XXIII LA REBELIÓN


Foto del FB de Mariana Echeverria.

Luego de un año de paro en las universidades públicas, el movimiento entró en una etapa de desgaste que parecía definitiva. La puerta democrática y engañosa de las elecciones había sido cerrada. Muchas de las facciones habían comenzado a separase y a funcionar aisladas del centro del movimiento debido a que sus diferencias comenzaron a agravarse; incluso, algunos no recordaban las razones fundamentales por las que había comenzado la lucha, si eran los derechos civiles, el que se abrieran los archivos, los asesinatos de los compañeros estudiantes, los desaparecidos, la caída del régimen asesino o todo eso junto. RecetaN13 había quedado rebasada por algunos de los hechos recientes en los que la fuerza pública había sido captada infraganti, pero la impunidad de esos abusos había sido nuevamente tan abierta como cínica.
En el corazón de la Curva Sur, las mujeres que quedaban activas en la lucha perdían cada vez más los ánimos para continuar ante lo que parecía imposible y pensaban limitarse a lo que originalmente las había motivado a juntarse: la causa feminista. Ellas mismas se habían convertido en blanco de numerosos ataques de los otros grupos del conglomerado del cambio, feministas o no, que les cuestionaba directamente sobre el por qué ellas debía decidir y organizar si nadie las había nombrado líderes de nada.
Así, los analistas conservadores se llenaban la boca por televisión con pronósticos aventurados acerca de que era cuestión de días, y no de semanas, que la huelga general en las universidades publicas sería rota. De hecho, miles de jóvenes habían “decidido” comenzar a tomar clases extramuros con valor curricular que eran ofrecidas por el gobierno para aquellos que no quisieran atrasarse en sus estudios.
El movimiento se moría por dentro y por fuera, ya ni siquiera la figura de Rosa desde la tumba parecía generar la indignación suficiente para movilizar las conciencias y el pueblo parecía estar dispuesto a olvidar como lo había hecho con casi todos los demás atropellos de los que había sido víctima directa. 
Y en ese ambiente de derrota general se encontraba el país, capturado de nueva cuenta por la oligarquía de siempre, cuando una luz se asomó de nuevo en el horizonte y provenía de un lugar nuevamente inesperado.
En Achéron, luego del logro del campeonato continental, regresó el optimismo por la vida en la ciudad de la sal, pero este no duró mucho porque los recortes económicos y las acciones represivas del gobierno continuaron. Drilo había festejado el triunfo continental durante tres días consecutivos en el Bar de los Mineros y había abusado de la botella. Cuando regresó a su casa, todavía borracho, la embriaguez se le espantó de tajo al observar a su madre tirada en el suelo de la cocina. Alarmado llamó a una ambulancia y su madre llegó al hospital todavía con vida por lo que los médicos pudieron estabilizarla, pero el diagnóstico no era optimista. Drilo vivió un mes de visitas constantes a su madre que agonizaba en el hospital mientras debía reportarse a la pretemporada del equipo. La situación de su madre le dejó poco tiempo para pensar en las ofertas que se habían realizado por sus servicios luego del título continental. Tampoco hizo ya nada por recuperar su relación sentimental con Succed. La situación de Luisa, por otra parte, la tenía en el olvido. Fue su propia madre quién le recordó esas incómodas realidades.
―¿Y tu novia cómo está? ―le preguntó una vez su madre.
―¿Qué? Ya no es mi novia, mamá.
Su madre quitó la vista de su hijo y miró al techo.
―Pero, ¿tú todavía la quieres? ―le preguntó.
―Mucho.
―Entonces, ¿qué haces aquí, muchacho? Sal y díselo ―le ordenó su madre con el mismo tono de cuando lo mandaba a comprar pan para la cena siendo él un niño.
―Ya se lo he dicho, mamá, pero tiene ideas en la cabeza que no sé…
―¿Y la niña que entrenabas? ―preguntó ahora la madre sin dejar que Drilo terminara su frase.
―Se fue a las Olimpiadas, mamá. Ganó la medalla de oro, te lo dije.
―¿Y dónde está ahora? ―insistió la madre.
―Está… ―Drilo pensó muy bien su repuesta antes de terminar ―regreso al país, pero tiene algunos problemas y ahora está en la cárcel.
―¡Madre mía! ―se sorprendió la madre ―¿Y qué haces aquí? ¡Ve a ayudarla!
―Ya hay mucha gente ayudándola, mamá. Muchos abogados y gente que sabe. Yo creo que pronto la podrán sacar.
―¡Pero tú eres su entrenador! ¿Cómo me dices que tú no estás ayudándola?
La madre de Drilo murió veintiocho días después de haber ingresado al hospital. Drilo se dio cuenta que se había quedado solo en el mundo porque la familia de su padre lo consideraban a él un bastardo, y de parte de la familia de su madre todos habían muerto ya. La mañana siguiente de la muerte de su madre, Drilo fue hasta la oficina de Succed a comunicarle personalmente el deceso y la encontró a ella contenida en rabia y llanto. La sola expresión facial de Succed hizo dudar a Drilo de hablarle siquiera pues intuyó que era un pésimo momento, pero la gravedad de su noticia le pareció mucho más importante que sus miedos.
―Hola ¿estás bien? ―le preguntó desde afuera de la oficina.
Ella le contestó que no, de forma brusca.
―La mandaran a un penal de máxima seguridad ―dijo Succed luego de un rato al ver que Drilo no se iba ―. Y no sé qué más hacer. Nada sirve. Nos quieren destruir… nos quieren destruir.
Succed puso sus codos sobre su escritorio y se tomó el cabello con las manos.
Drilo terminó de entrar en la oficina y se sentó en la silla delante de ella sin atreverse a nada más.
Hubo un silencio bastante largo y Succed levantó la vista y le preguntó a Drilo a qué había venido.
Él ídolo no supo gambetear la pregunta y le comunicó lo de su madre. Succed, conmovida, se levantó de su silla dispuesta a tener una tregua.
 ―Lo siento ―dijo ella saliendo de la oficina ―¿cuándo es el funeral?
Drilo le comunicó la fecha y Succed estuvo puntual a la ceremonia a la que asistieron muy pocas personas.
