XXI REVOLUCIÓN



La noche de la final que jugaría Luisa, Rosa salió de su apartamento alrededor de la media noche con todas las ilusiones de festejar una medalla de oro. Tres compañeras de la causa la recogieron en el automóvil de una de ellas y juntas llegaron hasta Avenida Central, a la altura donde Ni uno Más tenía su campamento. El que fuera sábado por la noche y el que hubiera un partido de fútbol fundamental para la causa, convocó a un amplio número de militantes a ver el juego en la carpa central del movimiento. Había dos pantallas de bastantes pulgadas que fueron colocadas en ambos extremos de la carpa. Saludó a varios de los militantes y aceptó fumar un poco de mariguana para calmar los nervios; para entonces, todos esos jóvenes la reconocían como la líder de aquello que llevaba ya algunos meses construyéndose, la resistencia final, la Curva Sur. Luego, el partido de fútbol más importante en la vida de Rosa comenzó por televisión y todo el tiempo, hasta el momento del gol de Celia Atahualpa, fumo un cigarrillo tras otro junto con Ramos.
Ramos, por su parte, había llegado ya comenzado el primer tiempo pues presumía que antes de asistir a la cita con la pelota había tenido que atender una cita con un amor de antaño.
―¿Y te fue bien? ―le preguntó con humor Rosa.
―Bastante ―contestó Ramos con satisfacción genuina.
El gol fue gritado en todo el país, pero en ningún lugar del mundo más que en esa carpa. La locura era enorme y sabían que aquello era importantísimo para el movimiento. Por si fuera poco, la televisión, repitió una y otra vez la escena en que Luisa hacía un túnel a Gouges y la superaba después en carrera, justo en el momento en que el parche de la pierna se le comenzó a caer y para cuando Luisa se encontró con la última defensa que le cortaba el paso, el Mefistófeles había quedado ya totalmente al descubierto. Ese hecho fue casi tan festejado como el gol. Cuando vieron que Celia Atahualpa se quitaba la camiseta para dejar al descubierto su frase de “Sí, Libertad!” fue al acabose del éxito.
Los últimos minutos del juego fueron angustiantes porque que se consumaba lo imposible y se acababa la cerveza en la carpa y nadie se ofrecía a ir por más. En el momento que la árbitro dio por finalizado el juego, la fiesta pudo continuar en aquella carpa que albergaba a una treintena de jóvenes estudiantes voluntarios y a unos cinco viejos que ellos mismos llamaban “La vieja guardia” y cuyo principal referente era el subteniente Ramos.
La última conversación de Luisa con sus socias más queridas de la Curva Sur no tuvo nada que ver con el fútbol ni con la protesta, en cambio bebieron y hablaron de música, cine y sus relaciones sentimentales. Poco a poco, los compañeros se retiraron debido a que todos sabían que el domingo sería un día bastante activo. Alrededor de las cuatro y media de la mañana, solo quedaban en la carpa Ramos, Rosa, sus tres amigas con las que había llegado, y otros dos chicos que esa mañana se quedarían en la carpa para cuidar que nadie se llevara las pantallas en las que habían visto el juego.
El frío de la madrugada fue testigo de la llegada de una docena de hombres vestidos de negro que arribaron al lugar y armaron un tremendo alboroto.
Ramos se puso de frente a los agresores.
―Tranquilo, muchacho, yo soy a quién estás buscando ―dijo con toda calma Ramos.
El líder de los encapuchados lo miró y le apuntó.
―Venimos por los dos. ¿Dónde está la otra?
Ramos intentó sacar su arma y uno de los encapuchados le disparó a la altura del pecho. El subteniente no cayó directamente al suelo, un conjunto de sillas plegables detuvo provisionalmente su caída y desde esa posición alcanzó a disparar a su agresor que terminó con una bala entre los ojos. Los otros agresores llenaron de balas a Ramos. En ese mar de disparos salieron heridos los dos chicos que iban a quedarse en la carpa y otros militantes que dormían en las otras carpas contiguas del campamento.
Ante los disparos, Rosa y sus amigas corrieron a refugiarse detrás de una mesa. Una de las amigas de Rosa fue herida en una pierna y gritaba de dolor ante la desesperación de las otras chicas que le pedían que guardara silencio.
El líder de la operación ordenó a tres de sus hombres que capturaran a las mujeres vivas pues alguna de ellas debía ser “la liebre que buscamos” y a los otros les ordenó “limpiar” las otras carpas del campamento.
Rosa y las otras tres mujeres no opusieron resistencia. Todo ese tiempo Rosa había sentido que sus peores temores se concretizaban, no había servido de nada cambiar constantemente de teléfono móvil, de casa, de rutas para llegar a cualquier lado. Había decidido no tomar el consejo de Ramos de cerrar sus cuentas de redes sociales ni de ocultar su identidad y nombre verdadero pues pensaba que, si tenían éxito de hacer que el gobierno abriera los archivos, no sería una guerrilla ni un grupo terrorista quien los obligaría, sino que serían ellos, el pueblo, personas con nombre. Esa decisión siempre le causó angustia por su familia pues nunca tuvo tanto miedo por ella como por los de su cuna; de hecho conocía las historias de que, en los peores tiempos del régimen militar, los desaparecidos no eran los hombres y mujeres que se oponían al gobierno sino sus hijos, sus parejas, sus padres. Rosa había preparado la salida para ellos, una semana antes de la última marcha, de la “tercera llamada” como ellos le llamaban, había pedido a su padre y madre que salieran de Achéron y pasaran un mes en casa de unos parientes muy cerca de la frontera, les dio instrucciones de que si ella se los pedía, escaparan de inmediato del país por tierra. Sus padres, al estar enterados de la situación bastante particular de su hija hicieron caso a pesar de todo.
Rosa y sus compañeras fueron colocadas de rodillas a un costado del cuerpo de Ramos ya sin vida, a lo lejos se escuchaban los gritos y el caos en las otras carpas del campamento y el líder les preguntó a las mujeres quién era Rosa. Ninguna dijo palabra.
―Bueno ―dijo con voz seca el líder ―las mato a todas y ya está.
En ese instante fue realmente cuando la vida de Rosa le pasó como una película frente a sus ojos. Sabía que todo había acabado, que ese era el final.
―¡Yo soy! ―dijo ella y se puso de pie con las manos todavía sobre la cabeza.
