Ramón aparcó su viejo automóvil en uno de los cajones del
estacionamiento del infierno en la tierra, el Penal Norte, que ya desde su
puerta principal emanaba un ambiente denso y desagradable, era el ambiente casi
paranormal propio de los lugares donde grandes tragedias han ocurrido. Drilo iba
en el asiento del copiloto. Ramón miró su, no menos viejo, reloj y preguntó a
Drilo.
―¿A qué hora te dijo el abogado?
―A las tres.
Ramón volvió a mirar su reloj y corroboró que ya era hora. Sacó un
cigarrillo y lo encendió. La tarde era nublada y fría, como si el aspecto
sombrío de los muros de concreto del penal no fueran suficientes para destruir
el buen humor.
―¿Crees que nos reconozca? ―le preguntó Ramón.
―No lo sé.
Un silbato se escuchó y la luz roja que coronaba la puerta del penal
comenzó a parpadear. Un zumbido retumbó y la puerta se abrió con un estruendo
que hizo que los cuervos que descansaban sobre las cornisas del inmueble
maldito se marcharon al vuelo. Y, como un fantasma lejano de otros tiempos,
Ramón y Drilo vieron la figura de Luisa… sobre su silla de ruedas.
Drilo salió apresurado del automóvil y caminó deprisa hasta a su encuentro.
Un guardia ayudaba a Luisa con la silla y cuando Drilo la tuvo enfrente,
primero se deshizo del guardia.
―Yo la llevo desde aquí, muchas gracias.
La encaminó hasta el auto en donde esperaba Ramón en pie a lado de la
puerta del conductor.
―¿Pero qué te hicieron, muchacha? ―murmuro Ramón al ver el estado de
catatonia en el que estaba Luisa.
Al llegar al automóvil, Drilo se puso enfrente de Luisa y le habló por
su nombre. Ella no respondió. La cargó y con ayuda de Ramón, la acomodó en el
asiento del pasajero.
―¿A dónde vamos? ―preguntó Ramón.
Drilo ni lo pensó.
―Al hospital.
Y a Ramón le pareció que eso era lo más sensato.
Durante dos meses Luisa no dijo ninguna palabra, se limitaba a comer,
dormir y defecar con la ayuda de un pañal. Drilo la llevaba con dedicación
religiosa a una serie numerosa de consultas con médicos de diferentes
especialidades que trataban las complicaciones de salud que Luisa había
adquirido estando presa durante cinco años. Por ejemplo, podía seguir con la
vista objetos en movimiento aunque no parecía comprender lo que se le decía.
Lloraba continuamente sin razón y le tenía pavor a la oscuridad por lo que
tenía que dormir con la luz de la habitación encendida.
Sobre el problema de sus piernas, los médicos se cuidaron de no dar
falsas esperanzas, podría volver a caminar luego de varias operaciones, pero
eso de jugar fútbol otra vez era, según doce médicos de tres países distintos,
imposible. Una de sus piernas se había acortado y sus huesos no se habían unido
del todo luego de romperse, además de que parte del tejido de sus músculos se
había dañado hasta perderse. Era evidente que Luisa le debía la vida al doctor
del penal y solo eso. En ese estado, y debido a las complicaciones de su
malnutrición en el penal durante cinco años, las únicas posibilidades de Luisa
se reducían a recibir una donación ósea. Nueve meses calcularon los médicos que
podía tardar su recuperación parcial y el asunto de su salud mental no era
menos grave que el de sus piernas. La depresión que cargaba a cuestas era
aplastante y era un milagro que continuara viva luego de cinco años de
encierro.
Una mañana, Drilo se levantó y comenzó su rutina de comentarista
deportivo de la televisión pues lo primero que hizo fue encender su computadora
y recorrer los distintos portales de información deportiva para estar al día.
Luego de dos horas salió de su habitación y fue hasta la de Luisa y observó que
ella ya estaba despierta. Fue hasta la cocina y puso agua en dos tazas y las
metió al microondas. Una con té de zarzamora y otra con té verde. A una le echo
azúcar y le dio un sorbo. A la otra le puso miel y se la llevó a Luisa. Ayudó a
la chica a sentarse en la cama y le acercó la taza con el té caliente. Luisa
sorbió un poco y unas gotas le resbalaron por la barbilla. Drilo volvió a la
cocina y cogió unas servilletas. Regresó al cuarto y se encontró con la inmensa
sorpresa de que Luisa sostenía por si sola la taza de té y lo bebía. Drilo dejó
caer las servilletas y le habló.
―¿Lo sientes muy caliente? ―fue lo primero que se le ocurrió preguntar
en medio de su sorpresa y su gozo.
Por un momento ella no dijo nada. Puso la taza sobre la mesita y con voz
clara le dio las gracias a Drilo. Fue todo, una simple palabra.
Drilo corrió por su teléfono y llamó a Ramón.
―¿¡Ramón!? ―dijo Drilo completamente emocionado ―, ¡habló! Sí, sí. Ahora
comienzo a grabar con el teléfono. Luisa, ¿cómo estás? ¿Me reconoces?
Luisa lo miró y con un simple movimiento de cabeza le respondió
afirmativamente.
Los días siguientes, Drilo canceló varias de sus citas y se concentró en
pasar mucho más tiempo con Luisa. Pidió consejos a los psiquiatras y psicólogos
que la atendían y estos le pidieron ser cuidadoso con las esperanzas, pero el
número diez no hizo caso, el fútbol le había enseñado que las esperanzas eran
eternas y que ni siquiera el silbatazo final del árbitro significaba el final
de nada cuando había otro partido, una segunda vuelta o una nueva temporada por
delante.
Una tarde, de la bodega de su casa, sacó una serie de cajas y comenzó a
ordenar los objetos que contenían. Mientras Luisa estaba en una de sus diversas
consultas médicas en compañía de Ramón, Drilo comenzó a ordenar el cuarto según
lo recordaba. No puso su poster sino el de Tanque (a pesar de todo), y ordenó
todas las camisetas de fútbol con el número diez en el dorsal incluyendo las
obtenidas en los Juegos Olímpicos, también colocó la bufanda de los Rojos y el
jersey Celeste. La medalla de oro quedó en el centro de aquella decoración junto
a la foto de la madre de ella; cuando Luisa regresó no pareció notar el cambio;
pero la siguiente mañana al despertar, Drilo la encontró en el suelo
arrastrándose para alcanzar esa especie de altar futbolero que había ahora en
su cuarto. Drilo la regresó a la cama y le comenzó a pasar los objetos.
―¿Lo recuerdas? ―comenzó a preguntarle ―Todo esto es tuyo.
Luisa tomó la medalla de oro y comenzó a observarla a y palparla con
detenimiento.
―Gracias… ―murmuró Luisa ―…Jefe.
Los meses siguientes Drilo contaba por teléfono un avance al menos a
Ramón sobre Luisa, que si ya podía avisar para ir al baño, que si ya comía
carne, que si ya podía sostener una conversación. Ramón se alegraba con él y
Drilo se vio en la necesidad de pedir refuerzos.
Por la casa de Drilo, enterados de su mejoría, comenzaron a desfilar
distintas figuras del pasado. Inés, ahora entrenadora, las hermanas Serdán,
flamantes seleccionadas nacionales, y Alejandra que ya había jugado unos Juegos
Olímpicos, además de las otras integrantes del equipo. Todas ellas dedicaban
largas horas a estar con Luisa. Incluso, Celia Atahualpa viajó desde Alemania,
donde jugaba para un importante club de aquel país, para visitar a Llora Mucho.
También pasaron por la casa Woolf y Manuela, la entrenadora Flora Tristán y la
siempre alegre Micaela que ahora se dedicaba a la formación de equipos
femeniles de niñas en situaciones de pobreza. Todas ellas se cuidaron de no contar
a Luisa acerca de su experiencia en la Copa del Mundo y en los Juegos Olímpicos
que acababan de pasar y a los que se habían logrado calificar, nadie sabía si
eso le generaría una crisis a Luisa aunque Drilo claramente le había explicado
que había estado presa durante cinco largos años.
Otro día, asistieron los mineros de la Liga del Sindicato, el Manco, el
Tuerto y el árbitro justo, se acordaron de llevarle a Luisa, aunque Drilo les
indicó que no estaban permitidas las bebidas alcohólicas en su casa, unas
cervezas bien frías.
El ahora comentarista deportivo llevaba tres años sobrio y era padrino
de un grupo de once pasos para dejar el alcohol y por ello, hasta las simples
cervezas no las podía ni ver sin sentir esa sensación de necesidad suprema por
una gota de alcohol.
Un domingo, se reunieron en casa de Drilo algunos de los exintegrantes
del Milagro Amarillo, algunos ya eran exjugadores y otros continuaban en
activo. Ricky, por supuesto, estaba descartado desde el principio para acudir a
esa reunión que sonaba a reencuentro. Sandino y Toussaint hicieron varios
regalos a Luisa, el excapitán le regaló algo que a Drilo nunca se le había
ocurrido hasta entonces: una pelota.
