A la visa de Luisa le quedaba una semana de vigencia y ya habían pasado dos días desde la ceremonia de clausura de los Juegos Paralímpicos, por lo que la Villa Olímpica nuevamente parecía un desierto deprimente. En ese marco de soledad, el funcionario de la ONU encontró a Luisa esa mañana. Ella bebía un café y seguía en pijama. El funcionario la saludó y le anunció que traía buenas noticias.
―Encontramos, Luisa ―comenzó a decir el funcionario ―que…
―¿¡Ya puedo regresar a mi país?!
―…no, pero escucha. Hay un club interesado en contratar tus servicios.
Se trata del Ensamhet F.C. y juega en la primera división femenina de Suecia.
El contrato sería por una temporada, es decir, un año. Eso nos daría tiempo
para poder seguir tu defensa, y además recibirías un salario, tendrías un lugar
donde vivir, prestaciones, permiso de trabajo; en resumen, tendrías algo muy
parecido a una vida normal, además de qué harías lo que más te gusta que es
jugar fútbol. Por si fuera poco, este club, recién ascendido, es un club
especial, abiertamente incluyente y que procura que sus jugadores y socios no
solo tengan fútbol sino que participen en actividades culturales, de inclusión
y de caridad. Incluso, nosotros hemos firmado algunos convenios con ellos.
Luisa, debes entender que esta oportunidad es única pues ninguno de los otros
grandes clubes europeos quiso arriesgarse contigo por el asunto de tu posible
suspensión. Por fortuna, ni el COI ni la FIFA han escuchado mucho a tu
desesperado gobierno que ya te expulsó de por vida del deporte de tu país, no
podrás volver a jugar fútbol en tu patria a menos de que haya un cambio de
gobierno. Eso hace más importante esta oferta de los suecos, Luisa.
Luisa recordó la profecía de Micaela. Aquella de que los suecos vendrían
a buscarla y ese recuerdo la convenció de aceptar la oferta. Antes pidió el
consentimiento de su tía que luchaba desde Achéron para que se eliminaran los
cargos por alta traición, falsificación de documentos (por lo del asunto de
Luis Nadiani), daño al medio ambiente (por lo del descapotable arrojado al mar)
y compra y posesión de drogas (por lo de la bolsa llena de cocaína que también
se fue al mismo barranco que el descapotable), todos esos asuntos encontrados
por el sistema de inteligencia del país.
En su último día en la Villa, Luisa recorrió los lugares donde había
pasado grandes momentos. Se acercó a la venta del comedor desde donde, todas
las mañanas observaba el estadio olímpico y notó que una paloma se postró sobre
el barandal del balcón. El ave no parecía tenerle miedo. En ese instante, el
sol que era ocultado por la nubes encontró una ventana entre los cúmulos y
aquellos rayos de luz fueron como caricia en sus mejillas. Sintió una paz
infinita. En ese momento pensó que era la villa o el propio espíritu olímpico
el que se despedía de ella, solo años más tarde comprendería el significado de
aquel adiós.
La ciudad de Ensamhet era una ciudad localizada muy cerca del Círculo
Polar Ártico y por ello, casi todo el año estaba cubierta por la nieve y el
hielo. Además, era una ciudad pequeña, no más de cien mil habitantes, y lejana
de todo (el pueblo más cercano distaba a 100 km por carretera).
Y a ese gélido sitio fue donde Luisa arribó para jugar una temporada en
la Superliga sueca de fútbol femenil. Llegaba al país como futbolista y no como
refugiada, lo cual era ventajoso para su situación. Además, para su fortuna
llegaba sin ser expulsada por la FIFA aunque todavía no se definía su
nominación a jugadora femenina del año.
Para la ciudad de Ensamhet la llegada de Luisa era todo un
acontecimiento pues conocían sus antecedentes, los buenos y los malos, los
gloriosos y los que dejaban duda de su integridad como persona. A su llegada,
fue recibida por el presidente del club quien la llevó a un tour por la ciudad
que todavía no salía de sus tres meses sin nieve y con luz solar. Aquello le
pareció una versión mucho más fría que Achéron, pero ordenada y limpia… y mucho
más silenciosa.
Luego, Luisa fue presentada con sus nuevas compañeras, todas ellas
suecas. Algunas le sonrieron, otras no. La primera pregunta de Luisa a los
dueños del club fue:
―¿Ropa para frío, dónde?
La casa que le dieron a Luisa era una pequeña (un cuarto, un baño y una
cocina), cercana al campo de entrenamiento y al Estadio Drömmar Uppfyllda, un
inmueble al que le cabían veinte mil espectadores y que compartían con el
equipo varonil de la ciudad que también estaba en la primera división. Lo que
le encantaba a Luisa de su nueva morada era que tenía calefacción y techo a dos
aguas como si fuera una pequeña casa de muñecas, además se enamoró del estadio,
construido al estilo inglés como su Granma de Achéron, con su estructura de
hierro, sus muros de ladrillo rojo quemado y eso sí, pasto sintético para eso
de la nieve perpetua.
Al no hablar el idioma, Luisa se limitó a unas pocas palabras en inglés
con sus compañeras de equipo y entrenador, un hombre de mediana edad y de
facciones severas esculpidas por el frío extremo. Con el resto de la población,
se limitó a sonrisas y leguaje de señas. En esas condiciones era complicado
establecer algún tipo de amistad con alguien, sin embargo todos se portaban
amables con ella. Descubrió rápidamente que a unos pasos de su casa había un
café de ambiente montañés que le recordaba al Bar de los Mineros y ahí pasaba
varias horas de su tiempo libre leyendo algunos libros que el presidente del
equipo le regaló y que habían sido traídos especialmente desde España para
ella.
―Who send it? ―le preguntó Luisa.
El presidente del equipo se limitó a señalar la envoltura del paquete de
libros, eran del actual equipo campeón de clubes europeos, el equipo de Risto
Tanque. En el interior del paquete había una pequeña tarjeta en la que se leía:
“Selección realizada con recomendaciones del Profesor Hugo de la secundaria
técnica nº1 de Achéron”. Luisa recordó a ese profesor que en secundaría la
había invitado a la lectura y fue para ella una gran alegría saber aquello.