―¡Rosa, somos el grupo de Estudiantes Insurgentes y tomamos control de su campamento! ¡Ustedes han sido demasiado pacíficos!
Una corriente de valor recorrió el cuerpo de Rosa ante una farsa tan mal montada.
―El campamento es tuyo ―comenzó a decir Rosa todavía con los nervios de punta por el tiroteo―. Pero para este momento, todos los diarios importantes del mundo ya han recibido la receta número trece. ¡Muera el mal gobierno…!
El líder encapuchado cargó cartucho y le disparó en la cabeza a Rosa, ella no sabía que a él no le importaba en absoluto el asunto de la RecetaN13.
El cuerpo de Rosa cayó al suelo sin vida. La sangre comenzó a formar un charco en el piso y el líder de aquella masacre ordenó a sus hombres la retirada. Los supervivientes comenzaron a comunicarse con sus familiares y más de uno llamó a la policía, esa a la que tanto odiaban y combatían. El cuerpo de Rosa fue metido en una ambulancia junto al del joven agresor caído, el de Ramos fue dejado en la escena del crimen.
Por todo el campamento se comenzó a correr la voz de que el gobierno había mandado asesinar a Ramos y a Rosa. Los líderes activos del movimiento, llamaron a todos a tomar las calles. Los estudiantes de todo el país que habían permanecido ajenos o contrarios al movimiento, salieron por fin a las calles pues dos universitarios habían sido brutalmente asesinados por el régimen. La prensa comenzó a llegar al lugar de los hechos y recogió los testimonios de los supervivientes, la palabra más mencionada era “farsa”. Los que no quedaban convencidos por los asesinatos, salieron a las calles cuando por los noticieros de internet comenzó a circular “receta N13”.
Las bombas de Miriam Ponzio tenían el nombre clave de “recetas” y en sus cartas a su madre, a la abuela Ponzio, la Abuela Mayor del Sindicato, las llamaba de esa forma. Esas y otras claves habían sido descifradas por Rosa y Ramos en aquellas cartas que la abuela había guardado durante años para entregárselas a Luisa. Por eso, a la culminación de su investigación, Rosa y Ramos, la habían llamado “receta N13” y la número doce había sido la bomba que había estallado en la Estación Central de Trenes. La bomba de Ramos y Rosa no tenía nada que ver con las que fabricaba Miriam, no era una bomba en el sentido estricto de la palabra, pero tenía la misma intención que las de Miriam: despertar un país.

La tarde del sábado de la final del fútbol femenil de los Juegos Olímpicos, Ramos conducía su automóvil hasta la Universidad Nacional. Llegó al edificio de investigaciones filosóficas y en la oficina de siempre encontró a Luisa Cortés.
Ella lo saludó con hermetismo y lo invitó a sentarse.
―Subteniente, ¿qué lo trae por aquí?
―La advertencia ―dijo Ramos en tono familiar a la investigadora universitaria ―, mi querida filósofa. La advertencia de que la Receta N13 está lista y será detonada mañana mismo, durante la marcha.
―¿Qué pasará si las del equipo de fútbol pierden?
―Nada ―respondió secamente Ramos ―. Ya han ganado bastante. En nuestro caso, una medalla de plata vale lo mismo que una de oro. Pero, oye, no seas mala, sírveme una copita, ¿no?
―Está usted en la universidad, subteniente.
―¡Pues eso mero mujer! Nuca detuve más ebrios en mi vida que en la universidad.
Cortés buscó en uno de los anaqueles llenos de libros una botella de su mejor vino.
―Luisa ―empezó a decir Ramos ―¿Te has preguntado qué hubiera pasado si yo no me hubiera enamorado de ti al tenerte presa? Digamos que me hubiera enamorado de Miriam o de la otra estudiante esa que tenías… no sé. ¿Lo has pensado?
Cortés respondió al mismo tiempo que le quitaba el corcho a la botella.
―Yo estaría muerta y alguna de ellas estaría viva.
Cortés le sirvió a Ramos un poco de vino en una copa. Era tinto, como la sangre.
―Sí ―comenzó a decir Ramos ―, quizás. Sabes, además de tu belleza e inteligencia, algo en ti me llamó fuertemente la atención mientras te torturaba ahí en el penal femenil. Qué tú cantabas. Las otras les podías remover un pezón y no soltaban la lengua, tú en cambio, hacías de la sala de tortura una sala de negociación. Pero hubo algo que nunca me dijiste.
―¿Qué cosa ―preguntó con curiosidad Cortés ya sentada en su silla y con una copa de vino en su mano izquierda.
―Pues verás. Esta muchachita Miriam, nuestra Unabomber, si dejó testimonio de sus actos. No te preocupes, no están incluidos en lo que vamos a soltar hoy. No… pero si me dejaron pensando. Le escribió casi cien cartas a su madre y esta las guardó hasta que nosotros las encontramos. Y escucha lo que dice la carta setenta y tres que tengo aquí. “Madre, espero que estés bien. ¿Cómo está papá? Yo estoy bien, pero la señora de los helados me ha pedido que haga otro platillo, esta vez quiere que sea para muchas personas, un banquete. Y quiere servirlo en la gira del catrín, con motivo de la inauguración del reloj digital de la Estación Central de Trenes. Yo no sé qué hacer, mamá. Porque quiero tener la conciencia limpia. Marcos me ha dicho que lo haga. Dicen será la última de las recetas, pero ya le dije que las once anteriores no son como esta que pide ahora. Además, la señora de los helados me ha pedido que la sirvamos a distancia, no manualmente como habíamos venido haciendo, pero eso es muy peligroso. Yo tengo mucho miedo de que se tire todo antes de, o que no sirva el mando a distancia y ¿qué hacemos?”
Ramos se detuvo. Miró a Cortés que seguía imperturbable en su silla. Entonces continuó.
―Hay otra carta, la 78, que es mucho más breve, pero que dice así: “Mamá, no puedo más, tengo que decir esto. La receta doce, el platillo lo servimos nosotros, a pesar de que nos delataron de que sabíamos… ¡sabíamos!”.
Y ahí le paro, porque tú ya sabes que la “señora de los helados” eres tú, que las recetas eran bombas, que los platillos son explosiones, que el catrín es el presidente y que los comensales son los muertos. Son las únicas dos cartas donde eso se apunta, en las otra revindica el movimiento, sus causas y todo eso que ustedes hacían.
Ramos se puso de pie, rodeó el escritorio de Cortés y se puso frente a ella.