Drilo siguió con su rutina y, aún invadido por el duelo, se trató de concentrar en la pretemporada del equipo. En esos días se enteró que Luisa había sido trasladada definitivamente al penal de máxima seguridad por voz de Bartolomé y esa noticia apenas si le causó algún tipo de reacción, no tenía clara la magnitud de lo que aquello significaba y solo pudo imaginar que era algo grave por el semblante depresivo que tenía Bartolomé cuando se lo dijo.
El comienzo del campeonato de liga estaba cerca y el F.C. Achéron había nuevamente vendido a algunos jugadores revelación del campeonato anterior para enfrentar las deudas de la próxima temporada. De esta forma, el cuadro base estaba todavía más disminuido. Para colmo de males, la fama de equipo problemático y contrario al régimen no se le había borrado con el tiempo y seguía sin patrocinadores importantes; además, una auditoria ordenada por el gobierno entorpecía que incluso recibieran el premio económico por haber ganado el torneo continental. Doroteo Arango parecía un roble y trataba de paliar todo aquello con el optimismo de quién navega por aguas turbulentas sabiéndose buen marinero; repetía maldiciones cada que se enteraba que otro jugador de la platilla había sido vendido, se fajaba el cinturón y salía a buscar entre las reservas a algún muchacho que tuviera las pelotas para ser jugador de primera división sin haber roto todavía el cascarón.

―Si te venden a ti, Drilo ―le dijo una vez Doroteo ―se acabó, yo renuncio. Nadie puede aguantarlo todo.
Drilo sabía que aquellas ventas tenían el motivo de pagar las deudas, que todo aquello no era justo y que pertenecía a la desgracia de un club perseguido. Era, como decía Succed: los querían destruir.
Entonces, Drilo se atrevió a regresar a la oficina de Succed para pedirle que no aceptara ninguna oferta por él, qué él se moriría con el equipo si era preciso y que pondría todo su esfuerzo en no descender y en volver a hacer un gran papel como defensores del título continental. Sin embargo la encontró nuevamente devastada, a llanto suelto sobre un mar de papeles.
―¿Qué ocurre?
―¡No puedo sacarla del Penal Norte! ¡No puedo!
El intento de consuelo del astro fue torpe y sin nada que ofrecer, hasta pareció poco sincero.
Los siguientes días, Drilo permaneció en completo estrés por tantos problemas que parecían venir, su escape era una cerveza todas las noches o una botella de ron durante el domingo. No sabía cómo ayudar en el caso de Luisa ni en ninguno de los otros problemas económicos de Succed. Entonces, una tarde en el Granma, Arango le notificó que había sido convocado a la Selección Nacional que afrontaría el primer compromiso eliminatorio con motivo de la próxima Copa del Mundo, dicho compromiso sería en el Merci Arena en una semana, por lo que Drilo debía presentarse.
―¡No te vayas a lesionar, Drilo! En dos semanas comienza la liga ―le advirtió Arango.
 Drilo notó que en el campo del Granma habría juego y le preguntó a Arango si los reservas tenían partido.
―No. Son las mujeres. Hoy es su primer partido de liga.
 Drilo se encaminó hacia la grada y vio a varias de las chicas que él había entrenado. Un sentimiento de familiaridad y buenos recuerdos le atravesaron el corazón y decidió quedarse a ver el juego.
El partido estaba por comenzar, la árbitro silbó y las de Achéron se sentaron sobre el césped, cada una en su lugar, incluyendo a la portera Serdán que hizo lo propio debajo de su arco.
Las jugadoras rivales de ese día eran las del Puerto, aunque ya no estaba con ellas Micaela. No supieron qué hacer ante algo tan inusual y de lo que no habían recibido ninguna advertencia.
La árbitro se acercó a Inés, capitana de Achéron, y le preguntó qué era lo que ocurría. La capitana respondió con toda la autoridad y respeto hacia la árbitro.
―No jugaremos. No hasta que salga de la cárcel.
La árbitro se acercó a la capitana del otro equipo y le notifico la situación. Discutieron por un momento y las del Puerto se retiraron del campo. Pero antes, la capitana de las del Puerto se acercó a Inés y le extendió la mano.
―Tienen nuestro apoyo.
La árbitro dio por terminado el encuentro y solo entonces, las jugadoras del Achéron se levantaron y salieron del campo. Drilo notó que había algunos pocos miembros de la prensa y que aquello sería conocido. Una idea le cruzó por la cabeza, la de multiplicar aquello por cien para ayudar a Luisa y salvarla de nuevo, pues como le había recordado su madre, él era su entrenador.
Esa noche, Drilo partió rumbo a la capital para integrarse a la Selección Nacional. En su cuenta de Twitter escribió un mensaje a modo de pregunta. “Si hago algo que yo sé que está bien. ¿Ustedes me apoyarían?” Las respuestas a eso fueron variadas por parte de sus contactos entre los que había miles de fans, un centenar de jugadores de la liga y algunos pocos astros extranjeros entre los que se contaba Vladímir. Fuera de ese mensaje, Drilo realizó la concentración con la Selección de la manera más normal posible, salvo que realmente se esforzó por ser incluido en el cuadro titular y salvo que evitó cruzarse y hablar con Tanque, presente también en esa convocatoria. El entrenador de la Selección, Friedman, lo observó y un día antes le dijo.
―Drilo, has hecho un gran trabajo estos tres días y tu temporada ha sido bárbara, mañana iniciarás de punta.

Drilo agradeció la confianza y sintió bastante culpa para con Friedman.
Tanque también era titular y jugaría de cinco, el mejor jugador del país llegaba recién desempacado de Europa y en el entrenamiento quedaba más que claro que estaba en otro ritmo, que jugaba a otro nivel, y sus compañeros pensaban, al verlo, que con Tanque en la cancha no podían perder nunca.
Antes de salir del vestidor, ocurrió un hecho por demás extraño. Dos policías ingresaron al vestuario y les pidieron a los jugadores, titulares y suplentes, que se levantaran las camisetas para poder observar sus torsos. Drilo se dio cuenta que el gobierno estaba preocupado por el antecedente de los Juegos Olímpicos y eso solo lo mantuvo más irritable. Friedman notó el nerviosismo de su jugador y trató de calmarlo.
