XVIII DESFILE OLÍMPICO



Luego del último periodo de preparación, las chicas de la selección nacional abandonaron la villa en Alemania y se dirigieron hacia el aeropuerto para tomar el siguiente vuelo a la ciudad que sería la sede de los Juegos Olímpicos de ese año. Cuando llegaron a la Villa Olímpica a muchas todavía nos les cabía en la cabeza la idea de que estaban en una olimpiada. Fue en el momento que observaron la escultura de los aros olímpicos que coronaba la plaza de la villa, que para todas se materializó el suceso. Algunas comenzaron a llorar. Las menos impresionables, al menos se quitaron los audífonos, dejaron de poner atención a su teléfono móvil y miraron aquellos aros legendarios y enormes que les decían: tú, atleta, estás aquí. Por supuesto, el equipo se tomó una foto con la escultura a la espalda.
Y la plaza de esa villa, sus pasillos y todos sus rincones, estaban poblados ya por personas que también acababan de llegar a su cita con el olimpo. No todos eran cuerpos esculturales pues no todos eran atletas, había jueces, directivos y por supuesto, voluntarios de todo el mundo que hacían que el funcionamiento de la villa fuese posible. Así, había toda una variedad de personas que hablaban distintas lenguas, que tenían distintos colores de piel y cuyos ojos habían visto otros mundos que ni siquiera el internet alcanzaba a abarcar con todas sus fotos y vídeos. Era lo mejor del planeta, al menos en lo deportivo, lo que estaba en esa villa y ahora, se integraba ese equipo imposible con una entrenadora inexperta, un cuerpo técnico excepcional y una serie de jugadoras que iban a intentar ser un conjunto que, al menos, compitiera y se llevara consigo de vuelta la dignidad a casa.
Sin embargo, antes del desfile, algo que todas soñaban, tenían su primer partido de la primera ronda contra las actuales campeonas olímpicas. Aquello era un escollo bastante duro de sortear pues a muchas no les hacía juego que la competencia empezará antes que el desfile ocurriese. Por más que se les explicaba que eso se hacía debido a que los Juegos Olímpicos solo duraban poco menos de un mes, las chicas del equipo no lo podían entender. Además, menudo partido, si fuese otro el compromiso serviría hasta para subir los ánimos y llegar más relajadas, pero todas sabían que de ese partido no saldrían vivas. Ese sentimiento derrotista solo era combatido estoicamente por León, el nuevo preparador físico del equipo, que venía de otro nivel de competencia en donde ese tipo de pensamientos estaban prohibidos.
Así, todo el glamour y la ilusión estaban devastados minutos antes de comenzar el juego frente a las campeonas. El estadio, para colmo, era uno de esos pequeños, ajeno a la ciudad sede de los Juegos y que esa tarde registraba poca asistencia. El calor era considerable y la humedad alta, lo que hacía que el marco de aquel juego se pareciese más a un partido cualquiera que a uno de los Juegos.
La entrenadora Flora Tristán dio la lista inicial, Luisa no comenzaría el partido.
Eso perturbó a Luisa poco pues tenía la esperanza de entrar en algún momento de la segunda mitad como había ocurrido en dos de los partidos de preparación que habían tenido. Sin embargo, estaba más nerviosa de lo normal pues no apreciaba ningún dispositivo ni ningún plan para enfrentar ese partido. Las instrucciones volvían a ser nuevamente muy básicas y ella sentía que el planteamiento era equivocado y suicida. Más allá de la línea de tres o de cinco, los nombres la preocupaban. Su tiempo libre lo había ocupado en conocer a fondo el fútbol femenil al que enfrentarían en ese torneo. Estudió y vio los partidos completos que logró encontrar en la internet sobre todas las selecciones que estaban en la justa, eso le permitió aplicar varios de los conceptos tácticos que había aprendido con Camacho. El viejo se había esforzado en enseñarle cómo se salía “jugando”, cómo se defendía un corner, cómo se hacía el llamado pressing, cómo se lograba en cualquier parte del campo el dos contra uno. Pero no veía nada, o muy poco, de esos conceptos en la entrenadora Tristán. Luisa preveía un desastre y así fue.