―¿Quién ―preguntaba Ramos ―, mi filósofa, detonó la bomba esa tarde en la estación central?
Cortés observó fijamente los libros de los estantes de su oficina. No pudo dar ni un sorbo a la copa con vino que se le calentaba en las manos.
―Yo ya no tengo las herramientas de tortura. Ya no te puedo poner unas esposas ni amenazarte con violarte. Maduramos, amor mío, y ahora me pregunto, ¿cómo fue que viviste todos estos años con la muerte de todas esas personas sobre tus espaldas? Me dirás que como yo viví con las de los cientos que desaparecí; pero yo estaba entrenado y para eso fui fabricado, ¿y tú? ¿No dices nada? Bueno, solo que quede clara una cosa al menos: fue tu bomba y tu detonación.
Ramos metió la mano a su bolsillo, sacó su encendedor y comenzó a quemar las cartas.
―No te preocupes, amor ―dijo Ramos mientras las cartas de Miriam eran consumidas por el fuego ―no hay copias ni transcripciones. No te preocupes por la abuela y la futbolista; si entendieron lo que leían, a la primera le queda poco tiempo antes de irse a la tumba y la segunda no regresará al país en mucho tiempo. La niña Rosa, la que tú admiras por su inteligencia y mente brillante, no sabe nada de esto, todavía está muy verde. Solo quedamos tú y yo. ¿Entiendes que quien a hierro mata, a hierro muere?
Y las cartas dejaron el mundo consumidas por el fuego.
Ramos sacó de su cinto un arma de fuego. Cargó cartucho y la puso sobre el escritorio.
―El viejo régimen debe morir. Y nosotros somos parte de ese viejo régimen. Tú decide cuándo, pero no dejes cabos sueltos y que sea pronto. Solo tiene una bala. Te veré en el infierno, amor.
Ramos besó en la boca a Cortés quien ni aun así reaccionó ni para decir nada ni para contestar el beso. En cambio, una lágrima comenzó a correr por su mejilla. Ramos salió de la oficina y caminó por el pasillo mientras esperaba la bala de Cortés por la espalda, pero no ocurrió nada. Entonces subió a su automóvil y antes de ir rumbo a la carpa de Ni Uno Más a mirar el juego de fútbol, pasó unas horas en un prostíbulo que le quedaba de paso.

Cortés se quedó con su desolación varios minutos más hasta que se decidió a tomar el teléfono de línea de su oficina.
―Hola, ¿cómo estás? ¿Te acuerdas que me debías un favor? Bueno, pues es el momento y te va a encantar lo que te voy a pedir. Te voy a poner en bandeja de plata a quien tanto odias. Sí, sí. Van a ser dos personas y solo esas dos. Haz que parezca que ustedes son estudiantes estúpidos radicales. La ubicación es…
Cortés no creyó aquello de que Rosa no sabía nada y que estaba muy verde todavía; además calculó la ventaja de convertir en mártir a la líder estudiantil mitificada ya por sus compañeros y la prensa. Así, durmió sobre un sofá de su oficina que comúnmente usaba cuando trabajaba hasta tarde. Solamente la despertó la llamada en la que le informaban que el encargo estaba hecho. Eran las cinco de la mañana para entonces. Corroboró lo mejor que  pudo la información y escribió un mensaje de texto a Nadiani, pero no se atrevió a decirle que Rosa estaba muerta y por eso solo le informó de Ramos. Más tarde se arrepintió y le mandó el segundo mensaje. Se terminó de beber la botella de vino y desde su computadora sintonizó la premiación de la medalla de oro del fútbol femenil. Miró gustosa el desacato de Luisa. Confirmó que en el resto de los diarios del país y del mundo la RecetaN13 había sido recibida y cuando estuvo segura de todo eso, de la muerte de Ramos y de la de Rosa, de que Luisa estaba enterada de lo ocurrido a su mejor amiga y de que todos los estudiantes estaban enterados de los asesinatos, tomó el revolver que le había dejado Ramos, salió de su oficina y la cerró con llave. Subió hasta la azotea del edificio desde donde se veía la gran plaza universitaria que comenzaba a llenarse de estudiantes dispuestos a luchar y protestar por la peor de las injusticias. Entonces se dijo a sí misma.
―Pues ya solo queda una que puede cantar.
Se apuntó a la sien y se pegó el tiro.
Las palomas de la mañana de domingo alzaron el vuelo asustadas por el disparo, los estudiantes ya presentes en la plaza se echaron al suelo, mucho más asustados que las palomas. Cuando no escucharon más disparos y corroboraron que nadie había sido herido, continuaron con la preparación de la protesta.

Mientras esperaban en el aeropuerto, las chicas del fútbol estaban nerviosas. Ya todas sabían de las protestas por todo el país y llamaban preocupadas a sus familias. Fue Micaela la que nuevamente se encontró con la noticia de RecetaN13 y se las compartió a todas.
RecetaN13 era algo muy sencillo en realidad, era tres minutos de vídeo que demostraban que altos mandos del gobierno habían ordenado a un grupo de francotiradores disparar contra la Curva Sur reunida en el Estadio Nacional. Además, se escuchaba decir a un oficial del ejército, que se reconocía era el actual jefe de la policía antimotines, que la orden de disparar era porque los estudiantes pensaban unirse y ya no operar de manera aislada, pues seguían motivados por la explosión de la bomba en la Estación Central de Trenes. Y aquel vídeo era de una de las cámaras del servicio de inteligencia de aquel entonces.

Cortés había sabido de la existencia de ese vídeo durante muchos años y le había pedido a Ramos que lo rastreara. El vídeo se consideraba perdido, pero casi por casualidad, Rosa lo encontró en sus búsquedas documentales en el archivo general de las fuerzas armadas. No podía verlo y tampoco se podía acceder a él. Ramos y Rosa pensaron durante noches enteras en cómo poder obtener acceso y Cortés les dio de nuevo la respuesta.
―Hay que llegarle al precio a quién pueda tener acceso.
