XXIV UN RAYO



Ramón aparcó su viejo automóvil en uno de los cajones del estacionamiento del infierno en la tierra, el Penal Norte, que ya desde su puerta principal emanaba un ambiente denso y desagradable, era el ambiente casi paranormal propio de los lugares donde grandes tragedias han ocurrido. Drilo iba en el asiento del copiloto. Ramón miró su, no menos viejo, reloj y preguntó a Drilo.
―¿A qué hora te dijo el abogado?
―A las tres.
Ramón volvió a mirar su reloj y corroboró que ya era hora. Sacó un cigarrillo y lo encendió. La tarde era nublada y fría, como si el aspecto sombrío de los muros de concreto del penal no fueran suficientes para destruir el buen humor.
―¿Crees que nos reconozca? ―le preguntó Ramón.
―No lo sé.
Un silbato se escuchó y la luz roja que coronaba la puerta del penal comenzó a parpadear. Un zumbido retumbó y la puerta se abrió con un estruendo que hizo que los cuervos que descansaban sobre las cornisas del inmueble maldito se marcharon al vuelo. Y, como un fantasma lejano de otros tiempos, Ramón y Drilo vieron la figura de Luisa… sobre su silla de ruedas.
Drilo salió apresurado del automóvil y caminó deprisa hasta a su encuentro. Un guardia ayudaba a Luisa con la silla y cuando Drilo la tuvo enfrente, primero se deshizo del guardia.

―Yo la llevo desde aquí, muchas gracias.
La encaminó hasta el auto en donde esperaba Ramón en pie a lado de la puerta del conductor.
―¿Pero qué te hicieron, muchacha? ―murmuro Ramón al ver el estado de catatonia en el que estaba Luisa.
Al llegar al automóvil, Drilo se puso enfrente de Luisa y le habló por su nombre. Ella no respondió. La cargó y con ayuda de Ramón, la acomodó en el asiento del pasajero.
―¿A dónde vamos? ―preguntó Ramón.
Drilo ni lo pensó.
―Al hospital.
Y a Ramón le pareció que eso era lo más sensato.
Durante dos meses Luisa no dijo ninguna palabra, se limitaba a comer, dormir y defecar con la ayuda de un pañal. Drilo la llevaba con dedicación religiosa a una serie numerosa de consultas con médicos de diferentes especialidades que trataban las complicaciones de salud que Luisa había adquirido estando presa durante cinco años. Por ejemplo, podía seguir con la vista objetos en movimiento aunque no parecía comprender lo que se le decía. Lloraba continuamente sin razón y le tenía pavor a la oscuridad por lo que tenía que dormir con la luz de la habitación encendida.
Sobre el problema de sus piernas, los médicos se cuidaron de no dar falsas esperanzas, podría volver a caminar luego de varias operaciones, pero eso de jugar fútbol otra vez era, según doce médicos de tres países distintos, imposible. Una de sus piernas se había acortado y sus huesos no se habían unido del todo luego de romperse, además de que parte del tejido de sus músculos se había dañado hasta perderse. Era evidente que Luisa le debía la vida al doctor del penal y solo eso. En ese estado, y debido a las complicaciones de su malnutrición en el penal durante cinco años, las únicas posibilidades de Luisa se reducían a recibir una donación ósea. Nueve meses calcularon los médicos que podía tardar su recuperación parcial y el asunto de su salud mental no era menos grave que el de sus piernas. La depresión que cargaba a cuestas era aplastante y era un milagro que continuara viva luego de cinco años de encierro.
Una mañana, Drilo se levantó y comenzó su rutina de comentarista deportivo de la televisión pues lo primero que hizo fue encender su computadora y recorrer los distintos portales de información deportiva para estar al día. Luego de dos horas salió de su habitación y fue hasta la de Luisa y observó que ella ya estaba despierta. Fue hasta la cocina y puso agua en dos tazas y las metió al microondas. Una con té de zarzamora y otra con té verde. A una le echo azúcar y le dio un sorbo. A la otra le puso miel y se la llevó a Luisa. Ayudó a la chica a sentarse en la cama y le acercó la taza con el té caliente. Luisa sorbió un poco y unas gotas le resbalaron por la barbilla. Drilo volvió a la cocina y cogió unas servilletas. Regresó al cuarto y se encontró con la inmensa sorpresa de que Luisa sostenía por si sola la taza de té y lo bebía. Drilo dejó caer las servilletas y le habló.
―¿Lo sientes muy caliente? ―fue lo primero que se le ocurrió preguntar en medio de su sorpresa y su gozo.
Por un momento ella no dijo nada. Puso la taza sobre la mesita y con voz clara le dio las gracias a Drilo. Fue todo, una simple palabra.
Drilo corrió por su teléfono y llamó a Ramón.
―¿¡Ramón!? ―dijo Drilo completamente emocionado ―, ¡habló! Sí, sí. Ahora comienzo a grabar con el teléfono. Luisa, ¿cómo estás? ¿Me reconoces?
Luisa lo miró y con un simple movimiento de cabeza le respondió afirmativamente.
Los días siguientes, Drilo canceló varias de sus citas y se concentró en pasar mucho más tiempo con Luisa. Pidió consejos a los psiquiatras y psicólogos que la atendían y estos le pidieron ser cuidadoso con las esperanzas, pero el número diez no hizo caso, el fútbol le había enseñado que las esperanzas eran eternas y que ni siquiera el silbatazo final del árbitro significaba el final de nada cuando había otro partido, una segunda vuelta o una nueva temporada por delante.
Una tarde, de la bodega de su casa, sacó una serie de cajas y comenzó a ordenar los objetos que contenían. Mientras Luisa estaba en una de sus diversas consultas médicas en compañía de Ramón, Drilo comenzó a ordenar el cuarto según lo recordaba. No puso su poster sino el de Tanque (a pesar de todo), y ordenó todas las camisetas de fútbol con el número diez en el dorsal incluyendo las obtenidas en los Juegos Olímpicos, también colocó la bufanda de los Rojos y el jersey Celeste. La medalla de oro quedó en el centro de aquella decoración junto a la foto de la madre de ella; cuando Luisa regresó no pareció notar el cambio; pero la siguiente mañana al despertar, Drilo la encontró en el suelo arrastrándose para alcanzar esa especie de altar futbolero que había ahora en su cuarto. Drilo la regresó a la cama y le comenzó a pasar los objetos.
―¿Lo recuerdas? ―comenzó a preguntarle ―Todo esto es tuyo.
Luisa tomó la medalla de oro y comenzó a observarla a y palparla con detenimiento.
―Gracias… ―murmuró Luisa ―…Jefe.
Los meses siguientes Drilo contaba por teléfono un avance al menos a Ramón sobre Luisa, que si ya podía avisar para ir al baño, que si ya comía carne, que si ya podía sostener una conversación. Ramón se alegraba con él y Drilo se vio en la necesidad de pedir refuerzos.
Por la casa de Drilo, enterados de su mejoría, comenzaron a desfilar distintas figuras del pasado. Inés, ahora entrenadora, las hermanas Serdán, flamantes seleccionadas nacionales, y Alejandra que ya había jugado unos Juegos Olímpicos, además de las otras integrantes del equipo. Todas ellas dedicaban largas horas a estar con Luisa. Incluso, Celia Atahualpa viajó desde Alemania, donde jugaba para un importante club de aquel país, para visitar a Llora Mucho. También pasaron por la casa Woolf y Manuela, la entrenadora Flora Tristán y la siempre alegre Micaela que ahora se dedicaba a la formación de equipos femeniles de niñas en situaciones de pobreza. Todas ellas se cuidaron de no contar a Luisa acerca de su experiencia en la Copa del Mundo y en los Juegos Olímpicos que acababan de pasar y a los que se habían logrado calificar, nadie sabía si eso le generaría una crisis a Luisa aunque Drilo claramente le había explicado que había estado presa durante cinco largos años.

Otro día, asistieron los mineros de la Liga del Sindicato, el Manco, el Tuerto y el árbitro justo, se acordaron de llevarle a Luisa, aunque Drilo les indicó que no estaban permitidas las bebidas alcohólicas en su casa, unas cervezas bien frías.
El ahora comentarista deportivo llevaba tres años sobrio y era padrino de un grupo de once pasos para dejar el alcohol y por ello, hasta las simples cervezas no las podía ni ver sin sentir esa sensación de necesidad suprema por una gota de alcohol.
Un domingo, se reunieron en casa de Drilo algunos de los exintegrantes del Milagro Amarillo, algunos ya eran exjugadores y otros continuaban en activo. Ricky, por supuesto, estaba descartado desde el principio para acudir a esa reunión que sonaba a reencuentro. Sandino y Toussaint hicieron varios regalos a Luisa, el excapitán le regaló algo que a Drilo nunca se le había ocurrido hasta entonces: una pelota.