Al descanso, la Selección se fue al vestidor con un 4-0 en contra que se había quedado corto. Durante el receso, Tristán quiso recomponer y cambió a línea de cinco y dos cincos, pero aquello era demasiado tarde. El segundo tiempo fue más decente y al final el juego se perdió solo por 6-0. Las compañeras de Luisa salieron derrotadas por completo. Micaela, más que triste, estaba sumamente molesta. En el momento que llegaron al vestidor, la bomba estalló. Eran toda una serie de disgustos que se habían gestado en el equipo mucho antes de que Luisa estuviera en él.
―¡¿Qué demonios les pasa?! ―hablaba con voz grave Micaela ―Esto no es nuestra liga local. Muchachas, entiendan de una vez que aquí no vamos a golear a nadie. Cada minuto de juego nos va a costar el alma porque estamos jugando contra las mejores del mundo. Y sí, en casa algunas de ustedes parecen seguras y grandes, sus equipos se pasean por el país goleando a los equipos chicos del interior. Pero les repito ¡Esto ya no es Kansas! O se meten eso en la cabeza o hasta las asiáticas nos van a llenar la canasta. Todas muy monas probándose los vestidos del desfile ¿no? ¡Alerta! ¡Los Juegos Olímpicos ya empezaron! Trabajé muy duro para llegar hasta acá y ser su capitana. ¡Yo no voy a ser capitana de unas perdedoras!
El descontento por lo dicho caló hondo en el resto de las compañeras.
―Bueno ―comenzó a hablar Tristán ―, hay algunas cosas positivas…
―¡¿Positivas?! ―robó la palabra Micaela ―¡No me jodas, Flora! ¡Metete tus aspectos positivos por la vagina y páselos en el coito a tu vieja, Manuela! ¡Porque aunque ella ya estaba súper-jodida en el partido, no la cambiaste y dejaste que la ocho de ellas, la tal Zetkin, la siguiera haciendo mierda! ¡Dejaste que todo el primer tiempo nos hicieran mierda! Y no metiste a la joya del momento. ¿Por qué no metiste a Llora Mucho? ¡Explícame!
―Tú eres la que critica que no metamos a la novia de nadie y quieres que meta a la tuya ―dijo una de las jugadoras provenientes de la escuadra Roja y que Luisa identificaba como Manuela.
―¡Jódete, Manuela! ¡Mi mujer está a miles de kilómetros de aquí y no juega fútbol! ¡Y si me ando ligando a la güerita es mi puto asunto! ¡Al menos yo no ando engañando a un marido con la entrenadora de mi equipo!
―¡Lesbiana de mierda! ―perdió la cabeza Manuela ―¡Te crees mucho, ¿¡pero tú qué hiciste hoy!? ¡Ni la tocabas!
―Para tocarla me la tienes que dar bien, reina; pero eso es mucho pedir.
El resto de las jugadoras comenzaron a hablar al mismo tiempo, fueron dos minutos de reproches e insultos. No parecía que aquello tuviera remedio o cura y Luisa pensó que estaba realmente en el peor equipo del mundo pues, si a las de Achéron las goleaban, a la Selección Nacional la goleaban y entre ellas mismas se terminaban destruyendo.
El camino al hotel fue tétrico pues se convirtió en una extensión de la tensión del vestuario. Aquel autobús era un centro de negatividad inmenso que hasta parecía robarle la energía eléctrica a la ciudad sede de las Olimpiadas. Ese agujero negro se trasladó al hotel y duró hasta la mañana siguiente en que estaba programada la sesión de entrenamiento físico. El esfuerzo que les puso hacer el preparador físico, hizo que algunas de las jugadoras más tensas se relajaran, el aroma del césped recién cortado también calmó los nervios de la entrenadora Flora Tristán que parecía haber envejecido esa noche cien años.
Rosa llamó a Luisa durante la hora del almuerzo y le contó que todas las integrantes de la Curva Sur estaban muy moletas porque no se había incluido a la diez del Achéron en el juego. También le contó que la prensa había sido particularmente cruel con lo que había pasado en el juego del 6-0, ahora todos los diarios las consideraban un fraude, no solo a la Selección Nacional sino a la Liga Nacional Femenil y prácticamente a todas las mujeres del país, jugaran o no fútbol.
Ni siquiera la estancia en la Villa Olímpica logró hacer que el equipo recuperara algo de fe en la vida. Varias de las jugadoras no salían de sus habitaciones o si estaban en los lugares públicos se abstraían en sus dispositivos móviles.