Y eso fue, un simple acto de corrupción institucional, uno más entre millones, lo que permitió que el vídeo llegara hasta las manos de la líder de la Curva Sur. Increíblemente, el funcionario gris que corrompieron no pidió mucho, el tipo estaba tan sin sentido de vida que no sabía que entregaba la caída de un régimen a cambio de un adelanto de su salario de un año. Cuando Rosa vio por primera vez en su ordenador aquellas imágenes quedó perpleja y corrió, literalmente a mostrárselo a Ramos. Cortés se dio su crédito y, junto a todo lo demás que habían descubierto, nombres, fechas, sucesos y demás, armaron el compilado al que llamaron “RecetaN13”, porque la doce había sido la que había estallado en la Estación Central de Trenes y esperaban que esa bomba mediática si alcanzara esta vez al presidente y despertara al pueblo.
―Quien a hierro mata, a hierro muere ―explicó Cortés.

Flora Tristán llamó a Luisa mientras esperaban la salida del vuelo de regreso a su país. Con Flora Tristán estaban dos personas de traje que Luisa pensó al principio que eran personal del aeropuerto.
―Nadiani ―comenzó a explicar la entrenadora ―, escucha bien lo que te voy a pedir. Vas a tener que quedarte aquí.
―¡¿Qué?! ¿¡Cómo?!
―Luisa ―dijo uno de los caballeros de traje ―, trabajo para las Naciones Unidas, en la oficina de atención a refugiados del mundo. Me han pedido que te oriente en tu problema.
Luisa no entendía nada.
―¡Arrojé la medalla! ¡Eso es todo! ¡Puedo pedir públicamente perdón! Pero tengo que regresar para el funeral de mi mejor amiga, por favor, no me hagan esto, entrenadora. Mi mejor amiga…
―Nadiani ―dijo con voz autoritaria la entrenadora ―, en cuanto aterricemos te arrestarán.
―Estás acusada en tu país de traición a la patria y otros cargos, Luisa ―remató el funcionario.
―Pueden y quieren encerrarte, Nadiani ―dijo el otro hombre de traje.
Esos dos caballeros explicaron en detalle a Luisa la situación y le ofrecieron que, mientras se resolvía, ella podría quedarse en la Villa Olímpica, pues el Comité Organizador no la había expulsado ya que se les había explicado el contexto del desacato olímpico. Además, al visado de Luisa le quedaban todavía varios días para vencer pues había sido tramitado para tres meses.
En la Villa Olímpica podría ocupar su misma habitación. En ese día, los abogados negociarían con el gobierno del país de Luisa para buscar una situación en donde ella no tuviera que ir a la cárcel. Ante eso, Luisa pidió hablar primero con Succed, tardó cerca de cuarenta y cinco minutos en esa llamada y finalmente, Succed le dijo que lo mejor era que esperara en aquel lejano país.
Quedaban pocos minutos para que el avión partiera y Flora Tristán se presentó ante el equipo y les anunció que Luisa no viajaría. La mayoría expresó que era demasiado castigo ir a la cárcel por arrojar una medalla de oro al piso; además, tomando en cuenta que la mejor amiga había sido asesinada, era comprensible actuar así. Sin embargo, fue Celia Atahualpa la que puso al tanto a las demás.
―Pero es que, además, Llora Mucho es líder de la Curva Sur. ¿No se dan cuenta? No solo la quieren encerrar por lo de la medalla, es por lo de los tatuajes y por las marchas y todo eso, ella lo ha organizado. Y ahora todo el país es una locura y ella es una revolucionaría, la acusan de rebelión.
Eso fue lo que Celia Atahualpa les dijo y, aunque exageraba demasiado, también era cierto que no era solamente el asunto de la medalla y los tatuajes.
Para muchas fue una sorpresa saber que aquella chica no era solo una enorme jugadora y sabía del fútbol y su táctica, que salía en las revistas por su belleza física, sino que además era una figura de corte político y subversivo. ¡Y tan solo tenía veinte años! No podían imaginar que muchas de las circunstancias de la vida de Luisa habían prácticamente sucedido sin que ella lo hubiese planeado. Para ellas, Luisa quedó en su imaginación como una constructora de su propio destino, la mujer de hierro, y varias de las más jóvenes, no solo Atahualpa, comenzaron a ver en ella un referente máximo.
Una a una, las compañeras de Luisa se despidieron. Le daban palabras de ánimo y consuelo, le decían que cualquier cosa que necesitara ahí estarían. Micaela le dijo entre llanto:
―Te dije que no serías la chica nueva por siempre. Te voy a extrañar mucho Llora Mucho.
Por su parte, Celia Atahualpa, la abrazó durante varios segundos y le dijo que estarían todas en pie de lucha.
Finalmente llegó el turno de la entrenadora Flora Tristán. No la abrazó ni le dedicó muchas palabras. Simplemente le extendió una bolsa negra de la lavandería de la Villa Olímpica que tenía algo dentro de peso considerable y le dijo.
―No la pierdas de nuevo, por favor.
Y todas se perdieron por el pasillo que ya daba al avión. Luisa comenzó a llorar y los dos hombres de traje de la ONU la llevaron a realizar varios trámites para que la dejaran salir de la zona internacional del aeropuerto. Luisa puso la bolsa que le había dado la entrenadora Flora Tristán dentro de su mochila de equipaje de mano y olvidó el asunto.
Cuando llegaron a la Villa, todavía había bastantes atletas, pero ya casi todos iban de salida, cargados de maletas y los bríos para sobrevivir otros cuatro años.
Luisa se fue a la cama muy temprano y los funcionarios le dijeron que si había algún avance importante la visitarían, le dieron un número para llamarlos y le pidieron que se mantuviera informada de lo que ocurría en su país. A la mañana siguiente, se despertó en una Villa Olímpica abandonada. Una de las voluntarias, de las muy pocas que quedaban, le informó que ya solo quedaban ella y otros diez atletas en todo el complejo, pero esos atletas estaban ya muy próximos a irse. Ese día, pasó la tarde en los lugares en los que había sido feliz en esa Villa, era demasiada nostalgia. Cerca del ocaso del día llamó a Succed para preguntarle si había podido asistir al funeral de Rosa como se lo había pedido, sin embargo el cuerpo todavía no había sido entregado por las autoridades. Eso la entristeció todavía más. Quiso seguir las noticias acerca de lo que pasaba en el país, pero no tuvo ni los ánimos ni la fuerza.
A la mañana siguiente, despertó y miró que el día estaba nublado lo que lo hacía más triste. Se duchó y mientras se vestía se acordó de la bolsa de ropa de la lavandería que le había dado la entrenadora Flora Tristán. La abrió y envuelta en una toalla estaba la medalla de oro. No pudo evitar colgársela al cuello otra vez y confiada de que era la única alma en aquella Villa Olímpica, salió al balcón del comedor general. Ni siquiera se dio cuenta que esa mañana las cocineras estaban casi tan apuradas como en los días en que aquello estaba lleno de atletas. Disfrutaba la vista del Estadio Olímpico con las nubes cerradas de la mañana cuando alguien la interrumpió.