Ese mes de agosto, Luisa debutó en un partido de liga con su nuevo
equipo y perdieron por uno a cero contra una escuadra de la capital, pero
aquello fue un buen comienzo para un club cuyo objetivo era evitar el descenso
de categoría. Poco a poco, Luisa comenzó a acostumbrarse a esa vida solitaria
sin muchas palabras, a esos partidos sobre el césped congelado o el campo
cubierto completamente de nieve, a los días cortos y al frío insoportable en el
que le costaba trabajo hasta respirar. Comenzó a acostumbrarse también, poco a
poco, a sus compañeras que daban la impresión de ser tan frías como los pinos
que rodeaban la ciudad, pero que en la cancha parecían derretir la nieve con su
esfuerzo y belicosidad en su búsqueda por la pelota y el gol. Se acostumbró
también a su entrenador y su barba llena de hielo, sus horarios estrictos y sus
enojos constantes hacia ella durante los partidos; con él no se atrevió nunca a
cuestionar la táctica u opinar sobre ello, simplemente no sabía cómo librar la
barrera del idioma. Finalmente, se acostumbró al paisaje escandinavo y a la
gente que observaba cuando viajaban al resto del país, con sus cielos y pieles
claras, sus lluvias o nevadas vespertinas y el humor moderado, a su larga
oscuridad y sus auroras boreales que invitaban, por su parte, a la fascinación
y la contemplación. Así eran los suecos, faltos de fiesta, pero no de necesidad
de afecto y compañía como el resto de los seres de la tierra.
Mientras tanto, en Achéron, la época de lluvias había comenzado de
manera torrencial y trágica pues el río se había desbordado y la inundación
repentina, acaecida durante la noche, había matado a dos indigentes de esos que
dormían en las bancas que rodeaban la plaza central del pueblo. Por otra parte,
debido al clima político del país, la Liga de Primera División, en sus
versiones varonil y femenil, había pospuesto su comienzo dos semanas, y los
equipos que jugarían partidos internacionales fueron obligados a jugar sus
juegos de local en cancha neutral en otro país. Ese fue el caso del Achéron en
la ronda de grupos del torneo continental de campeones y subcampeones. Ese
semestre, el cuadro de Camacho tuvo que arreglárselas con lo poco que tenían,
pues luego de la situación política, muchos de sus patrocinadores rompieron
acuerdos con el club que ahora era identificado por la prensa y la afición como
el club subversivo. Ya no estaban Vladímir, ni Toussaint, ni Sandino ni el
traidor de Ricky. Sobre Drilo gravitó gran parte de un estilo valiente y
dinámico, planteado por Camacho que aprovechaba la extrema juventud de su
cuadro. Sin embargo, el esquema tardó en cuajar en la liga en donde el F.C.
Achéron registró cinco derrotas en sus
cinco primeros partidos. El asunto contrastó con el torneo continental, en
donde el Achéron rescató dos empates de visitante en canchas difíciles y
consiguió un triunfo en su primer partido de “local” en cancha extranjera a
donde casi nadie los iba a ver. El equipo varonil se hundía al fondo de la
tabla general, sin embargo aseguraba su pase a octavos de final en el torneo
continental.
Los Celestes, por su parte, se encaminaron en el primer lugar del
campeonato y también avanzaban seguros en la fase de grupos del torneo
continental.
Para el Achéron femenil, aquella fue una temporada complicada sin su
máximo referente, Luisa. Pero al club había llegado una chica nueva de nombre
Vera, nativa de Achéron y descubierta en el valle de la sal donde no crecía
nada, y donde la Liga de los Mineros se desarrollaba cada domingo. La chica era
delantera y era distinta a Luisa, pero fue ella quien se cargó al equipo al
hombro en cuánto fútbol se refería. El récord de las de Achéron era nuevamente
perdedor, pero ahora sacaban empates en el Granma y uno que otro como
visitante. Así, llegó diciembre y el equipo ganó su primer juego luego de
diecisiete jornadas.
En otro frente, los abogados de Succed trabajaban en la defensa de Luisa
pues aunque el presidente había renunciado luego de doce días de
enfrentamientos entre los estudiantes y la policía, el presidente interino no
acababa de convocar a elecciones y por ello, se podía concluir que solo se
había cambiado de figura, no de régimen. La resistencia de los estudiantes,
apoyados por otras organizaciones contrarias al régimen y adscritas a la
libertad, resistió todos esos meses con una huelga general en las universidades
del país, públicas o privadas, con marchas que acababan frecuentemente con
heridos y coches incendiados, y con una amplia campaña internacional de
desprestigio del régimen a través del internet. Esa presión sirvió para que los
organismos rectores del deporte internacional no sancionaran duramente a Luisa
por el hecho de la medalla. Los medios internacionales llamaban a esos sucesos
la Primavera del Sur. Y la Curva Sur, acéfala, continuó como cabeza de lanza de
aquello; las mujeres eran quienes lo tenían más claro que nadie entre ese mar
de propuestas, contrapropuestas, descalificaciones y tensiones constantes
propias de un movimiento tan extendido geográfica e ideológicamente.
Sobre la tumba de Rosa, que había tenido un funeral quince días después
de su asesinato, las flores y las pintas libertarias ya no encontraban lugar de
tantas que eran. La lápida de Luisa Cortés, por su parte, tenía un aspecto
similar y a pesar de la versión de suicidio de las autoridades, los estudiantes
creían firmemente en su asesinato por parte de la policía secreta militar del
Estado. El campamento de Ni Uno Más, en vez de ser abandonado, creció el doble
y se llenó de estudiantes y trabajadores voluntarios a la causa. En resumen,
ese segundo semestre del año, luego de los Juegos Olímpicos, en el país
miserable que negaba a sus muertos y construía centros comerciales en la tumba
de sus héroes, se seguía el proceso de la revolución política y social que
había nacido en las canchas de fútbol, el lugar más inesperado del cual se
podría haber pensado nacería una revolución.
Fue en enero, el día de reyes luego de una navidad complicada para
todos, cuando Succed recibió la notificación de que había perdido otra vez en
contra del gobierno, le habían negado su apelación en contra de la extradición
de Luisa.
