Sobre la cama de Luisa yacían en orden cronológico, las camisetas de
Plamínková, Xiangning, Eva Duarte y Ellen Key, todas con el número diez en la
espalda. Era el día de la final por la medalla de oro y, con muletas en mano,
observaba esas camisetas colocadas sobre su cama para darse valor; necesitaba
ser muy valiente, requería desterrar el miedo y el dolor.
Domingo a medio día y, una de las últimas pruebas en otorgar medalla,
era el fútbol femenil. Los días previos, habían sido una tortura para Luisa
pues no pudo entrenar con el resto de sus compañeras, en cambio, pasó mucho
tiempo en sesiones de recuperación con el doctor y con León, además de
interminables horas tendida sobre su cama en las que prefería dormir y escuchar
su música que mirar otras pruebas de los Juegos o películas. También habló por
teléfono con Rosa, a quien por mucho consideraba su mejor amiga y con la que
podía hablar de cualquier cosa, no importaba qué. También habló, aunque mucho
menos con Camacho, Drilo y Succed. Estos tres personajes la animaban y
felicitaban.
Camacho evitaba hablar con ella sobre la táctica de su próximo juego, el
viejo pensaba que debía tener respeto por su colega Flora Tristán sin saber que
Luisa era en gran parte la responsable de la estrategia en aquella selección.
Por su parte, Drilo no sabía bien qué decirle a Luisa, la chica era
ahora más conocida nivel mundial de lo que él lo era y eso le desconcertaba;
pero más allá de eso, la tensión que existía desde siempre en su relación, lo
obligaban, por culpa y miedo, a evitar hablar con ella.
El doctor entró a la habitación de Luisa y le quitó la venda del tobillo.
Le preguntó si estaba lista y dispuesta… con un leve movimiento de cabeza,
Luisa, le contestó afirmativamente. La infiltración del tobillo era la última
esperanza.
El dolor fue inmenso cuando la ajuga entró.
Ya en el autobús, el ambiente que se respiraba en aquel equipo de
ensueño, el amo de los juegos, era de tensión e incertidumbre. Los vasos de
Luisa los había cargado el utilero porque decía:
―En estos vasos se han originado todos nuestros triunfos, estos vasos
merecen estar ahí cuando a ustedes les coloquen la medalla, no importa el
metal.
El trayecto fue en silencio, parecía aquello un funeral. Ni siquiera
Micaela hablaba. Era como si cada una de esas mujeres hubiera cobrado
conciencia de que habían visto los Juegos Olímpicos de principio a fin. Las
primeras en llegar y las últimas en irse. Pero lo cierto era que había otras
razones para ese silencio: Flora Tristán había sido amenazada nuevamente por
los directivos de su país para no alinear a Luisa durante la final. Afirmaron
que le quitarían su título de entrenadora (la primera mujer en el país que lo
obtenía) y que nunca más podría dirigir. Además, le dijeron que si su propio
bienestar no le interesaba era entendible, pero que tales consecuencias serían
las mismas para su cuerpo técnico, todos liquidados tan solo regresarán al país
y sin muchas posibilidades más de empleo. En una reunión privada con sus
colaboradores, ella comentó las amenazas con ellos y todos le dieron su
respaldo. Flora Tristán llamó a su familia unos minutos antes de la final. Su
esposo, su madre y su pequeño hijo le mandaron felicitaciones y afecto.
―Me van a echar ―le confesó a su marido.
―¿Cómo? ¿Por qué?
―Si pongo a la Nadiani a jugar otra vez, me echarán y dicen que me
quitarán mi título. Tengo miedo, sabes. Porque además, es muy fácil, tengo la
lista de jugadoras ahora mismo aquí y puedo dejarla fuera pues está mala de un
tobillo. Doy esa razón y me lavo las manos… ― Flora Tristán comenzó a llorar.
―Los extraño ―continuó ―. Te juro que solo tengo que decir que no la
puse por estar mala del tobillo y listo.
―¿Y qué te detiene?
―Si conocieras a esa chica. Todas nosotras hemos madurado mil años, pero
en su caso es como un pez en el agua. Nació para esto y para más. Si no la
pongo hoy, mataré parte de eso.
―Se llama ilusión, amor ―la consolaba su esposo ―. Nadiani es joven, lo
superará. Esta chica, si algo tiene, es futuro.
―Sí, eso sí, pero además…
―¿Qué cosa?
―Además… quiero llevarte la medalla de oro, no la de plata.
Y eso fue todo.
La prensa hizo pública la alineación inicial del equipo de Flora
Tristán.
―Mercí, la marca de los campeones informa. Estas son las once mujeres
que van a salir hoy a darlo todo por una medalla de oro para nuestro país. En
el arco la Higuita Salavarrieta, en la central Paula Allen y a sus costados
Storni y Mistral, sí, Flora Tristán nuevamente sale solo con tres defensas; en
el medio, de cinco juega Woolf acompañada por Florinda Lazos y bien
abiertas Carrillo y Castellanos, de
media punta el ángel de mi corazón Nadiani Ponzio y arriba dos puntas: la
eterna Micaela Bastidas y Celia Catalina Atahualpa que tendrá hoy sus primeros
minutos en estos Juegos Olímpicos por la lesión muscular de Juana Azurduy, que
era quién había jugado por el costado izquierdo. ¿Cómo lo ve?
―Hermoso. Valiente como siempre el planteamiento de Flora Tristán, sin
guardarse nada. Una entrenadora que ya ha recibido elogios de gente como
Guardiola y Del Bosque. Entendiendo por supuesto las diferencias que hay entre
una rama y otra. En el fútbol femenil todavía se pueden ver este tipo de
entregas heroicas y jugadoras limpias, nobles y talentosas como Nadiani Ponzio
que se la pasan todo el partido haciendo arte. Estas chicas se divierten y
nosotros con ellas. Si de algo han servido estos Juegos Olímpicos es para
darnos cuenta de que ellas también juegan.