―Hola ¿qué es lo que miras con tanta concentración?
Luisa casi se va de espaldas por el susto. Volteó y vio que sentado en la mesa más cercana al balcón del comedor estaba un hombre vestido en ropa deportiva y aspecto relajado. Sostenía en su mano derecha un tenedor que a su vez sostenía una hoja de lechuga. Su mirada alegre se desbordaba por sus grandes ojos negros, llevaba la barba sin rasurar hacía días y el cabello corto, pero dejaba ver las entradas de la calvicie propias de los que entran a su tercera década de vida. En general, se leía en todo su retrato, y la lechuga en el tenedor y el plato lo confirmaban, que era un atleta.
―Lo siento, no quise espantarte. Hablas español ¿no? ―dijo el hombre con sus cubiertos en la mano todavía.
―Sí, sí ―dijo Luisa recuperada del susto ―, perdón, no me di cuenta. Sí, hablo español… ¿cómo lo supiste?
El tipo dio un bocado a su ensalada, masticó un momento y respondió sin prisa.
―La publicidad de tu camiseta es de la compañía de celulares líder en América Latina. Y bueno, líder es un decir, su servicio es malísimo y yo diría más bien que es un monopolio. Por eso pensé que hablarías español.
Luisa miró lo que llevaba puesto, era la camiseta Celeste que, en efecto, llevaba en el pecho la publicidad de aquella compañía.
―¿No quieres sentarte? Yo apenas voy comenzando a devorar esta enorme ración de calorías ―dijo en tono irónico el hombre.
Luisa pensó que no tenía nada que perder pues tenía todo el tiempo del mundo y una tristeza colgaba de su ser, por lo tanto, hablar con alguien, con quien fuera, no parecía mala idea.
―Entonces te fue bien ¿no? Disculpa, mi nombre es Lucio pero todos me llaman aquí por mi apellido, Cabañas.
―El mío es Luisa, un gusto ¿Por qué dices que me fue bien?
El chico apuntó con su tenedor a la medalla de oro que colgaba del cuello de Luisa. Ella sintió un poco de vergüenza, de haber sabido que había otras personas en la Villa no habría ido por ahí con la medalla colgada al cuello.
―Debes pensar que soy una presumida, pero lo cierto es que… no me fue tan bien.
Luisa comenzó a recordar en su mente la serie de hechos que había vivido en ese mes y la tragedia de los últimos días. Una lágrima se le escapó por la mejilla.
―Oye, oye ¿qué sucede? ¿Dije algo malo? ―preguntó el hombre sin haber masticado bien su último bocado.
―No, es solo que no es mi mejor momento. Me colgué la medalla porque pensé que no quedaba nadie… en realidad, estoy como expulsada de mi país, no puedo regresar y de hecho, mataron a mi mejor amiga hace dos días.
El hombre dejó de comer y puso los cubiertos sobre la mesa.
―Tú eres la chica que tiró la medalla ¿verdad?
―Sí ―contestó Luisa.
―Oye, oye, tranquila. Ven aquí, siéntate a mi lado, ven anda…
Luisa obedeció, dio la vuelta a la mesa y se encontró de frente con una situación inesperada. Hizo una pausa y el hombre notó esa duda.
―Lo sé ―dijo Cabañas ―, es impresionante la primera vez. Pero vamos, es solo una silla de ruedas. Ven, acércate.
Luisa se acercó y se sentó a su lado. Cayó en cuenta que estaba en la antesala de los Juegos Paralímpicos que se realizaban unos días después de los Juegos convencionales. No había podido negar que la silla de ruedas era un elemento que no esperaba estuviera relacionado con un atleta, sin embargo incluso ese artefacto hacía juego en Cabañas, debido a su diseño atrevido pero elegante y el color negro de toda su estructura; aquellas ruedas sumaban a la imagen de Cabañas como un profesional del deporte y no como un pobre hombre con las piernas paralizadas.
―En el internet leí lo que te pasó. Luisa, la vida nos ha juntado por una razón, tú estás sufriendo y necesitas un abrazo. Ven.
Luisa decidió entregarse, realmente sentía la necesidad de consuelo y aunque solo habían pasado poco más de veinticuatro horas de que se había separado de sus compañeras, a ella le parecía que había pasado todo un ciclo olímpico. Así, puso la cabeza sobre el hombro de Cabañas y comenzó a llorar tendida, como pocas veces lo había hecho. Algunas de las mujeres de la cocina se asomaron al escuchar ese llanto tan doloroso y con una seña Cabañas les hizo saber que la situación estaba bajo control.
―Llora, Luisa. Sácalo ―le decía Cabañas mientras la acariciaba de la cabeza y su otro brazo le rodeaba la espalda.
El llanto duró casi cinco minutos. Luego, ella se dio cuenta de que lloraba sobre el hombro de una persona que acaba de conocer y pensó que quizás abusaba.
―Gracias ―dijo Luisa secándose las lágrimas ―. Debo irme.
―¿A dónde? ¿Qué vas a hacer el resto del día? ¿No quieres entrenar hoy conmigo?
Luisa no pensó, no solo no tenía nada que hacer sino que realmente no deseaba estar sola. Aceptó la invitación aunque primero se dio el privilegio de comer un desayuno abundante, ya sin las restricciones de Flora Tristán y la nutrióloga del equipo.
―¡Parece que no hubieras comido en mil años! ―le dijo Cabañas sorprendido.
―Porque soy una atleta ―respondió ya de mejor humor Luisa.
―Y la medalla en tu cuello lo confirma. Oye, ¿qué más te gusta hacer?
―¿Qué más me gusta hacer? No lo sé. ¿Por qué?
―Pues no sé, debe haber alguna cosa más que el fútbol. Si solo te gusta el fútbol te será complicado tener actividades con tu nuevo amigo en silla de ruedas, Luisa.
Luisa le contestó el chiste con su primera sonrisa en varias horas, de hecho no había sonreído desde la tarde en el vestidor de la Selección en donde una veintena de mujeres y algunos pocos hombres, celebraron que habían tomado a la realidad por asalto con sus sueños consumados de medallistas de oro.  Así, ese día lo pasó con Cabañas, un paratriatlonista para quien eran sus segundos Juegos Olímpicos.