―¡Hijos de…! ―se quejó.
El tío Otulio estaba con ella pues esa mañana habían quedado de verse
ella y el resto de la platilla para ir a visitar a Camacho quien había
ingresado al hospital la noche de año nuevo.
―Tranquila ―trató de calmarla su primo.
―¡No puedo hacer que regrese sana y salva al país! ―le contestó Luisa en
medio de su frustración.
―Bueno ―dijo el tío Otulio ―, al parecer estando allá está más segura.
―En eso tienes razón. Vámonos, se nos hace tarde.
Dos días después, Camacho, el
multicampeón, el director técnico que había revolucionado la vida futbolística
de un país, murió y dejó su puesto vacante como entrenador del F.C. Achéron.
Para todo el equipo, para la mina y para la ciudad fue un golpe muy duro la
muerte del viejo que lo sabía todo respecto a la pelota. Fue enterrado con
honores en su pueblo natal y bajo la bandera de todos los equipos en los que
jugó y dirigió. La televisión se pasó la semana recordándolo y un día después
de su muerte, Luisa se enteró del hecho por una llamada de Succed. Ella estaba
en el café de cerca de su casa y comenzó a llorar, pero ninguno de los otros
clientes le preguntó qué le pasaba, así eran los suecos, muy respetuosos de las
penas.
Unos días después, luego del homenaje, el F.C. Achéron contrató a
Doroteo Arango, un viejo lobo de mar en eso de salvar equipos del descenso. Con
Arango, el equipo de Achéron sacrificó su juego vistoso y comenzó a obtener los
puntos necesarios para salir poco a poco de la última posición de la tabla
general en una estrategia parecida a la guerra de guerrillas. En cambio, en la
copa continental el asunto milagroso no cesó, salió airoso de los octavos de
final luego de dos empates que derivaron en los malditos penales en donde la
suerte le sonrió al cuadro minero. En esa tanda de penales, Drilo no falló y un
pedazo de culpa le resbaló desde su cabeza hasta el suelo y eso hizo su carga
más ligera aunque la muerte de Camacho le había dolido profundamente.
Luisa pasó la navidad de ese año sola en su pequeña casa en Ensamhet y
se durmió temprano el día de año nuevo. Le impresionaba la noche perpetua del
ártico, un fenómeno que trataba de combatir con la lectura de sus libros en el
café Bekväm de su calle. Tres días antes de Navidad el club ofreció una cena a
todos sus jugadores y trabajadores en donde además, los integrantes del equipo
masculino presentaron una obra teatral navideña y las chicas del equipo
femenil, Luisa incluida, cantaron villancicos. Esa noche le preguntaron qué
haría en la cena de Navidad y año nuevo y Luisa respondió que dormir pues no
podía regresar a su país, a lo que una de las jugadoras le respondió en inglés.
―Tú no puedes regresar, pero ellos pueden venir acá.
Era una situación en la que Luisa no había pensado, pero también sabía
que su relación con Succed no era para pasar navidades juntas, a final de
cuentas consideraba que su tía la ayudaba únicamente motivada por el lazo
familiar y la responsabilidad de ser su tutora. A pesar de tantas cosas que
habían pasado, ella no olvidaba que había golpeado a su tía y que le había
arruinado para siempre su relación con Drilo. Entonces, pensó en su otra
familia, en las chicas del equipo femenil de Achéron, pero hizo cuentas y
aunque su sueldo no era malo, no alcanzaba ni siquiera para pagarle a una sola
de sus compañeras el pasaje de ida y vuelta de un continente al otro. Así, pasó
la mayor parte de la oscuridad perpetua leyendo libros en Bekväm y extrañaba
todo, desde las navidades con los García hasta las cenas con los atletas en la
Villa Olímpica. Para colmo de males, su temporada hasta esas fechas, no había
sido tan buena, apenas dos goles y tres asistencias en lo que se llevaba del
torneo.
Al regreso del parón de invierno, Luisa dio dos partidos muy malos y su
entrenador la relegó a la banca en los siguientes dos juegos. Los días tristes
y oscuros comenzaron a combinarse con su mal rendimiento y lo sola que se
sentía. Entonces, un día antes del tercer partido en que saldría a la banca
como suplente, el entrenador le pidió que se quedara un rato más. Fueron hasta
su oficina y ahí, encendió el monitor de su computadora y puso un vídeo que se
titulaba “La reina del fútbol” , dicho vídeo compilatorio de jugadas increíbles
y de gran belleza, tenía más de quinientas mil vistas y cien mil aprobaciones
digitales por parte de los usuarios de la red. Era aquello una selección de los
goles y jugadas de Luisa desde que jugaba en Achéron y hasta algunos de sus
pocos momentos de calidad en la Superliga sueca.
―Yo no sé qué es la suerte ―le dijo aquel hombre con aspecto de leñador
o pastor de renos en un inglés con acento sueco―, pero tengo claro lo que no
es. Y esto que veo en este vídeo, no es suerte.
Luisa entendió el mensaje de su entrenador y se decidió a trabajar más
duro. Luego de acumular su tercer partido en la banca, el lunes siguiente ella
se quedó una hora más luego del entrenamiento a practicar tiros libres. El
martes pasó al gimnasio y el miércoles estuvo una hora tratando de pegarle al
travesaño con la pelota lanzándola desde la media luna usando su pierna menos
hábil; para el jueves ensayó remates de tijera y el viernes practicó tiros
libres otra vez. Ese domingo regresó a la alineación titular y se reencontró
con el gol. Dejó de leer tantos libros y volvió a mirar los vídeos de fútbol en
el internet y los partidos, todos los que pasaban por la televisión sueca. Fue
así que se enteró que el Achéron F.C. había logrado la hazaña de avanzar a
semifinales del torneo continental con Drilo como comandante en jefe de ese
equipo que en la liga había logrado ya salir del último lugar. Se enteró
también que Tanque había sido balón de bronce y que a ella no se le había
nominado por la polémica cuestión de la medalla tirada al suelo; eso sí, su
trofeo de campeona goleadora del torneo olímpico se lo entregaron en marzo
junto a una carta en donde se resolvía que solo se le suspendía de toda
competición olímpica por un año y la FIFA por su parte resolvió amonestarla
únicamente si redactaba una disculpa pública por lo acontecido. Luisa apenas si
se enteró que la directiva del Ensamhet, su tía desde Achéron y Risto Tanque
desde su estatus de mejor jugador del mundo, organizaron una defensa
inteligente de su caso y encontraron en los organismos internacionales que
regían el fútbol, mucha más compresión de la que esperaban. Los grandes
perdedores fueron, en su caso, los directivos del deporte de su país que no
cedieron en ningún momento su presión en busca de expulsar a Luisa del deporte
profesional y organizado ya que no podía expulsarla de la vida misma.