En el momento en que Luisa tomó con sus manos la esférica, una lágrima
resbaló por su mejilla, parecía que aquel objeto sagrado podría hacer que Luisa
se levantara y anduviera, pero tan solo fue capaz de ocasionarle un llanto
fundado en recuerdos de tiempos grandiosos. La pelota se quedó en el centro del
altar de Luisa, junto a la medalla de oro.
Otro día, se apareció por la puerta del cuarto de Luisa, su antiguo
maestro de español con una caja con doce libros, algunos sobre fútbol, otros
sobre mujeres que derribaban las murallas que las aprisionaban y una nueva
temática: los testimonios de supervivientes de situaciones como la de Luisa o
peores.
―Profesor ―le dijo Luisa mientras ojeaba los libros ―, creo que olvidé
leer.
―No te preocupes ―le dijo él ―, puedo estar la tarde de cada viernes y
sábado para ayudarte a recordar cómo se hace.
Y el profesor cumplió con devoción su promesa hasta que Luisa pudo
volver a leer de corrido.
A pesar de esas visitas y de que le brillaban los ojos cada vez que
alguien tocaba la puerta de la casa, ella seguía sumida en un terrible
sentimiento de derrota respecto a su situación de no poder caminar y no poder
deshacerse del miedo a casi todo. Las recuperaciones luego de las operaciones
eran los peores momentos y su depresión complicaba y retardaba sus
posibilidades. Entonces, Ramón le dio a Drilo una información que era casi
desconocida para él.
―¿Sabías que ella estaba en la Villa Olímpica durante los Juegos
Paralímpicos de hace seis años y que hizo algunos amigos ahí?
―No, pero ¿tú cómo sabes eso? ―le preguntó Drilo.
―Pues está en sus redes sociales.
Las cuentas de Luisa en el internet no habían sido borradas, estaban
llenas de recuerdos, de fotografías, de pensamientos y de cientos de vídeos de
fútbol de todo tipo. En esos perfiles virtuales, había tantos mensajes de
admiración y ánimo hacia su persona como insultos, burlas y mensajes de odio;
pero ahí estaba toda esa información de los hechos de hacía cinco años. Drilo
le compró a Luisa un dispositivo móvil para que pudiera publicar en sus redes
sociales, sin embargo ella no recordaba sus contraseñas .
―No te preocupes ―la tranquilizó Drilo ―, ya las recordarás y volverás a
publicar.
La última publicación de Luisa había sido acerca de su último partido
con el Ensamhet en el que ella había marcado sus últimos dos goles. Drilo le
preguntó a Luisa si recordaba aquello pues había cosas que ella prácticamente
había olvidado.
―Sí, la puse pegada al palo, fue un bonito gol, el segundo. El primero
no lo recuerdo, pero recuerdo la sensación de pisar el campo cuando estaba
cubierto de nieve ―dijo Luisa al mirar las fotos que ella misma había tomado de
sus compañeras felices por haber logrado la salvación.
Drilo envió un mensaje ese mismo día al sitio web del Club sueco
informándoles de los avances de Luisa y tres días después, llegó desde Suecia
una bandera de un metro por dos del club firmada por todas las jugadoras del
equipo que habían sido compañeras de Luisa y que todavía jugaban para el
equipo. Un vaso de cartón también venía junto con la bandera, era un vaso del
café Bekväm. Luisa miró el vaso y una sonrisa se le escapó entre la nostalgia.
―Jefe, yo tenía unos vasos con las camisetas y la medalla ¿qué les pasó?
Drilo recordó aquellos vasos numerados que había visto entre las cosas
de Luisa y a los cuales no les encontró sentido alguno. Fue rápido hasta las
cajas de sus pertenencias y los encontró. Se los dio y Luisa los miró con
cariño.
―¿Qué son? ―le preguntó Drilo.
―Eran las jugadoras, Jefe ―contestó Luisa y la respuesta siguió sin
tener mucho sentido para Drilo. Entonces, Luisa le preguntó.
―¿Cuándo hay juego de fútbol en la televisión?
Drilo llamó emocionado a Ramón porque Luisa le había pedido un televisor
para poder mirar partidos de fútbol.
―¡Creo que está regresando, Ramón! Poco a poco está regresando la chica
que conocíamos.
―Calmado, hombre ―le contestó Ramón ―. Eso está muy bien, pero vamos
paso a paso. ¿Cómo va su terapia de las piernas?
―Bueno, eso no ha mejorado mucho ―contestó Drilo.
―Pues llama al que fue su novio, Drilo ―le dijo Ramón ―. Al campeón
Olímpico. Quizás él que sabe tanto de estar en una silla de ruedas le pueda
decir a ella cómo volver a vivir.
―¿Novio? ―preguntó Drilo.
―¡Te dije que revisaras sus redes sociales!
Así lo hizo y encontró a Cabañas. Le escribió un mensaje sin mucha
esperanza pues el tipo estaba en otro país. Al día siguiente la respuesta de
Cabañas fue implacable: “Adelanto mis vacaciones, puedo estar ahí por dos
semanas. Dígame usted dónde exactamente y estoy ahí mañana”
Cabañas llegó a Achéron una tarde durante una tormenta eléctrica.
Observó que la casa de Drilo, una nueva y distinta a la que había tenido en el
centro del pueblo y donde había vivido por años con su madre, estaba adaptada
con rampas para el uso de silla de ruedas. Llamó a la puerta y ya lo esperaban
para cenar. Llegaba solo pues esa misión, la de visitar a Luisa, era algo que
consideraba personal. Drilo le abrió la puerta y lo invitó hasta la mesa donde
ya estaba sentada Luisa. Ella lo recibió con una sonrisa tímida. Él, que se
había rasurado la barba, se veía más joven que hacia seis años, cuando los
Juegos Olímpicos los habían hecho conocerse.
―Hola, Luisa ―la saludó Cabañas y se fundieron en un abrazo.
Luisa hablaba poco durante la cena, era evidente que la visita la
animaba, pero no lo suficiente como para hacer una fiesta. Ella se fue a dormir
temprano y Cabañas fue informado por Drilo acerca de que Luisa tenía justamente
una sesión de rehabilitación en la alberca a la que el campeón paraolímpico
podía acompañarla.
A la mañana siguiente, Ramón llegó a la casa de Drilo para llevar a
Luisa y a Cabañas al centro de rehabilitación de Achéron en una van que Drilo
había mandado adaptar para la condición de Luisa.
Luego de su sesión en el agua de la alberca, Luisa y Cabañas quedaron a
solas para hablar mientras esperaban el regreso de Ramón. Cabañas pudo darse
cuenta que el estado de ánimo de la persona con la que hablaba estaba
destrozado. Así, trató de animar a Luisa. No cesó en su intento de hacerla reír
con sus chistes, pero luego de una semana y media no podía decirse que hubiese
logrado gran cosa. Se lo hizo saber a Drilo y le comentó que este tipo de cosas
tomaban su tiempo y no se podía decir cuánto.
―Verás ―le decía a Drilo una noche después de la cena mientras creían
que Luisa no podía escucharlos y dormitaba plácidamente en el sofá de la
estancia ―, a mí me ocurrió un accidente, pero a ella la han ultrajado. Es algo
que ni siquiera puedo imaginarme. Ni siquiera yo puedo exigirle que lo intente
porque, no son situaciones similares. A veces pienso que lo único que tenemos
en común es una medalla olímpica y una silla de ruedas. Lo único que te puedo
decir es que tengas cuidado porque uno de estos días no se quiera matar.
Drilo miró a Cabañas con cara de espanto. La molestia lo asaltó después,
pero tuvo que aceptar que ese era uno de sus temores más profundos, llegar y
encontrar que Luisa se había matado.
―¿Y cómo puedo evitarlo ―preguntó Drilo.
―Tiene que encontrar sentido ―respondió Cabañas ―, eso es más que una
simple motivación o una razón para vivir; encontrar sentido, men, es
algo tan básico que ni siquiera puedo explicarlo bien, pero es lo que a mí me
permite decir que quiero seguir viviendo, no lo sé. Te puedo decir que yo perdí
el sentido de la vida durante un tiempo luego del accidente, pero lo recuperé
con el tiempo. Solo tiempo y ámala, que se sienta querida. Bueno, eso es lo que
te puedo decir, en dos días yo regreso a casa, con mi familia, con mi esposa y
con mi hija…
Al día siguiente Luisa tomó por primera vez la iniciativa de la
conversación con Cabañas. Esperó que Drilo se fuera a la televisora y le
preguntó mientras terminaban el desayuno.
―¿Te vas mañana?
Él respondió afirmativamente.
―Me gustaría que te quedaras ―le dijo Luisa ―. Me hubiera gustado que
nos conociéramos cuando yo no estuviese en problemas. Quizás… no sé.
―¿Qué cosa, Luisa?
―Nada ―contestó ella regateando la pregunta.
Cabañas la miró y trató de descifrar el misterio que ese “nada”
escondía. Fue redescubrir un continente.
―¿Sabes, Luisa? Sigues siendo tremendamente hermosa.
Luisa abrió bien los ojos. Respiró hondo.
―En la cárcel me violaron ¿sabes? ―comenzó a contar Luisa ―. Debido a
eso ya no puedo tener una familia, ya ni siquiera eso puedo tener…
Trató de decir algo más, pero Cabañas se le adelantó.