―Tranquilo, Drilo. Usted no es ningún novato, bueno en copas del mundo sí, pero usted es un león que se ha comido ya al mundo. Tiene una gran carrera por delante.
Esa última frase fue la que a Drilo más dolió, sabía dentro de sí, que enterraba en una fosa muy profunda todo lo que quedaba de su carrera esa noche.
Las escuadras ingresaron al campo y la afición del abarrotado estadio Merci Arena los saludó efusivamente cual gladiadores. Ambas escuadras se formaron para la ceremonia de los himnos nacionales. Primero tocaba el turno del visitante y la afición fue respetuosa del rival y su símbolo patrio. En el momento que terminó el himno del rival, comenzó a sonar el himno nacional del país de Drilo.
Al jugador de Achéron casi se le paralizan las piernas en el momento justo. Nunca había intentado una jugada más difícil en su vida y su rostro, tenso y preocupado, lo evidenciaban. Se sentía mucho peor que cuando le había tocado cobrar el penal de último minuto que valía una liga para el Milagro Amarillo. Antes de dar un solo paso, pidió ayuda al cielo y a Dios le pidió perdón. Dio un paso, dudó. Luego dio otro y luego otro, ya no había marcha atrás. Se encaminó hacia el túnel por donde habían ingresado, el himno nacional estaba de fondo musical de aquel acto de sedición hasta que fue superado por la rechifla gigantesca por parte del respetable. En todo momento, evitó mirar al graderío. Como no tenía una medalla de oro qué quitarse del cuello, de lo que se desprendió fue de la camiseta de la selección.
Friedman lo interceptó entre la zona técnica y la salida al túnel.
―¡¿Qué haces, maldito?!
Drilo no le contestó y se encontró con que los guardias le cerraban el paso.
―¿A dónde va, señor Drilo? ―le preguntó el policía.
―Al vestuario ―respondió él con la voz más firme que pudo.
―Vaya ―respondió el jefe de la policía ―, cámbiese y póngase ropa cómoda. Lo esperaremos afuera, usted sabe a dónde iremos.
Drilo caminó por ese túnel como si su cuerpo estuviera en estado de descomposición y se lo estuvieran cenando los gusanos. A partir de ahí, no sabía qué es lo pasaría, no había planeado nada más allá de salir del acto de desacato. Aquella acción era como cualquiera de sus regates, si salía un defensa a hacer la cobertura ya habría tiempo para hacer otra cosa; pero en esta ocasión, ni siquiera tenía un discurso preparado para la prensa o para las autoridades que lo arrestarían. Y fue en ese trayecto en el que escuchó otra vez la rechifla del estadio Merci Arena. Ingresó al vestidor y no cerró la puerta, unos segundos después entró Tanque al vestuario y encontró a Drilo sentado en una de las bancas del mismo. Ambos se miraron por un momento. No supieron que decirse esos dos enemigos mortales.
―¿Es por ella? ―se atrevió a preguntar finalmente Tanque.
―Sí ―respondió Drilo que entendía que Tanque no estaba ahí para ordenarle que regresara al campo.
Tanque se sentó a un costado del delantero sin decir nada. Era como si el universo se hubiese vuelto loco por completo, Tanque apoyaba a Drilo en una cuestión que no había sido planeada, o al menos eso pensaba Drilo.

Lo cierto era que Tanque, por sus propios medios, había logrado algo que muy pocos futbolistas en el mundo conseguían: el equilibrio entre el fútbol y el saber. Por su origen de clase media alta, Tanque se había ahorrado la romántica historia del futbolista de origen humilde que tenía al deporte de las patadas como vía de escape de la pobreza; y en cambio, había aprendido la importancia de la preparación no solo del cuerpo sino de la mente. Por ello, era uno de esos raros futbolistas con un título universitario. Era un amante de las ideas ilustradas y del liberalismo, pero aceptaba que quizás lo que el mundo necesitaba era una buena dosis de comunismo para poder romper las diferentes formas de explotación a la que eran sometidas todas las personas, incluidos los futbolistas del mundo. Así, en Tanque comenzó a surgir, desde hacía varios años, la necesidad de crear un sindicato de futbolistas, o refundarlo pues si los había habido en el pasado. También, alcanzaba a comprender que los problemas de su país iban mucho más allá que el deporte y se extendían oscuramente en los campos político y económico. Esta conciencia hizo que él sintiera afinidad por las demandas de la Curva Sur cuando estas fueron claras. De esa forma, apoyó a Luisa con su tweet y por ello también, ahora estaba sentado a un lado de Drilo, en apoyo a aquello que era un intento, calculado o no, por lograr la liberación de Luisa.
Por el túnel comenzó a escucharse el tumulto. Uno a uno ingresaron los jugadores que después de Tanque se animaron a romper la fila. El primero fue Naren, la joya, Roy, interior izquierdo del Royal City.
―¡Qué pelotas tienes, Drilo! ―le dijo al tiempo que se acercaba y le daba una palmada en la espalda.
El resto de los jugadores dijeron frases similares al entrar y ver a Drilo. Parecía que hubieran ganado el partido. Friedman no se apareció. En cambio, la prensa quería ingresar a toda costa.
―¡Afuera está lleno de policías! ―dijo José Mariátegui defensor de la Roja que ya había cerrado la puerta del vestidor con seguro ― ¿Alguien sabe qué vamos a hacer?

En el vestidor había nueve jugadores además de Drilo y Tanque, todos jugaban en el país excepto Tanque. No había ningún jugador de los Celestes, pero si cuatro de la Roja. Todos eran líderes en sus equipos y base en la Selección, no eran novatos.
―Hay que redactar un pliego de peticiones ―indicó Tanque ―. La primera de ellas es que no debe haber ningún jugador de fútbol preso y la que ya lo está debe ser liberada de inmediato. Si esa demanda no se cumple llamaremos a huelga de jugadores.
―También ―agregó la joya Roy ―, deben dejarnos formar un sindicato de jugadores, que eso ya no esté prohibido.
Y así, el pliego petitorio de aquellos once seleccionados comenzó a redactarse como si se tratara de una nueva constitución para el país. Desde afuera, algunas personas golpeaban la puerta del vestidor y exigían entrar.