El panorama en el país de Luisa, por su parte, parecía nublado y
palidecía toda esperanza de justicia. Los neoconservadores habían logrado
montar el acto simulado de las elecciones que fueron programadas para abril, y
de inmediato comenzó a operar el aparato necesario para lograr el triunfo en ese
tipo de ejercicios que de democráticos no tenían ni un pelo. Varias
organizaciones que seguían en lucha, entre ellas Ni Uno Más y la Curva Sur,
advirtieron de ello a la población y la comunidad internacional; afirmaban que
después de todo, después de tanto y a pesar de las muertes, en el poder se iban
a mantener los mismos de siempre.
Sin embargo, ese aparente avance de las elecciones, permitió calmar el
ambiente político y social, lo que a su vez tuvo como consecuencia que los
equipos locales cumplieran con sus compromisos internacionales dentro del país.
De esa manera, la semifinal del torneo continental pudo llevarse a cabo en el
Granma de Achéron. El rival en turno era uno de los legendarios ganadores del
torneo. El resultado fue apenas un empate a un gol. Luisa miró aquel juego por
internet y se emocionó aun sola en su casa en la congelada Ensamhet. El partido
de vuelta, fue una de esas gestas más cercanas a una guerra por Helena de Troya
que otra cosa, y el F.C. Achéron de Drilo logró llevar la situación al extremo
de los penales, otra vez. Y nuevamente, todos los santos de la tierra de la sal
estuvieron con los de Achéron que se colocaron, ante la sorpresa de todos, en
la gran final continental. Aquello era mucho más grande que una copa o una liga
locales, era algo que todo el mundo sabría, era el pase a jugar contra el
campeón del otro continente, era la gloria más grande en la historia del
Achéron.
Sin embargo, todavía había que resolver el grave problema de la
salvación del descenso. Al último partido de liga, llegaron los del F.C.
Achéron con la obligación de ganar o morir (descender). El partido era de
visita en la capital en contra del Royal Club, equipo que se puso muy temprano
arriba en el marcador. Se cuenta que media Achéron viajó al estadio del Royal
Club para apoyar en el peor momento. Los de Drilo empataron antes de terminar
la primera parte y cuando se reiniciaron las acciones en la segunda mitad,
Drilo logró acertar a gol un remate imposible de cabeza luego de un tiro de
esquina, era el dos a uno y ahí comenzó la defensa de las murallas de Achéron.
El árbitro expulsó a uno de los defensas del Achéron por una falta inexistente
a diez minutos del tiempo cumplido. Drilo mismo sacó una y otra vez el balón
del área de su equipo que festejó como un campeonato la permanecía en primera.
No era una permanencia cualquiera, era una a prueba de todo, contra el sistema
que los quería ver morir y contra el poder económico que estaba sumamente
molesto con aquella ciudad minera de la sal y su equipo.
Ya con la salvación en la mano, el F.C. Achéron recibió a su rival en el
juego de ida de la gran final continental. El contrincante que pisaba Achéron
era otra de esas escuadras de abolengo con una sala llena de trofeos, un museo
de su historia y una gran plantilla de jugadores listos para emigrar a los
grandes clubes europeos.
Luisa no pudo observar el partido de ida pues debía cumplir con su
entrenamiento. El Granma estaba abarrotado, pero los muros de ese viejo estadio
construido en ladrillos rojos, sin duda la extrañaban. Cuando terminó su
entrenamiento, ella corrió a mirar su teléfono, ingresó al internet y ahí lo
vio: Achéron 2 – C… 0. Y brincó de alegría sobre la nieve del costado del campo
de pasto sintético. Uno de los goles, según la estadística, había sido de Drilo
así que la chica trató de llamarlo. Él no le contestó, pero ella lo intentó el
resto de la tarde. Y nada.
Por su parte, Luisa jugaría su último partido con el Ensamhet, en ese
compromiso se resolvía también la permanencia en la máxima categoría de la
Superliga sueca. Ella se mostraba indecisa en aceptar la propuesta del club
sueco que le ofrecía permanecer cuatro años más en la ciudad congelada pues
quería ver si, luego de las elecciones y del triunfo de un gobierno más
abierto, ella podría regresar a su país. Tal como lo había profetizado Micaela,
Luisa ya se había cansado del frío y las noches perpetuas en Suecia. No era un
desprecio ni es que ella fuera mal agradecida, ella amaba en cierta manera su
ciudad ártica y su nieve, el café Bekväm, las noches con auroras boreales y la
calma de la gente de la ciudad; pero extrañaba a su equipo femenil de Achéron,
su estadio Granma y su habitación cálida en la casa del Gran Cabo.
La noche del miércoles, toda Achéron estaba, nuevamente, pegada al
televisor para seguir la transmisión del partido más importante de sus vidas
(otra vez). Había una energía diferente en el alma de aquella ciudad minera que
amaba tanto al fútbol, era una paz interior luego de ser campeones de copa, de
haber perdido la liga de forma miserable, de haber resucitado con el triunfo de
una paisana en unos Juegos Olímpicos, de la muerte de Camacho y de haber
librado el descenso en la última hora. El Bar de los Mineros estaba abarrotado
como indicaba el protocolo. En la tumba de Camacho había más veladoras que
nunca y la iglesia del pueblo repicó las campanas en punto de las ocho de la
noche en apoyo al Milagro Amarillo.