―No digas nada. Tranquila. A veces la familia no es la que la sangre le
asigna a uno, sino la que uno se hace ¿Podrías levantarte la blusa, por favor?
Luisa le dijo que no.
―Por favor ―insistió él ―. No te preocupes.
Luisa se quitó la blusa. Su vientre ya no era el de la piel perfecta y
los músculos marcados por las abdominales de cuando entrenaba. Sintió
vergüenza.
―Sí, continua ahí ―dijo Cabañas ―. Libertad. Míralo Luisa. Léeme la
palabra que está escrita en tu vientre.
Ella se quedó callada, ni siquiera se miró el vientre. Él se acercó lo más que pudo y cara a cara le dijo.
―Lo único que te puedo decir es que hubo algo que no te quitaron, hubo
algo que ganaste tú y todos los que te acompañaron en esta cosa tremenda que
viviste. Estás viva y, maldita sea, puedes elegir. Eres libre de elegir. Este
partido todavía no termina, Luisa. Quizás sean los tiempos extra a los que
algunos ya no accedieron, pero tú estás aquí, viva y libre.
Cabañas le besó la frente a Luisa pues ella se había quedado sería y sin
mirarlo cuando le decía esas palabras, pero había escuchado cada letra, cada
frase se le había clavado en el corazón.
―Medalla de oro, Nadiani Ponzio, cúbrete o te va a dar un aire y luego
van a decir que por mi culpa te enfermaste.
Luisa sonrió por primera vez dejando ver su ahora deteriorada dentadura,
pero a Cabañas le pareció que hacerla sonreír era un triunfo más grande que sus
medallas o campeonatos mundiales.
Al día siguiente, Cabañas partía por la noche de regreso a su país, así
que pudo estar presente en la terapia física de Luisa.
Esa mañana, Luisa parecía una persona diferente, se esforzó bastante más
de lo que lo había hecho en los cinco años anteriores. Esa misma tarde, pidió a
Drilo que acompañaran a Cabañas hasta el aeropuerto, situación que sorprendió
al analista deportivo pues por primera vez en todo ese tiempo, Luisa quería ir
a alguna parte.
Durante todo el camino, Cabañas se la pasó de broma en broma y todos en esa
van callaron cuando Luisa rió por primera vez en cinco años. Callaron. Y esa
pequeña pausa fue la pausa de la alegría. Ramón aparcó la camioneta y sus
pasajeros descendieron tomándose su tiempo sin ser molestados por nadie.
―Son los pequeños privilegios de andar en silla de ruedas ―bromeó
Cabañas acerca de poder aparcar cerca de la entrada del aeropuerto.
Luisa le pidió que se acercara para darle un último abrazo de despedida
y fue ahí donde lo capturó. Le asestó un beso en la boca, breve pero importante.
―Me lo robaste una vez ―le dijo Luisa ―, tenía que recuperarlo.
―Me parece un trato justo ―dijo Cabañas sin perder la alegría ―. Lástima
que aquí no le podemos pedir a nadie que nos preste su habitación. Es bueno
tenerte de vuelta, medalla de oro Nadiani Ponzio.
Y se fue.
Drilo miró aquel beso no sin sentir cierta comenzó en su espalda. Se
volvió hacia Ramón y le dijo.
―Siempre tienes razón, Ramón.
―¿Qué esperabas? El tipo es un superhéroe… como ella ―le respondió
Ramón.
Los meses siguientes, Luisa recuperó un poco el semblante de la persona
que había sido, pero en su rostro siempre quedó la cicatriz de la tortura y la
tragedia traducida en una profunda expresión melancólica en sus ojos. La fuerza
poco a poco le regresó al cuerpo y al alma, y se esforzó por lograr avances en
sus piernas. El dolor esta vez ya no era el obstáculo sino la frustración de no
poder lograr caminar. Comenzó a competir consigo misma y redescubrió pequeños
placeres que había creído perdidos para siempre: comer luego de tener mucha hambre,
descansar después de una jornada intensa de ejercicios, sudar y la sensación
del agua caliente en la ducha. También, disfrutó de nueva cuenta el ver fútbol
en cantidades masivas y obsesivas por la televisión. Le gustaba mirar el
programa de Drilo y discutían después en la cena sobre la polémica del momento
o sobre los juegos del fin de semana.
Finalmente, un día hubo que redescubrir a los muertos. Fueron hasta la
capital en donde visitaron el Panteón Central donde estaba la tumba de Rosa.
Ahí, Luisa lloró una avenida. La lápida estaba llena de flores y símbolos de la
resistencia que había logrado la caída de un régimen. En la piedra se leía que
ahí yacía la líder de la Curva Sur y una palabra destacaba entre la poseía del
obituario: libertad. Con el paso de los años esas coronas de flores se
marchitaron y dejaron de renovarse. El país que niega a sus muertos olvidó
aquella rebelión joven, digital y llena de pelota. Un día, las pintas sobre el
sepulcro de Rosa fueron borradas por el tiempo y cuando sus padres murieron de
tristeza y sus hermanos habían huido del país, solo Luisa visitaba aquel sitio
de descanso eterno para limpiarlo y hablar con la que ahí reposaba eternamente.
Otro día, fueron a visitar a Succed y al tío Otulio. Ellos estaban
enterrados en Achéron uno a lado del otro y junto a su padre, Marcos Nadiani y
al abuelo, el Gran Cabo. Les dejaron flores, limpiaron sus tumbas y antes de ir
a visitar a la madre de Drilo y a los abuelos Ponzio, Luisa le dijo a Drilo.
―Yo sé que usted cree que nunca la quise, Jefe; pero sí, al menos sabía
que ella nunca me dejaría sola. Usted me cuenta ahora todo lo que mi tía hizo
por liberarme y le creo porque a pesar de todo yo sabía que éramos familia, la
peor de las familias, pero al final la única que tenía.
Drilo no dijo nada. El recuerdo de Succed lo destruía por dentro, no
podía soportar la enorme culpa de los errores que llevaron a Succed a la muerte
y consideraba suyos. Por honrar ese recuerdo y esa culpa, Drilo jamás mencionó
a Luisa los sentimientos de carne que había sentido por ella en el pasado. Pero
ella si sacó el tema luego de un partido en que vieron descender al último
sobreviviente sin mancha: el Royal Club. En medio de ese drama Luisa le
preguntó:
―¿Por qué me cuidas?
A Drilo le sorprendió que Luisa le hablara de tu. Casi nunca lo había
hecho. No supo qué responder pues le parecía algo obvio, pero no sabía cómo
explicarlo en palabras. Finalmente se atrevió a decir.
―Porque eres la única persona que me queda.
Luisa no dejaba de mirar el drama de los aficionados del Royal Club
luego de descender por primera vez en su larga historia.
―A los dos nos queda Ramón ―dijo Luisa.
―Él es distinto, es mi mejor amigo, quizás mi único amigo. Pero tú eres…
―Sí, ¿qué somos? ―interrumpió Luisa.
―… somos, no sé.
―¿Soy tu sobrina?
―Quizás, aunque tu tía y yo nunca nos casamos. Así que oficialmente no
eres mi sobrina. Pero aunque lo fueras, tú sabes que somos más que eso ―dijo
Drilo sin tampoco dejar de mirar el televisor.
―Sí… los tíos no cogen con sus sobrinas, ¿cierto? ―Luisa sonrió ― En
fin, gracias por cuidarme. Porque si el club de una desciende, una no lo deja
de querer ¿no? Gracias por no dejar de quererme.
―Luisa, no sé qué tipo de familia seamos. Pero te amo y somos familia
―dijo Drilo.
Y así se acomodaron a vivir juntos, sin preocuparse por los lazos
sanguíneos, por el pasado o por las etiquetas. Luisa estaba tan desolada que su
menor preocupación era volver a jugar al gato y al ratón con la tensión sexual
con Drilo. No solo era la devastación de saberse violada y sin posibilidad de
tener hijos, también era que ella al igual que él, había adquirido un respeto
por la figura de Succed que no le había tenido en vida. La madurez de bote
pronto luego de unos Juegos Olímpicos y cinco años de infierno le aplacaron por
completo las ganas de arriesgarse, de explorar y de simplemente disfrutar. Y
así pasaron los años.
Luisa tenía treinta y cinco años cumplidos cuando por fin pudo rendir
testimonio sobre su caso en un tribunal internacional. Ese día, se presentó
decidida a decir lo que había ya contado en cientos de horas de terapia
psicológica y algunas entrevistas a los medios que estuvieron dispuestos en
esos diez años a escuchar su historia. Con sus amigos siempre gambeteaba el
tema, incluso con Drilo o Ramón.
―Señorita Luisa Nadiani Ponzio ―la llamó el abogado ―puede usted indicar
su nombre, su edad y a qué se dedica, por favor. Acérquese bien el micrófono,
por favor.
Luisa acomodó el micrófono y respondió con voz clara.
―Soy Luisa Michel Nadiani Ponzio, tengo treinta y cinco años y soy parte
del cuerpo técnico de un conocido equipo de fútbol de la Primera División…
―Gracias, señorita ―la interrumpió el abogado que realizaba su
interrogatorio número cuatro de esa mañana y estaba sumamente hambriento y
cansado ―. ¿Qué fue lo que vivió estando en el llamado Penal Norte hace casi
quince años? Por favor, sea concreta.