Solo Luisa, que no tenía nada que perder, pudo disfrutar cada minuto de tan solo observar a todas aquellas personas con las que compartía la experiencia olímpica. El mundo estaba ahí y Luisa aprovechó para comunicarse con quien fuera, así conoció primero a dos gimnastas ucranianas, a una levantadora de pesas que acababa de salir de una lesión y apenas había calificado a los Juegos y a una corredora de fondo que ya iba por su segunda medalla. Además, ella también fue abordada por varios atletas hombres que no podían ignorar la belleza de la futbolista, un piragüista le invitó un café, un esgrimista francés le invitó una cerveza y un juez de tenis la invitó, sin mucha pena, a pasar la noche en su cuarto, pero Luisa no aceptó. Con casi nadie compartía idioma así que las señas eran muy importantes, también los dibujos en servilletas y lo poco que podía saber de inglés. Sin embargo, si conoció a unos pocos atletas hablantes de español, casi todos ellos no tenían expectativas en los Juegos y sabían que no durarían mucho en esa Villa, pero no importaba, cada día llegaba gente nueva y cada día se iban otros, incluso antes del día del desfile.
Luego de dos días de un pesado entrenamiento, las jugadoras de Tristán recibieron la peor de las noticias.
―Esta noche no iremos al desfile. Nos quedaremos concentradas pues mañana tenemos un partido importante.
De esa forma, la entrenadora Tristán, se cobraba en cierta forma los cuestionamientos a su autoridad luego del 6-0. Parecía una venganza cruel, incluso para León y el cuerpo técnico que por pura solidaridad y lealtad, decidieron tampoco asistir a esa ceremonia que el mundo esperaba cada cuatro años. Todas las jugadoras quedaron molestas y durante el almuerzo del día del desfile su molestia se acrecentó mucho más al ver en los otros atletas con los que compartían la villa sus rostros de felicidad y emoción por el desfile de esa noche.
―¡Es una gran mierda! ―se quejaba Micaela luego del almuerzo―. Esa hija de puta se lo tomó personal y nos sale con esto. Sabía que todas queríamos estar ahí, ¡pero yo más que ninguna otra quería estar en ese desfile! Ahí iban a estar los jugadores de la NBA, ¡la NBA, Llora Mucho! Y no digamos las estrellas de la ATP y la WTA. ¡Esto es una mierda! Pero claro, a ti, Llora Mucho, no te importa porque solo tienes veinte añitos y como otros cuatro Juegos Olímpicos por delante.
Estaban en una de las salas de estar de la Villa, rodeadas de cuerpos hermosos de mujeres y hombres de todos los colores de piel posibles.
Luisa le pidió a Micaela que se tranquilizara y tratara de ver el asunto de otra manera pues varios de los atletas que estaban en la sala las observaban. La diez de Achéron no había podido resistir el gusto de, al menos probarse el conjunto de falda y blusa que esa noche usaría la delegación de su país en el desfile, eso sí, omitió los zapatos altos y se acomodó en unas sandalias. Llevaba el cabello suelto, pero el corte del traje de desfile era tan elegante, que un peinado podía sobrar.
―Dormirás bien y estarás al cien para el partido de mañana, pero baja la voz ―le dijo Luisa.
―¡¿Dormir, reina!? Te la pasas hablando toda la noche conmigo.
―Tú eres la que no deja de hablar ―respondió Luisa con una sonrisa al tiempo que notaba que, delante suyo, en el sofá del otro lado de la estancia, un chico no dejaba de observarla específicamente a ella.
―¿Yo no soy la deja de hablar? Está bien, reina. Te escucho.
Luisa se quedó confundida.
―Háblame de ti ―le exigió Micaela ―. Cuéntame algo. Al menos dime si vamos a ganar el partido de mañana.

Luisa miró al chico hermoso, tenía su cabello oscuro en corte militar, sus ojos azules y su mandíbula cuadrada y perfecta hacía juego con una sonrisa de príncipe azul.
―Bueno ―comenzó Luisa ―, si te puedo decir que mañana ganaremos si hacemos dos o tres cosas sencillas.
―Estás bromeando, reina. Mañana no ganamos pero ni de milagro. Ni durmiendo bien.