Fueron al gimnasio de la Villa en donde Luisa había tenido también algunas sesiones de entrenamiento con la Selección y Cabañas le explicó que su entrenador llegaría hasta dos días después porque había tenido problemas con su visado.
La diez de Achéron, no sabía cómo comportarse con una persona en silla de ruedas y estaba temerosa de cometer un error, pero pronto se dio cuenta de que ella era la que parecía más torpe debido a que su tobillo todavía le dolía y le costaba caminar. Así, casi todo el tiempo hablaron de sí mismos, del lugar en donde vivían, de sus deportes y finalmente, de la música, de la comida y de las películas que les gustaban. El ocaso de esa tarde fue tan gris como la mañana, con sus nubes que cubrían por completo el cielo cenizo y que no acababan de llover.
Cabañas le preguntó por el futuro y ella respondió que esperaba regresar a su país en los próximos días, volver con su equipo, el Achéron Femenil, lo demás ya no lo tenía tan claro, ni la universidad ni ser seleccionada otra vez.
―Es muy posible que me expulsen del deporte por lo que hice ―dijo Luisa realmente arrepentida de todo, de esas protestas y de la Curva Sur que le habían arrebatado la vida de su mejor amiga y la posibilidad de regresar a casa ―. Entonces, no sé qué pasará conmigo.
Al siguiente día, las respuestas a esos cuestionamientos comenzaron a fluir de una manera inesperada. Esa mañana las nubes dejaron paso a la luz del sol y solo se presentaron en cúmulos aborregados aislados que hicieron juego con un amanecer espectacular.
Luisa, que parecía ser el alma gemela de Cabañas, desayunó otra vez con él, pero esta vez más atletas se unieron a su mesa. Algunos eran invidentes, otros usaban prótesis y otros, como Cabañas, estaban en silla de ruedas. Salvo esos detalles, no había diferencias entre ellos y los atletas con los que ella había compartido la Villa durante los Juegos convencionales, eran lo mismo: gente que había trabajado muy duro para estar ahí, con agendas apretadas de entrenamientos, dietas rigurosas y una enorme ilusión. Ese ambiente fue el que la comenzó a llenar nuevamente de vida en su propio vacío.
Cabañas presumía siempre a los demás que Luisa era medallista olímpica y le pedía que les mostrara la medalla de oro. Quienes miraban ese pedazo de oro macizo, quedaban embobados por aquel ejemplo del éxito consumado; y los que no podían verla, la sentían, la tocaban y las esperanzas por dentro crecían después de admirar aquel objeto sagrado. Y luego de la presentación de la medalla, llegaba siempre el tiempo de explicar la razón de que ella no se hubiera ido todavía de esa villa.
De esa forma, Luisa contó su versión de los hechos una y otra vez a aquellos que querían escucharla y que fueron varios. Las lágrimas le brotaban cuando llegaba a la parte de Rosa; el enojo, la frustración y la tristeza seguían en carne viva en esa herida que ni siquiera había tenido la oportunidad de un funeral. Y Cabañas siempre estaba ahí para consolarla, para invitarla a charlar, a cenar, a entrenar y a pasear por la Villa. Una tarde, cuando el entrenador de Cabañas lo permitió y Luisa ya podía caminar sin tanto dolor por su tobillo, salieron a dar la vuelta por la ciudad olímpica. Luisa supo así de todo lo que se perdía encerrada en esa villa pues la rodeaba una ciudad que a ella le pareció maravillosa y se sentía Marco Polo descubriendo un mundo nuevo. Con Cabañas probó comidas exóticas al tiempo que vencía sus prejuicios y tabúes, entró a museos y visitó hermosos jardines donde los niños jugaban en paz.
―Cuando pase mi competencia ―le decía Cabañas ―, estaré dos días más aquí, y podremos pasar a todos los restaurantes que hoy no conocimos, iremos a los museos, a los monumentos y nos iremos de fiesta, ¿estás de acuerdo, Luisa?
―Sí, haremos todo eso.
―No te olvides de visitarme, Luisa. Solo tienes que cruzar la frontera sur de tu país y estarás en mis dominios, ¡la tierra de Cabañas, el máximo triatlonista de todos los tiempos!
Una de las cosas que más agradaban a Luisa de Cabañas era que él siempre trataba de hacerla sonreír, invariablemente bromeaba y reía. La noche anterior a la prueba, los dos pasaban un buen rato con los otros atletas en la sala de estar de la Villa y Cabañas se bajó de su silla de ruedas y tomó la mano de Luisa, quedó en una posición muy similar a cuando se le pide a una mujer matrimonio y dijo:
―Luisa, quiero pedirte que…
El suspenso en los demás fue brutal, pero Luisa confiaba en que esa era otra de las bromas de Cabañas.
―…asistas a mi prueba mañana.
―Acepto ―respondió Luisa con una sonrisa y ante el júbilo de todos los demás.
Aquello no era cosa menor, Luisa no había aceptado asistir a la ceremonia de inauguración de los Juegos Paralímpicos debido al revoltijo de emociones que sentía todavía. Aceptar ir a la prueba de Cabañas era bastante para la medallista de oro que seguía todavía en luto.
La mañana siguiente se levantaron muy temprano, antes del amanecer. El tiempo atmosférico de ese día era perfecto para la dura prueba del triatlón, cielo nublado (otra vez), humedad alta y temperatura fresca.  La cita era enfrente de la escultura de los aros olímpicos. Ahí, el entrenador de Cabañas, de nombre Benjamín, que era un buen hombre de unos cuarenta años aproximadamente de talante seguro y confiado, esperaba junto a otras personas que Luisa no conocía.
―Luisa ―le dijo Cabañas a Luisa ―, ven, quiero presentarte a mi familia. Este ángel es mi mamá, la pobre de allá es mi hermana y su todavía más desafortunado esposo; ¡ah! ¡Vino mi hermano, también! ¡¿Cómo estás, perdedor?! Y este jovenazo es mi papá. Familia, ella es Luisa, es de quién les hablé.
La familia de Cabañas saludó a Luisa calurosamente, como si de años se conocieran. A Luisa le recordaron inmediatamente a los García de la capital que la habían cuidado por tres años luego de que su madre había desaparecido. En esa familia parecía existir la amalgama de afecto y cordialidad de una típica familia latina.