En el momento en que Luisa tomó con sus manos la esférica, una lágrima resbaló por su mejilla, parecía que aquel objeto sagrado podría hacer que Luisa se levantara y anduviera, pero tan solo fue capaz de ocasionarle un llanto fundado en recuerdos de tiempos grandiosos. La pelota se quedó en el centro del altar de Luisa, junto a la medalla de oro.
Otro día, se apareció por la puerta del cuarto de Luisa, su antiguo maestro de español con una caja con doce libros, algunos sobre fútbol, otros sobre mujeres que derribaban las murallas que las aprisionaban y una nueva temática: los testimonios de supervivientes de situaciones como la de Luisa o peores.
―Profesor ―le dijo Luisa mientras ojeaba los libros ―, creo que olvidé leer.
―No te preocupes ―le dijo él ―, puedo estar la tarde de cada viernes y sábado para ayudarte a recordar cómo se hace.
Y el profesor cumplió con devoción su promesa hasta que Luisa pudo volver a leer de corrido.

A pesar de esas visitas y de que le brillaban los ojos cada vez que alguien tocaba la puerta de la casa, ella seguía sumida en un terrible sentimiento de derrota respecto a su situación de no poder caminar y no poder deshacerse del miedo a casi todo. Las recuperaciones luego de las operaciones eran los peores momentos y su depresión complicaba y retardaba sus posibilidades. Entonces, Ramón le dio a Drilo una información que era casi desconocida para él.
―¿Sabías que ella estaba en la Villa Olímpica durante los Juegos Paralímpicos de hace seis años y que hizo algunos amigos ahí?
―No, pero ¿tú cómo sabes eso? ―le preguntó Drilo.
―Pues está en sus redes sociales.
Las cuentas de Luisa en el internet no habían sido borradas, estaban llenas de recuerdos, de fotografías, de pensamientos y de cientos de vídeos de fútbol de todo tipo. En esos perfiles virtuales, había tantos mensajes de admiración y ánimo hacia su persona como insultos, burlas y mensajes de odio; pero ahí estaba toda esa información de los hechos de hacía cinco años. Drilo le compró a Luisa un dispositivo móvil para que pudiera publicar en sus redes sociales, sin embargo ella no recordaba sus contraseñas .
―No te preocupes ―la tranquilizó Drilo ―, ya las recordarás y volverás a publicar.
La última publicación de Luisa había sido acerca de su último partido con el Ensamhet en el que ella había marcado sus últimos dos goles. Drilo le preguntó a Luisa si recordaba aquello pues había cosas que ella prácticamente había olvidado.
―Sí, la puse pegada al palo, fue un bonito gol, el segundo. El primero no lo recuerdo, pero recuerdo la sensación de pisar el campo cuando estaba cubierto de nieve ―dijo Luisa al mirar las fotos que ella misma había tomado de sus compañeras felices por haber logrado la salvación.
Drilo envió un mensaje ese mismo día al sitio web del Club sueco informándoles de los avances de Luisa y tres días después, llegó desde Suecia una bandera de un metro por dos del club firmada por todas las jugadoras del equipo que habían sido compañeras de Luisa y que todavía jugaban para el equipo. Un vaso de cartón también venía junto con la bandera, era un vaso del café Bekväm. Luisa miró el vaso y una sonrisa se le escapó entre la nostalgia.
―Jefe, yo tenía unos vasos con las camisetas y la medalla ¿qué les pasó?
Drilo recordó aquellos vasos numerados que había visto entre las cosas de Luisa y a los cuales no les encontró sentido alguno. Fue rápido hasta las cajas de sus pertenencias y los encontró. Se los dio y Luisa los miró con cariño.
―¿Qué son? ―le preguntó Drilo.
―Eran las jugadoras, Jefe ―contestó Luisa y la respuesta siguió sin tener mucho sentido para Drilo. Entonces, Luisa le preguntó.
―¿Cuándo hay juego de fútbol en la televisión?
Drilo llamó emocionado a Ramón porque Luisa le había pedido un televisor para poder mirar partidos de fútbol.
―¡Creo que está regresando, Ramón! Poco a poco está regresando la chica que conocíamos.
―Calmado, hombre ―le contestó Ramón ―. Eso está muy bien, pero vamos paso a paso. ¿Cómo va su terapia de las piernas?
―Bueno, eso no ha mejorado mucho ―contestó Drilo.
―Pues llama al que fue su novio, Drilo ―le dijo Ramón ―. Al campeón Olímpico. Quizás él que sabe tanto de estar en una silla de ruedas le pueda decir a ella cómo volver a vivir.
―¿Novio? ―preguntó Drilo.
―¡Te dije que revisaras sus redes sociales!
Así lo hizo y encontró a Cabañas. Le escribió un mensaje sin mucha esperanza pues el tipo estaba en otro país. Al día siguiente la respuesta de Cabañas fue implacable: “Adelanto mis vacaciones, puedo estar ahí por dos semanas. Dígame usted dónde exactamente y estoy ahí mañana”
Cabañas llegó a Achéron una tarde durante una tormenta eléctrica. Observó que la casa de Drilo, una nueva y distinta a la que había tenido en el centro del pueblo y donde había vivido por años con su madre, estaba adaptada con rampas para el uso de silla de ruedas. Llamó a la puerta y ya lo esperaban para cenar. Llegaba solo pues esa misión, la de visitar a Luisa, era algo que consideraba personal. Drilo le abrió la puerta y lo invitó hasta la mesa donde ya estaba sentada Luisa. Ella lo recibió con una sonrisa tímida. Él, que se había rasurado la barba, se veía más joven que hacia seis años, cuando los Juegos Olímpicos los habían hecho conocerse.
―Hola, Luisa ―la saludó Cabañas y se fundieron en un abrazo.
Luisa hablaba poco durante la cena, era evidente que la visita la animaba, pero no lo suficiente como para hacer una fiesta. Ella se fue a dormir temprano y Cabañas fue informado por Drilo acerca de que Luisa tenía justamente una sesión de rehabilitación en la alberca a la que el campeón paraolímpico podía acompañarla.
A la mañana siguiente, Ramón llegó a la casa de Drilo para llevar a Luisa y a Cabañas al centro de rehabilitación de Achéron en una van que Drilo había mandado adaptar para la condición de Luisa.
Luego de su sesión en el agua de la alberca, Luisa y Cabañas quedaron a solas para hablar mientras esperaban el regreso de Ramón. Cabañas pudo darse cuenta que el estado de ánimo de la persona con la que hablaba estaba destrozado. Así, trató de animar a Luisa. No cesó en su intento de hacerla reír con sus chistes, pero luego de una semana y media no podía decirse que hubiese logrado gran cosa. Se lo hizo saber a Drilo y le comentó que este tipo de cosas tomaban su tiempo y no se podía decir cuánto.
―Verás ―le decía a Drilo una noche después de la cena mientras creían que Luisa no podía escucharlos y dormitaba plácidamente en el sofá de la estancia ―, a mí me ocurrió un accidente, pero a ella la han ultrajado. Es algo que ni siquiera puedo imaginarme. Ni siquiera yo puedo exigirle que lo intente porque, no son situaciones similares. A veces pienso que lo único que tenemos en común es una medalla olímpica y una silla de ruedas. Lo único que te puedo decir es que tengas cuidado porque uno de estos días no se quiera matar.
Drilo miró a Cabañas con cara de espanto. La molestia lo asaltó después, pero tuvo que aceptar que ese era uno de sus temores más profundos, llegar y encontrar que Luisa se había matado.
―¿Y cómo puedo evitarlo ―preguntó Drilo.
―Tiene que encontrar sentido ―respondió Cabañas ―, eso es más que una simple motivación o una razón para vivir; encontrar sentido, men, es algo tan básico que ni siquiera puedo explicarlo bien, pero es lo que a mí me permite decir que quiero seguir viviendo, no lo sé. Te puedo decir que yo perdí el sentido de la vida durante un tiempo luego del accidente, pero lo recuperé con el tiempo. Solo tiempo y ámala, que se sienta querida. Bueno, eso es lo que te puedo decir, en dos días yo regreso a casa, con mi familia, con mi esposa y con mi hija…
Al día siguiente Luisa tomó por primera vez la iniciativa de la conversación con Cabañas. Esperó que Drilo se fuera a la televisora y le preguntó mientras terminaban el desayuno.
―¿Te vas mañana?
Él respondió afirmativamente.
―Me gustaría que te quedaras ―le dijo Luisa ―. Me hubiera gustado que nos conociéramos cuando yo no estuviese en problemas. Quizás… no sé.
―¿Qué cosa, Luisa?
―Nada ―contestó ella regateando la pregunta.
Cabañas la miró y trató de descifrar el misterio que ese “nada” escondía. Fue redescubrir un continente.
―¿Sabes, Luisa? Sigues siendo tremendamente hermosa.
Luisa abrió bien los ojos. Respiró hondo.
―En la cárcel me violaron ¿sabes? ―comenzó a contar Luisa ―. Debido a eso ya no puedo tener una familia, ya ni siquiera eso puedo tener…
Trató de decir algo más, pero Cabañas se le adelantó.