Luisa comenzó a describir su experiencia a una serie de hombres maduros
que componían el jurado y que juzgaban a otra serie de hombres maduros que
habían integrado, en distintos niveles, el gobierno mal llamado democrático que
había engañado y asesinado en aquel país. Algunos de los responsables de todos
esos abusos y crímenes, ya habían muerto. Adicionalmente, a Luisa se le
preguntó acerca de su padre, de su madre y de la Curva Sur.
―¿Formó usted parte del movimiento denominado la Curva Sur?
Luisa meditó la pregunta, ella misma se preguntó si realmente había sido
parte, pues en términos simples, a la única persona que había conocido de ese
movimiento era Rosa y, fuera de ella, no había entablado relación con ninguna
de las otras chicas, ni siquiera en el estadio durante los partidos en que
llevó la camiseta en color negro a las tribunas.
―Sí ―dijo al fin.
―¿Qué papel desempeño en dicha organización, señorita Nadiani?
Luisa describió sus tatuajes y el abogado le pidió que se levantara un
poco la blusa para poder verlos. También, con un poco de trabajo, se levantó la
falda a la altura del muslo para mostrar el Mefistófeles y el abogado tuvo que
explicar su significado a los miembros del jurado.
―Señorita Nadiani ―continuó el abogado ― ¿Puede usted caminar
actualmente?
―Con dificultad, pero sí.
―¿Puede usted correr?
―No, a veces lo intento, pero me es muy complicado ―respondió ella.
―¿Puede usted jugar al fútbol?
A Luisa le dolió esa pregunta en el fondo del alma.
―No.
―Señores del jurado ―dijo entonces el abogado ahora que ya tenía las
emociones del jurado en sus manos ―, les pido, por favor, que miren ahora al
monitor de la sala; no es necesario que sean ustedes versados en el deporte,
podrán encontrar más sentido a este testimonio luego de que miren este vídeo.
El vídeo comenzó a correr, era una compilación de las mejores jugadas de
Luisa, lo poco que pudo lograr en dos años meteóricos en los que explotó su
carrera. Ella no pudo mirarlo, era demasiado. Salió de la sala triste, pero con
la sensación del deber cumplido. Entonces, uno de los abogados, de carácter
amable y juventud rebosante y que trabajaban para ella, la alcanzó a las
puertas del edificio de la Corte.
―¡Luisa! Oye… oye, estuviste fantástica. Gracias, tu testimonio servirá
de mucho, ya verás. Ahora, quiero que te sientes un momento. ¿Drilo no vino
contigo?
―No, él se quedó en el entrenamiento ―dijo Luisa con una sonrisa por
encontrar un rostro conocido en aquel edificio monumental de mármol excesivo y
columnas tan anchas como para sostener el universo.
―Ya veo. Luisa, aquí están los resultados de nuestra investigación de
los archivos desclasificados. Luisa, la encontramos.
El abogado le entregó un sobre amarillo cerrado a Luisa que casi se
desmaya. Aquello de sentarse si había sido una petición seria por parte del
joven abogado. Luisa tomó aire y miró el sobre como si este contuviera todas
las respuestas de la vida. Entonces, le dijo ya más calmada.
―Lo abriré hasta después del partido de hoy.
―Tienes razón, Luisa ―dijo el abogado que esperaba que ella abriera
justo en ese momento el sobre ―, primero lo primero. Llámame si tienes alguna
duda. Ojalá ganen hoy la final. Dale mis saludos a Drilo y éxito.
Esa noche se jugaba la final de copa entre el cuadro Celeste y los
Rojos.
Luisa llegó al estadio alrededor de las cinco de la tarde, bastante
retrasada para el juego que definiría un campeonato más entre esas escuadras
tan contrarias, tan enemigas y tan distantes. Ingresó al estadio Nacional,
recién adaptado para el juego de esa noche debido a que el Merci Arena sería
escenario en dos días de un concierto de un grupo de rock, el primero en el
país en mucho tiempo. Todos la saludaban y llegó al vestidor donde Drilo y
Toussaint, este último era entrenador de porteros de los rojos, ya la
esperaban.
―¡Gracias al cielo! ―dijo Drilo tan solo la vio aparecer en su silla de
ruedas ―¿Cómo te fue?
Luisa no dijo mucho, un gesto le bastó a Drilo para saber que lo mejor
era concentrarse en el juego de esa noche.
―¿Te enteraste, Luisa? ―le preguntó Toussaint ― No juega Antonio
Noriega.
Luisa asintió con la cabeza y encendió un monitor digital del tipo touch
screen que tenía una cancha marcada con los once jugadores. Luisa comenzó a
mover los puntos de colores que representaban a los jugadores de ambos equipos,
eran los “vasos” digitales de la auxiliar principal del director técnico de los
Rojos, Drilo.
―Tanque va a usar a Hayek ―dijo Luisa con la certeza con la que un
matemático indica que dos más dos son cuatro ―. Es típico en él. No nos va dejar el medio centro libre, no desde la
última vez que lo goleamos.
Toussaint empezó a buscar en otra computadora los números de Hayek, pero
el cerebro de Luisa se le adelantó y antes que Toussaint los encontrara, Luisa
ya había dado un resumen concreto de cómo jugaba Hayek.
Drilo solo escuchaba y dejó que Luisa expusiera todo lo que tenía que
decir, fueron veinte minutos de imaginación y profecía basadas en un amplísimo
conocimiento del juego y su táctica. Sabía que tenía que callar pues el noventa
por ciento de las veces, el partido que Luisa imaginaba ocurría. En el diez por
ciento restante, ella recomendaba un ajuste de piezas y el partido ocurría pues
siempre tenía un plan b y hasta una salida de emergencia por contratiempos.
Luego de terminada la junta del cuerpo técnico, Drilo sacó un sobre y se
lo mostró a Luisa. Ella le preguntó qué era y él respondió que era otra
posibilidad, otro doctor, otra operación para sus piernas. La izquierda
prácticamente había podido sanar, pero aún le dolía en las noches frías. La
derecha era el desastre completo debido al golpe más franco del martillo sobre
el hueso del Luisa que lo había roto en demasiados pedazos. La posterior muerte
de buena parte del tejido había obligado a muchos médicos a opinar que la mejor
salida era la amputación de esa pierna.
Los utileros ya habían comenzado a hacer su trabajo en el vestidor y
escucharon la discusión entre Drilo y Luisa acerca de volver a intentar una vez
más con el asunto de sus piernas.
Luisa no quería, estaba cansada de hospitales, injertos y
recuperaciones; Drilo en cambio, pensaba que había que agotar todos los
recursos posibles pues, aunque Luisa había avanzado mucho en esos diez años, no
terminaba por ser feliz.
Los jugadores entraron al vestidor y Luisa calló. Ella se convertía en
una figura secundaría. Drilo era el que traducía todo lo dicho por Luisa al
lenguaje simple y sencillo de los jugadores de fútbol. A veces, Toussaint le
ayudaba y de esa forma, los jugadores menos experimentados del equipo (además
de la prensa y los aficionados) pensaban que Drilo era el genio de todo
aquello.
Después de la charla técnica, de que los jugadores salieran a calentar y
regresaran, y de que se cambiaran para el juego, Drilo dio su arenga. Sus
discursos eran cortos, pero gustaban a sus pupilos que le daban su lugar de
autoridad irrefutable por el simple hecho de haber jugado en el mejor club del
mundo y haber sido campeón continental. Curiosamente, todos esos muchachos
jóvenes, también lo reconocían como el impulsor de la huelga de futbolistas que
les había permitido tener al fin un sindicato e ignoraban el hecho de que había
sido el mismo Drilo quien había roto aquella rebelión. Esa noche en su arenga, incluyó una petición
especial para la ocasión.
―¡Vamos a derrotar a ese malparido de Risto Tanque y sus once pitufos!
Luisa desde un rincón observaba escéptica aquel comportamiento que para
los jugadores era de lo más normal, pero que ella sabía tenía su origen en los
conflictos personales y casi legendarios entre Tanque y Drilo, una lucha de
machos que seguían atrapados en un juego de niños, ignorantes de las cosas
realmente importantes de la vida.
Luisa, fue ayudada en su caminata
hacia la cancha por el utilero del equipo, el viejo Jorge Hegel, que desde
hacía treinta años ocupaba ese puesto en el equipo Rojo. Nunca llevaba la silla
de ruedas a la cancha aunque estuviera cansada y le dolieran sus piernas.
Además, siempre evitaba pisar el césped de ese u otro campo, le daba terror
pisar la cancha y saberse incapaz de jugar.
El viejo Jorge Hegel, conocía ese y otros miedos de Luisa y había
escuchado la charla sobre la nueva posibilidad de operación y por ello se
atrevió a comentarle.
―Debería intentarlo de nuevo, señora. No pierde nada. ¿Sabe lo que
escuché el otra vez en el programa de televisión en el que hablaban de usted?