―¿Quién es? ―pregunto ya harto del ruido de los golpes, el defensor José Mariátegui.
―Soy yo ―respondió uno de los jugadores que habían quedado afuera.
―¿Y tú qué quieres, Bruno? ―le preguntó Cendejas.
―Solo quiero pasar por mis cosas.
―¡Pues vete a parir marranos, hijo del sistema! ―le gritó Roy.
―Mira ―le contestó Bruno ―, deja que los otros muchachos y la gente del club saquen sus cosas. Ellos no tienen bando aquí.
―¡Si no tienes bando estás con el poder, Bruno! ―le gritó despectivamente Cendejas.
Tanque le permitió ingresar y le pidió que sirviera de mensajero para decir que darían una conferencia en dos horas a las puertas del vestidor y que ninguno de los jugadores saldría del estadio si no se garantizaba que no serían detenidos. También, le pidió cinco pizzas para cenar. Bruno, suplente de Drilo esa noche, aceptó realizar esa tarea e hizo tres viajes afuera del vestidor para sacar las cosas del resto de los jugadores del equipo que no participaban en aquella locura del vestuario sitiado.
―Hay muchos policías afuera, por favor piénsenlo bien ―les advirtió Bruno antes de salir a dar los anuncios.
Tanque ordenó a otro jugador, Cayetano Carpio, que comunicara por sus redes sociales todo lo que ocurría dentro del vestidor. Le pidió además grabar y tomar fotografías que pronto comenzaron a dar la vuelta al mundo pues aquello era algo nuevo y bastante grave si se consideraba que era un partido válido por las eliminatorias para la Copa del Mundo.
Bruno tocó la puerta del vestidor nuevamente.
―Ya el jefe de la policía tiene su mensaje. Quiere saber cuáles son sus planes y qué es lo que quieren.
―¡En una hora, jodido, en una hora! ―le gritó Roy con la pluma en mano.
―También, otras personas quieren entrar ―terminó Bruno ―los utileros que quieren unírseles y el capitán del equipo contrario.
―¿El capitán? ―dijo asombrado Drilo.
Tanque aceptó que se les dejara pasar. El capitán de la selección a la que enfrentarían esa noche les habló abiertamente mientras Cayetano no dejaba de transmitir en vivo.
―Los apoyamos, colegas. Desde mi tierra, en donde también tenemos nuestros problemas, les digo que en nosotros tienen un aliado y que esto vale mucho más que las eliminatorias por el Mundial. Y también exigimos que se libere a la colega que está en la cárcel. ¡Ningún jugador debe estar en la cárcel por sus ideas políticas! ¡Libertad!
Aquellas palabras animaron aún más a los insurgentes sitiados en el Merci Arena. Una hora después tenían listo el pliego de peticiones y además no solo lo firmaban los que estaban dentro sino varios jugadores más de la liga que habían mostrado su acuerdo a través de las redes sociales.
La conferencia de prensa se dio hasta las dos de la mañana, luego de varias negociaciones. Los jugadores, a través de Tanque se dirigieron a la nación. Primero pidieron disculpas a la afición que había pagado un boleto esa noche y juraron compensarles alguna vez el inconveniente. Después, Tanque enumeró uno a uno los doce puntos de su pliego de peticiones en el que la petición número uno era la puesta en libertad de Luisa Michel Nadiani Ponzio, el plazo para la huelga general quedó planteado en una semana si Luisa no era liberada. Luego, cara a cara acordó con el jefe de la policía de la ciudad que ninguno de los jugadores seria detenido pues no habían cometido ningún delito grave.
―Ya está ―le dijo Tanque a sus ahora compañeros de lucha ―, vayan a sus casas, con sus familias. Cayetano, tú convoca a una junta general de jugadores en mi casa para dentro de tres días.
Esa noche, las pocas mujeres de la Curva Sur que quedaban, estaban reunidas en la casa de una de ellas para plantearse la disolución del movimiento y ni ellas mismas podían soportar el ambiente de desmotivación general que las tenía presas. Entonces, una de las mujeres llegó tarde a esa reunión y les avisó jubilosa tan solo entró a la habitación.
―¡La Selección no jugó!
―¿Y eso qué? ―preguntó una sin encontrar ninguna relación.
―¡Se salieron del campo mientras se tocaba el himno nacional!
La sorpresa fue generalizada y el tema de la reunión dio un giro de ciento ochenta grados. Cada una hurgó en el internet los vídeos donde aquel hecho hubiera quedado registrado y había miles de ellos al respecto. La prensa nacional guardó discreción con lo que ocurría en el Merci Arena, pero la prensa internacional estaba desatada junto con las redes sociales, y todos entendían las razones de esa protesta tan inesperada por parte de uno de los gremios más agachados en la historia de la humanidad. Así, Tanque encajaba perfectamente con el estereotipo de Espartaco y al ser uno de los mejores jugadores del mundo en ese momento, la bomba mediática estalló.
El pliego de peticiones fue firmado por centenares de jugadores por todo el mundo a través de las redes sociales. Otros miles mostraron su apoyo con la frase de “Si, libertad” y el hashtag de #SiLibertad se volvió pandémico. El tema en todos los programas deportivos de análisis alrededor del mundo eran los jugadores inconformes y sus protestas, todos los exjugadores analistas deportivos se mostraron afines a la causa y las figuras retiradas del fútbol mundial también mandaron frases de aliento al movimiento y a Nadiani Ponzio.  Deportistas de otras disciplinas, incluyendo a un clavadista de reciente participación en los Juegos Olímpicos y al medalla de bronce en los Juegos Paralímpicos, Cabañas, mostraron abiertamente su simpatía a la causa y expresaron palabras de ánimo para Luisa.