―No digas nada. Tranquila. A veces la familia no es la que la sangre le asigna a uno, sino la que uno se hace ¿Podrías levantarte la blusa, por favor?
Luisa le dijo que no.
―Por favor ―insistió él ―. No te preocupes.
Luisa se quitó la blusa. Su vientre ya no era el de la piel perfecta y los músculos marcados por las abdominales de cuando entrenaba. Sintió vergüenza.
―Sí, continua ahí ―dijo Cabañas ―. Libertad. Míralo Luisa. Léeme la palabra que está escrita en tu vientre.
Ella se quedó callada, ni siquiera se miró el vientre. Él se acercó  lo más que pudo y cara a cara le dijo.
―Lo único que te puedo decir es que hubo algo que no te quitaron, hubo algo que ganaste tú y todos los que te acompañaron en esta cosa tremenda que viviste. Estás viva y, maldita sea, puedes elegir. Eres libre de elegir. Este partido todavía no termina, Luisa. Quizás sean los tiempos extra a los que algunos ya no accedieron, pero tú estás aquí, viva y libre.
Cabañas le besó la frente a Luisa pues ella se había quedado sería y sin mirarlo cuando le decía esas palabras, pero había escuchado cada letra, cada frase se le había clavado en el corazón.
―Medalla de oro, Nadiani Ponzio, cúbrete o te va a dar un aire y luego van a decir que por mi culpa te enfermaste.
Luisa sonrió por primera vez dejando ver su ahora deteriorada dentadura, pero a Cabañas le pareció que hacerla sonreír era un triunfo más grande que sus medallas o campeonatos mundiales.
Al día siguiente, Cabañas partía por la noche de regreso a su país, así que pudo estar presente en la terapia física de Luisa.
Esa mañana, Luisa parecía una persona diferente, se esforzó bastante más de lo que lo había hecho en los cinco años anteriores. Esa misma tarde, pidió a Drilo que acompañaran a Cabañas hasta el aeropuerto, situación que sorprendió al analista deportivo pues por primera vez en todo ese tiempo, Luisa quería ir a alguna parte.
Durante todo el camino, Cabañas se la pasó de broma en broma y todos en esa van callaron cuando Luisa rió por primera vez en cinco años. Callaron. Y esa pequeña pausa fue la pausa de la alegría. Ramón aparcó la camioneta y sus pasajeros descendieron tomándose su tiempo sin ser molestados por nadie.
―Son los pequeños privilegios de andar en silla de ruedas ―bromeó Cabañas acerca de poder aparcar cerca de la entrada del aeropuerto.
Luisa le pidió que se acercara para darle un último abrazo de despedida y fue ahí donde lo capturó. Le asestó un beso en la boca, breve pero importante.
―Me lo robaste una vez ―le dijo Luisa ―, tenía que recuperarlo.
―Me parece un trato justo ―dijo Cabañas sin perder la alegría ―. Lástima que aquí no le podemos pedir a nadie que nos preste su habitación. Es bueno tenerte de vuelta, medalla de oro Nadiani Ponzio.
Y se fue.
Drilo miró aquel beso no sin sentir cierta comenzó en su espalda. Se volvió hacia Ramón y le dijo.
―Siempre tienes razón, Ramón.
―¿Qué esperabas? El tipo es un superhéroe… como ella ―le respondió Ramón.
Los meses siguientes, Luisa recuperó un poco el semblante de la persona que había sido, pero en su rostro siempre quedó la cicatriz de la tortura y la tragedia traducida en una profunda expresión melancólica en sus ojos. La fuerza poco a poco le regresó al cuerpo y al alma, y se esforzó por lograr avances en sus piernas. El dolor esta vez ya no era el obstáculo sino la frustración de no poder lograr caminar. Comenzó a competir consigo misma y redescubrió pequeños placeres que había creído perdidos para siempre: comer luego de tener mucha hambre, descansar después de una jornada intensa de ejercicios, sudar y la sensación del agua caliente en la ducha. También, disfrutó de nueva cuenta el ver fútbol en cantidades masivas y obsesivas por la televisión. Le gustaba mirar el programa de Drilo y discutían después en la cena sobre la polémica del momento o sobre los juegos del fin de semana.
Finalmente, un día hubo que redescubrir a los muertos. Fueron hasta la capital en donde visitaron el Panteón Central donde estaba la tumba de Rosa. Ahí, Luisa lloró una avenida. La lápida estaba llena de flores y símbolos de la resistencia que había logrado la caída de un régimen. En la piedra se leía que ahí yacía la líder de la Curva Sur y una palabra destacaba entre la poseía del obituario: libertad. Con el paso de los años esas coronas de flores se marchitaron y dejaron de renovarse. El país que niega a sus muertos olvidó aquella rebelión joven, digital y llena de pelota. Un día, las pintas sobre el sepulcro de Rosa fueron borradas por el tiempo y cuando sus padres murieron de tristeza y sus hermanos habían huido del país, solo Luisa visitaba aquel sitio de descanso eterno para limpiarlo y hablar con la que ahí reposaba eternamente.
Otro día, fueron a visitar a Succed y al tío Otulio. Ellos estaban enterrados en Achéron uno a lado del otro y junto a su padre, Marcos Nadiani y al abuelo, el Gran Cabo. Les dejaron flores, limpiaron sus tumbas y antes de ir a visitar a la madre de Drilo y a los abuelos Ponzio, Luisa le dijo a Drilo.
―Yo sé que usted cree que nunca la quise, Jefe; pero sí, al menos sabía que ella nunca me dejaría sola. Usted me cuenta ahora todo lo que mi tía hizo por liberarme y le creo porque a pesar de todo yo sabía que éramos familia, la peor de las familias, pero al final la única que tenía.
Drilo no dijo nada. El recuerdo de Succed lo destruía por dentro, no podía soportar la enorme culpa de los errores que llevaron a Succed a la muerte y consideraba suyos. Por honrar ese recuerdo y esa culpa, Drilo jamás mencionó a Luisa los sentimientos de carne que había sentido por ella en el pasado. Pero ella si sacó el tema luego de un partido en que vieron descender al último sobreviviente sin mancha: el Royal Club. En medio de ese drama Luisa le preguntó:
―¿Por qué me cuidas?
A Drilo le sorprendió que Luisa le hablara de tu. Casi nunca lo había hecho. No supo qué responder pues le parecía algo obvio, pero no sabía cómo explicarlo en palabras. Finalmente se atrevió a decir.
―Porque eres la única persona que me queda.
Luisa no dejaba de mirar el drama de los aficionados del Royal Club luego de descender por primera vez en su larga historia.
―A los dos nos queda Ramón ―dijo Luisa.
―Él es distinto, es mi mejor amigo, quizás mi único amigo. Pero tú eres…
―Sí, ¿qué somos? ―interrumpió Luisa.
―… somos, no sé.
―¿Soy tu sobrina?
―Quizás, aunque tu tía y yo nunca nos casamos. Así que oficialmente no eres mi sobrina. Pero aunque lo fueras, tú sabes que somos más que eso ―dijo Drilo sin tampoco dejar de mirar el televisor.
―Sí… los tíos no cogen con sus sobrinas, ¿cierto? ―Luisa sonrió ― En fin, gracias por cuidarme. Porque si el club de una desciende, una no lo deja de querer ¿no? Gracias por no dejar de quererme.
―Luisa, no sé qué tipo de familia seamos. Pero te amo y somos familia ―dijo Drilo.
Y así se acomodaron a vivir juntos, sin preocuparse por los lazos sanguíneos, por el pasado o por las etiquetas. Luisa estaba tan desolada que su menor preocupación era volver a jugar al gato y al ratón con la tensión sexual con Drilo. No solo era la devastación de saberse violada y sin posibilidad de tener hijos, también era que ella al igual que él, había adquirido un respeto por la figura de Succed que no le había tenido en vida. La madurez de bote pronto luego de unos Juegos Olímpicos y cinco años de infierno le aplacaron por completo las ganas de arriesgarse, de explorar y de simplemente disfrutar. Y así pasaron los años.

Luisa tenía treinta y cinco años cumplidos cuando por fin pudo rendir testimonio sobre su caso en un tribunal internacional. Ese día, se presentó decidida a decir lo que había ya contado en cientos de horas de terapia psicológica y algunas entrevistas a los medios que estuvieron dispuestos en esos diez años a escuchar su historia. Con sus amigos siempre gambeteaba el tema, incluso con Drilo o Ramón.
―Señorita Luisa Nadiani Ponzio ―la llamó el abogado ―puede usted indicar su nombre, su edad y a qué se dedica, por favor. Acérquese bien el micrófono, por favor.
Luisa acomodó el micrófono y respondió con voz clara.
―Soy Luisa Michel Nadiani Ponzio, tengo treinta y cinco años y soy parte del cuerpo técnico de un conocido equipo de fútbol de la Primera División…

―Gracias, señorita ―la interrumpió el abogado que realizaba su interrogatorio número cuatro de esa mañana y estaba sumamente hambriento y cansado ―. ¿Qué fue lo que vivió estando en el llamado Penal Norte hace casi quince años? Por favor, sea concreta.