―Sí podemos ganar ―comenzó a decir Luisa mientras tomaba cada uno de los vasos de cartón abandonados en la mesa de la sala de estar ―. Esas europeas de mañana siempre salen con línea de cuatro y juegan en corto en el saque de meta siempre buscando el dos contra uno. Lo tienen bien practicado. Pero si nosotras no mordemos el anzuelo, y esperamos atrás, todo se les complica porque su cinco no es muy creativa. Todo necesita pasar por Plamínková, si ella no la agarra en medio campo la cinco simplemente ira en pase lateral y sus defensas son unos conos…
Luisa habló durante diez largos minutos sobre la forma de jugar de su rival del día de mañana. De vez en cuando se levantaba de la silla para tomar más vasos de cartón y cuando finalmente tuvo 22 vasos sobre la mesa, los clasificó en los que tenían tapa y los que no. Con esos vasos, explicó la forma de defender y de atacar de la nación del Este que enfrentarían la tarde siguiente. Se sabía los nombres de todas las jugadoras, rivales y compañeras, sus vicios, sus virtudes y hasta la forma en como manejaban sus emociones durante el partido. Y el chico no dejaba de mirarla y ella no dejaba de mirarlo.
―Tú sabes que Flora nunca aceptará jugar con línea de cinco. Ella dice que tenemos que respetar un estilo. En fin, reina, todo esto es muy bonito, pero creo que tú tienes cosas más importantes que hacer en este momento.
―¿De qué hablas? ―preguntó Luisa.
―¿De qué hablo?, no seas inocente. Eres joven, bella y estás en un edificio lleno de jóvenes igual de hermosos que tú. Por favor, reina, solo no me despiertes cuando llegues al cuarto. Estaré en la cama.
Micaela Bastidas le guiñó el ojo al chico que no dejaba de mirar a Luisa y se retiró. Y solo hasta que se fue y dejó a Luisa sola con sus vasos, el chico se acercó a saludar a la diez. No hablaban el mismo idioma y, contrario a lo que se podría pensar, eso hizo que el resto de la tarde fuese más interesante y divertida. No podía dejar de ver a aquel joven tan hermoso. Por señas y el rudimentario inglés de ambos, ella se enteró que el chico era clavadista y que comenzaría a competir en tres días en salto de plataforma desde los diez metros. Además, el clavadista tenía pensado asistir al desfile esa noche. Luisa le advirtió que ella no podría ir, pero él no entendía y a ella eso le pareció mejor, pues nunca se había sentido tan atraída sexualmente desde sus años de adolescente cuando vivió el desamor por su portero de partidos callejeros de nombre Donald. Con Arturo García la sensación había sido menos intensa, pero ahora, no quería que el clavadista se fuera de su lado en lo que quedaba de la tarde.
Primero salieron a la plaza central de la Villa Olímpica y desde ahí observaron el atardecer sin entenderse del todo en su plática. Salieron de la Villa y caminaron apenas un kilómetro. La villa estaba recién construida para la ocasión, tanto que todavía presentaba varios trabajadores laborando de manera urgente en acabados y detalles, y estaba muy cerca del gran Estadio Olímpico, construido también para la ocasión. En la explanada del estadio había todo un carnaval de colores y razas, era una fiesta completa, no faltaba nada, ni malabaristas, ni fuegos artificiales, ni músicos callejeros, ni grupos de turistas con cámaras en mano, ni puestos de comida o de suvenires.
Luisa notó que con su acompañante se dirigían hacia la puerta del estadio, ella trató de frenar aquello y de explicar que ella no podía ingresar. El clavadista le señaló su gafete que la acreditaba a ella como atleta y que le colgaba del cuello, en efecto, nada más necesitaba Luisa para colarse dentro de la fiesta más grande la humanidad. Así, entraron juntos al estadio. Él buscó a su delegación y la encontraron, todos estaban alegres, desbordados y emocionados. Abrazaban a Luisa sin conocerla, apenas el clavadista la presentaba con los otros atletas ellos hacían una fiesta enorme. Luisa solo notaba que el chico repetía constantemente “soccer girl” para referirse a ella. Alguien le pasó al chico un horrible saco color verde y le dieron uno igual a Luisa. Ella se lo puso por el frío. También les dieron un sombrero y algunas instrucciones que no pudo entender. La masa de gente de saco verde comenzó a moverse. Entonces observó que delante del grupo de sacos verdes, había un grupo de gente en trajes blancos y detrás, una serie de personas bien vestidos con trajes sastre oscuros y una bandera que ella no alcanzaba a reconocer. Era evidente que aquello era una fila, la línea de gente más emocionante en la que cualquier persona podía jamás estar formada. Entendió en ese momento que entraría al estadio bajo la bandera de un país que no era el suyo, ni siquiera sabía cuál país.