En el vestidor del coloso de piedra en donde se jugaría la final, Drilo
se colocaba las botas al tiempo que escuchaba hablar a Arango en las últimas
indicaciones tácticas antes de saltar al campo. Todos los jóvenes miraban a
Drilo y la seguridad del astro les transmitía a ellos mismos la fuerza para
salir al campo a morirse si era necesario. Salieron al túnel con Drilo a la
cabeza de esa línea. Tan solo pisaron la cancha, la silbatina en su contra fue
estrepitosa y la peor en muchos años en ese inmueble. La afición local se
tomaba muy en serio su papel de intimidación y de hacer pesar la camiseta
número doce.
―¡Tantas cosas por las que ha pasado este país! ¡Tantas cosas que ha
vivido este joven equipo de Achéron! ¡Y aquí estamos y aquí están ellos,
portando el estandarte de nuestro fútbol nacional ante el hecho, la
posibilidad, de poder disputar el cetro de campeón continental! ―decía el
narrador de la radio.
―Una maravilla lo del Achéron, la historia de la Cenicienta que no
termina, parece que a este equipo nunca le van a dar las doce. Juegan dinámico,
juegan con puros nacionales y aquí están. Con suerte o sin ella, con dinero o
sin dinero, no importa, nada importa, el Milagro Amarillo es más que latente
―decía por su parte, el narrador de la televisión que se estaba acostumbrando,
como todos, a que las cosas extraordinarias pasaban.
―¡Y arranca el juego! Los que mueven son los mineros de la sal y ya la
tiene el mago de magos, Drilo, camiseta número diez y principal cimiento de
estos jóvenes maravilla.
Luisa salió del entrenamiento esa tarde muy apurada hacia su casa. Casi
se resbala con el pavimento congelado, por fortuna todo quedó en un susto. Tan
solo llegó, encendió la computadora portátil que había venido incluida con la
casa y corrió a la cocina a prepararse un té caliente. Ajustó la calefacción,
alta como le gustaba. Se acomodó en su cama y puso el despertador a las seis de
la mañana y durmió hasta esa hora. No le costó ningún trabajo ponerse en pie,
preparase otro té y acomodarse en la cama, pero ahora sentada cómodamente y
reconfortada por sus cobijas y con su computadora portátil acomodada sobre sus
muslos. Buscó el partido en las transmisiones pirata de internet y se encontró
con que ninguna tenía la imagen, solo la voz de la transmisión por radio por
una cuestión de derechos de autor y una persecución policiaca cibernética de
los que se atrevieran a pasar la imagen del partido. Así, tuvo que imaginarse
la caldera hirviendo que era el estadio, los amagues de Drilo, las salvadas
milagrosas de los guardametas, las faltas y la sangre de las patadas producto
del juego duro que se vivía en la final.
A través de la radio, escuchó la lenta agonía de noventa minutos del
rival del F.C. Achéron que cerró todos los espacios, todas las puertas y todas
las opciones. Al final de un primer tiempo disputado en media cancha,
prácticamente ninguno de los dos porteros habían tocado la pelota más que para
sacar de meta.
Poco a poco, el F.C. Achéron arrinconó a su contrincante contra el
abismo insalvable de la falta de tiempo. A veinte minutos del final, en una
jugada polémica, el árbitro expulsó a uno de los defensas del Achéron por doble
amonestación, lo que hizo más terrible el final del partido. Con la expulsión,
los locales se lanzaron con mayor valor al frente y fue en ese lapso en donde
realmente si tuvieron ocasiones muy claras de marcar, pero el destino no quiso
que los de siempre ganaran otra vez y dejó para la posteridad el nombre
irrepetible en cien años de un equipo chico como campeón continental. Cuando el
cero a cero se consumó con el silbatazo final del árbitro, un estadio lleno
pero mudo, observó festejar al F.C. Achéron sobre su cancha.
Por su parte, Luisa gritó en su soledad aquel triunfo inaudito que
desafiaba el orden universal de las cosas:
―¡Achéron, campeón! ¡Libertad!
Y el grito se perdió en aquel
pequeño rincón del mundo que pocos podían pensar podía ser habitado. La misma
Luisa se preocupó más por los renos de los establos que por los propios
habitantes de Ensamhet.
Mientras tanto, lo que ocurrió en Achéron fue que ese día no fue
laboral. Los viejos lo recordaron por muchos años como el día más inusual en la
historia del pueblo con festejos sin los campeones ni copas pues el equipo
debía viajar bastantes horas antes de regresar a Achéron, cosa que solo
consiguieron hasta bien entrada la tarde. Tarde en la que presentaron a los
habitantes del pueblo reunidos en la plaza, la copa continental que le habían
robado a la lógica.
El equipo cantó y cantó toda la noche con sus fanáticos en esa plaza.
Los jugadores del club fueron declarados libres y en vacaciones por el
entrenador Arango y el viernes siguiente mucha gente no fue a trabajar de
nuevo, la fiesta duraría ese día también y hasta el domingo. Sobre la barda del
cementerio de Achéron quedó plasmada la frase más elocuente de esa ocasión
extraordinaria, estaba dedicada a los muertos de la ciudad: “¡De lo que se
perdieron!”.
Y así, el domingo hubo elecciones
en el país y aunque se realizaron de manera bastante pacífica, el resultado fue
una losa que la gente de todas partes no alcanzaba a comprender: habían ganado
los mismos.
Era claro que, era más fácil comprar las elecciones de un país que un
partido de fútbol.
La derrota más grande del miserable país derivó en una visita sorpresa
del funcionario de la ONU a Luisa, en Ensamhet. El equipo había logrado la
salvación gracias a dos goles de Luisa y uno más de otra de sus compañeras para
un resultado favorable de tres a uno. El lunes, por la mañana, el equipo debía
presentarse al estadio para despedirse y así cada cuál tomar el camino a sus
vacaciones. Luisa se había decidió esa mañana a aceptar la oferta del club
sueco por cuatro años, inspirada por la gesta continental del F.C. Achéron y
por su último gran partido. En cambio, se encontró con un estresado funcionario
que le explicó frente al presidente del equipo que el gobierno del país de
Luisa había rechazado nuevamente retirar los cargos en su contra y había
logrado una orden de aprensión. Si bien el delito de traición a la patria o el
de rebelión podían ser manejados durante meses por tribunales internacionales,
el gran problema era el cargo por posesión de drogas, de una cantidad y un tipo
de droga que no podían ser ignoradas sin más. Luisa juraba que la había tirado
al mar, que las había comprado con dinero robado de la oficina de la mina y que
jamás había consumido nada más allá de la mariguana. Nada de eso bastó. El
funcionario se presentó al martes siguiente con la justicia europea para pedir
el asilo político para Luisa, pero la policía hizo efectiva la orden de
aprensión contra Luisa antes de que
aquello se consumara. Ella llamó por teléfono a Succed tan solo vio la patrulla
fuera de su casa. Los hombres tocaron a la puerta y amablemente, le pidieron
que los acompañara. Luisa llamó al presidente del equipo y le pidió que cuidara
sus cosas, en especial…
―Usted sabe, el pedazo de oro ―le dijo.