En los partidos del día siguiente por las eliminatorias del mundial por todo el mundo, varias selecciones salieron con mantas con mensajes de apoyo a la rebelión futbolera. Algunos equipos incluso, no jugaron el primer minuto de sus encuentros, quedándose los veintidós jugadores sin moverse, tal y como había hecho el Achéron femenil, cuyo acto fue también rescatado del anonimato y fue puesto sobre la ola de la protesta de los futbolistas. Fue igual en el comienzo de las ligas por todo el mundo, femeniles o varoniles, ya fueran los equipos o sus grupos de animación o barras bravas. Incluso, el club sueco Ensamhet, en sus dos ramas, decidió perder sus primeros partidos de la primera fecha para pedir la liberación de la que había sido su jugadora. La que no inició fue la Primera División Nacional del país, porque luego de una semana sin respuesta por parte de los directivos que solo le daban vuelta al asunto, los jugadores adscritos al movimiento, acordaron la Huelga General de Jugadores, al tratarse de más de la mitad de los agremiados, la Primera División y su liga de ascenso, no jugaron. Las categorías de más abajo fueron animadas a continuar sus torneos pues sus salarios eran tan bajos que se podía decir que vivían de por vida en paro. La que tampoco continuó fue la Liga Nacional Femenil de las que varias de sus jugadoras se unieron al movimiento, ahí el noventa por ciento de las jugadoras estaban unidas y también crearon su propio sindicato. Desde el fondo de la oscuridad del Penal Norte, Luisa no podía imaginarse tal reacción y lucha por su libertad, de eso solo sabría años después cuando ya libre, Drilo le contó todo lo que hubo que hacer para que la liberaran.
La Curva Sur convocó a una marcha para el primer día en que no había juegos de fútbol. Las organizaciones que se había separado regresaron y esta vez la noticia impresionante fue que el comité de huelga de los jugadores se adscribió a marchar. En el momento en que los jugadores confirmaron su presencia en la protesta, los líderes de las barras de los equipos anunciaron que también asistirían con sus grupos de apoyo. Solo faltaban de confirmar los de la barra Celeste y Tanque negoció con ellos su participación, pues el jugador sabía que no todos los aficionados celestes eran unos cabezas duras neoconservadores y fascistas. De esa forma, logró que algunas de las barras celestes participaran. El sindicato de trabajadores de Achéron, por supuesto, también viajó a la capital para marchar detrás de la Abuela Mayor del sindicato que era además la abuela de la futbolista presa.
Y la marcha fue un espejismo de agua en el desierto más seco del mundo. Los líderes de las organizaciones marcharon al frente tomados de las manos. Detrás de ellos estaban los jugadores, ídolos de la afición, en un papel completamente nuevo para ellos que nunca reclamaban nada; detrás, las barras bravas con sus canticos, banderas y bengalas, y detrás de ellos los estudiantes y luchadores sociales. El canto de “el pueblo unido jamás será vencido” tomó una nueva dimensión al estar presentes los gladiadores del coliseo, ahora el gobierno ya solo podía ofrecer pan y no circo, y quizá, ni eso.
―¡Los jugadores al frente! ―gritaban los líderes de las organizaciones que sabían del poder mediático de los aliados que ahora estaban de su lado.
La marcha no fue interrumpida ni por los grupos de choque ni por la policía antimotines, al gobierno le valía más una marcha pacífica que el que sus principales “figuras de acción”, es decir, los jugadores de fútbol, salieran heridos o muertos como los estudiantes de las marchas anteriores. Por otra parte, los ojos del mundo estaban puestos en esos hechos y la marcha obligó al gobierno que iba a tomar posesión en un mes y medio, a considerar varias de las peticiones de los manifestantes. Pero esas promesas no fueron suficientes para los descontentos, el asunto de Luisa Nadiani, al que se juntaron el caso de otras diecinueve mujeres y cincuenta y dos hombres en condición de presos políticos, era simplemente ignorado por los altos mandos bajo el argumento de que en esos casos se debía actuar conforme a la ley, una ley fabricada durante décadas para culpar al inocente y dejar libre al criminal. De esa forma, la huelga de jugadores se alargó hasta noviembre y se dio por cancelada la temporada regular de fútbol de ese año, mientras que en el torneo continental, el lugar del Achéron fue ocupado por un club de otro país que, en homenaje a los huelguistas, jugaron uno de sus partidos con los colores de la camiseta del club al que suplantaban. Fue en ese ambiente adverso para los gobernantes, el peor quizás desde que habían estallado las protestas, que se dio el permiso extraoficial de visitas de familiares en los penales de máxima seguridad para todos los presos, incluso para los que estaban ahí por delitos comprobados y que, en realidad, eran los menos.
El privilegio logrado por la huelga fue descartado por Luisa que no estaba ya en este mundo sino en el que cabía apenas en su cabeza perturbada por el dolor. Cuando los guardias intentaron llevarla a la sala de visitas en donde la esperaban Succed y Drilo, ella forcejeó para no salir de su celda pues pensaba que le querían romper más huesos. Sin muchos ánimos de obligarla, los guardias la dejaron en paz y notificaron a la dueña de la mina y al jugador renegado que la chica no quería verlos.
El gobierno pensó que si cedía un poco podría negociar con los huelguistas, pero se encontró con que dicha actitud hizo que los manifestantes exigieran con más fuerza, entre otras cosas, abrir los archivos clasificados. Fue entonces que a alguno de los empresarios del régimen se le ocurrió una medida simple que hasta ese momento no habían intentado: corromper a los líderes del movimiento.
Primero, establecieron medidas fiscales represivas contra los jugadores, que a diferencia de los estudiantes si tenían bastante que perder en ese terreno. En el caso de Drilo tenían varios frentes por el cual atacarlo. El primero fue el cierre definitivo de la mina y la expropiación del F.C. Achéron por falta de liquidez, eso dejaba a Succed completamente en bancarrota, endeudada por los honorarios de los múltiples abogados que habían atendido el caso de Luisa sin éxito; perdió incluso la propiedad de la casa del Gran Cabo y el Granma. Por su parte, a Drilo, le cobraron onerosos impuestos por todos sus excesos cometidos durante su embrutecimiento con la fama y el alcohol, si bien el jugador no estaba quebrado, no iba a pasar mucho para estarlo pues no cobraba salario alguno. Y así, varios de los jugadores se vieron con el agua al cuello.
Tanque intentó ayudar a la mayor parte dándoles parte de su fortuna para que ellos pudieran comer, pero incluso la resistencia del astro mundial no podría ser eterna.
Tanque y el resto de los líderes pensaban aplicar medidas más extremas pues el gobierno los tenía sitiados en la precariedad y el hastío del paro. Pero, fue entonces que el gobierno atacó al grupo por su lado más débil.