―Totalmente de acuerdo con usted. Y vamos calentando motores porque ya
se viene la ceremonia de los himnos nacionales.
Los gatos negros todavía se paseaban por las calles de Achéron confiados
en la soledad y oscuridad de la noche profunda, pero esa negrura de sábado algo
extraño comenzó a ocurrir en la miserable y pequeña Achéron, la gente comenzó a
salir a la calle ataviada con las camisetas de la Selección Nacional y las
banderas del fallido Milagro Amarillo de la Liga de Primera División. La música
estridente en los bares y las fiestas privadas fueron sustituidas por las
televisiones a todo volumen que sintonizaban el juego de la final por la
medalla de oro. Era una noche fría y nada especial, la hora perfecta para
refugiarse en el Bar de los Mineros. Lo que quedaba de la platilla del F.C.
Achéron, que no había podido ver la semifinal pues ese miércoles habían jugado
un amistoso contra los reservas del Chaebol a puerta cerrada en el Granma, se
comenzaron a ver las caras en su mesa de siempre. Era una hora inusual, pero en
el Bar de los Mineros no cabía ni un alma. Fue necesario colocar mesas en la
banqueta y en la calle y sacar otras dos pantallas para que la gente pudiese
ver el juego. Una a una las luces de cada casa en Achéron, comenzaron a
encenderse, no habría asados y si había festejo había que hacerlo en pijama.
Esa era la situación en la casa del Gran Cabo, Succed y el tío Otulio se
sentaron a ver el partido en la estancia de la casa con la pizza de rigor.
También en la casa de los Ponzio, los abuelos prepararon bebidas calientes a
sus pocos invitados que aceptaron ir a ver el partido con ellos. En la casa del
alcalde de Achéron, había un sentimiento de culpa, ellos eran parte del
gobierno; pero así mismo, ellos eran también parte de ese Achéron olvidado por
todos, por lo tanto, no se negaron el privilegio de ver el juego, eso sí, de
manera discreta.
En la capital ocurría lo mismo pero en mucho menor proporción. Rosa
miraba aquel juego final en el cuartel general de la Curva Sur, en las carpas
del campamento de Ni Uno Más al lado de una serie de otros jóvenes estudiantes
universitarios. Ramos devoraba un cigarrillo tras otro y aquel rincón
subversivo del país también deseaba con todas las ansias un triunfo de su
máxima bandera. En la casa de los García la vecindad se caía a pedazos por la
nostalgia. Aquella familia no podía de dejar de mirar al patio de esa cadena de
humildes viviendas y pensar que…
―…la teníamos aquí de chiquita pateando una y otra vez su balón contra
esa pared del patio.
Arturo García era el más triste de todos, él no solo la había tenido en
el patio, la había tenido toda y por sus estúpidos celos y su baja autoestima
la había cortado para siempre de su vida. El pobre muchacho era un desahuciado
en aquella madrugada.
En las casas de los altos mandos del gobierno, de los altos funcionarios
y de los altos directivos empresariales, todos bien altos, decían dormir. El
insomnio los asaltó y no pocos se levantaron y encendieron el televisor solo
para ver qué pasaba; era el morbo por sí mismos, era el miedo, era todo.
Soñaban con despertar el domingo y escuchar que aquellas mujeres habían perdido
estrepitosamente a manos de las francesas y que a la Nadiani esa y sus tatuajes
los habían expulsado para siempre de toda competición internacional, que el
fútbol femenil había dejado de existir y que en el lugar donde toda niña se
atreviera a jugar sería sustituido por otro magnifico centro comercial en donde
ellas comprarían solamente muñecas y no pelotas.
Nadiani Ponzio apenas si sentía su tobillo. Escuchaba atenta las notas
del himno de su miserable país, pero en realidad su mente solo tenía lugar para
el juego que imaginaba iba a ocurrir y del que ella tomaría parte. Se prometía
a si misma que si el tobillo no resistía, pediría su cambio. Eso, pensaba, era
mejor que tenerla a ella como en los tiempos extra de la semifinal, es decir
inoperante e inútil.
Durante la ceremonia de protocolo, todas hacían una línea para saludarse
entre ellas, las veintidós protagonistas. Esa tarde, enfrente, estaba otro debutante
en finales olímpicas, eran las francesas.
Lo único especial que Luisa miraba en ellas era que tenían a la mejor
jugadora del mundo de la actualidad, Gouges. Le llamaban la bestia no por su
físico sino por su juego. Era la heredera de una serie de figuras notables como
Ham, Prinz, Morgan y Marta Vieira.
Cuando Luisa saludó a Gouges sintió que el apretón de ella fue más
fuerte que el de las demás. ¿Se trataba de un reconocimiento, de un reto o de
un proceso de intimidación? ¿No era solamente que Gouges era tan segura de sí
misma que no se andaba con medios saludos? Luisa pensaba esas y otras cosas
como lo grande y terrible que se miraba el estadio completamente lleno de día.
Le preocupaba el sol, pues ellas llevaban dos partidos, dos guerras mejor dicho,
llevadas hasta los tiempos extras; en cambio, las francesas habían resuelto sus
eliminatorias en los 90 minutos reglamentarios y además tenían un día más de
descanso. También pensaba que si su abuela, la francesa, miraba aquello,
tendría un serio dilema, aunque también sabía que por algo aquella mujer se
había ido y seguramente estaría con Francia; por otra parte ¿todavía vivía?
Succed no le había dicho si estaba viva o muerta, enterrada en algún panteón
francés con las cumbres nevadas de los Alpes de testigos…
¡La árbitro pitó el comienzo!
El huracán de las once imposibles se hizo sentir de inmediato en una
presión constante contra las francesas que esperaban algo así para esa tarde.