―¡No puedo!
Pero el chico no dejaba de tomarla de la mano y la besaba en la boca cada vez que Luisa le decía que algo era imposible.
Y para Luisa, esos besos eran una delicia. Nadie la había besado de esa manera tan delicada y deliciosa. Cuando menos lo pensó, ella, la chica que había perdido su infancia por culpa de un gobierno asesino, la que había pateado un millón de veces una pelota contra la pared de una vecindad olvidada por Dios por cada uno de sus padres desaparecidos, ella que había sido goleadora en la liga varonil del Sindicato Minero y en la Liga Nacional Femenil… ella que había detonado el surgimiento de la Curva Sur y que se había tatuado en el vientre el nombre del grupo terrorista “Tierra y Libertad”, ella ahora desfilaba en las Olimpiadas bajo la bandera de un romance pasajero.
Luisa trató de ser lo más discreta posible. Evitó saludar al público y fue hasta que el sonido del estadio mencionó el nombre del país de su anfitrión que supo que toda aquella locura era en favor de un país cuya ubicación en el mapa no podía recordar, un país cuyo color oficial era el verde y el gusto para vestir no parecía ser su fuerte. No eran una delegación ni muy numerosa ni tampoco pequeña. Y en todo eso pensaba hasta que la conciencia de caminar sobre el tartán de la pista olímpica le golpeó por dentro, se sintió sedada y todo le pareció un sueño.

―¡Despiértame con otro de tus besos! ¡No lo puedo creer! ―le decía a su clavadista que nada más allá del beso entendía.
Terminaron de caminar toda la pista olímpica y Luisa pudo reconocer entre los atletas diseminados por el centro del estadio a los jugadores de la NBA y algunos tenistas famosos. No se atrevió a sacar su teléfono y sacarles fotos, todavía sentía miedo y culpa por estar ahí. Luego, guardó para siempre en su memoria el encendido de la Llama Olímpica, a diferencia de todos los demás atletas, por su miedo a ser descubierta, ella pudo observar todo aquel hermoso protocolo directamente por sus ojos sin darle ni una sola ojeada la pantalla de algún dispositivo móvil. Fue el momento más grandioso de su existencia y cuando la llama estuvo encendida, el chico clavadista la volvió a besar e hizo de aquel un magnífico momento. El beso más placentero y largo de toda la vida de Luisa que daba las gracias por estar viva, por sentir, por ser mujer y por poder jugar al fútbol. Entonces, el chico le pidió que se tomaran una selfie con la Llama Olímpica de fondo y ella aceptó sedada por la emoción, pero con la condición de que se la pasara a su propio teléfono y de que no la subiera a las redes sociales. Años después, en las frías noches de la prisión, Luisa miraría esa foto en su memoria para darse ánimos en las horas más oscuras.
La diez de la Selección se cuidó en todo momento de no toparse con algún directivo o miembro de la delegación de su propio país, pues cayó en cuenta de que esa tarde se había probado la falda del uniforme oficial con el que había desfilado la delegación de su país y que era muy similar a la de las atletas del país con las que ahora caminaba como si de connacionales se tratara; una casualidad de esas que el romance se inventaba de vez en vez en las noches de inauguración de Juegos Olímpicos cada cuatro años.
Para culminar aquella noche, los dos atletas se escaparon de la fiesta un poco temprano para buscar un taxi que los llevara a un hotel de paso.
El clavadista, pagó por ambos el taxi y el hotel pues Luisa cayó en cuenta de que no había tenido el cuidado en el aeropuerto de cambiar su dinero por la divisa del país en el que se encontraba.
Además, Luisa simplemente se dejaba llevar, no había espacio para pensar, una maravilla aparecía detrás de la otra y no había por qué oponer resistencia. Su única culpa era saber que no debía estar ahí, ¿estaban, ambos, faltando al principio de los Juegos Olímpicos? No encontraba respuesta pues no había tenido tiempo de leer los largos textos del reglamento de los Juegos que la entrenadora Tristán les había ordenado revisar.