En el Bar de los Mineros, Drilo hablaba con ese representante, un buitre de muchos años de experiencia que manejaba como reses a gran cantidad de jugadores en el continente. Ese hombre de talante corrompido era el mensajero del dinero que tentó a Drilo.
―Piénsalo, Drilo ―le decía ―, estamos hablando del mejor equipo del mundo, la casa blanca. Tu traspaso será el más caro en la historia y tu salario y tu parte de la transacción será tan onerosa que cagarás dinero. Ya eres un jugador libre, no hay un club que te quite nada, el Achéron ya no existe. Serás millonario Drilo, y dime, ¿no necesitas ese dinero para pagarle la mejor defensa y abogados a tu sobrina que está presa?
―No es mi sobrina…
―Si te casas con la Nadiani mayor si lo será. Y tendrás dinero para una boda como ella se merece. Vivirán sin penas, en una buena casa, lejos de este país.
―¿Qué tendría que hacer?
―Fácil, tú solamente di que por tu parte, rompes la huelga pues necesitas rescatar a tu sobrina o como le llames. La gente lo entenderá.
Cuando Tanque se enteró de la traición de Drilo una parte de su fe en un mundo mejor se fue por la coladera. Fue Roy el que le dijo que, por televisión y con bombo y platillo, Drilo anunciaba a todos su fichaje al fútbol europeo en una transacción récord para el mercado de piernas. Tanque manejaba su coche de camino de recoger a su pequeña hija de la escuela cuando frenó de tajo y casi provoca un accidente. Supo que ese era el final, pero pensó que tenía derecho a una última queja. Luego de dejar a su hija en casa, manejó hasta el restaurante en el que Roy le había dicho se había realizado la rueda de prensa. Todavía Drilo estaba ahí. Tanque se abrió paso entre los reporteros que lo reconocían y al encontrar a Drilo, le asestó un puñetazo brutal en el rostro y le gritó:
―¿¡Qué crees qué estás haciendo, imbécil?!
Drilo no se levantó. Estaba noqueado. Se quedó en el suelo y la sangre ya corría por su rostro.
―¡Has firmado ―continuó Tanque ―la cadena perpetua de Luisa! ¡Ellos jamás te van a dar lo que te prometieron!
Y se largó entre empujones de los reporteros que se cruzaban en su camino. El jugador más importante en la historia del fútbol de su país se subió a su automóvil último modelo y se fue. La televisión repitió esa escena una y otra vez y la comparó con los otros dos enfrentamientos directos que Drilo y Tanque habían tenido en la trayectoria convulsa de ambos. En los programas menos serios se votaba por cuál había sido la pelea más intensa entre Drilo y Tanque.
En la semana en la que Drilo se fue a Europa, otros tres jugadores de importancia en la huelga firmaron contratos con clubes de más bajo calibre, pero también en el fútbol del viejo continente. Los jugadores de menor renombre que observaron eso preguntaron a Tanque qué era lo que debían hacer.
―No podemos prohibirle a ningún jugador que haga lo que más convenga a sus intereses particulares para darle de comer a su familia. Cada quien es libre de hacer lo que crea que es mejor para su situación. Que la historia los juzgue, que la historia nos juzgue a todos ―dijo Tanque en un vídeo en sus redes sociales.
Y, a los pocos días los dueños del dinero aparecieron cual zopilotes y tuvieron la brillante idea de eliminar los torneros largos para sustituirlos por torneos cortos, a una sola vuelta, el primero de los cuales comenzaría en enero, se inventaron la multipropiedad y eliminaron el descenso y ascenso por un lapso de cuatro años para “proteger sus inversiones”. Se procedió de peor forma con la liga femenil que fue cancelada con el argumento de que no generaba ganancias económicas suficientes. Así, la huelga de jugadores fue rota. Los únicos que no abandonaron la lucha fueron Tanque, Roy, José Mariátegui y Cayetano además de las mujeres de la extinta Liga Femenil Nacional. La revolución de los futbolistas había durado menos que un suspiro, pero había logrado reavivar a los estudiantes y había aparecido como revulsivo para reagrupar a los verdaderos revolucionarios, los de siempre y los nuevos por vocación y dignidad. La lucha no había muerto.
Cuando Succed se enteró de que Drilo había aceptado la millonaria oferta del gobierno para traspasarlo al fútbol europeo, sintió vergüenza. Luego de un largo periodo de creer que lo que los manifestantes pedían en sus marchas era una exageración, ella pasó de tajo a sentirse acorralada por una fuerza perversa que quería destruirla. El haber encontrado a su hermano Marcos le generó dudas para las que no tenía respuesta: ¿si su hermano había sido un criminal, no debía, antes que todo, ser juzgado por sus crímenes y pagar por ello en la cárcel y no con la tortura y la muerte? Cuando Luisa tiró al suelo la medalla olímpica, Succed no estaba frente al televisor, sino que había viajado a la capital para reunirse con la familia de Rosa, no solo se trataba de la amiga de Luisa, sino que Rosa había sido parte del Achéron femenil (al menos por un corto tiempo). Así, la familia de Rosa fueron quienes le informaron lo que Luisa había hecho en la premiación de los Juegos. Cuando pocas horas después le notificaron que Luisa había sido acusada de traición a la patria y rebelión, sintió que el mundo se derrumbaba, era demasiado. Asistió al entierro de Rosa con el ánimo ya erosionado. En medio de aquello, se enteró de que la vida le abría la puerta a Luisa para jugar en Suecia, pero no se durmió en sus laureles y se decidió a defender a su sobrina contra los cargos que día a día, semana  a semana, la fiscalía le fabricaba a Luisa. Todo se rompió cuando, después de un año de tribunales, papeles, sentencias y apelaciones, la extradición de Luisa se consumó. Hizo berrinches en la cara de guardias y policías, enfrente de jueces y abogados, y hasta en la soledad de su oficina reclamaba a la vida por tantos infortunios y esfuerzos infructuosos. A la mala se dio cuenta de que las leyes en su país no estaban para defenderla a ella ni a nadie que no pudiera pagar un alto costo por sus libertades. La huelga de los jugadores detonada por Drilo hizo que le volviera el alma al cuerpo y se llenó de fuerzas para volver otra vez a la carga con los abogados. En el momento que le quitaron la mina y sus bienes, no se sintió derrotada, al contrario, se sintió más fuerte para, esta vez sin nada más que perder, luchar abiertamente contra sus opresores. En esa guerra se sentía cómoda con el apoyo del Sindicato Minero y de los jugadores de fútbol, así que más temprano que tarde, realizó alianzas con Ni Uno Más. Gracias a su experiencia en el mundo empresarial, conocía gente de negocios cuya ideología empataba con el movimiento de protestas y ofreció a las organizaciones subversivas el apoyo moral y económico de esa clase alta que también deseaba un cambio de rumbo. Esa alianza abrió las puertas para realmente considerar un cambio en lo político y así crear un partido de oposición al régimen. Eso asustó demasiado a los dueños del dinero y del poder, pero, sin saberlo, Drilo hizo su pacto con el capital y destruyó todos los esfuerzos.