Ese esfuerzo sobrehumano permitió a las de Luisa equilibrar nuevamente un
partido en donde, mujer por mujer, eran superiores las herederas de la
Ilustración. Incluso era todavía muy pronto para comparar a Nadiani con Gouges,
la primera era a lo mucho una explosión que nadie esperaba, la segunda en
cambio, había demostrado durante cuatro años que era eficaz y segura, una
profesional, simplemente la mejor del mundo. Y fue Gouges la que, desde el
comienzo, empezó a tomar el protagonismo del partido y se dispuso a mover los
hilos del mismo; ganaba todas las pelotas y traía de perro a Woolf. Luisa se
acercó en una jugada a tratar de quitarle el balón y la Gouges le pasó el balón
por en medio de las piernas, fue un acto de autoridad cruel y despiadado por
parte de la francesa que la tribuna no ignoró y la televisión repitió una y otra
vez en su transmisión.
Esa jugada le dolió más a Luisa que la infiltración de su tobillo.
En tan solo veinte minutos, la Higuita Salavarrieta había tocado más la
pelota que cualquiera de sus compañeras de equipo. La Salavarrieta estaba en
plan grande y volaba a cualquier balón, salía arriesgadamente a toda pelota
dividida y se llevaba en el camino a las delanteras francesas que no caían tan
fácilmente en fuera de lugar como las suecas. Gracias a Salavarrieta, y al
esfuerzo físico monumental de todas sus compañeras, Luisa pudo presumir un
hecho que ya era por demás heroico, el que el partido estuviera cero a cero al
medio tiempo.
En el vestidor todas las caras eran de preocupación. Parecía evidente
que está vez no lo lograrían y no había remedio. Todas estaban cansadas y
aunque Flora Tristán ordenó dos cambios para refrescar, se sabía que no iba a
ser suficiente. Hubo un momento en que todas miraban a Luisa y esperaban que
dijera algo, querían escuchar de ella un “tenemos que ajustar”, pero ella
permaneció sentada sobre el banco y miraba al suelo. Escurría gotas enormes de
sudor.
―¡Bueno, ―dijo ya desesperada Micaela ― si nadie va a decir nada, yo sí!
¡Estamos jodidas! ¡¿Y qué…?! …hicimos todo este asunto, todo este pleito para
llegar hasta aquí ¿y ahora? ¡No sean miserables! ¿Quién tiene en pie todavía
sus planes de vacaciones? ¡Ninguna! Todas perdimos ya nuestras reservaciones
porque se suponía que para hoy ya todas estaríamos tostándonos al sol como
lagartijas en alguna playa de tercera. ¡Pero estamos aquí, mujeres! ¡Todavía
estamos aquí! Estamos súper cansadas, Llora Mucho no se aguanta el tobillo y a
Flora Tristán, a León, y al doctor y a todos los despiden… no te ofendas, Flora
Tristán; si a mí me dices que va a haber una reunión privada lo único que haces
es invitarme al chisme. Pero, ¡estamos aquí, señoritas! ¡Seguimos aquí! ¡Y
vamos a salir allá otra vez a ponerle cara a esas francesitas! ¿Son mejor que
nosotras?, pues sí ¿y eso qué? ¡Que lo demuestren! Y si nos meten tres o cuatro
ahorita, que no los metan, pero nosotras bien alta la cabeza, porque les
aseguro que tres o cuatro no nos meten, porque Salavarrieta no las va a dejar
tan fácil, esta enana se está partiendo el alma por nosotras, vamos a ayudarle,
¡vamos a salir a comernos esos cuarenta y cinco minutos! ¡Porque no nos queda
nada! ¡Porque no somos nada! ¡Porque este es mi último partido, carajo! Es mi
último partido…
Dicho eso, todas se pusieron de pie y formaron un círculo alrededor de
la jugadora del Puerto. Manuela hizo notar un asunto menor en el justo momento:
―No tenemos un grito…
―¡Pues hoy lo inventamos, carajo! ―señaló Woolf.
―Bien ―comenzó a instruir Micaela
― a la cuenta de tres, libertad.
―¡Uno dos tres…! ¡Libertad!
Y salieron al campo aunque todavía quedaba tiempo de sobra para reanudar
la segunda parte. Tristán les ordenó posicionarse ya en su medio campo. Las
francesas todavía no salían.
―¡Cuando salgan que ya las vean en su puesto! ¡Qué se enteren que
ustedes no necesitan descanso, que las que lo necesitaron fueron ellas! ―les
gritó Tristán.
Desde Achéron y el resto del país y del mundo, aquella actitud valiente
y que no presentaba las aristas de la realidad, les hacía creer a todos que
aquello eran grupo que llevaba largo tiempo siendo un equipo, una hermandad sin
miedos y valiente, inmaculada, un equipo para la posteridad y de leyenda, una
cosa como los Magiares Mágicos, el Brasil del 70, la Naranja Mecánica o el
Barcelona de Guardiola. Nadie podía imaginar, desde lejos, que aquellas mujeres
casi ni se hablaban un mes antes, que se habían insultado, que se caían en la
punta del pie y que muchas ya no se soportaban la una a la otra. Desde la
televisión aquello parecía el ejército más leal y preparado de la historia, y
en esos últimos cuarenta y cinco minutos del partido final lo demostraron,
parecieron, lo fueron.
Las francesas nuevamente no parecían entender cómo es que aquellas
descendientes de esclavos, indios y mezclas de todo tipo, no se cansaban nunca.
Salavarrieta seguía en el partido de su vida y sus defensas se pusieron
a la altura de esa portera de 1.64 de estatura que ahora les parecía una giganta
a las francesas.
En el medio campo, Nadiani, Florinda Lazos y Woolf se turnaban la marca
de Gouges que jugaba sublime, pero no terminaba de encontrar a sus delanteras
ni al gol.