Luisa comenzó a describir su experiencia a una serie de hombres maduros que componían el jurado y que juzgaban a otra serie de hombres maduros que habían integrado, en distintos niveles, el gobierno mal llamado democrático que había engañado y asesinado en aquel país. Algunos de los responsables de todos esos abusos y crímenes, ya habían muerto. Adicionalmente, a Luisa se le preguntó acerca de su padre, de su madre y de la Curva Sur.
―¿Formó usted parte del movimiento denominado la Curva Sur?
Luisa meditó la pregunta, ella misma se preguntó si realmente había sido parte, pues en términos simples, a la única persona que había conocido de ese movimiento era Rosa y, fuera de ella, no había entablado relación con ninguna de las otras chicas, ni siquiera en el estadio durante los partidos en que llevó la camiseta en color negro a las tribunas.
―Sí ―dijo al fin.
―¿Qué papel desempeño en dicha organización, señorita Nadiani?
Luisa describió sus tatuajes y el abogado le pidió que se levantara un poco la blusa para poder verlos. También, con un poco de trabajo, se levantó la falda a la altura del muslo para mostrar el Mefistófeles y el abogado tuvo que explicar su significado a los miembros del jurado.
―Señorita Nadiani ―continuó el abogado ― ¿Puede usted caminar actualmente?
―Con dificultad, pero sí.
―¿Puede usted correr?
―No, a veces lo intento, pero me es muy complicado ―respondió ella.
―¿Puede usted jugar al fútbol?
A Luisa le dolió esa pregunta en el fondo del alma.
―No.
―Señores del jurado ―dijo entonces el abogado ahora que ya tenía las emociones del jurado en sus manos ―, les pido, por favor, que miren ahora al monitor de la sala; no es necesario que sean ustedes versados en el deporte, podrán encontrar más sentido a este testimonio luego de que miren este vídeo.
El vídeo comenzó a correr, era una compilación de las mejores jugadas de Luisa, lo poco que pudo lograr en dos años meteóricos en los que explotó su carrera. Ella no pudo mirarlo, era demasiado. Salió de la sala triste, pero con la sensación del deber cumplido. Entonces, uno de los abogados, de carácter amable y juventud rebosante y que trabajaban para ella, la alcanzó a las puertas del edificio de la Corte.
―¡Luisa! Oye… oye, estuviste fantástica. Gracias, tu testimonio servirá de mucho, ya verás. Ahora, quiero que te sientes un momento. ¿Drilo no vino contigo?
―No, él se quedó en el entrenamiento ―dijo Luisa con una sonrisa por encontrar un rostro conocido en aquel edificio monumental de mármol excesivo y columnas tan anchas como para sostener el universo.
―Ya veo. Luisa, aquí están los resultados de nuestra investigación de los archivos desclasificados. Luisa, la encontramos.
El abogado le entregó un sobre amarillo cerrado a Luisa que casi se desmaya. Aquello de sentarse si había sido una petición seria por parte del joven abogado. Luisa tomó aire y miró el sobre como si este contuviera todas las respuestas de la vida. Entonces, le dijo ya más calmada.
―Lo abriré hasta después del partido de hoy.
―Tienes razón, Luisa ―dijo el abogado que esperaba que ella abriera justo en ese momento el sobre ―, primero lo primero. Llámame si tienes alguna duda. Ojalá ganen hoy la final. Dale mis saludos a Drilo y éxito.

Esa noche se jugaba la final de copa entre el cuadro Celeste y los Rojos.
Luisa llegó al estadio alrededor de las cinco de la tarde, bastante retrasada para el juego que definiría un campeonato más entre esas escuadras tan contrarias, tan enemigas y tan distantes. Ingresó al estadio Nacional, recién adaptado para el juego de esa noche debido a que el Merci Arena sería escenario en dos días de un concierto de un grupo de rock, el primero en el país en mucho tiempo. Todos la saludaban y llegó al vestidor donde Drilo y Toussaint, este último era entrenador de porteros de los rojos, ya la esperaban.
―¡Gracias al cielo! ―dijo Drilo tan solo la vio aparecer en su silla de ruedas ―¿Cómo te fue?
Luisa no dijo mucho, un gesto le bastó a Drilo para saber que lo mejor era concentrarse en el juego de esa noche.
―¿Te enteraste, Luisa? ―le preguntó Toussaint ― No juega Antonio Noriega.
Luisa asintió con la cabeza y encendió un monitor digital del tipo touch screen que tenía una cancha marcada con los once jugadores. Luisa comenzó a mover los puntos de colores que representaban a los jugadores de ambos equipos, eran los “vasos” digitales de la auxiliar principal del director técnico de los Rojos, Drilo.
―Tanque va a usar a Hayek ―dijo Luisa con la certeza con la que un matemático indica que dos más dos son cuatro ―. Es típico en él. No nos va  dejar el medio centro libre, no desde la última vez que lo goleamos.
Toussaint empezó a buscar en otra computadora los números de Hayek, pero el cerebro de Luisa se le adelantó y antes que Toussaint los encontrara, Luisa ya había dado un resumen concreto de cómo jugaba Hayek.
Drilo solo escuchaba y dejó que Luisa expusiera todo lo que tenía que decir, fueron veinte minutos de imaginación y profecía basadas en un amplísimo conocimiento del juego y su táctica. Sabía que tenía que callar pues el noventa por ciento de las veces, el partido que Luisa imaginaba ocurría. En el diez por ciento restante, ella recomendaba un ajuste de piezas y el partido ocurría pues siempre tenía un plan b y hasta una salida de emergencia por contratiempos.
Luego de terminada la junta del cuerpo técnico, Drilo sacó un sobre y se lo mostró a Luisa. Ella le preguntó qué era y él respondió que era otra posibilidad, otro doctor, otra operación para sus piernas. La izquierda prácticamente había podido sanar, pero aún le dolía en las noches frías. La derecha era el desastre completo debido al golpe más franco del martillo sobre el hueso del Luisa que lo había roto en demasiados pedazos. La posterior muerte de buena parte del tejido había obligado a muchos médicos a opinar que la mejor salida era la amputación de esa pierna.
Los utileros ya habían comenzado a hacer su trabajo en el vestidor y escucharon la discusión entre Drilo y Luisa acerca de volver a intentar una vez más con el asunto de sus piernas.
Luisa no quería, estaba cansada de hospitales, injertos y recuperaciones; Drilo en cambio, pensaba que había que agotar todos los recursos posibles pues, aunque Luisa había avanzado mucho en esos diez años, no terminaba por ser feliz.
Los jugadores entraron al vestidor y Luisa calló. Ella se convertía en una figura secundaría. Drilo era el que traducía todo lo dicho por Luisa al lenguaje simple y sencillo de los jugadores de fútbol. A veces, Toussaint le ayudaba y de esa forma, los jugadores menos experimentados del equipo (además de la prensa y los aficionados) pensaban que Drilo era el genio de todo aquello.
Después de la charla técnica, de que los jugadores salieran a calentar y regresaran, y de que se cambiaran para el juego, Drilo dio su arenga. Sus discursos eran cortos, pero gustaban a sus pupilos que le daban su lugar de autoridad irrefutable por el simple hecho de haber jugado en el mejor club del mundo y haber sido campeón continental. Curiosamente, todos esos muchachos jóvenes, también lo reconocían como el impulsor de la huelga de futbolistas que les había permitido tener al fin un sindicato e ignoraban el hecho de que había sido el mismo Drilo quien había roto aquella rebelión.  Esa noche en su arenga, incluyó una petición especial para la ocasión.
―¡Vamos a derrotar a ese malparido de Risto Tanque y sus once pitufos!
Luisa desde un rincón observaba escéptica aquel comportamiento que para los jugadores era de lo más normal, pero que ella sabía tenía su origen en los conflictos personales y casi legendarios entre Tanque y Drilo, una lucha de machos que seguían atrapados en un juego de niños, ignorantes de las cosas realmente importantes de la vida.
Luisa, fue ayudada  en su caminata hacia la cancha por el utilero del equipo, el viejo Jorge Hegel, que desde hacía treinta años ocupaba ese puesto en el equipo Rojo. Nunca llevaba la silla de ruedas a la cancha aunque estuviera cansada y le dolieran sus piernas. Además, siempre evitaba pisar el césped de ese u otro campo, le daba terror pisar la cancha y saberse incapaz de jugar.
El viejo Jorge Hegel, conocía ese y otros miedos de Luisa y había escuchado la charla sobre la nueva posibilidad de operación y por ello se atrevió a comentarle.