Drilo llamó a Succed para indicarle que con el dinero que ganaría en su nuevo club ya no tendrían que preocuparse porque les hubiesen cerrado la mina o por pagar los honorarios de los abogados que llevaban el caso de Luisa. Ella le espetó su repudio a lo que había hecho sin consultarla primero, pues sentía que él había traicionado a la gente que hasta ese momento había logrado llevar la balanza del lado de la liberación de Luisa y del país. Entre la rabia por la frustración terminó diciéndole.
―Te ofrecieron eso porque estaban desesperados. No quiero volver a verte nunca más, ni a ti ni a tu dinero. Eres un cobarde, siempre lo fuiste. Te desprecio.

Y le colgó. Drilo se sintió destruido. En efecto, ahora tenía dinero, mucho, pero ya no tenía madre, no tenía a Succed, ni tenía de socio en la delantera a Vladímir ni a nadie que le dijera qué hacer como Camacho; no tenía ya el apoyo de la gente y sus compañeros de profesión que ahora lo repudiaban, Drilo se había quedado sin nada y la única persona que le quedaba en ese mundo era Luisa. Si salvaba a Luisa, pensaba, podía recuperar a Succed y todo lo demás, pero la vida se reía de los planes de Drilo.
Una semana después de que Drilo se fue a Europa, Succed y el tío Otulio viajaban a la capital para dar una entrevista a una cadena de televisión internacional. Pensaban dar su versión acerca del caso de Luisa, de la mina y del F.C. Achéron. Esa conversación en vivo por televisión representaba otra roca más en el peso muerto que el gobierno recién electo llevaba a cuestas. Iban en el único automóvil de la familia que no habían vendido y el tío manejaba. Entonces, se encontraron con una fila de automóviles que avanzaba lentamente por la carretera de dos carriles a la capital. Era de noche y la lluvia era copiosa. Luego de treinta minutos a marcha lenta, llegaron hasta lo que parecía ser un retén policiaco. Un joven oficial le pidió al Tío Otulio que bajara el cristal de su ventanilla y les pidió que le mostraran sus identificaciones a lo que los pasajeros del automóvil no se negaron. Luego de observar las identificaciones de ambos, le preguntó a Succed:
―¿Usted es Succed Nadiani?
―Así es ―respondió Succed ― ¿Qué es lo que ocurre? ¿Un accidente?
El oficial la miró a los ojos y le respondió que la situación era de otro tipo. Los automóviles de adelante continuaron su marcha, pero el joven oficial no les autorizaba el paso a los de Achéron. Hizo algunas llamadas por radio y les pidió nuevamente que bajaran la ventanilla.
―Voy a pedirles que bajen del automóvil un momento, por favor ―les pidió el oficial.
―¿¡Qué?! ¿¡De qué habla!?, está lloviendo afuera ―reclamó Succed.

―Solo es por un momento, por favor. Pueden refugiarse de la lluvia dentro de la van que está enfrente. Por favor, necesitamos revisar su automóvil por su propia seguridad.
―¿De qué habla? ―preguntó incrédulo y bastante molesto el Tío Otulio.
Succed trató de visualizar la situación. Decidió que no eran tiempos para faltarle el respeto a alguna autoridad y que los arrestarán por una tontería. Calmó al tío Otulio y ella fue la primera en descender del automóvil. Siguieron el consejo del policía y se subieron a una van que tenía la puerta abierta. No había nadie más a bordo.
―¿Qué opinas, primo? ―le pregunto Succed.
―Esto no me gusta nada ―respondió el tío Otulio.
El policía siguió en su labor de detener a los automóviles. Entonces, llegaron cinco hombres vestidos de civil y armados hasta la van donde se refugiaban Succed y el Tío Otulio.
Succed los vio solamente hasta que ellos habían ya abordado el vehículo.
―¿Quiénes son ustedes? ―preguntó ella sin obtener respuesta.
Uno de los hombres se subió en la parte trasera del vehículo y les mostró el arma. Succed gritó auxilio al joven policía que detenía el tráfico, pero su expresión fue de terror cuando lo vio abordar la van en el asiento del pasajero. Alcanzó a observar que tres de los hombres que habían quedado afuera, abordaron su automóvil, dieron vuelta en U y todo el tráfico que se había acumulado por el retén se diluyó.
―¡Oigan, se robaron nuestro auto! ―reclamó el Tío Otulio.
Con la carretera despejada, la van comenzó a avanzar.
Algo dentro de la ex dueña de la mina le indicó que el final de sus horas estaba cerca, fue en ese momento que por alguna razón desconocida, recordó sus días en el colegio privado de Achéron, su paso por la universidad y su primer novio, su tiempo hedonista en Europa y su regreso luego de la muerte del Gran Cabo, los días interminables en su oficina y los días finitos de domingo que había partido en el Granma. El miedo la hizo reaccionar. De manera desesperada intentó quitarle el arma al tipo que viajaba con ellos en la parte trasera y el tío Otulio también se abalanzó sobre él en cuanto vio que Succed hacía un último intento de escape.
El conductor se detuvo y se bajó a abrir la puerta trasera de la van y, al abrirla, le disparó al tío Otulio en la cabeza con un certero disparo que dejó a su compañero paralizado del susto.
Con la puerta abierta, Succed logró salir de la van y comenzó a correr lo más rápido que pudo.