Al borde del colapso, Tristán sustituyó, muy a su pesar, a Woolf, que al
salir maldijo los cólicos que ese día la torturaban. Comenzó a pensar que a
diez minutos del final, resistir los tiempos extras era posible. El sueño era
llegar a los penales, de todas maneras ya habían ganado de esa forma en las dos
eliminatorias anteriores. Y en esas andaba cuando…
―Saque de banda en la mitad del campo para las nuestras, lo ejecuta
Florinda Lazos y encuentra a angelita Nadiani. La novia del país le hace… ¡ole!
túnel a Gouges y, ¡sale con la pelota dominada, Gouges la persigue! ¡Se le barre,
pero Nadiani sigue! ¡Ya le salió la defensa, pasa a la derecha…!
―¡Sola!
―¡…sola, Atahualpa! ¡Tira! ¡Tira ya! ¡Amagó…! ¡…gol!!!!!
―¡Gol! ¡Gol! ¡Milagro!¡Milagro!
―¡Uhuuu! ¡Gooooool! ¡Gol! ¡Gol de Oro! ¡Gol que vale oro! ¡¿De dónde
saliste, Celia Atahualpa?! ¡¿De dónde saliste para hacer esta joya, para ayudar
a la novia de nuestro país a coronar este gol a diez minutos del final?! ¡Qué
me parta un rayo! ¡Que me maten de una vez! ¡Por favor, que me maten de una
vez! ¡Estamos ganando uno a cero a las francesas! ¡Aunque usted y nadie lo
crea! ¡Aunque nadie me lo crea, lo estoy viendo con estos ojos!
Luisa había recibido una patada artera por parte de la última defensa
que le salió al paso para tratar de cortar su carrera a máxima velocidad por la
banda izquierda en la que nunca la pudo alcanzar Gouges. Quedó pulverizada,
pero de reojo pudo observar como esa chica que nadie conocía, ni ella misma,
Celia Atahualpa, callada como pocas, se quitó a la portera francesa y con el
marco abierto solo la mandó guardar para siempre. Desde el suelo y con el dolor
en su tobillo pudo verla correr hasta el tiro de esquina en donde se quitó la
camiseta y dejó leer la frase: “Sí, libertad!” antes de que el resto de sus
compañeras le cayeran encima. Celia Atahualpa fue amonestada. Las francesas
reanudaron rápido y Luisa, en camilla era llevada hasta su banca.
El doctor la revisó y le indicó a Tristán que era mejor que ya no
regresara. Ya no había cambios. Luisa se levantó y recibió la última
instrucción de Tristán.
―Flota en el medio campo, ahí no más.
Reingresó, y se colocó en esa posición. Prácticamente ya no volvió a
tocar la pelota, y desde ese lugar en el medio campo pudo observar como las
francesas erraron sus últimas oportunidades. Salavarrieta tuvo una última gran
atajada, pero el destino quiso que fuera Gouges la que le diera la medalla de
oro a las de Luisa al fallar, sola frente al arco de Salavarrieta, sin nadie ya
que le hiciera mosca, el último remate antes de que la árbitro pitara el final.
Y la noche no fue más en Achéron. El júbilo fue enorme. La depresión por
la pérdida del título de liga unas semanas antes se había consumido, ya no
existía, se la había tragado esa noche de medio día de Juegos Olímpicos en el
otro lado del mundo, de medalla de oro, de la hazaña de una paisana. El Bar de
los Mineros permaneció abierto toda la noche y madrugada de ese domingo; la
gente salió a las calles a festejar. Se arrojaron cuetes en la plaza y el
puente del río. Los niños, y especialmente las niñas, observaron cómo sus
referentes adultos no habían dormido por un partido de fútbol de mujeres. Un
susurro corrió por los campos de fútbol de la liga de los Mineros y en el
Granma, el velador del estadio, encendió el alumbrado del inmueble a manera de
homenaje. En la zona roja de Achéron, único lugar que se puede decir se
paralizó por el partido pues en ese sitio si estaban en horas de trabajo, el
festejó también se escuchó hasta las calles aledañas.
A las dos de la tarde en la ciudad olímpica, Luisa se sentó en el suelo
para dar descanso a su tobillo. El resto de sus compañeras saltaban de gusto y
corrían como locas por todos lados ¿dónde había quedado el cansancio?
Salavarrieta lloró de alegría bajo su arco, al que había mantenido, sin
ayuda del Espíritu Santo, virgen en esa tarde.
Incluso Tristán estaba vuelta loca, no supo guardar los cánones de la
directora técnica seria y entró al campo dando brincos y se abrazó con cada una
de sus jugadoras. Fue con Manuela con la que más fuerte se abrazó, y dejó
entrever un drama que será contado en otro libro y no en este.
―¡Llora Mucho, lo logramos! ―dijo Micaela a la que todavía seguía
tendida sobre el césped.
―Ayúdame a levantarme, por favor ―le contestó Luisa desde el suelo y
Micaela la levantó. Poco a poco las demás fueron acercándose y entre el mar de
prensa y cámaras, Luisa se encontró de frente con Celia Atahualpa. La miró con
sincera gratitud. La chica, proveniente de la región Del Solar, seguía
eufórica.
La prensa acaparó a Celia Atahualpa y ya después fueron con Luisa,
mientras cojeaba para salir del campo.
―Me duele mi tobillo ―era lo único que atinaba a declarar Luisa.
―¿A quién le dedicas este triunfo?
―No sé, a todos. A todos lo que lo que lo quieran tomar. A mi papá. A la
escuela Celeste en donde aprendí a jugar. A los García. A los Rojos. A Achéron.
A Inés, Alejandra, las Serdán, Thenmuli… a todas. A Drilo, a mi tía, a mi tío,
a mis abuelos, a todos los mineros. A Rosa, al señor Ramos. A mi mamá si me
está viendo…
En el vestidor la fiesta continuó, pero aquello debía ser rápido pues
solo tenían tres horas para llegar al Estadio Olímpico para la ceremonia de
premiación, que además sería de las últimas pues esa noche se cerraban los
Juegos.