Todos subieron a una van y se dirigieron al sitio de la competencia. En ese trayecto, se leía el nerviosismo de todos y la familia de Cabañas no dejaba de externarle palabras de aliento; el atleta las recibía gustoso, sin embargo no ocultaba su nerviosísimo.
Luisa se mantuvo callada, pero no distante.
Cuando arribaron, Cabañas fue a prepararse a la zona mixta y los familiares ocuparon sus lugares en unas tribunas que rodeaban la bahía en donde se realizaría la prueba de natación y donde había un poco de viento y frío.
En esa espera, la madre y el padre de Cabañas hicieron algunas preguntas básicas a Luisa como: ¿en dónde vives?, ¿a qué te dedicas?, y ¿cuáles son tus planes? Ante esta última pregunta, Luisa se tomó un momento para comenzar a explicar, lo mejor que pudo, su situación como refugiada provisional. Aquello sorprendió a todos, les parecía una historia increíble y triste.
―Bueno ―le dijo la madre de Cabañas ―, hija. Entrega todas las cosas sobre las que no tienes control a Dios y ocúpate con todas tus fuerzas de las que si puedes.
―No dejes de entrenar, por ejemplo ―le dijo el padre.
―Luego del accidente de Cabañas ―continuó la madre ―, pensé que mi hijo no tendría futuro. ¿Cómo iba a ir a la escuela? ¿Quién lo iba a contratar si terminaba la escuela? ¿Qué mujer lo iba a querer así? Y mira, él y Dios me mostraron que si se podía. No solo terminó la escuela sino que se graduó con honores. Gana muy bien en su trabajo y ahora te tiene a ti.
Lo dicho por la madre tomó por sorpresa a Luisa, pero no se atrevió a aclarar la situación. Pensó que no era el momento y además dudaba sobre el significado de esas palabras: “y ahora te tiene a ti”.
Sin duda, esa mañana había un montón de ilusiones en aquella familia y ella contaba con que las consecuencias lógicas del propio ranking de Cabañas, número 32 del mundo en su especialidad, fueran las que abrieran el camino a la realidad.
La prueba de la natación comenzó, pero en realidad era muy difícil ver algo directamente desde donde estaban; era mucho mejor seguir la transmisión por televisión desde las pantallas colocadas para ello. Además, había un gran tablero electrónico que indicaba las posiciones preliminares de los atletas. Ese tablero, indicó que Cabañas había salido del agua en el lugar doce, mucho mejor de lo esperado pues se suponía que su mejor prueba eran las ruedas. En efecto, luego de una hora y cuarenta minutos de competencia, Cabañas terminó la segunda prueba en tercero, ahora venía la carrera a pie y eso era algo que Luisa no lograba imaginar en una persona que no tenía sus piernas aptas para correr, pero era algo simple, en esa fase, Cabañas usó su silla de ruedas.
Durante el tiempo de la competencia, Luisa siguió atentamente las posiciones desde la tribuna y compartió el nerviosísimo y el entusiasmo de la familia de Cabañas. El asunto se volvió emocionante en el último kilómetro de la carrera, pues la familia decidió moverse al lugar de la meta y mientras lo hacían Luisa no dejaba de mirar su teléfono en donde por internet pudo enterarse de las posiciones.

―¡Va cuarto! ―gritó emocionada Luisa a todos ―. Solo quedan quinientos metros.
La familia se apostó en un buen lugar de la llegada, en la parte de la recta final. Un último registro, a cien metros de la meta lo colocaba…
―¡Tercero!
Y justo ahí, entraron los competidores, su categoría era la primera en terminar, y aquello fue un final de fotografía entre casi seis atletas que llevaron al límite sus cuerpos y su espíritu en ese sprint. La familia los miró llegar y no supieron en ese momento si Cabañas había alcanzado a lograr una medalla. Todos voltearon a ver el tablero de posiciones. Era un bronce. La familia de Cabañas estaba en histeria total, abrazándose entre ellos y compartiendo ese momento con Luisa como si ya fuera de la familia, aunque ella trataba de ser más mesurada y, por ello, fue la que pensó primero en acercarse a la zona de meta en donde Cabañas ya los buscaba.
Cabañas los vio y se acercó hasta la valla que separaba al olimpo de los mortales y ahí, su padre fue el primero que se inclinó para abrazarlo, y después, todavía inundados de alegría, se acercaron todos los demás. Luisa esperó detrás, dejó que la familia tuviera su momento. Y entonces, Cabañas le llamó y fue hasta ella; cuando estuvieron cerca, ella se inclinó para abrazarlo y él le asestó un beso en la boca que de inmediato incomodó a Luisa.
Ella lo alejó y él se quedó perturbado por su error. Los dos se miraron por un momento con dolor en los ojos, ella por rechazar y él por haber sido rechazado en el momento cumbre de su vida.
―Perdón ―finalmente dijo él ―, me equivoqué.
Ella negó con la cabeza.
―No pensé que…
Él le tomó las manos y le dijo:
―Lo hablamos luego, por favor. Perdóname por ahora, pero lo hablamos luego.
Aceptadas las disculpas, Luisa volteó la vista hacia la familia que, al ser testigos desde la retaguardia del hecho, no se habían dado cuenta del error.
El gusto de aquella estirpe se extendió en la ceremonia de la entrega de medallas. Quedaba toda la tarde para festejar y así, el atleta, la familia y el entrenador, fueron hasta un restaurante en donde las expresiones de alegría continuaron. El padre de Cabañas pidió un champagne y la bebida corrió por aquella mesa en la que Luisa no podía dejar de sentirse una extraña.
Luego de tres horas de fiesta, Cabañas se acercó a ella con ganas de reparar lo que ya se había hecho.
―Oye, del beso ―dijo él ―te pido perdón. Estaba tan emocionado que…
―No te preocupes ―dijo ella ―, hagamos como que no pasó.
―Lo sé. Siempre me pasa. Me ilusiono, ¿sabes? A veces se me olvida mi condición.
Luisa lo miró extrañada y el señaló la silla de ruedas.
―No, no, no es eso ―dijo Luisa.
 ―Si lo es ―dijo él ―, pero yo entiendo.
―No es eso ―insistió ella ―, yo no soy ese tipo de persona. Pero entiende que acabo de perder a mi mejor amiga, no puedo regresar a mi país y tenemos dos semanas de conocernos.