―Debería intentarlo de nuevo, señora. No pierde nada. ¿Sabe lo que escuché el otra vez en el programa de televisión en el que hablaban de usted? Qué usted había sido como un rayo en las montañas. Cayó e incendió el bosque y solo hasta que la lluvia apagó el fuego todos nos dimos cuenta de que el paisaje había cambiado. Todo ocurrió en un instante y se nos fue, no la vimos evolucionar y siempre la recordaremos por sus vídeos en el internet. Seguramente, si no hubiese ocurrido nada de lo que le ocurrió, seguiría usted jugando a esta edad. Pero los hubiera no existen y usted no es su leyenda, usted es usted, nuestra Luisa, la estratega de los Rojos. Entonces, esto inténtelo por usted, no por la que fue sino por la que será. A mi encantaría jugar al menos un picado con usted después del entrenamiento del primer equipo. ¿A usted no? Volver a tocar la pelota, dar un pase, mire que si yo puedo y tengo sesenta y cinco años, usted puede también. Inténtelo.
Luisa escuchó al viejo Jorge Hegel, si a alguien había que escuchar en esa cancha del estadio Nacional era a ese hombre que había visto desfilar tantas y tantas figuras del fútbol nacional por su vestidor.
Tuvieron que esperar en el pasillo unos minutos. Por ese mismo acceso a la cancha apareció la tripleta de árbitros y el cuarto oficial. A Luisa le llamó la atención aquella tripleta pues uno de los líneas era una joven mujer. El central también era bastante joven y lucia sereno, como si apenas el haber debutado hacía cuatro años y ya estar designado para su primera final de copa en la primera categoría no importara, era uno de los mejores árbitros para entonces y su nombre era Jesús, debido a eso último y a su buen trabajo, sus compañeros le apodaban, en un juego de palabras, El Nazareno. Era el único central que se permitía el lujo de tener una abanderada mujer y esa cuestión la defendía ferozmente contra los que comentaban que si las mujeres no debían jugar al fútbol mucho menos debían arbitrar.
Al llegar a la banca, Luisa ocupó su lugar en la parte de atrás. Encendió el dispositivo móvil que usaba para consultar, si así lo requería, la toma de televisión aérea, no la que veían los televidentes, sino exclusivamente la que mostraba todo el campo de juego desde lo alto. Ella no necesitaba de cigarrillos, dulces o manías, toda la ansiedad y la superstición las había dejado en su celda del Penal Norte y solo la llegaban a perturbar en sus pesadillas mientras dormía. Así, el demonio no exorcizado de su experiencia, le permitía vivir de forma muy ecuánime hasta los partidos más importantes. ¿Qué era perder una final cuando se había perdido todo en una celda de máxima seguridad?
Entonces, el equipo Celeste saltó al campo entre la silbatina de medio estadio y el júbilo de la otra mitad. Tanque, vestía un traje Armani y hacía que el resto de su cuerpo técnico también vistiera de manera elegante. En cambio, Toussaint vestía un atuendo deportivo, y Luisa en aquella ocasión llevaba falda solo porque ese día había llegado de la Corte, de lo contrario, ella también acostumbraba vestir la ropa deportiva del club; solo Drilo usaba traje y no se arriesgaba, siempre era azul oscuro con corbata roja.
Además de los hombres que componían su cuerpo técnico, Tanque siempre salía al campo de juego acompañado de una tableta que a su vez estaba conectada a una computadora que tenía cargados ya todos los datos del partido y que además le daba una lectura estadística perfecta de lo que ocurría en la cancha en tiempo real.

En cambio, Drilo tenía a Luisa. Así, mientras Drilo se pasaba el partido yendo y viniendo en su zona técnica y hablaba continuamente con Luisa, Tanque se quedaba de pie en un solo lugar y cuando no miraba el partido, miraba su tableta.
No era la primera vez que los dos ex astros del fútbol se miraban las caras en un duelo de estrategas. Tanque había llegado hacía dos años a los Celestes por la puerta de arriba, con sus éxitos como técnico de grandes equipos en el fútbol extranjero. Los Celestes ya no eran propiedad del gobierno que lo había vendido a buen precio a empresarios chinos. Por su parte, Drilo tenía cuatro temporadas ya al mando de los Rojos, que hasta ese entonces había sido su único equipo y que tampoco eran ya propiedad de los sindicatos sino de empresarios taiwaneses. Así, en esos dos años Drilo y Tanque acumulaban diez enfrentamientos entre ambos como técnicos y estaban empatados en triunfos, dos para cada quien (los demás eran empates) y también estaban empatados en dientes rotos, hematomas en el rostro y expulsiones por agredir al técnico rival. Su rivalidad había crecido enormemente en esos años y por sus antecedentes que se remontaban al Partido de la Muerte, la Venganza de Drilo y la Huelga General de Jugadores. De esa forma, el que ganara el juego de esa noche tomaría una ventaja importante respecto al otro en esa batalla que parecía muy similar a la que libraban eternamente el día y la noche.
El juego comenzó y en los primeros minutos Luisa detectó una sorpresa que Tanque tenía preparada. Entonces llamó a gritos a Drilo pues era la única manera de que, entre el escándalo de un estadio repleto, este la escuchara.
―¡Puso a Branco de falso nueve! ―le dijo Luisa como si de una emergencia se tratara ― Quiere atraer a nuestro cinco. Dile a Bauer que no vaya por Branco, que no se salga de la zona.
―De acuerdo, pero qué hacemos ¿quién lo agarra?
―Adorno, pídele a Adorno que baje hasta esa zona, pero solo cuando no tengamos la pelota.
Y Drilo obedecía; más le valía, pues la última vez que había decidido por él mismo, contradiciendo lo que ella había sugerido, el equipo había sido goleado por cinco a cero y al final de aquel juego Luisa le había dicho sin aparente molestia: ―Te lo dije.
El partido se fue cero a cero al descanso.
Durante los últimos minutos antes del silbatazo que mandaba al descanso, Luisa había preparado una serie de notas que Toussaint había ido leyendo una a una, luego se las entregaba a Drilo y eso era el guión de lo que se trataría la charla técnica en el vestidor de los Rojos.
En el segundo tiempo, los Rojos dominaron la geografía del campo y los de Tanque se tuvieron que refugiar en su propio territorio mientras apostaban por la garra y la suerte. Sin embargo, no era el día de los delanteros de los Rojos esa noche y casi no tuvieron oportunidades claras de gol.
El juego se terminó cero a cero bajo un arbitraje impecable y se preparaban ya los tiempos extras.
Era una situación nueva en el equipo de Drilo, no había tiempo para establecer el sistema de comunicación Luisa-Toussaint-Drilo-jugadores, por lo tanto, les ordenó a sus once futbolistas que se acercaran a la banca.
―¡Ahora…! ―les llamó la atención Drilo ―…escuchen a Nadiani. Por favor.
Luisa se puso nerviosa y no supo bien cómo reaccionar a las miradas de los jugadores que ahora la miraban.
―¡Por el amor de Dios! ¡Solo diles lo que me ibas a decir a mí y rápido!
Luisa comenzó su explicación con la voz más fuerte y clara que pudo. Cuando terminó, Drilo retomó la palabra, los animó y se sacó de la manga una arenga de pocos segundos para hacer que esos once jugadores fatigados regresaran al campo dispuestos a morir por su camiseta.
Y el tiempo extra ocurrió como imaginó Luisa, pero Tanque no se comió los anzuelos que ella había preparado para esa media hora de agonía.
El equipo de Tanque esperó agazapado y soltaba latigazos rápidos. Así, el tiempo extra se consumió y hubo que escribir la lista de cobradores de penales. Drilo se acercó a Luisa y ella ya tenía los nombres de los cinco cobradores.
―¿Dussel? Debes estar bromeando, el chico es un novato, su tercer partido apenas, no podemos dejarle el quinto penal ―cuestionó Drilo.
―Lo he visto cobrar muchas veces en la reservas. Te aseguro que es lo mejor que tenemos cobrando penales ―respondió Luisa con un tono de seguridad en su voz que convencía a cualquiera.
―Pero, Luisa, estamos en una final, le va a pesar ―insistió Drilo.
―Es un chico del interior, pasó su infancia vendiendo diarios para pagarse la escuela y ayudar a su familia. Trabajó en el rastro de la ciudad mientras jugaba en la cuarta división, créeme, es tu mejor opción. No va a fallar. Pero anima a Espinoza, él si está cansado y nervioso, dile alguna cosa que lo anime.
Drilo se llevó la lista y la compartió con sus jugadores y habló un minuto entero con Espinoza.
Le tocaba tirar primero a los Celestes y la portería elegida para la definición desde los once pasos fue la que estaba ocupada por la barra Celeste, la contraría a la que había sido el lugar de muerte en la tragedia de veintitrés años antes y que seguía ocupando religiosamente, en cada partido, la renombrada Curva Sur.
Como había pensado Luisa, Tanque mandó a Calderón a cobrar el primer penal. Durante su caminata hasta el área, Calderón observó el cielo encapotado de nubes que todo el partido habían anunciado una lluvia que no terminaba por caer. Un relámpago iluminó el cielo y su trueno se escuchó lejano. Calderón, que era un veterano de los Celestes, puso la pelota en la red por el centro con un disparo a gran velocidad. Regresó a su medio campo en donde estaban el resto de sus compañeros y los contrarios, y comenzó a sentir sobre la piel de sus brazos el caer de pequeñas gotas de llovizna.