Luisa salió cojeando del estadio.
Tomaron el autobús y la gente ya les pedía autógrafos. Habían llegado
como completas desconocidas y ahora eran parte del firmamento estrellado de los
Juegos. Eran, además una de las más grandes sorpresas en la historia de las
casas de apuestas. Todos recordaban a los griegos del glorioso año de 2004;
pero esto era diferente, este equipo de mujeres había ganado con el riesgo como
fundamento, fugadas al ataque en sus dos últimos partidos, y por ello serían
doblemente recordadas. En el trayecto del autobús, Luisa recibió la llamada de
felicitación de sus abuelos, de Camacho y esperaba ansiosa la de Rosa. La
llamada de felicitación del presidente nunca ocurrió.
Fue entonces que recibió un mensaje de texto en el que se leía.
―Mataron a Ramos.
Las dos horas entre el fin del partido por la medalla de oro del tornero
femenil de los JO y la entrega de medallas, fueron un sufrimiento para Luisa,
peor que si la final se hubiese alargado a los tiempos extra, peor que si la
hubieran perdido y peor que si las hubieran goleado. Luisa mandó mensajes de
texto a todos aquellos que pensaba podían darle alguna información. Fue ahí
que, del mismo número del que le había llegado el mensaje que anunciaba la
muerte de Ramos, le llegó otro que le pedía ver el portal de noticias del
Diario Nacional. Desde su teléfono, Luisa ingresó a ese sitio web y pudo ver
que en la sección de “noticias de última hora”, un encabezado destacaba:
“Mueren tres en tiroteo. Una decena de estudiantes detenidos”. Al leer la nota,
Luisa se enteró que, luego del partido, una “facción radical de los estudiantes
inconformes que habían organizado las marchas” ingresó por la fuerza al cuartel
general de la organización Ni Uno Más y al intentar “apoderarse del control del
movimiento” se desató la violencia en donde resultaron muertos Miguel Ramos, ex
comandante de la policía militar y dos jóvenes activistas más. Se informaba
también que cerca de una decena de estudiantes que estaban reunidos en ese
lugar habían sido detenidos por las autoridades y llevados a la Comisaría
General para deslindarles responsabilidades. No se mencionaban los nombres de
las personas detenidas, pero Luisa imaginaba que una de esas personas podía ser
Rosa. Preguntó varias veces, también por mensaje, la identidad de su
interlocutor y nunca obtuvo respuesta. Intentó llamar a ese número y no le
respondieron la llamada. Desesperada, la primera persona con la que pudo hablar
fue Succed y ella solo le pedía que se calmara.
―No puedo ―explicaba Luisa ―, si acaban de matar a Ramos, y Rosa está en
la cárcel no puedo calmarme.
Lo cierto era que el país apenas comenzaba a levantarse ese domingo por
la mañana, así que la información era todavía muy escasa. Por las redes
sociales fue que Luisa obtuvo una versión más fidedigna de los hechos que
acaban de ocurrir. Estaban ya casi por salir a la premiación y las demás
jugadoras notaban que Luisa no dejaba de textear en su teléfono. En el
perfil de Ni Uno Más fue entonces que Luisa leyó una publicación firmada por un
joven estudiante que decía haber estado ahí al momento de la “detención”.
“Compañeros, ustedes me conocen como el Pacas, estudiante de quinto
semestre de economía en la Nacional, mis padres han sido miembros de Ni Uno Más
desde que mi hermana fue desaparecida hace ya diez años cuando ella misma era
estudiante y miembro activa de la resistencia. Hoy asistimos a la carpa de
eventos de Ni Uno Más para recoger las mantas que se usarían en la marcha de
hoy. Solo para encontrarnos que el lugar estaba lleno de patrullas y todo era
un caos. Vimos el cuerpo de Miguel en el piso y comenzamos a preguntar a
algunos compañeros qué era lo que había pasado. En medio de una crisis nerviosa
una compañera nos explicó que, como a las cuatro y media de la mañana,
arribaron reventadores del movimiento de forma violenta. Traían armas, llevaban
pasamontañas y eran una veintena, nos dijo. Ramos trató de hacerles frente. Y
le dispararon. Y comenzaron a disparar a todos. Hay compañeros muertos y otros
heridos. Los policías que llegaron después también detuvieron a varios. La
lista de los detenidos y heridos que hemos elaborado yo y otros compañeros es
esta…”
Luisa leyó con toda atención la lista de detenidos y no encontró el
nombre de Rosa, luego leyó la de los heridos y nada. Al final el chico incluía
el nombre de los dos estudiantes fallecidos, además del subteniente Ramos.
Luisa no quería leer. Lo pensó un momento. Respiró profundo. Pensó que Rosa no
estaba en la lista de heridos o detenidos porque usaba seudónimo, seguramente
Ramos le había dado ese consejo. O quizás Rosa misma ayudaba a sus compañeros
en la Comisaría, por eso no estaba en listas…
“Fallecidos: Miguel Ramos, el compañero Raúl C. y la compañera Rosa L.”
Luisa se dejó caer en el pasillo del Estadio Olímpico. Arrojó el
teléfono y este casi golpea a uno de los voluntarios de logística de los
Juegos. Comenzó a llorar y lamentarse. Inmediatamente, sus compañeras se
acercaron a ella, Tristán les pidió que se apartaran y que la dejaran respirar.
―Nadiani ―le dijo al tiempo que la tomaba de los hombros ― , mírame.
¿Qué te pasa?
En ese terrible momento Luisa trató de explicar lo que pudo con las
palabras que encontró entre el dolor.
―¡La mataron! ¡La mataron!
―¡¿A quién?¡ ―preguntó Tristán.
―¡A mi amiga! ¡A Rosa!