Qué usted había sido como un rayo en las montañas. Cayó e incendió el bosque y
solo hasta que la lluvia apagó el fuego todos nos dimos cuenta de que el
paisaje había cambiado. Todo ocurrió en un instante y se nos fue, no la vimos
evolucionar y siempre la recordaremos por sus vídeos en el internet.
Seguramente, si no hubiese ocurrido nada de lo que le ocurrió, seguiría usted
jugando a esta edad. Pero los hubiera no existen y usted no es su leyenda,
usted es usted, nuestra Luisa, la estratega de los Rojos. Entonces, esto
inténtelo por usted, no por la que fue sino por la que será. A mi encantaría
jugar al menos un picado con usted después del entrenamiento del primer equipo.
¿A usted no? Volver a tocar la pelota, dar un pase, mire que si yo puedo y
tengo sesenta y cinco años, usted puede también. Inténtelo.
Luisa escuchó al viejo Jorge Hegel, si a alguien había que escuchar en
esa cancha del estadio Nacional era a ese hombre que había visto desfilar
tantas y tantas figuras del fútbol nacional por su vestidor.
Tuvieron que esperar en el pasillo unos minutos. Por ese mismo acceso a
la cancha apareció la tripleta de árbitros y el cuarto oficial. A Luisa le
llamó la atención aquella tripleta pues uno de los líneas era una joven mujer.
El central también era bastante joven y lucia sereno, como si apenas el haber
debutado hacía cuatro años y ya estar designado para su primera final de copa
en la primera categoría no importara, era uno de los mejores árbitros para
entonces y su nombre era Jesús, debido a eso último y a su buen trabajo, sus
compañeros le apodaban, en un juego de palabras, El Nazareno. Era el único
central que se permitía el lujo de tener una abanderada mujer y esa cuestión la
defendía ferozmente contra los que comentaban que si las mujeres no debían
jugar al fútbol mucho menos debían arbitrar.
Al llegar a la banca, Luisa ocupó su lugar en la parte de atrás.
Encendió el dispositivo móvil que usaba para consultar, si así lo requería, la
toma de televisión aérea, no la que veían los televidentes, sino exclusivamente
la que mostraba todo el campo de juego desde lo alto. Ella no necesitaba de
cigarrillos, dulces o manías, toda la ansiedad y la superstición las había
dejado en su celda del Penal Norte y solo la llegaban a perturbar en sus
pesadillas mientras dormía. Así, el demonio no exorcizado de su experiencia, le
permitía vivir de forma muy ecuánime hasta los partidos más importantes. ¿Qué
era perder una final cuando se había perdido todo en una celda de máxima
seguridad?
Entonces, el equipo Celeste saltó al campo entre la silbatina de medio
estadio y el júbilo de la otra mitad. Tanque, vestía un traje Armani y hacía
que el resto de su cuerpo técnico también vistiera de manera elegante. En
cambio, Toussaint vestía un atuendo deportivo, y Luisa en aquella ocasión
llevaba falda solo porque ese día había llegado de la Corte, de lo contrario,
ella también acostumbraba vestir la ropa deportiva del club; solo Drilo usaba
traje y no se arriesgaba, siempre era azul oscuro con corbata roja.
Además de los hombres que componían su cuerpo técnico, Tanque siempre
salía al campo de juego acompañado de una tableta que a su vez estaba conectada
a una computadora que tenía cargados ya todos los datos del partido y que
además le daba una lectura estadística perfecta de lo que ocurría en la cancha
en tiempo real.
En cambio, Drilo tenía a Luisa. Así, mientras Drilo se pasaba el partido
yendo y viniendo en su zona técnica y hablaba continuamente con Luisa, Tanque
se quedaba de pie en un solo lugar y cuando no miraba el partido, miraba su
tableta.
No era la primera vez que los dos ex astros del fútbol se miraban las
caras en un duelo de estrategas. Tanque había llegado hacía dos años a los
Celestes por la puerta de arriba, con sus éxitos como técnico de grandes
equipos en el fútbol extranjero. Los Celestes ya no eran propiedad del gobierno
que lo había vendido a buen precio a empresarios chinos. Por su parte, Drilo
tenía cuatro temporadas ya al mando de los Rojos, que hasta ese entonces había
sido su único equipo y que tampoco eran ya propiedad de los sindicatos sino de
empresarios taiwaneses. Así, en esos dos años Drilo y Tanque acumulaban diez
enfrentamientos entre ambos como técnicos y estaban empatados en triunfos, dos
para cada quien (los demás eran empates) y también estaban empatados en dientes
rotos, hematomas en el rostro y expulsiones por agredir al técnico rival. Su
rivalidad había crecido enormemente en esos años y por sus antecedentes que se
remontaban al Partido de la Muerte, la Venganza de Drilo y la Huelga General de
Jugadores. De esa forma, el que ganara el juego de esa noche tomaría una
ventaja importante respecto al otro en esa batalla que parecía muy similar a la
que libraban eternamente el día y la noche.
El juego comenzó y en los primeros minutos Luisa detectó una sorpresa
que Tanque tenía preparada. Entonces llamó a gritos a Drilo pues era la única
manera de que, entre el escándalo de un estadio repleto, este la escuchara.
―¡Puso a Branco de falso nueve! ―le dijo Luisa como si de una emergencia
se tratara ― Quiere atraer a nuestro cinco. Dile a Bauer que no vaya por
Branco, que no se salga de la zona.
―De acuerdo, pero qué hacemos ¿quién lo agarra?
―Adorno, pídele a Adorno que baje hasta esa zona, pero solo cuando no
tengamos la pelota.
Y Drilo obedecía; más le valía, pues la última vez que había decidido
por él mismo, contradiciendo lo que ella había sugerido, el equipo había sido
goleado por cinco a cero y al final de aquel juego Luisa le había dicho sin
aparente molestia: ―Te lo dije.
El partido se fue cero a cero al descanso.
Durante los últimos minutos antes del silbatazo que mandaba al descanso,
Luisa había preparado una serie de notas que Toussaint había ido leyendo una a
una, luego se las entregaba a Drilo y eso era el guión de lo que se trataría la
charla técnica en el vestidor de los Rojos.
En el segundo tiempo, los Rojos dominaron la geografía del campo y los
de Tanque se tuvieron que refugiar en su propio territorio mientras apostaban
por la garra y la suerte. Sin embargo, no era el día de los delanteros de los
Rojos esa noche y casi no tuvieron oportunidades claras de gol.
El juego se terminó cero a cero bajo un arbitraje impecable y se
preparaban ya los tiempos extras.
Era una situación nueva en el equipo de Drilo, no había tiempo para
establecer el sistema de comunicación Luisa-Toussaint-Drilo-jugadores, por lo
tanto, les ordenó a sus once futbolistas que se acercaran a la banca.
―¡Ahora…! ―les llamó la atención Drilo ―…escuchen a Nadiani. Por favor.
Luisa se puso nerviosa y no supo bien cómo reaccionar a las miradas de
los jugadores que ahora la miraban.
―¡Por el amor de Dios! ¡Solo diles lo que me ibas a decir a mí y rápido!
Luisa comenzó su explicación con la voz más fuerte y clara que pudo.
Cuando terminó, Drilo retomó la palabra, los animó y se sacó de la manga una
arenga de pocos segundos para hacer que esos once jugadores fatigados
regresaran al campo dispuestos a morir por su camiseta.
Y el tiempo extra ocurrió como imaginó Luisa, pero Tanque no se comió
los anzuelos que ella había preparado para esa media hora de agonía.
El equipo de Tanque esperó agazapado y soltaba latigazos rápidos. Así,
el tiempo extra se consumió y hubo que escribir la lista de cobradores de
penales. Drilo se acercó a Luisa y ella ya tenía los nombres de los cinco
cobradores.
―¿Dussel? Debes estar bromeando, el chico es un novato, su tercer
partido apenas, no podemos dejarle el quinto penal ―cuestionó Drilo.
―Lo he visto cobrar muchas veces en la reservas. Te aseguro que es lo
mejor que tenemos cobrando penales ―respondió Luisa con un tono de seguridad en
su voz que convencía a cualquiera.
―Pero, Luisa, estamos en una final, le va a pesar ―insistió Drilo.
―Es un chico del interior, pasó su infancia vendiendo diarios para
pagarse la escuela y ayudar a su familia. Trabajó en el rastro de la ciudad
mientras jugaba en la cuarta división, créeme, es tu mejor opción. No va a
fallar. Pero anima a Espinoza, él si está cansado y nervioso, dile alguna cosa
que lo anime.
Drilo se llevó la lista y la compartió con sus jugadores y habló un
minuto entero con Espinoza.
Le tocaba tirar primero a los Celestes y la portería elegida para la
definición desde los once pasos fue la que estaba ocupada por la barra Celeste,
la contraría a la que había sido el lugar de muerte en la tragedia de
veintitrés años antes y que seguía ocupando religiosamente, en cada partido, la
renombrada Curva Sur.
Como había pensado Luisa, Tanque mandó a Calderón a cobrar el primer
penal. Durante su caminata hasta el área, Calderón observó el cielo encapotado
de nubes que todo el partido habían anunciado una lluvia que no terminaba por
caer. Un relámpago iluminó el cielo y su trueno se escuchó lejano. Calderón, que
era un veterano de los Celestes, puso la pelota en la red por el centro con un
disparo a gran velocidad. Regresó a su medio campo en donde estaban el resto de
sus compañeros y los contrarios, y comenzó a sentir sobre la piel de sus brazos
el caer de pequeñas gotas de llovizna.
