas de
reparar lo que ya se había hecho.
―Oye, del beso ―dijo él ―te pido perdón. Estaba tan emocionado que…
―No te preocupes ―dijo ella ―, hagamos como que no pasó.
―Lo sé. Siempre me pasa. Me ilusiono, ¿sabes? A veces se me olvida mi
condición.
Luisa lo miró extrañada y el señaló la silla de ruedas.
―No, no, no es eso ―dijo Luisa.
―Si lo es ―dijo él ―, pero yo
entiendo.
―No es eso ―insistió ella ―, yo no soy ese tipo de persona. Pero
entiende que acabo de perder a mi mejor amiga, no puedo regresar a mi país y
tenemos dos semanas de conocernos.
―Está bien ―trató de conciliar Cabañas ―. Debes saber, que fueron las
dos semanas más maravillosas de mi vida. Y también debes saber que en los
últimos metros de la carrera de hoy, no pensaba en todo mi entrenamiento ni en
las medallas, pensaba en ti, el todo maravilloso que eres.
Luisa dio un suspiro.
―Quiero que entiendas ―continuó Cabañas ―que no estoy aquí de paso. Yo
no soy como los que miran tus fotos en las revistas; lo que yo siento, a pesar
de que han sido solo dos semanas, es lo más hermoso que he sentido. No me
respondas nada ahora ni mañana, tómate el tiempo que necesites, si sigues sin
tener futuro, en mi tierra y en mi casa tienes una opción.
Acto seguido, él la abrazo y la familia los vio en ese instante y pidió
un beso que no podía ser.
―Ellos creen que… ―dijo Luisa.
―No te preocupes, yo les explicaré. No estamos aquí para cumplir las
expectativas de nadie. Te doy gracias Luisa Nadiani Ponzio, gracias por las
mejores dos semanas de mi vida.
La velada terminó con una familia alegre por la medalla, por el alcohol
y por estar juntos. Los atletas y el entrenador regresaron a la Villa.
El día siguiente casi no se vieron las caras pues Cabañas fue a varias
entrevistas para la televisión de su país.
Luisa convivió con algunos de los otros atletas de la Villa y pensó todo
el día en lo que había pasado. El último día de Cabañas en la ciudad olímpica,
Luisa fue la que estuvo ocupada pues por la mañana fue a ella quién ahora tenía
programada una entrevista. Casi la había olvidado, pero había aceptado
concederla pues no era ningún periódico deportivo sino la televisión seria.
Cabañas aseguró que podía quedarse a ver cómo la entrevistaban.
―¿No te parece eso muy aburrido? ―le dijo Luisa.
―No ―contestó él ―, para nada.
Ese día, Luisa se arregló y descubrió que la única ropa formal que tenía
era el atuendo que les habían dado para el desfile de inauguración. Cuando
Cabañas la miró le dijo emocionado:
―¡Te ves hermosa!
La entrevista la realizó una mujer de color enfundada en un traje sastre
de color gris. Venía acompañada de un equipo de cámara, sonido e iluminación.
El acto se llevó a cabo en una de las salas preparadas para ello en la Villa y
contaría con traductor, pues Luisa indicó que no era buena en el idioma inglés.
En esa entrevista, Luisa aclaró muchas cosas que para el mundo eran un
misterio, principalmente la cuestión de haber arrojado la medalla Olímpica al
suelo. También explicó lo de sus tatuajes y fue aquella dama reportera la que
le preguntó por la Curva Sur, la situación del desfile Olímpico y sus amoríos
pues resultaba que Ricky había declarado que seguían como pareja porque se
habían reconciliado y había mostrado en sus redes sociales una fotografía de
ellos besándose en un estacionamiento; también habían salido a la luz la
situación con el clavadista olímpico y ahora el beso con Cabañas. Luisa trató
de contestar aquello de manera más apegada a la verdad, pero sin lastimar a
nadie, ni siquiera a Ricky. Terminó la entrevista con una última declaración de
confesión:
―He cometido muchos errores. Si tú vas a mi escuela y preguntas por mí,
mis compañeros no te hablaran bien de mí. Me he portado muy mal con mi familia
también. En muchos lados no soy la persona más querida. No todo lo he hecho
mal, pero creo que mis errores han sido muy grandes y hoy no puedo dejar de
pensar en que quizás, todo esto que hice terminó con la vida de mi mejor amiga.
La medallista de oro miró al suelo y quedó expuesta, no solo al calor de
las luces blancas de aquel estudio improvisado, sino a la culpa que comenzaba a
gestarse en lo más hondo de su ser.
―Luisa ―comenzó a decir la reportera y a traducir el profesional
contratado para ello, otro hombre joven de aspecto de oficinista en lunes por
la mañana ―, el presidente de tu nación dimitió hoy. No voy a decirte si te has
equivocado o no. Yo no vine aquí a juzgar a una chica de veinte años a la que
ya tanto se ha juzgado en estos días a nivel mundial. Solo quiero decirte, que
si algo lograron tú, tu amiga y la gente de tu país es que, al menos, el
presidente provisional haya dicho en su discurso de toma de posesión que el
asunto de abrir los archivos clasificados será discutido.
Luisa no conocía esa información, el funcionario de la ONU no le había
comunicado nada de eso y ella había evitado a toda costa mirar el televisor, ni
siquiera la encendió para mirar los partidos de la pretemporada de los
distintos clubes a nivel mundial. Por lo anterior, aquello de que el movimiento
de la Curva Sur había logrado la renuncia de un presidente la dejó sin habla.
La entrevista se dio por terminada y Cabañas le invitó un último café.
El gladiador triatlonista no dejó su buen humor y sus bromas.
En un momento, Luisa se le quedó mirando como quién mira un objeto
precioso.
―Tú has sido un ángel conmigo ―le dijo Luisa.
Cabañas le tomó las manos y la miró a los ojos.
―Escucha ―le dijo ―, si tú me lo permites, quisiera besarte por una
última vez.
Luisa aceptó y algunos de los atletas aplaudieron. Los que no podían
observarlos preguntaron qué ocurría en la sala y cuando conocieron los hechos
participaron de la alegría. Ese beso duro bastante como para ser un beso
público.
―Mi habitación la están limpiando ―dijo Luisa.
Cabañas se dirigió entonces a uno de los atletas invidentes con los que
habían hecho amistad..
―¿Me prestas tu habitación por una hora, por favor? Mi entrenador está
en la mía terminado de hacer las maletas y la de ella la están limpiando.
El atleta les arrojó las llaves y Cabañas las tomó. También tomó de una
bandeja, un condón de esos que abundaban en la Villa Olímpica (el Comité
Organizador había comprendido que no podía prohibir el sexo dentro del
complejo, pero al menos si podía invitar a los atletas a tener sexo seguro). Y
esa hora que siguió, Cabañas no pudo olvidarla nunca jamás en su vida.
Para ella, era diferente a como había sido con el clavadista y sin duda
fue mucho mejor que bajo los efectos de la cocaína.
Las últimas palabras para Luisa por parte de Cabañas fueron muy serias.
―Eres una gran mujer.
Y se marchó, no sin antes recordarle:
―¡Mi invitación sigue en pie! ¡Adiós medalla de oro Luisa Nadiani, la
mujer más maravillosa de la tierra!

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