Luisa se abrazó a Flora Tristán a falta de madre o padre que la
consolaran, a falta de Rosa.
El sonido del estadio, que estaba ya al 90% de su capacidad listo para
la clausura de los Juegos, dio el aviso de que se procedería a la entrega de medallas
del fútbol femenil.
Tristán mandó a una de las jugadoras a que buscara un médico.
En los minutos en que el médico llegó y la atendió, Flora Tristán, el
cuerpo técnico y Micaela y Woolf, discutieron si era prudente que Luisa saliera
a la premiación. Micaela argumentaba que no la podían privar de ese momento y
convenció al resto de dejar que Luisa subiera al podio si ella así lo pedía.
Fue la misma Micaela la que se acercó a Luisa para preguntarle.
―Oye, Llora Mucho, mírame. ¿Quieres ir allá y recibir tu medalla? Si
dices que no, te entendemos, yo me quedo contigo. Si dices que sí, yo estaré
detrás de ti todo el tiempo, como en la cancha, Llora Mucho… como en la cancha.
Luisa, se puso en pie. Se secó las lágrimas. Miró al techo, luego al
piso. Apretó la mano de Micaela y caminó cojeando junto a ella hasta la fila
que ya formaban sus compañera para ingresar a la pista de tartán del estadio.
Se colocó al principio de la línea y eso hizo pensar a sus compañeras que Llora
Mucho, después de todo, era una mujer de hierro.
Los voluntarios de logística le indicaron que ya podían ingresar. Las
jugadoras sintieron el calor y cariño de los aplausos de la gente en el
estadio, realmente lo tenían ganado. Detrás de ellas estaban las francesas y
las suecas. El camino hasta el podio, colocado en la zona de pista de la
tribuna principal, fue una caminata solemne en la que Luisa mantuvo el paso y
la cara en alto. La edecán que las guiaba les indicó detenerse y esperar.
El sonido del estadio anunció detalles del protocolo que se llevaba a
cabo en idioma inglés y francés.
Luisa seguía como una roca, apretaba la mano de Micaela con fuerza.
Las suecas subieron al podio, en el espacio reservado para las ganadoras
de la medalla de bronce. Luego de que le repartieron las medallas a cada una de
las veintitrés jugadoras, sucedió lo mismo con las francesas. Entonces, entre
aplausos, Luisa y sus compañeras subieron al podio, en el lugar reservado para
las ganadoras de oro, el sitio más alto. El aplauso fue mayúsculo, algunas de ellas
levantaron las manos en señal de agradecimiento.
Cuando un directivo se acercó a colocarle la medalla a Luisa, ella
seguía con su expresión sombría, ahí no había gozo, no había ya una atleta
olímpica. El directivo terminó la entrega y la edecán tuvo que indicarles que
esperaran en ese lugar pues faltaba que se tocará su himno al tiempo que la
bandera de su país subía a lo más alto. Era la primera y única vez que en esos
juegos se interpretaba el himno del país de Luisa pues la cosecha de medallas doradas
había sido infructuosa y solo las chicas futboleras lo habían conseguido.
El himno comenzó a sonar con sus primeras notas, las banderas de los
tres países comenzaron a elevarse en la plataforma destinada para ello a la
vista de las medallistas. Y estaban todos en ese momento emotivo pero serio, el
que sueña todo atleta, el que espera toda nación, cuando Luisa, sin más, soltó
la mano de Micaela, se bajó del podio, se sacó la medalla de oro del cuello y
la tiró sobre la pista de tartán. Hizo camino cojeando al tiempo que tres o
cuatro voluntarios trataban de cerrarle el paso diciéndole:
―¿Qué haces? ¿Te sientes bien?
La gente presente en el estadio propinó el abucheo más grande e
injurioso que jamás un público hubiera dado a un atleta en toda la historia de
los Juegos Olímpicos. Uno de los voluntarios recogió la medalla de Luisa del
suelo y la alcanzó en el pasillo.
―¡Por favor, por favor! ¡No lo hagas! ¡Estás arruinando tu carrera! ¡Por
favor, regresa!
Las compañeras de Luisa la miraron escapar de aquella premiación y
ninguna supo qué hacer, algunas contuvieron las ganas de ir por ella y tratar
de cerrarle el paso y convencerla de regresar. Solo Celia Atahualpa fue la
única que, tan solo terminó el himno, corrió hasta el pasillo y trató de
alcanzar a Luisa. Y así, intentaron hacerlo Woolf y otras, pero en ese momento
las suecas las sorprendieron con el saludo de manos y luego las francesas, y
luego la foto. El acto parecía no terminar nunca.
En el pasillo, luego de la súplica del voluntario, Luisa se encontró con
Flora Tristán, se abrazaron y le preguntó si podía irse al autobús. Su
entrenadora, con todo el cariño que pudo expresar, le contestó que sí.
Tristán volvió su vista hacia el campo y observó que un mar de
fotógrafos y camarógrafos se venían por aquel túnel como buitres detrás del
becerro moribundo. Les cortó el paso y le pidió a un policía que le ayudara.
Entre ese muro de prensa, Celia Atahualpa se abrió paso y encontró a su
entrenadora que discutía con otras personas y el policía. En cuanto la vio,
Tristán le ordenó que corriera a ver si Luisa había llegado al autobús.
Atahualpa obedeció de inmediato, recorrió todo ese pasillo y llegó hasta la
zona de autobuses, encontró el de su equipo y subió. Y ahí, en el primer
asiento, encontró a Luisa.
―Solo me mandaron a ver si estabas bien ―le dijo Celia Atahualpa que
además notaba que Luisa ya no lloraba. Solo miraba fijamente su reflejo en el
cristal de la venta del autobús.
―Estoy bien. Gracias ―le respondió Luisa.
―¿Puedo preguntarte por qué hiciste eso?
Luisa la miró.