El árbitro también comenzó a sentir el agua y apresuró al resto de los
cobradores. La serie llegó a estar 5-4 a favor de los Celestes y tocaba el
turno de Dussel. Luisa había predicho bien, el novato fue seguro y mandó todo a
la muerte súbita.
Entonces, uno a uno, comenzaron a agotarse los cobradores de cada
equipo. El décimo turno fue para el portero de los Celestes pues al parecer,
Ricky, símbolo de la tribu Celeste, quería evitar tirar un penal esa noche.
―Parece ―dijo Luisa que permanecía en la banca, cerca de Drilo que
cavaba una zanja de tanto caminar como león enjaulado en la zona técnica― que
Ricky está lesionado.
―¿Lesionado? ―dijo Drilo con voz fuerte
―. Te aseguro que se está cagando de miedo. Son un conjunto de cagones todos
ellos.
Tanque, que también estaba de pie sobre su zona técnica, a unos pocos
metros de Drilo, lo escuchó.
―Cagones quizás, pero no cobardes. ―dijo Tanque.
Drilo se encajó.
―¿¡A quién llamas cobarde?! ¡Eres un hijo de puta! ¡Eso es lo que eres!
Tanque respondió a Drilo con una risa burlona.
―Tengo un revolver, te lo presto para que te dispares ahí en el centro
del campo. Aquí no hay fantasmas que te salven ―le dijo el técnico Celeste.
El cuarto árbitro tuvo que intervenir y les pidió calma. Al no obtener
la paz, llamó al central que corrió desde la portería donde se cobraban los
penales hasta la zona de bancas y ahí se enteró del conflicto que traían los
entrenadores. Esa noche, de arbitraje impecable, no quería mancharla con la
expulsión de los dos técnicos, salida fácil por la que cualquiera hubiera
optado, en cambio los invitó a un armisticio.
―Sé de dónde viene todo esto, señores entrenadores. Les pido por favor y
por respeto a sus equipos y al juego que se tranquilicen o tendría que echarlos
fuera del campo a ambos por rencorosos. ¿No pueden ya perdonarse luego de
tantos años de guerra? ¿Acaso no es el fútbol tan maravilloso como para andarlo
desperdiciando en rencores añejos? Si no pueden hacerlo por ustedes, por el
juego o por sus equipos, háganlo por ella ―dijo el nazareno mientras señalaba a
Luisa.
―¿La sacaron de la cárcel ―continuó el árbitro que ya tenía toda la
atención de los técnicos ―solo para que fuera testigo de sus peleas?
Y corrió de nuevo a la portería para continuar con los interminables
penales. El cuatro arbitró quedó impresionado con el discurso de su colega
central y solo le quedó mirar a los dos entrenadores a los que la invitación
les había entrado por un oído y salido por el otro.
El último jugador de campo de los Rojos anotó.
Y Ricky comenzó su camino al patíbulo. Drilo le gritó insultos desde su
banca que fueron escuchados por todos los demás jugadores y por el árbitro que
prefirió dejar pasar aquella conducta con tal de ya terminar con aquel partido
de alto riesgo. Ricky acomodó la pelota, estaba temblando, pero tomó carrera,
se encomendó a todos los santos del universo y al momento de querer patear el
balón resbaló. Sin embargo, la pelota se incrustó justo por la escuadra de la
portería, tan elevado que pegó en el travesaño y entró de campana. La afición
Celeste se volvió loca. Tanque festejó el gol frente a Drilo al tiempo que el
cuarto árbitro los amenazaba con llamar otra vez al central y expulsarlos del
juego.
Tocaba el turno del arquero de los Rojos y con menos drama igualó todo
de nuevo. Entonces, los cobradores comenzaron a repetirse en el orden en que
habían cobrado la primera vez.
Drilo le preguntó a Luisa qué podían hacer.
―Esto ya no está en nuestro control ―dijo ella de forma sincera,
realmente pensaba que aquello ya era solo un volado.
Para ese momento, ella se sentía derrotada por Tanque, pero eso no la
molestaba, al contrario, por Tanque sentía un infinito respeto no solo por el
antecedente de haber sido su ídolo de la infancia, sino porque Tanque parecía
ser el único que podía ganarle en cuanto a preparación táctica se refería. Los
Rojos podían perder o ganar, eso no tenía remedio, así era el juego, pero nunca
un equipo rival los había borrado del campo de juego; ninguno excepto los
Celestes de Tanque. En la historia se registraban dos goleadas memorables, una
cinco a cero a favor de los Rojos y otro cinco a cero a favor de los Celestes.
Respecto a esta última, Luisa sabía que aquella había sido la derrota más clara
que jamás nadie le había propinado a un equipo parado por ella. De ahí venía
todo ese respeto que Luisa sentía por Tanque.
El árbitro central seguía angustiado, no dejaba de mirar los relámpagos
y pensaba ya en dar por terminado el juego; su responsabilidad como juez lo
obligaba, pero sabía que suspender el juego en ese momento podría ocasionar la
ira de los aficionados y causar una tragedia de otro tipo. Por lo tanto, el
árbitro rezaba al cielo, ese de los relámpagos, para pedir que todo terminará.
―Señor, por favor, haz que todo esto termine ―repetía en su oración el
árbitro.
Llegó nuevamente el turno de Ricky. A pesar de ser la segunda vez de la
noche, el chico seguía muerto de miedo por arriesgar su categoría de estrella.
Dio unos diez pasos en su calvario
personal desde el centro del campo hasta la portería, seguro de que esta vez
fallaría.
El arquero de los Rojos también comenzó su camino para colocarse de nuevo
en la portería y en su trayecto se cruzó con el otro portero.
―Esto no tiene fin ¿verdad? ―le dijo el cancerbero Celeste.
―Si lo tiene será trágico para alguien ―dijo el portero Rojo sin
realmente reflexionar sobre el significado de la palabra tragedia. El árbitro
los escuchó y se atrevió a decirles.
―Tranquilos, esta noche ustedes y yo estaremos cenando con nuestras
familias, ganen o pierdan.
Los arqueros se dieron la mano y fue justo en ese momento, mientras
Ricky caminaba hacia el punto penal, mientras las dos barras no dejaban de
cantar a pesar de que la garganta ya les ardía y la voz ya flaqueaba, mientras
Drilo y Tanque seguían insultándose el uno al otro y se encaraban ahora ya
dispuestos a liarse a golpes, mientras Luisa miraba con vergüenza esa situación
y mientras el árbitro central pedía al cielo que aquello terminara ya, que el
rayo cayó.
El estadio se cimbró como si de un terremoto se hubiera tratado. Las
barras detuvieron sus cánticos y los bombos y trompetas dejaron de sonar. La
gente se arrojó pecho tierra de manera instintiva y la transmisión por
televisión del juego se cortó. Los jugadores que ya estaban tendidos simplemente
se cubrieron la cabeza. Los dos arqueros se agacharon y cuando abrieron los
ojos se dieron cuenta que no escuchaban nada. Ricky cayó desplomado sobre el
césped y comenzó a llorar sin saber todavía lo que había pasado. Drilo y Tanque
se quedaron con sus puños en el aire sin terminar su exhibición boxística con
el cuarto árbitro de réferi y también se echaron al suelo. Luisa solo alcanzó a
no mirar y cuando levantó la cabeza solo escuchaba un zumbido, por un instante
pensó que nuevamente eran explosiones o disparos y algunos en la tribuna
también lo creyeron así, especialmente los de la Curva Sur.
La gente comenzó a salir del estadio entre el pánico y la confusión.
Entonces, algunos hombres comenzaron a gritar al unisonó.
―¡Fue un rayo!
Y otros más comenzaron a tratar de calmar a la gente.
―¡Por favor no corran! ¡Fue un rayo!
Algunos jugadores comenzaron a levantar la cabeza y observaron que Ricky
estaba bocabajo sobre el césped y sin moverse. Tanto jugadores Rojos como
Celestes, corrieron hasta donde el jugador veterano estaba y comprobaron que
solo permanecía en pánico, pero nada más. Fue en esa calma cuando uno de los
arqueros postró su vista sobre la asistente de línea que se quejaba de dolor en
sus oídos y que gritaba que su central necesitaba ayuda.
―¡Ayuda! ―comenzaron a gritar los dos arqueros y la árbitro asistente.
Conforme los segundos pasaron, la gente comenzó a calmarse y miraron
que, en el área, con la pelota todavía en sus manos, el árbitro central estaba
bocarriba, sin movimiento y le salía humo del cuerpo.
Comenzó a llover. Al fin. El estadio fue evacuado de a poco y los
paramédicos llegaron hasta el área solo para corroborar la muerte del central.
El rumor se comenzó a expandir, el árbitro había muerto. Y se escuchó decir a
alguien.
―Bueno, menos mal.
Drilo salió de su propia confusión por el rayo, miró a Tanque y de
manera sincera le preguntó:.
―¿Estás bien?