Mientras estuvo en prisión preventiva en tierra europea, Luisa no la
pasó realmente mal salvo su preocupación de que todo iba a acabar peor. Pasó un
mes en donde fue visitada muchas veces por abogados, activistas y funcionarios
que trataban de ayudarla; ya fuera de forma voluntaria o contratados por su
club sueco. Su permiso de trabajo y su pasaporte, luego de un año, estaban
prácticamente caducados, lo que aceleró el proceso de extradición de la
futbolista a su país. Luisa dejó el viejo continente en una mañana de verano
despejada y calurosa. Nunca fue esposada ni se vistió como presa en todo ese
proceso que duró la batalla por evitar que regresara a su país. Fue hasta la
salida del aeropuerto de la Capital que le pusieron las esposas en sus muñecas.
Ese mismo día que ingresó al penal supo que ya nada volvería a ser igual. Y
todo empeoró cuando, luego de las visitas de sus abogados, la visitó Succed.
La tía trató en todo momento de mantener la entereza, de no romperse por
ver a su sobrina vestida de rea. Notó que en efecto, la habían vestido ya de
reclusa y que le habían cortado el cabello a rape porque supuestamente de esa
forma se evitarían plagas.
―¿Cómo estás? ―le preguntó Succed.
―Creo que bien. La comida es muy mala, pero hace calor, no como en
Suecia.
―¿Nadie te ha tratado mal?
―No ―contestó Luisa ―, nadie es amable, aunque tampoco me han hecho
daño.
―Escucha ―comenzó Succed a dar las malas noticias ―, no sé por qué
ocurre todo esto. Cualquier recurso que metemos nos lo rechazan. Creo que es
por la misma situación del país que sigue muy mal. La violencia se ha
incrementado luego de las elecciones. Y creo que es por eso que nos han
bloqueado todos los caminos. Quieren trasladarte a la prisión de alta
seguridad.
―Al Penal Norte ―dijo Luisa.
―Sí ―respondió con la voz seca Succed.
Luisa bajó la cabeza, parecía que iba a derrumbarse del otro lado del
vidrio.
―¿Allá no hay cancha de fútbol? ―preguntó Luisa.
A Succed le molestó la pregunta, había cosas mucho más graves que si
había cancha de fútbol o no, pero sabía que en el Penal Norte no había ni
cancha ni visitas, ese lugar de sufrimiento poco había cambiado desde la mal
llamada transición a la democracia.
―Aquí ―dijo Luisa al notar la molestia de Succed―, hay una cancha
pequeña en donde juegan algunas chicas por las tardes.
―Allá no hay nada de eso Luisa.
―¿Cuánto tiempo me queda para que me trasladen?
―El abogado me dijo que quizás tres días. ¡Están haciendo todo tan
rápido…! Esto me duele, me molesta, me…
―Tranquila ―dijo de forma calmada Luisa ―, estaré bien. ¿Quiénes saben
que estoy aquí?
―Todos. Todo el mundo.
―Entonces solo es cuestión de esperar. No podrán contra todo el mundo.
Pero el mundo, como en otros casos, no hizo nada. Cómo iban a hacer algo
por una futbolista si ni siquiera hacían absolutamente nada por países enteros
que morían de hambre o que se despedazaban por la guerra. Nadie vino en auxilio
de Luisa.
Fue notificada de su traslado una semana antes de que eso ocurriera, así
que tuvo tiempo de jugar todos esos siete días durante dos horas con aquellas
chicas de la prisión que reconocían quién era ella y por lo tanto, sabían que
compartir la cancha con Nadiani Ponzio, era un auténtico e irrepetible
privilegio.
El día del último partido antes del traslado de Luisa, el guardia les
avisó con tiempo.
―¡Quedan cinco minutos!
Luisa escuchó esa sentencia y fueron sus cinco minutos más conscientes
de juego. Se dio el gusto de anotar un último gol sobre aquella cancha de
tierra y grava. También pudo realizar un último regate. Los silbatos de los
guardias se escucharon y el juego terminó para siempre, de algún modo sabía que
aquel era su último juego y el horror se apoderó de ella. Una de las presas que
miraban el partido y que habían jugado con Luisa en esos pocos días se le
acercó y le dijo.
―Gracias por estos días, crack. Que salgas pronto de aquí y si sales
acuérdate de nosotras.
Ese agradecimiento ayudó a Luisa a controlar su desesperación. Le dio un
último beso a la pelota roída que les prestaban para jugar y se colocó en su
lugar en la fila de ingreso a la zona de celdas. Esa misma noche fue trasladada
a la sección femenil del Penal Norte.
Ahí, desde el ingreso, supo que ya no estaba más en el mundo libre, ya
no había guarderías, ni talleres de manualidades, clases de baile o visitas
conyugales. En esa cárcel de máxima seguridad, no quedaban rastros de la vida
exterior por ningún lado, lo supo desde la revisión minuciosa de su culo y
hasta por la comida que se le servía sin compañía. El único momento del día en
que podía ver (no hablar) a las otras presas era durante la hora de patio por
la tarde; también era la única hora del día en que podía ver el cielo y estar
afuera, sentir los rayos del sol o la brisa. No tenía contacto alguno con el
mundo por ningún tipo de dispositivo y los únicos que podían visitarla eran sus
abogados. Las guardias no la maltrataban si hacía todo lo que ellas le decían,
pero ni siquiera con ellas podía establecer conversaciones pues debía limitarse
a contestar si o no. El retrete dentro de la celda era otro elemento que le
recordaba a Luisa el lugar en donde estaba, eso y la ducha con agua fría. Fuera
de aquello, el lugar le parecía muy limpio y durante algunos días pensó que
realmente todas las historias que Ramos y Rosa le habían contado sobre los
horrores que las presas vivían en ese lugar, eran exageraciones. Fue el séptimo
día después de cumplir su primer mes en aquel aislamiento que supo que esas no
eran leyendas.