Celia Atahualpa sintió que esos ya no eran los ojos que ella había visto
durante los dos meses en que había idolatrado a aquella mujer por todo lo que
era. Parecía una persona distinta y solo recordaba una situación similar
cuando, en una comisaría, su familia había ido a buscar a su hermano que estaba
acusado de matar a un hombre, su hermano tan solo tenía quince años y en el
momento que lo vieron en la comisaría, con el crimen ya confeso, ella había
sentido que esa persona no era ya más su hermano.
―Esas cosas, las banderas, las medallas, los himnos, los Juegos, el oro,
solo tienen significado si se los damos.
Luisa parafraseó a Rosa en un concepto que cuando la universitaria había
tratado de explicárselo, Luisa no lo había terminado de entender. Y ahora, le
parecía sumamente claro y real.
Celia Atahualpa, se sentó al lado de Luisa.
―¿No vas a ir a la ceremonia de clausura? ―le cuestionó Luisa al ver que
la chica se había sentado a su lado y no parecía querer irse.
―Estar aquí tiene más significado ―le respondió la joven Celia Atahualpa
que todavía tenía colgada al cuello su medalla de oro.
Luisa no sabía que Celia Atahualpa la conocía a ella desde hacía muchos
años, cuando en la escuela Celeste de fútbol, Celia Atahualpa, tres categorías más
abajo que Luisa, observaba que una jovencita la estaba rompiendo en la liga
infantil de aquel centro de formación.
Celia Atahualpa, se hacía tiempo para mirar los juegos de Luisa desde
afuera y se admiraba con aquello. Entendía que había sido por Luisa que a ella
la habían aceptado sin muchos peros en la academia Celeste, incluso una de las
personas que le tramitó su inscripción le informó desde el primer día, que ya
había una niña en la academia y que jugaba muy bien.
Por su parte, Luisa no sabía que aquella chica de aspecto indígena era
en realidad la más adinerada de todo el equipo, pues su padre era dueño de una
serie de establecimientos de comida chatarra callejeros en la capital y otras
ciudades. Había comenzado desde abajo y había escalado hasta la cumbre gracias
a su ingenio. Eso le permitió pagarle a su única hija, Mercedes Celia
Atahualpa, las mejores escuelas privadas en donde la niña sintió en carne viva
el racismo de los hijos de la aristocracia del país.
Rechazada por su origen humilde y su sangre originaria, Celia Atahualpa
se refugió en ser la mejor estudiante y futbolista. El juego había sido una
pasión aprendida de su padre que tan solo tuvo el dinero suficiente buscó
ingresarla al equipo de sus amores, los Celestes de Risto Tanque. Y ahí, Celia
Atahualpa comenzó ella misma a forjar su historia. Cuando Luisa se fue de la
academia Celeste, la única que la extraño fue Celia. La misma Celia se fue poco
tiempo después, para desgracia de su padre, a la academia de los Rojos donde a
sus 15 años arribó al primer equipo femenil y en su segunda temporada ya era
titular.
Celia Atahualpa había hablado dos veces con Luisa , la primera en la
escuela de los Celestes, siendo muy niña, le pidió un autógrafo a Luisa y esta
con desdén se lo negó. La segunda vez fue para bautizarla como toda la Liga
Nacional Femenil del país terminaría llamando a la Nadiani: “Llora Mucho”.
Luego, Luisa fue suspendida por quitarse la camiseta y fue Celia la que la
sustituyó sin conocimiento de saber qué era en lo que realmente estaba metida
la Nadiani, pero es que la palabra era sumamente inspiradora: “Libertad”, por
lo que Celia respondió desde su vientre “Sí, libertad”. Y en los Juegos
Olímpicos, Celia se había nuevamente hecho cargo de recordar a todos que aquel
no era solo un equipo de fútbol común, era una revolución en cada partido. Y el
que la anotadora del gol y portadora de la consigna política de los Juegos,
fuese de sangre originaria, hizo que la clase alta del país vomitara y
terminara de maldecir aquellos Juegos Olímpicos para siempre; porque, pensaban,
Nadiani al menos era blanca y tenía facciones francesas y no era una “perra
indígena” como Celia Atahualpa.
Luisa calculó que la noche sería muy larga. La ceremonia del clausura se
llevaría unas dos horas y luego los atletas, incluidas sus compañeras,
buscarían alargar ese éxtasis. Pero, llegó Manuela.
―Dice Tristán que regresaremos caminando a la Villa.
―¿No se quedarán a la ceremonia? ― preguntó Celia.
Manuela, que realmente sentía que Luisa había arruinado la noche
respondió.
―Nadie se quedará. Todas están muy cansadas.
De esa forma, el grupo caminó entre el éxtasis de la gente que todavía
buscaba ingresar al estadio para la clausura de los Juegos. Pocas hablaban, los
ánimos no parecían ser en absoluto, los de un equipo que acaba de ganar una
medalla de oro ese día. Flora Tristán iba al frente de ese grupo. Ingresaron a
la Villa en la que habían vivido durante un mes y en donde también había varios
grupos de atletas ya en completa relajación y fiesta pues las competencias
habían acabado.
Delante de la enorme escultura de los aros olímpicos, Tristán las
reunió.
―Mañana a las diez partimos a casa. También quiero decirles que estoy
orgullosa de este grupo, de todas y cada una. Vivimos una aventura y así es la
vida ¿no? Nadie nos podrá quitar todo lo que aquí vivimos, aunque quisieran, no
pueden quitárnoslo…
Las lágrimas comenzaron a brotar en los ojos de Tristán y se le cortaba
la voz. Se quitó las gafas y continuó:
―Se vienen días difíciles, les pido que seamos un grupo en todo momento.