―Estoy bien ¿y tú? ―respondió y pregunto a su vez Tanque.
―Estoy bien ―dijo Drilo y luego expandió su pregunta a los demás que
tenía cerca incluyendo el cuarto árbitro. Tanque también comenzó a revisar si
sus hombres de banca y cancha estaban bien.
Drilo y Luisa se reencontraron en la banca. Ambos se preguntaban a
gritos si el uno y la otra estaban bien.
Y así, comenzó lo que ocurre siempre que un desastre se hace presente,
por alguna razón desconocida, surge la solidaridad. Rojos y Celestes se
apoyaron para salir en orden del estadio, temerosos todos por un segundo rayo
que complicara las cosas. En las bancas, los médicos de ambos equipos atendían
a quien fuese sin distinguir banderas ni colores. Las crisis nerviosas, dentro
y fuera del campo fueron numerosas y tan numerosas como esas crisis era la
gente que ayudaba, que consolaba y que trataba de calmar.
A Ricky lo sacaron del campo muerto de miedo y los jugadores de uno y
otro equipo se abrazaban entre ellos. Para la posteridad, quedaron las imágenes
de cooperación y cordura de la gente.
Entre todo el ajetreo, después de juntar a sus jugadores y mandarlos a
casa, Drilo y Tanque se encontraron en el pasillo del estadio. Ya no estaba
fresca la sensación de peligro así que no se dijeron nada, pero se miraron a
los ojos y no se golpearon. Eso fue ganancia.
Luisa también se encontró con Ricky en el pasillo del estadio. El
veterano jugador ya estaba más tranquilo y tenía una toalla en la cabeza. Luisa
lo vio y pensó pasar de largo, pero él fue quién le cerró el paso.
―Hola ―le dijo él sin quitarse la toalla de la cabeza.
―Hola ―respondió Luisa por pura cortesía, su opinión de él no había
mejorado en todos esos años.
―Oye, perdón por… todo, por absolutamente todo.
Luisa pensó en escabullirse rápido, pero el pasillo seguía lleno de
gente y eso dificultaba su huida.
―Sí, no te preocupes ―le respondió ella.
Ricky se apartó del camino de Luisa y quedó solo con sus tribulaciones y
culpas. Pasaría sus últimos años como jugador Celeste y se retiraría sin
dignidad a sus treinta y nueve años. Al final, y después de todo, había sabido
organizar de forma decente su patrimonio y no lo perdió como otros futbolistas,
puso un restaurante en donde adornó las paredes del mismo con fotos de los
mejores momentos de su carrera como las Copas del Mundo y su paso por Europa.
Una de las fotos que más llamaba la atención de todos era aquella en la que
aparecía desbordado de felicidad a lado de Luisa el día de “la Venganza de
Drilo”, el pie de la foto decía “Nunca fui más feliz que en ese momento”.
Inmediatamente comenzaron a correr las noticias sobre el rayo que hizo
que en esa edición de la Copa el puesto de campeón se declarara desierto. Se
informó que el árbitro caído en batalla dejaba una madre sola, que tenía un
negocio de muebles y que le gustaba armar asados con mucho vino con sus amigos.
También se comenzó a crear la leyenda de que el Nacional era un estadio maldito
y que el cielo pedía su clausura con un rayo. Una frase, no se sabe si con
humor negro o dicha de manera sincera, circuló por las redes sociales: si en el
lugar donde derribaron el Penal Norte construyeron un centro comercial, ¿por
qué no hacen lo mismo con el viejo Nacional?
A la mañana siguiente, Ramón llamó a Drilo.
―Oye ¿están bien? ―le preguntó alarmado.
―Sí, sí. Todo bien. Solo fue el susto ―le contestó Drilo.
―¡Qué bueno! Oye, lo que pasó ayer me ha hecho decidirme en algo que
hace bastante tiempo quería plantearte. ¿Pueden venir a Achéron? ―dijo Ramón.
―Sí, quizás en dos semanas vayamos ―dijo Drilo sin mucha fe.
―No, no. No tenemos dos semanas, Drilo. Ayer me lo dijo el rayo que cayó
en la cancha y que mató al árbitro. Ven ahora ―le exigió Ramón que parecía
realmente aferrado a esa creencia.
―No lo creo…
Ramón insistió tanto que convenció a Drilo de hacer las cuatro horas
hasta Achéron esa misma noche. A Drilo mismo le costó trabajo convencer a Luisa
de que lo acompañara, pues eran instrucciones específicas de Ramón que ella
también viniera.
Se quedaron de ver en el Bar de los Mineros y cuando Drilo y Luisa
llegaron, Ramón ya estaba ahí. Se saludaron amistosamente pues tenían bastante
tiempo sin verse desde que Drilo se había ido a vivir a la capital con Luisa
para lo de ser la cabeza de los Rojos. Drilo pidió agua y Luisa si se permitió
una cerveza. Ramón los entretuvo platicándoles sobre el pasado y las últimas
noticias del pueblo.
Drilo se impacientaba, no sabía qué hacían ahí tan lejos si mañana había
que levantarse temprano para asistir al sepelio del árbitro caído. Entonces, un
Porsche con la carrocería en color plata aparcó delante del bar. Era raro ver
ese tipo de automóviles en Achéron que, a falta de mina y de equipo de primera
división, se había refugiado en las falsas promesas del turismo para paliar su
miseria económica.
Del automóvil, Luisa alcanzó a observar que el que descendía del asiento
del conductor era el mismísimo Risto Tanque. De inmediato miró a Drilo con cara
de susto y esperó que el timonel de los Rojos no hubiera visto al ídolo
Celeste, pero Tanque entró al bar y el encuentro fue inevitable.
―¡Amigo! Estamos por acá ―le dijo Ramón a Tanque y al verlo, a Drilo se
le borró la sonrisa de un tajo.
―Amigos ―comenzó a decir Ramón al tiempo que arrimaba una silla para
Tanque ―, creo que ya todos nos conocemos de sobra. Los he llamado aquí para…
Drilo se puso de pie, echó una mirada a Luisa con la que esperaba
decirle que se iban.
Pero ella se animó a ser aliada de Ramón y le pidió a Drilo que…
―Al menos escuchemos qué tienen que decir.
Drilo miró a Ramón que se había quedado callado.
―¿De qué se trata todo esto, Ramón? ―preguntó en tono violento Drilo.
―Pues eso, mi amigo, es lo que iba a explicarte.
Drilo se sentó y Ramón comenzó a explicar situaciones que desde siempre
le habían parecido muy extrañas, no solo a Drilo sino a Luisa, como onerosas
donaciones al F.C. Achéron varonil y femenil, el fichaje de la bestia de
Armenia, Vladímir; los primeros patrocinadores del Achéron Femenil y el salario
siempre puntual de los abogados que defendían a Luisa cuando él y Succed no
tenían dinero. Luisa ya sabía que ella había sido llamada a la Selección
Nacional por recomendación de Tanque a Tristán, así que para ella no era un
misterio total el que Tanque estuviese relacionado con su vida.
―Incluso, Drilo ―siguió develando misterios Ramón ―tu sueldo como
entrenador del equipo de niños fue pagado por Tanque, ¿yo qué duros iba a tener
para pagarte? Y todo esto se los digo para que quede clara una cosa, que a
pesar de sus peleas, siempre estuvimos del mismo bando.
Drilo se vio tentado a beber otra vez. Fue al baño y pensó las cosas
varios minutos frente al espejo opaco del sanitario del Bar de los Mineros.
Cuando regresó a la mesa, Ramón ya explicaba su idea a los demás.
―Quiero regresar al F.C Achéron. Tanque tú tienes los contactos, la
experiencia en el manejo. Drilo, tú eres el alma de ese equipo, aún te
recuerdan. ¿Saben que los mineros tienen al equipo en la cuarta y sigue jugando
en el Granma? Yo los conozco y ellos te conocen, Drilo. Hay que intentarlo.
―Yo no puedo ser el entrenador del equipo, tengo contrato con los Rojos
por dos años más ―dijo Drilo.
―Y Tanque tiene contrato de cuatro años con los Celestes, lo que les
estoy pidiendo es que comencemos a poner piedra sobre piedra en ese proyecto,
que ustedes comiencen a hablar con jugadores y promotores para volver a hacer
la cantera ―explicó Ramón.
Tanque comenzó a decir que él estaba interesado. Hacía años que Ramón le
había platicado la idea y no le había parecido una locura pues se sabía capaz y
tenía la certeza de que en los Celestes nunca pasaría de ser un entrenador o un
director deportivo. También, estaba dispuesto a terminar con el rencor que
sentía por Drilo, aunque no estaba dispuesto a perdonarle todos sus errores,
pero si a darle oportunidades de construir un nuevo camino, un borrón y cuenta
nueva sin olvido. Cuando la huelga de jugadores, había pensado que ese
conflicto entre él y Drilo terminaría al fin para enfrentar a un enemigo mucho
más fuerte, pero Drilo echó todo a perder. Y nuevamente Tanque mandó todo por
la borda y cada que miraba a Drilo un coraje recorría su cuerpo hasta el punto
de querer matarlo. Un día se enteró por la televisión que a Luisa le habían
quebrado las piernas en la cárcel y culpó a Drilo por ello, y no se guardó ese
sentimiento, lo hizo público por redes sociales y Drilo no tardó en enterarse;
pero no le respondió, al contrario, en parte estaba de acuerdo con Tanque,
sabía que había echado todo a perder. Sin duda, su motivación más grande era
Luisa. El vínculo entre Tanque y Luisa se cerró cuando Ramón le dijo a Tanque
que aquella mujer estaba ligada a la vida del astro Celeste casi de forma
paranormal, y le mostró una fotografía de un diario muy viejo en donde
aparecían Tanque y Luisa, él cómo novato de los Celestes, ella como una niña
asustada y fanática de los rojos.