―Está bien ―trató de conciliar Cabañas ―. Debes saber, que fueron las dos semanas más maravillosas de mi vida. Y también debes saber que en los últimos metros de la carrera de hoy, no pensaba en todo mi entrenamiento ni en las medallas, pensaba en ti, el todo maravilloso que eres.
Luisa dio un suspiro.
―Quiero que entiendas ―continuó Cabañas ―que no estoy aquí de paso. Yo no soy como los que miran tus fotos en las revistas; lo que yo siento, a pesar de que han sido solo dos semanas, es lo más hermoso que he sentido. No me respondas nada ahora ni mañana, tómate el tiempo que necesites, si sigues sin tener futuro, en mi tierra y en mi casa tienes una opción.
Acto seguido, él la abrazo y la familia los vio en ese instante y pidió un beso que no podía ser.
―Ellos creen que… ―dijo Luisa.

―No te preocupes, yo les explicaré. No estamos aquí para cumplir las expectativas de nadie. Te doy gracias Luisa Nadiani Ponzio, gracias por las mejores dos semanas de mi vida.
La velada terminó con una familia alegre por la medalla, por el alcohol y por estar juntos. Los atletas y el entrenador regresaron a la Villa.
El día siguiente casi no se vieron las caras pues Cabañas fue a varias entrevistas para la televisión de su país.
Luisa convivió con algunos de los otros atletas de la Villa y pensó todo el día en lo que había pasado. El último día de Cabañas en la ciudad olímpica, Luisa fue la que estuvo ocupada pues por la mañana fue a ella quién ahora tenía programada una entrevista. Casi la había olvidado, pero había aceptado concederla pues no era ningún periódico deportivo sino la televisión seria.
Cabañas aseguró que podía quedarse a ver cómo la entrevistaban.
―¿No te parece eso muy aburrido? ―le dijo Luisa.
―No ―contestó él ―, para nada.
Ese día, Luisa se arregló y descubrió que la única ropa formal que tenía era el atuendo que les habían dado para el desfile de inauguración. Cuando Cabañas la miró le dijo emocionado:
―¡Te ves hermosa!
La entrevista la realizó una mujer de color enfundada en un traje sastre de color gris. Venía acompañada de un equipo de cámara, sonido e iluminación. El acto se llevó a cabo en una de las salas preparadas para ello en la Villa y contaría con traductor, pues Luisa indicó que no era buena en el idioma inglés. En esa entrevista, Luisa aclaró muchas cosas que para el mundo eran un misterio, principalmente la cuestión de haber arrojado la medalla Olímpica al suelo. También explicó lo de sus tatuajes y fue aquella dama reportera la que le preguntó por la Curva Sur, la situación del desfile Olímpico y sus amoríos pues resultaba que Ricky había declarado que seguían como pareja porque se habían reconciliado y había mostrado en sus redes sociales una fotografía de ellos besándose en un estacionamiento; también habían salido a la luz la situación con el clavadista olímpico y ahora el beso con Cabañas. Luisa trató de contestar aquello de manera más apegada a la verdad, pero sin lastimar a nadie, ni siquiera a Ricky. Terminó la entrevista con una última declaración de confesión:
―He cometido muchos errores. Si tú vas a mi escuela y preguntas por mí, mis compañeros no te hablaran bien de mí. Me he portado muy mal con mi familia también. En muchos lados no soy la persona más querida. No todo lo he hecho mal, pero creo que mis errores han sido muy grandes y hoy no puedo dejar de pensar en que quizás, todo esto que hice terminó con la vida de mi mejor amiga.
La medallista de oro miró al suelo y quedó expuesta, no solo al calor de las luces blancas de aquel estudio improvisado, sino a la culpa que comenzaba a gestarse en lo más hondo de su ser.
―Luisa ―comenzó a decir la reportera y a traducir el profesional contratado para ello, otro hombre joven de aspecto de oficinista en lunes por la mañana ―, el presidente de tu nación dimitió hoy. No voy a decirte si te has equivocado o no. Yo no vine aquí a juzgar a una chica de veinte años a la que ya tanto se ha juzgado en estos días a nivel mundial. Solo quiero decirte, que si algo lograron tú, tu amiga y la gente de tu país es que, al menos, el presidente provisional haya dicho en su discurso de toma de posesión que el asunto de abrir los archivos clasificados será discutido.
Luisa no conocía esa información, el funcionario de la ONU no le había comunicado nada de eso y ella había evitado a toda costa mirar el televisor, ni siquiera la encendió para mirar los partidos de la pretemporada de los distintos clubes a nivel mundial. Por lo anterior, aquello de que el movimiento de la Curva Sur había logrado la renuncia de un presidente la dejó sin habla.
La entrevista se dio por terminada y Cabañas le invitó un último café. El gladiador triatlonista no dejó su buen humor y sus bromas.
En un momento, Luisa se le quedó mirando como quién mira un objeto precioso.
―Tú has sido un ángel conmigo ―le dijo Luisa.
Cabañas le tomó las manos y la miró a los ojos.
―Escucha ―le dijo ―, si tú me lo permites, quisiera besarte por una última vez.
Luisa aceptó y algunos de los atletas aplaudieron. Los que no podían observarlos preguntaron qué ocurría en la sala y cuando conocieron los hechos participaron de la alegría. Ese beso duro bastante como para ser un beso público.
―Mi habitación la están limpiando ―dijo Luisa.
Cabañas se dirigió entonces a uno de los atletas invidentes con los que habían hecho amistad..
―¿Me prestas tu habitación por una hora, por favor? Mi entrenador está en la mía terminado de hacer las maletas y la de ella la están limpiando.
El atleta les arrojó las llaves y Cabañas las tomó. También tomó de una bandeja, un condón de esos que abundaban en la Villa Olímpica (el Comité Organizador había comprendido que no podía prohibir el sexo dentro del complejo, pero al menos si podía invitar a los atletas a tener sexo seguro). Y esa hora que siguió, Cabañas no pudo olvidarla nunca jamás en su vida.
Para ella, era diferente a como había sido con el clavadista y sin duda fue mucho mejor que bajo los efectos de la cocaína.
Las últimas palabras para Luisa por parte de Cabañas fueron muy serias.
―Eres una gran mujer.
Y se marchó, no sin antes recordarle:
―¡Mi invitación sigue en pie! ¡Adiós medalla de oro Luisa Nadiani, la mujer más maravillosa de la tierra!

Comentarios