Era evidente para Luisa que su desacato olímpico no había pasado como si
nada. Antes de ingresar a la Villa, el grupo se tomó una foto frente a los aros
hermosamente iluminados en esa última noche de olimpiada. Tiempo después, la
prensa se preocuparía por comparar aquella última fotografía con la primera, la
que se habían tomado recién llegadas, y encontrarían en esas imágenes los
esbozos del drama que convirtió para siempre a esas mujeres. Nunca volvieron a
ser las mismas y nunca dejaron de ser un equipo hasta que la última de ellas
murió de vieja en su cama.
Debido a las palabras de Tristán, Luisa sintió que debía disculparse.
Sentía que nuevamente era odiada por las demás aunque se equivocaba. Así que en
la sala de estar de su edificio en la villa se acercó a Tristán.
―Oiga, quisiera pedirle disculpas. A usted y a todas ellas.
Flora Tristán la miró, pero ya sin la compasión de antes. Aun así, no
hubo ningún reproche. Un “no te preocupes, lo hablamos mañana” fue todo lo que
dijo.
Luisa desconocía que Tristán no solo ya no era más entrenadora de la
Selección Nacional Femenil, además le habían retirado su título de entrenadora
de fútbol. Le impondrían una severa multa y estaba inhabilitada para
incursionar en cualquier forma en alguna actividad deportiva organizada dentro
del país.
Luisa tampoco sabía que lo suyo podía ser todavía mucho más complicado
pues los directivos del deporte de su país tenían intensiones de pedir al COI y
a la FIFA que a Luisa se le retirara la medalla, el trofeo de la Bota de Oro,
la distinción a la mejor jugadora del torneo, y que además se le expulsara de
por vida de toda competencia olímpica u organizada por la FIFA.
Flora Tristán defendió a Luisa frente a los directivos de su país luego
del desaire de la premiación, la defendió tanto que uno de los directivos
presentó un golpe duro para la entrenadora.
―¿Tanto la defiende, entrenadora Flora Tristán? ¿Realmente cree que debe
usted defenderla ante cualquier cosa solo porque es su jugadora? Piénselo dos
veces. Nadiani no solo nos ha insultado a todos nosotros y al país, no solo ha
faltado al espíritu olímpico y al deporte. También le ha visto la cara a usted.
El directivo le mostró a Tristán, desde su teléfono, las imágenes en
vídeo de Luisa de cuando había desfilado en la inauguración bajo la bandera de
otro país.
Al principio, Tristán, pensó que aquello era un malentendido, pero la selfie
en la cuenta de Instagram del clavadista con la Llama Olímpica de fondo
fue la prueba irrefutable.
―¿No les prohibió usted, entrenadora Flora Tristán, asistir a ese
desfile? Pues mire, aquí está Nadiani, con esa sonrisa en el desfile y además,
¡desfilando con otro país! ¡Un día después tendrían ustedes un importante
partido y ella la desobedeció entrenadora, se burló de usted y de todos!
Flora Tristán se sintió acorralada. Se sentía devastada y decepcionada,
pero puso la última piedra a la muralla de la defensa de su grupo.
―Sí. Yo les prohibí ir al desfile. Y sí, al día siguiente teníamos un
partido muy importante, pero usted no les está diciendo a los organizadores la
historia completa.
―¿Y cuál es esa historia, entrenadora? ¡No defienda lo indefendible!
―Qué ella jugó ese partido y anotó dos goles. Los diarios de la mañana
siguiente dijeron que nunca habían visto tal muestra deportiva y de talento.
Los directivos del Comité Organizador reconocieron la buena salida de
Tristán y solicitaron a los directivos nacionales que el asunto se discutiera
en los días siguientes y en las instancias adecuadas.
Pocas fueron las que, a pesar del agotamiento físico, pudieron dormir
esa noche. Flora Tristán y su cuerpo técnico, discutieron cómo podrían hacer
frente a todo lo negativo que oscurecía su horizonte. Era en la habitación de
Tristán donde se calculaban escenarios y se ideaban argumentos de defensa, y en
esa reunión el grupo miraba al mismo tiempo, por televisión, la emotiva
ceremonia de clausura de los Juegos. Nadie podía evitar la nostalgia, nadie
podía dejar de sentir un poco de envidia por aquellos que podían tomarse el
tiempo para disfrutar y no para plantearse la defensa de su trabajo.
Ninguna de las jugadoras dijo nada más a Luisa que se encaminó a su
habitación en compañía de Micaela. Ahí, la jugadora del Puerto, le entregó a
Luisa un presente.
―Llora mucho, esto es para ti.
En una bolsa negra de plástico de esas que se usaban en la lavandería de
la Villa Olímpica, venía dentro la camiseta número 10 de Gouges.
―¿La compraste? ―preguntó ingenuamente Luisa.
―¡Por supuesto qué no! Al terminar el partido tuve la decencia de
pedírsela ya que tú ni podías caminar. Todavía apesta y esa es la prueba
irrefutable de su autenticidad, reina.
En efecto, la camiseta todavía estaba húmeda de sudor y esfuerzo.
Luego de recibir el presente, Luisa se concentró en saber más sobre la
muerte de Rosa, llamó a Succed a quien le pedía más datos y si habría alguna
ceremonia. También habló con Drilo, con Camacho y con su tío Otulio, pero fue
la propia Micaela la que alrededor de las cuatro de la mañana le informó sobre cómo
un país comenzaba a desmoronarse.
―Reina, mira esto. Dicen que hay disturbios por todo el país. Los
muertos se cuentan por decenas. Enfrentamientos entre manifestantes y la
policía antimotines. Dios mío, ¿¡y mañana regresaremos ahí!?
Flora Tristán y el cuerpo técnico estaban atentos también al noticiario
que les hablaba de barricadas en las calles y coches en llamas. Entonces,
alrededor de las seis de la mañana, casi inmediatamente después de ducharse,
Tristán miró que tenía un mensaje de texto de Tanque en su teléfono. Ese
mensaje decía:
“Entrenadora, no deje que Nadiani regrese al país. Ella no debe abordar
ese avión por ningún motivo.”

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