En el medio de la noche, en su celda donde nunca se apagaban las luces,
un guardia le pidió que saliera y la llevó hasta una habitación del penal que
parecía una bodega. Luisa pensó que la pondrían a hacer algún trabajo y se
alegró pues en su celda era prácticamente imposible realizar actividad física
más allá de lo que permitían nueve metros cuadrados ocupados por una cama y un
retrete. Sin embargo el guardia le pidió que esperara sobre una plancha de
hierro que había en el suelo. Esperó por más de una hora hasta que entraron dos
hombres vestidos de civil escoltados por dos guardias. Luisa se sentó sobre la
plancha y los miró sin saber qué ocurría. Los hombres encendieron todas las
luces de la habitación y la observaron lascivamente. Uno de ellos llevaba una
cobija en las manos. No dijeron nada, un segundo después hizo su aparición en
la habitación un personaje que Luisa reconoció de inmediato. Era el
desagradable hombre del día del estadio Merci Arena cuando Drilo había asestado
su venganza a Tanque en el partido por la final de la copa.
―¡Hace un frío del carajo aquí! ―dijo el hombre que no llevaba puesto
ningún uniforme militar, iba de civil como los otros hombres. Se colocó frente
a Luisa que a su vez se puso en pie. Se miraron ambos por un segundo.
Luisa todavía no sentía miedo. Le sostuvo la mirada al hombre aquel que
Rosa le había contado era no solo directivo de los Celestes sino de las Fuerzas
Armadas.
El hombre bajó la cabeza y comenzó a reírse discretamente.
―El pastelito que me voy a comer ―dijo con una amplia sonrisa en el
rostro demostrando que disfrutaba su momento, su triunfo; era el día en que
derrotaba para siempre a una diosa olímpica y su movimiento subversivo, el día
en que por fin podía matar a esa mosca que tantas molestias había causado.
―Dime ―comenzó a decir el hombre ―¿fácil o difícil? Oye, antes de que
contestes, no te voy a dar falsas esperanzas, fácil es nada más rapidito pero
no menos dolor, pero de que estas jodida ya estás jodida, mi reina.
Luisa le creyó. Ella misma lo sabía, ya no había esperanzas. Era el
momento de morir de una vez. Pensó un segundo su respuesta y creyó sentir el
peso de la medalla sobre su cuello, la medalla no estaba, pero su peso en oro
si lo sentía, y eso la decidió a cerrar los puños, respirar profundo y decir lo
más claro que pudo:
―Difícil.
El jefe militar, que en realidad ya no lo era pues había sido sustituido
para guardar las apariencias, rió de nuevo y lanzó una orden.
―¡Se los dije! No me decepcionó. Es una atleta. Es más hermosa que una
mujer de telenovela. Llama a los guardias.
Uno de los hombres salió de la habitación y regresó de inmediato
acompañado de cuatro guardias más de la prisión.
―¡Me la desvisten y la atan de manos! Luego la ponen en cuatro patas
―ordenó el militar.
Luisa sabía que podía librarse del personaje patético del militar que
parecía más un hombre famélico que un soldado, pero resistirse a cuatro
guardias de la prisión era un asunto muy diferente. Aun así, decidió pelear y
en ese último acto de dignidad perdió varios dientes debido a un golpe seco de
la macana de uno de los guardias contra su mandíbula.
―¡Oye, no me la maltrates!
―reclamó el militar.
Luego de cinco minutos, Luisa estaba sometida. La desvistieron por
completo, la ataron de manos y la colocaron contra la pared. El militar se bajó
los pantalones.
Luisa cerró lo más que pudo las piernas y solo otro golpe en el abdomen
de otro guardia rompió esa última resistencia. Y fue violada. El militar
terminó rápido, era un hombre casi senil y de mala salud. Pero la penetración
no era el final. Frustrado, el militar, el protector del neoliberalismo, arrebató
una de las macanas a los guardias y comenzó a golpear la espalda de Luisa.
Fueron dos minutos de dolor donde la futbolista no puedo evitar gritar y llorar
de desesperación.
Terminado el acto, el militar salió todavía furioso del lugar y alcanzó
a dar una última orden.
―¡Me la revientan como les dije!
Detrás de él salieron los guardias y quedaron solo los dos hombres de
civil que habían visto todo aquello como si de la rutina se tratara. El primero
de los hombres vestidos de civil llevaba un pantalón de vestir en marrón y una
camisa oscura, era de complexión delgada. El segundo tenía un sobre peso
notable, vestía un traje gris con saco y llevaba en la mano un mazo de esos que
se usan para tumbar paredes de ladrillo. Luisa miró el mazo y se aterró por su destino.
Pensó que era la muerte, pero era peor.
―Tranquila ―le dijo el hombre gordo al tiempo que se le acercó para
arrastrarla hasta la plancha de hierro en el centro de la habitación ―, te juro
que va a ser rápido. Ya no estamos en esos tiempos salvajes.
Luisa no dejaba de llorar y mansamente se dejó volver atar las manos.
Pensó en luchar hasta el final, en soltar golpes y mordidas hasta que sus
agresores se cansaran, pero el miedo y el dolor le paralizaron el cuerpo y le
evitaron resistir de nuevo. Recostada, desnuda y atada de manos, tenía la piel de
gallina y temblaba por el frío y la certeza del tormento. No podía decir
palabra, solo sollozaba. Entonces, el hombre delgado le pisó con fuerza su
pantorrilla izquierda cerca de su tobillo y el obeso hizo lo mismo cerca de su
rodilla. El obeso alcanzó el mazo que había colocado cerca de ahí y, antes de
disponerse a usarlo hizo una pausa y lo dejó de nuevo sobre el suelo, se quitó
el saco y solo entonces lo tomó de nuevo.