El árbitro también comenzó a sentir el agua y apresuró al resto de los cobradores. La serie llegó a estar 5-4 a favor de los Celestes y tocaba el turno de Dussel. Luisa había predicho bien, el novato fue seguro y mandó todo a la muerte súbita.
Entonces, uno a uno, comenzaron a agotarse los cobradores de cada equipo. El décimo turno fue para el portero de los Celestes pues al parecer, Ricky, símbolo de la tribu Celeste, quería evitar tirar un penal esa noche.
―Parece ―dijo Luisa que permanecía en la banca, cerca de Drilo que cavaba una zanja de tanto caminar como león enjaulado en la zona técnica― que Ricky está lesionado.
―¿Lesionado? ―dijo Drilo con voz fuerte  ―. Te aseguro que se está cagando de miedo. Son un conjunto de cagones todos ellos.
Tanque, que también estaba de pie sobre su zona técnica, a unos pocos metros de Drilo, lo escuchó.
―Cagones quizás, pero no cobardes. ―dijo Tanque.
Drilo se encajó.
―¿¡A quién llamas cobarde?! ¡Eres un hijo de puta! ¡Eso es lo que eres!
Tanque respondió a Drilo con una risa burlona.
―Tengo un revolver, te lo presto para que te dispares ahí en el centro del campo. Aquí no hay fantasmas que te salven ―le dijo el técnico Celeste.
El cuarto árbitro tuvo que intervenir y les pidió calma. Al no obtener la paz, llamó al central que corrió desde la portería donde se cobraban los penales hasta la zona de bancas y ahí se enteró del conflicto que traían los entrenadores. Esa noche, de arbitraje impecable, no quería mancharla con la expulsión de los dos técnicos, salida fácil por la que cualquiera hubiera optado, en cambio los invitó a un armisticio.
―Sé de dónde viene todo esto, señores entrenadores. Les pido por favor y por respeto a sus equipos y al juego que se tranquilicen o tendría que echarlos fuera del campo a ambos por rencorosos. ¿No pueden ya perdonarse luego de tantos años de guerra? ¿Acaso no es el fútbol tan maravilloso como para andarlo desperdiciando en rencores añejos? Si no pueden hacerlo por ustedes, por el juego o por sus equipos, háganlo por ella ―dijo el nazareno mientras señalaba a Luisa.
―¿La sacaron de la cárcel ―continuó el árbitro que ya tenía toda la atención de los técnicos ―solo para que fuera testigo de sus peleas?
Y corrió de nuevo a la portería para continuar con los interminables penales. El cuatro arbitró quedó impresionado con el discurso de su colega central y solo le quedó mirar a los dos entrenadores a los que la invitación les había entrado por un oído y salido por el otro.
El último jugador de campo de los Rojos anotó.
Y Ricky comenzó su camino al patíbulo. Drilo le gritó insultos desde su banca que fueron escuchados por todos los demás jugadores y por el árbitro que prefirió dejar pasar aquella conducta con tal de ya terminar con aquel partido de alto riesgo. Ricky acomodó la pelota, estaba temblando, pero tomó carrera, se encomendó a todos los santos del universo y al momento de querer patear el balón resbaló. Sin embargo, la pelota se incrustó justo por la escuadra de la portería, tan elevado que pegó en el travesaño y entró de campana. La afición Celeste se volvió loca. Tanque festejó el gol frente a Drilo al tiempo que el cuarto árbitro los amenazaba con llamar otra vez al central y expulsarlos del juego.
Tocaba el turno del arquero de los Rojos y con menos drama igualó todo de nuevo. Entonces, los cobradores comenzaron a repetirse en el orden en que habían cobrado la primera vez.
Drilo le preguntó a Luisa qué podían hacer.
―Esto ya no está en nuestro control ―dijo ella de forma sincera, realmente pensaba que aquello ya era solo un volado.
Para ese momento, ella se sentía derrotada por Tanque, pero eso no la molestaba, al contrario, por Tanque sentía un infinito respeto no solo por el antecedente de haber sido su ídolo de la infancia, sino porque Tanque parecía ser el único que podía ganarle en cuanto a preparación táctica se refería. Los Rojos podían perder o ganar, eso no tenía remedio, así era el juego, pero nunca un equipo rival los había borrado del campo de juego; ninguno excepto los Celestes de Tanque. En la historia se registraban dos goleadas memorables, una cinco a cero a favor de los Rojos y otro cinco a cero a favor de los Celestes. Respecto a esta última, Luisa sabía que aquella había sido la derrota más clara que jamás nadie le había propinado a un equipo parado por ella. De ahí venía todo ese respeto que Luisa sentía por Tanque.
El árbitro central seguía angustiado, no dejaba de mirar los relámpagos y pensaba ya en dar por terminado el juego; su responsabilidad como juez lo obligaba, pero sabía que suspender el juego en ese momento podría ocasionar la ira de los aficionados y causar una tragedia de otro tipo. Por lo tanto, el árbitro rezaba al cielo, ese de los relámpagos, para pedir que todo terminará.
―Señor, por favor, haz que todo esto termine ―repetía en su oración el árbitro.
Llegó nuevamente el turno de Ricky. A pesar de ser la segunda vez de la noche, el chico seguía muerto de miedo por arriesgar su categoría de estrella. Dio unos diez pasos  en su calvario personal desde el centro del campo hasta la portería, seguro de que esta vez fallaría.
El arquero de los Rojos también comenzó su camino para colocarse de nuevo en la portería y en su trayecto se cruzó con el otro portero.
―Esto no tiene fin ¿verdad? ―le dijo el cancerbero Celeste.
―Si lo tiene será trágico para alguien ―dijo el portero Rojo sin realmente reflexionar sobre el significado de la palabra tragedia. El árbitro los escuchó y se atrevió a decirles.
―Tranquilos, esta noche ustedes y yo estaremos cenando con nuestras familias, ganen o pierdan.
Los arqueros se dieron la mano y fue justo en ese momento, mientras Ricky caminaba hacia el punto penal, mientras las dos barras no dejaban de cantar a pesar de que la garganta ya les ardía y la voz ya flaqueaba, mientras Drilo y Tanque seguían insultándose el uno al otro y se encaraban ahora ya dispuestos a liarse a golpes, mientras Luisa miraba con vergüenza esa situación y mientras el árbitro central pedía al cielo que aquello terminara ya, que el rayo cayó.
El estadio se cimbró como si de un terremoto se hubiera tratado. Las barras detuvieron sus cánticos y los bombos y trompetas dejaron de sonar. La gente se arrojó pecho tierra de manera instintiva y la transmisión por televisión del juego se cortó. Los jugadores que ya estaban tendidos simplemente se cubrieron la cabeza. Los dos arqueros se agacharon y cuando abrieron los ojos se dieron cuenta que no escuchaban nada. Ricky cayó desplomado sobre el césped y comenzó a llorar sin saber todavía lo que había pasado. Drilo y Tanque se quedaron con sus puños en el aire sin terminar su exhibición boxística con el cuarto árbitro de réferi y también se echaron al suelo. Luisa solo alcanzó a no mirar y cuando levantó la cabeza solo escuchaba un zumbido, por un instante pensó que nuevamente eran explosiones o disparos y algunos en la tribuna también lo creyeron así, especialmente los de la Curva Sur.
La gente comenzó a salir del estadio entre el pánico y la confusión. Entonces, algunos hombres comenzaron a gritar al unisonó.
―¡Fue un rayo!
Y otros más comenzaron a tratar de calmar a la gente.
―¡Por favor no corran! ¡Fue un rayo!
Algunos jugadores comenzaron a levantar la cabeza y observaron que Ricky estaba bocabajo sobre el césped y sin moverse. Tanto jugadores Rojos como Celestes, corrieron hasta donde el jugador veterano estaba y comprobaron que solo permanecía en pánico, pero nada más. Fue en esa calma cuando uno de los arqueros postró su vista sobre la asistente de línea que se quejaba de dolor en sus oídos y que gritaba que su central necesitaba ayuda.
―¡Ayuda! ―comenzaron a gritar los dos arqueros y la árbitro asistente.
Conforme los segundos pasaron, la gente comenzó a calmarse y miraron que, en el área, con la pelota todavía en sus manos, el árbitro central estaba bocarriba, sin movimiento y le salía humo del cuerpo.
Comenzó a llover. Al fin. El estadio fue evacuado de a poco y los paramédicos llegaron hasta el área solo para corroborar la muerte del central. El rumor se comenzó a expandir, el árbitro había muerto. Y se escuchó decir a alguien.
―Bueno, menos mal.
Drilo salió de su propia confusión por el rayo, miró a Tanque y de manera sincera le preguntó:.
―¿Estás bien?
―Estoy bien ¿y tú? ―respondió y pregunto a su vez Tanque.