 Hasta ese momento, Luisa solo había hecho el amor dos veces, la primera bajo el estímulo de la cocaína con Drilo en el incómodo asiento trasero de un descapotable que luego arrojó al mar, y la segunda sobre el césped recién cortado del campo del Merci Arena con un chico que ya no le hablaba. Todo su repertorio de saber todo sobre el sexo era una pantalla que ella manejaba de manera muy frágil pues si alguno le hubiera preguntado algo realmente concreto sobre cómo era tener sexo de la “A a la Z”, Luisa no hubiera podido responder. Toda su inexperiencia acumulada hizo que en el momento culminante, cuando ya los dos estaban sin ropa en la habitación, la invadiera el miedo. Para su suerte, del otro lado no faltaba experiencia y cuando el clavadista notó que la bella chica a la que había invitado al desfile estaba nerviosa, se propuso a calmarla y seducirla. Le sirvió una copa de vino primero. Luego comenzó a susurrarle palabras en su idioma que Luisa no podía entender, pero que su instinto le indicaban que se trataba de significados dulces. Le acarició lentamente casi todo el cuerpo y cuando la notó más tranquila la besó nuevamente. La depredadora del área se entregó para siempre y se ocupó de disfrutarlo. Siempre mencionaría que aquel chico había sido perfecto, ―me anoté el gol de mi vida ―platicaría orgullosa sobre ese momento.

A la mañana siguiente, Micaela, se despertó y notó que Luisa estaba en el baño dándose una ducha. Cuando salió, la del Puerto le preguntó cómo había dormido.
―No he dormido.

―Claro, reina… ― Micaela notó que la cama de Luisa estaba hecha ―¡…Eres una puta! ¡Cuéntame todo, desgraciada! ―le dijo de forma amistosa.
Luisa le mostró la foto dentro del Estadio Olímpico, la llama y su clavadista de cuerpo perfecto al que no le entendía ni una sola palabra, pero al que le adivinaba todas las intenciones.
―¡Lo sabía! ― Micaela sacó su teléfono y luego de buscar un poco le mostró a Luisa otra foto, era Micaela, con la Llama Olímpica detrás.
―¡Fuiste!
―¡Claro que sí! ¡Nadie me iba a quitar esto!
Las infractoras se abrazaron, aquello era tan sabroso como anotar un gol con la mano en partido de Mundial.
Unos minutos después, cuando hubo pasado el júbilo, Micaela sacó de su mochila una cajita de cartón con pastillas “del día siguiente” y se las arrojó a Luisa que acomodaba su ropa sobra la cama.
―Reina, por si las necesitas. No vayas a arruinar todo por un hombre.
Luisa tomó las pastillas y con genuina curiosidad le preguntó.
―¿Qué no eres lesbiana?
―Sí ―respondió Micaela que ya ponía más atención a su teléfono móvil que a Luisa.
―¿Entonces para qué te sirve esto a ti? ―dijo Luisa señalando las pastillas.
Micaela dejó el teléfono en paz y respondió con su característica alegría.
―Reina, el que me guste un platillo en especial no significa que no me permita probar de todo el menú. Y mira que el buffet que se ofrece en esta Villa es de primer nivel en todos sus géneros. Incluso tú deberías probar otros platos.
 Micaela se acercó hasta Luisa y le asestó tremendo beso en la boca. La de Achéron se vio sorprendida otra vez por otro beso que le robaban. Micaela separó su boca de la de Luisa y le dijo.
―Eres muy joven, reina, muy joven.

Luisa tomó aquello con tranquilidad y decidió que si por ahí alguna atleta le proponía alguna cosa sin compromiso, consideraría decir qué sí. Sin embargo, en su mente descartó a Micaela por completo, pues en efecto, ella era muy joven y Micaela muy vieja.
Ambas, las número diez de sus escuadras y de la selección; las separaban casi veinte años de nacimiento, una heterosexual y la otra homosexual, pero ambas aventureras, exploradoras, creativas y desobedientes. Esa afinidad fuera del campo estaba por desfilar dentro de la cancha en los partidos siguientes, y el mundo lo recordaría para siempre.


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