El joven policía que los había detenido en el retén se apostó sobre el cofre de la van para tener apoyo y apuntar mejor su arma.
Succed avanzó quizás unos diez metros antes de sufrir un dolor intenso en su costado derecho que la tumbó al suelo. Cayó de bruces y sintió el sabor del barro mojado en su boca, algo de último momento la reconfortó y le dibujó una leve sonrisa en su rostro. Un segundo después, expiró.

Drilo acababa de ser presentado en el estadio de la casa blanca como el fichaje estrella del club más importante del mundo en el momento en que recibió una llamada a su teléfono. Pidió a los directivos y a la prensa que lo disculparan un momento y se apartó un poco del barullo para contestar.
―Sí, diga.
―Drilo. Soy yo. Ramón.
―¡Ey, Ramón, amigo!
―Drilo. Succed no aparece. Su automóvil fue encontrado ayer desbarrancado en la carretera.
A Drilo se le heló la sangre al escuchar aquello. Ramón trató de explicar los detalles lo mejor que pudo. Le pidió al astro regresar de inmediato a Achéron, pero Drilo le contestó que no podía.
―Está bien. Comprendo. Te avisaré si sabemos algo.
Y le colgó.
Drilo se quedó en medio del espanto. Lo del coche desbarrancado era el elemento que le indicaba que a Succed le habían hecho lo que le hacían a la gente de su país cuando estorbaban en los intereses económicos de los dueños del poder. La desesperación que sintió después hizo que las personas que estaban con él en aquella presentación notarán que algo no estaba bien. Le preguntaron qué ocurría y el astro recién contratado pidió permiso para ir al baño como si fuera un niño. Sobre un retrete, lloró desolado la suerte de Succed y se sintió devastado por la culpa. Cuando salió del baño, ya era de noche. Lo único que se le ocurrió fue acceder al graderío del estadio, al segundo o tercer piso, para desde ahí arrojarse al vacío. Buscó la entrada, pero todos los acceso de aquel inmueble histórico estaban cerrados. Y entonces, observó que uno de los guardias del estadio no estaba en su puesto, pero si su chaqueta y lo que parecía un arma de fuego. Lo que sobraba del futbolista tomó el arma y se apuntó a la cabeza, pero escuchó ruidos y decidió huir con el arma en mano. Regresó a la cancha en donde todavía estaban colocados los anuncios publicitarios que habían servido de fondo durante su presentación. Caminó hasta el centro del campo entre la oscuridad y la confianza de estar completamente solo para consumar su cobarde huida del mundo. Se volvió a apuntar a la cabeza con el arma y casi aprieta el gatillo.
―¿Qué hace? ―pregunto un hombre frente a él.
El tipo vestía pantalones cortos y una chaqueta oscura. Se miraba joven aunque la calvicie prematura le daba un aire de madurez.
Drilo apuntó el arma en contra del hombre que le hablaba y le advirtió que no se acercara.
―Tranquilo, yo solo cuido mi cancha ―respondió el hombre con extraña calma.
―¡Vete de aquí! ―le gritó Drilo.
El hombre no perdió el semblante calmado.
―Oiga ―le dijo al astro del balompié ―, no me importa lo que vaya a hacer, pero no se mate aquí, por favor. Esto es un campo de fútbol, mi campo. Me va a dejar usted un desastre que no se va poder limpiar antes de la práctica de mañana.
Drilo estaba fastidiado.

―Además ―continuó el hombre ― Si usted se mata ¿quién sacará a la niña de la cárcel?
Y Drilo recordó entonces a Luisa. Acto seguido, se tiró de rodillas sobre el césped y lanzó un grito de espantoso dolor. Advertidos por el grito, llegaron varios elementos de seguridad. Le apuntaron y le exigieron que soltara el arma.
Desolado, Drilo arrojó el arma al suelo. Los elementos de seguridad le apresaron. Ya en la oficina del presidente del club, Drilo fue liberado y llevado a un hospital. Explicó una y otra vez que su novia había sido asesinada pero eso no le bastó a sus nuevos patrones que de inmediato pensaron que no habían fichado a ningún guerrillero sino a un loco. 
Así, Drilo vivió el colapso de tener un ser querido desaparecido, en otro país del mundo y ganando una enorme cantidad de dinero. Decidió tragarse todo su dolor y terminar lo que había comenzado. Cada juego suyo era una prosa simple en un equipo que exigía filigranas y mucho barroco además de triunfos y campeonatos. Pronto se vertieron todas las críticas acerca de que no tenía el nivel que se requería para estar en el mejor club del mundo. Los comentaristas de televisión de aquel país lo notaban triste y melancólico y no veían en él al partisano que habían visto durante la gesta del torneo continental ni en la rebelión de los futbolistas de los meses anteriores. Aun así, dejó algunas pocas pinceladas y postales de belleza exquisita, pero eso no le alcanzó ni siquiera para anotar un solo gol en ese semestre europeo. Así, a las primeras de cambio, el mejor club del mundo rompió su contrato por dos años y lo cedió en préstamo a un club menor. En esos seis meses que duró como jugador galáctico, Drilo pudo volver a pagar a los abogados que llevaban el caso de Luisa y contrató a otros que encontraran a Succed y al tío Otulio. En esos meses también buscó al hombre que le había evitado el suicidio aquella noche sobre la cancha pero nunca lo encontró. Preguntó a todos los empleados del club sin que ninguno pudiera darle razón de alguien con esas características. Finalmente, un guardia de seguridad le mostró un vídeo muy particular tomado por las cámaras de seguridad en donde se observaba a Drilo en medio de su crisis suicida.
―Usted estaba con nadie, señor Drilo ―le dijo el guardia y Drilo decidió olvidar el asunto para siempre.
Su fortuna se esfumó y la recuperó en otro movimiento fortuito del destino cuando un jeque le ofreció jugar un año en su equipo sostenido por millones de barriles de petróleo, incluso le pagó mucho más que lo que cobraba en el mejor club del mundo y así pudo sostener la batalla legal en el país de los sobornos. Luego de tres temporadas en el fútbol extranjero, Drilo regresó a su patria con la novedad de que el Achéron F.C. no existía, Succed seguía desaparecida y Luisa seguía presa. Tres años de millonario y tres años solo.

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