―Si se logra hacer ―dijo Luisa a los tres caballeros de la mesa ―cuenta
conmigo para organizar el equipo femenil, ahora que la liga se ha refundado.
―Te lo agradezco mucho, mujer ―dijo Ramón ―, pero ya hablé con la
persona indicada para ello. El profesor Bartolomé, quien también sigue
trabajando con los jóvenes para el equipo de la cuarta división.
―Bueno, pero necesitarás una entrenadora ―dijo ella.
―Ya también hablamos con una. Se llama Flora Tristán.
A Luisa se le iluminaron los ojos y puso una sonrisa.
―Bueno ―dijo Luisa ―yo puedo seguir siendo la asistente de Drilo.
Ramón la miró a los ojos.
―Mujer ―comenzó a decirle ―, quiero pedirte que ya que los dos hombres
aquí sentados tienen contratos vigentes en la Primera División, seas tú la que
dirija al F.C. Achéron masculino.
―No hay mujeres entrenadoras ni en la cuarta división, Ramón ―le
contestó Luisa escéptica.
―Justamente ―respondió Ramón.
―Me parece buena idea ―contestó Drilo un poco más animado.
―¿De qué hablas? ¿Qué harías sin mí? ―preguntó en tono de broma Luisa a
Drilo.
―Al menos las cosas serían más justas ―agregó Tanque ―, estos años han
sido dos contra uno todo el tiempo.
―Bueno, este último partido no
resultó como ninguno esperaba ¿no? ―dijo Drilo para cambiar el tono de la
conversación.
Los demás recordaron que un rayo había caído apenas el domingo pasado.
Drilo terminó de beber su agua y los otros sus cervezas. El primero en
irse fue Tanque. Durante la despedida, los dos hombres que llevaban casi
veinticinco años de guerra se dieron la mano. Ramón ofreció a Luisa y a Drilo,
hospedarlos en su casa. Ellos aceptaron la invitación.
Al día siguiente, muy temprano, Luisa estaba vestida y lista para salir.
Drilo no se había levantado aún y Ramón solo la alcanzó en la última parte de
su desayuno ligero.
―¿A dónde vas tan temprano? ―le preguntó Ramón.
―Al Granma ―le respondió Luisa.
―¿Quieres que te lleve? ―ofreció Ramón.
―No, Ramón ―contestó Luisa ―, quiero ir sola, pero por favor dile al
Jefe que no tardo.
―Antes de que te vayas ―dijo Ramón al tiempo que buscaba algo dentro del
bolsillo de su chaqueta―, quiero mostrarte una cosa.
Se acercó hasta Luisa con un recorte de periódico en mano. En este,
había una fotografía de Tanque, muy joven y cargaba a lo que parecía ser una
niña. Tanque llevaba puesto el uniforme Celeste de hace más de veinte años y
tenía en su rostro una expresión de espanto. Alrededor del futbolista y la
niña, había toda una serie de personajes que también parecían estar en fuga.
―Es Tanque ―reconoció Luisa.
―Sí, el día de la tragedia. Y te lleva a ti en brazos. Esta fotografía
no tuvo mucha difusión porque la tomó un corresponsal del diario local de
Achéron.
Luisa no lo podía creer. Era un episodio que no recordaba en su memoria.
Recordaba sí, haber sido sacada de la línea de fuego por alguna persona; pero
nunca se había detenido en preguntarse quién la había salvado de aquellas
balas.
―¿Él lo sabe? Me refiero a Tanque ―preguntó Luisa.
―Sí, se la mostré hace unos meses.
Una duda fundamental se le presentó a Luisa.
―Ramón, ¿cómo es que conoces a Tanque?
Ramón esbozó una sonrisa. Era algo que había esperado que le preguntarán
todos esos años.
―La familia de Tanque era de comerciantes de abarrotes y yo trabajaba
como distribuidor de la mina y de ahí los conocí, gracias al libre mercado. Les
vendía la sal para sus almacenes y cuando lo conocí por primera vez era apenas
un chaval el gran Tanque, bastante flaco, no el hombre musculoso que hoy vemos.
Alguna vez, hice un favor especial a esa familia y después de eso, ellos me
comenzaron a tratar bien. Convivimos mucho mientras el negocio de la sal fue
prospero. Y ya después… los tiempos cambian. Tanque me contactó porque buscaba a
Drilo luego de su lesión, luego del partido de la muerte. Me pidió no decir
nada de que yo lo conocía a él, pero su interés era ayudar a Drilo para volver
a competir contra él. Luego apareciste tú y pasó todo lo que pasó. Y cuando
miro esta foto, Luisa, no puedo dejar de pensar que los destinos de todos
estaban tan unidos que me da miedo. Nada es coincidencia y el rayo del domingo
me apresuró a decirles estas cosas. Todos parecemos estar unidos de manera
cósmica, no solo las personas sino las cosas y este pueblo nuestro, Achéron.
Luisa reflexionó sobre las palabras de Ramón varios minutos mientras se
bebía una última taza de té antes de salir. Finalmente, antes de que el viejo
Ramón se retirara para darse una ducha, le dijo.
―Gracias por todo, Jefe Ramón.
Luisa salió y caminó lentamente por el centro del poblado que tanto odió
durante su adolescencia. Cruzó el puente del río y la plaza central en donde se
celebraban todos los triunfos del F.C Achéron. Caminó por el adoquín que
bordeaba el río y en donde le gustaba pasar horas charlando con Rosa, también
recordó el prado donde Ricky le ganó un partido por un beso y finalmente llegó
hasta el Granma. La mole de ladrillos rojos, con sus altas torres de alumbrado
y sus escalones en la entrada de la tribuna principal. Se dio cuenta que el
acceso a las gradas estaba abierto y entró por ese túnel por el que había
caminado mil veces antes. El césped tenía cierto descuido y ella se sentó en la
primera fila del graderío. Dio una última ojeada a ese paisaje que sentía le
pertenecía con todo y los cuervos que la observaban y parecían darle la
bienvenida, como si la recordaran de siempre. Solo entonces, sacó el sobre con
la información sobre su madre. Rompió el sello y sacó los documentos. Comenzó a
leer y en algún punto se detuvo a pensar en que la idea de Ramón era magnifica,
si regresaba el Achéron con ella como entrenadora sería algo realmente para
disfrutar. Finalmente, cuando sintió que podía pasar toda la vida en ese
estadio, casa suya el viejo Granma cuya cancha observaba frente de si, se
ilusionó, tenía años de no ilusionarse con nada.
Regresó a sus papeles. Continuó leyendo y llegó al punto importante que
decía:
“Según consta en los documentos del Ministerio de Defensa, a Miriam
Ponzio le fue ofrecida su libertad a cambio de dos años al servicio de la
fuerzas del dictador José Juan Carrasco en el país de N como miembro de una
cuadrilla especial de inteligencia. Lo anterior, para aprovechar su amplio
conocimiento en explosivos y su situación irregular como ciudadana del país, además
de no pertenecer a las fuerzas armadas. Consta en un documento secreto que
Miriam Ponzio aceptó y fue sacada del Penal Norte y enviada, bajo la identidad
de Sofonisba Anguisola al país de N. En los documentos de ese país se reporta
que Sofonisba murió en un hecho violento armado, pero no en N, sino como
miembro de la guerrilla libertaria que logró restaurar hace unos años la
democracia y la libertad en el país de Y. No fue su única intervención en
grupos armados durante esos años luego de fugarse de N, participó en al menos
otros tres grupos guerrilleros o libertarios en otros tres países distintos,
los detalles vienen acompañados de los documentos probatorios. Fue complicado
seguirle la pista debido a sus diversos alias y movimientos errantes. Fue enterrada
en el cementerio de la ciudad capital de Y se corroboró la existencia de la
lápida. Si se desea obtener un permiso de exhumación para su posterior análisis
de ADN se puede tramitar. Como información adicional, en los documentos del
ejercito libertador de Y consta que Sofonisba es considerada una héroe.”
“La petición de sus pertenencias al gobierno de Y se llevó a efecto y
una caja pequeña se nos fue entregada. La caja actualmente se encuentra en
custodia por parte del Ministerio del Exterior mientras se tramita su entrega
completa. En la caja hay diversos objetos de higiene personal, un uniforme
militar, cuatro prendas más de ropa además de tres pares de zapatos y unas
botas militares, un arma corta y una pila de papel de dos kilos de peso de
diarios deportivos del país de Y correspondientes a las fechas previas de su
muerte y que coinciden con la realización de los Juegos Olímpicos del año en
que usted ganó la medalla de oro.”

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