―Estoy bien ―dijo Drilo y luego expandió su pregunta a los demás que tenía cerca incluyendo el cuarto árbitro. Tanque también comenzó a revisar si sus hombres de banca y cancha estaban bien.
Drilo y Luisa se reencontraron en la banca. Ambos se preguntaban a gritos si el uno y la otra estaban bien.
Y así, comenzó lo que ocurre siempre que un desastre se hace presente, por alguna razón desconocida, surge la solidaridad. Rojos y Celestes se apoyaron para salir en orden del estadio, temerosos todos por un segundo rayo que complicara las cosas. En las bancas, los médicos de ambos equipos atendían a quien fuese sin distinguir banderas ni colores. Las crisis nerviosas, dentro y fuera del campo fueron numerosas y tan numerosas como esas crisis era la gente que ayudaba, que consolaba y que trataba de calmar.
A Ricky lo sacaron del campo muerto de miedo y los jugadores de uno y otro equipo se abrazaban entre ellos. Para la posteridad, quedaron las imágenes de cooperación y cordura de la gente.
Entre todo el ajetreo, después de juntar a sus jugadores y mandarlos a casa, Drilo y Tanque se encontraron en el pasillo del estadio. Ya no estaba fresca la sensación de peligro así que no se dijeron nada, pero se miraron a los ojos y no se golpearon. Eso fue ganancia.
Luisa también se encontró con Ricky en el pasillo del estadio. El veterano jugador ya estaba más tranquilo y tenía una toalla en la cabeza. Luisa lo vio y pensó pasar de largo, pero él fue quién le cerró el paso.
―Hola ―le dijo él sin quitarse la toalla de la cabeza.
―Hola ―respondió Luisa por pura cortesía, su opinión de él no había mejorado en todos esos años.
―Oye, perdón por… todo, por absolutamente todo.
Luisa pensó en escabullirse rápido, pero el pasillo seguía lleno de gente y eso dificultaba su huida.
―Sí, no te preocupes ―le respondió ella.
Ricky se apartó del camino de Luisa y quedó solo con sus tribulaciones y culpas. Pasaría sus últimos años como jugador Celeste y se retiraría sin dignidad a sus treinta y nueve años. Al final, y después de todo, había sabido organizar de forma decente su patrimonio y no lo perdió como otros futbolistas, puso un restaurante en donde adornó las paredes del mismo con fotos de los mejores momentos de su carrera como las Copas del Mundo y su paso por Europa. Una de las fotos que más llamaba la atención de todos era aquella en la que aparecía desbordado de felicidad a lado de Luisa el día de “la Venganza de Drilo”, el pie de la foto decía “Nunca fui más feliz que en ese momento”.
Inmediatamente comenzaron a correr las noticias sobre el rayo que hizo que en esa edición de la Copa el puesto de campeón se declarara desierto. Se informó que el árbitro caído en batalla dejaba una madre sola, que tenía un negocio de muebles y que le gustaba armar asados con mucho vino con sus amigos. También se comenzó a crear la leyenda de que el Nacional era un estadio maldito y que el cielo pedía su clausura con un rayo. Una frase, no se sabe si con humor negro o dicha de manera sincera, circuló por las redes sociales: si en el lugar donde derribaron el Penal Norte construyeron un centro comercial, ¿por qué no hacen lo mismo con el viejo Nacional?

A la mañana siguiente, Ramón llamó a Drilo.
―Oye ¿están bien? ―le preguntó alarmado.
―Sí, sí. Todo bien. Solo fue el susto ―le contestó Drilo.
―¡Qué bueno! Oye, lo que pasó ayer me ha hecho decidirme en algo que hace bastante tiempo quería plantearte. ¿Pueden venir a Achéron? ―dijo Ramón.
―Sí, quizás en dos semanas vayamos ―dijo Drilo sin mucha fe.
―No, no. No tenemos dos semanas, Drilo. Ayer me lo dijo el rayo que cayó en la cancha y que mató al árbitro. Ven ahora ―le exigió Ramón que parecía realmente aferrado a esa creencia.
―No lo creo…
Ramón insistió tanto que convenció a Drilo de hacer las cuatro horas hasta Achéron esa misma noche. A Drilo mismo le costó trabajo convencer a Luisa de que lo acompañara, pues eran instrucciones específicas de Ramón que ella también viniera.
Se quedaron de ver en el Bar de los Mineros y cuando Drilo y Luisa llegaron, Ramón ya estaba ahí. Se saludaron amistosamente pues tenían bastante tiempo sin verse desde que Drilo se había ido a vivir a la capital con Luisa para lo de ser la cabeza de los Rojos. Drilo pidió agua y Luisa si se permitió una cerveza. Ramón los entretuvo platicándoles sobre el pasado y las últimas noticias del pueblo.
Drilo se impacientaba, no sabía qué hacían ahí tan lejos si mañana había que levantarse temprano para asistir al sepelio del árbitro caído. Entonces, un Porsche con la carrocería en color plata aparcó delante del bar. Era raro ver ese tipo de automóviles en Achéron que, a falta de mina y de equipo de primera división, se había refugiado en las falsas promesas del turismo para paliar su miseria económica.
Del automóvil, Luisa alcanzó a observar que el que descendía del asiento del conductor era el mismísimo Risto Tanque. De inmediato miró a Drilo con cara de susto y esperó que el timonel de los Rojos no hubiera visto al ídolo Celeste, pero Tanque entró al bar y el encuentro fue inevitable.
―¡Amigo! Estamos por acá ―le dijo Ramón a Tanque y al verlo, a Drilo se le borró la sonrisa de un tajo.
―Amigos ―comenzó a decir Ramón al tiempo que arrimaba una silla para Tanque ―, creo que ya todos nos conocemos de sobra. Los he llamado aquí para…
Drilo se puso de pie, echó una mirada a Luisa con la que esperaba decirle que se iban.
Pero ella se animó a ser aliada de Ramón y le pidió a Drilo que…
―Al menos escuchemos qué tienen que decir.
Drilo miró a Ramón que se había quedado callado.
―¿De qué se trata todo esto, Ramón? ―preguntó en tono violento Drilo.
―Pues eso, mi amigo, es lo que iba a explicarte.
Drilo se sentó y Ramón comenzó a explicar situaciones que desde siempre le habían parecido muy extrañas, no solo a Drilo sino a Luisa, como onerosas donaciones al F.C. Achéron varonil y femenil, el fichaje de la bestia de Armenia, Vladímir; los primeros patrocinadores del Achéron Femenil y el salario siempre puntual de los abogados que defendían a Luisa cuando él y Succed no tenían dinero. Luisa ya sabía que ella había sido llamada a la Selección Nacional por recomendación de Tanque a Tristán, así que para ella no era un misterio total el que Tanque estuviese relacionado con su vida.
―Incluso, Drilo ―siguió develando misterios Ramón ―tu sueldo como entrenador del equipo de niños fue pagado por Tanque, ¿yo qué duros iba a tener para pagarte? Y todo esto se los digo para que quede clara una cosa, que a pesar de sus peleas, siempre estuvimos del mismo bando.
Drilo se vio tentado a beber otra vez. Fue al baño y pensó las cosas varios minutos frente al espejo opaco del sanitario del Bar de los Mineros. Cuando regresó a la mesa, Ramón ya explicaba su idea a los demás.
―Quiero regresar al F.C Achéron. Tanque tú tienes los contactos, la experiencia en el manejo. Drilo, tú eres el alma de ese equipo, aún te recuerdan. ¿Saben que los mineros tienen al equipo en la cuarta y sigue jugando en el Granma? Yo los conozco y ellos te conocen, Drilo. Hay que intentarlo.
―Yo no puedo ser el entrenador del equipo, tengo contrato con los Rojos por dos años más ―dijo Drilo.
―Y Tanque tiene contrato de cuatro años con los Celestes, lo que les estoy pidiendo es que comencemos a poner piedra sobre piedra en ese proyecto, que ustedes comiencen a hablar con jugadores y promotores para volver a hacer la cantera ―explicó Ramón.
Tanque comenzó a decir que él estaba interesado. Hacía años que Ramón le había platicado la idea y no le había parecido una locura pues se sabía capaz y tenía la certeza de que en los Celestes nunca pasaría de ser un entrenador o un director deportivo. También, estaba dispuesto a terminar con el rencor que sentía por Drilo, aunque no estaba dispuesto a perdonarle todos sus errores, pero si a darle oportunidades de construir un nuevo camino, un borrón y cuenta nueva sin olvido. Cuando la huelga de jugadores, había pensado que ese conflicto entre él y Drilo terminaría al fin para enfrentar a un enemigo mucho más fuerte, pero Drilo echó todo a perder. Y nuevamente Tanque mandó todo por la borda y cada que miraba a Drilo un coraje recorría su cuerpo hasta el punto de querer matarlo. Un día se enteró por la televisión que a Luisa le habían quebrado las piernas en la cárcel y culpó a Drilo por ello, y no se guardó ese sentimiento, lo hizo público por redes sociales y Drilo no tardó en enterarse; pero no le respondió, al contrario, en parte estaba de acuerdo con Tanque, sabía que había echado todo a perder. Sin duda, su motivación más grande era Luisa. El vínculo entre Tanque y Luisa se cerró cuando Ramón le dijo a Tanque que aquella mujer estaba ligada a la vida del astro Celeste casi de forma paranormal, y le mostró una fotografía de un diario muy viejo en donde aparecían Tanque y Luisa, él cómo novato de los Celestes, ella como una niña asustada y fanática de los rojos. 