―Me da mucha pena hacer esto ―dijo el hombre obeso ―, pero debes saber
que te burlaste de personas muy cabronas. Afectaste sus intereses y por eso
ellos han pedido que te hagamos esto, para que ya dejes de estar de revoltosa.
Ustedes los chamaquitos no entienden hasta que uno les hace esto o los matan,
como a tu amiguita. A ver Maciel, písale bien.
―Con cuidado, gordo, no me vayas a dar a mí
El mazo se elevó por los aires. Luisa cerró los ojos. En el momento que
sintió el golpe gritó espantosamente, sintió claramente que su tibia y su
peroné se quebraban, escuchó el crujido de sus huesos al romperse, pero
inmediatamente no sintió dolor; este apareció unos segundos después y fue
insoportable. Ella jaló aire de forma violenta y sintió que ahora pisaban su
pantorrilla derecha. Abrió los ojos y observó nuevamente el mazo en lo más
alto… lanzó un grito y se desmayó. Ese desmayo fue un regalo de la vida para
que ella no sintiera el segundo golpe que fue todavía más salvaje.
No supo nada hasta que el dolor más intenso de su vida la despertó en la
cama de la enfermería. Se dio cuenta de que ni siquiera le habían inmovilizado
las piernas ni tenía ninguna curación. Se atrevió a mirar sus piernas y lo que
vio casi la hace desmayarse de nuevo, pudo ver sus huesos, expuestos fuera de
sus músculos. Comenzó a gritar más de desesperación que de dolor. Unos minutos después
apareció una señora de edad avanzada enfundada en un delantal que parecía más
de cocinera que de enfermera.
―¡Deja de gritar! ―le ordenó la vieja.
Luisa le suplicó.
―¡Necesito un doctor!
―Verás ―comenzó a decir la vieja con toda calma ―, el doctor no llega
hasta mañana porque hoy es domingo y tú te caíste de las escaleras el viernes
por la noche, el peor momento para caerte o enférmate.
Luisa no cabía de espanto por lo que había dicho la vieja.
―¿¡Cuánto falta para mañana?! ―preguntó desesperada.
―Pues ahorita son las tres de la tarde y el doctor llega mañana a las
nueve.
―¡No! ―suplicó Luisa ―¡No puedo esperar tanto!
―Pues tendrás que aguantar ―dijo la vieja con desdén ―, porque ni aunque
grites con todas tus fuerzas va a pasar nada. Pero ahorita yo te doy más
analgésico.
Luisa esperaba que la vieja le inyectara, en efecto, algo para el dolor;
pero la vieja apareció nuevamente ante ella con dos pastillas pequeñas y un
vaso de agua.
―¡No me deje, por favor! ―suplicó Luisa luego de tomarse las pastillas y
ver que la vieja se iba.
―Te vas a tener que aguantar porque tengo que trapear el piso. Mejor, la
próxima vez ten más cuidado y no te caigas.
Luisa lanzó un grito desgarrador que no escucharon ni los cuervos que se
paraban en los alambres de púas que coronaban los muros de la prisión.
Luego de horas de sufrimiento indecible, de alucinaciones y
prácticamente con la razón ya perdida, Luisa observó al doctor frente a ella.
―¿Ya es lunes? ―preguntó con voz suave.
El doctor no le contestó, pero levantó la sabana que cubría las piernas
de Luisa y que la vieja le había colocado la noche anterior para que “no
sintiera frío”. El amigo de Hipócrates se indignó ante el hecho y reclamó a
alguien que estaba fuera de la habitación por qué no lo habían llamado antes.
Entonces, comenzó a realizar llamadas por el celular y le inyectó a Luisa un
sedante. Entre el sopor, Luisa alcanzó a escuchar al doctor decir:
―Si quieres que se te muera una medallista olímpica en prisión y puedes
enfrentar a la prensa, adelante. Si no, ¡mándame un helicóptero de inmediato!
Pero el helicóptero nunca llegó. El doctor reacomodó los huesos de Luisa
lo mejor que pudo y le inmovilizó las piernas con métodos simples. Aplicó
curaciones sobre el resto de los hematomas severos que Luisa tenía por todo el
cuerpo. Ordenó a la vieja que a Luisa se le dieran tres raciones de comida y no
solo una. La monitoreo constantemente, pero se cuidó de no mantener
conversación con ella pues lo tenía prohibido con todas las presas. Él mismo
limpió las heridas de Luisa en esos días y la ayudó a hacer sus necesidades.
Esa era la peor parte, defecar era una tortura para la ex-seleccionada nacional
y medalla de oro.
En los días posteriores, Luisa apenas si pudo pensar en alguna cosa.
Estaba completamente desorientada y confundida al respecto de todo. Pasaba la
mayor parte del tiempo dormida y cuando estaba despierta se entretenía con sus
recuerdos de gloria. Pasó cerca de tres meses en cama y solo se movía para
hacer del baño en una bacinica que se cambiaba cada tercer día, por lo que el
hedor de sus heces y sus orines derrotados la acompañaban. Un día se atrevió a
preguntarle a la vieja que le daba de comer.
―¿Cuánto tiempo llevas aquí?
―No podemos conversar ―le respondió ella.
Y así, el silencio perduró hasta que un día se atrevió a preguntarle al
doctor.
―¿Cuándo volveré a caminar?
El doctor la miró seriamente y le indicó que todo dependía de cuánto
tardara en salir de ese lugar porque ella necesitaba una operación lo más
pronto posible para evitar que el daño fuera severo. Fue el mismo doctor el
que, al término de los tres meses, apareció frente a su cama con una silla de
ruedas. Aquel aparato no tenía nada que ver con el de Cabañas, el héroe
olímpico del triatlón, pues se miraba viejo e incómodo. Con dolor y trabajo
Luisa fue subida a la silla y la depositaron en su celda. Ella tuvo que
arreglárselas sola para hacer sus necesidades y subir y bajar de la cama.
Solamente cuando era la hora de ir afuera un guardia la ayudaba a colocarse en
su silla de ruedas. Conforme se acostumbró a esa dolorosa rutina, sin visitas
ni de sus abogados ni de nadie, perdió poco a poco la cordura y se olvidó de
quién era.

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