―Si se logra hacer ―dijo Luisa a los tres caballeros de la mesa ―cuenta conmigo para organizar el equipo femenil, ahora que la liga se ha refundado.
―Te lo agradezco mucho, mujer ―dijo Ramón ―, pero ya hablé con la persona indicada para ello. El profesor Bartolomé, quien también sigue trabajando con los jóvenes para el equipo de la cuarta división.
―Bueno, pero necesitarás una entrenadora ―dijo ella.
―Ya también hablamos con una. Se llama Flora Tristán.
A Luisa se le iluminaron los ojos y puso una sonrisa.
―Bueno ―dijo Luisa ―yo puedo seguir siendo la asistente de Drilo.
Ramón la miró a los ojos.
―Mujer ―comenzó a decirle ―, quiero pedirte que ya que los dos hombres aquí sentados tienen contratos vigentes en la Primera División, seas tú la que dirija al F.C. Achéron masculino.

―No hay mujeres entrenadoras ni en la cuarta división, Ramón ―le contestó Luisa escéptica.
―Justamente ―respondió Ramón.
―Me parece buena idea ―contestó Drilo un poco más animado.
―¿De qué hablas? ¿Qué harías sin mí? ―preguntó en tono de broma Luisa a Drilo.
―Al menos las cosas serían más justas ―agregó Tanque ―, estos años han sido dos contra uno todo el tiempo.
 ―Bueno, este último partido no resultó como ninguno esperaba ¿no? ―dijo Drilo para cambiar el tono de la conversación.
Los demás recordaron que un rayo había caído apenas el domingo pasado.
Drilo terminó de beber su agua y los otros sus cervezas. El primero en irse fue Tanque. Durante la despedida, los dos hombres que llevaban casi veinticinco años de guerra se dieron la mano. Ramón ofreció a Luisa y a Drilo, hospedarlos en su casa. Ellos aceptaron la invitación.
Al día siguiente, muy temprano, Luisa estaba vestida y lista para salir. Drilo no se había levantado aún y Ramón solo la alcanzó en la última parte de su desayuno ligero.
―¿A dónde vas tan temprano? ―le preguntó Ramón.
―Al Granma ―le respondió Luisa.
―¿Quieres que te lleve? ―ofreció Ramón.
―No, Ramón ―contestó Luisa ―, quiero ir sola, pero por favor dile al Jefe que no tardo.
―Antes de que te vayas ―dijo Ramón al tiempo que buscaba algo dentro del bolsillo de su chaqueta―, quiero mostrarte una cosa.
Se acercó hasta Luisa con un recorte de periódico en mano. En este, había una fotografía de Tanque, muy joven y cargaba a lo que parecía ser una niña. Tanque llevaba puesto el uniforme Celeste de hace más de veinte años y tenía en su rostro una expresión de espanto. Alrededor del futbolista y la niña, había toda una serie de personajes que también parecían estar en fuga.
―Es Tanque ―reconoció Luisa.
―Sí, el día de la tragedia. Y te lleva a ti en brazos. Esta fotografía no tuvo mucha difusión porque la tomó un corresponsal del diario local de Achéron.
Luisa no lo podía creer. Era un episodio que no recordaba en su memoria. Recordaba sí, haber sido sacada de la línea de fuego por alguna persona; pero nunca se había detenido en preguntarse quién la había salvado de aquellas balas.
―¿Él lo sabe? Me refiero a Tanque ―preguntó Luisa.
―Sí, se la mostré hace unos meses.
Una duda fundamental se le presentó a Luisa.
―Ramón, ¿cómo es que conoces a Tanque?
Ramón esbozó una sonrisa. Era algo que había esperado que le preguntarán todos esos años.
―La familia de Tanque era de comerciantes de abarrotes y yo trabajaba como distribuidor de la mina y de ahí los conocí, gracias al libre mercado. Les vendía la sal para sus almacenes y cuando lo conocí por primera vez era apenas un chaval el gran Tanque, bastante flaco, no el hombre musculoso que hoy vemos. Alguna vez, hice un favor especial a esa familia y después de eso, ellos me comenzaron a tratar bien. Convivimos mucho mientras el negocio de la sal fue prospero. Y ya después… los tiempos cambian. Tanque me contactó porque buscaba a Drilo luego de su lesión, luego del partido de la muerte. Me pidió no decir nada de que yo lo conocía a él, pero su interés era ayudar a Drilo para volver a competir contra él. Luego apareciste tú y pasó todo lo que pasó. Y cuando miro esta foto, Luisa, no puedo dejar de pensar que los destinos de todos estaban tan unidos que me da miedo. Nada es coincidencia y el rayo del domingo me apresuró a decirles estas cosas. Todos parecemos estar unidos de manera cósmica, no solo las personas sino las cosas y este pueblo nuestro, Achéron.
Luisa reflexionó sobre las palabras de Ramón varios minutos mientras se bebía una última taza de té antes de salir. Finalmente, antes de que el viejo Ramón se retirara para darse una ducha, le dijo.
―Gracias por todo, Jefe Ramón.
Luisa salió y caminó lentamente por el centro del poblado que tanto odió durante su adolescencia. Cruzó el puente del río y la plaza central en donde se celebraban todos los triunfos del F.C Achéron. Caminó por el adoquín que bordeaba el río y en donde le gustaba pasar horas charlando con Rosa, también recordó el prado donde Ricky le ganó un partido por un beso y finalmente llegó hasta el Granma. La mole de ladrillos rojos, con sus altas torres de alumbrado y sus escalones en la entrada de la tribuna principal. Se dio cuenta que el acceso a las gradas estaba abierto y entró por ese túnel por el que había caminado mil veces antes. El césped tenía cierto descuido y ella se sentó en la primera fila del graderío. Dio una última ojeada a ese paisaje que sentía le pertenecía con todo y los cuervos que la observaban y parecían darle la bienvenida, como si la recordaran de siempre. Solo entonces, sacó el sobre con la información sobre su madre. Rompió el sello y sacó los documentos. Comenzó a leer y en algún punto se detuvo a pensar en que la idea de Ramón era magnifica, si regresaba el Achéron con ella como entrenadora sería algo realmente para disfrutar. Finalmente, cuando sintió que podía pasar toda la vida en ese estadio, casa suya el viejo Granma cuya cancha observaba frente de si, se ilusionó, tenía años de no ilusionarse con nada. 
Regresó a sus papeles. Continuó leyendo y llegó al punto importante que decía:
“Según consta en los documentos del Ministerio de Defensa, a Miriam Ponzio le fue ofrecida su libertad a cambio de dos años al servicio de la fuerzas del dictador José Juan Carrasco en el país de N como miembro de una cuadrilla especial de inteligencia. Lo anterior, para aprovechar su amplio conocimiento en explosivos y su situación irregular como ciudadana del país, además de no pertenecer a las fuerzas armadas. Consta en un documento secreto que Miriam Ponzio aceptó y fue sacada del Penal Norte y enviada, bajo la identidad de Sofonisba Anguisola al país de N. En los documentos de ese país se reporta que Sofonisba murió en un hecho violento armado, pero no en N, sino como miembro de la guerrilla libertaria que logró restaurar hace unos años la democracia y la libertad en el país de Y. No fue su única intervención en grupos armados durante esos años luego de fugarse de N, participó en al menos otros tres grupos guerrilleros o libertarios en otros tres países distintos, los detalles vienen acompañados de los documentos probatorios. Fue complicado seguirle la pista debido a sus diversos alias y movimientos errantes. Fue enterrada en el cementerio de la ciudad capital de Y se corroboró la existencia de la lápida. Si se desea obtener un permiso de exhumación para su posterior análisis de ADN se puede tramitar. Como información adicional, en los documentos del ejercito libertador de Y consta que Sofonisba es considerada una héroe.”
“La petición de sus pertenencias al gobierno de Y se llevó a efecto y una caja pequeña se nos fue entregada. La caja actualmente se encuentra en custodia por parte del Ministerio del Exterior mientras se tramita su entrega completa. En la caja hay diversos objetos de higiene personal, un uniforme militar, cuatro prendas más de ropa además de tres pares de zapatos y unas botas militares, un arma corta y una pila de papel de dos kilos de peso de diarios deportivos del país de Y correspondientes a las fechas previas de su muerte y que coinciden con la realización de los Juegos Olímpicos del año en que usted ganó la medalla de oro.”


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